¡Condesa! ¡Llame usted a su hija, y dígale que no me queme la sangre! En
fin; ¡mejor es que no juguemos al tute! Conozco[205] que no puedo con
usted... Llevo algunas noches de no dormir, pensando en nuestros
altercados, en las cosas duras que me obliga usted a decirle, en las
irritantes bromas que me contesta, y en lo imposible que es el que usted
y yo vivamos en paz, a pesar de lo muy agradecido que estoy a... la
casa. ¡Ah! ¡Más me hubiera valido que me dejase usted morir en
mitad[206] de la calle!... ¡Es muy triste aborrecer, o no poder tratar
como Dios manda a la persona que nos ha salvado la vida exponiendo la
suya! ¡Afortunadamente, pronto podré mover esta pícara pierna; me iré a
mi cuartito de la calle de Tudescos, a la oficina de mi seráfico
pariente y a mi Casino de mi alma,[207] y cesará este martirio a que me
ha condenado usted con su cara, su cuerpo y sus acciones de serafín, y
con su frialdad, sus bromas y su sonrisa de demonio! ¡Pocos días nos
quedan de[208] vernos!... Ya discurriré yo alguna manera de seguir
tratando a solas a su mamá de usted, ora sea en casa de mi primo, ora
por cartas, ora citándonos para tal o cual iglesia... Pero lo que es a
usted, gloria mía, ¡no volveré a acercarme hasta que sepa que se ha
casado!... ¿Qué digo? Entonces menos que nunca! En resumen... ¡déjeme
usted en paz, o écheme mañana solimán en el chocolate!
El día que D. Jorge de Córdoba pronunció estas palabras, Angustias no se
sonrió, sino que se puso grave y triste...
Reparó en ello el Capitán, y diose prisa a taparse el rostro con el
embozo[209] de la cama, murmurando para sí mismo:
--¡Me he fastidiado con decir que no quiero jugar al tute! Pero, ¿cómo
volverme atrás? ¡Sería deshonrarme! ¡Nada! ¡Trague usted quina, señor
_Capitán Veneno_! ¡Los hombres deben ser hombres!
Angustias, que había salido ya de la alcoba, no se enteró del
arrepentimiento y tristeza que se revolcaban bajo las ropas de aquel
lecho.
III
LA CONVALECENCIA
Sin novedad alguna que de notar sea, transcurrieron otros quince días, y
llegó aquel en que nuestro héroe debía de abandonar el lecho, bien que
con orden terminante de no moverse de una silla y de tener extendida
sobre[210] otra la pierna mala.
Sabedor de ello el Marqués de los Tomillares, cuya visita no había
faltado ninguna mañana a D. Jorge, o, más bien dicho, a sus adorables
enfermeras, con quienes se entendía mejor que con su áspero y rabioso
primo, le envió a éste, al amanecer, un magnífico sillón-cama,[211] de
roble, acero y damasco, que había hecho construir con la anticipación
debida.
Aquel lujoso mueble era toda una obra maestra, excogitada y dirigida por
el minucioso aristócrata: estaba provisto de grandes ruedas que
facilitarían la conducción del enfermo de una parte a otra, y
articulado por medio de muchos resortes, que permitían darle forma, ora
de lecho militar, ora de butaca más o menos trepada, con apoyo, en este
último caso, para extender la pierna derecha, y con su mesilla, su
atril, su pupitre, su espejo y otros adminículos de quita y pon,
admirablemente acondicionados.
A las señoras les mandó, como todos los días, delicadísimos ramos de
flores, y además, por extraordinario, un gran ramillete de dulces y doce
botellas de _Champagne_, para que celebrasen la mejoría de su huésped.
Regaló un hermoso reloj al médico y veinticinco duros a la criada, y con
todo ello se pasó en aquella casa un verdadero día de fiesta, a pesar de
que la respetable guipuzcoana estaba cada vez peor de salud.
