Todo marcha á pedir de boca.
No las tenía todas consigo el prudente don Buenaventura con la
llegada importunísima de la madre de Daniel.
En cuanto á la aparición del purpurado, si al principio creyó ver
en ella un motivo de entorpecimiento, pronto cambió de parecer. Su
Eminencia, variando de ideas y propósitos con la estupenda nueva de
la conversión, mostrábase en extremo tolerante, contento de aquel
desenlace felicísimo, dos veces lisonjero por el triunfo de la
Iglesia, y por la regeneración social de su adorada sobrinita. El
viernes al medio día, después de la ceremonia de la adoración de la
Cruz, á que asistieron el prelado y el pueblo entero con grandísimo
recogimiento, D. Angel habló á su hermano de una manera categórica,
diciéndole:
—Siendo sincero su propósito de abrazar nuestra religión, como tú
aseguras, todo cambia, hermano, todo es ya fácil y llano. El Señor
se apiada de nosotros y nos saca súbitamente de nuestras confusiones
y zozobras por uno de esos admirables caminos que El solo sabe
abrir. Vine con el ánimo preocupado y tenebroso, presagiando nuevas
desdichas; pero hé aquí que en vez de obscuridad encuentro luz, en
vez de torbellino de dudas, una solución clara y natural... Ahora
te diré cuál es el plan que me propongo seguir para que todo quede
arreglado en un par de días. Roma, siempre previsora y generosa, ha
dispuesto que en casos de conciencia se aceleren las formalidades
y prácticas establecidas para dar entrada en la Iglesia á un
catecúmeno. Aquí tenemos bien claro el caso de conciencia. Si no
hubiera existido la prevaricación, procederíamos con más solemnidad
y pausa; pero la conciencia inquieta exige que no se dilate la
bendición purificadora. La reparación social y religiosa es urgente,
hermano mío, y la Iglesia da una prueba de benignidad apresurándola.
De buena gana habría manifestado don Buenaventura que le parecía
inconsecuente, injusto y hasta inmoral este criterio romano que
abrevia y dispensa en casos de prevaricación, mientras mortifica
con dilaciones y obstáculos de todas clases á los individuos que
sin rubor en la cara, piden juntamente bautismo y matrimonio; pero
creyendo más prudente no hacer observaciones, calló.
—Yo había previsto este caso—añadió Su Eminencia,—como los había
previsto todos, y no me coge desapercibido. Traigo de Roma
instrucciones precisas, y sé lo que debo hacer. El primer acto para
llegar al fin es que Daniel Morton se presente ante toda la familia
reunida, y declare solemnemente su firme propósito de abrazar
nuestra santa religión y de dar su mano de esposa á esa pobre joven,
víctima de un arrebato de la fantasía. Declarado esto, el catecúmeno
se someterá absolutamente á mí, prometiéndome obediencia ciega y
poniéndose á mi disposición para recibir la enseñanza cristiana.
Renunciando á toda influencia extraña y de familia, no reconocerá
más autoridad que la mía, y vivirá por espacio de dos ó tres días en
reclusión estrecha y en sitio que yo le designe. Exigiré de él una
abdicación absoluta de su voluntad durante este plazo, un propósito
firme y claro de recibir la instrucción cristiana, y le pediré
pruebas de devoción. Sin esto no adelantaremos nada.
Don Buenaventura frunció ligeramente el ceño; mas su seráfico
hermano, sin advertirlo, continuó así:
—Cuando se halle en disposición de recibir el bautismo, á juicio
mío, yo se lo administraré; y á continuación, sin aparato ni
ceremonias pomposas ni asistencia del público, les daré la bendición
matrimonial. Todo podrá quedar terminado el segundo ó tercer día de
Pascua... ¡Oh! qué grandísimo favor me hará Dios si permite que sea
yo quien diga á ese infelíz réprobo de raza deicida y que tantos
trastornos y desgracias ha traído á nuestra familia: «Ven: todas
tus faltas te son perdonadas. Si bebes del agua que yo te daré,
para siempre no tendrás sed, porque será en tí una fuente de agua
que salte para vida eterna...» Admiremos los designios de Dios que
nos trajo con ese hombre tantas desgracias, y limpiemos el corazón
de todo recelo ó encono. Tengo la íntima seguridad de que nuestro
difunto hermano Juan haría en el caso presente lo mismo que hacemos
nosotros.
Don Buenaventura manifestó que para acelerar en lo posible la
solución, declarase aquella misma tarde Daniel su propósito en
presencia de toda la familia reunida. Mas el virtuoso prelado dijo
que no quería privarse de oir el sermón de la Soledad, que D.
