La cólera de Baselga

No era operación trivial el peinado de una dama en aquella época.

En todos tiempos ha sido el tocado de las cabezas femeninas empresa

dificultosa que ha necesitado mucho tiempo y no pocas meditaciones, pero

en la última época del reinado de Fernando VII, la tiránica moda llevó

el peinado a la más estupenda exageración en punto a complicado y

gigantesco.

Pepita estaba ante el espejo de su gabinete, ocupada en arreglar sus

cabellos con el mejor arte posible, cuando oyó agitados pasos en la

habitación vecina, y, poco después, la puerta de la estancia, que estaba

entornada, tembló al recibir un fuerte empujón, y, girando rápidamente,

fué a chocar contra la pared, con atronadora violencia.

Volvió la bella Condesa la cabeza, asustada por tal estrépito, y vió,

parado en medio de la puerta, al gigantesco Baselga, que tenía un

aspecto poco tranquilizador.

Pepita estaba tan acostumbrada a tratar despectivamente a su esposo, y

tan grande era su conocimiento del dominio que ejercía sobre su

voluntad, que no se inmutó al notar la expresión horrible de aquel

rostro ceñudo, en el cual destacábanse horriblemente los ojos

centellantes, sanguinolentos y que parecían próximos a salirse de sus

órbitas.

Hizo la hermosa un mohín que lo mismo podía expresar sorpresa que

desprecio y volviendo a mirarse en el espejo, dijo, con su tono meloso e

indolente:

--Pero, hijo mío, ¿qué te sucede para que tan descortésmente penetres en

el gabinete de tu mujer? Las costumbres del cuartel te roban tu antigua

buena crianza, y será preciso que tu esposa te eduque como si fueras un

niño.

El conde pareció no oir estas palabras. Tal seducción ejercía aquella

mujer sobre su ánimo, que, a pesar de la indignación que le dominaba y

de los terribles proyectos de venganza que se había forjado desde casa

de la duquesa a la suya, se detuvo, como asombrado, cual si por primera

vez viera a su esposa y quedara subyugado por el incentivo de sus

gracias.

Baselga, a pesar de su carácter enérgico, por no decir brutal, carecía

de una voluntad firmísima, y la indecisión se apoderaba continuamente de

su ánimo.

Algunos momentos antes pensaba en asombrosas venganzas, y se sentía con

ímpetu para exterminar, no ya a Pepita, sino a todo el género humano:

pero desde el momento que contempló a su esposa sintióse de nuevo

víctima de aquel predominio que ésta sabía ejercer sobre su carácter, y

permaneció un buen rato como atontado, mientras que la hermosa mejicana

seguía peinándose tranquilamente.

La calma de su esposa y el desdén que ésta manifestaba sacaron a Baselga

de su contemplación de idiota, y, avanzando al centro del gabinete,

dejóse caer sobre un diván, diciendo con voz cavernosa:

--Pepita, tenemos mucho que hablar. Siéntate aquí y mirémonos frente a

frente.

--Habla cuanto quieras--contestó la hermosa, con su tonillo indolente--;

habla, que ya te oigo y no es necesario que deje de peinarme para

escucharte.

--¡A sentarte..., y pronto! Yo lo mando.

Volvió su cabeza la mujer con aire de asombro al ver que el antiguo

esclavo se rebelaba demostrando tener voluntad; pero fué para ella tan

extraña la impresión que vió en su rostro que, obedeciendo a un impulso

de conservación, abandonó su peinado y fué a sentarse en el extremo del

diván que le indicaba Baselga.

--Ahora--dijo éste con terrible calma--que los dos nos encontramos

frente a frente, vamos a repasar nuestra pasada vida para que yo me

convenza mejor de que he sido un imbécil y usted, señora, una

tremenda...

Y Baselga dió a su esposa un calificativo tan justo como duro, cuya

crudeza disculpaba su inmensa indignación.

Pepita estaba asombrada y no sabía dónde aquello iría a parar; pero como

sobre su conciencia pesaban motivos suficientes para tener miedo a su

esposo, y como éste se mostraba por primera vez con voluntad propia y en

toda la plenitud de su carácter feroz, de aquí que la alegre condesita,

a pesar de su despreocupación y su descoco, comenzara a perder la

serenidad.

