Las leñadoras de Ficóbriga.
Cuando Isidorita la del Rebenque vió entrar á aquella señora tan
apersonada, tan guapa, tan seria, con tan peregrina elegancia
vestida; cuando vió que era seguida de otra mujer menos hermosa, que
no parecía ama, pero tampoco criada; cuando vió que tras el coche
ocupado por ellas vino un segundo vehículo con equipajes, y que todo
esto, mujeres y baules, se aposentaba en su casa, divisó un dorado
horizonte de libras esterlinas; y no pudiendo resistir el gozo que de
su espíritu se amparaba por aquella razón, mandó llamar á sus amigas
para contarles lo que ocurría, y rogarles le prestasen alguna loza y
ajuar de camas.
El resto de la tarde del jueves lo pasó disponiendo el alojamiento de
las dos señoras, á quienes trató con la más delicada complacencia,
multiplicándose para servirlas, ponderándoles las excelentes vistas
de la casa (de cuyos balcones se dominaba media Abadía, parte del
cementerio y el palo de la bandera del Consistorio), preguntándoles
lo que deseaban; confinando á sus chicos á lo más remoto de la casa
para que no hiciesen ruído; amenazando con un palo á su esposo
para que no osase importunar á las forasteras con sus sandeces;
disponiendo comida, transportando muebles...
Al anochecer entró Teresita la Monja, apresurada, jadeante, sin
perder por esto el brillo metálico de su faz, y al poco rato vióse
llegar el abultado pecho, viéronse las morenas facciones de la
_Gobernadora de las armas_, sudorosa y fatigada por haber seguido á
la procesión en todo su trayecto.
—Esta noche no voy á las Lamentaciones—dijo Teresita quitándose el
manto.—No me muevo de aquí hasta ver en qué pára esto.
—Es la madre del judío—dijo la _Gobernadora_.—Esa voz se ha corrido
por el pueblo. No se habla de otra cosa. Dicen que viene también á
convertirse.
Estaban en el comedor de la casa, y habían mandado á los chicos y al
padre á las Lamentaciones para que no alborotasen.
—¿Pero esos Lantiguas, esos Lantiguas en qué están pensando?—dijo
Teresita.—No quiero acordarme del escándalo de esta tarde.
—Yo me quedé muerta al verles juntos en el balcón—manifestó la
_Gobernadora_.—Aunque una ha oído decir que se convierte...
—¡Convertirse!—exclamó Teresita en tono de rencor.—¡Qué tontas sois!
¿Creéis tal cosa? Yo no. Por Juan sé que eso de la conversión es una
farsa de Venturita. Pues no faltaba más... Eso querría la mimosa, la
tonta de encargo, para casarse y recobrar su honor... ¡Oh! no; cuando
se han cometido ciertas faltas, es fuerza pagarlas. Si los malos
fueran recompensados, ¡qué detestable ejemplo para los buenos! Nadie
querría ser bueno, ¿verdad?
—¿Y ha llegado el cardenal?
—Ha llegado junto con la judía... ¡qué cosas se ven! Estos
Lantiguas... Parece que se rompió por la mitad el coche de Su
Eminencia... Yo digo que aquí va á pasar algo tremendo. Tú,
Isidorilla, es la que vas ganando, porque entran libras esterlinas
que es una bendición de Dios. ¡Ay, Jesús, que blasfemia he dicho!...
El dinero de esa gente...
—Es como el de todo el mundo—dijo Isidorita en defensa de su amor
propio.—No hables mal de la judía, porque es una señora muy fina, muy
guapa, muy decente. ¡Si vieras qué equipajes!...
—¡Cuántos baules!
—¿Grandes?
—Como hoy y mañana. Imagínate lo más rico, lo más variado en trajes,
sombreros, adornos... ¡Jesús, y qué bendición de Dios!
—¿Los has visto tú?
—No, porque no los han abierto... es decir, han abierto un poquito;
pero allí deben de venir maravillas. Y la señorita que la acompaña es
también muy guapetona.
—Si pudiéramos verlas...—dijo Teresita levantándose con afanosa
curiosidad.
—No me comprometas, Teresa. Ahora están encerrados la madre y el hijo
en el cuarto de éste. Yo me acerqué y les oí.
—¿Qué decían, qué decían?
—Cosas... así... no sé cómo expresártelo, porque hablaban en alemán ó
inglés... no sé. Bartolo dijo que le parecía inglés... Yo no entendía
una palabra.
