muerto al sentir en su mano los besos y las lágrimas del _Capitán
Veneno_, y una sonrisa de suprema felicidad vagaba todavía por los
entreabiertos labios del cadáver.
VII
MILAGROS DEL DOLOR
A los gritos del consternado huésped, seguidos de lastimeros ayes de la
criada, despertó Angustias...--Medio se vistió, llena de espanto, y
corrió hacia la habitación de su madre... Pero en la puerta halló
atravesada la silla de ruedas de D. Jorge, el cual, con los brazos
abiertos y los ojos casi fuera de las órbitas, le cerraba el paso,
diciendo:
--¡No entre usted, Angustias! ¡No entre usted, o me levanto, aunque me
muera!
--¡Mi pobre mamá! ¡Mi madre de mi alma!--¡Déjeme usted ver a mi
madre!...--gimió la infeliz, pugnando por entrar.
--¡Angustias! ¡En el nombre de Dios, no entre ahora! Ya entraremos luego
juntos... ¡Deje usted descansar un momento a la que tanto ha padecido!
--¡Mi madre ha muerto!--exclamó Angustias, cayendo de rodillas[250]
junto al sillón del Capitán.
--¡Pobre hija mía! ¡Llora[251] conmigo cuanto quieras!--respondió D.
Jorge, atrayendo hacia su corazón la cabeza de la pobre huérfana, y
acariciándole el pelo[252] con la otra mano.--¡Llora con el que no había
llorado nunca, hasta hoy, que llora por ti... y por _ella_!...
Era tan extraordinaria y prodigiosa aquella emoción en un hombre como el
_Capitán Veneno_, que Angustias, en medio de su horrible desgracia, no
pudo menos de significarle aprecio, y gratitud, poniéndole una mano
sobre el corazón...[253]
[Illustration: Angustias no pudo menos de significarle aprecio, y
gratitud, poniéndole una mano sobre el corazón]
Y así estuvieron abrazados algunos instantes aquellos dos seres que la
felicidad nunca hubiera hecho amigos.
PARTE CUARTA
DE POTENCIA A POTENCIA[254]
I
DE CÓMO EL CAPITÁN LLEGÓ A HABLAR SOLO
Quince días después del entierro de doña Teresa Carrillo de Albornoz, a
eso de las once de una espléndida mañana del mes de las flores, víspera
o antevíspera de San Isidro, nuestro amigo el _Capitán Veneno_ se
paseaba muy de prisa por la sala principal de la casa mortuoria, apoyado
en dos hermosas y desiguales muletas[255] de ébano y plata, regalo del
marqués de los Tomillares; y aunque el mimado convaleciente estaba allí
solo, y no había nadie ni en el gabinete ni en la alcoba, hablaba de vez
en cuando a media voz, con la rabia y desabrimiento de costumbre.
--¡Nada! ¡Nada!... ¡Está visto!--exclamó por último, parándose en mitad
de la habitación.--¡La cosa no tiene remedio! ¡Ando perfectísimamente!
¡Y hasta creo que andaría mejor sin estos palitroques! Es decir, que ya
puedo marcharme a mi casa...
Aquí lanzó un gran resoplido,[256] como si suspirase a su manera, y
murmuró cambiando de tono:
--_¡Puedo!_ ¡He dicho _puedo_!... ¿Qué es _poder_? Antes pensaba yo que
el hombre podía hacer todo lo que quería, y ahora veo que ni tan
siquiera _puede querer_ lo que le acomoda... ¡Pícaras mujeres![257]
¡Bien me lo había yo temido desde que nací! ¡Y bien me lo figuré en
cuanto me vi rodeado de faldas la noche del 26 de Marzo! ¡Inútil fue tu
precaución, padre mío, de hacerme amamantar por una cabra! ¡Al cabo de
los años mil,[258] he venido a caer en manos de estas sayonas que te
obligaron a suicidarte!... Pero ¡ah!, ¡yo me escaparé, aunque me deje el
corazón en sus uñas!
