¿A dónde va? ¿A dónde ha ido?
Teniendo llave de la puerta principal, podían entrar y salir cuando
les acomodase, sin pedir permiso á los dueños de la casa. Eran más de
las once y media cuando salieron. La noche, clara y bastante fría,
era de luna llena; pero las muchas nubes que corrían viniendo del
mar y en dirección á las montañas, la velaban á ratos, y cuando el
astro quedaba descubierto, aparecía como arrastrado por los vaporosos
brazos blanquecinos, cuya colosal gesticulación en los altos cielos
imponía miedo á los que con ánimo triste vagaban á tal hora por la
tierra.
—¿A dónde vamos esta noche, señor?—preguntó Sansón, que no podía
ocultar la nostalgia del lecho.
—Ya lo veremos—repuso Morton sombríamente.
—¡Oh! Señor...—dijo el criado, marchando á la izquierda de su amo
por la calle adelante.—Si yo me atreviera, diría al señor aquellas
sentencias: «Quita, pues, el enojo de tu corazón y aparta el mal de
tu carne, porque la mocedad y la juventud vanidad son... Yo miré
todas las obras que se hacen debajo del sol; y hé aquí que todo ello
es vanidad y aflicción de espíritu...»
Morton no contestó nada.
—¡Ah, señor!—añadió Sansón sonriendo,— es verdad que yo no debo dar
consejos, ni señalar el peligro á mi amo, porque el amo es siempre
sabio y el criado necio; pero no puedo remediar el saber de memoria
los proverbios de nuestra ley, que se me salen de la boca cuando
menos lo pienso. Si el señor me diera su venia, le diría... «Vase en
pos de ella luégo, como va el buey al degolladero, y como el loco á
las prisiones para ser castigado... Como el ave que se apresura al
lazo y no sabe que es contra su vida, hasta que la saeta traspasó su
hígado.»
—Entremos por esta calleja—dijo Morton sin hacer caso de la erudición
de su criado.—Aquella es la casa de Lantigua.
Habían llegado cerca de la plazoleta, ya bautizada con el nombre de
_Plaza de Lantigua_, y allí se detuvieron.
—¿De modo, señor, que esta noche no iremos á pasear por la orilla
del mar?—dijo Sansón.—¿Nos estaremos de centinela en este delicioso
lugar, mirando la luna?
Morton, los ojos fijos en la casa de Lantigua, no atendía á la
verbosidad salomónica de su sirviente, el cual continuó diciendo:
—«Ví entre los jóvenes un mancebo falto de entendimiento... El cual
pasaba por la casa, junto á la esquina de aquella... A la tarde del
día, ya que obscurecía, en la obscuridad y tiniebla de la noche...
y hé aquí que le sale al encuentro una mujer astuta de corazón...
Rencillosa y alborotadora, sus piés no pueden estar en casa.»
—Calla, idiota—dijo repentinamente Daniel, poniendo la mano en la
boca de su criado, para tapar aquella fuente de sabiduría.—¿No
ves?... por aquella puerta que está en la callejuela ha salido una
mujer.
—Yo veo un hombre.
—Sí, un hombre la acompaña—dijo Morton con voz ahogada.—Sansón,
Sansón, si pronuncias una sola palabra te estrangulo... Ocultémonos
tras esta esquina, porque vienen hacia acá.
Por la puerta de la casa vieja que da á la callejuela había salido
una persona, la cual, uniéndose á otra que esperaba fuera, marchó
precipitadamente hacia la plaza; después torcieron á la izquierda,
entrando en la calle que conducía al centro de la villa.
—Sigámosles—dijo Morton.—Andemos á su paso y no hagamos ruído... La
conozco... Es ella. En medio de las mismas tinieblas absolutas la
conocería. El que la acompaña es Caifás. Morton les vió apartarse
luégo de la vía central del pueblo, y dirigirse á la misma
escalerilla donde él pasó parte de la noche del Domingo de Ramos.