—¿Pero reñían?
—Nada de eso. Hablaban al parecer cariñosamente.
—¿Y el hijo entró...?
—A poco de llegar la madre. ¡Venía el pobre con una cara!... Pasó toda
la noche fuera de casa.
—Cuéntamelo á mí que le sentí entrar de madrugada en casa de
Lantigua...—dijo Teresita con animación.—Y llevaba en brazos á
la joya de los Lantiguas... ¡á las dos de la mañana, señoras!...
Vamos, digo que esa familia... ¡pero qué familia! Y óigales usted...
¡Oh! ¡Ah!... La nobilísima, la inmaculada, la celestial familia de
Lantigua, la gloria de Ficóbriga... ¡En qué mundo vivimos!
—Pues de la conversión me río yo—dijo la _Gobernadora_.—Esta mañana
volvió él á casa de Lantigua con D. Buenaventura.
—Como que al venir aquí—dijo Isidorita,—después de pasar la noche
fuera, escribió una larga carta, fué á echarla al correo, volvió,
mandó un recado á D. Buenaventura, vino éste, hablaron los dos un
gran rato y después se marcharon juntos á la casa.
—Yo lo que sé es que Gloria estaba mala esta mañana. Me lo dijo la
Francisca... La joya de Ficóbriga estaba muy encarnada cuando salió
al balcón... Ya se ve... Como anoche se descubrió la tramoya indigna
de las salidas nocturnas de la niña con el hebreo... Y vaya usted á
decir á estos burros de Ficóbriga que los Lantiguas no son ángeles
del cielo... ¡Ah! ¡Oh! Los señores... parece que no hay en el mundo
más gente formal que ellos, ni más gente rica que ellos, ni ningún
santo de los altares se iguala á D. Angel, ni hay hombre más sabio
que el difunto D. Juan.
—Lo mejor que puede hacer la niña es meterse en un convento—dijo la
_Gobernadora_ con enérgica convicción.
—Es claro... meterse en un convento, salir de aquí y que no volvamos
á oir hablar de ella en lo que nos queda de vida... Es preciso que
esa mujer que es el escándalo de Ficóbriga se marche de aquí... ¡Qué
ejemplo para la juventud, para las muchachas tiernas y honestas de
este honrado pueblo! Yo me horripilo cuando oigo á mis sobrinas
hablar de la desgracia de la señorita Gloria, y que es una lástima
que la señorita Gloria se haya perdido, de lo guapa que es la
señorita Gloria, de las modas que usaba la señorita Gloria, y de las
limosnas que hacía la señorita Gloria.
—No hay duda de que es un escándalo.
—Si se casa con el convertido, ¿apostamos á que sigue viviendo en
Ficóbriga?
—No lo quiero pensar... Pues qué, ¿no hay más que rehabilitarse?...
Esta villa se escandalizará y con razón. Pues no faltaba más. La joya
ha tenido un niño. Eso bien lo sabemos todas...
—¿Y dónde está?
—En una aldea. Yo lo he de averiguar. Ya lo tengo medio averiguado.
Vaya, que los Lantiguas saben ocultar muy bien sus secretos, es
decir, cuando son vergonzosos, porque si se trata de alguna limosna,
ya la cacarean bien. Hasta los periódicos de Madrid han de traer un
parrafito. Ya sabemos que D. Silvestre es el que manda á los papeles
de la Corte esas recetas. No sé por qué no puso: «En la noche del
tantos de tal mes la señorita doña Gloria de Lantigua, _alias_ la
perla de Ficóbriga, sobrina del Eminentísimo señor Cardenal, dió á
luz un niño robusto, aunque sietemesino, hijo de padre desconocido,
aunque se supone que será de un judío á quien escupió el mar en
Ficóbriga, y fué aposentado en casa de Lantigua para edificación de
los cristianos.»
Las dos amigas soltaron la risa.
Siguieron hablando. Sus lenguas eran tres hachas y ellas tres
implacables leñadoras. Hallábanse en lo más sabroso de su sabrosísimo
chismear, cuando entró Sansón á decir al ama de la casa que la
señora de Morton quería hablarle. Partió con oficiosa diligencia
Isidorita después de quitarse el delantal de cocina para presentarse
decentemente, y halló á la madre, al hijo y á la señorita de compañía
sentados alrededor de una mesa en que había periódicos ingleses. La
actitud de Daniel era tranquila, si bien conservaba en su fisonomía
huellas de profundísimo dolor y tristeza. En cambio, la madre parecía
completamente felíz por la presencia de su hijo, y le observaba con
interés y amor. La señorita de compañía no decía nada, ni en la casa
de la del Rebenque quedó memoria de su metal de voz. Era una figura
decorativa que, por lo delicada y vaporosa, hacía contraste con la
ruda corpulencia de Sansón.
