Se deshace la trama.
El comisario de Policía del barrio de San Sulpicio era un buen señor,
bajo de estatura, algo ventrudo y de rostro bonachón, lo que no impedía
que llevase con bastante majestad el fajín tricolor y que en algunas
ocasiones sus ojuelos tras los cristales de las gafas brillasen de un
modo imponente.
Más de dos horas tuvo que aguardarlo Tomasa en la oficina de Policía,
pues estaba ausente por asuntos del servicio; pero apenas al volver
escuchó los ruegos de la criada, marchó directamente a casa de
Avellaneda, a pesar del cansancio que manifestaba.
Al entrar en la habitación del enfermo y contemplar el aspecto de don
Ricardo, movió la cabeza de un modo triste. Estaba muy habituado a ver
enfermos e instintivamente adivinaba la aproximación de la muerte.
Con benévola complacencia escuchó las palabras entrecortadas de
Avellaneda, dichas con acento débil, y lo que el funcionario sacó como
consecuencia fué que María había sido arrebatada del hogar paterno con
engaño y que era necesario ir cuanto antes al convento de Santa Isabel
para sacarla de él.
El comisario dirigióse a su secretario, un pobre diablo raído y
macilento en quien el rollo de papeles bajo el brazo parecía haberse
convertido en un nuevo miembro de su cuerpo, y le hizo extender una
diligencia propia del caso.
Después salió prometiendo que no tardaría en volver trayendo a María.
Tomasa le esperaba junto a la puerta de la escalera con ademán
suplicante y tímido como para excusar la pregunta que iba a dirigirle.
La criada deseaba saber el motivo de la detención de Baselga y lo
preguntaba humildemente al comisario. Este apenas si recordaba el
suceso. ¡Tantas prisiones nacía todos los días! Los detalles que le dió
Tomasa desvanecieron un tanto su olvido, y al fin, mientras comenzaba a
bajar la escalera, dijo con el acento del hombre que recuerda un suceso
insignificante:
--¡Ah! Sí; creo que fué ayer cuando detuve a un conde español en la
calle de los Santos Padres. Sí; eso es. Se llama Baselga, ¿no es verdad?
Y ante los signos afirmativos de la aragonesa dijo cuando ya estaba en
un rellano inferior:
--Ha sido denunciado por la Embajada de España como conspirador carlista
y lo llevamos a Mazas. No es cosa importante, tal vez salga mañana
mismo, pero será para que la gendarmería lo conduzca a la frontera.
Cuando el comisario desapareció, Tomasa, segura ya de la suerte de
María, se preocupó únicamente de Baselga, que, indudablemente, iba a ser
víctima de la malicia del señor García, porque la doméstica no vacilaba
en creer al viejo devoto el causante de todas las desgracias.
Ella sabía que el conde tenía en París numerosas amigos, compañeros de
emigración, y que estaba relacionado con las principales familias del
barrio de San Germán; daba como seguro que todos ignorarían la desgracia
de Baselga y se proponía avisarlos para que con sus poderosas gestiones
impidiesen que fuese expulsado de Francia; pero apenas formulados estos
pensamientos se detenía ante un obstáculo tan insuperable como era el
que ella no conocía a tales personas e ignoraba sus domicilios, siendo
una empresa imposible buscarlos a ciegas en una ciudad inmensa como
París.
Pero Tomasa, así que adoptaba una resolución, no se detenía ante ningún
obstáculo y se propuso, mientras el comisario volvía con María, buscar
en los hoteles del barrio de San Germán alguna de aquellas familias
nobles que conociesen a Baselga.
Difícil era la tarea y más tratándose de gentes inabordables por su
posición; pero Tomasa se proponía sufrir toda clase de humillaciones y
hostilizar con preguntas a todos los porteros y criados del barrio
aristocrático, hasta encontrar lo que deseaba.
