XX

¿Qué haré?

Daniel Morton y D. Buenaventura hablaron larguísimo rato.

El hebreo salió de la casa cuando todavía era noche obscura, pues la

luna, no queriendo esperar al sol, desapareció volviendo atrás el

rostro como novia enojada que huye de su amante observando si éste

la sigue. Sansón unióse á su amo; pero éste le dijo secamente que se

retirase á la casa dejándole solo.

Aparentando obedecer, Sansón le siguió desde lejos. Morton rodeó la

casa de Lantigua, y tomando el camino que conduce á la playa, bajó

lentamente, con las manos cruzadas á la espalda, la vista fija en el

suelo, cuando no la extendía por la negra inmensidad de los cielos

apagados ó por la del mar, cuya exclamación grave y mugidora le iba

ensordeciendo á medida que á él se acercaba.

Cuando sus piés se hundían en la arena y avanzaba hacia el fino y

húmedo suelo, que había pulido la última pleamar arrastrando sobre

él sus láminas de agua, sintió una especie de simpatía inexplicable,

y como un deseo de expansión y confianza semejante al que se

experimenta en presencia de un buen amigo. Morton miró las olas que

iban y venían con el más admirable ritmo que existe en lo creado, y

mirándolas sacó del caos de su espíritu esta pregunta: «¿qué haré?»

En la playa había una piedra enorme arrancada por las olas á

un acantilado cercano. Sobre aquella piedra se sentó Daniel,

contemplando el mar grave y cadencioso, especie de péndulo inmenso

que determina un secreto equilibrio. En aquel mar, en su voz

semejante al zumbar de un cerebro donde hierven las ideas, en el

resoplido de sus olas y en aquel latido de su enorme vida corriendo

sin cesar del fondo á la playa y de la playa al fondo, vió Morton

perfecta imagen de la perplejidad en que se hallaba su espíritu.

A poca distancia y entre las peñas de la derecha, yacían aún los

restos del _Plantagenet_, herrumbroso esqueleto, que se desgastaba

lentamente sin que hicieran caso de él ni los hombres ni los peces.

Sentado en la piedra, el codo en la rodilla y la barba sostenida en

los dedos; fijo y quieto como una esfinge; centinela en la puerta

de lo infinito; mirando siempre hacia adelante, y mirado por el mar

cuyas olas son una fisonomía, porque hablan, saludan, escarnecen,

injurian, escupen, sonríen, desprecian, se adormecen y braman de

coraje; atento al espectáculo de una gran perplejidad, que según él,

llenaba el universo todo, Daniel Morton decía:

—Lo que yo sospechaba es cierto. Morirá por mi causa y morirá de

pena. No se ha resignado aún á aceptar la solución que su familia la

propone, porque espera... pero al perder la esperanza, caerá, caerá

en ese horrible lazo, y exaltada por el espíritu de una religión

que ordena el padecer, doblará al fin la cabeza ante el ascetismo

y arrastrará miserable vida en un convento cristiano... Con buena

intención, porque su celo religioso y el entusiasmo por su falsa

doctrina son sinceros, esa noble señora y D. Angel, el discípulo del

Nazareno, han negado á su corazón el más dulce consuelo, ¡le han

prohibido á su hijo!... Esto da horror, y al pensarlo no hay en mi

corazón una sola fibra que clamando no proteste...

»¡Y pensar que con una sola palabra podré sacarla de ese infierno, y

devolverle su salud, su paz, su felicidad, la estimación del mundo,

y que con esta palabra volverá á sus brazos el pobre ángel espúreo,

que vive rechazado de todo el mundo, y escondido como la vergüenza ó

como un tesoro robado!... ¡Pensar que con una palabra puedo causar

tan grandes bienes y que esta palabra no se puede decir!... Pues se

dirá. Tengo por corazón una piedra; no soy hombre si no pronuncio esa

palabra. Soy un miserable, merezco ser perseguido eternamente por

mi conciencia y no tener un solo día de paz si consiento tan gran

desdicha: la pobre madre atormentada, el niño encubierto y confiado á

manos mercenarias...