--Señora: lo sé todo. No son ya un misterio para mí los deshonrosos

amoríos que usted ha sostenido antes y después de nuestro casamiento, y

aun los que hoy tiene con cierto individuo de la Embajada inglesa, al

que muy pronto ajustaré las cuentas.

La condesa, a pesar del imperio que tenía sobre sí misma, no pudo menos

de estremecerse, detalle que no pasó desapercibido para Baselga.

--Hace usted bien en temblar. A un hombre como yo no se le engaña

impunemente, pues antes quiero morir o matar, que ser objeto de burla

para nadie.

--Te han engañado, Fernando mío--dijo Pepita con tono zalamero--. Todo

eso que dices de amantes y de deshonra son tremendas mentiras que sin

duda te han imbuído personas que desean mi perdición.

--¿Me han engañado, infame? ¿Vas a llevar tu cinismo hasta el punto de

negar lo que he visto casi por mis propios ojos? Bien sabes tú que

mientes. Para demostrarme lo contrario, sería preciso que me

convencieses de que no existe un "baronet" llamado sir Walace, agregado

a la Embajada inglesa, y de que es falsa esta carta escrita de tu letra

y en la cual le das una cita para esta misma noche, en que he de entrar

de guardia en Palacio.

Y al decir esto, Baselga arrojó en el regazo de su esposa el papel que

poco antes le había entregado el negro en casa de la duquesa.

Pepita no lo miró. ¡Para qué! Demasiado lo conocía ella, y estaba

convencida desde el primer instante de aquella escena de que su esposo

lo sabía todo.

--¿No contestas? Atrévete ahora, infame, a negar que eres la querida de

Walace, así como también de la persona a quien hasta hace poco respetaba

tanto como a Dios, y que ahora no sé si mirar con desvío o con odio.

¡Ah, mujer miserable! ¡Ah, infame ramera! ¡Cómo te habrás reído con el

rey, con ese inglés, y aun con cierto joven fraile, de la mansedumbre de

tu ignorante esposo! ¡Ira de Dios! ¡Qué de burlas habréis dirigido

contra el imbécil marido que tan ciego estaba!

El conde, diciendo esto, se había levantado y se paseaba como una fiera

enjaulada por el reducido gabinete. Sus mejillas, a fuerza de palidecer,

tomaban un tinte cadavérico, y en cambio sus ojos estaban inflamados y

ribeteados de rojo, cual si fuesen de cristal y transparentasen dos

grandes coágulos de sangre.

Recordando el infeliz Baselga su deshonra, e imaginándose el ridículo

papel que por tanto tiempo había desempeñado, él, que dos años antes se

batía por una mala mirada, indignóse hasta el punto de parecer un loco;

sus dientes rechinaron, una oleada de densa sombra pasó rápidamente ante

su vista, y sintió una necesidad tan imperiosa de desahogar su furor,

que alargó instintivamente su fuerte diestra, y al pronunciar las

últimas palabras, descargó un tremendo bofetón sobre Pepita.

La fresca mejilla se amorató bajo tan fuerte golpe, la huella de la mano

quedó marcada en la tersa tez, y la condesa, a pesar de ser fuerte y

robusta, vaciló, llegando casi a doblarse sobre el asiento.

Pepita, llevándose las manos a la parte dolorida, púsose a llorar

silenciosamente, y el conde pareció que despertaba de un horrible sueño.

Nunca Baselga se hubiese creído capaz de golpear a una mujer, y, al

contemplar su obra, sintió tal desesperación que casi estuvo tentado de

pedir mil perdones a aquella misma mujer que tanto le había ofendido.

En uno de sus brutales arranques llevóse la diestra a la boca para

morderla furiosamente, como en castigo a su desacato, y siguió paseando

por el gabinete, mientras que la condesa lloraba con aire resignado, sin

perjuicio de pensar en su interior que una bofetada era poca cosa si con

ella sola lograba salir de tan tremenda situación.

