Pasión, sacrificio, muerte.
—Acuéstate—dijo á Gloria doña Serafina, cuando se quedaron solas en
la alcoba de aquélla, después de bajar D. Buenaventura y de salir
Francisca, á quien la señora mandó retirarse.—Estás cansada.
—Sí, mucho—murmuró Gloria con desfallecimiento, apoyando su cabeza en
la palma de la mano y el codo en el lecho.
—Acuéstate—repitió doña Serafina quitando el mantón á su
sobrina.—Ven, te desnudaré.
—No tengo fuerzas para nada—dijo Gloria, dejando caer los brazos
después que se incorporó un instante.—Haga usted el favor de llamar á
Francisca, no tengo fuerzas para nada.
—Yo estoy aquí—indicó la señora desabrochándole el vestido.
—No, tía, por Dios, yo lo haré.
Después doña Serafina se arrodilló delante de ella, con objeto de
descalzarla.
—No... tía, ¡por amor de Dios!—exclamó la joven rechazando con rubor
aquel servicio.—¡Usted de rodillas delante de mí, usted como una
criada!
—Así comprenderás la humildad—dijo Serafinita.—¿Qué importa que yo
sea tu criada? Debemos creernos siempre inferiores á los demás. La
mejor manera de conservar la humildad es creer que todos valen más que
nosotros.
—No, no lo puedo consentir.
—Me causarás pena si te opones á que te sirva, querida hija. Déjame.
Es mi gusto. Tú necesitas de mi auxilio porque estás fatigada, pobre
y desgraciada niñita.
—En fin, entre las dos saldremos del paso.
Gloria procuró vencer su cansancio, y al fin reposó en su lecho, del
cual había salido tres horas antes. Los gallos cantaban más fuerte,
anunciando la proximidad del día.
—¿Quieres tomar algo?
—No, querida tía, gracias.
—¿Tienes sueño?
—Tampoco.
—¿Te molesta mi compañía? ¿Quieres que me vaya ó que me quede?
—Que no se separe usted de mí es lo que deseo; pero no quiero que
usted esté en vela por mí.
—¿Te agrada mi compañía?
—Mucho... Me consuela mucho oir su voz... Yo quisiera hablar algo
también. Tengo muchas cosas que decir.
—Pues dímelas.
—O mejor será que me calle. Si no está usted muy cansada, querida
tía, no me deje sola, porque no dormiré y estaré pensando horribles
disparates... Pensaré mucho en el afán que me ha sacado de mi casa á
hurtadillas tres noches, y en otras cosas que me turban mucho.
—Te acompañaré si quieres.
—Siéntese usted ahí, junto á mi cama, y repréndame por mi mala
conducta. No debí hacer lo que he hecho, ¿verdad?
—Quizá esta falta no sea tan grande como tú crees.
—¿Merece perdón?
—Sí, merece perdón, y yo te lo doy con toda mi alma—repuso
amorosamente Serafinita, poniendo su suave y blanca mano sobre el
angustiado seno de Gloria.—¿Has podido creer otra cosa en mí? ¿Has
visto en mí alguna vez crueldad, violencia ó coacción brutal? ¿He
empleado otros medios que la exhortación, el ruego y el natural
influjo que los mayores ejercen sobre los pequeñitos, sobre los
niños...? Porque tú eres una niña, un tierno arbolito al cual es
preciso guiar y poner derecho para que jamás y por ninguna causa
se tuerza de nuevo. La prohibición de ver á tu hijo y la dura ley
de tenerle alejado de tí en estas circunstancias, no es mía, es de
nuestro común padre espiritual, de mi bendito hermano Angel; ya sabes
que debemos obediencia ciega al prelado y respeto al hermano.
—Mi tío es muy santo, muy bueno; yo le respeto y le quiero mucho;
pero en este caso... no sé... yo creo que su conducta conmigo y con
mi pobre hijo desvalido no es la más generosa ni la más humana.
