IX

La moral jesuítica.

Al día siguiente entraba el padre Claudio en su despacho donde, como de

costumbre, estaba el hermano Antonio encorvado sobre la gran mesa,

ocupado en la inmensa labor que producían los informes y anotaciones

secretas de la terrible Compañía.

El jefe de los Jesuítas, al entrar en aquella vasta pieza, que era como

el templo erigido en honor del poderío de la Orden, exhaló un suspiro de

satisfacción, semejante al del peregrino que vuelve a su hogar después

de un largo viaje.

El secretario, a pesar de su habitual impasibilidad, levantó su cabeza,

y con aire de ansiosa interrogación contempló a su superior.

--Por fin--exclamó el padre Claudio--me veo aquí tranquilo y libre ya de

tremendos compromisos. ¡Ay hermano Antonio, si supieras cuánto he tenido

que trabajar por culpa de la ligera condesita, a quien Dios tenga en su

gloria, y de la duquesa de León con la cual cargue el diablo! Supongo

que ya tendrás noticias de lo ocurrido en la casa de los condes de

Baselga.

--Sí, reverendo padre. Recibí vuestro recado, en el que me manifestabais

el triste fin que ha tenido doña Pepita.

--¿Y qué se dice por Madrid del terrible suceso?

--Nada de particular, reverendo padre. La gente cree que la condesa ha

muerto de un accidente repentino, y que su esposo está desconsolado, sin

que haya quien pueda inspirarle la resignación suficiente para

sobrellevar la pérdida.

--Veo que no lo hemos hecho del todo mal y que he logrado evitar que el

escándalo haga presa del tal suceso. Bastante me ha costado, pues a

pesar de los grandes medios de que dispone la Orden, he tenido que

agitarme mucho para poder conseguir el arreglo de este asunto.

--¿Y qué dice el conde, reverendo padre?

--El conde es ya uno de los nuestros; la independencia de su voluntad se

ha desvanecido para siempre, y en adelante será un instrumento

inconsciente de nuestra Orden, y tendrá que obedecer a nuestros

mandatos, so pena de caer en manos de la justicia humana.

--¿Se ha ligado, acaso, a nuestra Orden con alguno de nuestros votos?

--Ha hecho más todavía. Ha firmado un papel con el que somete su

porvenir y su honra a nuestras manos. Toma, hermano Antonio, lee este

papel y guárdalo cuidadosamente en la nota referente al conde de

Baselga. Con tal declaración su suerte está en nuestras manos y podemos

manejarlo como un instrumento que obedecerá ciegamente cuanto la

Compañía se digne mandarle.

El padre Claudio, sacando del bolsillo de su sotana un pliego

cuidadosamente doblado, lo entregó a su secretario, quien leyó

rápidamente lo siguiente:

"Yo, el abajo firmado, D. Fernando de Baselga, conde de Baselga,

gentilhombre de Palacio y comandante de la Guardia Real de

Caballería, declaro con espontánea voluntad y ante la presencia de

Dios, que nos ha de juzgar a todos y que me castigará si miento,

que he dado muerte violenta a mi esposa, doña Josefa Carrillo,

baronesa de Carrillo, estrangulándola en un rapto de furor. No

intento disculpar mi crimen, y por si algún día le place a la

divina Providencia el descubrirme y castigarme, escribo la presente

declaración de mi puño y letra, y la firmo confiándome a la

misericordia de Dios.

La araña negra, t. 2/9 · 第 13 / 43 题