Jueves Santo.
Gloria abrió los ojos después de un prolongado letargo, durante el
cual su fatigado espíritu logró algún reposo. Había soñado con la
pasión de Cristo, con los horribles judíos que le azotaban, había
visto elevar el madero con la Divina Persona clavada por piés y
manos; y este cuadro lamentable que se le representaba al vivo por
el poderoso fingir del sueño, llenó su alma de patética y dolorosa
compunción. Al despertar vió á su tía encendiendo algunas velas
delante de la efigie del Salvador, hermosa figura de marfil que le
representaba en el momento de expirar, cuando, alzados los moribundos
ojos al cielo, decía: «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que
hacen.»
Serafinita había dispuesto la mesa como altar, poniéndole preciosas
velas de esas que tan bien labran y adornan las monjas. No puso
flores en los floreros, por temor de que el olor de ellas molestase
á Gloria; pero los llenó de ramas de pino y otras matas verdes y sin
aroma.
—¡Qué bien está, qué bien está eso!—dijo Gloria contemplando con gozo
el altar.
—Hija mía, ¿qué tal te encuentras?
—No muy bien, pero podré levantarme.
—Más vale que te quedes en la cama. Yo no pienso salir hoy ni ir á
la Iglesia, á pesar del gran día en que estamos. Debo acompañarte,
querida mía, y juntas rezaremos el oficio del día, que es hermoso
sobre toda ponderación.
—Muy bien pensado. Lo leeremos.
—Y nos deleitaremos en su sublimidad, contemplando el amor de aquél
que con ser Dios, quiso derramar su sangre por nosotros.
Después que Gloria hizo sus oraciones de la mañana, se levantó y
se volvió á acostar vestida sobre el lecho. Francisca arreglaba su
cuarto, mientras doña Serafina bajó á preparar algo substancioso para
que la enferma se desayunase. Nada más admirable que el celo que
ponía aquella noble dama en todas las cosas, lo mismo en las grandes
que en las pequeñas. Todo lo hacía conforme á su conciencia, y no se
perdonaba cosa alguna, ni jamás dejó de hacer nada que le pareciese
justo y conveniente. Era el alma de más rectitud que podía existir, y
si hubiera destruído al género humano, Dios se lo perdonaría, porque
sin duda habríalo aniquilado por convicción y creyendo que realizaba
un bien. En ella no se conoció jamás ni sombra de hipocresía. Todo
su espíritu y sus creencias y su voluntad retratábanse claramente en
sus acciones; ni existió conciencia más pura, porque en ella eran
imposibles las reservas y distingos insidiosos. Y sin embargo, alma
tan limpia de perversidad podía ser dañosa... Mas para juzgar á
Serafinita y condenarla por esto, sería preciso que Dios recogiese
su Decálogo y lo volviese á promulgar con un artículo undécimo que
dijese: «No entenderás torcidamente el amor de Mí.»
Y para juzgarla los hombres y condenarla debían á su vez arrojar de
los altares á muchos varones y hembras que subieron á ellos por ser
como Serafinita.
Estaba preparando el almuerzo de su sobrina y se caía de debilidad
á causa de los repetidos ayunos; pero el piadoso esfuerzo de su
voluntad vencía al cuerpo, infundiéndole una resistencia poderosa,
y gracias al absoluto desprecio de la carne, aparecía triunfante
siempre el espíritu y dispuesto á todas las empresas cristianas que
exigieran abnegación. ¡Lástima grande que aquella santidad no fuese
más humana!
Cuando Gloria almorzó, vino el médico y le ordenó el mayor reposo
y que huyera de toda emoción viva. Serafinita rogó á la joven que
diese un paseo por la habitación, lo que ella hizo de muy buen grado,
admirando desde el balcón la hermosura de la mañana.
—¡Qué bello día!—exclamó.—Parece que en días así no puede menos de
pasar algo grande.
—El día, querida sobrina—dijo la señora,—está lleno de la sagrada
memoria que hoy celebra la Iglesia. ¿No ves en la Naturaleza una
especie de atención solemne, un recogimiento grave y placentero? Hoy
celebramos la muerte y la vida, la muerte corporal del que expiró por
darnos la vida... Yo leeré.
Serafinita se colocó junto al altar, y poniéndose las antiparras
que su fatigada vista exigía, empezó la hermosa lectura, mientras
Gloria tomaba asiento en un sofá junto al balcón. Empezando por los
Maitines y Nocturnos, que son los oficios llamados _Lamentaciones_,
y que la Iglesia canta en la tarde del día anterior, leyó el Salmo:
«Sálvame ¡oh Dios! porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy
hundido en cieno profundo y la corriente me ha anegado. Cansado estoy
de llamar, mi garganta ha enronquecido. Han desfallecido mis ojos
esperando á mi Dios... Dios, tú sabes mi locura y mis delitos no te
son ocultos.»
Ambas mujeres tenían su alma absorta en tan sublimes conceptos. Doña
Serafina recitó con entera voz la Lamentación: «¿Cómo está sentada
sola la ciudad antes populosa? La grande entre las naciones se ha
vuelto como viuda... Amargamente llora en la noche. No tiene quien la
consuele de todos sus amadores...»
