La felicidad de Baselga.
María era la que llegaba.
Entró con timidez y casi temblando, como arrepentida de la locura que
había cometido en un momento de alucinación mística, abandonando a su
padre, cuyo estado fatal conocía; pero su turbación aún aumentó más al
ver a Baselga de pie junto al lecho del enfermo.
¿Cómo era aquello? ¿Qué hacía allí su amante? La joven, al ver al hombre
amado, sintió que renacía en su pecho la amortiguada pasión, y se
felicitó de que la Policía hubiese ido a sacarla de aquel convento, en
el cual desde por la mañana la perseguía el recuerdo de su padre
moribundo y casi abandonado.
El jefe de Policía, siempre seguido de su fiel can-secretario, estaba en
el dintel contemplando la escena y gozando con la alegría que le
producía al enfermo la devolución de su hija. Escenas tan tiernas como
aquéllas eran las únicas satisfacciones eme le proporcionaba su oficio.
Llegó el momento de las explicaciones:
--Señor Avellaneda--dijo el comisario--, mi misión está cumplida. Le
devuelvo a usted su hija y me retiro ya, si es que nada más tiene que
pedirme.
El digno funcionario miró a María y a su padre con tal expresión, que la
joven venció su timidez v gimiendo se arrojó sobre el lecho del enfermo,
estrechando entre sus brazos la cadavérica cabeza de don Ricardo.
Este sollozaba de felicidad al sentir el contacto de aquel ser querido,
y todos los que presenciaban la escena sentíanse conmovidos, a excepción
del secretario del jefe de Policía, que presenciaba aquel acto con la
indiferente frialdad de un autómata.
--Todo está bien--dijo el comisario con aire satisfecho--, y ahora con
el permiso de ustedes me retiro, si es que no tienen que pedirme otro
servicio.
Don Ricardo hizo con la mano una señal para, que el funcionario se
acercara a su lecho, y allí fué a situarse aquél, seguido siempre de su
apéndice el secretario.
Los dos amantes y la sirvienta comprendieron que su presencia podía ser
molesta y se retiraron al fondo de la habitación, junto a la ventana,
quedando envueltos en la penumbra que formaba la llama de una pequeña
lampara batallando con las densas sombras, a las que sólo podía expulsar
de un reducido espacio.
Avellaneda contó al comisario todo cuanto acababa de saber por boca de
Baselga. Los jesuítas conspiraban contra la libertad de su hija para
apoderarse de sus millones y era preciso ponerla a salvo de tales
asechanzas. Convenía, pues, casarla cuanto antes con el conde de
Baselga, que la amaba: pero este acto no podía verificarse
inmediatamente y él se sentía próximo a morir, inquietándole mucho la
idea de que su hija iba a quedar sin el apoyo de un marido, por lo cual
solicitaba el consejo del comisario.
Este escuchaba con gran atención desde que oyó que los jesuítas estaban
mezclados en el asunto.
La monarquía de Luis Felipe, como nacida de una revolución, era muy poco
afecta a la Compañía de Jesús y, además, la Prensa republicana hacía una
continua campaña contra, la Orden, a la cual, no sin fundamento,
atribuía la mayor parte de los males que afligían al país.
Estaba, pues, interesado el comisario, como agente del Gobierno, en
combatir a aquella tenebrosa asociación que penetraba en todos los
hogares y buscaba apoderarse de todas las fortunas, y de aquí que
prometiese a Avellaneda prestarle toda su ayuda.
El enfermo, ante esta promesa, comenzó por pedirle le indicase qué es lo
que podía hacer para asegurar la suerte de María mientras llegaba el
momento de casarse.
--Lo único que puede hacerse en esta ocasión--contestó el comisario--es
que conste de un modo formal que usted da su consentimiento para que la
señorita contraiga inmediatamente matrimonio. Si por desgracia muere
usted, yo quedaré encargado de activar el matrimonio y de impedir que
esos negros enemigos de su tranquilidad intenten algo contra su hija. Mi
deber, como funcionario, consiste en oponerme a las tramas del
jesuitismo, al que usted no debe temer estando en Francia. La Compañía
podrá tener gran poder en España, pero aquí nuestro Gobierno le tiene
declarada la guerra, y crea usted que tendría un verdadero placer en que
la policía tuviese que entender con alguno de sus individuos.
Avellaneda admitió el consejo del comisario, y éste despachó a su
amanuense para que fuese en busca de un notario que vivía en el mismo
distrito.
Transcurrieron algunos minutos sin eme nada viniera a turbar la calma
que reinaba en aquella habitación.
