El fin de un jesuíta.
Eran las once de la noche, y desde las ocho que el señor García, sentado
en un sillón del despacho del padre Fabián, esperaba pacientemente la
llegada de éste.
El cerebro del viejo devoto era un hervidero de pensamientos.
La derrota que acababa de sufrir, aquel rápido desmoronamiento de la
obra construída a costa de largos años y de inagotable paciencia, le
producía una cólera sorda que se traslucía con gruñidos sordos y
nerviosos estremecimientos.
La catástrofe le había sorprendido en los momentos en que más victorioso
se creía y esto aumentaba aún más su pesadumbre.
Lo que más le aterraba era lo que pudiera decirle el padre Fabián al
saber todo lo ocurrido.
Conocía muy bien a su superior y adivinaba cuán terrible iba a ser la
explosión de su cólera.
Poseído de mortal angustia, el viejo deseaba salir cuanto antes de la
cruel incertidumbre, y esperaba ansioso la llegada del jesuíta, pero al
mismo tiempo temblaba siempre que algún ruido exterior le hacía creer en
la proximidad del padre Fabián.
Cuando cerca ya de media noche sonó un gran estrépito en la habitación
cercana al despacho y se oyó la voz colérica del padre Fabián riñendo
con destempladas palabras a uno de sus fámulos, el viejo púsose en pie,
y bajando la cabeza con expresión humilde, aguardó temblando.
Entró el jesuíta con precipitado paso abarcó con una terrible mirada la
encorvada figura de su agente, y después arrojó sobre un sofá su
sombrero de teja y la hopalanda de seda que llevaba sobre la sotana.
El silencio que reinó durante algunos minutos producía más impresión en
el viejo que los más furiosos insultos. El señor García comprendía que
aquel silencio anunciaba para él algo más terrible que un tropel de
iracundas acusaciones.
El padre Fabián dió varios paseos a lo largo de la habitación con el
rostro congestionado y respirando con cierta dificultad, y, por fin,
tomó asiento frente al viejo, que seguía de pie en actitud humilde.
--¿Desde cuándo estáis aquí?
--Desde las ocho, reverendo padre.
El jesuíta volvió a quedar silencioso y el señor García creyó que debía
aprovechar la pausa para darle cuenta de lo ocurrido.
--Reverendo padre, tengo que manifestaros que...
--No sigáis. Estoy enterado perfectamente de cuanto ha ocurrido en casa
de Avellaneda. Sois un miserable, un canalla, un imbécil, pues con
vuestro torpeza no sólo habéis impedido que adquiriese quince millones
la Compañía, sino que la acabáis de poner en peligro.
El señor García no intentó defenderse y sufrió impávido ludas las
injurias de su superior.
--A no ser por mí, que he sabido a tiempo, antes que vos mismo lo
ocurrido en casa de Avellaneda y la intervención que la policía tomaba
en el asunto, a estas horas el suceso sería publico y mañana esa maldita
prensa liberal relataría en todos los tonos que los jesuítas habían
arrebatado a una joven del hogar paterno para encerrarla en uní convento
y apoderarse de sus millones. Gracias a mi actividad y a las grandes
relaciones de la Orden, se ha podido echar tierra al asunto, evitar a
nuestros eternos enemigos la satisfacción que les hubiese producido el
resultado de vuestra torpeza.
El viejo seguía confuso y cariacontecido, oyendo la filípica de su
superior.
--¿Esta es la portentosa habilidad que poseéis para arreglar los
negocios que se os encomiendan?
--Reverendo padre, os juro que yo no soy culpable. He llevado el negocio
tan bien como he podido y, a no ser por la fatalidad que se ha cruzado
en mi marcha...
--¿Habláis de la fatalidad?--le interrumpió furioso el jesuíta--. ¿Qué
tiene que ver la fatalidad con esto? Vuestra torpeza es la culpable y
nadie más.
