La moral jesuítica.
Al día siguiente entraba el padre Claudio en su despacho donde, como de
costumbre, estaba el hermano Antonio encorvado sobre la gran mesa,
ocupado en la inmensa labor que producían los informes y anotaciones
secretas de la terrible Compañía.
El jefe de los Jesuítas, al entrar en aquella vasta pieza, que era como
el templo erigido en honor del poderío de la Orden, exhaló un suspiro de
satisfacción, semejante al del peregrino que vuelve a su hogar después
de un largo viaje.
El secretario, a pesar de su habitual impasibilidad, levantó su cabeza,
y con aire de ansiosa interrogación contempló a su superior.
--Por fin--exclamó el padre Claudio--me veo aquí tranquilo y libre ya de
tremendos compromisos. ¡Ay hermano Antonio, si supieras cuánto he tenido
que trabajar por culpa de la ligera condesita, a quien Dios tenga en su
gloria, y de la duquesa de León con la cual cargue el diablo! Supongo
que ya tendrás noticias de lo ocurrido en la casa de los condes de
Baselga.
--Sí, reverendo padre. Recibí vuestro recado, en el que me manifestabais
el triste fin que ha tenido doña Pepita.
--¿Y qué se dice por Madrid del terrible suceso?
--Nada de particular, reverendo padre. La gente cree que la condesa ha
muerto de un accidente repentino, y que su esposo está desconsolado, sin
que haya quien pueda inspirarle la resignación suficiente para
sobrellevar la pérdida.
--Veo que no lo hemos hecho del todo mal y que he logrado evitar que el
escándalo haga presa del tal suceso. Bastante me ha costado, pues a
pesar de los grandes medios de que dispone la Orden, he tenido que
agitarme mucho para poder conseguir el arreglo de este asunto.
--¿Y qué dice el conde, reverendo padre?
--El conde es ya uno de los nuestros; la independencia de su voluntad se
ha desvanecido para siempre, y en adelante será un instrumento
inconsciente de nuestra Orden, y tendrá que obedecer a nuestros
mandatos, so pena de caer en manos de la justicia humana.
--¿Se ha ligado, acaso, a nuestra Orden con alguno de nuestros votos?
--Ha hecho más todavía. Ha firmado un papel con el que somete su
porvenir y su honra a nuestras manos. Toma, hermano Antonio, lee este
papel y guárdalo cuidadosamente en la nota referente al conde de
Baselga. Con tal declaración su suerte está en nuestras manos y podemos
manejarlo como un instrumento que obedecerá ciegamente cuanto la
Compañía se digne mandarle.
El padre Claudio, sacando del bolsillo de su sotana un pliego
cuidadosamente doblado, lo entregó a su secretario, quien leyó
rápidamente lo siguiente:
"Yo, el abajo firmado, D. Fernando de Baselga, conde de Baselga,
gentilhombre de Palacio y comandante de la Guardia Real de
Caballería, declaro con espontánea voluntad y ante la presencia de
Dios, que nos ha de juzgar a todos y que me castigará si miento,
que he dado muerte violenta a mi esposa, doña Josefa Carrillo,
baronesa de Carrillo, estrangulándola en un rapto de furor. No
intento disculpar mi crimen, y por si algún día le place a la
divina Providencia el descubrirme y castigarme, escribo la presente
declaración de mi puño y letra, y la firmo confiándome a la
misericordia de Dios.