—Por todos los santos, niña mía—dijo doña Serafina con aflicción,—por
tu alma, querida, que está en grandísimo peligro, no digas tales
cosas. Ese es tu flaco, la soberbia, la independencia de juicio,
la crítica, la perversa crítica de actos y de ideas emanadas de la
autoridad. Hija de mi corazón, mientras no te sometas por entero,
no tendrás paz; mientras no renuncies á ese perverso juicio de las
determinaciones superiores, no alcanzará tu espíritu sencilléz ni
pureza, ni la humildad que ha de acercarte á Dios.
—No lo puedo remediar, querida madre, por más que trato de sojuzgar
mi entendimiento, por más que le pongo ligaduras y le azoto y le
pisoteo... sí, todo eso hago... pero aun haciéndolo así no puedo
conseguir nada. Todas las fuerzas de mi espíritu no pueden obligar
al pensamiento á que se convenza de que un hijo desvalido debe estar
separado absolutamente de la madre que le dió el sér, de que eso
no es una violación de las leyes más santas, y de que Dios aprueba
crueldad tan grande.
—¡Oh, hija mía, expresada de ese modo tu querella parece razonable!
¡Qué horrible cosa! ¡Separar á un hijo de su madre, privarle á él de
las caricias y de los cuidados de la que le llevó en sus entrañas!...
¡Quitarle á ella el goce más puro y el afán más legítimo que en
humano corazón puede existir, después del amor y del goce de Dios!...
¡Qué barbarie! En efecto, dicho así, parece el caso presente un
ejemplo del más fiero y despiadado rigor.
—Es verdad que lo parece, ¡ay!
—Te tengo lástima, la compasión más viva que se puede tener por una
criatura—dijo Serafinita apartando su mano del pecho de la joven,
como una divinidad que retira su protección.—Hablas y piensas vulgar
y torpemente con las vanas ideas de los necios y los soberbios.
No penetras el sentido de las cosas, porque no eres sencilla y
humilde en tu criterio, porque no tienes el desprecio de tu propio
juicio, que es lo que conduce á entender las más elevadas cosas sin
trabajo, por la misteriosa luz que se recibe del cielo... Ven acá y
díme; ¿acaso mi hermano te ha negado en absoluto las delicias de la
maternidad? ¿Acaso ha mostrado saña ó prevención contra ese pobre
niño? ¿No te envió su bendición para tí y para él, no te escribió
diciéndote que te ama hoy como antes, que te perdona todos tus
yerros, que se enternece sólo de pensar en esa inocente criatura que
has dado á luz, y que la ama con paternal cariño?...
—Sí, es verdad, es verdad...—repuso Gloria anegada en llanto.—Yo sé
que mi tío es el mejor de los hombres... yo también le adoro á él...
pero...
—¿Pero qué?... ¡Ay! pobre hija de mi corazón, siento que mis palabras
claven otra vez el cuchillo en tu reciente herida no curada; pero
es preciso. No, no basta concebir un hijo y darlo á luz para tener
derecho á los inefables goces de la maternidad. No ha nacido, no,
ese desdichado niño, á quien pusimos por nombre Jesús para que hasta
el nombre indique nuestro deseo de criarlo en Jesucristo; no nació,
digo, ese infelíz niño de padres unidos por el Sacramento; no nació
entre las aclamaciones alegres de una familia, ni entre el regocijo
de la Iglesia nuestra madre; no nació rodeado de esa aureola de
honra y felicidad que circunda al heredero de una familia ilustre;
no nació deseado, sino temido; no nació como una esperanza sino
como un horror, y tú misma, al sentir en tu seno las palpitaciones
que eran aviso de esa vida nueva que arrancaba de tí, no temblabas
de alborozo sino de vergüenza, porque lo que en el orden natural
hubiera sido el más dulce consuelo de tu alma y la gala más rica de
tu familia y de tu nombre, era en este caso la encarnación de tu
infamia. Nació inocente, sí, y sin más culpa que la que todos al
nacer traemos; nació digno de ser amado y educado; pero no nació en
la sacrosanta ley de la familia cristiana. Lleva en sí el baldón
de tu ignominiosa caída, de tu caída, que no vacilo en recordarte,
porque tu mayor gloria es padecer, y sólo padeciendo has de
regenerarte... ¿Has olvidado que tu caída es la más deshonrosa que se
puede imaginar? Jamás el demonio tendió lazo más horrible. Escogió la
mejor criatura para víctima, y para cebo... un hombre de raza maldita
por Dios, la cual expía el crimen de deicidio con su dispersión y
envilecimiento.
