XIX

El fin de un jesuíta.

Eran las once de la noche, y desde las ocho que el señor García, sentado

en un sillón del despacho del padre Fabián, esperaba pacientemente la

llegada de éste.

El cerebro del viejo devoto era un hervidero de pensamientos.

La derrota que acababa de sufrir, aquel rápido desmoronamiento de la

obra construída a costa de largos años y de inagotable paciencia, le

producía una cólera sorda que se traslucía con gruñidos sordos y

nerviosos estremecimientos.

La catástrofe le había sorprendido en los momentos en que más victorioso

se creía y esto aumentaba aún más su pesadumbre.

Lo que más le aterraba era lo que pudiera decirle el padre Fabián al

saber todo lo ocurrido.

Conocía muy bien a su superior y adivinaba cuán terrible iba a ser la

explosión de su cólera.

Poseído de mortal angustia, el viejo deseaba salir cuanto antes de la

cruel incertidumbre, y esperaba ansioso la llegada del jesuíta, pero al

mismo tiempo temblaba siempre que algún ruido exterior le hacía creer en

la proximidad del padre Fabián.

Cuando cerca ya de media noche sonó un gran estrépito en la habitación

cercana al despacho y se oyó la voz colérica del padre Fabián riñendo

con destempladas palabras a uno de sus fámulos, el viejo púsose en pie,

y bajando la cabeza con expresión humilde, aguardó temblando.

Entró el jesuíta con precipitado paso abarcó con una terrible mirada la

encorvada figura de su agente, y después arrojó sobre un sofá su

sombrero de teja y la hopalanda de seda que llevaba sobre la sotana.

El silencio que reinó durante algunos minutos producía más impresión en

el viejo que los más furiosos insultos. El señor García comprendía que

aquel silencio anunciaba para él algo más terrible que un tropel de

iracundas acusaciones.

El padre Fabián dió varios paseos a lo largo de la habitación con el

rostro congestionado y respirando con cierta dificultad, y, por fin,

tomó asiento frente al viejo, que seguía de pie en actitud humilde.

--¿Desde cuándo estáis aquí?

--Desde las ocho, reverendo padre.

El jesuíta volvió a quedar silencioso y el señor García creyó que debía

aprovechar la pausa para darle cuenta de lo ocurrido.

--Reverendo padre, tengo que manifestaros que...

--No sigáis. Estoy enterado perfectamente de cuanto ha ocurrido en casa

de Avellaneda. Sois un miserable, un canalla, un imbécil, pues con

vuestro torpeza no sólo habéis impedido que adquiriese quince millones

la Compañía, sino que la acabáis de poner en peligro.

El señor García no intentó defenderse y sufrió impávido ludas las

injurias de su superior.

--A no ser por mí, que he sabido a tiempo, antes que vos mismo lo

ocurrido en casa de Avellaneda y la intervención que la policía tomaba

en el asunto, a estas horas el suceso sería publico y mañana esa maldita

prensa liberal relataría en todos los tonos que los jesuítas habían

arrebatado a una joven del hogar paterno para encerrarla en uní convento

y apoderarse de sus millones. Gracias a mi actividad y a las grandes

relaciones de la Orden, se ha podido echar tierra al asunto, evitar a

nuestros eternos enemigos la satisfacción que les hubiese producido el

resultado de vuestra torpeza.

El viejo seguía confuso y cariacontecido, oyendo la filípica de su

superior.

--¿Esta es la portentosa habilidad que poseéis para arreglar los

negocios que se os encomiendan?

--Reverendo padre, os juro que yo no soy culpable. He llevado el negocio

tan bien como he podido y, a no ser por la fatalidad que se ha cruzado

en mi marcha...

--¿Habláis de la fatalidad?--le interrumpió furioso el jesuíta--. ¿Qué

tiene que ver la fatalidad con esto? Vuestra torpeza es la culpable y

nadie más.