Por mucho tiempo permanecieron callados los dos esposos y paseando el

conde agitadamente; fué borrándose poco a poco de su cerebro la

expresión de lástima que le había producido su propio desacato, y

nuevamente los celos y la indignación excitaron su carácter violento,

hasta el punto de que volvió a reanudar el penoso diálogo con su esposa.

--No llore usted. Las mujeres que faltan a sus deberes deben tener el

suficiente valor para sufrir las consecuencias de sus crímenes, y, ya

que son malvadas, que lo sean de veras sosteniendo toda la

responsabilidad que sobre su conciencia se han echado.

Luego añadió, riendo sarcásticamente:

--Yo la creía a usted de más valor. Hasta hace poco estaba sometido a su

voluntad, teniéndola por una mujer de gran entereza; pero ahora veo que

es usted un tiranuelo sin energía, que ni aun tiene la grandiosidad de

sostener sus crímenes. La creía a usted de más valor, y me alegraba.

Quería ver si usted, defendiendo sus crímenes, mostraba gran energía,

hasta el punto de fingir un ánimo varonil, para entonces hacerme yo la

ilusión de que trataba con un hombre y exterminarla, que es lo único que

usted merece.

Al hablar de exterminio, Baselga se acercó a su esposa, y ésta

incorporóse, asustada, gritando con temblorosa voz:

--Fernando mío, ¡por Dios! Perdóname; piensa que tienes una hija y que

yo soy su madre.

Duró algunos instantes Baselga entre extender sus brazos contra aquella

mujer ó separarse de ella, y, por fin, al oir que hablaba de su hija,

prorrumpió en una interminable carcajada, de sonido tan raro, que

crispaba los nervios.

--¿Conque yo tengo una hija? ¿Por ella te he de respetar?

--Sí, Fernando mío; piensa en tu hija y en que yo soy su madre, y así me

perdonarás. Te han engañado, han mentido para perderme..., esa carta es

falsa..., yo no conozco a ese inglés..., yo no conozco a nadie...

¿Quieres que traiga aquí a tu hija?

--No la traigas--gritó con voz tonante el conde--. La pobre criatura es

inocente y no debe pagar las faltas de nadie. Si la trajeras, sería

capaz de estrellarla contra la pared, con toda tranquilidad, pues no hay

en su sangre una sola gota de la mía.

--¿Que no es tu hija?--exclamó Pepita, con un asombro que le hubiera

envidiado la más consumada actriz.

--Mira, Pepita: no sigas mintiendo, o de lo contrario no respondo de mí.

Te he dicho que lo sé todo, y así es la verdad. Esa criatura no es hija

mía. Ahí está para atestiguarlo la mujer que te asistió en el parto, la

cual confiesa que la niña nació dos meses después de la fecha que tú me

anunciaste. Tú sabrás quién es su padre, pues no se habrá borrado aún de

tu memoria el recuerdo del hombre a quien te entregaste después de mi

partida.

Pepita, al conocer que su esposo estaba tan bien enterado, experimentó

mayor turbación, y sólo supo decir, con la inconsciencia de un autómata:

--Mentira; todo lo que te han dicho es una falsedad. Alguien me quiere

perder.

--Sí; alguien te pierde, pero es tu misma desvergüenza. Mira esa carta

que aún tienes sobre las rodillas, examina bien la letra, y después

atrévete a negar que la has escrito tú misma para un amante que hace

tiempo absorbe tus sentidos, hasta el punto de olvidarte de tu esposo y

de tu hija.

La condesa, no sabiendo qué contestar, apeló a la suprema razón de la

mujer, y volvió a llorar, ocultando el rostro entre las manos.

Mucho tiempo pasó Baselga paseando por la habitación con aire

meditabundo, y, al fin, se paró ante su mujer, exclamando con voz

cavernosa:

--Señora: es necesario que esto concluya. Sé bien que ante los ojos de

Dios, que es enemigo del pecado, tengo yo derecho a exterminar a la

mujer que tan vergonzosamente ha mancillado mi honor, pero un valiente

no se ensucia jamás con la sangre de un ser débil. Hace poco me sentía

capaz de estrangularla entre mis manos, pero ahora me felicito de no

haber adoptado tan extrema resolución, que vendría a añadir nueva

vergüenza a mi deshonra. Otra será mi venganza y cual corresponde a un

caballero que tiene derecho a llevar alta la frente.