Gloria que había oído la anterior arenga con indecible congoja,
sintió, al llegar el último punto, que sus cabellos se erizaban, que
sus músculos se contraían, que su sangre se paralizaba... Extendió
una mano como para imponer silencio á la señora, y con la otra se
oprimió la frente.
—Te mortifico—dijo Serafinita.—Callaré, pues, porque no puedo faltar
á la caridad. Pero por tu parte debes desear la mortificación, debes
buscar el padecimiento y renovar tus dolores y clavarte cien veces
estas espinas y estos clavos, pues sólo cuando no te canses de
padecer, cuando hayas bebido el cáliz de la pasión, serás salva y
regenerada, hija mía querida.
—Pues siga usted, quiero oir.
—No; sólo me resta decirte que mi hermano ha considerado con gran
sabiduría que ese niño debía ser reclamado por Jesucristo, puesto en
salvo, en seguridad, con garantías de que nunca dejará de pertenecer
á nuestra santa fe católica.
—Pues qué—objetó Gloria vivamente,—¿temen que yo sea capáz de apartar
á mi hijo de la fe de Jesucristo?
—Tú no... si bien tus ideas no son lo más á propósito para darle
una educación verdaderamente cristiana... Y mientras no veamos
completa y absolutamente limpio tu corazón de liviandad, de vanidades
sentimentales...
—Pues qué, ¿no lo está ya?—dijo Gloria vivamente.
—¡No, querida hija mía, no lo está! Bien conozco que existe aún la
levadura del desordenado afecto y de las mundanas imaginaciones
que trastornaron tu alma, y sumieron en terribles calamidades á tu
familia. Mientras esa levadura exista no podemos esperar nada de
provecho para tu perfección moral.
—Si algo me queda—repuso la sobrina con resignación,—yo lo iré
arrancando poco á poco, que no he de hacer yo en un día lo que
personas muy santas no consiguieron sino á fuerza de paciencia,
abstinencias y mortificaciones.
—Tienes mucha razón—dijo Serafinita con complacencia;—pero es la
verdad que el estado de tu espíritu no es el más á propósito para
que te entreguemos á tu hijo. «Mientras exista sobre la tierra el
que la engañó, ha dicho mi hermano, Gloria estará en peligro de
caer de nuevo.» Pues bien, desgraciada, ese hombre no sólo existe,
sino que te persigue, te ha buscado... ¡está aquí, en Ficóbriga, y
anoche...! Con respecto á tu hijo, la voluntad de mi hermano es bien
clara. «Puedes concederle, me escribió desde Roma el mes pasado,
algún consuelo, permitiéndole ver á esa tierna criatura, aunque
no conviene que se exalten demasiado sus sentimientos maternales.
Puedes permitirle este desahogo tan natural y de tan buen origen;
pero si por acaso el _Malo_ se presentase en Ficóbriga, establece
la incomunicación más absoluta; esconde á nuestro buen Jesús, que
criamos para el cielo; ponlo donde sus extraviados padres no puedan
alcanzarlo, porque temo mucho que perdamos esta tierna alma, ofrenda
piadosa de nuestra familia al que hiriéndonos nos ha mostrado su
poder, y mortificándonos su misericordia.»
Gloria, al oir esto, cayó en profundo y lúgubre silencio.