Detúvose un instante. Su pensamiento, dando una vuelta, le mostró

otro hemisferio, y dijo entonces:

—¿Pero qué es lo que debo hacer? ¿qué debo decir? Una palabra que

es la apostasía infame de mi religión, el desprecio de Dios en cuya

santa idea crecí y crecieron antes mis honrados padres, y antes mis

abuelos, y del mismo modo las generaciones remotas, hasta llegar á

los que fueron elegidos para recibir la Ley directamente del mismo

Dios y enseñarla á todo el mundo. ¿Puede caber en mi cabeza la idea

de negar á Dios y negarle para abrazar otra fe?... ¡y qué fe!...

¡la de un falso profeta, la del Nazareno, en cuyo nombre hemos

sido dispersados, perseguidos, quemados é injuriados por espacio

de dieciocho siglos!... Y yo he de llegar al Nazareno y decirle:

«aquí me tienes á tus piés, aquí está el que se vanagloriaba de

no pertenecerte jamás, el que ha tratado de enaltecer á los suyos

para apartarles de caer en tí, aquí está el más soberbio de tus

enemigos»... Y yo he de decir á mi Jehová: «Ya no te pertenezco. Soy

como el siervo á quien su amo ha distinguido poniendo en él toda su

confianza; y hé aquí que este ingrato siervo huye de la casa de su

Señor, robándole, y después va á casa del enemigo y pide salario y

escarnece á su antiguo Señor»... Y todo ¿por qué? por una mujer...

por un amor poderoso, irresistible, pero que es cosa terrenal, y por

un hijo que adoro, pero que es un pobre gusano, indigno de atención

desde el momento en que aparece á su lado la presencia aterradora y

sublime del que hizo los cielos y la tierra...

Al llegar aquí, su pensamiento, sin pausa ni intermedio alguno, le

puso delante el primer hemisferio.

—Pero es que al considerar la desgracia de la amada de mi corazón,

he de recordar que yo soy autor de ella. Yo, yo sólo he causado

desdicha tan lastimosa. Ella era pura y felíz, yo turbé la paz de su

corazón, arrastrándola á la ignominia; yo la arranqué de aquel cielo

hermosísimo en que vivía su alma y la precipité en las tinieblas;

ahuyenté de su lado á los ángeles que velaban con misteriosa atención

su persona, y llené su corazón de culebras. Era como una flor y la

pisoteé. Había nacido para que su sola mirada derramase felicidad,

para que hasta su sombra hiciera nacer bienes por todas partes, y

yo de aquel claro astro he hecho una noche lóbrega, una obscuridad

llena de dolores que hace llorar á cuantos se le acercan... Yo tengo

la culpa de todo, yo causé su mal y lo causé con villanía, porque

oculté mi religión, que era un estorbo, y siendo enemigo me presenté

como amigo. Yo soy el autor de su desgracia. Y no hay remedio, no hay

sofisma que valga; esa desgracia debe ser reparada por mí. Si así

no es, no tengo idea de la justicia, no tengo noción del deber ni

del honor, y siendo extraño á la idea de justicia, no puedo ni aun

saber lo que es Dios... Mi deber es reparar esa desgracia y sacar á

la pobre mártir del potro en que está. No son sus tíos los que la

tuestan viva; soy yo, yo solo. Por consiguiente mi deber es salvarla.

Me lo ordena la justicia, que es Dios; el deber, que es Dios; la

verdad, que es Dios; la compasión, que es Dios. Me lo ordena también

la sociedad, y esta ley de recíproco respeto de la cual no podemos

prescindir... Sí... es preciso, es indispensable, fatal, inevitable;

y si así no lo hiciera, no habría nombre bastante vil en ninguna

lengua para vituperarme. Merezco morir y ser devorado por los perros,

sin que jamás mi cuerpo disfrute el descanso del sepulcro... Nadie

arrancará de mí esta convicción profunda que mete su raíz hasta lo

más hondo de mi pecho. Esto es la evidencia, la verdad pura...