--Yo no puedo explicarme, reverendo padre, el mal éxito de esta

operación. Cuando todo estaba ya seguro: la niña en el convento y el

novio en la cárcel, llego a la casa y me veo a los dos amantes en

amorosa plática y a un comisario de Policía junto al lecho. Esto, por lo

repentino e inesperado, parece obra del diablo. Dígame vuestra

reverencia, que como de costumbre estará mejor enterado, quién ha

deshecho tan rápidamente toda mi obra. Tengo un deseo rabioso de

saberlo, y horas enteras he permanecido aquí buscando en mi imaginación

al verdadero autor de tal prodigio.

--¡Ah, repugnante imbécil! ¡De qué os sirve tener ojos si no veis a los

que están a vuestro lado y por qué pasáis por listo si no conocéis a las

personas que os rodean! La criada del señor Avellaneda, esa mujer ruda y

zafia, según mis informes, es la que se ha burlado de la Orden

deshaciendo toda la trama.

--¿Ha sido Tomasa? No puedo creerlo, reverendo padre.

--Siempre, seréis un necio confiado. Ya sabéis que dentro de la casa

tenemos muy buenos espías cuyos informes no mienten. Esa Tomasa ha sido,

y vos, obrando como un hombre hábil y como buen miembro de la Orden,

debíais haber comenzado por haceros dueño absoluto de su voluntad.

--Lo era, reverendo padre. Tomasa me quería y nacía caso de todos mis

consejos.

--Vuestra fatuidad os hacia creer que erais dueño de una voluntad, sobre

la que no tenéis ningún ascendiente. En la Compañía ya sabéis que nadie

se considera dueño de otro hasta que ha anulado su voluntad de modo que

puede convertirlo en un cadáver automático.

El señor García quedó anonadado por tal lección, pero con el afán de

congraciarse con su superior, dijo con acento de confianza:

--Todavía no se ha perdido todo, pues aun vive la hija de Avellaneda, y

de la voluntad de ésta si que soy dueño absoluto. Ved si no con qué

facilidad la conduje al convento.

--Es tarde ya. Ahora nada podéis, pues la proximidad de su amante ha

disipado sus aficiones a la vida monástica.

--Aun puede hacerse algo. Quitemos de en medio a Baselga. Métalo vuestra

paternidad otra vez en la cárcel.

--No puede ser. El conde tiene amigos que le protegen y su inocencia ha

quedado en claro, y otra queja por conspirador no surtiría ningún

efecto.

--Pues entonces--dijo el vejete levantando audazmente la cabeza y

sonriendo con expresión satánica--, anulémoslo. Ya sabe vuestra

paternidad que no nos faltan medios para librarnos de un hombre.

--Eso en esta ocasión sería la mayor de las imbecilidades. La autoridad

está advertida; gracias a vuestra torpeza, conoce el interés que nos

impulsa en nuestras relaciones con la señorita Avellaneda, y la menor

desgracia que ocurriera al conde de Baselga haría caer sobre nuestra

cabeza una tremenda responsabilidad.

El señor García reconoció la verdad de tales observaciones y murmuró con

desaliento:

--Es verdad. Forzosamente hay que respetar a ese conde, que va a hacerse

dueño de una fortuna que era ya nuestra.

--Pronto será esposo de esa joven. Según los informes que acabo de

recibir, Avellaneda está ya en la agonía, pero antes ha dado de un modo

solemne, y ante notario, su consentimiento para que María contraiga

matrimonio con Baselga lo antes posible.

Esta noticia no sorprendía al vejete, pero le producía una diabólica

irritación. ¡Oh, rabia! Ver cómo aquel conde hambriento se hacía dueño

de los quince millones que él consideraba ya como de la Compañía, y no

poder evitar aquello que él tenía como un escandaloso robo.

Su derrota era completa, y el mísero agente de la Compañía comprendía

que ésta tenía motivo sobrado para castigarle cruelmente. El, en lugar

del padre Fabián, se hubiera ensañado con el ejecutor torpe que

comprometía a la Orden y perdía una cantidad enorme cuando ya la

conceptuaba segura.

Pero a pesar de este convencimiento, el señor García, instintivamente,

buscó el mejor medio de excusarse, y dijo con humildad:

--Reconozco, reverendo padre, que he sido un miserable y que merezco ser

castigado; pero no me negaréis que mi plan estaba bien urdido y que su

ruina sólo ha sido motivada por esa Tomasa, que equivale a un pequeño

detalle descuidado.