Y así siguió la lectura con edificación de entrambas. Como Serafinita
se fatigase, Gloria le rogó que le diese el libro, y con la emoción
más viva leyó el Miserere: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme á
tu misericordia grande, y conforme á la multitud de tus piedades,
borra mis iniquidades... Porque conozco mi iniquidad y mi pecado está
siempre delante de mí.»
La misa, la epístola de San Pablo á los Corintios, la _Sequentia_
del Evangelio tocaron á Serafinita, que á su vez reclamó el libro.
Después de leer todo lo concerniente á la cena, dijo á su sobrina:
—Hemos llegado al punto más interesante, más patético, más solemne
de nuestra doctrina, la institución de la Eucaristía. Si tú, hija
mía de mi alma, meditando mucho en esto, lograras penetrarte bien de
la idea de sacrificio tan sublime, si consiguieras asimilártela y
hacerla tuya, ¡cuán grande facilidad hallarías para dar al problema
de tu vida la solución que te propongo! ¿Pero no te dice nada
tu corazón, no se enternece contemplando el inmenso amor de la
sacratísima víctima del Calvario? Lo que á gritos dicen tu situación
social y los acontecimientos, ¿no lo ha de decir tu corazón? Yo veo
tan claro esto, niña mía, que no comprendo cómo puedes dudar.
Gloria, los ojos bajos, inclinada la cabeza sobre el pecho, callaba,
trenzando los hilos de lana del pañuelo que cubría sus hombros.
—Dada tu situación no veo otro camino—añadió Serafinita.—Mucho habían
de cambiar los sucesos, para que la lógica de tu porvenir cambiase.
Sería preciso que ese infiel empedernido abriese sus ojos á la luz
cristiana, sería preciso que se verificase una de esas conversiones
ruidosas que hacen época en el mundo... y esto es difícil, aunque no
imposible. Díme, ¿lo crees tú posible? ¿Das crédito á los rumores que
han corrido?
—No—repuso lacónicamente Gloria.
—¿Crees tú que abrace nuestra santa fe?... ¡Oh! si así sucediera, yo,
viendo en esto los designios de Dios, sería la primera que te diría:
«Cásate; tu deber es casarte. El Señor lo manda.» Tu amor quedaría
legitimado por el glorioso hecho de traer al rebaño una oveja, que
no por venir tan tarde sería mal recibida... En tal caso, no podrías
aspirar á la perfección cristiana, que consiste en la negación de
todos los afectos humanos, pero podrías acercarte mucho á ella por
otros caminos... No hay que pensar en este medio, hija mía. Tú misma
has dicho que no tienes esperanza.
—Es verdad—murmuró la joven.—Ninguna tengo.
—Pues debes tenerla.
Gloria alzó vivamente los ojos, fijándolos en su tía con gran
curiosidad.
—Debes tenerla—repitió la señora con aplomo.
—¿De qué?
—No de casarte, no—dijo Serafinita sintiendo en su alma la
inspiración apostólica más viva que nunca,—no de casarte, sino de
traer á ese infiel á nuestra santa fe.
—¿Cómo?
—Por medio de la oración, unida al sacrificio.
—No entiendo bien, tía—repuso Gloria poniendo sumo interés en aquel
asunto.
—Por medio de la oración—repitió la dama con entusiasmo,—y mejor aún
por medio del sacrificio. ¿Acaso esto necesita explicarse?
—Me parece que lo voy entendiendo.
—Si haces á Dios el inmenso, el doloroso sacrificio que te he
propuesto como el mejor camino para salvar tu alma; si haces el
sacrificio de consagrarle por entero toda, absolutamente toda tu
vida, arrancándote del mundo y de los mundanos afectos; si haces
esto, amor mío, y pides á Dios que te conceda la redención de un
alma, ciega hasta ahora á la verdadera luz, ¿cómo es posible que Dios
te lo niegue?
—¡Oh, Jesús mío!... ¡si eso fuera verdad...!—exclamó Gloria
deshaciéndose en lágrimas.—Y parece que ha de ser verdad, que ha de
poder suceder como usted lo dice...
En el semblante de Serafinita brillaba un destello de alegría
infinita, el júbilo del triunfo evangélico.
—¡Ay—exclamó oprimiendo su pecho,—yo tengo una convicción
profunda...! Mi corazón se abre como un abismo lleno de voces, y á
gritos clama que ese hombre será salvo por tu mediación.
—¡Señora—dijo Gloria exaltándose como su tía,—yo he orado tanto,
tanto, que tal vez...!
