Casa.
Por indicación de D. Buenaventura, á quien deseaba servir, el mismo
alcalde de Ficóbriga, Sr. D. Juan Amarillo, había proporcionado á
Daniel Morton un alojamiento decoroso, pues no cuadraba á la cultura
de Ficóbriga ni á la proverbial hospitalidad de aquella noble raza
cerrar á un sér humano con impía dureza todas las puertas. A estas
razones expresadas por el Sr. de Lantigua, añadió Amarillo otras
no inferiores en peso, á saber: que siendo el hebreo persona de
elevadísima posición social y de grandes posibles, no debía en todo
rigor aplicársele el criterio del vulgo; que nada perdía nuestra
santa religión porque se diese posada al peregrino, y que la doctrina
evangélica prescribía hacer bien á los enemigos.
Como al mismo tiempo se había levantado el rumor de la conversión del
israelita, el alcalde no temió que su pueblo se alborotase; y viendo
que todo favorecía su propósito, dirigióse ante la presencia de
Isidorita la del Rebenque (que solía en tiempo de baños poner varias
piezas de su casa á disposición de los forasteros) y le propuso tomar
bajo su manto protector al hebreo.
Oyó Isidorita la proposición con grandísimo descontento, y si no
exageran los autores que de esto han tratado, así como los cronistas
del linaje de Rebenque, se le cortó el habla, cambiáronse en azucenas
las rosas de su cara, quedándose una buena pieza de tiempo como si
fuera á caer con un síncope. Pero el Sr. de Amarillo díjole que no
se sofocase antes de tiempo y sin motivo, añadiendo que él, á fuer
de alcalde, tomaba para sí toda la responsabilidad. Como el señor
cura (que á la sazón llegó) apoyase la proposición de don Juan,
autorizando á Isidorita para albergar al infiel, y asegurándole que
su casa quedaría limpia de toda mácula después del consentimiento
del párroco, la excelente esposa de Barrabás fué recobrando poco á
poco su serenidad. Sus escrúpulos cesaron por completo con una nueva
exhortación de D. Juan, el cual estableció que el Sr. Morton, que
de fijo se iba á convertir á nuestra religión sacratísima, pagaría
diariamente una libra esterlina por sí y otra por su criado.
Dieron libertad á éste, y entregado el equipaje, señor y escudero
se trasladaron á su nuevo hospedaje en la tarde del lunes. La única
condición que les puso D. Juan fué que durante las ceremonias
públicas de Semana Santa no se dejaran ver en las calles de
Ficóbriga. Así lo prometieron ambos, mostrándose muy gustosos por la
deferencia de aquel celoso representante de la autoridad, que tan
bien comprendía los deberes de su alto cargo. El criado era también
judío y de los recalcitrantes. Llamábase Sansón y hacía honor á su
nombre, pues era un coloso rudo y fuerte, con cada mano como una
maza, leal y cariñoso con su amo, displicente con los demás, puntual
en el servicio y muy charlatán; mas como no entendiese ni una palabra
de español, hablaba consigo mismo largas horas. Aún le molestaban sus
chichones y descalabraduras; mas no era cosa de cuidado.
Dióles Isidorita en su casa tres habitaciones, que eran las mejores
y más cómodas y bonitas, arregladas sin lujo pero con limpieza,
y desde el primer día les trató con esmero, ofreciéndoles comida
abundante y bien aderezada. Es que era la señora de Barrabás hembra
de mucha conciencia, y no podía corresponder con un trato mezquino á
la enorme cantidad que por su hospedaje le entregaban diariamente los
forasteros. Morton estipuló que su incomunicación con la familia de
Barrabás sería completa, porque no deseaba molestar ni ser molestado,
y esto desagradó á D. Bartolomé, que era muy entrometido; no así á
Isidorita que siempre ponía la circunspección por encima de todas las
cosas.
Desde el primer momento la señora de la casa vió en su huésped un
caballero decentísimo, lleno de comedimiento, finura y generosidad.
Esto, unido á la noticia de su conversión y á la insistencia con que
Teresita aprobaba el hospedaje, acalló poco á poco la alborotada
conciencia de aquella mujer. El primer día no pudo arrojar de su alma
el recelo, y permanecía delante de Morton con cierto espanto; el
segundo buscaba motivos de hablar con él, hallando su conversación
bastante agradable; el tercero no sabía qué hacer para complacerle.
Jamás voluntad alguna fué más prontamente conquistada.