En seguida miró el reloj, suspiró de nuevo, y dijo muy quedamente, como
reservándose de sí propio:
--¡Las once y cuarto, y todavía no la he visto, aunque estoy
levantado[259] desde las seis!... ¡Qué tiempos aquellos en que me traía
el chocolate y jugábamos al tute! Ahora siempre que llamo, entra la
gallega... ¡Reventada[260] sea "_tan digna servidora_", que diría el
necio de mi primo! Pero, en cambio, luego darán las doce, y me avisarán
que está el almuerzo... Iré al comedor, y me encontraré allí con una
estatua vestida de luto, que ni habla, ni ríe, ni llora, ni come, ni
bebe, ni sabe nada de lo que ocurre, nada de lo que su madre me contó
aquella noche, nada de lo que va a suceder, si Dios no lo remedia...
¡Cree la muy orgullosa que está en su casa, y todo su afán es que acabe
de ponerme bueno y me marche, para que mi compañía no la desdore en la
opinión de las gentes! ¡Infeliz! ¿Cómo sacarla de su error? ¿Cómo
decirle que la tengo engañada; que su madre no me entregó ningún dinero;
que, desde hace quince días, todo lo que se gasta acá sale de mi propio
bolsillo?--¡Ah! ¡Eso nunca! ¡Primero me dejo matar que decirle tal
cosa!--Pero ¿qué hago? ¿Cómo no darle, antes o después, cuentas
verdaderas o fingidas? ¿Cómo seguir así indefinidamente?--¡Ella no lo
consentirá! ¡Ella me llamará a capítulo cuando gradúe que debe de
habérseme acabado lo que suponga que poseía su madre, y entonces se
armará en esta casa la de Dios es Cristo![261]
Por aquí iba en sus pensamientos don Jorge de Córdoba, cuando sonaron
unos golpecitos en la puerta principal de la sala, seguidos de estas
palabras de Angustias:
--¿Se puede entrar?[262]
--¡Entre usted con cinco mil[263] de a caballo!--gritó el Capitán, loco
de alegría, corriendo a abrir la puerta y olvidando todas sus alarmas y
reflexiones.--¡Ya era tiempo de que me hiciese usted una visita como
antiguamente!--¡Aquí tiene usted al oso enjaulado y aburrido, deseando
tener con quien pelear! ¿Quiere usted que echemos una mano al tute?
Pero... ¿qué pasa? ¿Por qué me mira usted con esos ojos?
--Sentémonos[264] y hablemos, Capitán...--dijo gravemente Angustias,
cuyo hechicero rostro, pálido como la cera, expresaba la más honda
emoción.
Don Jorge se retorció los bigotes, según hacía siempre que barruntaba
tempestad, y sentose en el filo de una butaca, mirando a un lado y otro
con aire y desasosiego de reo en capilla.
La joven tomó asiento muy cerca de él; reflexionó unos instantes, o bien
reunió fuerzas para la ya presentida borrasca, y expuso al fin con
imponderable dulzura:
II
BATALLA CAMPAL[265]
--Señor de Córdoba: la mañana en que murió mi bendita madre, y cuando,
cediendo a ruegos de usted, me retiraba a mi aposento, después de
haberla amortajado, por haberse empeñado usted[266] en quedarse solo a
velarla, con una piedad y una veneración que no olvidaré jamás...
--¡Vamos, vamos, Angustias!...--¿Quién dijo miedo?--¡Cara feroz al
enemigo!--¡Tenga usted valor para sobreponerse a esas cosas!
--Sabe usted que no me ha faltado hasta hoy...--respondió la joven con
mayor calma.--Pero no se trata ahora de esta pena, con la cual vivo y
viviré perpetuamente en santa paz, y a cuyo dulce tormento no
renunciaría por nada del mundo... Se trata de contrariedades de otra
índole, en que por fortuna caben alteraciones, y que van a tener en
seguida total remedio...
