El hermano Antonio, así que terminó la lectura del documento, fijó la
vista en su superior y con acento de admiración, que procuraba extremar
para hacerse más grato al padre Claudio, exclamó:
--¡Cuán grande es vuestra reverencia y qué sabia y expertamente sabe
procurar por los intereses de la Orden! ¿Cómo ha logrado vuestra
paternidad apoderarse de la persona del conde?
--Cuando contemplé el terrible espectáculo que se había desarrollado en
casa de Baselga, pensé inmediatamente en nuestra máxima, de que es
preciso sacar del mal todo el bien posible, y me propuse, ya que la
suerte de Pepita no tenía remedio, el hacer todo lo posible para que no
lo perdiéramos todo. ¿Qué hubiéramos granado con dejar al conde de
Baselga completamente abandonado en tan terrible situación permitiendo
que su crimen se descubriera y que la Justicia humana se ensañará con él
como en un vulgar asesino? ¿Hubiera resucitado por esto Pepita? Y, por
otra parte, si el conde hubiese sido juzgado por los Tribunales, ¿no nos
habríamos expuesto a que siendo averiguadas las causas del crimen
hubiese aparecido nuestra complicidad en los devaneos de la condesa? Por
esto he creído más acertado el proteger a Baselga, no descuidando de
paso el hacer de él un agente de la Compañía. Sé muy bien que al
presente sus servicios no nos serán de gran utilidad, pues es casi un
imbécil; pero como perro de presa no tiene precio, y el día en que la
revolución vuelva a levantar la cabeza y necesitemos hombres que
defiendan con valor los privilegios de la Iglesia y de nuestra Orden, el
conde será un excelente combatiente, lo mismo que si por la fuerza de
las circunstancias tuviéramos que dar nuestro apoyo a los que ya piensan
en sustituir al rey don Fernando por el infante don Carlos.
--Efectivamente, reverendo padre, el conde es un excelente soldado y de
seguro que algún día tendremos que recurrir a su espada y quién sabe si
con el tiempo llegará a ser el campeón armado de la Compañía de Jesús.
Pero cuénteme vuestra reverencia, si con ello no falto al respeto que se
merece, cómo fué lo que sucedió cuando visteis al conde ante el cadáver
de su esposa.
El padre Claudio, que había ocupado su sillón habitual, frunció el ceño
ante aquella muestra de curiosidad que daba su subordinado y que tan
contraria era a las reglas de la Orden; pero sentía, a pesar de su
carácter, gran deseo de relatar lo que había ocurrido, pues la enormidad
de aquella tragedia inesperada había trastornado por completo su
carácter y modo de ser.
--Satisfaré tu indiscreta curiosidad, aunque sólo sea por una vez. El
conde estaba en un estado casi rayano al idiotismo, y cuando yo, ante el
cadáver de su esposa, le increpé lleno de santa indignación llamándole
asesino, pareció no entenderme ni darse exacta cuenta de la enormidad de
su crimen; pero de repente, y cuando más extremaba yo mis acusaciones,
salió de su ensimismamiento y llorando como un niño el infeliz se arrojó
a mis plantas pidiendo a gritos que le salvara de aquella situación
terrible en que le ponía el resultado de su furor. Las consideraciones
que antes te he expuesto pasaron rápidamente por mi imaginación y
determiné salvarle, pero antes le exigí que para ponerse bien con Dios y
pedirle perdón por su crimen escribiera este documento que te acabo de
entregar. Habíamos pasado a una habitación contigua a aquella donde se
había verificado el crimen, y Baselga comenzó a escribir cuanto yo le
dicté, sin oponer ninguna resistencia, y es más, sin comprender cuanto
iba diciendo, pues el infeliz estaba en tal estado que de seguro a estas
horas apenas si comprenderá aún la importancia del documento, con el que
se ha ligado eternamente a la Compañía.
--¿Y qué hicisteis para salvarle cuando el importante documento estuvo
en vuestro poder?
