La vieja criada de casa de Avellaneda estaba dominada por una continua
preocupación.
La enfermedad de su señor se agravaba por momentos, y el delirio le
dominaba hasta el punto de no dejarle más que muy breves ratos de
lucidez; pero no era ésta precisamente la causa del malestar
experimentado por Tomasa.
Las desgracias se seguían sin interrupción, y la antigua doméstica
parecía olfatear el ambiente de la casa presintiendo con su fino
instinto de mujer burda, pero astuta, que allí se cernía alguna
fatalidad extraña o alguna horrible traición.
Por la mañana el señor García se había llevado a la señorita de la casa
en un coche de alquiler, sin más equipaje que una pequeña maleta.
Tomasa sabía lo que aquella salida significaba. En las primeras horas de
la mañana el señor García tuvo una larga conferencia a puerta cerrada
con María, y cuando el vejete se marchó diciendo, al despedirse, que
antes de una hora estaría de vuelta, la niña, avergonzada y temerosa,
pero arrastrada al mismo tiempo por el afecto a su antigua amiga, la
confesó que iba a salir inmediatamente de la casa para encerrarse en un
convento.
Al ver la estupefacción dolorosa de la criada, que, al fin, se resolvió
en gemidos y lágrimas, la joven, para consolarla, dijo que aquella
ausencia sólo duraría muy poco tiempo; pero el engaño en aquellos labios
poco acostumbrados a mentir, no lograba revestirse de veracidad, y al
fin lo confesó todo, y Tomasa supo con asombro que su señorita pensaba
encerrarse en el convento para siempre.
La pena que aquella declaración produjo en la criada no podía borrarse
con ningún consuelo, y fué en vano que María le dijese que esto no
impediría que fuesen tan amigas como antes y se viesen con frecuencia,
pues Tomasa podría ir dos veces por semana al convento de Santa Isabel,
y tal vez la superiora la dejase entrar hasta en los mismos claustros.
La enérgica aragonesa estuvo tentada de pedir auxilio, como el
desventurado que ve cómo los ladrones le arrebatan su fortuna; pero
creyó más fructuoso amenazar a la señorita, creyendo que ésta iba a
realizar tan loca resolución sin permiso de su padre.
--No irá usted al convento, señorita. Se lo diré a su padre, y como él
se opondrá, no será usted tan mala que se atreva a darle tal disgusto.
¡Pues no, faltaba más sino que se marchase usted de esta casa, ahora que
su padre está casi en la agonía! Este disgusto acabaría de matarle.
--Tomasa, mi padre lo sabe todo.
--¿Y consiente?...
--Sí--contestó María lacónicamente, experimentando gran compasión ante
el asombro de Tomasa.
--¡Parece imposible! Y de seguro que alguien habrá arreglado esa
monstruosidad. ¿Ha sido el señor García?
Al ver el signo afirmativo de María, la criada dió rienda suelta a su
indignación. Todos sus sentimientos sufrieron un completo trastorno, y
la antigua simpatía que profesaba al viejo devoto, trocóse rápidamente
en salvaje odio.
Las injurias salieron atropelladamente de su boca sin fijarse en que
María escuchaba con aspecto tan pronto compungido como escandalizado.
Los peores epítetos fueron arrojados como balas rasas sobre aquel
"indecente beato" que venía a robar a ella, que se consideraba ya de la
familia, y al infeliz padre el cariño y la presencia del único ser
querido. ¿Y no habría un presidio para tales hombres? Ya se lo diría
ella con todas sus letras así que se presentase el viejo..., pero no;
sería una imprudencia y resultaba mejor dejarlo para más adelante,
cuando un escándalo no pudiese agravar el estado en que se hallaba el
señor.
Tomasa, para detener a su señorita, intentó apelar al amor y recordó
hábilmente al conde de Baselga. ¡Pobre señor! ¡Cuan enamorado estaba!
Justamente la tarde anterior, al salir de casa para ir a la botica lo
había encontrado en la calle, y relataba toda su conversación, el
interés con que el conde se enteraba de las dolencias del enfermo y de
la salud de María, lo conmovido que se mostraba al recordar de tal modo
sus infelices amores, y además, la criada, por su parte, detallaba el
aspecto quebrantado y melancólico que tenía Baselga.
Una viva llamarada pareció pasar por los ojos de María. El recuerdo de
aquel hombre, hábilmente evocado, resucitaba en su pecho la pasión que
en vano quería olvidar; pero la joven no dejó que la dominase por mucho
tiempo la impresión. Recordó la cólera de Dios y la indignación del
señor García; pensó que del sacrificio de su felicidad dependía la salud
de su padre, y bajó la cabeza con aire resignado.