--¡Quiéralo Dios!--rezó el capitán, viendo cada vez más cerca el
nublado.
--Decía...--continuó Angustias--que aquella mañana me habló usted, sobre
poco más o menos, así: "Hija mía..."
--¡Hombre![267] ¡Qué cosas dice uno! ¡Yo la llamé a usted "_hija mía_"!
--Déjame proseguir, señor don Jorge. "Hija mía...--exclamó usted con una
voz que me llegó al alma:--en nada tiene usted que pensar por ahora más
que en llorar y en pedir a Dios por su madre... Sabe usted que he
asistido a tan santa mujer en sus últimos momentos... Con este motivo,
me ha[268] enterado de todos sus asuntos y hecho entrega del dinero que
poseía, para que yo corra con entierro, lutos y demás, como tutor de
usted, que me ha nombrado privadamente, y para librarla de cuidados en
los primeros días de su dolor... Cuando se tranquilice usted,
ajustaremos cuentas..."
--¿Y qué?--interrumpió el Capitán, frunciendo muchísimo el entrecejo,
como si, a fuerza de parecer terrible, quisiese cambiar la efectividad
de las cosas.--¿No he cumplido bien[269] tales encargos? ¿He hecho
alguna locura? ¿Cree usted que he despilfarrado su herencia?... ¿No era
justo costear entierro mayor a aquella ilustre señora? O ¿acaso le ha
referido a usted ya algún chismoso que le he puesto en la sepultura una
gran lápida con sus títulos de _Generala_ y de _Condesa_? Pues lo[270]
de la lápida ha sido capricho mío personal, y tenía pensado rogar a
usted que me permitiera pagarla de mi dinero! ¡No he podido resistir a
la tentación de proporcionar a mi noble amiga el gusto y la gala de usar
entre los muertos los dictados que no le permitieron llevar los vivos!
--Ignoraba lo de la lápida...--profirió Angustias con religiosa
gratitud, cogiendo y estrechando una mano de don Jorge, a pesar de los
esfuerzos que hizo éste por retirarla.--¡Dios se lo pague a
usted!--¡Acepto ese regalo, en nombre de mi pobre madre y en el
mío!--Pero, aun así y todo, ha hecho usted muy mal, sumamente mal, en
engañarme respecto de otros puntos; y, si antes me hubiera enterado de
ello, antes habría venido a pedirle a usted cuentas.
--¿Y podrá saberse, mi querida señorita, en qué la he engañado a
usted?--se atrevió todavía a preguntar D. Jorge, no concibiendo que
Angustias supiese cosas que sólo a él, y momentos antes de expirar,
había referido doña Teresa.
--Me engañó usted aquella triste mañana...--respondió severamente la
joven,--al decirme que mi madre le había entregado no sé qué cantidad...
--¿Y en qué se funda vuestra señoría para desmentir con esa frescura a
todo un Capitán de ejército, a un hombre honrado, a una persona
mayor?--gritó con fingida vehemencia D. Jorge, procurando meter la cosa
a barato y armar camorra para salir de aquel mal negocio.
--Me fundo--respondió Angustias sosegadamente--en la seguridad,
adquirida después, de que mi madre no tenía ningún dinero cuando cayó en
cama.
--¿Cómo que no?[271] ¡Estas chiquillas[272] se lo quieren saber todo!
¿Pues ignora usted que doña Teresa acababa de enajenar una joya de
muchísimo mérito?...
--Sí... sí... ¡ya sé!... Una gargantilla de perlas con broches de
brillantes..., por la cual le dieron quinientos duros...
--¡Justamente! ¡Una gargantilla de perlas... como nueces, de cuyo
importe nos queda todavía mucho oro que ir gastando!... ¿Quiere usted
que se lo entregue ahora mismo? ¿Desea usted encargarse ya de la
administración de su hacienda? ¿Tal mal le va con mi tutoría?