Dijo Baselga estas últimas palabras con tanta firmeza, que Pepita

levantó, asustada, la cabeza y preguntó con ansiedad:

--¿Qué piensas hacer?

--Hoy mismo, señora, quedaremos separados y buscaré a ese inglés, al que

usted tanto ama, para cambiar algunas balas o darnos de estocadas; pero

antes iré a Palacio, pues nuestro divorcio no ha de quedar en el

misterio, ni un conde de Baselga ha de abandonar a su esposa sin que

todo el mundo sepa la causa. Hablaré con la reina Amalia para que sepa

la conducta de su esposo y la de una dama de su servidumbre de honor, y

usted, señora, no podrá ya volver a Palacio y la alta sociedad le

repudiará de su seno. Sé perfectamente que entre las gentes de Palacio

hay muchas señoras que sólo de tal tienen el nombre y que proceden con

sus maridos tan infamemente como usted con el suyo; pero eso no

aminorará la pena que yo la destino, pues en ciertas esferas el

escándalo es lo que mata, y las más culpables y dignas de castigo son

las que más se apresuran a abrumar con su desprecio a la compañera de

pecado que no ha sabido impedir que fueran conocidas sus faltas. Soy

joven; hasta hace poco era un imbécil; pero el dolor y la venganza han

operado en mí una transformación y hoy veo claro cuanto me rodea, y

conozco que, para un carácter altanero y soberbio como el de usted, el

peor castigo es verse abandonada de todos y despreciada por las mismas

mujeres cuyos celos y envidias provocaba hasta hace poco. Todo Madrid

sabrá que la baronesa de Carrillo es una prostituta sin vergüenza, una

mujer infame, que su marido, el conde de Baselga, la ha abandonado por

conservar limpio su honor, y quiere que todo el mundo lo sepa.

Efectivamente; debía de ser para Pepita muy terrible el castigo que le

prometía su esposo, por cuanto temblaba y mostraba más miedo que

momentos antes cuando Baselga la golpeaba.

Este miraba fijamente a su esposa, adivinando el efecto que en ella

causaban sus palabras, y para hacer mayor su tormento, añadió con cierta

complacencia:

--Todo Madrid sabrá quién es usted y la escupirá en el rostro. Las altas

damas de Palacio le negarán la entrada en sus casas, y cuando la

encuentren en la calle, si se dignan fijar en usted sus ojos, será para

dirigirla miradas de desprecio; los hombres, si la hablan, será para

dirigirla palabras capaces de ruborizar a la pecadora más perdida; toda

persona virtuosa y de honor huirá de usted, y hasta los buenos padres

de la Compañía, esos santos varones que dirigían su conciencia, se

negarán en adelante a ser el sostén de una ramera con título de

baronesa.

--¡No! ¡Eso no!...--exclamo Pepita involuntariamente al oír el nombre de

la Orden y fué a seguir hablando, pero de pronto palideció, y bajando la

cabeza sumióse en el silencio.

La condesa, al ver incluído entre sus castigos el desprecio de los

jesuítas, experimentó la involuntaria tentación de hablar, y hasta su

lengua fué a decir que ellos eran los principales causantes de su

infidelidad conyugal; pero en tal instante el recuerdo del misterioso

poder de la Orden y de lo que ésta era capaz para castigo de los

imprudentes, pasó rápidamente por su imaginación y creyó prudente

callar, exponiéndose a un castigo problemático, como era el manifestado

por su esposo, para librarse del castigo de la Compañía, que era mas

cierto.

--¿Cómo que no?--preguntó Baselga apenas su esposa dijo tales

palabras--. ¿Duda usted acaso de que los jesuítas abandonarán a una

esposa adúltera e infame? La Compañía de Jesús es una religión de

hombres virtuosos y humildes, que sienten horrible antipatía contra el

crimen y la deshonestidad, y que la abandonarán a usted apenas se

convenzan de sus terribles faltas. ¿Ve usted al buen padre Claudio,

siempre tan atento y deferente? Pues tengo la seguridad de que apenas

sepa que es usted una esposa adúltera, se llenará de santo horror, y su

indignación no tendrá límites cuando yo le cuente que usted ha sido la

querida del rey, logrando con sus infernales tentaciones que el monarca

ungido de Dios cayese en el pecado.