—No, desgraciada, no basta la oración. Es necesario el sacrificio,
es necesario que llegues, y ante esos piés taladrados por el clavo
pongas tu corazón dolorido, tu vida, tu voluntad, tus acciones,
tu porvenir, tu universo mundo, tu carne y tu espíritu, diciendo:
«Señor, tómalo todo, toma todo lo que recibí de tí. No quiero ya nada
que no seas tú, tú solo, ni más amor que el tuyo por entero. Abrásame
en tu fuego y hazme temblar noche y día con las dulces ansias de
amarte incesantemente, contemplándote, oyéndote en mi interior,
magnificándome con tu gloria, padeciendo con tu pasión. Este resto de
existencia que conservo mientras no me lleves á tu lado, sólo será
para tener voz con que nombrarte á todas horas, labios con que besar
tu santa imagen, y si das á mi cuerpo el santo tormento de que me
duelan tus heridas, mayor gozo tendrá mi alma. Perezcan los ojos de
mi cuerpo, que de nada me sirven, y así te verán mejor los del alma.
Perezca mi belleza, que no por ella te he de agradar, sino por la
pureza y la violencia de mi amor. Soy toda tuya, Señor, y aun así no
creo ofrecer bastante al que murió por redimirme del pecado.»
Doña Serafina se había levantado, y con su majestuoso ademán daba más
energía y realce á su admirable elocuencia.
—Lo que usted dice—manifestó Gloria,—resuena en mi corazón como un
eco del cielo.
—Dios aceptará tu sacrificio y lo premiará—añadió la mística.—La
inagotable bondad del Amado se te revelará bien pronto. Oirás su voz
en tu interior; le verás allá en lo profundo y en lo más negro de
tu mirar, cuando cierres los ojos en la dulce oración. ¿Cómo no ha
de concederte lo que le pides, si le pides un nuevo triunfo para su
Iglesia? ¿Qué premio más digno puede ambicionar un alma consagrada á
Dios? «Señor, le dirás, trae á tu seno á un sér que me fué querido y
que tiene la desgracia de carecer de la verdadera luz.»
—El Señor me oirá—dijo Gloria cruzando las manos.—Tía, querida tía,
mi alma se llena repentinamente de fe; en mí ha entrado una luz
prodigiosa; siento como una gran lluvia... Soy otra... Suena dentro
de mí una voz como el trueno... Me parece que Dios me dice: _Sí, sí,
sí_.
—Sí, sí, sí—repitió la predicadora con exaltación que rayaba en
delirio.—Y se salvará, abominará de su execrable secta, y entrará en
el Paraíso.
La piadosa señora, que había estado tantos meses predicando á su
sobrina las excelencias de la vida ascética, y había agotado todos
los argumentos, todas las razones, todos los sofismas sin conseguir
nada, lograba al fin su objeto: ¿cómo? tocando una fibra más sensible
que todas las fibras del corazón de su sobrina, la fibra del amor
humano. Al llegar allí, el espíritu rebelde gimió dolorosamente
sucumbiendo; y lo que antes le pareció monstruoso é inútil, parecióle
después bello, grande y sublimemente provechoso. Estremecida hasta
lo más íntimo de su sér, sintió la bullidora expansión del amor,
pidiendo su consecuencia natural, el sacrificio.
—Acepto, acepto...—declaró levantándose, ágil, inquieta, exaltada,
cual si recibiera por milagro prodigiosas fuerzas.
Pero extendiendo después un brazo, llevándose la izquierda mano á los
ojos, murmuró con súbito desaliento:
—¡Mi pobre hijo...!
—Dios, el Criador de todas las cosas—gritó Serafinita acudiendo
velóz á agarrar á su víctima que se le escapaba,—miró á la tierra
pervertida por el pecado, y enviando á ella á su Hijo en carne
mortal, le vió padecer y morir como un hombre... ¡Y aquél era el
Verbo, la razón universal, la justicia, la ley... el Hijo!... Lo
que hizo Dios por redimir al género humano, que formó de barro,
¿no lo podrá hacer una miserable criatura por salvar á otra de las
eternas llamas del infierno?... ¿y no sería capáz esta criatura de
hacer un sacrificio tanto más aceptable cuanto más noble es el
afecto sacrificado? ¡Dios infinito, inmenso, más grande que todo lo
grandísimo, ve morir á su Hijo!... y tú... ¿Acaso le pierdes? ¿acaso
le matan?
—Madre querida—dijo Gloria contestando á las caricias de su tía con
otras no menos ardientes,—soy de usted: no vacilo más. Ya no tengo
voluntad. Venga la cruz, pronto, pronto. Mi espíritu la acepta...
¡Oh, qué idea! ¡qué sublime idea!
Cayó sin aliento en la silla.
Serafinita permaneció en pié diciendo:
—Partamos esta misma tarde. No debe perderse tiempo.
Sin duda temía volubilidades y arrepentimientos.
—Esta misma tarde—repitió Gloria, pálida, sin aliento, transfigurada,
como si tuviera ya marcada la hora para salir de este mundo.
—Nos prepararemos en un instante; arreglaremos todo para ir á tomar
el tren en Villamojada.
—Saldremos sin que lo sepa mi tío.
—Eso no: se lo diremos. ¿A qué ese engaño indigno de nosotras?...
Es preciso preparar todo—dijo la señora con febril impaciencia.—Es
verdad que no necesitamos gran cosa.
—Es verdad... Yo...
Gloria no pudo seguir la frase, porque se sintieron pasos. Abrióse la
puerta y apareció D. Buenaventura.