--Lo primero era evitar que se supiera cómo la condesa había muerto a
manos de su esposo, y yo mismo fuí a buscar a uno de nuestros hermanos
de hábito corto, el famoso doctor Rodríguez, a quien, como tú sabes,
hemos convertido, merced a nuestra influencia y poder, en una eminencia
científica, a pesar de su ignorancia, y de que yo antes me dejaría morir
que permitirle me tomara el pulso.
--¿Y qué le hizo el doctor Rodríguez?
--Me obedeció como un buen hermano apenas me presenté en su casa y me
siguió a la de la condesa, donde a pesar del gran imperio que sobre sus
impresiones tiene y de su reconocida dureza de corazón, no pudo menos de
conmoverse. Te digo que el espectáculo que ofrecía el cuerpo de la
condesa tendido en medio de su gabinete era para aterrorizar al hombre
más feroz.
A pesar de esta afirmación, el padre Claudio hablaba con completa
tranquilidad, y su voz meliflua no se alteraba con el recuerdo de
aquella sangrienta escena.
Realmente el jesuíta no tenía de qué condolerse. El negocio no había
sido del todo malo. Bien era verdad que la Compañía, con la muerte de
Pepita, había perdido uno de sus más útiles auxiliares, pero este
accidente había servido para ligar más a la Orden a un Hércules que
podía prestar en adelante muy buenos servicios.
El hermano Antonio tampoco se conmovía gran cosa. Aquella relación de un
suceso espantoso estaba en armonía con sus malvadas aficiones, y parecía
oirla con deleite y hasta con gustosa impaciencia, pues fijaba sus ojos
en el rostro de su superior para adivinar las palabras. En algunos
pasajes del relato revolvíase nerviosamente en su asiento y agitaba su
cabeza como olfateando el espacio. Había en él mucho de la fiera que
dilata su hocico al husmear en el viento las emanaciones de la sangre.
El "socius" estaba horrible escuchando con tanto placer la descripción
del repugnante aspecto que ofrecía el cadáver de la condesa, y el padre
Claudio contemplaba con agrado el espíritu infernal que se
transparentaba tras los ojuelos del mastín ensotanado que le servía de
secretario.
--Era necesario, como antes he dicho--continuó el lindo jesuíta--, hacer
ver que Pepita había muerto naturalmente, y el doctor Rodríguez, una vez
repuesto de su primera impresión, determinó que la muerte de la condesa
fuese a causa de una congestión cerebral. El tinte violáceo que la
estrangulación había dejado en el hermoso rostro daba algún fundamento a
la suposición de tal enfermedad.
--¿Y el conde? ¿Qué hacía entretanto, reverendo padre?
--Lloraba como un niño y se mostraba tan débil que casi no podía andar
sin descansar a cada instante su cabeza sobre mi pecho. Cuando volví yo
con el doctor Rodríguez, tuvimos que separarlo a viva fuerza del cadáver
de su esposa, al que estaba abrazado como un loco dándole furiosos
besos.
--¿Y de qué modo acabó vuestra paternidad por dar un carácter natural al
suceso?
--Sabes que a mí, aunque humilde siervo del Señor, me sobran los medios
para salir triunfante de todos los conflictos, y en el de ayer he tenido
pericia suficiente para no dejar un solo cabo suelto ni desperdiciar el
menor detalle que delatase la verdad de todo lo ocurrido. Lo primero y
más urgente era el dar un aspecto de fallecimiento natural al cadáver de
Pepita, e inmediatamente pusimos manos a la obra el doctor y yo. Baselga
nos dejaba hacer, mirándonos con estúpida indiferencia, y todo su empeño
consistía en acercarse al cadáver, lo que nosotros procurábamos evitar.
--¿Y los criados? ¿Dónde estaban? ¿Qué decían?
El hermano Antonio hizo estas preguntas con el acento de un genio
postergado que pilla a un colega en grave falta de distracción.
--Hermano Antonio--dijo el superior con aire de ofendido--, eres un
ignorante tan presuntuoso, que algunas veces te olvidas de tu posición
miserable hasta el punto de querer elevarte al mismo nivel de tus
superiores. La culpa la tengo yo, que te concedo libertades que no te
mereces Y te relato por pura condescendencia cosas que no debías saber.