--En los trabajos que lleva a cabo un buen jesuíta no hay detalle grande

ni pequeño que merezca ser mirado con desprecio. Hicisteis caso omiso de

esa sirvienta; creisteis, en vuestra estúpida confianza, que no merecía

ninguna atención, y por ahí ha venido la muerte del negocio.

--Reverendo padre, yo era dueño de la voluntad de María, y creía, con

sobrado fundamento, que esto resultaba suficiente.

--Pues creíais mal. No basta apoderarse de una persona; es preciso hacer

el vacío a su alrededor, impidiéndola todo contacto con seres que puedan

oponerse a nuestra voluntad. No estando seguro de la adhesión

incondicional de esa doméstica, debíais haber buscado un medio para

anularla, sacándola de la esfera donde podía hacernos daño.

--¿Y el medio, reverendo padre? ¿Dónde encontrarlo?

--En cualquier pretexto. Veo que sois aún más torpe de lo que yo creía.

Cualquier medio era bueno para llegar a nuestro fin. No era necesario

que por medio de hábiles murmuraciones lograseis que riñese con su señor

y abandonase la casa, pues bastaba con que, por ejemplo, la hubieseis

hecho pasar por loca. Ya sabéis que a nuestro lado tenemos médicos

hábiles, capaces de certificar la locura del ser más cuerdo y meterlo en

un manicomio. Esto es lo que yo hubiese hecho, a no ser por vuestra

estúpida confianza, que me aseguraba la fidelidad de esa criada.

El señor García quedó anonadado por esta lección de su maestro, y

permaneció silencioso, mientras que el padre Fabián le contemplaba con

ojos de furor.

--Bien comprenderéis--continuó el superior--que después de este fracaso

que ha comprometido gravemente nuestro prestigio, la Compañía, no puede

permanecer indiferente ni dejar de castigar al agente inepto, indigno,

por mil conceptos, de seguir figurando en un santo ejército que marcha a

la conquista del mundo. Sois un soldado cobarde, y Jesús, nuestro

general, no os puede perdonar. ¿Lo creéis así?

--Sí, reverendo padre.

--¿No os parecerá muy terrible nuestro castigo?

--No. He faltado, y comprendo que la disciplina de la Orden, en la que

se basan todos nuestros triunfos, no podría subsistir si se tratara con

dulzura a los que delinquen. Castigad con dureza, reverendo padre; yo,

en vuestro lugar, haría lo mismo.

--Muy bien. Celebro que habléis de un modo tan razonable. Ved vuestro

castigo: desde este instante dejáis de pertenecer a la Compañía de

Jesús. Todos vuestros votos quedan anulados, y la Orden no se acordará

ya más de que os tuvo en su seno.

El señor García experimentó la misma impresión que si el techo hubiese

caído sobre su cabeza.

El esperaba ser sentenciado a terribles castigos personales, y se

proponía sufrirlos con calma; aguardaba humillaciones sin cuento y ser

despojado de aquella agradable consideración que gozaba en la Orden;

pero ser arrojado de ésta, perder su calidad de miembro de la Compañía

de Jesús, era un castigo terrible que nunca había imaginado llegase a

merecer.

Para el hombre que desde su juventud pertenecía a la misteriosa y

gigantesca Institución y la amaba hasta el punto de identificarse con

ella considerándola su única familia, verse forzado a abandonarla era el

peor de los tormentos.

Sin su calidad de jesuíta el señor García era un pobre diablo, un nadie,

incapaz de merecer el menor respeto, mientras que unido a la Compañía

sentía orgullo al considerarse una ruedecilla de la gran máquina que

batía en brecha al progreso, un menudo tentáculo de la gigantesca araña

negra que se proponía abarcar todo el mundo entre sus patas.

Además, dedicado toda su vida a los negocios de la Compañía, no había

tenido motivo de aprender una profesión con que ganarse la subsistencia;

y ahora, a la vejez, cuando estaba inútil para el trabajo y carecía de

dinero, pues la Compañía había atendido hasta entonces a todas sus

necesidades, ésta lo arrojaba para que muriera en medio de la calle

roído por el hambre y los remordimientos.