Las tres mujeres se disputaron la dicha de pasear al _Capitán Veneno_ en
el sillón-cama: bebieron _Champagne_ y comieron dulces, así los enfermos
como los sanos,[212] y aun el representante de la Medicina. El Marqués
pronunció un largo discurso en favor de la institución del matrimonio, y
el mismo D. Jorge se dignó reír dos o tres veces, haciendo burla de su
pacientísimo primo, y cantar _en público_ (o sea delante de Angustias)
algunas coplas de jota aragonesa.
[Illustration: El Marqués pronunció un largo discurso]
IV
MIRADA RETROSPECTIVA
Verdad es que desde la célebre discusión sobre el bello sexo, el Capitán
había cambiado algo, ya que no de estilo ni de modales, a lo menos de
humor... ¡Y quién sabe si de ideas y sentimientos! Conocíase que las
faldas le causaban menos horror que al principio, y todos habían
observado que aquella confianza y benevolencia que ya le merecía[213] la
señora de Barbastro iban trascendiendo a sus relaciones con Angustias.
Continuaba, eso sí, por terquedad aragonesa, más que por otra cosa,
diciéndose su mortal enemigo, y hablándole con aparente acritud y a
voces, como si estuviera mandando soldados; pero sus ojos la seguían y
se posaban en ella con respeto, y, si por acaso se encontraba con la
mirada (cada vez más grave y triste desde aquel día) de la impávida y
misteriosa joven, parecían inquirir afanosamente qué gravedad y tristura
eran aquéllas.
Angustias había dejado por su parte de provocar al Capitán y de
sonreírse cuando le veía montar en cólera. Servíalo en silencio, y en
silencio soportaba sus desvíos más o menos amargos y sinceros, hasta que
él se ponía también grave y triste, y le preguntaba con cierta llaneza
de niño bueno:
--¿Qué tiene usted? ¿Se ha incomodado conmigo? ¿Principia ya a pagarme
el aborrecimiento de que tanto le he hablado?
--¡Dejémonos de tonterías, Capitán!--contestaba ella.--¡Demasiado hemos
disparatado ya los dos..., hablando de cosas muy formales!
--¿Se declara usted, pues, en retirada?
--En retirada... ¿de qué?
--¡Toma! ¡Usted lo sabrá! ¿No me la[214] echó de tan valiente y
batalladora el día que me llamó _indio bravo_?
--Pues no me arrepiento de ello, amigo mío... Pero basta de
despropósitos, y hasta mañana.
--¿Se va usted? ¡Eso no vale! ¡Eso es huir!--solía decirle entonces el
muy taimado.
--¡Como usted quiera!...--respondía Angustias encogiéndose de
hombros.--El caso es que me retiro...
--Y ¿qué voy a hacer ahora aquí, solo, toda la santa[215] noche? ¡Repare
usted en que son las siete!
--Ésa no es cuenta mía. Puede usted rezar, o dormirse, o hablar con
mamá... Yo tengo que seguir arreglando el baúl de papeles de mi difunto
padre... ¿Por qué no pide usted una baraja a Rosa, y hace _solitarios_?
--¡Sea usted franca!--exclamó un día el impenitente[216] solterón,
devorando con los ojos las blanquísimas y hoyosas manos de su
enemiga.--¿Me guarda usted rencor porque, desde _aquella mañana_, no
hemos vuelto a jugar al tute?
--¡Muy al contrario! ¡Alégrome de que hayamos dejado también esa
broma!--respondió Angustias, escondiendo las manos en los bolsillos de
la bata.
--Pues entonces, alma de Dios, ¿que quiere usted?
--Yo, señor don Jorge, no quiero nada.
--¿Por qué no me llama usted ya[217] _"Señor Capitán Veneno"_?
--Porque he conocido que no merece usted ese nombre.
--¡Hola! ¡Hola! ¿Volvemos a las suavidades y a los elogios?--¿Qué sabe
usted cómo soy yo por dentro?
--Lo que sé es que no llegará usted nunca a envenenar a nadie...
--¿Por qué? ¿Por cobardía?
--No, señor; sino porque es usted un pobre hombre, con muy buen corazón,
al cual le ha puesto cadenas y mordaza, no sé si por orgullo o por miedo
a su propia sensibilidad... Y, si no, que se lo pregunten a mi madre...
