lo visto, predominaba el órgano de la clasificación y el deslinde, y
que, de consiguiente, hubiera podido ser un gran perito
agrónomo.[144]--Señoras y señores[145]: supuesto que, a juicio de la
ciencia, de acuerdo con el sentido común, fuera muy peligroso mover de
ese hospitalario lecho a nuestro interesante enfermo y primo hermano
mío don Jorge de Córdoba, me resigno a que continúe perturbando esta
sosegada vivienda hasta tanto que pueda ser trasladado a la mía o a la
suya. Pero entiéndase que todo ello es partiendo de la base,[146] ¡oh
querido pariente!, de que tu generoso corazón y el ilustre nombre que
llevas sabrán hacerte prescindir de ciertos resabios[147] de colegio,
cuartel o casino, y ahorrar descontentos y sinsabores[148] a la
respetable dama y a la digna señorita que, eficazmente secundadas por su
activa y robusta doméstica, te libraron de morir en mitad de la
calle...--¡No me repliques! ¡Sabes que yo pienso mucho las cosas antes
de proveer,[149] y que nunca revoco mis propios autos! Por lo demás, la
señora Generala y yo hablaremos a solas (cuando le sea cómodo, pues yo
no tengo nunca prisa) acerca de insignificantes pormenores de conducta,
que darán forma natural y admisible a lo que siempre será, en el fondo,
una gran[150] caridad de su parte...--Y, como quiera que ya he
dilucidado por medio de este ligero discurso, para el cual no venía
preparado, todos los aspectos y fases de la cuestión, ceso por ahora en
el ejercicio de la palabra. He dicho.
El Capitán seguía silbando el himno de Riego, y aun creemos que el de
Bilbao[151] y el de Maella, con los iracundos ojos fijos en el techo de
la alcoba, que no sabemos como no principió a arder o no se vino al
suelo.
Angustias y su madre, al ver derrotado a su enemigo, habían procurado
dos o tres veces llamarle la atención, a fin de calmarlo o consolarlo
con su mansa y benévola actitud; pero él les había contestado por medio
de rápidos y agrios gestos, muy parecidos a juramentos de venganza,
tornando en seguida a su patriótica música, con expresión más viva y
ardorosa.
Dijérase que era un loco en presencia de su loquero; pues no otro
oficio que este último representaba el Marqués en aquel cuadro.
IV
PREÁMBULOS INDISPENSABLES
Retirose en esto[152] el doctor Sánchez, quien, a fuer de[153]
experimentado fisiólogo y psicólogo, todo lo había comprendido y
calificado, cual si se tratase de autómatas y no de personas, y entonces
el Marqués pidió de nuevo a la viuda que le concediese unos minutos de
audiencia particular.
Doña Teresa le condujo a su gabinete, situado al extremo opuesto de la
sala, y, una vez establecidos allí en sendas butacas[154] los dos
sexagenarios, comenzó el hombre de mundo por pedir agua templada con
azúcar, alegando que le fatigaba hablar dos veces seguidas, desde que
pronunció en el senado un discurso de tres días en contra de los
ferrocarriles y telégrafos; pero, en realidad, lo que se propuso al
pedir el agua, fue dar tiempo a que la guipuzcoana le explicase qué
generalato[155] y qué condado[156] eran aquellos de que el buen señor
no tenía anterior noticia, y que hacían mucho al caso, dado que iban a
tratar de dinero.
¡Pueden imaginarse los lectores con cuánto gusto se explayaría la pobre
mujer en tal materia, a poco[157] que le hurgó[158] D. Álvaro!...
Refirió su expediente de pe a pa, sin olvidar aquello del derecho[159]
_virtual, retrospectivo e implícito_... a tener que comer, que le
asistía,[160] con sujeción al artículo 10 del Convenio de Vergara; y
cuando ya no le quedó más que decir y comenzó a abanicarse en señal de
tregua, apoderose de la palabra el Marqués de los Tomillares, y habló en
los términos siguientes:
(Pero bueno será que vaya también por separada su interesante relación,
modelo de análisis expositivo, que podrá figurar en la Sección vigésima
de sus obras titulada _Cosas de mis parientes, amigos y servidores_.)