--¡Qué bueno es usted, Capitán!... Pero ¡que imprudente a la
vez!--repuso la joven.--Lea usted esta carta, que acabo de recibir, y
verá dónde estaban los quinientos duros desde la tarde en que mi madre
cayó herida de muerte...
El Capitán se puso más colorado que una amapola; pero aun sacó fuerzas
de flaqueza, y exclamó, echándola[273] de muy furioso...
--¡Conque es decir que yo miento! ¡Conque un papelucho merece más
crédito que yo! ¡Conque de nada me sirve toda una vida de formalidad, en
que he tenido palabra de rey!
--Le sirve a usted, señor D. Jorge, para que yo le agradezca más y más
el que,[274] por mí, y sólo por mí, haya faltado esta vez a esa buena
costumbre...
--¡Veamos qué dice la carta!--replicó el Capitán, por ver si hallaba en
ella medio de cohonestar la situación.--¡Probablemente será alguna
pamplina!
La carta era del abogado o asesor de la difunta Generala, y decía así:
* * * * *
"Señorita Doña Angustias Barbastro.
"Muy señora mía y estimada amiga:
"Acabo de recibir extraoficialmente la triste noticia del óbito de su
señora madre (Q. S. G. H.)[275], y acompaño a usted en su legítimo
sentimiento, deseándole fuerzas físicas y morales para sufrir tan
inapelable y rudo golpe de la Superioridad[276] que regula los destinos
humanos.
"Dicho esto,[277] que no es fórmula oratoria de cortesía, sino expresión
del antiguo y alegado afecto que le profesa mi alma, tengo que cumplir
con usted otro deber sagrado, cuyo tenor es el siguiente:
"El procurador o agente de negocios de su difunta madre, al notificarme
hoy la penosa nueva, me ha dicho que, cuando, hace dos semanas, fue a
poner en su conocimiento la desfavorable resolución del expediente de la
viudedad, y a presentarle las notas de nuestros honorarios, tuvo ocasión
de comprender que la señora poseía apenas el dinero suficiente para
satisfacerlos,[278] como por desventura los satisfizo en el acto, con un
apresuramiento[279] en que creí ver nuevas señales del amargo desvío
que ya me había usted demostrado con anterioridad...
"Ahora bien, mi querida Angustias: atorméntame mucho la idea de si
estará usted pasando apuros y molestias en tan agravantes
circunstancias, por la exagerada presteza con que su mamá me hizo
efectiva aquella suma (reducido precio de las seis solicitudes, cuyo
borrador le escribí y hasta copié en limpio), y pido a usted su
consentimiento previo para devolver el dinero, y aun para agregar todo
lo demás que usted necesite y yo posea.
"No es culpa mía si no tengo personalidad suficiente ni otros títulos
que un amor tan grande como sin correspondencia, al hacer a usted
semejante ofrecimiento, que le suplico acepte, en debida forma, de su
apasionado y buen amigo, atento y seguro servidor, que besa sus pies,
"Tadeo Jacinto de Pajares."
* * * * *
--¡Mire usted aquí un abogado a quien yo le voy a cortar el
pescuezo!--exclamó D. Jorge, levantando la carta sobre su
cabeza.--¡Habrá infame! ¡Habrá judío![280] ¡Habrá canalla!... Asesina a
la buena señora hablándole de _insolvencia_, y de _ejecución_, al
pedirle los honorarios, para ver si la obligaba a darle la mano de
usted; y ahora quiere comprar esa misma mano con el dinero que le sacó
por haber perdido el asunto de la viudedad... ¡Nada, nada! ¡Corro en su
busca! ¡A ver![281] ¡Alárgueme usted esas muletas!--¡Rosa! ¡mi
sombrero!... (Es decir: ve a mi casa y di que te lo den.) O si no,
tráeme (que ahí estará en la alcoba) mi gorra de cuartel... ¡y el
sable!--Pero no... ¡no traigas el sable! ¡Con las muletas me basta y
sobra para romperle la cabeza!