Cuando, una hora después, tembló el suelo de la solitaria calle bajo las
ruedas de un carruaje, y Tomasa adivinó por algunos golpes de tos que el
señor García subía la escalera, fué a esconderse en la cocina, temiendo
dar un escándalo, pues conocía que en presencia del viejo era muy capaz
de arañarle.
La despedida en la alcoba del enfermo no fué tan dolorosa como esperaba
el jesuíta. Don Ricardo, que después de muchas horas de incesantes
sufrimientos, estaba sumido en un pesado letargo, no dió señales de
sentir los besos que la sollozante María depositó en su frente sudorosa.
La partida fué rápida, precipitada como si la joven estuviese ansiosa de
salir cuanto antes de aquella casa para evitar una reacción de su
voluntad que le impidiese cumplir lo prometido.
Tomasa, escondida en la cocina, permanecía inmóvil acariciando todavía
la esperanza de un rápido arrepentimiento de su señorita; pero cuando
llegó a sus oídos el golpe de la puerta al cerrarse, y poco después
alejarse de la solitaria calle el ruido del coche en marcha, sintióse
dominada por la desesperación y se acusó furiosamente de torpe y de
imbécil por no haberse opuesto a que su señorita abandonase la casa.
Más de una hora permaneció la fiel sirvienta entregándose a raptos de
desesperación, desagradables muchas veces para su propio cuerpo, pues se
traducían en tirones de pelo y puñetazos en la cara; pero por fin
cansóse la varonil aragonesa de gemir y atormentarse, y se propuso tomar
una resolución.
El recuerdo de Baselga acababa de pasar por su memoria, y Tomasa creyó
lo más útil en aquellas circunstancias avisar al conde de cuanto
ocurría.
Entró en la alcoba del enfermo, vió que seguía dominado por el sopor y
salió de la casa después de encargar a una de las criadas francesas que
velasen a don Ricardo.
La tenaz aragonesa marchó rectamente a la calle de los Santos Padres,
pues conocía la habitación de Baselga a causa de haber ido algunas veces
a darle avisos de parte de Avellaneda o cartas amorosas de María.
Tenía Tomasa alguna amistad con la portera; así es que al entrar en el
portal se dejó detener por ésta, y como de costumbre, entabló
conversación.
La sorpresa que experimentó la sirvienta fué imponderable al saber que
el conde había sido reducido a prisión por la policía.
Al ver que la portera no daba una explicación satisfactoria de tal
accidente, ni sabía cuál pudiera ser el verdadero motivo del arresto,
Tomasa experimentó un vago sentimiento de sospecha que poco a poco fué
agrandándose.
La fiel aragonesa no podía encontrar una aclaración a tal misterio, pero
adivinaba que todas aquellas desgracias que ocurrían seguidamente eran
obra de una mano misteriosa, de un poder oculto, interesado en separar a
los dos amantes.
La inesperada marcha de María al convento y la prisión del conde, eran
dos sucesos que, unidos, hacían sospechar con algún fundamento que eran
el resultado de un plan preconcebido.
Tomasa sospechaba del señor García. El repentino odio que le había
cobrado desde que arrebató a María, la impulsaba a hacerle responsable
de todas las desgracias, y por esto, después que, saliendo de la antigua
casa de Baselga, volvió a la calle Ferou, iba por el camino murmurando
imprecaciones contra el viejo beato, al que se sentía muy capaz de
exterminar.
Cuando entró en la habitación de Avellaneda, éste acababa de salir del
sopor que por tanto tiempo le había dominado y hacía varias preguntas
con voz desfallecida a la criada francesa que estaba junto a su lecho.
Esta salió al ver a Tomasa, que tomó asiento junto a la cabecera y
preguntó con interés a su señor cómo se sentía.
--Mal; muy mal, Tomasa. Esto va cada vez peor. La hinchazón del vientre
aumenta por instantes, y me temo que la muerte no tardará en llegar. ¿Y
María, dónde está?
Tomasa quedó estupefacta ante esta pregunta formulada con gran
naturalidad.
--¿Cómo es eso, señor? ¿Usted me pregunta por la señorita? ¿Ignora acaso
que esta mañana se la llevó el señor García para meterla en un convento?
La sirvienta dijo esto ansiosa y apresuradamente con la esperanza de que
el permiso paternal que había alegado María al marcharse resultase
falso, en cuyo caso se prometía marchar inmediatamente al convento y
deshacer la trama del señor García; pero su decepción fué tremenda
cuando oyó que su señor exclamaba con desaliento:
--¡Ah!, es verdad. Ese diablo del señor García ha logrado convencerme.
Es raro que yo hubiese olvidado un asunto tan grave.