--¡Vaya! ¡vaya! ¡doblemos esa hoja![218] ¡Guárdese usted sus
celebraciones como se guarda sus manecitas de marfil! ¡Esta chiquilla se
ha propuesto volverme del revés!
--¡Mucho ganaría usted en que me lo propusiera y lo lograra, pues el
_revés_ de usted es el _derecho_! Pero no estamos en ese caso... ¿Qué
tengo yo que ver en sus negocios?
--¡Trueno de Dios! ¡Pudo usted hacerse esa pregunta la tarde que se dejó
fusilar por salvarme la vida!--exclamó D. Jorge con tanto ímpetu como
si, en vez del agradecimiento, hubiese estallado en su corazón una
bomba.
Angustias le miró muy contenta, y dijo con noble fogosidad:
--No estoy arrepentida[219] de aquella acción: pues si mucho le admiré a
usted al verlo batirse la tarde del 26 de Marzo, más le he admirado al
oírlo cantar, en medio de sus dolores, la jota aragonesa, para distraer
y alegrar a mi pobre madre.
--¡Eso es! Búrlese usted ahora de mi mala voz!
--¡Jesús, qué diantre de hombre!--¡Yo no me burlo de usted, ni el caso
lo merece! ¡Yo he estado a punto de llorar, y he bendecido a usted desde
lejos, cada vez que le he oído cantar aquellas coplas!...[220]
--¡Lagrimitas!--¡Peor que peor!--¡Ah, señora doña Angustias! ¡Con usted
hay que tener mucho cuidado!--¡Usted se ha propuesto hacerme decir
ridiculeces y majaderías impropias de un hombre de carácter, para
reírse luego de mí, y declararse vencedora!--Afortunadamente, estoy
sobre aviso, y tan luego como me vea próximo a caer en sus redes, echaré
a correr con la pierna rota y todo, y no pararé hasta Pekín!--¡Usted
debe ser lo que llaman _una coqueta_!
--¡Y usted es un desventurado!
--¡Mejor para mí!
--¡Un hombre injusto, un salvaje, un necio...!
--¡Apriete usted! ¡Apriete usted!--¡Así me gusta!--¡Al fin vamos a
pelearnos una vez!
--¡Un desagradecido!
--¡Eso no, caramba![221] ¡Eso no!
--Pues bien: ¡guárdese usted su agradecimiento, que yo, gracias a Dios,
para nada lo necesito! Y, sobre todo, hágame el obsequio de no volver a
sacarme estas conversaciones...
Tal dijo Angustias, volviéndole la espalda con verdadero enojo.
Y así quedaba siempre, de obscuro y embrollado, el importantísimo punto
que, sin saberlo, discutían aquellos dos seres desde que se vieron por
primera vez..., y que muy pronto iba a ponerse más claro que el agua.
V
PERIPECIA[222]
El tan celebrado y jubiloso día en que se levantó el _Capitán Veneno_
había de tener un fin asaz lúgubre y lamentable, cosa muy frecuente en
la humana vida, según que más atrás, y por razones inversas a las de
ahora, dijimos filosóficamente.
Estaba anocheciendo: el médico y el Marqués acababan de retirarse, y
Angustias y Rosa habían salido también, por consejo de la muy complacida
guipuzcoana, a rezar una Salve a la Virgen del Buen Suceso, que aún
tenía entonces su iglesia en la Puerta del Sol, cuando el Capitán, a
quien ya habían acostado de nuevo, oyó sonar la campanilla de la calle;
y que Dª. Teresa abría el ventanillo y preguntaba: "_¿Quién es?_" y
que[223] luego decía, abriendo la puerta: "_¿Cómo había yo de figurarme
que viniese usted a estas horas?[224] ¡Pase usted por aquí!_"; y que una
voz de hombre exclamaba, alejándose hacia las habitaciones interiores:
"_Siento mucho, señora..._"
El resto de la frase se perdió en la distancia, y así quedó todo por
algunos minutos, hasta que sonaron otra vez pasos, y oyóse[225] al mismo
hombre que decía, como despidiéndose: "_Celebraré que usted se mejore y
tranquilice..._," y a doña Teresa que contestaba: "_Pierda usted
cuidado..._"; después de lo cual volvió a sentirse[226] abrir y cerrar
la puerta, y reinó en la casa profundo silencio.