--Yo no puedo explicarme, reverendo padre, el mal éxito de esta
operación. Cuando todo estaba ya seguro: la niña en el convento y el
novio en la cárcel, llego a la casa y me veo a los dos amantes en
amorosa plática y a un comisario de Policía junto al lecho. Esto, por lo
repentino e inesperado, parece obra del diablo. Dígame vuestra
reverencia, que como de costumbre estará mejor enterado, quién ha
deshecho tan rápidamente toda mi obra. Tengo un deseo rabioso de
saberlo, y horas enteras he permanecido aquí buscando en mi imaginación
al verdadero autor de tal prodigio.
--¡Ah, repugnante imbécil! ¡De qué os sirve tener ojos si no veis a los
que están a vuestro lado y por qué pasáis por listo si no conocéis a las
personas que os rodean! La criada del señor Avellaneda, esa mujer ruda y
zafia, según mis informes, es la que se ha burlado de la Orden
deshaciendo toda la trama.
--¿Ha sido Tomasa? No puedo creerlo, reverendo padre.
--Siempre, seréis un necio confiado. Ya sabéis que dentro de la casa
tenemos muy buenos espías cuyos informes no mienten. Esa Tomasa ha sido,
y vos, obrando como un hombre hábil y como buen miembro de la Orden,
debíais haber comenzado por haceros dueño absoluto de su voluntad.
--Lo era, reverendo padre. Tomasa me quería y nacía caso de todos mis
consejos.
--Vuestra fatuidad os hacia creer que erais dueño de una voluntad, sobre
la que no tenéis ningún ascendiente. En la Compañía ya sabéis que nadie
se considera dueño de otro hasta que ha anulado su voluntad de modo que
puede convertirlo en un cadáver automático.
El señor García quedó anonadado por tal lección, pero con el afán de
congraciarse con su superior, dijo con acento de confianza:
--Todavía no se ha perdido todo, pues aun vive la hija de Avellaneda, y
de la voluntad de ésta si que soy dueño absoluto. Ved si no con qué
facilidad la conduje al convento.
--Es tarde ya. Ahora nada podéis, pues la proximidad de su amante ha
disipado sus aficiones a la vida monástica.
--Aun puede hacerse algo. Quitemos de en medio a Baselga. Métalo vuestra
paternidad otra vez en la cárcel.
--No puede ser. El conde tiene amigos que le protegen y su inocencia ha
quedado en claro, y otra queja por conspirador no surtiría ningún
efecto.
--Pues entonces--dijo el vejete levantando audazmente la cabeza y
sonriendo con expresión satánica--, anulémoslo. Ya sabe vuestra
paternidad que no nos faltan medios para librarnos de un hombre.
--Eso en esta ocasión sería la mayor de las imbecilidades. La autoridad
está advertida; gracias a vuestra torpeza, conoce el interés que nos
impulsa en nuestras relaciones con la señorita Avellaneda, y la menor
desgracia que ocurriera al conde de Baselga haría caer sobre nuestra
cabeza una tremenda responsabilidad.
El señor García reconoció la verdad de tales observaciones y murmuró con
desaliento:
--Es verdad. Forzosamente hay que respetar a ese conde, que va a hacerse
dueño de una fortuna que era ya nuestra.
--Pronto será esposo de esa joven. Según los informes que acabo de
recibir, Avellaneda está ya en la agonía, pero antes ha dado de un modo
solemne, y ante notario, su consentimiento para que María contraiga
matrimonio con Baselga lo antes posible.
Esta noticia no sorprendía al vejete, pero le producía una diabólica
irritación. ¡Oh, rabia! Ver cómo aquel conde hambriento se hacía dueño
de los quince millones que él consideraba ya como de la Compañía, y no
poder evitar aquello que él tenía como un escandaloso robo.
Su derrota era completa, y el mísero agente de la Compañía comprendía
que ésta tenía motivo sobrado para castigarle cruelmente. El, en lugar
del padre Fabián, se hubiera ensañado con el ejecutor torpe que
comprometía a la Orden y perdía una cantidad enorme cuando ya la
conceptuaba segura.
Pero a pesar de este convencimiento, el señor García, instintivamente,
buscó el mejor medio de excusarse, y dijo con humildad:
--Reconozco, reverendo padre, que he sido un miserable y que merezco ser
castigado; pero no me negaréis que mi plan estaba bien urdido y que su
ruina sólo ha sido motivada por esa Tomasa, que equivale a un pequeño
detalle descuidado.