V
HISTORIA DEL CAPITÁN
--Tiene usted, señora Condesa, la mala fortuna de albergar en su casa a
uno de los hombres más enrevesados e inconvenientes que Dios ha echado
al mundo. No diré yo que me parezca enteramente un demonio; pero sí que
se necesita ser de pasta de ángeles,[161] o quererlo, como yo lo quiero,
por ley natural y por lástima, para aguantar sus impertinencias,
ferocidades y locuras. ¡Bástele a usted saber que las gentes disipadas y
poco asustadizas[162] con quienes se reúne en el Casino y en los cafés,
le han puesto por mote el _Capitán Veneno_, al ver que siempre está
hecho un basilisco y dispuesto a romperse la crisma[163] con todo bicho
viviente por un quítame allá esas pajas![164] Úrgeme, sin embargo,
advertir a usted para su tranquilidad personal y la de su familia, que
es casto y hombre de honor y vergüenza, no sólo incapaz de ofender el
pudor de ninguna señora, sino excesivamente huraño y esquivo con el
bello sexo. Digo más: en medio de su perpetua iracundia, todavía no ha
hecho verdadero daño a nadie, como no sea[165] a sí propio, y por lo que
a mí toca, ya habrá usted visto que me trata con un acatamiento y el
cariño debidos a una especie de hermano mayor o segundo padre... Pero,
aun así y todo, repito que es imposible vivir a su lado, según lo
demuestra el hecho elocuentísimo de que, hallándonos él soltero y yo
viudo, y careciendo el uno y el otro de más parientes, arrimos o
presuntos y eventuales herederos, no habite en mi demasiado anchurosa
casa, como habitaría el muy necio si lo deseare;[166] pues yo, por
naturaleza y educación, soy muy sufrido, tolerante y complaciente con
las personas que respetan mis gustos, hábitos, ideas, horas, sitios y
aficiones. Esta misma blandura de mi carácter es a todas luces lo que
nos hace incompatibles en la vida íntima, según han demostrado ya
diferentes ensayos; pues a él le exasperan las formas suaves y corteses,
las escenas tiernas y cariñosas, y todo lo que no sea rudo, áspero,
fuerte y belicoso. ¡Ya se ve![167] Criose sin madre y hasta sin
nodriza... (Su madre murió al darlo a luz, y su padre, por no lidiar con
amas de leche, le buscó una cabra..., por lo visto montés, que se
encargase de amamantarlo.) Se educó en colegios como interno, desde el
punto y hora que le destetaron; pues su padre, mi pobre hermano Rodrigo,
se suicidó al poco tiempo de enviudar. Apuntole el bozo[168] haciendo la
guerra en América, entre salvajes, y de allí vino a tomar partido en
nuestra discordia civil de los siete años. Ya sería general, si no
hubiese reñido con todos sus superiores desde que le pusieron los
cordones de cadete, y los pocos grados y empleos que ha obtenido hasta
ahora, le han costado prodigios de valor y no sé cuántas heridas; sin lo
cual no habría sido propuesto para recompensa por sus jefes, siempre
enemistados con él a causa de las amargas verdades que acostumbra a
decirles. Ha estado en arresto diez y seis veces, y cuatro en diferentes
castillos; todas ellas por insubordinación. ¡Lo que nunca ha hecho ha
sido[169] pronunciarse! Desde que se acabó la guerra, se halla
constantemente de reemplazo; pues, si bien he logrado, en mis épocas de
favor político, proporcionarle tal o cual colocación en oficinas
militares, regimientos, etc., a las veinticuatro horas ha vuelto a ser
enviado a su casa. Dos Ministros de la Guerra han sido desafiados por
él; y no le han fusilado todavía, por respeto a mi nombre y a su