Al llegar aquí, subía la marea y una ola extendió su lengua bordada

de espuma sobre la arena, mojando los piés del pensativo. Retiróse

entonces, subió al acantilado, y arrojado sobre las peñas, dijo así:

—No, no es posible que Dios y la justicia estén en desacuerdo. No

es posible que para ser fiel á un compromiso del corazón necesite

ser apóstata. Aquí hay algo que mi inteligencia limitada no puede

descubrir; hay sin duda un resorte misterioso, y es preciso que yo

lo busque y lo toque, porque esto ha de tener solución, porque lo

absurdo no puede prevalecer. ¡Oh! Dios mío, dame luz, díme dónde está

la salida de este horrible laberinto; muéstrame un resquicio, pues

salida ó hendidura ha de haber. Si no la hubiere, ¡oh, soberano Dios!

todo, empezando por tí, debería ser negado, y esto no puede ser...

»¿Pero cuál es en realidad mi pensamiento en religión? ¿Qué pienso,

qué creo yo? Conciencia, muéstrame lo que tienes más oculto, tu voz

más recóndita; lo que es aún menos que voz, un susurro que apenas

oigo yo mismo... ¿Qué creo yo? ¿Creo acaso que mi religión es la

única en que los hombres pueden salvarse, la única que contiene las

verdades eternas? No, felizmente sé remontar mi espíritu por encima

de todos los cultos, y puedo ver á mi Dios, el Dios único, el grande,

el terrible, el amoroso, el legislador, extendiéndose sobre todas las

almas y presidiéndolas con la sonrisa de su bondad infinita desde el

centro de toda substancia. Entonces, miserable, ¿qué te detiene? ¿No

hallas en el cristianismo las verdades eternas? Existen, sí; pero

desfiguradas y adulteradas... No, no puedo inclinarme á contemporizar

con una juxtaposición inútil, con la destrucción de la sencilléz, con

una fe que poco ó nada ha enseñado al mundo. Aborrezco esa idea con

todas las fuerzas de mi alma; y todo el odio venenoso que esa secta

alienta contra mí, se lo devuelvo centuplicado. No lo puedo remediar;

lo he mamado con la leche; lo traigo encendido en mis entrañas desde

el vientre de mi madre, y mi espíritu lo trajo también desde la nada.

Si cuando mi espíritu se eleva á la contemplación de la esencia

primera soy tolerante, expansivo, ámplio y generoso, al considerar

la idea cristiana, nuestro verdugo y nuestro cadalso, soy fanático

y brutal como los inquisidores católicos... y para mi tormento, el

sér que idolatro sale del tumulto aborrecido de esa secta, y se me

presenta lleno de gracia y luz, único sér á quien puedo absolver de

la responsabilidad cristiana, único sér á quien perdono los agravios

hechos á mi raza... ¡Oh, Dios, Dios!... ¿qué misterio es este, qué

enigma es este terrible y espantoso? Mi cabeza estalla como un

volcán... no sé qué pensar. Aquí hay algo, algo que mi limitada razón

no comprende. Dios mío, Dios de las inteligencias, ¿por qué has hecho

estas contradicciones horrorosas, y estos absurdos que hacen dudar de

la bondad de la creación y de la lógica del mundo?

El cielo comenzó á aclararse, la superficie del mar brillaba junto

al horizonte, tiñendo de amarillo sus ondas lejanas. Toda la tierra

empezó á inundarse de luz. Amanecía; pero Morton no advirtió nada,

porque en su mente continuaba la noche y un caos perpétuo.

