Esperanza de salvación.
—Vengo—dijo el buen caballero algo turbado,—á anunciarte una visita,
y no podrás ahora negarte á recibirla, porque se trata de una cosa
muy importante, muy grave, muy lisonjera. En resumidas cuentas: ahí
está y va á subir á verte, porque lo mando yo... Es cuestión de vida
ó muerte.
Gloria no contestó una sola palabra; tan confundida y absorta estaba.
Doña Serafina iba á decir algo, pero no pudo porque su hermano se
retiró con presteza. No tuvieron tiempo de hacer comentarios sobre
aquella visita y el misterioso anuncio, porque al poco rato regresó
D. Buenaventura acompañado de Daniel Morton, vestido completamente
de negro, la faz hermosa y tétrica. Parecía recién salido de una
enfermedad grave, ó que en una noche había vivido diez años. Gloria,
al verle, sintió profundo desconcierto en todo su sér y se quedó como
muerta. Turbóse de tal modo su espíritu, que creía soñar ó ser presa
de un delirio, cuando oyó á su tío pronunciar estas palabras:
—Querida Gloria, querida hermana, tengo el más vivo placer al
anunciar á entrambas que nuestra santa religión ha hecho hoy una gran
conquista. El Sr. Morton, que está presente, abraza el catolicismo.
El efecto de estas palabras fué tremendo, como la voz de Jehová en
las alturas. Gloria y su tía eran dos estátuas.
—Lo que mi ilustre amigo dice—manifestó Daniel,—es verdad. Al
tomar esta resolución he creído deber anunciarlo á quien puede
vanagloriarse de ser el ángel de mi conversión.
Nada hay más glorioso ni más digno de regocijo para el cristiano
que la entrada de un infiel en el reino de Cristo; y sin embargo de
esto, Serafinita, que era, como hemos visto, una especie de candidato
á la perfección cristiana, experimentó en el primer momento,
después de oída la plausible nueva, una contrariedad vivísima. Esta
contrariedad, justo es decirlo, pasó como un relámpago, porque la
rectitud, que moraba en el espíritu de la buena señora ocupando
todo el lugar que le permitía la exaltación mística, estableció
el dominio del Verbo, de la razón universal, ó sea de la _luz
verdadera que alumbra á todo hombre que viene á este mundo_, según
el Evangelista. Pero aun rindiendo culto á la razón externa, siempre
quedó en el espíritu de la señora algo que no era el júbilo de la
Iglesia triunfante. Podremos expresar, aunque pálidamente, el estado
de su alma, diciendo que se _resignó á alegrarse_ por la salvación
del judío. Este sentimiento extraño tomaba la forma de _lástima de
su sobrina_, por la desviación que iba á sufrir una preciosa vida
llamada ya á las deliciosas esferas de la perfección.
—Querida hija—dijo D. Buenaventura, acariciando á Gloria;—al fin Dios
ha oído tus oraciones y vas á recobrar tu dicha, tu paz, tu dignidad,
por el procedimiento más plausible que puede imaginarse. Estás de
enhorabuena y tu familia también.
—No quiero—dijo Morton dirigiéndose á Gloria,—que nadie se envanezca
de esta resolución mía, sino tú sola.
—Yo más querría—repuso ella animándose,—que tan hermosa acción se
debiera antes á la santidad de la doctrina de Jesucristo que á mí.
Serafinita se apresuró á tomar la palabra, diciendo:
—Nosotros no dudamos que esa frase sublime _Soy cristiano_, haya
sido dicha con lealtad; no creemos que puedan los labios pronunciar
el dulce nombre de Cristo mientras lo niega el corazón; pero este
caballero no extrañará que exijamos alguna garantía. Para entrar en
nuestra Iglesia es preciso recibir la instrucción cristiana y el agua
del bautismo.
—Sé lo que me corresponde hacer—dijo Morton gravemente,—y á todo
estoy dispuesto.