—Van al cementerio—pensó lleno de estupor.—¿Qué es esto?
Gloria y Caifás subieron la escalera; pero en vez de dirigirse al
cementerio torcieron á la izquierda, costeando la tapia. Iban á buen
paso como quien tiene medido el tiempo. Daniel y Sansón les siguieron
á conveniente distancia, por la orilla de un prado inmediato á las
tapias.
—Que se nos van, que desaparecen—dijo Morton con angustia,
apresurando el paso.
—Les detendremos, señor.
Los perseguidos, que un momento desaparecieron de la vista de los
perseguidores, volvieron á ser vistos. Iban más de prisa, y pasando
junto á las casuchas del arrabal, parecían tener intención de
dirigirse á un camino estrecho que conducía á la carretera.
—Hay allí un bosque—dijo Morton apresurando más el paso.—Si se
internan en él les perderemos de vista.
Pero entonces Gloria y su acompañante se detuvieron. Oyéronse rumores
de un corto diálogo y la voz que se acostumbra dirigir á un caballo
impaciente. Corrieron los perseguidores; pero no habían avanzado
mucho, cuando vióse partir un _breck_, que llevaba al parecer más de
una persona. El vehículo iba rápidamente en busca del camino real.
Los dos hebreos corrieron tras él; pero el coche avanzaba mucho y al
poco tiempo desapareció. Su ruído sordo duró algo más, pero al fin
difundióse también en el hondo monólogo de la noche. Daniel se halló
en el camino real desconsolado y perplejo.
—¿A dónde ha ido?—se preguntaba.—¿Volverá?
Su aturdimiento fué como el de quien ve prodigios y fenómenos
incomprensibles dentro de la esfera de la razón humana.
—La he visto—pensaba,—la he visto; y aún dudo si sería ella. ¿Por qué
no la llamé? ¿Por qué no pronuncié á gritos su nombre?
Sentándose sobre una piedra, meditó:
—¡Ah!—dijo después de largo rato.—Ya sé... huye de su casa y de su
familia... Pero entonces no volverá.
—No volverá—repitió Sansón, sentándose junto á su señor.—Sería
temeridad buscarla más, y ahora aunque el señor no me lo permita, me
atreveré á decirle...
—Sansón, déjame en paz—dijo Morton.—¿Qué piensas tú de esto? ¿Volverá?
—Pienso que «el avisado ve el mal y escóndese; mas los simples pasan
y reciben el daño.» Pues hemos visto el mal, señor, escondámonos; es
decir, vámonos mañana mismo para Londres.
—Amigo—dijo Daniel desarrollando su tema,—yo creo que aquí hay algo
grande que no comprendemos.
—Lo que yo comprendo—repuso el servidor,—es que se ha dicho: «Sima
profunda es la mujer. Aquél contra el cual estuviese airado Jehová,
caerá en ella.»
—Sansón, Sansón—manifestó Daniel regocijándose con una idea
lisonjera, que brillaba en su mente como luz que nace y crece.—Yo
estoy seguro de que volverá. El corazón me dice que volverá.
—¿Y estaremos aquí hasta que vuelva, señor?
—Aquí estaremos mientras sea de noche. ¿Tienes frío? Pues toma mi
gabán y póntelo sobre el tuyo.
—Gracias, señor. ¿Es absolutamente preciso que yo esté en vela?
—Puedes dormir si para ello tienes cuerpo. Yo te despertaré en caso
necesario.
—Entonces con permiso del señor—dijo Sansón acomodándose en el
suelo,—voy á descansar; porque... «¿qué más tiene el hombre de
todo su trabajo con que se afana debajo del sol?... Generación va,
generación viene, mas la tierra siempre permanece... ¿Qué es lo que
fué? lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? lo mismo que se
hará, y nada hay nuevo debajo del sol... Vanidad de vanidades, dijo
el predicador, vanidad de vanidades, y todo vanidad.»
