XXIII

Los viajeros.

Y como aquel día debía ser notable en la villa de Ficóbriga por la

acumulación de acontecimientos imprevistos y sorprendentes, bien

pronto la atención del pueblo se fijó en otra novedad.

Y hé aquí que al salir de la plaza de Lantigua al camino real, la

Guardia civil divisó un coche, al cual mandó que se detuviera.

El del pendón y los conductores del primer paso miraron airados

al importuno vehículo, que avanzaba entorpeciendo la vía, cuando

por la portezuela izquierda de él apareció el semblante de una

hermosa dama desconocida. Comenzaban los murmullos, cuando por la

portezuela derecha vióse un sombrero de colores y bajo él la risueña,

la seráfica, la angelical cara de D. Angel de Lantigua. El señor

arzobispo de X*** gritó al cochero:

—Pare usted, pare usted... no entorpezcamos la procesión.

E incontinenti bajó Su Eminencia, acompañado del doctor Sedeño,

y quitándose el sombrero saludó á las santas imágenes. Un clamor

inmenso resonó en la cabeza de la procesión, clamor que fué

propagándose y retumbando como los ecos del trueno hasta llegar á la

cola. El clamor decía:

—¡Viva el cardenal de Lantigua! ¡Viva!

Poco faltó para que los pasos fueran abandonados en medio de la

vía, y cogido en brazos y llevado en procesión el glorioso hijo

de Ficóbriga, á quien sus paisanos no habían visto desde que fuera

elevado al cardenalazgo. D. Angel lloraba de agradecimiento.

Pero el entusiasmo ficobrigense no impidió que todos y cada

uno de los acompañantes de la procesión se fijasen en un hecho

singularísimo. En el coche de Su Eminencia venían dos señoras, una de

ellas muy principal y soberanamente hermosa, la otra con aspecto de

subordinación, mas no tan humilde que pareciese criada. Ambas bajaron

del carruaje cuando el señor cardenal lo abandonó, y contemplaban la

procesión con más curiosidad que recogimiento.

¿Quiénes eran? Esto preguntaban todos los que al pasar las vieron,

y en largo trecho no se habló de otra cosa que de las dos damas que

exornaban con su belleza el carruaje cardenalicio. D. Juan Amarillo

lanzó sobre ellas un rayo de autoridad en forma de mirada altanera,

indagadora, terrible; pero las dos señoras, que sin duda no estaban

hechas á miradas de alcalde, soltaron la risa. D. Juan, llamando al

alguacil, fulminó al punto una orden, diciéndole corriese á ver _qué

casta de pájaros_ eran aquellos y por qué estaban allí, y por qué

miraban la procesión, y por qué llevaban sombrero, y por qué reían, y

en fin, por qué respiraban sin permiso del Ayuntamiento.

A la casa de Lantigua llegó el rumor de los vivas y aclamaciones

con que era recibido el cardenal; y pasado el bullicio procesionil

y despejada la plazuela, D. Buenaventura salió al encuentro de su

hermano, á quien dió estrechísimos abrazos.

—Por un milagro de Dios me tienes vivo—dijo D. Angel sonriendo.—Si

aún me asombro de tener brazos y piernas... ¡Ay! hijo, creí que no me

había quedado hueso sano.

—¿Ha volcado tu coche?

—En la peligrosísima cuesta de San Lucas. Figúrate qué paso tan malo.

No fuímos al río porque Dios nos reserva para dar que hacer un poco

todavía. El coche quedó inútil... dos ruedas menos, una ballesta

rota. Por fortuna nuestra, esta señora...

El arzobispo señaló á las dos señoras que no lejos de él estaban,

mientras D. Buenaventura se apresuraba á saludarlas con hidalga

cortesanía.

—Esta buena señora—continuó Su Eminencia,—esta buena alma que á la

sazón pasaba, tuvo la bondad de ofrecerme su coche, y yo abusé de su

finura aceptándolo. Dios se lo pague... ¿Y qué novedad hay por casa,

querido hermano?

El alguacil, no atreviéndose á meterse con las señoras desde que las

vió tan mano á mano con los Lantiguas, se ocupó en apartar á los

chicos que rodeaban al cardenal besuqueándole la mano y estorbándole

el paso.

—Gran novedad en casa—dijo D. Buenaventura.

—¿Hay algún enfermo?

—No: todos buenos. Gloria un poco delicada, bastante delicada; pero

es seguro que ahora se repondrá en breve tiempo. Así lo ha dicho el

médico.

—Señora—dijo Su Eminencia á la viajera,—ruego á usted que si se

detiene en Ficóbriga, acepte un humilde hospedaje en mi casa.

—Gracias—repuso con afabilidad graciosa la dama,—muchas gracias,

señor cardenal.

—Pues no quiero que ignores más tiempo este fausto suceso—dijo

D. Buenaventura.—Sabrás que Daniel Morton se nos convierte al

catolicismo.

Don Angel abría su venerable boca para lanzar exclamaciones de

sorpresa ó de júbilo, cuando la señora desconocida dió un paso hacia

ellos diciendo:

—Caballeros, si no temiera molestar...

—Señora...

Ambos hermanos sonreían con afabilidad.

—Caballero—dijo después de una pausa la desconocida dama,—ruego á

usted que se digne indicarme el alojamiento de mi hijo.

—¿Y quién es su hijo de usted, señora?

—Ese que usted acaba de nombrar.

—Daniel... Precisamente le dejé en nuestra casa. Si usted gusta...

—Gracias—repuso la dama secamente.—Dígnese usted señalarme la casa

donde habita mi hijo.

El señor arzobispo, poniendo el semblante más serio del mundo, hizo á

la extranjera una cortés reverencia, y acompañado de Sedeño y seguido

del inocente enjambre de chiquillos, marchó cojeando hacia la casa

de Lantigua, mientras D. Buenaventura, brindándose á acompañar á las

señoras, las guiaba por las calles de Ficóbriga.

Gloria (segunda parte) · 第 27 / 45 题