Silvestre predicaría aquella tarde, y que el día siguiente, Sábado
Santo, día señalado por la Iglesia para la admisión solemne de los
catecúmenos, era el más propio.
—¿Temes que esa doña Esther contraríe su buen propósito?—añadió.—Si
su conversión es sincera, no hay que temer. No hay vigor que se
iguale al de un alma iluminada por los destellos de la gracia
divina y que se decide á echarse fuera de las tinieblas. Ni madres,
ni padres, ni abuelos pueden nada contra un alma que ha visto la
salvación y corre hacia ella.
Otras cosas santas y bellas dijo el cardenal; mas no son del caso. D.
Buenaventura corrió á casa del hebreo á quien no encontró, ni tampoco
á su madre, que había ido con la señorita de compañía á visitar ¡cosa
inaudita! al señor de Amarillo y su esposa. El único de la raza que
estaba allí era Sansón, preparándose, por más señas, con ayunos y
mortificaciones, como muy devoto que era, para la celebración de la
Pascua rabínica. A ratos leía el Salterio en alta voz con gestos que
hacían reir á todos los de la casa, y como esto gastaba sus poderosas
fuerzas, se confortaba al punto con cuatro ó seis chuletas como
ruedas de carro y botellas de cerveza.
Después de buscar á Daniel por todo el pueblo, D. Buenaventura le
halló en casa de Caifás, circunstancia que no dejó de causarle
extrañeza. Informóle del plan de D. Angel, teniendo el gusto de
que el hebreo lo creyese acertado por todos conceptos. De nuevo
hizo protestas de la firmeza de su propósito, asegurando que la
intervención y los halagos de su madre no le harían vacilar.
Con todas estas cosas hallábase el generoso Lantigua muy satisfecho.
Pero enturbiaba ligeramente su gozo la idea de la mala salud de
Gloria, cuya naturaleza en los últimos días padecía frecuentes
accesos febriles, en los cuales alternaba con el agotamiento de las
fuerzas una actividad abrasadora y una como acumulación de vida, que
se salía á borbotones por los ojos, mirando, y por la boca, hablando.
D. Nicomedes, médico titular de Ficóbriga, á quien encontró aquella
tarde, le hizo una pintura hipotética, no muy lisonjera, del estado
en que á su parecer debían de hallarse el corazón y el cerebro de
Gloria. Era el tal hombre excelente y muy sabio, soldado viejo de las
batallas contra la muerte, y vivía en pueblo tan obscuro por amor á
la soledad y porque se había cansado de ganar dinero en las grandes
poblaciones. Tenía vivísimo afecto á los Lantiguas, y era decidor
algo extravagante. Pasaba por librepensador, aunque iba á misa, y
se le veía en perenne paseo por aquellos campos, ya contemplando la
Naturaleza, ya de cabaña en cabaña, sin más compañía que la de dos
séres para él muy queridos, un perro negro y un paraguas azul.
Este hombre benéfico se alegró mucho cuando D. Buenaventura le dijo
que las cosas iban á buen andar por el camino del casorio, y expresó
en breves palabras su pensamiento, asegurando que la dilatación moral
salvaría á la enferma; pero que la contracción la mataría. Condenó
el misticismo como la más perniciosa congestión espiritual que podía
sobrevenir á la enferma, y el descargo de un enorme peso del alma
le pareció excelente antiflogístico. La paz, el contento y el amor
humano, en su esplendente y natural desarrollo, armonizado con el
divino, le parecieron admirables emolientes.
Tranquilizado con este dictamen el buen tío, se dirigió á su casa, no
sin prestar antes frívola atención á los rumores que en toda aquella
tarde ocuparon á Ficóbriga, robándole hasta la devoción propia de
tan luctuoso día... ¡Sí; madama Esther había visitado á D. Juan
Amarillo y á su esposa! ¡Y ella y él la habían recibido, á pesar de
ser Viernes Santo! ¡Y estaban en la casa las sobrinas de Teresita y
la _Gobernadora_ y otras muchas damas de lo más principal y florido
de Ficóbriga!... ¡Y la casa parecía un ascua de oro!... ¡Y madama
Esther se había mostrado muy amable, muy cariñosa con D. Juan y con
Teresita!... ¡Y se decía que madama Esther, quitándose del dedo un
anillo con brillante de gran tamaño lo había ofrecido á la señora de
Amarillo, que después de rehusarlo cortésmente, se dignó tomarlo!