XVII

Se deshace la trama.

El comisario de Policía del barrio de San Sulpicio era un buen señor,

bajo de estatura, algo ventrudo y de rostro bonachón, lo que no impedía

que llevase con bastante majestad el fajín tricolor y que en algunas

ocasiones sus ojuelos tras los cristales de las gafas brillasen de un

modo imponente.

Más de dos horas tuvo que aguardarlo Tomasa en la oficina de Policía,

pues estaba ausente por asuntos del servicio; pero apenas al volver

escuchó los ruegos de la criada, marchó directamente a casa de

Avellaneda, a pesar del cansancio que manifestaba.

Al entrar en la habitación del enfermo y contemplar el aspecto de don

Ricardo, movió la cabeza de un modo triste. Estaba muy habituado a ver

enfermos e instintivamente adivinaba la aproximación de la muerte.

Con benévola complacencia escuchó las palabras entrecortadas de

Avellaneda, dichas con acento débil, y lo que el funcionario sacó como

consecuencia fué que María había sido arrebatada del hogar paterno con

engaño y que era necesario ir cuanto antes al convento de Santa Isabel

para sacarla de él.

El comisario dirigióse a su secretario, un pobre diablo raído y

macilento en quien el rollo de papeles bajo el brazo parecía haberse

convertido en un nuevo miembro de su cuerpo, y le hizo extender una

diligencia propia del caso.

Después salió prometiendo que no tardaría en volver trayendo a María.

Tomasa le esperaba junto a la puerta de la escalera con ademán

suplicante y tímido como para excusar la pregunta que iba a dirigirle.

La criada deseaba saber el motivo de la detención de Baselga y lo

preguntaba humildemente al comisario. Este apenas si recordaba el

suceso. ¡Tantas prisiones nacía todos los días! Los detalles que le dió

Tomasa desvanecieron un tanto su olvido, y al fin, mientras comenzaba a

bajar la escalera, dijo con el acento del hombre que recuerda un suceso

insignificante:

--¡Ah! Sí; creo que fué ayer cuando detuve a un conde español en la

calle de los Santos Padres. Sí; eso es. Se llama Baselga, ¿no es verdad?

Y ante los signos afirmativos de la aragonesa dijo cuando ya estaba en

un rellano inferior:

--Ha sido denunciado por la Embajada de España como conspirador carlista

y lo llevamos a Mazas. No es cosa importante, tal vez salga mañana

mismo, pero será para que la gendarmería lo conduzca a la frontera.

Cuando el comisario desapareció, Tomasa, segura ya de la suerte de

María, se preocupó únicamente de Baselga, que, indudablemente, iba a ser

víctima de la malicia del señor García, porque la doméstica no vacilaba

en creer al viejo devoto el causante de todas las desgracias.

Ella sabía que el conde tenía en París numerosas amigos, compañeros de

emigración, y que estaba relacionado con las principales familias del

barrio de San Germán; daba como seguro que todos ignorarían la desgracia

de Baselga y se proponía avisarlos para que con sus poderosas gestiones

impidiesen que fuese expulsado de Francia; pero apenas formulados estos

pensamientos se detenía ante un obstáculo tan insuperable como era el

que ella no conocía a tales personas e ignoraba sus domicilios, siendo

una empresa imposible buscarlos a ciegas en una ciudad inmensa como

París.

Pero Tomasa, así que adoptaba una resolución, no se detenía ante ningún

obstáculo y se propuso, mientras el comisario volvía con María, buscar

en los hoteles del barrio de San Germán alguna de aquellas familias

nobles que conociesen a Baselga.

Difícil era la tarea y más tratándose de gentes inabordables por su

posición; pero Tomasa se proponía sufrir toda clase de humillaciones y

hostilizar con preguntas a todos los porteros y criados del barrio

aristocrático, hasta encontrar lo que deseaba.

El estado, cada vez más grave, de su señor le producía ciertas dudas al

adoptar la decisiva resolución; pero pudo más en ella, el deseo de hacer

la felicidad de los dos amantes, y aprovechando la visita del médico,

que, como de costumbre, hizo concebir al enfermo lisonjeras esperanzas,

que él después contradecía con tristes movimientos de cabeza, salió a la

calle.