—Tan grande, tan inesperado, tan sorprendente es este suceso—dijo
Gloria con emoción,—que necesito esforzarme mucho para creerlo...
¡Tú adorar á Jesucristo!... Vuelve los ojos á esa cruz y júrame por
la imagen crucificada que es verdad lo que me dices, que lo haces
con el firme propósito de ser cristiano y no por móviles que no son
religiosos, que persistirás en tu designio, y que crees firmemente
que la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo es no sólo la mejor sino
la única verdadera.
Blanco como el marfil de aquella hermosa imagen que tanto en el
rostro se le parecía, estaba Daniel, cuando extendió la mano hacia la
cruz, y con los ojos bajos habló así:
—Lo que dije, dicho está. Por ese... te juro que es verdadero el
propósito que he formado.
Más parecía reo convicto á quien el delito se le sale de la
conciencia á los labios, que entusiasta neófito proclamando un Dios
nuevo.
En el mismo instante de pronunciar su juramento, oyóse un sonido
áspero, estridente, desagradable, que de los aires venía. No era
tañido de campana, ni rumor de ruedas, ni rechinar de goznes, sino un
horrible choque de tablas con piedras, retumbando en hueco. Parecía
que andaba por el cielo una legión de séres extraños calzados de
almadreñas y bailando sobre guijarros.
—Ya tocan la carraca—dijo D. Buenaventura.—Sale la procesión...
En cuanto á los trámites que ha de seguir este acontecimiento,
mi hermano Angel los decidirá. ¿No crees tú lo mismo, Serafina?
Ayer recibí una carta de Angel en que me decía que si hubiera
conversión, él arreglaría todo de modo que en tres días quedase el
bautismo celebrado y mi sobrina casada en paz y gracia de Dios.
La extrañeza del caso es motivo para abreviar ciertas prácticas,
y cuando mi hermano lo cree así, es porque la Iglesia lo permite.
Por ahora—añadió dirigiéndose á Gloria,—creo que debemos fiar en su
palabra.
—Fiaremos, sí—repuso Gloria mirando al extranjero con amor;—pero es
tanto lo que esta idea me cautiva, es tanto el júbilo que siento, no
por mi reparación sino por tu conversión, que quiero oirte decir:
«Creo en Dios uno y trino, creo en Jesucristo.» Es este un gozo
que me hace llorar. Es la compensación de todo lo que he padecido,
la prueba visible é innegable de que mi Dios no me ha abandonado,
y la promesa del Paraíso... Adora esa cruz, besa esa imagen,
representación del que tus ascendientes injuriaron, escupieron,
abofetearon y crucificaron, y con una palabra, una voz sola, breve si
quieres, pero salida del corazón, pruébame que en tu alma generosa, á
la cual no faltaba más que la luz, ha entrado ya esa luz; pruébame,
no que abrazas el cristianismo, sino que te sientes cristiano.
Brillaba en los hermosos ojos de Gloria la inspiración divina. Sus
palabras, como salidas de un corazón lleno de verdad, no podían
oirse sin entusiasmo y devoción. El que ya no debemos llamar hebreo
se levantó de su asiento. Estaba su rostro cadavérico, y sus manos
temblablan como las del enfermo calenturiento.
—Creo en tu Dios, en el único Dios—exclamó con voz de
delincuente,—en...
No pudo decir más. Su brazo cayó como si perdiera la vida, é
inclinando la cabeza exhaló un suspiro semejante á aquel inmortal
suspiro del Cristo, tan bien expresado en el momento de la agonía por
el artístico marfil que estaba sobre la mesa.
—Perdóname, amor y salvación mía—balbució Morton,—perdónenme todos;
pero no estoy suficientemente instruído aún en los dogmas cristianos,
y temo decir algo que sea resabio del culto que abandono.