Isidorita llegó sonriente y deshaciéndose en cumplidos ante la
persona majestuosa de Esther, que así se llamaba la madre de nuestro
héroe. Esta le rogó amablemente que se sentase (á lo cual no quiso
acceder la patrona) y después le dió algunas órdenes relativas á lo
que deseaban tomar aquella noche.
—Otro favor espero de usted—añadió con bondad.—Mi hijo está malo. No
quiero dejarle solo esta noche. Si usted dispone que me pongan mi
cama en este cuarto, se lo agradeceré.
—Con mil amores, señora. Pues no faltaba más. En cuanto venga
Bartolomé traeremos la cama... porque es algo pesada. Como que es
toda de hierro, inglesa, sí señora, inglesa. ¿Qué más?
—Nada más por ahora. No quiero entretener á usted, que tendrá
quehaceres.
—¡Oh! no señora. No hacía nada. Estaba hablando con mis amigas.
Esther sintió gran curiosidad, y de buena gana habría preguntado:
«¿Qué amigas son esas?» Felizmente, Isidorita, que entonces como
siempre tenía ganas de hablar más de la cuenta, haciendo alarde de
sus buenas relaciones, dijo:
—Mis amigas... mi cuñada Teresa, esposa del alcalde de Ficóbriga y
persona de elevadísima posición, y la señora del _Gobernador de las
armas_.
—¡Ah—dijo Esther con viveza,—la señora del alcalde!... Mi hijo me ha
dicho que al señor alcalde de Ficóbriga debe este alojamiento donde
se halla tan bien tratado.
—Gracias, señora...
—Deseo conocer al señor alcalde y á su esposa—añadió Esther.
—Teresa tendrá mucho gusto en ello, señora. Voy á avisarle.
Esther pasó á la sala que cerca estaba, mientras Isidorita corría
desalada á avisar á sus amigas y especialmente á Teresita.
—No te importe que no sea cristiana—le dijo hablando con celeridad
suma.—Es una señora muy simpática y muy afable... ¡Ya se ve! Llega á
esta población, y le gusta tratar con lo mejor. Desde que supo que
eras alcaldesa, deseó conocerte... ¡Es natural!... Los extranjeros
son muy respetuosos con la autoridad... Puede que haya oído hablar de
tí, mujer...
—La veremos—dijo Teresita arreglándose el manto, pasándose la mano
por la cara, poniendo orden en sus cabellos con febril presteza.—La
religión no nos manda que seamos groseros... Vamos corriendito...
Vamos... ¡Ya se ve! Es una señora principal, que gusta de hacerse
buenas relaciones en todas partes.
La cara de Teresita brillaba más entonces. Aquel lustre metálico era
el síntoma de las agitaciones de su alma, lo mismo que el aumento
de palidéz, y un cierto temblor en sus párpados, que se abrían y
cerraban semejando las llaves de un figle.
Corrieron á la sala. La _Gobernadora_ y la Monja hicieron á _madama
Esther_ (así se la llamó en Ficóbriga desde aquel día) saludos muy
reverenciosos. Hallábanse ambas bastante cohibidas y no podían
expresarse con desembarazo. La madre de Daniel les dió la mano,
sonriendo con exquisita afabilidad, y las tres se sentaron.
—Pido á ustedes mil perdones por esta molestia—dijo Esther.—Soy
forastera y siempre que visito una población, procuro relacionarme
con las personas más principales de ella, para ofrecerles mis
respetos. En ninguna parte ha sido estorbo para esto la diferencia de
religión, y espero que aquí no lo será tampoco.
—¡Oh! no señora, de ningún modo. Las creencias son una cosa y la
cortesía otra—repuso Teresita recobrando su serenidad y su labia.
La _Gobernadora_ movió la cabeza en señal de asentimiento.
—Al oir á nuestra amiga, la buena Isidorita, que usted era la señora
del alcalde, recordé lo que me había dicho poco antes mi hijo... Está
muy agradecido á su esposo de usted...
