Los viajeros.
Y como aquel día debía ser notable en la villa de Ficóbriga por la
acumulación de acontecimientos imprevistos y sorprendentes, bien
pronto la atención del pueblo se fijó en otra novedad.
Y hé aquí que al salir de la plaza de Lantigua al camino real, la
Guardia civil divisó un coche, al cual mandó que se detuviera.
El del pendón y los conductores del primer paso miraron airados
al importuno vehículo, que avanzaba entorpeciendo la vía, cuando
por la portezuela izquierda de él apareció el semblante de una
hermosa dama desconocida. Comenzaban los murmullos, cuando por la
portezuela derecha vióse un sombrero de colores y bajo él la risueña,
la seráfica, la angelical cara de D. Angel de Lantigua. El señor
arzobispo de X*** gritó al cochero:
—Pare usted, pare usted... no entorpezcamos la procesión.
E incontinenti bajó Su Eminencia, acompañado del doctor Sedeño,
y quitándose el sombrero saludó á las santas imágenes. Un clamor
inmenso resonó en la cabeza de la procesión, clamor que fué
propagándose y retumbando como los ecos del trueno hasta llegar á la
cola. El clamor decía:
—¡Viva el cardenal de Lantigua! ¡Viva!
Poco faltó para que los pasos fueran abandonados en medio de la
vía, y cogido en brazos y llevado en procesión el glorioso hijo
de Ficóbriga, á quien sus paisanos no habían visto desde que fuera
elevado al cardenalazgo. D. Angel lloraba de agradecimiento.
Pero el entusiasmo ficobrigense no impidió que todos y cada
uno de los acompañantes de la procesión se fijasen en un hecho
singularísimo. En el coche de Su Eminencia venían dos señoras, una de
ellas muy principal y soberanamente hermosa, la otra con aspecto de
subordinación, mas no tan humilde que pareciese criada. Ambas bajaron
del carruaje cuando el señor cardenal lo abandonó, y contemplaban la
procesión con más curiosidad que recogimiento.
¿Quiénes eran? Esto preguntaban todos los que al pasar las vieron,
y en largo trecho no se habló de otra cosa que de las dos damas que
exornaban con su belleza el carruaje cardenalicio. D. Juan Amarillo
lanzó sobre ellas un rayo de autoridad en forma de mirada altanera,
indagadora, terrible; pero las dos señoras, que sin duda no estaban
hechas á miradas de alcalde, soltaron la risa. D. Juan, llamando al
alguacil, fulminó al punto una orden, diciéndole corriese á ver _qué
casta de pájaros_ eran aquellos y por qué estaban allí, y por qué
miraban la procesión, y por qué llevaban sombrero, y por qué reían, y
en fin, por qué respiraban sin permiso del Ayuntamiento.
A la casa de Lantigua llegó el rumor de los vivas y aclamaciones
con que era recibido el cardenal; y pasado el bullicio procesionil
y despejada la plazuela, D. Buenaventura salió al encuentro de su
hermano, á quien dió estrechísimos abrazos.
—Por un milagro de Dios me tienes vivo—dijo D. Angel sonriendo.—Si
aún me asombro de tener brazos y piernas... ¡Ay! hijo, creí que no me
había quedado hueso sano.
—¿Ha volcado tu coche?
—En la peligrosísima cuesta de San Lucas. Figúrate qué paso tan malo.
No fuímos al río porque Dios nos reserva para dar que hacer un poco
todavía. El coche quedó inútil... dos ruedas menos, una ballesta
rota. Por fortuna nuestra, esta señora...
El arzobispo señaló á las dos señoras que no lejos de él estaban,
mientras D. Buenaventura se apresuraba á saludarlas con hidalga
cortesanía.
—Esta buena señora—continuó Su Eminencia,—esta buena alma que á la
sazón pasaba, tuvo la bondad de ofrecerme su coche, y yo abusé de su
finura aceptándolo. Dios se lo pague... ¿Y qué novedad hay por casa,
querido hermano?
El alguacil, no atreviéndose á meterse con las señoras desde que las
vió tan mano á mano con los Lantiguas, se ocupó en apartar á los
chicos que rodeaban al cardenal besuqueándole la mano y estorbándole
el paso.
—Gran novedad en casa—dijo D. Buenaventura.
—¿Hay algún enfermo?
—No: todos buenos. Gloria un poco delicada, bastante delicada; pero
es seguro que ahora se repondrá en breve tiempo. Así lo ha dicho el
médico.
—Señora—dijo Su Eminencia á la viajera,—ruego á usted que si se
detiene en Ficóbriga, acepte un humilde hospedaje en mi casa.
—Gracias—repuso con afabilidad graciosa la dama,—muchas gracias,
señor cardenal.
—Pues no quiero que ignores más tiempo este fausto suceso—dijo
D. Buenaventura.—Sabrás que Daniel Morton se nos convierte al
catolicismo.
Don Angel abría su venerable boca para lanzar exclamaciones de
sorpresa ó de júbilo, cuando la señora desconocida dió un paso hacia
ellos diciendo:
—Caballeros, si no temiera molestar...
—Señora...
Ambos hermanos sonreían con afabilidad.
—Caballero—dijo después de una pausa la desconocida dama,—ruego á
usted que se digne indicarme el alojamiento de mi hijo.
—¿Y quién es su hijo de usted, señora?
—Ese que usted acaba de nombrar.
—Daniel... Precisamente le dejé en nuestra casa. Si usted gusta...
—Gracias—repuso la dama secamente.—Dígnese usted señalarme la casa
donde habita mi hijo.
El señor arzobispo, poniendo el semblante más serio del mundo, hizo á
la extranjera una cortés reverencia, y acompañado de Sedeño y seguido
del inocente enjambre de chiquillos, marchó cojeando hacia la casa
de Lantigua, mientras D. Buenaventura, brindándose á acompañar á las
señoras, las guiaba por las calles de Ficóbriga.