—Más vale—dijo,—que continúe todo como ahora está, que siga su

deshonra, su vergüenza, la bárbara separación de la madre y el

hijo, mi soledad, el remordimiento implacable que me tritura las

entrañas. Quizás el tiempo nos consuele á todos... Ella entrará en

ese aborrecido convento, más triste que la sepultura, porque en él

se vive... No la veré más, no veré tampoco á mi hijo, porque será

escondido de mí, como se esconde del ladrón la joya. Crecerá y le

veré algún día sin conocerle... Le enseñarán á maldecir mi nombre y

mi sangre... ¿Y cómo se evita esto, cómo? ¡Si pudiera evitarse dando

la vida!... No; no se evitará con cien vidas, sino con una palabra

breve, como las que á todas horas pronuncian nuestros labios; pero

que encierra una idea, todas las ideas y el universo y la vida futura.

Después de breve pausa, añadió:

—Soy un miserable si no digo esa palabra, si no la digo clara, leal,

sin impostura. Lo pide á gritos cuanto hay en mí de sentimiento y

piedad. Soy un miserable si no digo esa palabra, si no cierro los

ojos á todo, á mi historia, á mi raza, á mi culto, á mi familia, y me

arrojo en brazos de la infame secta que aborrezco, de esa secta, que

sin duda no es tan mala como yo creo, porque á ella pertenece la que

reina en mi corazón.

Oprimióse la frente con ambas manos, como si quisiera sujetar una

idea que se le escapaba, y detener aquel remolino horrible de su

pensar; pero no pudo sustraerse á un razonamiento que le anonadó:

—¡Mi padre!... No, desde que adopte esta resolución ya no tengo

padre, ni madre, ni amigos... No quiero pensar en su enojo, en su

soledad. En mi familia se llora al hijo muerto; pero al renegado...

al renegado se le mirará como si no hubiera nacido. La imagen de mi

madre, que es personificación sublime de la consecuencia israelita,

me abruma más que mil razonamientos incontestables... ¡Mi madre, de

cuyos brazos escapé en silencio para venir aquí; mi madre que ha de

venir en mi seguimiento para detenerme; esa mujer que adora en mí

el orgullo de su raza y que morirá de seguro cuando sepa...! No, no

mil veces, esto no puede ser, no será. Si es imposible, si es como

beberse toda esa agua que tengo delante, si es como decirle á la

marea: «no subas más»... ¡Oh, Dios mío! ¿por qué me criáste si sabías

que había de llegar esta hora?

Levantóse frenético, y agitando los brazos, vuelta la cara hacia al

cielo, gritó desaforadamente:

—¡Oh, Señor, Señor, yo digo que tu obra no está bien así!

El día había avanzado considerablemente sin que él lo notase, y las

risueñas horas de la mañana viniendo unas en pos de otras, derramaban

claridad y alegría sobre los campos, reverdeciendo las húmedas

praderas. El día era tan bello y apacible cual si la Naturaleza,

sensible al enigma de la Redención, quisiera también celebrarlo. El

aire que mecía los árboles, las nubes que pomposamente discurrían por

el cielo con grave paso, dándose unas á otras la mano, el mar sonoro

y las flores, que por todas partes presentaban sus lindos rostros á

las caricias del sol, todo, todo estaba de fiesta en aquel día.

Bajando á la playa, recorrióla toda lentamente. Parecía que contaba

las arenas. Después se arrojó al suelo y contempló el mar que bajaba,

recogiendo sus láminas de espuma de minuto en minuto. La perplejidad

continuaba, y el péndulo seguía su atormentador movimiento. Pero al

fin, ya cerca de medio día, el extranjero se levantó. Dióse un golpe

en la frente, y mirando al cielo, dijo con la firmeza propia del que

ha tomado una resolución:

—Al fin, al fin, ya sé lo que debo hacer.

Gloria (segunda parte) · 第 24 / 45 题