--Márchate, Rosa..., y no hagas caso; que éstas son chanzas del Sr. D.
Jorge...--expusó Angustias, haciendo pedazos la carta.--Y usted Capitán,
siéntese y óigame...--se lo suplico.--Yo desprecio al señor abogado con
todos sus mal adquiridos millones, y ni le he contestado, ni le
contestaré.--¡Cobarde y avaro, imaginó desde luego que podría hacer suya
a una mujer como yo,[282] sólo con defender de balde en las oficinas
nuestra mala causa!...--No hablemos más, ni ahora ni nunca, del indigno
viejo...
--¡Pues no hablemos tampoco de ninguna otra cosa!--añadió el ladino
Capitán, logrando alcanzar las muletas y comenzando a pasearse
aceleradamente cual si huyera de la interrumpida discusión.
--Pero, amigo mío...--observó con sentido acento la joven.--Las cosas no
pueden quedar así...
--¡Bien! ¡Bien! Ya hablaremos de eso. Lo que ahora interesa es almorzar,
pues yo tengo muchísima hambre... Y ¡qué fuerte me ha dejado la pierna
ese zorro viejo[283] de doctor! ¡Ando como un gamo! Dígame usted, cara
de cielo, ¿a cómo estamos hoy?
--¡Capitán!--exclamó Angustias con enojo.--¡No me moveré de esta silla
hasta que me oiga usted, y resolvamos el asunto que aquí me ha traído!
--¿Qué asunto? ¡Vaya!... ¡Déjeme usted a mi de canciones!... Y, a
propósito de canciones... ¡Juro a usted no volver a cantar en toda mi
vida la jota aragonesa! ¡Pobre Generala! ¡Cómo se reía al oírme!
--¡Señor de Córdoba!...--insistió Angustias con mayor acritud.--¡Vuelvo
a suplicar a usted que preste alguna atención a un caso en que están
comprometidas mi honra y mi dignidad!...
--¡Para mí no tiene usted nada comprometido!--respondió D. Jorge,
tirando al florete[284] con la más corta de las muletas.--¡Para mí es
usted la mujer más honrada y digna que Dios ha criado!
--¡No basta serlo para usted! ¡Es necesario que opine lo mismo todo el
mundo! Siéntese usted, pues, y escúcheme, o envío a llamar a su señor
primo, el cual, a fuer de hombre de conciencia, pondrá término a la
vergonzosa situación en que me hallo.
--¡Le digo a usted que no me siento! Estoy harto de camas, de butacas y
de sillas... Sin embargo, puede usted hablar cuanto guste...--replicó D.
Jorge, dejando de tirar al florete; pero quedándose en _primera
guardia_.
--Poco será lo que le diga...--profirió Angustias, volviendo a su grave
entonación,--y ese poco... ya se le habrá ocurrido a usted desde el
primer momento. Señor Capitán: hace quince días que sostiene usted[285]
esta casa; usted pagó el entierro de mi madre; usted me ha costeado los
lutos; usted me ha dado el pan que he comido... Hoy no puedo abonarle lo
que lleva gastado, como se lo abonaré con el tiempo...; pero sepa usted
que desde ahora mismo...
--¡Rayos y culebrinas![286] ¡Pagarme usted a mí! ¡Pagarme
_ella_!...--gritó el Capitán con tanto dolor como furia, levantando en
alto las muletas, hasta llegar con la mayor al techo de la sala.--¡Esta
mujer se ha propuesto matarme!--¡Y para eso quiere que la
oiga!...--¡Pues no la oigo a usted! ¡Se acabó la
conferencia![287]--¡Rosa! ¡El almuerzo!--Señorita: en el comedor la
aguardo...--Hágame el obsequio de no tardar mucho.