Si la condesa no hubiera tenido el rostro oculto entre sus manos, tal

vez se la hubiera visto sonreir sarcásticamente mientras su esposo

hablaba de las virtuosas indignaciones del padre Claudio.

La rabia que sentía el violento Baselga, aquel afán de venganza brutal

que no podía desahogar por miramientos de sexo, producían en el

gigantesco comandante una angustia terrible, que al fin le obligó a

dejarse caer en un sillón, donde permaneció mucho tiempo con los ojos

entornados y respirando jadeante como si fuera víctima de mortal

congoja.

Pepita, a pesar de que hacía tiempo miraba con indiferencia a su esposo,

sentía hacia él cierta atracción desde que lo vió tan magnífico e

imponente durante la terrible y brutal explosión de su rabia, y además

necesitaba calmar su enojo por medio de caricias. Por esto comenzó a

mirar con inquietud al conde, que parecía próximo a ser víctima de una

congestión que pusiera en peligro su existencia.

Mucho rato permaneció Baselga inmóvil y como abstraído, hasta que por

fin dió señales de ir serenándose, y abriendo sus ojos los fijó en su

esposa con extrañeza.

--¿Aún está usted aquí? ¿Quiere usted acaso continuar mintiendo por más

tiempo y engañarme con sus miserables embelesos? Salga usted

inmediatamente de aquí y que no la vea durante las pocas horas que

permaneceré en esta casa; de lo contrario, podría caer nuevamente en la

tentación de hacerme la justicia por mi mano. Diga usted a mis

asistentes que preparen mi equipaje para poder salir hoy mismo de esta

casa.

Con tal imperio dijo Baselga estas palabras que la condesa se vió

forzada a obedecer, y a paso lento se dirigió hacia la puerta; pero al

llegar a ésta se detuvo, y adoptando una actitud resuelta, volvió al

centro de la habitación.

Baselga la miró con cierto asombro.

--Yo no puedo permitir que tú te vayas--dijo, mirando a su esposo con la

misma expresión incitante que horas antes había empleado con el padre

Claudio.

--¡Cómo! ¿Qué quiere decir eso?

--He dicho que no te vas, y no te irás.

--¿Y quién puede impedir que yo te abandone?

--¡Yo!, o mejor dicho, mi amor.

--¡Tu amor!--exclamó Baselga con extrañeza, e inmediatamente rompió a

reir con lúgubres carcajadas.

--¡Con que me amas, Pepita mía!--dijo con acento sarcástico--. No es

mala la treta para abusar una vez más del marido bonachón, del bestia

ridículo de quien tantas veces te has reído. Sin duda, temes las

consecuencias del castigo con que te he amenazado, y te propones

evitarlas intentando resucitar en mi pecho el ascendiente que hasta hace

poco tuviste.

--Di lo que quieras; insúltame cuanto gustes, llámame perdida, golpéame

como a un perro, que todo esto no impedirá que te ame tanto como el

primer día que nos conocimos.

Aquella mujer era una actriz tan perfecta, que su marido llegó a dudar

de la falsedad de sus palabras.

Tal pasión se retrataba en sus ojos y con tanta ingenuidad hablaba, que

Baselga, atrepellando la lógica de los hechos y lo decisivas que eran

las pruebas que tenía para considerar a Pepita como a una mujer malvada

y viciosa, creyó por un momento que ésta había ido al deshonor

arrastrada por su carácter caprichoso y que todavía le amaba, por lo que

él casi se sentía dispuesto a perdonarla.

Tanto adoraba a su esposa aquel hombre tan brutal como sencillo.