Comenzaba a obscurecer, y las calles de París estaban envueltas en esa

confusa penumbra que reina en los instantes que muere el día, y los

encargados del alumbrado público se retrasaban en encender los faroles.

Tomasa emprendió su marcha a paso rápido, y al ir a desembocar en la

plaza de San Sulpicio tropezó con un hombre que venía en opuesta

dirección.

La criada experimentó la misma impresión que si se viese en presencia de

un aparecido.

--Señor conde--exclamó, por fin, con voz emocionada y temblorosa--. ¿Es

usted mismo? ¿Cómo se encuentra libre?

Efectivamente, aquel hombre era Baselga, que se dirigía a colocarse en

la esquina de la calle Ferou para espiar la casa de Avellaneda, con la

esperanza de encontrar a la criada y saber de María.

Tomasa experimentaba una alegría inmensa por el encuentro y oyó con la

mayor atención el relato de cuanto le había ocurrido al conde.

Apenas éste se vió encerrado en Mazas, envió una carta a uno de sus

amigos franceses, persona influyente con el ministro del Interior, y el

cual en pocas horas había conseguido anular la detención y librarle de

ser conducido a la frontera, logrando que el embajador español declarase

que había sido víctima de una equivocación al pedir que fuese expulsado

el conde de Baselga.

Una hora antes había sido puesto en libertad, y, después de subir a su

casa con un agente de Policía, que le devolvió todos los papeles y

objetos ocupados en el registro, se apresuró a ir a la calle de Ferou,

en cuya esquina le ocurrió el casual encuentro con Tomasa.

Cuando ésta le relató lo que había ocurrido en su casa desde la última

vez que se avistó con él, Baselga mostróse indignado y desahogó su

cólera profiriendo algunas expresiones malsonantes contra el señor

García.

Cuando los dos acabaron de manifestarse todo cuanto sabían, reinó un

largo silencio, que al fin interrumpió Baselga:

--¿Y qué piensa hacer tu señor?

--Don Ricardo está indignado contra su antiguo amigo, que ha pretendido

robarle la hija para apoderarse de sus millones.

--Esto no impedirá que siga odiándome.

--¡Quién sabe! Hace poco, cuando hablé de usted para relatar su prisión,

no manifestó tanto enfado como en otras ocasiones. La mala acción del

señor García ha modificado bastante sus ideas.

--¿Está ahora solo don Ricardo?

--Sí: hace poco rato fué el médico y en cuanto a ese pícaro devoto, no

ha vuelto desde esta mañana, en que fué a acompañar a la señorita al

convento. ¡Ah! ¡Qué alegría la mía cuando vea la cara de condenado que

pondrá ese viejo al saber que se le ha escapado la presa y que la

señorita vuelve a estar entre nosotros!

El conde había adoptado una resolución. Deseaba tener una entrevista con

don Ricardo, repetirle otra vez sus pretensiones amorosas y darle a

entender el verdadero móvil de aquella sorda conspiración que se cebaba

en todos ellos.

Sabía bien Baselga a lo que se exponía relatando a Avellaneda los

secretos de la Compañía, y poniendo en su conocimiento las artes de que

ésta iba valiéndose para apoderarse de los millones de su hija; pero en

la situación en qué se encontraba estaba dispuesto a todo y no vacilaba

en arrostrar las iras del jesuitismo.

Este le había declarado la guerra con aquella prisión, que era obra del

padre Fabián, y le acababa de robar la mujer amada; no era, pues, el

instante propicio para contemplaciones, y para salvarse y realizar sus

aspiraciones amorosas, necesariamente había de torcer la voluntad del

moribundo, diciéndole toda la verdad.

Tomasa no encontró mala la idea de la entrevista, y volvió a casa

seguida del conde, al que dejó en el comedor, entrando inmediatamente en

la habitación del enfermo.