--¡Buen modo tiene usted de respetar la memoria de mi madre! ¡Bien
cumple los encargos que le hizo en favor de esta pobre huérfana! ¡Vaya
un interés que se toma por mi honor y por mi reposo!...--exclamó
Angustias con tal majestad, que D. Jorge se detuvo como el caballo a
quien refrenan; contempló un momento a la joven; arrojó las muletas
lejos de sí; volvió a sentarse en la butaca, y dijo, cruzándose de
brazos:
--¡Hable usted hasta la consumación de los siglos!
--Decía...--continuó Angustias, así que se hubo serenado--que desde hoy
cesará la absurda situación creada por la imprudente generosidad de
usted. Ya está usted bueno, y puede trasladarse a su casa...
--¡Bonito arreglo!--interrumpió don Jorge, tapándose luego la boca como
arrepentido de la interrupción.
--¡El único posible!--replicó Angustias.
--¿Y qué hará usted en seguida, alma de Dios?--gritó el Capitán.--¿Vivir
del aire, como los camaleones?
--Yo... ¡figúrese usted!... Venderé casi todos los muebles y ropas de la
casa...
--¡Que valen cuatro cuartos![288]--volvió a interrumpir D. Jorge,
paseando una mirada despreciativa por las cuatro paredes de la
habitación, no muy desmanteladas, a la verdad.
--¡Valgan lo que valieren![289]--repuso la huérfana con
mansedumbre.--Ello es que dejaré de vivir a costa de su bolsillo de
usted, o de la caridad de su señor primo.
--¡Eso no! ¡canastos! ¡Eso no! Mi primo no ha pagado nada!--rugió el
Capitán con suma nobleza.--¡Pues no faltaba más, estando yo en el
mundo![290]--Cierto es que el pobre Álvaro...--yo no quiero quitarle su
mérito,--en cuanto supo[291] la fatal ocurrencia se brindó a todo..., es
decir, ¡a muchísimo más de lo que usted puede figurarse!... Pero yo le
contesté que la hija de la condesa de Santurce sólo podía admitir
favores (o sea hacerlos ella misma, en el mero hecho de admitirlos) de
su tutor D. Jorge de Córdoba, a cuyos cuidados la confió la difunta.--El
hombre conoció la razón, y entonces me reduje a pedirle prestados, nada
más que prestados, algunos maravedises,[292] a cuenta del sueldo que
gano en su contaduría.--Por consiguiente, señorita Angustias, puede
usted tranquilizarse en ese particular, aunque tenga más orgullo que D.
Rodrigo en la horca.[293]
--Me es lo mismo...--balbuceó la joven--supuesto que yo he de pagar al
uno o al otro, cuando...
--¿Cuando qué?--¡Ésa es toda la cuestión!--Dígame usted cuándo...
--¡Hombre!... Cuando, a fuerza de trabajar, y con la ayuda de Dios
misericordioso, me abra camino en esta vida...
--¡Caminos, canales y puertos![294]--voceó el Capitán.--¡Vamos, señora!
¡No diga usted simplezas!--¡Usted trabajar! ¡Trabajar con esas manos tan
bonitas, que no me cansaba de mirar cuando jugábamos al tute!--Pues, ¿a
qué estoy yo en el mundo, si la hija de doña Teresa Carrillo, ¡de mi
única amiga!, ha de coger una aguja, o una plancha, o un demonio,[295]
para ganarse un pedazo de pan?
--Bien: dejemos todo eso a mi cuidado y al tiempo...--replicó Angustias,
bajando los ojos.--Pero, entretanto quedamos en que usted me dispensará
el favor de marcharse hoy...--¿No es verdad que se marchará usted?
--¡Dale que dale![296]--Y ¿por qué ha de ser verdad? ¿Por qué he de
irme, si no me va mal aquí?
--Porque ya está usted bueno; ya puede andar por la calle, como anda por
la casa, y no parece bien que sigamos viviendo juntos...
