Espinas, clavos, azotes, cruz.
—Tú me dijíste que aceptabas esta cruz como expiación.
—Sí la acepté—dijo la infelíz, después de una pausa en que Serafinita
aguardó con impaciencia la contestación.—La acepté, pero luégo...
luégo, querida tía, sentí que no podía, que no podía resignarme
á ella; no tuve valor, mentí, disimulé, engañé á todos los de
casa, salí ocultamente, después de sobornar á Mundideo para que me
acompañara... Me porté mal, lo reconozco; pero el grito que sale de
mis entrañas puede más que todo, y cuando él suena en mí no puedo
dominarme, ni ser santa como usted dice, ni resignarme á padecer,
ni llevar la cruz, ni clavarme clavos, ni beber cálices, ni ponerme
corona de espinas.
—Hija mía, cada vez me causa más alarma y miedo ver en tí ese
desasosiego que te aleja de la perfección. Tú no estás curada ni
puedes estarlo, mientras no hagas un esfuerzo supremo, el último
esfuerzo de tu alma pecadora para coger á Dios que se te escapa.
Estás llena de ansiedades incomprensibles, de dudas horrendas. No
conoces ese admirable fruto del Espíritu Santo que llamamos paz.
—¡Paz!—dijo Gloria con desaliento.—Temo que nunca jamás vuelva á
haberla en mi alma.
—Hablas como el réprobo, hija mía. Te hace falta gracia; pero te
advierto que lo primero que ha de hacerse para tener gracia es
desearla.
—La deseo.
—Pedirla fervorosamente á Dios.
—La pido.
—Es indispensable ponerte en estado de merecerla, sacrificando á
Dios todos tus afectos, todos tus deseos terrenos, todo lo que te
liga á este mundo; desprendiéndote de todo, absolutamente de todo,
para no poseer más que á Dios; renunciando á tener voluntad propia;
convenciéndote de que vivimos desterrados en este mundo, de que nada
existe bajo el sol que no sea digno de ser despreciado y trocado
por la única ganancia real que es Dios. Es preciso que te rodees de
tinieblas para que el Señor se digne rodearte de luz; que te anonades
y te humilles y te niegues á tí misma; que te sujetes de todo corazón
á Dios para poder obtener la verdadera libertad de espíritu; que
vivas constantemente mortificada para que no puedas ser tentada;
que te creas vil y despreciable para que tu miseria te redima; que
renuncies al deseo de saber cosas ocultas y hondas, y abraces la
mejor sabiduría y la filosofía mejor que consisten en no tenerse en
nada á sí mismo; que no abrigues vanidad de cosa alguna, porque la
mayor vanagloria es el desdén de sí mismo; que apartes tu corazón del
amor de las cosas visibles para llenarlo de las invisibles.
Dijo estas palabras doña Serafina con emoción tan profunda y tal
acento de convicción, que era imposible oirlas sin asombro.
Gloria cruzó las manos sobre el pecho, y con acento de fe respondió:
—A todo renuncio; pero no acierto á renunciar á mi hijo. Me desprecio
como mujer; pero como madre no puedo hacerlo. Arranco de mi corazón
todos los sentimientos menos éste que me da vida. Ofrezco á Dios todo
lo que hay en mí; pero no puedo ofrecerle como un homenaje piadoso la
negación de mis derechos y de mis goces de madre. ¿No es esto noble,
no es esto santo, no es esto divino también, tan divino por lo menos
como esa perfección que consiste en negarse á sí mismo?
—Sí, noble, santo, divino también es ese sentimiento—dijo
Serafinita.—¿Quién lo duda? En la forma de la maternidad fué
enaltecida sobre todos los séres humanos la mujer que subió al cielo
en cuerpo y alma. Los sentimientos maternales son puros y santos
sobre todo encomio, hija mía, aunque jamás, no siendo por gracia
especial del cielo, enaltecerán tanto como el estado de perfección
infundido por los que llamamos _Consejos del Evangelio_: «pobreza
voluntaria, estado de castidad absoluta y vida de obediencia...» Esta
es la luz que he puesto ante tus ojos, adorada hija mía, induciéndote
á seguirla...
—Pero yo me hallo en circunstancias excepcionales—dijo Gloria
defendiéndose angustiadamente.—Yo soy madre.
Había en su exclamación el ahogado gemido del que en sueños lucha con
un mónstruo sin poderlo vencer.
—¡Eres madre!—repuso Serafinita moviendo la cabeza en señal de que
esperaba tal argumento.—Sí; pero ¿de qué modo? ¿Qué leyes divinas
ó humanas han presidido á tu estado? Gloria, Gloria, por amor de
Jesucristo, empapa tu alma en mis ideas. No hables de maternidad.