Y luego añadió con tristeza:
--¡Tanta falta que me hace mi hija! Tomasa, no te ofendas; tú me quieres
y me cuidas mucho, pero me parece que vivo solo en esta casa desde que
María se ha marchado.
--Señor, usted ha hecho una locura consintiendo que la señorita
abandonase esta casa para siempre, ahora que se encuentra usted tan
grave. ¡Y pensar que la pobre niña va a consumir su juventud encerrada
en un convento y entregándose a una vida propia de vieja! Eso es un
crimen, sí, señor; una tremenda locura de la que tendrá usted que dar
cuenta a Dios.
Avellaneda miró con asombro a su criada, como si no comprendiese el
valor de sus palabras.
--¿Has dicho que la señorita se fué de esta casa para siempre? ¿Quién te
ha contado tal mentira? Estás equivocada; yo sólo he dado permiso al
señor García para que mi hija fuese al convento por una corta temporada,
o más bien dicho, hasta que me cure de esta enfermedad, lo que va siendo
ya difícil.
Entonces le tocó asombrarse a la criada, que comenzó a ver algo claro en
la cuestión. La malicia del señor García aparecía manifiesta desde el
momento en que había dicho una cosa a su amigo para hacer en la práctica
lo contrario, y la criada relató a Avellaneda todo lo ocurrido entre
ella y María poco antes de que ésta marchase al convento.
Avellaneda, a pesar de su estado y de la debilidad que sufría su
cerebro, adivinó lo que significaba aquel misterio.
Su amigo García se Convirtió repentinamente en su pensamiento en un tuno
de la peor especie, y comprendió que había inclinado a su hija a la vida
religiosa, y al mismo tiempo había mentido para lograr del padre el
necesario consentimiento.
Tomasa, adivinando la impresión que en su señor producía tal
descubrimiento, creyó del caso relatarle todo cuanto ocurría, y aun a
riesgo de disgustar a don Ricardo, puso en su conocimiento la prisión de
Baselga, así como las sospechas que le producía este extraño hecho.
Avellaneda torció el gesto al oír el nombre del conde; pero a pesar de
esto siguió con atención el relato de la criada.
No cabía dudar. Baselga era víctima de la misma persecución que María, y
resultaba indudable la existencia de un poder oculto interesado en
separar a los dos amantes, para que la joven fuese a enterrarse en un
convento, y que empleaba como un arma las preocupaciones del padre.
El señor Avellaneda adivinaba el verdadero móvil de aquella sorda
conspiración dirigida contra la tranquilidad de su familia. La colosal
fortuna de su hija era el objeto adonde se dirigían los esfuerzos de
aquel oculto poder.
Ante la idea de que María le había sido robada y que jamás volvería a
verla, don Ricardo estremecióse de terror, primeramente, y después su
ánimo se sublevó, disponiéndose a deshacer todo lo hecho y consentido en
un momento de obcecación.
La posibilidad de que fuera ya tarde para desbaratar los planes del
señor García le desesperaba, y como si Tomasa fuese una inteligencia
privilegiada, capaz de encontrar el medio para salir del atolladero, le
preguntaba con acento angustioso:
--¿Qué hacer en esta situación? ¿No se te ocurre ningún medio para
deshacer la trama de ese beato? ¡Ay! ¡En qué mala hora firmé el maldito
consentimiento!
Tomasa, que también deseaba encontrar una solución al conflicto, quedóse
pensativa largo rato, y por fin dijo con resolución:
--Yo en lugar de usted llamaría a la Policía.
--¿Para qué?
--Para relatar todo lo sucedido y hacer que sacase a María del convento.
--Pero... ¿y mi consentimiento?
--El que concede una cosa creo que puede retirarla, y más si ha sido
engañado como usted en esta ocasión.
Avellaneda, con una corta reflexión, pareció apreciar el valor de la
proposición de su criada, a la que dijo después:
--Sí; eso que me propones es lo mejor. Marcha al momento y busca al
comisario del barrio. No pierdas tiempo, trae aquí a ese funcionario sin
perder tiempo, y piensa que de esto depende la suerte de María.
Tomasa apenas si escuchó las últimas palabras, pues salió velozmente de
la habitación.
Mientras corría a la oficina de Policía iba pensando en la posibilidad
de que todo quedase arreglado en breve plazo.
Después de lo ocurrido, don Ricardo no sentiría tanto odio contra
Baselga, y era fácil que María olvidase sus aficiones monásticas tan
pronto como supiera que su padre accedía a consentir sus amores.
El punto negro que todavía se marcaba en aquel horizonte feliz,
imaginado por Tomasa, mientras corría en busca del comisario, era la
prisión de Baselga y el motivo por ella ignorado que le había conducido
a la cárcel de Mazas.