Los dos amantes, de pie junto a la ventana, y velados por la sombra, se
entregaban a una conversación sin fin, y, con ese egoísmo propio de
enamorados, forjábanse los más hermosos ensueños, sin acordarse de que a
pocos pasos de ellos se encontraba don Ricardo amenazado de muerte;
Tomasa, sentada cerca de la pareja, los contemplaba con cariño, y de vez
en cuando acudía al cuidado del enfermo: éste gemía dolorosamente y el
comisario estaba inmóvil en su silla, con ademán distraído y como
repasando en su memoria los asuntos que le ocuparían al día siguiente.
En esta situación se encontraban los cinco, cuando sonó la campanilla de
la escalera.
--¡El notario! ¡Ya está ahí el notario!--dijo María, con alegría
infantil.
--¿El notario?--murmuró el policía--. No sé; pero me parece demasiado
pronto.
Sonaron pasos en la habitación vecina, y un hombre entró sin que la
densa sombra le permitiera ser reconocido.
Cuando llegó al espacio iluminado, todos, a excepción del comisario,
profirieron en una exclamación.
Era el señor García.
Este, por su parte, no se manifestó menos asombrado. Miró al comisario y
palideció algo al fijarse en su fajín, signo de autoridad; pero cuando
su mirada, profundizando en las sombras, adivinó, a pesar de su miopía,
a Baselga y su amada, de pie junto a la ventana, perdió aquella
serenidad que le caracterizaba y quedó estupefacto.
Con la rapidez del rayo pasó por su cerebro un torbellino de asombrados
pensamientos. Ni remotamente podía habérsele ocurrido al entrar en
aquella casa, que iba a encontrar a María, a la que había dejado en el
convento algunas horas antes. ¿Cómo era aquéllo? ¿Cómo habían accedido
las buenas madres del convento de Santa Isabel a soltar la rica presa
que él les había entregado en nombre de la Compañía?
El asombro le quitaba aquella cínica audacia de jesuíta, que era su
principal arma, y experimentaba una turbación sin límites.
La voz débil de Avellaneda le sacó de su asombro.
--Adelante, canalla--le gritó el enfermo--. Pasa adelante, y sufre al
ver que la maldad no ha triunfado y que todas las tramas acaban de ser
desbaratadas. ¡Ah, miserable! ¡Qué sería de ti si yo pudiese saltar de
este lecho!
Esta exclamación de Avellaneda fué acompañada del choque que produjo un
vaso al estrellarse en el pavimento, a los mismos pies del jesuíta. El
enfermo, con mano débil, le había arrojado a la cabeza un vaso de
medicamentos que tenía sobre la mesa de noche.
Aquella agresión, último arranque del carácter de Avellaneda, tímido en
la juventud y atrabiliario en la vejez, sacó a Baselga de la
estupefacción en que estaba.
Acordóse de lo mucho que María y él habían sufrido por culpa de aquel
repugnante viejo sintióse dominado por su terrible cólera, y avanzó
precipitadamente y con la diestra levantada sobre el señor García.
Este no esperó la agresión. Sabía bien de lo que era capaz aquel coloso,
y con movimiento instintivo corrió hacia la puerta, no tan pronto que se
librara de un puntapié que le hizo apresurar su marcha.
El conde quiso ir aún en su seguimiento, pero el comisario, a quien tal
escena había sacado de su impasibilidad, cerró el paso a aquél, y
gracias a este auxilio, el jesuíta pudo salir de la casa sin otro
detrimento que el dolor que sentía más abajo de la espalda, a causa de
la furiosa patada de Baselga.
Volvió a establecerse la calma en aquella habitación, pero el enfermo no
recobró el estado de relativa tranquilidad que antes tenía.
La ruda impresión que había experimentado con la presencia del señor
García, le produjo una agitación nerviosa que anunciaba la próxima
aparición del delirio.
Todos temían que éste sobreviniese antes de la llegada del notario, y
contaban los minutos ansiosamente examinando el estado del enfermo.
Por fin, llegó el depositario de la república, y todavía hubo tiempo
para que don Ricardo, con sano juicio, pudiese manifestar su voluntad de
que María se casase con Baselga, nombrando tutor de la joven al
comisario de Policía, que se prestó a ello.
Después, mientras que el notario dictaba a su escribiente, cumpliendo
las formalidades de la ley, el enfermo entraba en un furioso delirio,
interrumpido por alaridos de dolor.
El médico, que llegó poco después, limitóse a mover la cabeza con
expresión fúnebre, y dijo que allí nada le quedaba qué hacer.
A las dos de la mañana don Ricardo Avellaneda exhaló el último suspiro.
María y su amante presenciaron su agonía, y hasta muy entrado el día
estuvieron velando el cadáver.
Era la primera noche que pasaban completamente juntos los dos amantes.
La felicidad se mostraba a Baselga bajo una forma fúnebre.