indisputable valor. Sin embargo de todos estos horrores, y en vista de
que había jugado al tute, en el pícaro Casino del Príncipe, su escaso
caudal, y de que la paga de reemplazo no le bastaba para vivir con
arreglo a su clase, ocurrióseme, hace siete años, la peregrina idea de
nombrarle Contador de mi casa y hacienda, rápidamente desvinculadas por
la muerte sucesiva de los tres últimos poseedores (mi padre y mis
hermanos Alfonso y Enrique), y muy decaídas y arruinadas a consecuencia
de estos mismos frecuentes cambios de dueño. ¡La Providencia me inspiró
sin duda alguna pensamiento tan atrevido! Desde aquel día mis asuntos
entraron en orden y prosperidad: antiguos e infieles administradores
perdieron su puesto o se convirtieron en santos, y al año siguiente se
habían duplicado mis rentas, casi cuadruplicadas en la actualidad, por
el desarrollo que Jorge ha dado a la ganadería... ¡Puedo decir que hoy
tengo los mejores carneros del Bajo Aragón, y todos están a la orden de
usted![170] Para realizar tales prodigios, hale bastado a ese tronera
con una visita que giró a caballo por todos mis estados (llevando en la
mano el sable, a guisa de bastón), y con una hora que va cada día a las
oficinas de mi casa. Devenga allí un sueldo de treinta mil reales; y no
le doy más, porque todo lo que le sobra, después de comer y vestir,
únicas necesidades que tiene (y esas con sobriedad y modestia), lo
pierde al tute el último día de cada mes... De su paga de reemplazo no
hablemos, dado que siempre está afecta a las costas de alguna sumaria
por desacato a la autoridad... En fin: a pesar de todo, yo le amo y
compadezco, como a un mal hijo..., y, no habiendo logrado tenerlos
buenos ni malos en mis tres nupcias, y debiendo de ir a parar a él, por
ministerio de la ley, mi título nobiliario, pienso dejarle todo mi
saneado caudal; cosa que el muy necio no se imagina, y que Dios me libre
de que llegue a saber; pues, de saberlo,[171] dimitiría su cargo de
Contador, o trataría de arruinarme, para que nunca le juzgara interesado
personalmente en mis aumentos. ¡Creerá sin duda el desdichado,
fundándose en apariencias y murmuraciones calumniosas, que pienso testar
en favor de cierta sobrina de mi última consorte, y yo le dejo en su
equivocación, por las razones antedichas!... ¡Figúrese usted, pues, su
chasco el día que herede mis nueve milloncejos![172] ¡Y qué ruido meterá
con ellos en el mundo! ¡Tengo la seguridad de que, a los tres meses, o
es Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra, o lo ha
pasado por las armas el general Narváez![173] Mi mayor gusto hubiera
sido casarlo, a ver si el matrimonio lo amansaba y domesticaba y yo le
debía, lateralmente, más dilatadas[174] esperanzas de sucesión para mí
título de Marqués; pero ni Jorge puede enamorarse, ni lo confesaría
aunque se enamorara, ni mujer ninguna podría vivir con semejante
erizo... Tal es, imparcialmente retratado, nuestro famoso _Capitán
Veneno_; por lo que suplico a usted tenga[175] paciencia para aguantarlo
algunas semanas, en la seguridad de que yo sabré agradecer todo lo que
hagan ustedes por su salud y por su vida, como si lo hicieran por mí
mismo.
El Marqués sacó y desdobló el pañuelo, al terminar esta parte de su
oración, y se lo pasó por la frente, aunque no sudaba... Volvió en
seguida a doblarlo simétricamente, se lo metió en el bolsillo posterior
izquierdo de su levita, aparentó beber un sorbo de agua, y dijo así,
cambiando de actitud y de tono.