Pepita, como de costumbre, adivinaba el efecto que sus pérfidas palabras

producían en el ánimo del conde, y no queriendo desaprovechar tan

favorable ocasión, apeló a todos sus recursos escénicos, y dijo con la

entonación melancólica de una mujer que ve sus ilusiones próximas a

desvanecerse:

--Yo, Fernando mío, te amo y te he amado siempre. Reconozco, si así lo

quieres, que he sido traidora, que he faltado a la fe jurada; pero esto

no me impide el considerar como la mayor de las desgracias verme alejada

de ti, que eres mi mayor ilusión. ¿Qué ganará tu honor con que nos

separemos públicamente y el mundo sepa mis faltas y tu deshonra?

Quedaremos los dos solos, abandonados, como si estuviéramos en el centro

de un desierto; yo seré muy desgraciada porque te amo, y tú sufrirás

gran pena porque me adoras, Fernando; yo así lo reconozco, a pesar de

que tú haces cuanto puedes por ocultar tu pasión. El tiempo es un buen

remedio para borrar de la memoria los recuerdos penosos, y no pasarán

muchos meses sin que, dando al olvido el pasado, volvamos a amarnos como

en más felices tiempos. ¿Qué ganas con huir de esta casa?

--Lo que tú temes--dijo el conde con expresión sarcástica--es el

escándalo y el desprecio público que caerán sobre ti apenas publique yo

tu deshonra.

--No, esposo mío; lo que yo temo es verme alejada de ti. Si tal

sucediera, cree que la vida sería para mí terrible carga.

Dió la condesa tal acento de sencillez a estas palabras, que Baselga se

sintió ya casi desarmado. Una infame y deshonrosa conformidad comenzaba

a apoderarse de su ánimo.

Los primeros impulsos de su terrible furor se habían desvanecido ya, y

casi se sentía inclinado a transigir con su deshonra. Amaba a Pepita

como a nadie, y comenzaba ya a pensar en lo pesada y monótona que sería

para él la vida así que se viera alejado de su esposa y tuviera que

mirarla en la calle como una mujer extraña y de posesión imposible.

La astuta condesa, que sabía la mágica influencia que ejercían sus

gracias corporales sobre aquel gigante, que en su corpachón encerraba

los insaciables apetitos de un sátiro, apeló a las seducciones de obra

para reforzar sus cariñosas palabras, y reclinándose en el diván dejó

que algo más que sus lindos pies asomara por bajo la desordenada falda,

al mismo tiempo que hacía ondular su incitante pecho al impulso de una

respiración agitada y angustiosa.

No tardó Baselga en fijarse en tan seductores detalles, y mientras

parecía reflexionar, fijos sus ojos en los encantos de Pepita, ésta le

decía con el tonillo zalamero que tanto efecto causaba en sus

adoradores:

--¿Qué ganarías, hijo mío, con huir de mí? Yo comprendo que he sido muy

malvada y debes castigarme. Lo deseo, lo exijo y me consideraré feliz si

extremas conmigo tu venganza hasta el punto de que quedes tranquilo y

vuelvas a ser el mismo de antes. Estando junto a mí podrás desahogar tu

justa rabia, tratándome como un ser odioso, mirándome con completa

indiferencia. Este, Fernando mío, será mi mayor castigo, porque yo te

amaba antes mucho; pero ahora te quiero hasta el delirio. Eres soberbio

y sublime como un león cuando te enfadas, y te aseguro que hace un

instante, cuando me abofeteabas, sentía tentaciones de besarte. Ninguna

mujer hubiera dejado de adorarte al verte amenazante y magnífico como un

dios. Pégame cuanto quieras, condéname a los mayores castigos que puedas

imaginar; pero ámame, pues de lo contrario yo misma me daré muerte.

Sólo le faltaba aquello al sencillo Baselga para que inmediatamente su

terrible furor viniera al suelo como un castillo de naipes.

Quería permanecer algún tiempo afectando un odio irreconciliable; pero

en su interior estaba ya resuelto a perdonar, y por eso, instintivamente

y sin darse exacta cuenta, avanzó algunos pasos hacia su esposa sin

poder ocultar en su rostro la impresión que sentía favorable para

Pepita.

Esta, que fingiéndose distraída por su apasionamiento se fijaba en

cuanto hacía su esposo, comprendió que había ya ganado su afecto, y

continuó hablando para asegurarse por completo su tranquila pasividad.