Porque te he dicho algunas veces que siguiendo como hasta el presente
podrías algún día ocupar altos puestos en la Orden, te has engreido y
abusas de mi confianza; pero ten presente que así como puedo elevarte
puedo convertirte en polvo, y casi me dan tentaciones de abandonar al
que se muestra como un soberbio e incorregible charlatán.
Bajó la cabeza el "socius", anonadado por tal reprimenda, y se apresuró
a desvanecer con un nuevo rasgo de rastrera adulación el mal efecto que
en su superior habían causado sus palabras.
--Reverendo padre, perdón, en nombre del dulcísimo Jesús, de cuanto haya
podido decir en ofensa de vuestra reverencia. No soy yo quien ha
hablado, sino el demonio, que muchas veces me impulsa a ser soberbio y
olvidar mi humilde posición. Perdón, padre mío, perdón, que yo con toda
mi alma me arrepiento de mi soberbia.
Y el secretario se puso de rodillas ante su superior, imitando la
actitud de un niño que tiembla ante el castigo.
Aquello podía resultar degradante, rastrero y vergonzoso para la
dignidad de un hombre; pero debía gustar mucho al padre Claudio, por
cuanto de su rostro se borró la ceñuda expresión de desagrado y se dignó
extender su blanca y cuidada diestra sobre la mugrienta cabeza del
"socius", diciéndole con su dulce voz al mismo tiempo que le bendecía:
--Levántate, hermano; yo te perdono en nombre de Dios, a quien has
ofendido dudando de mi pericia. Porque por centesima vez te repito que
los actos que nuestra Orden realiza responden a la inspiración del
Eterno, y, por lo tanto, peca el que pone en duda su eficacia, pues así
como Dios no se equivoca nunca, jamás pueden equivocarse los directores
de la Compañía, que es la gloriosa milicia de Cristo. Tu dices que eres
creyente y por esto siempre debes creer en nuestra santa institución.
Así confío que será "per omnia secula seculorum".
--"Amén"--contestó el secretario con acento contrito, y levantándose del
suelo, volvió a ocupar su asiento.
El padre Claudio, como si estuviera conmovido por tan edificante escena
y no quisiera perder tan buena ocasión para estar algún rato en
comunicación con Dios, cruzó ambas manos con expresión seráfica, y
llevándolas a su boca de femenil contorno, al mismo tiempo que entornaba
graciosamente los ojos, quedóse en perfecto recogimiento y como
abstraído en la contemplación de celestiales visiones.
El hermano Antonio no era nombre capaz de dejarse engañar por tales
éxtasis y conocía que lo que se proponía el padre Claudio era desesperar
con la larga oración su impaciencia por saber todo lo ocurrido en casa
de la condesa.
Habituado el "socius" a la obediencia, esperó pacientemente que su
superior terminase la oración, y cuando ésta acabó, no hizo la menor
demostración de curiosidad, seguro de que de este modo el padre Claudio
continuaría su relato.
El secretario conocía perfectamente a su superior, pues éste siguió
diciendo:
--Lo primero que hicimos fué colocar a la condesa en su lecho. El doctor
Rodríguez tiene gran práctica en el manejo de los cadáveres, y
aprovechando que el de la condesita estaba todavía caliente, y
manejándolo sin ninguna contemplación y sin fijarse en el crujido de los
huesos, cada uno de los cuales hacía palidecer a Baselga, consiguió
darle el aspecto de un cuerpo que no estaba contraído por los horrorosos
espasmos de una muerte violenta. El rostro de Pepita tornábase por
instantes de un color espantoso. El color cárdeno habíase convertido en
negruzco; los ojos parecían próximos a saltar de las órbitas, y la
lengua asomaba rígida por entre los labios; pero Rodríguez no es manco
para esta clase de trabajos, a los que más de una vez lo hemos dedicado,
y con todo el cuidado de un artista, fué transformando y retocando
aquella espantosa fisonomía. Los ingredientes del tocador de la condesa,
hábilmente usados, nos prestaron un gran servicio. La blanca pasta que
en los saraos había embellecido el rostro de Pepita, sirvió en tal
ocasión para cubrir las repugnantes manchas de sus mejillas; otros
afeites lograron dar una palidez dulce a sus amoratados y sanguinolentos
labios; cerramos sus ojos, arreglamos sus espeluznados cabellos, y
cuando subimos el embozo de la cama hasta no dejar al descubierto más
que una parte de la cabeza, quedamos satisfechos contemplando nuestra
obra. La condesa no tenía a la vista la más leve señal de haber muerto
violentamente.