--¡Pues figúrese usted que esta casa fuera de huéspedes!... ¡Ea! ¡Ya lo
tiene usted arreglado todo! ¡Así no hay que vender muebles ni nada! Yo
le pago a usted mi pupilaje; ustedes me cuidan... ¡y en paz! Con los dos
sueldos que reúno hay de sobra para que todos lo pasemos muy bien,
puesto que en adelante no me formarán causas por desacato, ni volveré a
perder nada al tute, como no sea la paciencia... cuando me gane usted
muchos juegos seguidos... ¿Quedamos conformes?
--¡No delire usted, Capitán!--profirió Angustias, con voz
melancólica.--Usted no ha entrado en esta casa como pupilo ni nadie
creería que estaba[297] usted en ella en tal concepto; ni yo quiero que
lo esté... ¡No tengo yo edad ni condiciones para ama de huéspedes!...
Prefiero ganar un jornal cosiendo o bordando.
--¡Y yo prefiero[298] que me ahorquen!--gritó el Capitán.
--Es usted muy compasivo...--prosiguió la huérfana,--y le agradezco con
toda mi alma lo que padece al ver que en nada puede ayudarme... Pero
ésta es la vida,[299] éste es el mundo, ésta es la ley de la sociedad.
--¿Qué me importa a mí la sociedad?
--¡A mí me importa mucho! Entre otras razones, porque sus leyes son un
reflejo de la ley de Dios.
--¡Conque es ley de Dios que yo no pueda mantener a quien quiero!
--Lo es, señor Capitán, en el mero hecho de estar la sociedad dividida
en familias...
--¡Yo no tengo familia, y, por consiguiente, puedo disponer libremente
de mi dinero!
--Pero yo no debo aceptarlo. La hija de un hombre de bien que se
apellidaba _Barbastro_, y de una mujer de bien que se apellidaba
_Carrillo_, no puede vivir a expensas de un _cualquiera_...
--¡Luego yo soy para usted un _cualquiera_!...
--Y un cualquiera de los peores... para el caso de que se trata,
supuesto que es usted soltero, todavía joven, y nada santo...[300] de
reputación.
--¡Mire usted, señorita!--exclamó resueltamente el Capitán, después de
breve pausa, como quien va a epilogar y resumir una intrincada
controversia.--La noche que ayudé a bien morir a su madre de usted le
dije honradamente y con mi franqueza habitual (para que aquella buena
señora no se muriese en un error, sino a sabiendas[301] de lo que
pasaba), que yo, el _Capitán Veneno_, pasaría por todo en este mundo,
menos por tener mujer e hijos.--¿Lo quiere usted más claro?
--¿Y a mí qué me cuenta usted?--respondió Angustias con tanta dignidad
como gracia.--¿Cree usted, por ventura, que yo le estoy pidiendo
indirectamente su blanca mano?[302]
--¡No, señora!--se apresuró a contestar D. Jorge, ruborizándose hasta lo
blanco de los ojos.--¡La conozco a usted demasiado para suponer tal
majadería!--Además, ya hemos visto que usted desprecia novios
millonarios, como el abogado de la famosa carta...--¿Qué digo? La
propia doña Teresa me dio la misma contestación que usted, cuando le
revelé mi inquebrantable[303] propósito de no casarme nunca... Pero yo
le hablo a usted de esto para que no extrañe ni[304] lleve a mal el que,
estimándola a usted como la estimo, y queriéndola como la quiero...
(¡porque yo la quiero a usted muchísimo más de lo que se figura!), no
corte por lo sano y diga: "¡Basta de requilorios, hija del alma!
¡Casémonos, y aquí paz y después gloria!"
--¡Es que no bastaría que usted lo dijese!...--contestó la joven con
heroica frialdad.--Sería menester que usted me gustara.
--¿Estamos ahí ahora?--bramó el Capitán, dando un brinco.--Pues ¿acaso
no le gusto yo a usted?
--¿De dónde saca usted semejante probabilidad, caballero don
Jorge?--repuso Angustias implacablemente.