El estado, cada vez más grave, de su señor le producía ciertas dudas al
adoptar la decisiva resolución; pero pudo más en ella, el deseo de hacer
la felicidad de los dos amantes, y aprovechando la visita del médico,
que, como de costumbre, hizo concebir al enfermo lisonjeras esperanzas,
que él después contradecía con tristes movimientos de cabeza, salió a la
calle.
Comenzaba a obscurecer, y las calles de París estaban envueltas en esa
confusa penumbra que reina en los instantes que muere el día, y los
encargados del alumbrado público se retrasaban en encender los faroles.
Tomasa emprendió su marcha a paso rápido, y al ir a desembocar en la
plaza de San Sulpicio tropezó con un hombre que venía en opuesta
dirección.
La criada experimentó la misma impresión que si se viese en presencia de
un aparecido.
--Señor conde--exclamó, por fin, con voz emocionada y temblorosa--. ¿Es
usted mismo? ¿Cómo se encuentra libre?
Efectivamente, aquel hombre era Baselga, que se dirigía a colocarse en
la esquina de la calle Ferou para espiar la casa de Avellaneda, con la
esperanza de encontrar a la criada y saber de María.
Tomasa experimentaba una alegría inmensa por el encuentro y oyó con la
mayor atención el relato de cuanto le había ocurrido al conde.
Apenas éste se vió encerrado en Mazas, envió una carta a uno de sus
amigos franceses, persona influyente con el ministro del Interior, y el
cual en pocas horas había conseguido anular la detención y librarle de
ser conducido a la frontera, logrando que el embajador español declarase
que había sido víctima de una equivocación al pedir que fuese expulsado
el conde de Baselga.
Una hora antes había sido puesto en libertad, y, después de subir a su
casa con un agente de Policía, que le devolvió todos los papeles y
objetos ocupados en el registro, se apresuró a ir a la calle de Ferou,
en cuya esquina le ocurrió el casual encuentro con Tomasa.
Cuando ésta le relató lo que había ocurrido en su casa desde la última
vez que se avistó con él, Baselga mostróse indignado y desahogó su
cólera profiriendo algunas expresiones malsonantes contra el señor
García.
Cuando los dos acabaron de manifestarse todo cuanto sabían, reinó un
largo silencio, que al fin interrumpió Baselga:
--¿Y qué piensa hacer tu señor?
--Don Ricardo está indignado contra su antiguo amigo, que ha pretendido
robarle la hija para apoderarse de sus millones.
--Esto no impedirá que siga odiándome.
--¡Quién sabe! Hace poco, cuando hablé de usted para relatar su prisión,
no manifestó tanto enfado como en otras ocasiones. La mala acción del
señor García ha modificado bastante sus ideas.
--¿Está ahora solo don Ricardo?
--Sí: hace poco rato fué el médico y en cuanto a ese pícaro devoto, no
ha vuelto desde esta mañana, en que fué a acompañar a la señorita al
convento. ¡Ah! ¡Qué alegría la mía cuando vea la cara de condenado que
pondrá ese viejo al saber que se le ha escapado la presa y que la
señorita vuelve a estar entre nosotros!
El conde había adoptado una resolución. Deseaba tener una entrevista con
don Ricardo, repetirle otra vez sus pretensiones amorosas y darle a
entender el verdadero móvil de aquella sorda conspiración que se cebaba
en todos ellos.
Sabía bien Baselga a lo que se exponía relatando a Avellaneda los
secretos de la Compañía, y poniendo en su conocimiento las artes de que
ésta iba valiéndose para apoderarse de los millones de su hija; pero en
la situación en qué se encontraba estaba dispuesto a todo y no vacilaba
en arrostrar las iras del jesuitismo.
Este le había declarado la guerra con aquella prisión, que era obra del
padre Fabián, y le acababa de robar la mujer amada; no era, pues, el
instante propicio para contemplaciones, y para salvarse y realizar sus
aspiraciones amorosas, necesariamente había de torcer la voluntad del
moribundo, diciéndole toda la verdad.
Tomasa no encontró mala la idea de la entrevista, y volvió a casa
seguida del conde, al que dejó en el comedor, entrando inmediatamente en
la habitación del enfermo.