Conoció[227] el Capitán que algún desagrado había ocurrido a la viuda, y
hasta esperó que entrase a contárselo; pero al ver que no acontecía así,
dedujo que el negocio sería del orden de los secretos domésticos, y
abstúvose de interpelarla a voces, aunque le pareció oírla suspirar en
el inmediato pasillo...
Volvieron a llamar en esto a la puerta de la calle, e instantáneamente
la abrió doña Teresa, lo cual demostraba que no había dado un paso desde
que se marchó la visita; y entonces se oyeron estas exclamaciones de
Angustias:
--¿Por qué nos aguardabas con el picaporte en la mano?--¡Mamá!--¿Qué
tienes? ¿Por qué lloras? ¿Por qué no me respondes?--¡Estás
mala!--¡Jesús, Dios mío! ¡Rosa! ¡Ve corriendo y llama al doctor Sánchez!
¡Mi mamá se muere!--¡Ven! ¡Espera! Ayúdame a llevarla al sofá de la
sala...--¿No ves que se está cayendo?--¡Pobre Madre mía! ¡Madre de mi
alma! ¿Qué tienes, que no puedes andar?
Efectivamente: D. Jorge, desde la alcoba, vio entrar en la sala a doña
Teresa casi arrastrando, colgada del cuello[228] de su hija y de la
criada, y con la cabeza caída sobre el pecho.
Acordose entonces Angustias de que el Capitán estaba en el mundo, y dio
un grito furioso, encarose con él, y le dijo:
--¿Qué le ha hecho usted a mi madre?
--¡No! ¡No!... ¡Pobrecito! ¡Él no sabe nada!...--se apresuró a decir la
enferma con amoroso acento.--Me he puesto[229] mala yo sola... Ya se me
va pasando...[230]
El Capitán estaba rojo de indignación y de vergüenza.
--¡Ya lo está usted oyendo, señorita Angustias!--exclamó al fin en son
muy amargo y triste.--¡Me ha calumniado usted inhumanamente! Pero, ¡ah!
no... ¡Yo soy quien me he calumniado a mí mismo desde que estoy acá!
¡Merecida tengo esa injusticia de usted! ¡Doña Teresa!... ¡No haga usted
caso de esa ingrata, y dígame que ya está buena del todo, o reviento
aquí, donde me veo atado por el dolor y crucificado por mi enemiga!
A todo esto, la viuda, había sido colocada en el sofá, y Rosa atravesaba
la calle en busca del doctor.
--Perdóneme usted, Capitán--dijo Angustias.--Considere que es mi madre,
y que me la he encontrado muriéndose lejos de usted, a cuyo lado la dejé
hace quince minutos... ¿Es que ha venido alguien durante mi ausencia?
El Capitán iba a responder _que sí_, cuando Dª. Teresa había ya
contestado apresuradamente:
--¡No! ¡Nadie!... ¿No es verdad que nadie, señor don Jorge? Estas son
cosas de nervios..., vapores..., ¡vejeces, y nada más que vejeces! Ya
estoy bien, hija mía.
Llegado que hubo[231] el médico, y tan pronto como pulsó a la viuda (a
quien media hora antes dejó tan contenta y en casi regular estado), dijo
que había que acostarla inmediatamente, y que tendría que guardar cama
algún tiempo, hasta que cesase la gran conmoción nerviosa que acababa de
experimentar... En seguida manifestó en secreto a Angustias y a D. Jorge
que el mal de doña Teresa radicaba en el corazón, de lo cual tenía
completa evidencia desde que la pulsó por primera vez la tarde del 26 de
Marzo, y que semejantes afecciones, aunque no eran fáciles de curar
enteramente, podían conllevarse largo tiempo a fuerza de reposo,
bienestar, alegría moderada, buen trato y no sé cuántos otros
prodigios..., cuya base principal era el _dinero_.
--¡El 26 de Marzo!--murmuró el Capitán.--¡Es decir, que yo tengo la
culpa de todo lo que ocurre!