Poco después de pronunciar su última sentencia, dormía. El amo,
siempre vigilante, no apartaba los ojos del último término visible
del camino real y de las colinas que se sucedían tierra adentro. Nada
pudo distinguir en aquella masa obscura, á ratos mal iluminada por
la luna. Los negros árboles ocultaban los senderos; pero el hebreo,
empleando su alma toda en la atención, buscaba en la inmensidad
negra un rastro del ave cuyo vuelo había visto, y tan grande es el
poder del espíritu que al fin lo hallaba. No veía nada con los ojos,
pero su curiosidad, excitada hasta la inspiración, estaba segura de
la existencia de una estela misteriosa, trazada por un corazón que
corría en busca de su amor. Era como aquella seguridad de la fe, que
sostiene y declara la verdad sin verla ni poderla explicar.
Después oyó cantar un gallo, y á la voz de aquél respondieron otros
sucesivamente, cerca y lejos, formando el más bello concierto que
puede imaginarse. No existe en la Naturaleza, fuera de lo humano, voz
más conmovedora que el alarido de aquel noble animal, exclamación
lanzada por los campos en los instantes lúcidos de su placentero
sueño y con la cual dice al hombre: «yo soy la amenidad de la vida,
la paz, la sencilléz, la diligencia y el trabajo.»
Daniel oía los remotos alertas del gallo que clamaban: «¡allá va,
allá va!»
—Ha de volver—pensó, dirigiendo ávidas miradas hacia las colinas.—Si
el corazón me engaña esta vez dudaré de él toda mi vida.
Había transcurrido poco más de hora y media desde la desaparición del
coche, cuando el israelita creyó sentir torbellino de ruedas. No era
todavía más que un convencimiento íntimo, sin nada real que resultara
de una sensación clara. Esperó, y al cabo de cierto tiempo adquirió
la certidumbre de que un coche venía.
—Sansón, Sansón—gritó tirándole de un brazo.—Levántate, perezoso.
—Señor, señor... ¿Nos vamos para Londres?...—dijo el criado
frotándose los ojos.—Soñé que me embarcaba y decía...
—No digas nada... Prepárate para hacer lo que te mande. Tú tienes
buenos puños. Detén ese coche.
—¿Cuál?
—Ahí viene. ¿No oyes?
Dejóse ver el carruaje, que venía corriendo tirado por dos caballos.
—¡Dos caballos!—dijo el amante de Dalila.
—Aunque sean veinte, hemos de detenerlos.
El coche se acercó, y Sansón, poniéndose en medio del camino, con los
brazos abiertos como un misionero que va á exhortar á la buena vida,
gritó:
—_¡Stop!_
Mas el que guiaba blandió el látigo, cruzando con él la cara del
importuno que intentaba detener el coche. Entonces los caballos
elevaron rugiendo sus cabezas al sentirse contenidos por una mano de
hierro que sujetaba sus riendas; anduvieron trabajosamente algunos
pasos; sacudióse el vehículo; una voz de mujer gritó angustiada:
«¡Jesús!» un chico dijo: «¡Ladrones!» y Caifás, que era el que
guiaba, exclamó: «¡Por vida de Patillas! ¡me lo temía!»
Daniel Morton, tirando del brazo de Caifás le hizo bajar más que de
prisa del pescante, y después extendió sus brazos al interior del
_breck_, que se cubría con cortinas de hule. Una mujer aterrada y
llorosa estaba allí en compañía de un chico, de quien Morton no hizo
caso alguno. Era Sildo.
Gloria no habló nada. Quiso luchar un instante con los brazos que
la robaban; pero esto no era posible. Morton la sacó del coche,
llevándola como á un niño.
—Señor Morton, por amor de Dios—dijo Caifás poniéndose de rodillas
delante del hebreo.
—Márchate—le dijo Daniel.—Sansón, vete tú también con el coche á la
entrada del pueblo.
—Déjame—murmuró Gloria sordamente cuando los demás se
alejaban.—Déjame; yo no te he llamado, ni te he buscado, ni te quiero
ver.