El señor García temblaba como un reo a quien acaban de leer la sentencia

de muerte. La humillación que le causaba el perder su importancia de

societario de Jesús y el miedo que le producía un porvenir de miserias

sin cuenta, le conmovían profundamente, desvaneciendo aquella audacia

que hasta poco antes le caracterizaba.

No era posible que él pudiese resistir tan cruel golpe, y por esto cayó

de rodillas a los pies de su superior derramando lágrimas como un niño.

--Reverendo padre--gimió--, yo no puedo resistir un castigo tan

terrible. Mandadme que me mate y os obedeceré; sentenciadme a las más

terribles penas, hacedme sufrir las mayores humillaciones y que sea el

último criado de vuestros fámulos; todo lo arrostraré pacientemente,

pero no me arrojéis de la Orden, que es para mí más que mi propia madre.

¡Compasión, reverendo padre, compasión para este desgraciado!

Y el miserable viejo abrazaba las piernas de su superior con ademán

desesperado, bañando su sotana con lágrimas.

El padre Fabián permanecía insensible y hacía esfuerzos por repeler al

suplicante viejo.

--Inútil es cuanto digáis--dijo el jesuíta--, pues la Compañía piensa

bien las cosas antes de decidirse, y está resuelta a sostener el castigo

que os impone. Hemos terminado, pues, y debéis, por tanto, daros por

arrojado de la Orden.

El señor García, siempre arrodillado, pugnó por abrazar las piernas que

se le escapaban, y conteniendo sus sollozos, fué a hablar; pero en el

mismo instante recibió en el rostro un vigoroso puntapié del padre

Fabián, que le hizo caer al suelo.

Era un arranque característico del jesuíta, que había sido antes

soldado.

El reverendo padre estaba furioso.

--Señor García--dijo con una frialdad terrible--; me estáis molestando

con esa mojiganga insubstancial. La Compañía no os quiere ya y os envía

a que acabéis vuestra vida en el arroyo, como un perro viejo y sarnoso.

Salid al momento, si no queréis que a patadas os ponga en la puerta.

El viejo se levantó penosamente del suelo, limpiándose la sangre que

corría por su rostro a causa del golpe recibido.

Sabia perfectamente que aquel gigante con sotana era capaz de todo.

Con paso lento se dirigió a la puerta, y todavía al llegar a ésta

volvióse coja ademán suplicante.

--¡Salid--gritó el superior--, y olvidaos para siempre de mí! Yo, por mi

parte, me guardaré en adelante de salir responsable ante el general de

Roma de imbéciles como vos.

El viejo salió del despacho.

¡Arrojado de la Compañía! ¡Abandonado para siempre! No; él no podía

sobrevivir a tan gran desgracia.

Ya buscaría el medio de librarse de tal humillación antes que la miseria

lo atormentase.

Había sido vencido, pero sabría caer con grandeza.

* * * * *

En la madrugada del día siguiente los guardias municipales situados en

las inmediaciones del puente de las Artes, vieron caer un hombre en el

Sena, reaparecer por dos veces sobre las negruzcas aguas y hundirse, por

fin, definitivamente.

A las diez de la mañana los dependientes del Municipio, con la habilidad

propia de los que diariamente tenían que entender en sucesos iguales,

habían pescado el cadáver; a los pocos minutos era expuesto éste, sucio

e hinchado, en el depósito de la Morgue, y antes del mediodía constaba

en el registro de la Policía que en la noche anterior, y a juzgar por

los documentos que se habían encontrado sobre el interfecto, se había

suicidado, arrojándose al Sena, un español, de edad avanzaba, llamado

José García y domiciliado en la calle de las Santos Padres.

Suceso fué este que no llegó a preocupar a media docena de parisienses,

ni mereció de los periódicos otra cosa que una noticia de dos lineas.

La Compañía de Jesús se había librado de un inválido que le estorbaba.

La araña negra, t. 2/9 · 第 41 / 43 题