--¡La tengo yo!--dijo Angustias, como hablando consigo misma.
--¡No busquen ustedes la causa de las causas!--expuso melancólicamente
el doctor Sánchez.--Para que haya culpa, tiene que preceder intención, y
ustedes son incapaces de haber querido perjudicar a doña Teresa.
Los dos amnistiados se miraron con angelical[232] asombro, al ver que la
ciencia se devanaba los sesos para sacar deducciones tan obvias o tan
impías; y, fijando luego su consideración en lo que verdaderamente les
importaba entonces, dijéronse a un mismo tiempo:
--¡Hay que salvarla!
Aquello era principiar a entenderse.
VI
Catástrofe
Así que se marchó el médico, y después de largo debate, se tomó el
acuerdo de poner la cama de la viuda en _el gabinete_, que, como ya
hemos dicho, estaba situado en un extremo de la sala, frente por frente
de la alcoba ocupada por D. Jorge.
--De esta manera--dijo la prudentísima Angustias--podréis veros y
charlar los dos enfermicos, y nos será fácil a Rosa y a mí atender a
ambos desde la sala, la noche que a cada una nos toque velaros.
Aquella noche se quedó Angustias, y nada ocurrió de particular. Doña
Teresa se sosegó mucho a la madrugada, y dormitó cosa de una hora. El
médico la encontró muy aliviada a la mañana siguiente; y, como pasó
también el día cada vez más tranquila, la segunda noche se retiró
Angustias a su cuarto después de las dos, cediendo a las tiernas
súplicas de su madre y a las imperiosas órdenes del Capitán, y Rosa se
quedó de enfermera... en la misma butaca, en la misma postura y con los
mismos ronquidos que veló a D. Jorge la noche que lo hirieron.
Serían las tres y media de la mañana cuando nuestro caviloso héroe, que
no dormía, oyó que D. Teresa respiraba muy trabajosamente y lo nombraba
con voz entrecortada y sorda.
--Vecina, ¿me llama usted?--preguntó D. Jorge, disimulando su inquietud.
--Sí..., Capitán...--respondió la enferma.--Despierte usted con cuidado
a Rosa, de modo que no lo oiga mi hija. Yo no puedo alzar más la voz...
--Pero ¿qué es eso? ¿Se siente usted mal?
--¡Muy mal! Y quiero hablar con usted a solas antes de morirme... Haga
usted que Rosa lo coloque en el sillón de ruedas, y lo traiga aquí...
Pero procure que no despierte[233] mi pobre Angustias...
El Capitán ejecutó punto por punto lo que le decía Dª. Teresa, y al cabo
de pocos instantes se hallaba a su lado.
La pobre viuda tenía una fiebre muy alta, y se ahogaba de fatiga. En su
lívido rostro se veía ya impresa la indeleble marca de la muerte.
El Capitán estaba aterrado por la primera vez de su vida.
--Déjanos, Rosa...; pero no despiertes a la señorita Angustias!... ¡Dios
querrá dejarme vivir hasta que amanezca,[234] y entonces la llamaré para
que nos despidamos!... Oiga usted, Capitán... ¡Me muero!
--¡Qué se ha de morir usted, señora!--respondió D. Jorge, estrechando la
ardiente mano de la enferma.--Ésta es una congoja como la de ayer
tarde... ¡Y, además, yo no quiero que se muera usted!
--Me muero, Capitán... Lo conozco... Inútil fuera llamar al médico...
Llamaremos al confesor..., ¡eso sí!..., aunque se asuste mi pobre
hija... Pero será cuando usted y yo acabemos de hablar... ¡Porque lo
urgente ahora es que hablemos nosotros dos sin testigos!...
--¡Pues ya estamos hablando!--respondió el Capitán, atusándose los
bigotes en señal de miedo.--¡Pídame usted la poca y mala sangre con que
entré en esta casa y la mucha y muy rica que he criado en ella, y toda
la derramaré con gusto!...
--Ya lo sé... Ya lo sé, amigo mío... usted es muy honrado, y nos
quiere... Pues bien, mi querido Capitán; sépalo usted todo...