—¡Ah! señora. Mi Juan, al proporcionarle alojamiento—repuso Teresita,
haciendo los mayores esfuerzos para aparecer muy fina y dulcificar
mucho sus palabras,—no hizo más que cumplir con los deberes de su
elevado cargo.
—Yo le agradezco mucho su solicitud—añadió Esther,—y quiero darle las
gracias personalmente.
—El vendrá...
—No, espero de usted que me hará el favor de recibirme en su casa, á
donde iré mañana mismo.
—Tanto honor...
—El honor será mío al visitarla á usted y á su señor esposo en
su propio domicilio. Además, ya he dicho á usted que me gusta
relacionarme con las personas principales de una población. Lo mismo
he hecho en Roma, Colonia, Munich, San Petersburgo... Esto me ha
proporcionado preciosas amistades en todos los países.
—En Ficóbriga, señora mía—afirmó Teresita,—hallará usted una sociedad
escogida, aunque modesta.
La _Gobernadora_ demostró con sus movimientos de cabeza que estaba
penetrada de aquella verdad; pero no dijo nada. Hablóse luégo de
cosas indiferentes, del tiempo, de la primavera; de las cosechas y
frutos del país. A los veinte minutos de visita, Teresita y su amiga
se levantaron para retirarse, diciendo que no querían molestar,
porque madama Esther necesitaría descanso. Esta las convidó á
tomar té; pero ellas amablemente se excusaron, y despidiéndose,
internáronse en la casa.
La algazara de las tres mujeres cuando se hallaron solas á puerta
cerrada en el comedor no puede describirse. Teresita echó atrás su
manto, porque la vanidad, tomando forma de incendio en su interior,
la sofocaba.
—¡Qué afable y discreta señora!
—¿Quién diría que no es cristiana?
—Mañana irá á mi casa. Necesito preparar á Juan, no sea que cometa
una gansada... No se debe llevar el puntillo de religión á tales
extremos. ¡Qué tontería! Una persona puede tener sus creencias allá
como Dios le da á entender, y ser buena y amable... No vamos á tirar
piedras por la fe... Sería una falta de civilización... Bien dicen
que este país está muy atrasado.
—Teresa—dijo la _Gobernadora_.—¿Viste el brillante que lleva en el
dedo de la mano derecha?
—Sí, hija, es como una castaña. ¡Y qué luces! Si parece un faro. Así
los tendrá ella por docenas y las perlas por almudes.
—Como que dicen que posee esta gente tantos duros como horas
han pasado desde que Dios hizo el mundo... De veras te digo que
me ha gustado esta señora. Bien dice Bartolomé que en todas las
religiones se sirve al Señor... Sabe Dios lo que tendrán ellos en su
conciencia... Puede que sean cristianos y no lo quieran decir por no
dar su brazo á torcer.
—Yo me lo figuro así.
—También yo.
—Es natural que quiera conocer á las personas principales de todo
pueblo que visita—dijo Teresita, cuya cara brillaba ya como un
botón de guardia civil en día de gala.—En seguida que oyó hablar
de la señora del alcalde... Era natural... Hé aquí una señora
inteligente que en cuanto llega á un pueblo, atisba á las personas
formales... Vamos, gracias á Dios que llega á Ficóbriga un forastero
y no pregunta por la casa de Lantigua, exclamando: «¡Oh! ¡los
Lantiguas!...» ¡Gracias á Dios que no se nombra para nada á los
virtuosos, á los sabios, á los ilustres Lantiguas!... Voy corriendo
á casa... Pensaba alcanzar un pedacito de Lamentaciones; pero ¿quién
piensa en eso esta noche? Es preciso preparar todo... Mi casa no es
una choza, y esperando yo una visita de importancia... Ya no te puedo
prestar la vajilla, Isidora.
—Pues qué ¿vas á darle un convite?
—No; pero bueno es que la loza esté allí, en alguna parte donde se
vea... Juan mandará que los dos alguaciles se pongan en la puerta...
y la pareja de guardia civil... Adiós, adiós.
—Yo me estaré en tu casa todo el día—dijo la _Gobernadora_.
—Mandaré á buscar á mis sobrinas... En fin, adiós... Me desespera
tener una casa tan vieja. Compre usted buenos muebles... Todo se
desluce en aquel caserón. Si yo tuviera el palacio de Lantigua, como
es justo y razonable... En fin, adiós, adiós.