¿Qué haré?
Daniel Morton y D. Buenaventura hablaron larguísimo rato.
El hebreo salió de la casa cuando todavía era noche obscura, pues la
luna, no queriendo esperar al sol, desapareció volviendo atrás el
rostro como novia enojada que huye de su amante observando si éste
la sigue. Sansón unióse á su amo; pero éste le dijo secamente que se
retirase á la casa dejándole solo.
Aparentando obedecer, Sansón le siguió desde lejos. Morton rodeó la
casa de Lantigua, y tomando el camino que conduce á la playa, bajó
lentamente, con las manos cruzadas á la espalda, la vista fija en el
suelo, cuando no la extendía por la negra inmensidad de los cielos
apagados ó por la del mar, cuya exclamación grave y mugidora le iba
ensordeciendo á medida que á él se acercaba.
Cuando sus piés se hundían en la arena y avanzaba hacia el fino y
húmedo suelo, que había pulido la última pleamar arrastrando sobre
él sus láminas de agua, sintió una especie de simpatía inexplicable,
y como un deseo de expansión y confianza semejante al que se
experimenta en presencia de un buen amigo. Morton miró las olas que
iban y venían con el más admirable ritmo que existe en lo creado, y
mirándolas sacó del caos de su espíritu esta pregunta: «¿qué haré?»
En la playa había una piedra enorme arrancada por las olas á
un acantilado cercano. Sobre aquella piedra se sentó Daniel,
contemplando el mar grave y cadencioso, especie de péndulo inmenso
que determina un secreto equilibrio. En aquel mar, en su voz
semejante al zumbar de un cerebro donde hierven las ideas, en el
resoplido de sus olas y en aquel latido de su enorme vida corriendo
sin cesar del fondo á la playa y de la playa al fondo, vió Morton
perfecta imagen de la perplejidad en que se hallaba su espíritu.
A poca distancia y entre las peñas de la derecha, yacían aún los
restos del _Plantagenet_, herrumbroso esqueleto, que se desgastaba
lentamente sin que hicieran caso de él ni los hombres ni los peces.
Sentado en la piedra, el codo en la rodilla y la barba sostenida en
los dedos; fijo y quieto como una esfinge; centinela en la puerta
de lo infinito; mirando siempre hacia adelante, y mirado por el mar
cuyas olas son una fisonomía, porque hablan, saludan, escarnecen,
injurian, escupen, sonríen, desprecian, se adormecen y braman de
coraje; atento al espectáculo de una gran perplejidad, que según él,
llenaba el universo todo, Daniel Morton decía:
—Lo que yo sospechaba es cierto. Morirá por mi causa y morirá de
pena. No se ha resignado aún á aceptar la solución que su familia la
propone, porque espera... pero al perder la esperanza, caerá, caerá
en ese horrible lazo, y exaltada por el espíritu de una religión
que ordena el padecer, doblará al fin la cabeza ante el ascetismo
y arrastrará miserable vida en un convento cristiano... Con buena
intención, porque su celo religioso y el entusiasmo por su falsa
doctrina son sinceros, esa noble señora y D. Angel, el discípulo del
Nazareno, han negado á su corazón el más dulce consuelo, ¡le han
prohibido á su hijo!... Esto da horror, y al pensarlo no hay en mi
corazón una sola fibra que clamando no proteste...
»¡Y pensar que con una sola palabra podré sacarla de ese infierno, y
devolverle su salud, su paz, su felicidad, la estimación del mundo,
y que con esta palabra volverá á sus brazos el pobre ángel espúreo,
que vive rechazado de todo el mundo, y escondido como la vergüenza ó
como un tesoro robado!... ¡Pensar que con una palabra puedo causar
tan grandes bienes y que esta palabra no se puede decir!... Pues se
dirá. Tengo por corazón una piedra; no soy hombre si no pronuncio esa
palabra. Soy un miserable, merezco ser perseguido eternamente por
mi conciencia y no tener un solo día de paz si consiento tan gran
desdicha: la pobre madre atormentada, el niño encubierto y confiado á
manos mercenarias...
Detúvose un instante. Su pensamiento, dando una vuelta, le mostró
otro hemisferio, y dijo entonces:
—¿Pero qué es lo que debo hacer? ¿qué debo decir? Una palabra que
es la apostasía infame de mi religión, el desprecio de Dios en cuya
santa idea crecí y crecieron antes mis honrados padres, y antes mis
abuelos, y del mismo modo las generaciones remotas, hasta llegar á
los que fueron elegidos para recibir la Ley directamente del mismo
Dios y enseñarla á todo el mundo. ¿Puede caber en mi cabeza la idea
de negar á Dios y negarle para abrazar otra fe?... ¡y qué fe!...