--Ayer tarde vino mi procurador, y me dijo que el Gobierno había
decretado en contra el expediente de mi viudedad.
--¡Demonio! ¿Y por esa friolera se apura usted?--¡Me ha denegado a mí el
Gobierno tantas instancias!
--Ya no soy ni Condesa ni Generala...--continuó la viuda.--¡Tenía usted
mucha razón cuando me escatimaba esos títulos!
--¡Mejor que mejor! ¡Yo no soy tampoco General ni Marqués, y mi abuelo
era lo uno y lo otro! Estamos iguales.
--Bien; pero es el caso que yo... yo... ¡estoy completamente arruinada!
Mi padre y mi marido gastaron, defendiendo a D. Carlos, todo lo que
tenían... Hasta hoy he vivido con el producto de mis alhajas, y hace
ocho días vendí la última...: una gargantilla de perlas muy hermosa...
¡Rubor me causa hablar a usted de estas miserias!...
--¡Hable usted, señora! ¡Hable usted! ¡Todos hemos pasado apuros!--¡Si
supiera usted los atranques en que a mí me ha metido el pícaro tute!
--¡Pero es que mi atranque no tiene remedio! Todos mis recursos y todo
el porvenir de mi hija estaban cifrados en esa viudedad, que con el
tiempo hubiera sido la orfandad de Angustias... Y hoy... la desgraciada
no tiene porvenir, ni presente, ni dinero para enterrarme... Porque ha
de saber usted que el abogado que me asesoraba, herido en su orgullo, de
resultas de haberlo desdeñado la chica,[235] o deseoso de aumentar
nuestra desgracia, a fin de rendir la voluntad de Angustias y obligarla
a casarse con él..., me envió anteanoche la cuenta de sus honorarios, al
mismo tiempo que la fatal noticia... El procurador traía también la
relación de los suyos, y me habló un lenguaje tan cruel, de parte del
abogado, mezclando las palabras "_desconfianza_"..., "_insolvencia_"...,
"_ejecución_", y yo no sé qué otras, que cegué y no vi, tiré de la
gaveta, y le entregué todo lo que me pedía; es decir, todo lo que me
quedaba, lo que me habían dado por la gargantilla de perlas, mi último
dinero, mi último pedazo de pan... por consiguiente, desde anteanoche es
Angustias tan pobre como las infelices que piden de puerta en puerta...
¡Y ella lo ignora! ¡Ella duerme tranquila en este instante! ¿Cómo,
pues, no he de estar muriéndome?... ¡Lo raro es que no me muriera
anteanoche!
--¡Pues no se muera por tan poca cosa!--repuso el Capitán con sudores de
muerte, pero con la más noble efusión.--Ha hecho usted muy bien en
hablarme... ¡Yo me sacrificaré viviendo entre faldas como un despensero
de monjas!--¡Estaría escrito![236]--Cuando me ponga bueno, en lugar de
irme a mi casa, traeré aquí mi ropa, mis armas y mis perros, y viviremos
todos juntos hasta la consumación[237] de los siglos...
--¡Juntos!--respondió lúgubremente la guipuzcoana.--¿Pues no oye usted
que me estoy muriendo? ¿No lo ve usted? ¿Cree usted que yo le hubiera
hablado de mis apuros pecuniarios, a no estar segura de que dentro de
pocas horas me habré muerto?
--Entonces, señora... ¿qué es lo que quiere usted de mí?--preguntó
horrorizado D. Jorge de Córdoba.--Porque dicho se está que para
dispensarme el honor y el gusto de pedirme,[238] o de encargarme que le
pida a mi primo ese pobre barro que se llama _dinero_, no estaría usted
pasando tanta fatiga, sabiendo lo mucho que estimamos a Vds., y
conociéndonos, como creo que nos conoce...--¡Dinero no ha de faltarles a
Vds. nunca, mientras yo viva! Por tanto, otra cosa es lo que usted
quiere de mí, y le suplico que, antes de decir una palabra más, piense
en la solemnidad de las circunstancias y en otras consideraciones muy
atendibles.