--En los trabajos que lleva a cabo un buen jesuíta no hay detalle grande
ni pequeño que merezca ser mirado con desprecio. Hicisteis caso omiso de
esa sirvienta; creisteis, en vuestra estúpida confianza, que no merecía
ninguna atención, y por ahí ha venido la muerte del negocio.
--Reverendo padre, yo era dueño de la voluntad de María, y creía, con
sobrado fundamento, que esto resultaba suficiente.
--Pues creíais mal. No basta apoderarse de una persona; es preciso hacer
el vacío a su alrededor, impidiéndola todo contacto con seres que puedan
oponerse a nuestra voluntad. No estando seguro de la adhesión
incondicional de esa doméstica, debíais haber buscado un medio para
anularla, sacándola de la esfera donde podía hacernos daño.
--¿Y el medio, reverendo padre? ¿Dónde encontrarlo?
--En cualquier pretexto. Veo que sois aún más torpe de lo que yo creía.
Cualquier medio era bueno para llegar a nuestro fin. No era necesario
que por medio de hábiles murmuraciones lograseis que riñese con su señor
y abandonase la casa, pues bastaba con que, por ejemplo, la hubieseis
hecho pasar por loca. Ya sabéis que a nuestro lado tenemos médicos
hábiles, capaces de certificar la locura del ser más cuerdo y meterlo en
un manicomio. Esto es lo que yo hubiese hecho, a no ser por vuestra
estúpida confianza, que me aseguraba la fidelidad de esa criada.
El señor García quedó anonadado por esta lección de su maestro, y
permaneció silencioso, mientras que el padre Fabián le contemplaba con
ojos de furor.
--Bien comprenderéis--continuó el superior--que después de este fracaso
que ha comprometido gravemente nuestro prestigio, la Compañía, no puede
permanecer indiferente ni dejar de castigar al agente inepto, indigno,
por mil conceptos, de seguir figurando en un santo ejército que marcha a
la conquista del mundo. Sois un soldado cobarde, y Jesús, nuestro
general, no os puede perdonar. ¿Lo creéis así?
--Sí, reverendo padre.
--¿No os parecerá muy terrible nuestro castigo?
--No. He faltado, y comprendo que la disciplina de la Orden, en la que
se basan todos nuestros triunfos, no podría subsistir si se tratara con
dulzura a los que delinquen. Castigad con dureza, reverendo padre; yo,
en vuestro lugar, haría lo mismo.
--Muy bien. Celebro que habléis de un modo tan razonable. Ved vuestro
castigo: desde este instante dejáis de pertenecer a la Compañía de
Jesús. Todos vuestros votos quedan anulados, y la Orden no se acordará
ya más de que os tuvo en su seno.
El señor García experimentó la misma impresión que si el techo hubiese
caído sobre su cabeza.
El esperaba ser sentenciado a terribles castigos personales, y se
proponía sufrirlos con calma; aguardaba humillaciones sin cuento y ser
despojado de aquella agradable consideración que gozaba en la Orden;
pero ser arrojado de ésta, perder su calidad de miembro de la Compañía
de Jesús, era un castigo terrible que nunca había imaginado llegase a
merecer.
Para el hombre que desde su juventud pertenecía a la misteriosa y
gigantesca Institución y la amaba hasta el punto de identificarse con
ella considerándola su única familia, verse forzado a abandonarla era el
peor de los tormentos.
Sin su calidad de jesuíta el señor García era un pobre diablo, un nadie,
incapaz de merecer el menor respeto, mientras que unido a la Compañía
sentía orgullo al considerarse una ruedecilla de la gran máquina que
batía en brecha al progreso, un menudo tentáculo de la gigantesca araña
negra que se proponía abarcar todo el mundo entre sus patas.