El hermano Antonio creyó del caso hacer un gesto de admiración, para
adular a su superior, y éste siguió diciendo con expresión de hombre
satisfecho:
--Entonces fué cuando llamé a los criados. Estos se hallaban en la
antesala, confusos y alarmados, pues ya momentos antes había yo salido
para manifestarles que su señora estaba muy grave y enviar a uno de
ellos a la botica con una receta que a toda prisa escribió Rodríguez, y
en la cual pedía los primeros medicamentos que se le ocurrieron. Cuando
manifesté a toda aquella chusma que su dueña acababa de morir y les
mostré su cuerpo en la cama, hubo los llantos y lamentaciones propios
del caso; pero yo no les dejé mucho tiempo entregados a los arranques de
mercenario dolor, pues fuí enviando a cada uno a cumplir las comisiones
necesarias en aquella situación. Al poco rato las campanas de la
parroquia tocaban a muerto, en Palacio se sabía ya por orden mía el
inesperado fallecimiento de la condesa de Baselga, víctima de una
congestión cerebral, y teníamos ya en la casa un lujoso ataúd, un hábito
y todo lo necesario para el tocado fúnebre de la difunta. Mientras todo
esto se hacía por mis disposiciones, Rodríguez lavaba al conde la sangre
que aún tenía en el rostro, hacía desaparecer de éste los arañazos que
le había hecho Pepita y extendía la partida de defunción con todos los
requisitos de legalidad.
--¿Y quién amortajó a la condesa?
--El doctor y yo. Llegaron al poco rato a la casa gentes encargadas del
fúnebre servicio, pero yo, tanto a ellas como a los criados, los despedí
diciendo que la condesa, momentos antes de expirar, se había confesado
conmigo, manifestándome con gran empeño que no quería que su cuerpo
fuese profanado por manos mercenarias, por lo que rogaba al doctor y a
mí que la vistiéramos el hábito de religiosa de la Virgen de la Merced y
la colocásemos en el ataúd.
--Admiro el talento de vuestra paternidad.
--Vestimos al cadáver el tal hábito, cubrimos su cabeza con la blanca
toca, y cuando lo colocamos en el ataúd presentaba un aspecto tal, que
el más hábil observador no hubiese adivinado la terrible tragedia que se
ocultaba bajo aquella fúnebre estameña. El cuello de la toca ocultaba
las manchas amoratadas que la estrangulación había dejado en la garganta
y la parte superior de la blanca caperuza, sombreando los ojos impedía
fijarse en lo abultados que éstos parecían bajo los párpados. Al
anochecer nuestra obra estaba concluída y habíamos borrado en aquella
casa todo vestigio del crimen.
--Y, aunque os parezca demasiado audaz mi curiosidad, ¿que hicisteis
después, padre mío? ¿No había ya terminado vuestra misión?
--¡Oh, alma ignorante! ¿Y eres tú el que en ciertos momentos te atreves
a darme lecciones? Imposible parece que a una penetración tan exquisita
como quiere ser la tuya se le escapen ciertos detalles. Los vestigios
del crimen se habían borrado ya en la casa, como te he dicho, pero
estaban permanentes y acusadores sobre el cuerpo de la condesa. Figurate
que durante la noche se le hubiera ocurrido a cualquiera de los
encargados de velar el cadáver levantar un poco la toca o examinar el
cuerpo de la difunta. Inmediatamente se habría descubierto la terrible
verdad, y aunque nuestra Orden tiene medios para librarse de peligros
aún mas grandes, no por esto se hubiera evitado el escándalo. Reconoce,
pues, que yo obré sabiamente al permanecer toda la noche velando el
cadáver y sin perder de vista a los que me acompañaban en tan santa
operación. Así se ha podido lograr que prevaleciera el benéfico engaño y
que nadie se acercara al cadáver de Pepita. De seguro que tú, soberbio
fatuo, hubieras olvidado tan saludable precaución.