VI
LA VIUDA DEL CABECILLA
--Hablemos ahora de pequeñeces, impropias, hasta cierto punto,[176] de
personas de nuestra posición; pero en que hay que entrar forzosamente.
La fatalidad, señora Condesa, ha traído a esta casa, e impide salir de
ella en cuarenta o cincuenta días, a un extraño para ustedes, y un
desconocido, a un don Jorge de Córdoba, de quien nunca habían oído
hablar, y que tiene un pariente millonario... Usted no es rica, según
acaba de contarme...
--¡Lo soy!--interrumpió valientemente la guipuzcoana.
--No lo es usted...; cosa que la honra mucho, puesto que su magnánimo
esposo se arruinó defendiendo la más noble causa... ¡Yo, señora, soy
también algo carlista!
--¡Aunque fuera usted el mismísimo[177] don Carlos! ¡Hábleme de otro
asunto, o demos por terminada[178] esta conversación! ¡Pues no faltaba
más, sino que yo aceptara el dinero ajeno para cumplir con mis deberes
de cristiana!
--Pero, señora, usted no es médico, ni boticario, ni...
--¡Mi bolsillo es todo eso para su primo de usted! Las muchas veces que
mi esposo cayó herido defendiendo a don Carlos (menos la última, que,
indudablemente en castigo de estar ya de acuerdo con el traidor Maroto,
no halló quien le auxiliara, y murió desangrado en medio de un bosque),
fue socorrido por campesinos de Navarra y Aragón, que no aceptaron
reintegro ni regalo alguno... ¡Lo mismo haré yo con don Jorge de
Córdoba, y quiera o no quiera su millonaria familia!
--Sin embargo, Condesa, yo no puedo aceptar...--observó el Marqués,
entre complacido y enojado.
--¡Lo que no podrá usted nunca es privarme de la alta honra que el cielo
me deparó ayer! Contábame mi difunto esposo que, cuando un buque
mercante o de guerra descubre en la soledad del mar y salva de la muerte
a algún náufrago, se recibe a este a bordo con honores reales, aunque
sea el más humilde marinero. La tripulación sube a las vergas; tiéndese
rica alfombra en la escala de estribor, y la música y los tambores baten
la Marcha Real de España... ¿Sabe usted por qué? ¡Porque en aquel
náufrago ve la tripulación a un enviado de la Providencia! ¡Pues lo
mismo haré yo con su primo de usted! ¡Yo pondré a sus plantas toda mi
pobreza por vía de alfombra, como pondría miles de millones si los
tuviese!
--¡Generala!--exclamó el Marqués, llorando a lágrima viva.--¡Permítame
usted besarle la mano![179]
--¡Y permite, querida mamá, que yo te abrace llena de orgullo!--añadió
Angustias, que había oído toda la conversación desde la puerta de la
sala.
Doña Teresa se echó también a llorar, al verse tan aplaudida y
celebrada. Y como la gallega, reparando en que otros gemían, no
desperdiciara tampoco la ocasión de sollozar (sin saber por qué), armose
allí tal confusión de pucheros, suspiros y bendiciones, que más vale
volver la hoja, no sea que los lectores salgan[180] también llorando a
moco tendido, y yo me quede sin público a quien seguir contando mi pobre
historia...
VII
LOS PRETENDIENTES DE ANGUSTIAS
¡Jorge!--dijo el Marqués al _Capitán Veneno_, penetrando en la alcoba
con aire de despedida.--¡Ahí te dejo! La señora Generala no ha
consentido[181] en que corran a nuestro cargo ni tan siquiera el médico
y la botica; de modo que vas a estar aquí como en casa de tu propia
madre, si viviese. Nada te digo de la obligación en que te hallas de
tratar a estas señoras con afabilidad y buenos modos, al tenor de tus
buenos sentimientos, de que no dudo, y de los ejemplos de urbanidad y
cortesía que te tengo dados; pues es lo menos que puedes y debes hacer
en obsequio de personas tan principales y caritativas. A la tarde
volveré yo por aquí, si mi señora la Condesa me da permiso para ello, y
haré que te traigan ropa blanca, las cosas más urgentes que tengas[182]
que firmar, y cigarillos de papel. Dime si quieres algo más de tu casa o
de la mía.