Además, dedicado toda su vida a los negocios de la Compañía, no había
tenido motivo de aprender una profesión con que ganarse la subsistencia;
y ahora, a la vejez, cuando estaba inútil para el trabajo y carecía de
dinero, pues la Compañía había atendido hasta entonces a todas sus
necesidades, ésta lo arrojaba para que muriera en medio de la calle
roído por el hambre y los remordimientos.
El señor García temblaba como un reo a quien acaban de leer la sentencia
de muerte. La humillación que le causaba el perder su importancia de
societario de Jesús y el miedo que le producía un porvenir de miserias
sin cuenta, le conmovían profundamente, desvaneciendo aquella audacia
que hasta poco antes le caracterizaba.
No era posible que él pudiese resistir tan cruel golpe, y por esto cayó
de rodillas a los pies de su superior derramando lágrimas como un niño.
--Reverendo padre--gimió--, yo no puedo resistir un castigo tan
terrible. Mandadme que me mate y os obedeceré; sentenciadme a las más
terribles penas, hacedme sufrir las mayores humillaciones y que sea el
último criado de vuestros fámulos; todo lo arrostraré pacientemente,
pero no me arrojéis de la Orden, que es para mí más que mi propia madre.
¡Compasión, reverendo padre, compasión para este desgraciado!
Y el miserable viejo abrazaba las piernas de su superior con ademán
desesperado, bañando su sotana con lágrimas.
El padre Fabián permanecía insensible y hacía esfuerzos por repeler al
suplicante viejo.
--Inútil es cuanto digáis--dijo el jesuíta--, pues la Compañía piensa
bien las cosas antes de decidirse, y está resuelta a sostener el castigo
que os impone. Hemos terminado, pues, y debéis, por tanto, daros por
arrojado de la Orden.
El señor García, siempre arrodillado, pugnó por abrazar las piernas que
se le escapaban, y conteniendo sus sollozos, fué a hablar; pero en el
mismo instante recibió en el rostro un vigoroso puntapié del padre
Fabián, que le hizo caer al suelo.
Era un arranque característico del jesuíta, que había sido antes
soldado.
El reverendo padre estaba furioso.
--Señor García--dijo con una frialdad terrible--; me estáis molestando
con esa mojiganga insubstancial. La Compañía no os quiere ya y os envía
a que acabéis vuestra vida en el arroyo, como un perro viejo y sarnoso.
Salid al momento, si no queréis que a patadas os ponga en la puerta.
El viejo se levantó penosamente del suelo, limpiándose la sangre que
corría por su rostro a causa del golpe recibido.
Sabia perfectamente que aquel gigante con sotana era capaz de todo.
Con paso lento se dirigió a la puerta, y todavía al llegar a ésta
volvióse coja ademán suplicante.
--¡Salid--gritó el superior--, y olvidaos para siempre de mí! Yo, por mi
parte, me guardaré en adelante de salir responsable ante el general de
Roma de imbéciles como vos.
El viejo salió del despacho.
¡Arrojado de la Compañía! ¡Abandonado para siempre! No; él no podía
sobrevivir a tan gran desgracia.
Ya buscaría el medio de librarse de tal humillación antes que la miseria
lo atormentase.
Había sido vencido, pero sabría caer con grandeza.
* * * * *
En la madrugada del día siguiente los guardias municipales situados en
las inmediaciones del puente de las Artes, vieron caer un hombre en el
Sena, reaparecer por dos veces sobre las negruzcas aguas y hundirse, por
fin, definitivamente.
A las diez de la mañana los dependientes del Municipio, con la habilidad
propia de los que diariamente tenían que entender en sucesos iguales,
habían pescado el cadáver; a los pocos minutos era expuesto éste, sucio
e hinchado, en el depósito de la Morgue, y antes del mediodía constaba
en el registro de la Policía que en la noche anterior, y a juzgar por
los documentos que se habían encontrado sobre el interfecto, se había
suicidado, arrojándose al Sena, un español, de edad avanzaba, llamado
José García y domiciliado en la calle de las Santos Padres.
Suceso fué este que no llegó a preocupar a media docena de parisienses,
ni mereció de los periódicos otra cosa que una noticia de dos lineas.
La Compañía de Jesús se había librado de un inválido que le estorbaba.