Pues qué ¿á una mujer casada, á una mujer coronada con esa guirnalda
divina de los hijos legítimamente habidos y recibidos con júbilo por
la Iglesia y la sociedad; á una mujer de estas me atrevería yo á
decirle: «deja á tus hijos, renuncia á los afectos terrenos, niégate
á tí misma, no te ocupes más que en la meditación, en la abstinencia,
en el amor único y exclusivo de las cosas santas?» ¿Me crees loca?
Esto sería un absurdo, una falta de caridad, una aberración del
sentimiento religioso. Pero á tí, que has caído en la ignominia,
á tí que no te hallas atada á ningún varón por los lazos del
Sacramento, á tí que has sido madre por el crimen y tu escandaloso
y sacrílego amor, te digo, sí, te digo mil veces: «Renuncia á tu
hijo, no por dureza de sentimientos, sino por penitencia; no como
desnaturalización, sino como castigo. Has cometido grandísima
falta, has ofendido á tu Dios. Pues ofrécele el único deleite que
existe en tu corazón, el cariño maternal... ¿Ese cariño te sirve de
consuelo? Pues no tienes derecho á consuelo ninguno... ¿Quieres ser
redimida? Pues no hay redención sin pasión, sin cruz... ¿Adoras á
ese niño infelíz que no debió haber nacido? Pues sacrifica á Dios
este sentimiento... Necesitas irremisiblemente una cruz, pero una
cruz pesada, porque tu culpa ha sido enorme. Pues bien, toma esa que
tu mismo Dios te propone, tómala y anda con ella... La maternidad
podría hacerte felíz, y tú, si quieres salvarte, no debes ser felíz
de ningún modo. Si para tí no debe haber ya más que dolores, ¿por
qué te apegas á los goces? Mientras más noble es el sentimiento que
te deleita, más grande será el mérito de tu sacrificio, porque se ha
dicho: «Y cualquiera que dejare casas ó hermanos ó padres ó hijos por
mi nombre, recibirá cien veces tanto y heredará la vida eterna.»
—¡Oh, qué cruz tan pesada, tan espantosa!—exclamó Gloria elevando sus
brazos.
—Hija mía, no interpretes mal esto que no es imposición mía, sino
simplemente exhortación y consejo—dijo Serafinita tomándole las
manos y estrechándoselas con amor;—no creas que yo predico la
desnaturalización, no. Pero á la altura de tu falta ha de estar tu
purgatorio. Cuando necesitas cargar una cruz muy pesada para ser
recibida arriba, no has de llevar una caña. Sacrificando niñerías,
caprichos vanos y cosas de poco valor, no se gana la vida eterna. Es
preciso arrancar del corazón la fibra más sensible, arrojar la joya
de más precio, matar lo grande, lo querido y lo entrañable, meter la
espada en lo más hondo, llorar mares de lágrimas, padecer, padecer
mucho y siempre padecer. Esta es la clave del cristiano, amor mío.
Ya sabes que en el día de hoy celebramos el augusto sacrificio de la
víctima del Calvario, del divino cordero. Fija tu pensamiento en este
ejemplo sublime, y considera que es necesario que nos crucifiquemos
para parecernos á El y entrar en su reino.
—¡Crucificarme! ¿No lo estoy ya?—dijo Gloria extendiendo los brazos
en cruz.
—Pero no basta crucificarte como mujer, sino como madre. Viviendo
como vives, estás expuesta á mil peligros, y esa maternidad que
tanto adoras es un lazo funesto que te une sin quererlo al autor
de todas tus desdichas. Vivirás sujeta á horribles tentaciones. Ya
sabes que Job lo ha dicho: «La vida del hombre sobre la tierra es una
tentación.» Además, el que todo lo sabe ha dicho: «Si tu mano ó tu
pié te fuere ocasión de pecar, córtalos y échalos de tí.»
—Es verdad, es verdad.
—Hija mía—añadió la señora besando con cariño á la atribulada
joven,—mete la mano en tu corazón, tócalo y observa si el amor de
ese niño y la llama infame á cuyo primer fuego debió la vida, no se
confunden el uno con la otra.
Gloria callaba. Parecía que en efecto metía la mano en su corazón y
tanteaba llamas.
—¿Callas?
—No sé qué responder—dijo la infelíz dejando caer sus brazos con
desaliento.—Mi alma está acongojada, y en mi pensamiento todo es
confusión, desvarío. No sé lo que pienso ni lo que siento, porque
estoy llena de terrores, de angustias, de presagios, de deseos, y no
puedo tomar resolución alguna, porque cada esfuerzo de mi voluntad es
seguido de un desfallecimiento que me mata.