Había que preparar a don Ricardo y evitarle la impresión demasiado

fuerte que le produciría la inmediata presentación del conde.

Cuando un cuarto de hora después Baselga entró en la alcoba del enfermo,

notó que éste le recibía mejor de lo que esperaba. En su rostro

desencajado veíase una expresión de bondad que tranquilizó al conde.

Tomasa valiéndose del ascendiente que tenía sobre su amo, le había

sermoneado bastante, y éste, por su parte reflexionó lo suficiente para

que algunas de sus antiguas preocupaciones fuesen desvaneciéndose.

¿Por qué se había él opuesto a aquellos amores? Unicamente por los

terribles celos que le producía el pensar que un hombre le privase de la

presencia de su hija; pero desde que el señor García había intentado

robarle a María para siempre, Avellaneda comenzaba a mirar a Baselga con

más simpatía. Al fin, éste buscaba a su hija para hacerla su esposa

feliz, mientras que el viejo devoto, con sus ocultos auxiliares, querían

arrebatársela para robarla sus millones y hacerla morir de tristeza en

el fondo de un convento.

Además, la persecución de que era objeto Baselga a causa de sus amores,

despertaba forzosamente en el ánimo del viejo una especie de

agradecimiento al hombre que tales desgracias sufría por el cariño que

profesaba a su hija.

Aquellas horas pasadas sin la presencia de María y que resultaban

tristes y monótonas para el padre, hacían más agradable la presencia del

emigrado, pues el anciano experimentaba junto a él una impresión

parecida a la que siente el amante al rozarse con los seres que viven en

intimidad con la mujer amada. Hasta le parecía al buen don Ricardo que

en el conde había alero del perfume virginal de María.

La conferencia fué tan afectuosa como lo permitían las dolencias del

enfermo, que de vez en cuando le arrancaban quejidos de dolor.

Baselga lo contó todo. Sus conferencias con el padre Fabián, la

oposición que la Compañía de Jesús había hecho a su matrimonio y el

deseo de que María fuese a morir en un convento y, por fin, el afán que

sentía el jesuitismo por apoderarse de los millones de María.

Cuando Avellaneda supo que su amigo García era un jesuíta que durante

tantos años había permanecido en el seno de su familia, siendo

considerado como un individuo de ella, y pagando tanto cariño con un

continuo espionaje y la preparación lenta, pero secura, del robo de la

fortuna de su hija, sintió miedo e indignación a un tiempo.

Entonces las ideas del pasado se agolparon rápidamente en el cerebro de

Avellaneda, y profirió terribles palabras contra aquellas sabandijas de

la religión, que durante siglos enteros trabajaban por apoderarse de

toda la autoridad y toda la riqueza de la tierra.

Don Ricardo comenzó a sentir cierta compasiva simpatía hacia aquel

hombre que tanto cariño demostraba y que tan francamente exponía sus

ideas.

Cuando Baselga volvió a manifestar su pretensión de ser esposo de

María, Avellaneda le interrumpió con acento bondadoso:

--No siga usted adelante. Se casará usted con mi hija. Yo, a pesar de

cuanto dice el módico, conozco mi situación y comprendo que esto se va.

No quiero morir dejando a mi hija desamparada y bajo las garras de esos

jesuítas que buscan sus millones. Será usted el marido de María, y ojalá

que sea pronto, pues conozco que mi vida no da mucho de sí.

Baselga estrechó con efusión la descarnada mano del enfermo, y Tomasa,

que siguiendo una antigua costumbre escuchaba la conversación tras el

cortinaje de la puerta, creyó del caso entrar para demostrar al señor su

agradecimiento con algunas lágrimas.

En aquel instante el ruido de un carruaje en marcha, que conmovía el

adoquinado de la calle, cesó frente a la casa, y momentos después sonó

la campanilla de la escalera con nerviosa y prolongada vibración.

Tomasa se estremeció, y dejándose llevar de un irreflexivo instinto,

gritó palmoteando de alegría:

--¡La señorita! ¡Es la señorita!

La araña negra, t. 2/9 · 第 39 / 43 题