El hermano Antonio hizo con la cabeza una señal afirmativa, aunque en su
interior no consideraba al padre Claudio tan listo como él mismo se
creía.
Entre tanto, el hermoso jesuíta, sacando un bordado pañuelo de batista,
se frotaba la cara con fruición, como si la frescura del trapo
desvaneciese el ardor de su epidermis, y decía con voz lastimera:
--¡Si supieras cuán cansado estoy! Las agitaciones del día anterior y la
contemplación del cadáver de Pepita, a quien ayer mañana vi rebosando
salud y vida, no me han permitido cerrar los ojos en toda la noche, y a
pesar de que soy fuerte como el hierro, como tú mil veces has podido
apreciar, me siento quebrantado y necesito descansar inmediatamente.
--Esta madrugada--continuó el jesuíta después de larga pausa--mi primera
ocupación ha sido avistarme con el conde de Baselga. El dolor le había
rendido y estaba inerte sobre un sofá de su cuarto, respirando
angustiosamente. El conde debe de haber pasado una noche más dolorosa
aún que la mía. Como comprenderás, convenía a los intereses de la Orden
el que explorase nuevamente la voluntad de ese fiero, uniéndolo aún más
estrechamente a nuestra santa Compañía. Te confieso que más que los
peligros que pudiera proporcionarnos la inesperada muerte de Pepita, me
preocupaba lo que diría ese león furioso al despertar de su delirio del
día anterior y darse cuenta exacta de su situación examinando las cosas
con frialdad.
--La conversación sería larga.
--Muy larga, hermano Antonio, y te aseguro que en los primeros momentos
el conde me causó miedo. Las terribles impresiones y la dolorosa crisis
que acababa de sufrir, habían cambiado su carácter y sus facultades
hasta el punto de que yo quedé asombrado al oírle expresarse con una
energía tan culta y un acento de tan dramática indignación, que me
recordó a alguno de aquellos oradores liberales que alborotaba en las
Cortes durante el maldecido período constitucional.
--Eso es un milagro de Dios tratándose de un hombre tan rudo y poco
ilustrado como lo es el señor conde.
--El dolor y los terribles desengaños operan algunas veces en el hombre
asombrosas transformaciones.
--Realmente en el ánimo del conde debe de haberse efectuado una
verdadera revolución.
--Cuando yo comencé a dirigirle las primeras palabras de consuelo,
Baselga pareció despertar. Cada una de mis expresiones fué desvaneciendo
una parte de las nieblas que envolvían su cerebro y, al fin, como el
ciego que de repente ve la luz, se pintó en su rostro una expresión de
asombro y de sorpresa y dió un suspiro que tenía mucho de rugido.
Acababa de darse cuenta exacta de su situación. Su figura nada tuvo de
tranquilizadora cuando los recuerdos fueron agolpándose en su memoria.
Paseábase furiosamente por la habitación y con voz entrecortada fué
dando salida a los pensamientos que en tropel acudían a su memoria.
¡Cómo recordar yo ahora lo que allí dijo aquel infeliz para desahogar su
furor! Habló hasta contra el mismo Dios; y al rey, a pesar de todas sus
aficiones realistas, lo puso como un trapo, apurando todos los adjetivos
malsonantes que había podido recoger en las cuadras de los cuarteles. Te
digo que parecía un tribuno de aquella "Fontana de Oro", de triste
memoria.
--La verdad es que el señor conde tiene motivos sobrados para hablar mal
de S. M.
--Así es; pero si hubiera podido oírle Chaperón o cualquiera otro
director del moderno Santo Oficio, te aseguro que Baselga, a pesar de
todos sus servicios a la causa del absolutismo, estaría a estas horas en
la cárcel y mañana patalearía en la horca de la plaza de la Cebada. Mira
con qué calor hablaría, que hasta yo mismo me conmoví un poco. ¡Con qué
acento tan lastimero declamaba contra el rey, en cuya defensa había
derramado su sangre, y que correspondía a tan grandes servicios
arrojando la deshonra sobre su cabeza! Dijo que los reyes eran todos
iguales: bestias miserables que no reparaban en deshonrar a sus más
fieles vasallos turbando la paz de sus hogares, y acabó en su furor
hasta por decir que ya se iba convenciendo de que los revolucionarios
tenían razón, y que los franceses del 93 habían obrado muy cuerdamente
cortando las cabezas de los monarcas.