--No le comprendo a usted, ni yo misma sé lo que quiero...--respondió
Dª. Teresa con la sinceridad de una santa.--Pero póngase usted en mi
lugar. Soy madre...; adoro a mi hija; voy a dejarla sola en el mundo...;
no veo a mi lado en la hora de la muerte, ni tengo sobre el haz de la
tierra persona alguna a quien encomendársela,[239] como no sea[240] a
usted, que, en medio de todo, le demuestra cariño... En verdad, yo no sé
de qué modo podrá usted favorecerla... ¡El dinero solo es muy frío, muy
repugnante, muy horrible!... ¡Pero más horrible es todavía que mi pobre
Angustias se vea obligada a ganarse con sus manos el sustento, a ponerse
a servir, a pedir limosna!...--Justifícase, por consiguiente, que, al
sentir que me muero, le haya[241] llamado a usted para despedirme, y
que, con las manos cruzadas y llorando por la última vez en mi vida, le
diga a usted, desde el borde del sepulcro: "¡Capitán: sea[242] usted el
tutor, sea usted el padre, sea usted un hermano de mi pobre huérfana!...
¡Ampárela! ¡Ayúdela! ¡Defienda su vida y su honra! ¡Qué no se muera[243]
de hambre ni de tristeza! ¡Qué no esté sola en el mundo!... ¡Figúrese
usted que hoy le nace una hija!"
--¡Gracias a Dios!--exclamó D. Jorge, dando palmotadas en los brazos del
sillón de ruedas.--¡Haré por Angustias todo eso y mucho más! ¡Pero he
pasado un rato cruel, creyendo iba usted a pedirme que me casara con la
muchacha!
--¡Señor don Jorge de Córdoba! ¡Eso no lo pide ninguna madre! Ni mi
Angustias toleraría que yo dispusiese de su noble y valeroso
corazón!--dijo doña Teresa con tal dignidad, que el Capitán se quedó
yerto de espanto.
Recobrose al cabo el pobre hombre, y expuso con la humildad del más
cariñoso hijo, besando las manos de la moribunda:
--¡Perdón! ¡Perdón, señora! ¡Yo soy un insensato, un monstruo, un hombre
sin educación que no sabe explicarse!... Mi ánimo no ha sido ofender a
usted ni a Angustias... Lo que he querido advertir a usted lealmente, es
que yo haría muy desgraciada a esa hermosa joven, modelo de virtudes, si
llegase a casarme con ella; que yo no he nacido para amar ni para que me
amen,[244] ni para vivir acompañado, ni para tener hijos, ni para nada
que sea dulce, tierno y afectuoso... Yo soy independiente como un
salvaje, como una fiera, y el yugo del matrimonio me humillaría, me
desesperaría, me haría dar botes que llegaran al cielo.--Por lo demás,
ni ella me quiere, ni yo la merezco, ni hay para que hablar de este
asunto.--En cambio, ¡hágame usted el favor de creer, por esta primera
lágrima que derramo desde que soy[245] hombre, y por estos primeros
besos[246] de mis labios, que todo lo que yo pueda agenciar en el mundo,
y mis cuidados, y mi vigilancia, y mi sangre, serán para Angustias, a
quien[247] estimo, y quiero, y amo, y debo la vida..., y hasta quizá el
alma!--Lo juro por esta santa medalla que mi madre llevó siempre al
cuello... Lo juro por...--Pero ¡usted no me oye!... ¡Usted no me
contesta! ¡Usted no me mira!--¡Señora! ¡Generala! ¡Doña Teresa!... ¿Se
siente usted peor? ¡Ah, Dios mío! ¡Si me parece que se ha muerto![248]
¡Diablo y demonio! ¡Y yo sin poder moverme! ¡Rosa! ¡Rosa! ¡Agua!
¡Vinagre! ¡Un confesor! ¡Una cruz, y yo le recomendaré el alma como
pueda!... Pero aquí tengo mi medalla... ¡Virgen Santísima! ¡Recibe en tu
seno a mi segunda madre! Pues, señor, ¡estoy fresco! ¡Pobre Angustias!
¡Pobre de mí! ¡En buena[249] me he metido por salir a cazar
revolucionarios!