--¡Hombre!--respondió el Capitán.--Ya que eres tan bueno, tráeme un poco
de algodón en rama y unos anteojos ahumados.
--¿Para qué?
--El algodón, para taparme las orejas y no oír palabras ociosas, y las
gafas ahumadas, para que nadie lea en mis ojos las atrocidades que
pienso.
--¡Vete al diantre!--respondió el Marqués, sin poder conservar su
gravedad, como tampoco pudieron refrenar la risa Dª. Teresa ni
Angustias.
Y, con esto, se despidió de ellas el potentado, dirigiéndoles las frases
más cariñosas y expresivas, cual si llevara ya mucho tiempo de
conocerlas y tratarlas.
--¡Excelente persona!--exclamó la viuda, mirando de reojo al Capitán.
--¡Muy buen señor!--dijo la gallega, guardándose una moneda de oro que
el Marqués le había regalado.
--¡Un zascandil!--gruñó el herido, encarándose con la silenciosa
Angustias.--¡Así es como las señoras mujeres quisieran que fuesen todos
los hombres! ¡Ah, traidor! ¡Seráfico! ¡Cumplimentero! ¡Marica!
¡Tertuliano de monjas! ¡No me moriré yo sin que me pague esta mala
partida que me ha jugado hoy, al dejarme en poder de mis enemigos! ¡En
cuanto me ponga bueno, me despediré de él y de su oficina, y pretenderé
una plaza de comandante de presidios, para vivir entre gentes que no me
irriten con alardes de honradez y sensibilidad! Oiga usted, señorita
Angustias: ¿quiere usted decirme por qué se está riendo de mí? ¿Tengo yo
alguna danza de monos en la cara?
--¡Hombre! Me río pensando en lo muy feo que va usted a estar con los
anteojos ahumados.
--¡Mejor que mejor![183] Así se librará V. del peligro de enamorarse de
mí!--respondió furiosamente el Capitán.
Angustias soltó la carcajada; doña Teresa se puso verde, y la gallega
rompió a decir, con la velocidad de diez palabras por segundo:
--¡Mi señorita no acostumbra a enamorarse de nadie! Desde que estoy acá
ha dado calabazas a un boticario de la calle Mayor, que tiene coche; al
abogado del pleito de la señora, que es millonario, aunque algo más
viejo que usted, y a tres o cuatro paseantes del Buen Retiro...
--¡Cállate, Rosa!--dijo melancólicamente la madre.--¿No conoces que esas
son... flores que nos echa el caballero Capitán? Por fortuna ya me ha
explicado su señor primo todo lo que me importaba saber respecto del
carácter de nuestro amabilísimo huésped! Me alegro, pues, de verle de
tan buen humor; y ¡así esta pícara fatiga me permitiese[184] a mi
bromear también!
El Capitán se había quedado bastante mohino, y como excogitando alguna
disculpa o satisfacción que dar a madre e hija. Pero sólo le ocurrió
decir, con voz y cara de niño enfurruñado que se viene a razones:
--Angustias,[185] cuando me duela menos esta condenada pierna, jugaremos
al tute arrastrado... ¿Le parece a usted bien?
--Será para mí un señalado honor...--contestó la joven, dándole la
medicina que le tocaba en aquel instante.--¡Pero cuente usted ahora,
señor _Capitán Veneno_, con que le acusaré a usted las cuarenta!