--¡Eso dijo!--exclamó el secretario con afectado asombro--. No cabe
dudar de que el conde deliraba a impulsos del dolor. Esas palabras sólo
se comprenden en un loco.
--Has acertado; el conde estaba loco y aun me afirmo más en ello cuando
recuerdo que habló de lo dispuesto que estaba a dar una puñalada al rey
apenas lo viese, o al menos darle de latigazos así que encontrara
ocasión.
--Eso es horrible, padre Claudio.
--Vamos, hermano Antonio. Finge un asombro menos vivo y con menos
afectación. A ti, que estás enterado de los secretos de la Orden y sabes
los medios de que ésta se vale a veces, no te cuadra el mostrarte
escandalizado del mismo modo que un imbécil realista. Piensa que si
algunas veces el rey don Fernando no quisiera obedecer nuestras
indicaciones y se opusiera a nuestro desarrollo y esplendor, no nos
vendría mal un conde de Baselga, que con su acero y su furor nos
libraría de tan temible enemigo. Acuérdate de Juan Chatel y de Jacobo
Clemente.
Esta lección, dicha en tono severo, quitó al "socius" el deseo de seguir
fingiendo dramáticos asombros, y el padre Claudio continuó hablando:
--Por fin, el conde pareció calmarse, aunque sin abandonar por esto sus
propósitos de venganza. Yo le hablé entonces con bastante acierto de lo
necesario que era la resignación y la caridad cristiana en tales casos,
y él no pareció conmoverse mucho con mis palabras.
--Difícil situación, reverendo padre.
--No desespero yo por tan poco. Tenía en mi bolsillo lo necesario para
hacer que el conde desistiera de su hostilidad contra el rey, así como
de su propósito de desafiar a sir Walace y darle muerte.
--¿Se refiere vuestra referencia al papel denunciador firmado por el
conde?
--Eso mismo. No necesité más que apuntar el recuerdo de que yo poseía
pruebas comprometedoras, para que Baselga se mostrase dispuesto a
obedecerme. Además, yo ejerzo gran ascendiente sobre su ánimo, y él está
profundamente agradecido por el gran interés que me he tomado en ocultar
su crimen. Le pinté el peligro que corría su persona tan sólo con que
fuera a desafiar al "baronet" de la Embajada inglesa, y le convencí
inmediatamente, haciéndole ver que todo el mundo se preocuparía de tal
duelo, que el escándalo se encargaría de propalar que había sido
motivado por las infidelidades de la condesa, y que esto podría ser
causa de que muchos curiosos, con sucesivas averiguaciones, llegasen a
adivinar todo lo ocurrido, haciendo pública la muerte violenta de la
condesa.
--¿Y qué dijo el conde?
--Se convenció, aunque tardando mucho; pero, al fin, prometió que nada
intentaría contra el rey y contra el "baronet".
--Según eso, seguirá formando parte de la alta servidumbre de Palacio
como hasta el día.
--No. Para un carácter violento como el de Baselga, es una prueba
demasiado ruda ver a todas horas al hombre a quien odia y cuya muerte
desea, teniendo que doblar en su presencia la cabeza.
--¿Pues qué piensa hacer?
--Pedir licencia a SS. MM. por conducto mío, y se retirará a su casa
solariega. Allí piensa vivir entre los recuerdos de una familia a la que
apenas conoció, y espera que por este medio su dolor se disipe algún
tanto.
--¿Entonces perderemos tan apreciable instrumento?
--¿Por qué le hemos de perder? Ese brazo de hierro lo tendremos como en
reserva en un rincón de Castilla; pero el día en que le necesitemos para
dar un golpe en secreto o que la Iglesia se vea precisada a hacer la
guerra a la maldecida libertad, bastará un simple aviso en mi nombre
para que inmediatamente venga a ponerse a las órdenes de la Compañía, a
la que adora. El infeliz está tan abatido por las desgracias y tan
desilusionado de la vida, que considera a la Orden como una segunda
madre.