¡la de un falso profeta, la del Nazareno, en cuyo nombre hemos
sido dispersados, perseguidos, quemados é injuriados por espacio
de dieciocho siglos!... Y yo he de llegar al Nazareno y decirle:
«aquí me tienes á tus piés, aquí está el que se vanagloriaba de
no pertenecerte jamás, el que ha tratado de enaltecer á los suyos
para apartarles de caer en tí, aquí está el más soberbio de tus
enemigos»... Y yo he de decir á mi Jehová: «Ya no te pertenezco. Soy
como el siervo á quien su amo ha distinguido poniendo en él toda su
confianza; y hé aquí que este ingrato siervo huye de la casa de su
Señor, robándole, y después va á casa del enemigo y pide salario y
escarnece á su antiguo Señor»... Y todo ¿por qué? por una mujer...
por un amor poderoso, irresistible, pero que es cosa terrenal, y por
un hijo que adoro, pero que es un pobre gusano, indigno de atención
desde el momento en que aparece á su lado la presencia aterradora y
sublime del que hizo los cielos y la tierra...
Al llegar aquí, su pensamiento, sin pausa ni intermedio alguno, le
puso delante el primer hemisferio.
—Pero es que al considerar la desgracia de la amada de mi corazón,
he de recordar que yo soy autor de ella. Yo, yo sólo he causado
desdicha tan lastimosa. Ella era pura y felíz, yo turbé la paz de su
corazón, arrastrándola á la ignominia; yo la arranqué de aquel cielo
hermosísimo en que vivía su alma y la precipité en las tinieblas;
ahuyenté de su lado á los ángeles que velaban con misteriosa atención
su persona, y llené su corazón de culebras. Era como una flor y la
pisoteé. Había nacido para que su sola mirada derramase felicidad,
para que hasta su sombra hiciera nacer bienes por todas partes, y
yo de aquel claro astro he hecho una noche lóbrega, una obscuridad
llena de dolores que hace llorar á cuantos se le acercan... Yo tengo
la culpa de todo, yo causé su mal y lo causé con villanía, porque
oculté mi religión, que era un estorbo, y siendo enemigo me presenté
como amigo. Yo soy el autor de su desgracia. Y no hay remedio, no hay
sofisma que valga; esa desgracia debe ser reparada por mí. Si así
no es, no tengo idea de la justicia, no tengo noción del deber ni
del honor, y siendo extraño á la idea de justicia, no puedo ni aun
saber lo que es Dios... Mi deber es reparar esa desgracia y sacar á
la pobre mártir del potro en que está. No son sus tíos los que la
tuestan viva; soy yo, yo solo. Por consiguiente mi deber es salvarla.
Me lo ordena la justicia, que es Dios; el deber, que es Dios; la
verdad, que es Dios; la compasión, que es Dios. Me lo ordena también
la sociedad, y esta ley de recíproco respeto de la cual no podemos
prescindir... Sí... es preciso, es indispensable, fatal, inevitable;
y si así no lo hiciera, no habría nombre bastante vil en ninguna
lengua para vituperarme. Merezco morir y ser devorado por los perros,
sin que jamás mi cuerpo disfrute el descanso del sepulcro... Nadie
arrancará de mí esta convicción profunda que mete su raíz hasta lo
más hondo de mi pecho. Esto es la evidencia, la verdad pura...
Al llegar aquí, subía la marea y una ola extendió su lengua bordada
de espuma sobre la arena, mojando los piés del pensativo. Retiróse
entonces, subió al acantilado, y arrojado sobre las peñas, dijo así:
—No, no es posible que Dios y la justicia estén en desacuerdo. No
es posible que para ser fiel á un compromiso del corazón necesite
ser apóstata. Aquí hay algo que mi inteligencia limitada no puede
descubrir; hay sin duda un resorte misterioso, y es preciso que yo
lo busque y lo toque, porque esto ha de tener solución, porque lo
absurdo no puede prevalecer. ¡Oh! Dios mío, dame luz, díme dónde está
la salida de este horrible laberinto; muéstrame un resquicio, pues
salida ó hendidura ha de haber. Si no la hubiere, ¡oh, soberano Dios!
todo, empezando por tí, debería ser negado, y esto no puede ser...
»¿Pero cuál es en realidad mi pensamiento en religión? ¿Qué pienso,
qué creo yo? Conciencia, muéstrame lo que tienes más oculto, tu voz
más recóndita; lo que es aún menos que voz, un susurro que apenas
oigo yo mismo... ¿Qué creo yo? ¿Creo acaso que mi religión es la
única en que los hombres pueden salvarse, la única que contiene las
verdades eternas? No, felizmente sé remontar mi espíritu por encima
de todos los cultos, y puedo ver á mi Dios, el Dios único, el grande,
el terrible, el amoroso, el legislador, extendiéndose sobre todas las
almas y presidiéndolas con la sonrisa de su bondad infinita desde el
centro de toda substancia. Entonces, miserable, ¿qué te detiene? ¿No
hallas en el cristianismo las verdades eternas? Existen, sí; pero
desfiguradas y adulteradas... No, no puedo inclinarme á contemporizar
con una juxtaposición inútil, con la destrucción de la sencilléz, con
una fe que poco ó nada ha enseñado al mundo. Aborrezco esa idea con
todas las fuerzas de mi alma; y todo el odio venenoso que esa secta
alienta contra mí, se lo devuelvo centuplicado. No lo puedo remediar;
lo he mamado con la leche; lo traigo encendido en mis entrañas desde
el vientre de mi madre, y mi espíritu lo trajo también desde la nada.