Don Jorge la miró con ojos estúpidos y sonrió dulcemente por la primera
vez de su vida.[186]
PARTE TERCERA
HERIDAS EN EL ALMA
I
ESCARAMUZAS
Entre conversaciones y pendencias por este orden, pasaron quince o
veinte días, y adelantó mucho la curación del Capitán. En la frente sólo
le quedaba ya una breve cicatriz, y el hueso de la pierna se iba
consolidando.
--¡Este hombre tiene carne de perro![187]--solía decir el facultativo.
--¡Gracias por el favor, matasanos[188] de Lucifer!--respondía el
Capitán en son de afectuosa franqueza.--¡Cuando salga[189] a la calle,
he de llevarlo a usted a los toros y a las riñas de gallos; pues es
usted todo un hombre!...[190] ¡Cuidado si tiene hígados para remendar
cuerpos rotos![191]
Doña Teresa y su huésped habían acabado por tomarse mucho cariño, aunque
siempre estaban peleándose. Negábale todos los días D. Jorge que tuviese
hechura la concesión de la viudedad, lo cual sacaba de sus casillas a la
guipuzcoana; pero a renglón seguido le invitaba a sentarse en la alcoba,
y le decía que, ya que no con los títulos de _General_ ni de _Conde_,
había oído citar[192] varias veces en la guerra civil al _cabecilla
Barbastro_[193] como a uno de los jefes carlistas más valientes y
distinguidos y de sentimientos más humanos y caballerosos... Pero,
cuando la veía triste y taciturna, por consecuencia de sus cuidados y
achaques, se guardaba de darle bromas sobre el expediente, y la llamaba
con toda naturalidad _Generala_ y _Condesa_; cosa que la restablecía y
alegraba en el acto; si ya no era que, como nacido en Aragón, y para
recordar a la pobre viuda sus amores con el difunto carlista, le
tarareaba jotas de aquella tierra, que acababan por entusiasmarla y por
hacerla llorar y reír juntamente.
Estas amabilidades del _Capitán Veneno_, y sobre todo, el canto de la
jota aragonesa, eran privilegio exclusivo en favor de la madre; pues tan
luego que Angustias se acercaba a la alcoba, cesaban completamente, y el
enfermo ponía cara de turco. Dijérase que odiaba de muerte a la hermosa
joven, tal vez por lo mismo que nunca lograba disputar con ella, ni
verla incomodada, ni que tomase por lo serio las atrocidades que él le
decía, ni sacarla de aquella seriedad un poco burlona que el cuitado
calificaba de _constante insulto_.
Era de notar,[194] sin embargo, que cuando alguna mañana tardaba
Angustias en entrar a darle los buenos días, el pícaro de D. Jorge[195]
preguntaba cien veces en su estilo de hombre tremendo:
--_¿Y ésa? ¿Y doña Náuseas?_ ¿Y esa remolona? ¿No ha despertado aún su
señoría? ¿Por qué ha permitido que se levante usted tan temprano, y no
ha venido ella a traerme el chocolate? Dígame usted, señora doña Teresa:
¿está mala acaso la joven princesa de Santurce?
Todo esto, si se dirigía a la madre; y, si era a la gallega, decíale con
mayor furia:
--¡Oye y entiende, monstruo de Mondoñedo! Dile a tu insoportable
señorita que son las ocho y tengo hambre. ¡Que no es menester que venga
tan peinada y reluciente como de costumbre! ¡Que de todos modos la
detestaré con mis cinco sentidos! ¡Y, en fin, que, si no viene pronto,
hoy no habrá tute!
El tute era una comedia, y hasta un drama diario. El Capitán lo jugaba
mejor que Angustias; pero Angustias tenía más suerte, y los naipes
acababan por salir volando hacia el techo o hacia la sala, desde las
manos de aquel niño cuarentón, que no podía aguantar la graciosísima
calma con que le decía la joven:
--¿Ve usted, señor _Capitán Veneno_, cómo soy yo la única persona que
ha[196] nacido en el mundo para acusarle a usted las cuarenta?