Había que preparar a don Ricardo y evitarle la impresión demasiado
fuerte que le produciría la inmediata presentación del conde.
Cuando un cuarto de hora después Baselga entró en la alcoba del enfermo,
notó que éste le recibía mejor de lo que esperaba. En su rostro
desencajado veíase una expresión de bondad que tranquilizó al conde.
Tomasa valiéndose del ascendiente que tenía sobre su amo, le había
sermoneado bastante, y éste, por su parte reflexionó lo suficiente para
que algunas de sus antiguas preocupaciones fuesen desvaneciéndose.
¿Por qué se había él opuesto a aquellos amores? Unicamente por los
terribles celos que le producía el pensar que un hombre le privase de la
presencia de su hija; pero desde que el señor García había intentado
robarle a María para siempre, Avellaneda comenzaba a mirar a Baselga con
más simpatía. Al fin, éste buscaba a su hija para hacerla su esposa
feliz, mientras que el viejo devoto, con sus ocultos auxiliares, querían
arrebatársela para robarla sus millones y hacerla morir de tristeza en
el fondo de un convento.
Además, la persecución de que era objeto Baselga a causa de sus amores,
despertaba forzosamente en el ánimo del viejo una especie de
agradecimiento al hombre que tales desgracias sufría por el cariño que
profesaba a su hija.
Aquellas horas pasadas sin la presencia de María y que resultaban
tristes y monótonas para el padre, hacían más agradable la presencia del
emigrado, pues el anciano experimentaba junto a él una impresión
parecida a la que siente el amante al rozarse con los seres que viven en
intimidad con la mujer amada. Hasta le parecía al buen don Ricardo que
en el conde había alero del perfume virginal de María.
La conferencia fué tan afectuosa como lo permitían las dolencias del
enfermo, que de vez en cuando le arrancaban quejidos de dolor.
Baselga lo contó todo. Sus conferencias con el padre Fabián, la
oposición que la Compañía de Jesús había hecho a su matrimonio y el
deseo de que María fuese a morir en un convento y, por fin, el afán que
sentía el jesuitismo por apoderarse de los millones de María.
Cuando Avellaneda supo que su amigo García era un jesuíta que durante
tantos años había permanecido en el seno de su familia, siendo
considerado como un individuo de ella, y pagando tanto cariño con un
continuo espionaje y la preparación lenta, pero secura, del robo de la
fortuna de su hija, sintió miedo e indignación a un tiempo.
Entonces las ideas del pasado se agolparon rápidamente en el cerebro de
Avellaneda, y profirió terribles palabras contra aquellas sabandijas de
la religión, que durante siglos enteros trabajaban por apoderarse de
toda la autoridad y toda la riqueza de la tierra.
Don Ricardo comenzó a sentir cierta compasiva simpatía hacia aquel
hombre que tanto cariño demostraba y que tan francamente exponía sus
ideas.
Cuando Baselga volvió a manifestar su pretensión de ser esposo de
María, Avellaneda le interrumpió con acento bondadoso:
--No siga usted adelante. Se casará usted con mi hija. Yo, a pesar de
cuanto dice el módico, conozco mi situación y comprendo que esto se va.
No quiero morir dejando a mi hija desamparada y bajo las garras de esos
jesuítas que buscan sus millones. Será usted el marido de María, y ojalá
que sea pronto, pues conozco que mi vida no da mucho de sí.
Baselga estrechó con efusión la descarnada mano del enfermo, y Tomasa,
que siguiendo una antigua costumbre escuchaba la conversación tras el
cortinaje de la puerta, creyó del caso entrar para demostrar al señor su
agradecimiento con algunas lágrimas.
En aquel instante el ruido de un carruaje en marcha, que conmovía el
adoquinado de la calle, cesó frente a la casa, y momentos después sonó
la campanilla de la escalera con nerviosa y prolongada vibración.
Tomasa se estremeció, y dejándose llevar de un irreflexivo instinto,
gritó palmoteando de alegría:
--¡La señorita! ¡Es la señorita!