--No dudes en permanecer unido a tu esposa. Tú amas la gloria, aspiras a

ser un personaje en el Ejército, cosa muy justa y nada te perjudicaría

tanto en tu causa como un escándalo que redundara en desprestigio de las

personas reales. Piensa que si permanecieras como hasta hoy cumpliendo

tus deberes y no haciendo nada que pudiera desagradar al rey, llegarías

a general dentro de pocos años.

Detúvose Pepita algunos momentos como para estudiar el efecto que sus

palabras causaban en el conde, y creyendo que la promesa de un porvenir

glorioso en su carrera le deslumbraba, acabando de desvanecer todos sus

escrúpulos, continuó:

--Además, ¿por qué has de ser tú de diferente carácter que la mayor

parte de los que contigo se codean en los salones de Palacio? Tú dices

que conoces bien a las gentes palaciegas; pero ni con mucho tienes

formado un exacto concepto de su carácter y sus costumbres. ¡Si supieras

cuántos ciegos voluntarios hay entre los cortesanos! ¡Si vieras los

muchos que ven más de lo que les conviene y, sin embargo callan! Es

porque saben vivir y comprenden que a la sombra de un trono hay que

pasar por muchas cosas para poder medrar. Imítalos tú, Fernando mío, y

no te empeñes en diferenciarte de los demás a título de algunas

preocupaciones que sólo alcanzan crédito entre la canalla popular.

Permanece al lado de tu esposa y no te opongas a los caprichos del rey,

que yo me encargo de que dentro de pocos años seas general. Nada puede

costarte este pequeño sacrificio. Cuando eras soltero, ¿no consentías

que ese vejestorio que lleva el título de duquesa de León atendiera a

todas tus necesidades, a pesar de ser esto deshonroso? Pues confórmate

ahora a ser un poco complaciente y algo ciego, y piensa que, a pesar de

lo que diga la gente, ser querida de un rey es honor que no todas

alcanzan. Debes pensar en que podemos encumbrarnos bajo la protección

del monarca y en que muchos envidiarán tu suerte, pues quisieran tener

una esposa que manejase a su gusto la voluntad del amo de España.

La condesa no pudo seguir. Había avanzado demasiado haciendo a su esposo

tal proposición, y no tardó en sufrir las consecuencias.

Aquellas cínicas palabras causaron a Baselga el efecto de otros tantos

latigazos.

Quedóse como asombrado por la audacia de su esposa, y pareció dudar de

la realidad de lo que oía.

La vergonzosa proposición, penetrando hasta lo más recóndito del corazón

de Baselga, removió los restos que en él quedaban de dignidad y de

honor.

El pasado surgió luminoso y terrible ante la interna vista del conde, y

un intenso rubor se extendió como una oleada de fuego por sus mejillas,

hasta entonces pálidas.

Baselga, que rara vez se acordaba de sus antepasados y que, a pesar de

sus preocupaciones políticas y sociales, no se cuidaba de hacer alarde

de los méritos de sus ascendientes, al escuchar tan infame propuesta vió

desfilar por su imaginación las figuras de sus progenitores, tristes,

cabizbajas y llorosas, como condoliéndose de aquella tremenda ofensa que

se ofería a su descendiente.

La impresión era demasiado fuerte para un hombre tan enérgico e

irascible como Baselga.

Sintió que la sangre subía en ardorosa erupción al interior de su

cerebro, produciéndole terribles escalofríos; sus ojos se oscurecieron,

distinguiendo únicamente en la densa sombra que ante ellos se extendió,

millares de chispas azuladas que bailoteaban con la infernal y

caprichosa ligereza de los duendes en el aquelarre; los brazos avanzaron

con arrollador e instintivo impulso y los crispados dedos agarraron algo

carnoso, suave y tibio, estrujando con bárbara complacencia la finura de

su superficie.

Era la garganta de Pepita.

Cuando ésta sintió sobre su cuello aquellas férreas tenazas movidas por

feroz impulso, gritó agitada por el instinto de conservación; pero la

voz clara y vibrante, pugnando por salir, se extinguió antes de llegar a

los labios, convirtiéndose en un rugido horrible que tenía mucho del

estertor de la agonía.