II
SE PLANTEA LA CUESTIÓN
Así las cosas, una mañana, sobre si debían abrirse o no los cristales de
la reja de la alcoba, por hacer[197] un magnífico día de primavera,
mediaron entre D. Jorge y su hermosa enemiga palabras tan graves como
las siguientes:
EL CAPITÁN.--¡Me vuelve loco el que no me lleve usted nunca la
contraria, ni se incomode al oírme decir disparates! ¡Usted me
desprecia! ¡Si fuera[198] usted hombre, juro que habíamos de andar a
cuchilladas!
ANGUSTIAS.--Pues si yo fuese hombre, me reiría de todo ese geniazo, lo
mismo que me río siendo mujer. Y, sin embargo, seríamos buenos amigos.
EL CAPITÁN.--¡Amigos usted y yo! ¡Imposible! Usted tiene el don infernal
de dominarme y exasperarme con su prudencia; yo no llegaría a ser nunca
_amigo_ de usted, sino su _esclavo_; y, por no serlo, le propondría a
usted que nos batiéramos a muerte. Todo esto... siendo usted hombre.
Siendo mujer como lo es...
ANGUSTIAS.--¡Continúe! ¡No me escatime galanterías!
EL CAPITÁN.--¡Sí, señora! ¡Voy a hablarle con toda franqueza! Yo he
tenido siempre aversión instintiva a las mujeres, enemigas naturales de
la fuerza y de la dignidad del hombre, como lo acreditan Eva, Armida,
aquella otra bribona que peló a Sansón, y muchas otras que cita mi
primo. Pero, si hay algo que me asuste más que una mujer, es una señora,
y, sobre todo, una señorita inocente y sensible, con ojos de paloma y
labios de rosicler, con talle de serpiente del Paraíso y voz de sirena
engañadora, con manecitas blancas como azucenas que oculten garras de
tigre, y lágrimas de cocodrilo, capaces de engañar y perder a todos los
santos de la corte celestial... Así es que mi sistema constante se ha
reducido a huir de ustedes... Porque, dígame qué armas tiene un hombre
de mi hechura para tratar con una tirana de veinte abriles, cuya fuerza
consiste en su propia debilidad. ¿Es decorosamente posible pegarle a una
mujer? ¡De ningún modo! Pues, entonces, ¿qué camino le queda a uno,
cuando conozca que tal o cual mocosilla,[199] muy guapa y puesta en sus
puntos,[200] lo domina y gobierna, y lo lleva y lo trae como a un
zarandillo?
ANGUSTIAS.--¡Lo que yo hago[201] cuando usted me dice estas atrocidades
tan graciosas! ¡Agradecerlas... y sonreír! Porque ya habrá usted
observado que yo no soy llorona...; razón por la cual, en su retrato de
_las Angustias_ sobra aquello de las lágrimas de cocodrilo...[202]
EL CAPITÁN.--¿Está usted viendo? ¡Esa respuesta no la[203] daría
Lucifer! ¡Sonreír! ¡Reírse de mí, es lo que hace usted continuamente!
¡Pues bien! Decía, cuando usted me ha clavado ese nuevo puñal, que de
todas las damiselas que había temido encontrar en el mundo, la más
terrible, la más odiosa para un hombre de mi temple...--perdóneme la
franqueza--¡es usted! ¡Yo no recuerdo haber experimentado nunca la ira
que siento cuando usted se sonríe al verme furioso! ¡Paréceme como que
duda usted de mi valor, de la sinceridad de mis arrebatos, de la energía
de mi carácter!
ANGUSTIAS.--Pues óigame usted a mí, ahora, y crea que le hablo con
entera verdad. Muchos hombres he conocido ya en el mundo; alguno que
otro me ha solicitado; de ninguno me he prendado todavía... Pero si yo
hubiera de enamorarme con el tiempo, sería de algún indio bravo por el
estilo de usted. ¡Tiene usted un genio hecho de molde para el mío!