--¿Y la niña? ¿Y la hija de doña Pepita y el Rey?
--El conde no ha querido verla. Cuando una camarera, al conducirla al
salón para que contemplara por última vez el cuerpo de su madre, la pasó
por frente al conde, éste volvió la cabeza, tanto por no mirarla, como
por ocultar en su rostro una expresión poco tranquilizadora. Me temo que
Baselga sería capaz de cometer otra barbaridad si quedara alguna vez a
solas con la niña. Es demasiado vivo su deseo de vengarse del rey.
--Entonces, ¿qué es lo que va a ser de la criatura?
--Por encargo de su padre, la encerraré en un convento de confianza y
adicto a nuestra Orden, donde se encargarán de su educación.
--¿Y cuándo es el entierro de la condesa?
--Dentro de pocas horas. El cadáver va a ser conducido ahora mismo a la
iglesia parroquial, donde se le dirá una misa con toda la solemnidad
propia de una persona de tan elevada posición. No tardará mucho la
tierra en ocultar para siempre en su misterioso seno el crimen de
Baselga. Todo está en regla. El cura de la parroquia ha extendido el
acta de defunción sin hacer preguntas impertinentes. Le ha bastado saber
que el confesor de la finada y encargado de su entierro era el vicario
general de la Compañía de Jesús en España, para que inmediatamente
llenase todas las formalidades necesarias sin hacer la menor pregunta ni
la más leve objeción. Mucho he trabajado, pero me ha servido de consuelo
apreciar de cerca la gran influencia que ejerce nuestra Orden.
El padre Claudio quedó algunos minutos silencioso, en la actitud de
quien piensa en lo que todavía le queda por hacer, y dijo después con
acento imperioso a su secretario:
--Prepárate a tomar unas notas. Voy a ir inmediatamente a Palacio para
hablar con el rey, y quiero que a la vuelta estén ya extendidas las
comunicaciones que te indicaré, para poder firmarlas.
--Reverendo padre, necesitáis descanso. ¿Por qué no dejáis la visita al
rey para otro día? Perdonadme la libertad que me tomo al haceros esta
indicación, pero es hija del interés que siento por vuestra preciosa
salud.
--Es muy urgente lo que tengo que decir al rey. Nadie se burla
impunemente de nuestra Orden, y es preciso que caiga un castigo terrible
sobre los miserables que han osado desobedecernos.
--Hacéis muy bien, reverendo padre. Castigad con mano fuerte a los que
no nos sirvan; es el único medio de sostener el poderío de la Orden.
--Voy a aconsejar al rey que castigue con destierro de la corte a la
intrigante duquesa de León. Esa vieja lasciva tiene la culpa de todo
cuanto ha sucedido. Le diré al rey que Pepita murió de una congestión
cerebral a causa de la pesadumbre que le produjo el saber que la duquesa
había revelado a Baselga todas sus relaciones con el monarca.
--Reverendo padre, os felicito por la idea. La gente de Palacio
adivinará de dónde viene el golpe y así respetará más a nuestra Orden.
--Ahora, hermano Antonio, toma notas, y a ver si cuando vuelvan están ya
extendidas dos comunicaciones dirigidas al brigadier Chaperón, como
presidente de la comisión militar ejecutiva encargada del exterminio de
revolucionarios y conspiradores.
Preparóse el secretario a anotar, y el padre Claudio, con la seguridad
del que dicta una cosa bien pensaba, comenzó a decir:
--La primera es pidiendo a Chaperón que prenda inmediatamente a un negro
llamado Juan, criado de la difunta condesa de Baselga, y lo someta a
proceso como complicado en una conspiración contra los sagrados derechos
del rey y a favor de la Constitución de Cádiz. Encargarle que si no
halla méritos para enviarlo a la horca, lo meta al menos en presidio
para toda la vida. Si necesita testigos falsos que depongan contra él,
que avise, que ya le enviaré yo tres criados de nuestra casa profesa.
El hermano Antonio tomó rápidamente algunas notas.