A pesar de la robustez del cuerpo de la condesa, Baselga, oprimiéndola

el cuello con salvaje complacencia, la levantó hasta separar sus pies

del suelo y la agitó en el espacio zarandeándola como el verdugo que en

la horca se apresura a poner fin a la vida del sentenciado.

Aquella escena tenía un carácter tan horrible como repugnante.

El conjunto que formaban aquellos dos cuerpos tan terriblemente unidos

agitábase furiosamente por la habitación. La condesa, en el estertor de

la agonía, agitábase desesperadamente queriendo librarse de la argolla

de hierro que la estrangulaba, y agitando furiosamente los pies en el

vacío, tan pronto golpeaba los muebles, como daba furiosas patadas en

las piernas de su esposo. Este, pugnando instintivamente por librarse de

tales golpes y de los arañazos que en su rostro hacían las hermosas

manos de la condesa, iba de un lado a otro de la habitación con su

pesada carga, sin dejar de oprimirla la garganta, lanzando al mismo

tiempo espantosos juramentos y rugidos con los que desahogaba la salvaje

ansia de destrucción que de él se había apoderado.

Esta extraña situación sólo duró algunos momentos. De pronto el cuerpo

de Pepita se estremeció de los pies a la cabeza; un suspiro horrible que

semejaba un rugido salió de sus labios, y el conde sintió al mismo

tiempo algo húmedo, caliente y repugnante, que chocaba contra su rostro.

La nueva sensación le trajo a la realidad, y como si sintiera un asombro

sin límites ante su propia obra, soltó el cuello de la condesa, cuyo

cuerpo cayó inerte y sin vida sobre la alfombra.

En la mirada de Baselga se retrató un asombro abrumador. Llevóse la mano

a su rostro y la contempló llena de sangre, y al alzar la mirada

asustóse al verse retratado en el frontero espejo de un modo horrible.

Su figura tenía la expresión siniestra de un asesino, y su rostro estaba

desfigurado por una máscara de negruzca sangre que hacía brillar con más

intenso fulgor sus ojos, semejantes a los de un león cuando va a

despedazar la bestia ya inmolada a sus furores.

Entonces fué cuando se dió exacta cuenta de lo que había ocurrido, y

cuando se convenció de que acababa de dar muerte a su esposa.

Baselga no experimentó ninguna sensación al darse cuenta de su delito.

Era tan grande el hecho, que por su misma inmensidad no cabía el

arrepentirse de él inmediatamente, y cayó en un estado de estúpida

inercia, contemplando con la cabeza baja y fijeza idiota el cadáver de

Pepita, cuyos labios, amoratados y henchidos de sanguinolenta espuma,

daban un siniestro carácter a su rostro, que aún parecía más hermoso con

la palidez de la muerte.

Baselga no pudo darse cuenta de cuánto tiempo permaneció en la imbécil

contemplación. De pronto oyó sonar pasos en el corredor vecino, y

levantando la cabeza, vió entrar precipitadamente en el gabinete a un

sacerdote.

Era el padre Claudio.

Mucho dominio tenía el hermano jesuíta sobre sus impresiones, y no eran

pocas las escenas terribles que había presenciado en su vida; pero a

pesar de esto, al abarcar con una rápida mirada el cuadro que ante sus

ojos se ofrecía, no pudo impedir el volver atrás instintivamente.

Vió a Pepita tendida en el suelo con las ropas en desorden, impresas en

el cuello las cárdenas señales de unos dedos, y junto a ella, impasible,

pero amenazante, la tremenda figura de Baselga, por cuyo rostro corría

la sangre, destilando gota a gota por el extremo de sus patillas.

Aquel espectáculo tan horrible como inesperado logró conmover al

sectario de Loyola y al mismo tiempo que se desvanecía su eterna

sonrisa, su rostro tornábase pálido por primera vez en la vida.

Era que sentía miedo ante el iracundo Baselga y temía que la condesa

antes de morir hubiese revelado a su esposo la gran participación que la

Orden tenía en muchas de sus faltas.

La araña negra, t. 2/9 · 第 12 / 43 题