Si cuando mi espíritu se eleva á la contemplación de la esencia
primera soy tolerante, expansivo, ámplio y generoso, al considerar
la idea cristiana, nuestro verdugo y nuestro cadalso, soy fanático
y brutal como los inquisidores católicos... y para mi tormento, el
sér que idolatro sale del tumulto aborrecido de esa secta, y se me
presenta lleno de gracia y luz, único sér á quien puedo absolver de
la responsabilidad cristiana, único sér á quien perdono los agravios
hechos á mi raza... ¡Oh, Dios, Dios!... ¿qué misterio es este, qué
enigma es este terrible y espantoso? Mi cabeza estalla como un
volcán... no sé qué pensar. Aquí hay algo, algo que mi limitada razón
no comprende. Dios mío, Dios de las inteligencias, ¿por qué has hecho
estas contradicciones horrorosas, y estos absurdos que hacen dudar de
la bondad de la creación y de la lógica del mundo?
El cielo comenzó á aclararse, la superficie del mar brillaba junto
al horizonte, tiñendo de amarillo sus ondas lejanas. Toda la tierra
empezó á inundarse de luz. Amanecía; pero Morton no advirtió nada,
porque en su mente continuaba la noche y un caos perpétuo.
—Más vale—dijo,—que continúe todo como ahora está, que siga su
deshonra, su vergüenza, la bárbara separación de la madre y el
hijo, mi soledad, el remordimiento implacable que me tritura las
entrañas. Quizás el tiempo nos consuele á todos... Ella entrará en
ese aborrecido convento, más triste que la sepultura, porque en él
se vive... No la veré más, no veré tampoco á mi hijo, porque será
escondido de mí, como se esconde del ladrón la joya. Crecerá y le
veré algún día sin conocerle... Le enseñarán á maldecir mi nombre y
mi sangre... ¿Y cómo se evita esto, cómo? ¡Si pudiera evitarse dando
la vida!... No; no se evitará con cien vidas, sino con una palabra
breve, como las que á todas horas pronuncian nuestros labios; pero
que encierra una idea, todas las ideas y el universo y la vida futura.
Después de breve pausa, añadió:
—Soy un miserable si no digo esa palabra, si no la digo clara, leal,
sin impostura. Lo pide á gritos cuanto hay en mí de sentimiento y
piedad. Soy un miserable si no digo esa palabra, si no cierro los
ojos á todo, á mi historia, á mi raza, á mi culto, á mi familia, y me
arrojo en brazos de la infame secta que aborrezco, de esa secta, que
sin duda no es tan mala como yo creo, porque á ella pertenece la que
reina en mi corazón.
Oprimióse la frente con ambas manos, como si quisiera sujetar una
idea que se le escapaba, y detener aquel remolino horrible de su
pensar; pero no pudo sustraerse á un razonamiento que le anonadó:
—¡Mi padre!... No, desde que adopte esta resolución ya no tengo
padre, ni madre, ni amigos... No quiero pensar en su enojo, en su
soledad. En mi familia se llora al hijo muerto; pero al renegado...
al renegado se le mirará como si no hubiera nacido. La imagen de mi
madre, que es personificación sublime de la consecuencia israelita,
me abruma más que mil razonamientos incontestables... ¡Mi madre, de
cuyos brazos escapé en silencio para venir aquí; mi madre que ha de
venir en mi seguimiento para detenerme; esa mujer que adora en mí
el orgullo de su raza y que morirá de seguro cuando sepa...! No, no
mil veces, esto no puede ser, no será. Si es imposible, si es como
beberse toda esa agua que tengo delante, si es como decirle á la
marea: «no subas más»... ¡Oh, Dios mío! ¿por qué me criáste si sabías
que había de llegar esta hora?
Levantóse frenético, y agitando los brazos, vuelta la cara hacia al
cielo, gritó desaforadamente:
—¡Oh, Señor, Señor, yo digo que tu obra no está bien así!
El día había avanzado considerablemente sin que él lo notase, y las
risueñas horas de la mañana viniendo unas en pos de otras, derramaban
claridad y alegría sobre los campos, reverdeciendo las húmedas
praderas. El día era tan bello y apacible cual si la Naturaleza,
sensible al enigma de la Redención, quisiera también celebrarlo. El
aire que mecía los árboles, las nubes que pomposamente discurrían por
el cielo con grave paso, dándose unas á otras la mano, el mar sonoro
y las flores, que por todas partes presentaban sus lindos rostros á
las caricias del sol, todo, todo estaba de fiesta en aquel día.
Bajando á la playa, recorrióla toda lentamente. Parecía que contaba
las arenas. Después se arrojó al suelo y contempló el mar que bajaba,
recogiendo sus láminas de espuma de minuto en minuto. La perplejidad
continuaba, y el péndulo seguía su atormentador movimiento. Pero al
fin, ya cerca de medio día, el extranjero se levantó. Dióse un golpe
en la frente, y mirando al cielo, dijo con la firmeza propia del que
ha tomado una resolución:
—Al fin, al fin, ya sé lo que debo hacer.