--Ya sabes quién es ese negro--le dijo el padre Claudio--. Es el que
suministró a Baselga por orden de la duquesa, la prueba más concluyente
de su deshonra.
--Conviene castigarle, y además, sabe demasiado sobre las interioridades
de la vida de la condesa, y con sus revelaciones podía dar algún indicio
que por el tiempo descubriera al conde. Y ya que estamos puestos a
trabajar, incluye igualmente en esa delación al otro negro que está
todavía en casa de los condes. Con la próxima marcha de Baselga quedará
él completamente libre, y sabe también mucho de nuestras entradas y
salidas en la casa y de las relaciones que la condesa tenía con los
jesuítas. Que Chaperón se encargue de los dos morenos convertidos de
repente en terribles conspiradores y los envíe a la horca o a presidio.
El "socius" anotó aquella nueva orden de detención, sin que en su
rostro se notara la menor impresión producida por tan estupendas
arbitrariedades.
--Ya está, reverendo padre--dijo a su superior.
--Bueno; ahora toma nota de otra comunicación, que enviarás al mismo
tribunal, pidiendo el procesamiento y el envío a la galera, por unos
cuantos años, de una partera de esta capital, llamada Manuela Gómez.
Entonces el secretario no permaneció impasible, pues su rostro palideció
hasta tomar un tinte amarillento y miró con asombro y alarma a su
superior.
--Escribe--dijo éste con tono imperioso--. ¿Qué es lo que te detiene?
--¡Padre mío!--exclamó el "socius" con trémula voz--. ¡Esa mujer es mi
madre!
--Un jesuíta no tiene más madre que la Orden.
--Es el ser que más ha hecho por mí en el mundo. ¡Perdón para ella,
padre mío! ¡Perdón para mi madre!
--Tú lo has dicho no hace mucho rato; Hay que ser inexorable y castigar
con mano ruda a todo el que estorbe y desbarate los planes de la
Compañía. Esa mujer, con sus revelaciones, ha producido la tragedia de
ayer y es preciso castigarla. Sé, pues, consecuente, y obedece.
El miserable "socius" causaba lástima.
Aquel canalla de sotana mugrienta, por lo regular tan repugnante y
antipático, estaba transfigurado con el cariño filial. Nunca había amado
gran cosa a su madre y ésta había sufrido continuos desdenes del sér
criado a costa de tantos sacrificios; pero en aquel momento, al verla en
peligro, el instinto filial se sublevaba momentáneamente en su
conciencia, borrando, aunque sólo por un instante, las criminales
aficiones que le dominaban.
Con el rostro pálido, la vista extraviada y el ademán suplicante, el
hermano Antonio parecía implorar compasión de su superior, que le
contemplaba sonriente afectando no comprender la causa de tal situación.
Hubo un instante en que el "socius" pareció dispuesto a arrodillarse
ante el padre Claudio, pero se detuvo al ver que éste le dirigía una
mirada fría y desdeñosa.
--Hermano Antonio--dijo el jesuíta con altivez y lentitud--, sois mi
secretario y tenéis el deber de hacer cuanto yo os diga. Si es que no
estáis dispuesto a obedecerme, libre encontraréis la puerta. Ni la Orden
ni yo necesitamos hombres ligados al mundo por fútiles preocupaciones.
Veo que me he engañado y que no sois lo que yo creía.
El espíritu de maldad que encerraba el cuerpo del "socius" se agitó
furiosamente al contacto de tal latigazo y todo el afecto filial se
desvaneció rápidamente.
La diabólica ambición resucitó en el hermano Antonio, sus ojos
brillaron, y agitando la cabeza como para arrojar muy lejos tristes y
abrumadores pensamientos, púsose a escribir.
El padre Claudio miró por encima de los hombros de su secretario lo que
éste escribía, y al ver que anotaba la orden para enviar a su madre a la
cárcel, sonrió con expresión mefistofélica y dijo, al mismo tiempo que
golpeaba amistosamente su espalda:
--Estoy satisfecho. Tú irás muy lejos, pues eres de la pasta de los
grandes hombres. Dentro de poco harás el cuarto voto y la Compañía
reconocerá en ti un modelo de jesuítas.