—Pues yo te ofrezco los medios para salir de ese estado, y los
rechazas. Te señalo el amor exclusivo de Dios como término dulcísimo
de tus ansias, ¡y dudas todavía!... Desarraiga todo amor criado, y
entrará en tí la gracia como un torrente. Retira tus ojos de toda
criatura y verás el rostro del Criador. Sepárate de cuanto ves
y estarás unida á El eternamente. Cierra tus oídos á la música
fascinadora de los afectos pasajeros, y oirás en tu interior el habla
del Señor Dios. ¡Bienaventurados los oídos que no escuchan la voz que
viene de fuera, sino la verdad que habla y enseña interiormente!...
Nadie mejor que yo puede darte estos consejos, porque en mí no
sospecharás egoísmo. He hecho voto de pobreza, he repartido mi
fortuna entre los pobres y las hijas de mi hermano. Desengañada de
las vanidades del mundo, me disponía á entrar en un santo retiro,
cuando supe tu desgracia. Esto me detuvo, y sentí en mi conciencia el
habla dulcísima de mi Dios que me dijo: «Ve y tráemela»...
»¡Hija de mi corazón! Corrí á tu lado, te asistí en tu enfermedad
como pudiera hacerlo la madre más cariñosa; pero mi orgullo no se
cifraba en librarte de la muerte física, sino de la muerte moral,
que es la condenación eterna. Te exhorté, te puse mil ejemplos ante
la vista, lloramos juntas, te he tratado con dulzura, con ardiente
cariño y sin dureza ni altanería; que en las conquistas cristianas
la humillación trae la victoria. Yo no puedo consentir que tu alma
nobilísima arda en los infiernos por un extravío pasajero, y seguiré
exhortándote hasta que me arrojes á golpes. Mientras tenga lengua
te diré: «Ven, ven, hija mía, ven conmigo á esa morada pacífica
y solitaria donde tu alma se purificará por la oración, por la
humildad, por la penitencia, recibiendo, al modo de una ablución
divina, la gracia que ha de regenerarla.» Allí tu corazón se limpiará
de esa escoria tenebrosa por la llama del divino amor, que irá
creciendo, creciendo, hasta producirte los más dulces arrobos, y la
gratísima previsión del reino de los cielos, sólo concedidos á los
que todo lo dejan por el Amado, y al Amado consagran cuanto en la
persona humana existe de espiritual y divino...
—¡El convento!—murmuró Gloria dando en su lecho una angustiosa
vuelta.—No me asusta el encierro... pero allí no veré á mi hijo.
—El que hizo el mundo, el que se hizo hombre por redimirnos, el que
fué sacrificado por nuestro amor es el primero de todos los amores,
hija mía—declaró Serafinita, derramando sin cesar lágrimas de emoción
y piedad.—¿Es posible, es posible que no te convenzas todavía?
Gloria cerró los ojos, y como el que se hunde en los abismos de un
letargo, contestó desde dentro con profunda voz, que apenas hacía
mover sus labios:
—Todavía no.
—¡Miserable de mí, mil veces miserable—exclamó doña Serafina con
patético dolor,—que no tengo fuerzas, ni elocuencia para salvar á un
alma querida!
—Usted es una santa—dijo Gloria abriendo los ojos y ofreciendo sus
brazos á su tía para estrecharla en ellos.
—Soy una infelíz que he aspirado á ejercer el ministerio de los
apóstoles, y Dios me castiga por mi soberbia.
—Usted es una santa—repitió la joven,—pero... nunca ha sido madre.
La noble señora no contestó. Observaba la creciente desfiguración de
las facciones de su sobrina.
—¿Qué tienes?
—Una cosa que sería deseo de morir—repuso Gloria con abatimiento,—si
no siguiera viviendo mi hijo.
—¿Tienes sueño?
—La pereza de la muerte; pero con esto se duerme.
—Debes descansar.
—No puedo... No se separe usted de mí. Si me quedo sola pensaré cosas
malas. ¿Qué hora es?
—Ya amanece. Jueves Santo, hija mía. ¡El día más hermoso para
salvarse!
Gloria trató de decir algo; pero entróle una congoja penosísima; su
corazón oprimido latía con fuerza, y era tal la sofocación de su
pecho, que Serafinita le retiró las sábanas para que el peso de ellas
no le molestase. Movióse la infelíz con febril inquietud en el lecho,
y su hermosa cabeza, con los negros cabellos en desorden, echábase
violentamente hacia atrás. Por último se llevó ambas manos al pecho y
oprimiéndoselo, cual si quisiera detener allí alguna cosa que se le
escapaba, gritó con voz ronca:
—Señor, Señor, no puedo.
Su tía procuró tranquilizarla. Al fin iba cayendo la joven en un
estado semejante al sopor. Serafinita notó que sus sienes latían
violentamente y que su respiración era fatigosa. Pero seguía
aletargada, y como esto tranquilizara á la buena señora, arrodillóse
junto á la cama y empezó á rezar con el mayor recogimiento.