Gloria rogó al catecúmeno que se sentase. Le causaba terror su
palidéz, su consternación y sobresalto; pero esto tenía explicación
satisfactoria por la singularidad de aquel acto, y el trastorno
que la presencia de la mujer amada debía producir en el alma del
extranjero.
Venía de la plaza de Lantigua un rumor de gente y de religiosos
cánticos. Pasaba la procesión de Jueves Santo, y Serafinita corriendo
al balcón se arrodilló. Todos la imitaron. Gloria y Daniel estaban
juntos á la derecha de la señora, D. Buenaventura á la izquierda.
Tras cuatro guardias civiles que iban despejando, pasó el negro
pendón enarbolado por un hombre, pasó la cruz negra, acompañada de
los dos ciriales, siguió el primero de los pasos que era la _Oración
en el Huerto_; y los que conducían cruz, pendón, cirios é imagen,
se quedaron mirando al balcón de Lantigua, donde había una cosa
extraordinaria, inaudita, el judío de rodillas, mirando la procesión.
A la derecha se veía el alambre telegráfico lleno de pájaros en fila,
con tanto comedimiento y gravedad atentos á la comitiva, que parecían
tocados de la más pura devoción.
Oíanse allá lejos los acordes de fúnebre marcha, tañida por los
implacables trombones y cornetines de la banda del pueblo, y la
larga masa de gente avanzaba despacio por la calle principal. De las
descubiertas cabezas sobresalían los ramos de oliva del primer paso,
el flotante vestido de terciopelo bordado de oro, los feroces judíos
azotadores, y más atrás una señora vestida de negro, y un palio
negro también.
Pasó la primera imagen, pasaron dos filas de individuos que componían
la cofradía más numerosa de Ficóbriga, todos con vela en la mano, y
ni uno solo dejó de apartar su vista y su mente de los lastimosos
cuadros de la Pasión para fijarlas en la casa de Lantigua.
Antes de que acabase la larga fila de los cofrades, vino el grupo de
los azotes, y hasta los feroces judíos de sañudo aspecto parecía que
se quedaban mirando al balcón de Lantigua, suspendiendo sus impíos
golpes. Gran número de mujeres rodeaban aquel grupo, encapotadas
con negros mantos las unas, otras con humildes pañuelos, señoras
y aldeanas, amas y criadas, niñas y viejas, todas con los ojos
encendidos de llorar; pero al llegar á la plaza ni una sola dejó de
encontrar más interesante que todos los pasos el balcón de Lantigua,
y un rumor de comentarios y una oleada de cuchicheos corrió por la
superficie de aquel mar de gente.
Tras el segundo paso iban los penitentes, hombres que habían venido
de los pueblos inmediatos á visitar el monumento y á expiar sus
culpas mediante el transporte de una grande y pesada cruz. Iban
con el santo leño á cuestas, y vestían la tradicional hopa negra
con capuchón calado, sin ningún resquicio por donde se violase el
incógnito, ni más ventilación que los dos agujeros por donde daban
luz á sus ojos. También ellos, á pesar de hallarse acongojados por la
memoria de las faltas que expiaban á costa de sus fuerzas físicas,
miraron por sus espantables claraboyas al balcón de Lantigua.
Venía después el Crucificado y por fin la Dolorosa, y alrededor
de ella estaba lo más notable del pueblo. Los señores alcurniados
llevaban las varas del palio, que iba detrás, como de respeto; seguía
el clero, y por último el Ayuntamiento con la banda de música y la
media compañía de carabineros. Marineros y señores, los del palio
y los que cargaban la imagen, clérigos y monaguillos, Sildo con el
incensario y Caifás con el piporro, cantores y alguaciles, el soplado
alcalde D. Juan y el jefe de los carabineros, los chicos que agitaban
en la inquieta mano las carracas, todo lo viviente en fin miraba al
balcón de Lantigua. El cura dijo algunas palabras por lo bajo al
padre Poquito, y Amarillo frunció el ceño, como enojado de que un
gran suceso excitara la curiosidad sin su permiso.