Morton huía todo lo posible de las conversaciones con el ama de
la casa, cuyo afán de tertulia crecía de hora en hora, y cuando
ella y su esposo no podían hallar pretexto para introducirse en la
habitación del forastero, se entretenían oyendo chapurrar nuestra
lengua á Sansón, que había hecho buenas migas con el filósofo. Se
juntaban por las noches en la sala baja, y allí era el dialogar por
señas, el reir de todo, el vaciar botellas de cerveza (pagadas por el
descendiente de Abraham, porque Isidorita jamás permitió á nuestro
filósofo el goce de un ochavo); y allí era el encender puros y el
hablar cosas que recíprocamente no entendían.
Desde que tan gran novedad ocurría en casa de la del Rebenque,
Teresita no faltó una sola noche en acudir á ella, para inquirir,
indagar, hacer comentarios, recoger y glosar cada palabra del
caballero hebreo. Ni gesto, ni acción, ni voz, ni salida ni entrada
del joven quedaba sin ser sometida á prolija discusión. Ocupáronse
también las tres (pues antes faltara en el cielo la casta Diana que
á las tertulias la _Gobernadora de las armas_) de los Lantiguas, de
la casa de los Lantiguas, de la señorita Gloria, y de la inaudita,
escandalosa y execrable acción de la joya de Ficóbriga. Sí, Teresita
la había visto y lo juraba por todos los santos del cielo. En la
noche del lunes, cuando la llamaron para asistir al parto de su
sobrina la hija del escribano, había visto á la señorita salir de
la casa y dirigirse en compañía de un hombre hacia el cementerio.
Resistíanse las dos amigas á creerlo; pero la de Amarillo invocaba á
media corte celestial y al Padre Santo en testimonio de su afirmación.
Isidorita por su parte daba fe de que el señor Morton había estado
casi toda la noche fuera en la del lunes; pero no podía asegurar lo
mismo del martes, porque él tenía llave y podía salir con su criado
sin ser visto; pero prometió solemnemente á sus amigas vigilar para
tenerlas al corriente de cuanto ocurriese.
Luégo que se retiraron éstas para asistir á las Lamentaciones del
miércoles, Isidorita fué llamada por su huésped para recibir una
orden concerniente á detalles del servicio, y después de un breve
coloquio, dijo la señora:
—¿Va usted á salir tarde esta noche?...
—No señora.
—Como el lunes estuvo usted toda la noche fuera...
Daniel no contestó. Entonces Isidorita, demostrando vivo interés por
el hombre infiel que se aposentaba en su casa, habló así:
—Yo, si usted me lo permite, me voy á tomar la libertad de darle un
consejo.
Y como Daniel se dispusiera de todo corazón á recibir consejos de la
señora, ésta añadió:
—Mi consejo es que tenga mucho cuidado con los Lantiguas. Son
personas muy buenas; pero de mucho tesón y no consienten que nadie...
—Acabe usted.
—Es que me estoy metiendo en lo que no me importa y temo enojarle á
usted.
—De ningún modo.
—Pero como va en ello el bien de una persona tan digna... Lo que
quiero decir es que tome usted precauciones, si ha de seguir sus
entrevistas secretas á media noche con la señorita Gloria.
—¡Yo!—exclamó Daniel con asombro.
—Es claro: usted no ha de darme cuenta de sus acciones. En fin,
usted hará lo que guste. Si una noche no le ve á usted el Sr. D.
Buenaventura, otra noche puede verle, y tendremos un disgusto, un
verdadero disgusto.
—Señora... teme usted que nos vea D. Buenaventura... ¿dónde? ¿á qué
hora?—dijo el hebreo con gran interés.
—Eso ustedes lo sabrán. Mi cuñada, que es persona incapáz de mentir,
ha visto á la señorita Gloria salir de la casa á media noche con un
hombre...
—¡Salir de la casa!
—Con un hombre...
—¡Con un hombre!...
—Sí señor... La vió el lunes desde la calle, porque fué al parto de
Nicanora, la de mi cuñado Gil... pues... Después acechó el martes
por la noche desde su ventana, porque Teresa vive al lado... ya sabe
usted... y no sé si la vió salir también. Por mucho que se quieran
ocultar ciertas cosas, no se puede, señor de Morton. Este pueblo,
aun en la lóbrega obscuridad de sus noches, tiene cien ojos. Los de
Ficóbriga somos algo curiosos, y aquí ruedan las noticias que es un
primor. No habrá hoy en la villa quien no sepa...
—Que la señorita Gloria sale...
—En busca de usted. Es natural... En fin, me estoy metiendo en lo que
no me importa. ¿No es verdad, Sr. D. Daniel? ¡Qué importuna soy!...
Que pase usted buenas noches, caballero.
Y se retiró.
El hebreo cayó en profunda meditación. Largo rato paseó por su
cuarto. Cuando su criado quiso desnudarle, le dijo:
—Nos vamos á la calle, anda.