Prisionera.
—Lo contrario me pasa á mí—dijo Morton abrazando tiernamente á la
joven, á despecho de ella.—Yo te busco, te llamo, te quiero.
Gloria luchaba por desasirse y huir.
—No te librarás de mí por ahora—afirmó Daniel.
Sentóse en una gran piedra del camino, sin dejar de sostener á la
joven en los brazos, y la puso sobre sus rodillas, cual si fuera la
carga más ligera.
—Aquí, aquí has de estar, aunque no quieras—repitió con turbada
lengua, y estrechándola más en sus brazos de hierro.—Ahora es mi
vez, ahora me toca á mí mortificar. No te soltaré, vida mía, que
he conquistado. ¿Ves cómo no se puede huir de los que nos aman? Te
sepultarías en la tierra, y la tierra se abriría para ponerte en mis
manos. Gloria, Gloria, ¿por qué me has cerrado tu puerta, por qué
huyes de mí?
—Déjame—repitió ella,—déjame. Mientras más me contraríes, mayor será
el miedo que te tenga. Suéltame, por Dios; no me mates más.
—¡Matarte yo!
—No es esta la primera vez. Te suplico que me dejes.
Presa en los amantes brazos, Gloria permanecía inmóvil, y el mantón
que la cubría, dejando tan sólo libre la preciosa y afligida cara,
hacía más estrecha la prisión en que se encontraba.
—No me digas que te suelte, porque te abrazaré tanto, tanto, que te
ahogaré.
—¡Ya no te quiero, ya no!
—Y yo te adoro... Esto basta.
—Es que yo te aborrezco.
—¡Mentira!... eso no puede ser. Si tú me aborrecieras, se habría de
conocer en el universo. El sol no alumbraría lo mismo.
—Déjame.
—¡Dejarte! ¡Soltarte! ¡Soltar el bien que se ha ganado!... Tú has
perdido el juicio. Por este momento me alegro de haber nacido, de
haber vivido tantos años entre penas; me alegro de ser quien soy, y
me regocijo de todo.
—¿Pero qué pretendes?... ¡estás loco!...
—¿Qué pretendo? Morir contigo, ó darte la vida que mereces...
—Yo no necesito de tí.
—Yo sin tí me muero. Tú lo sabes, y sin embargo me rechazas. Y cuando
reces á tu Dios, mirarás á tu conciencia y la verás tranquila y
satisfecha, sin acordarse del pobre que no vive sino por la esperanza
de verte y de pedirte perdón.
—Te perdono; pero déjame.
—Sí, y cuando nos hayamos separado, iré al mar, iré á ese buen amigo
que me está llamando hace tiempo, y atando una gran piedra á mi
cuello, me arrojaré en él. Entonces, querida mía, no te mortificaré
más.
—¡Por Dios—dijo Gloria desfalleciendo,—me ahogas!
Morton dilató ligeramente sus brazos, y la joven respiró con más
libertad.
—Así—dijo con dulzura,—así. Déjame ahora y no te guardaré rencor.
—¿Por qué me tratas así?... ¿Por qué huyes? ¿Por qué un instante de
mi compañía ha de ser tan violento? ¿Por qué para oirte y para verte
he de necesitar atarte como á un prisionero?
—Porque así debe ser—repuso ella cesando en sus movimientos para
desasirse.
—Y sin embargo, al huir de mí, al encerrarte, al despedirme en tu
puerta, tú no eres felíz—dijo Morton besándola con ardor.—Tú padeces.
Al oir esto, Gloria no pudo decir nada que no saliese puro y
verdadero de su propio corazón. Como el agua que afluye mansa y sin
esfuerzo de la fuente, así salieron de su boca estas palabras:
—¡Padecer! Mucho... padezco mucho.
Dando un suspiro cerró los ojos.
—Ya lo sé. Tus penas, vida mía, tienen un eco sensible en mi corazón,
y aquí se repiten, doliendo, porque tus heridas son mis heridas,
porque estoy destinado á vivir con tu vida y á morir con tu muerte.
—Eso no puede ser—dijo Gloria tratando nuevamente de evadirse.—Bien
está cada uno con lo suyo... Déjame seguir mi camino. ¡Por Dios vivo,
te suplico que me dejes!
—No... ¿Por qué no quieres descansar un instante de tu martirio?
—Yo no quiero descansar. Padeceré por espacio de cien vidas, y aun no
expiaré mi culpa.
—¡Por mi madre te juro que no consiento, que no puedo consentir
esto!—exclamó Daniel con exaltación.
—¿Qué?
—Esta separación horrible. Yo romperé todas las leyes; pero esto no
seguirá, te lo juro. Cuanto hay de violento y brutal verás en mí si
es preciso. Prepárate, porque así como ahora te tengo, así espero
tenerte por los siglos de los siglos... ¿Quieres satisfacer una
curiosidad que me devora, quieres darme una prueba de confianza,
quieres que te perdone lo que me has hecho padecer negándote á verme?
Pues díme á dónde has ido esta noche, á dónde has ido otras noches
que te han visto salir.
—No debo decirlo—murmuró Gloria.—Pero... si me dejas seguir mi camino
te lo diré.
—A ese precio no.
—Pues no.
—Pues si tú no me lo dices, te lo diré yo, porque lo sé; porque esta
misma noche ha sabido adivinarlo mi corazón, Gloria, mi corazón que
no puede estar mucho tiempo ignorante de lo que pasa en el tuyo. ¡Oh
armonía sublime! Si esta correspondencia de afectos no existiera, no
existiría el alma.
Acercando sus labios al oído de la joven, pronunció unas palabras que
ni el áura de la noche pudo oir.
Gloria cerró los ojos, en cuyas pestañas brillaban temblando algunas
lágrimas.
—¿Es cierto?—le preguntó el hebreo besándola con ardor.
Gloria palideció más de lo que estaba, y cruzó sus manos en la
actitud de los muertos.
—¿Es cierto?—repitió él con frenesí.
La joven exhaló tenue suspiro, y con él, como el último vagido del
alma que se marcha, un sí. Pero sus cerrados ojos parecían hundirse y
sus labios perdieron el color. Daniel le tentó las manos y sintió la
suya oprimida fuertemente por las de ella, con la energía que imprime
á los músculos la emoción de un adiós postrero. Luégo creyó notar que
el pulso de la joven se extinguía; advirtió extremada frialdad en su
frente; tuvo miedo; la llamó.
—¡Gloria! ¡Gloria!—oyeron las soledades del campo.
La joven no respondía; pero entreabrió ligeramente los ojos, sonrió
después y sus manos crispadas apretaron con más vigor las del hebreo.
—¡Gloria! ¡Gloria!—gritó éste de nuevo.
Los labios de la hija de Lantigua quisieron hablar, mas nada dijeron.
Hizo un gran esfuerzo, y entreabriéndose sus párpados, mostraron las
negras pupilas que parecían decir con su lenguaje mudo: «Que te vea
un momento más.»
El extranjero esperó un instante en ansiedad terrible.
—Es un desvanecimiento—dijo para sí.
Y al instante gritó:
—¡Sansón, Sansón!
Sin esperar auxilio, Morton, levantándose con su preciosa carga,
marchó hacia Ficóbriga. Caifás, Sildo y Sansón salieron á su
encuentro.
—Ya sabía yo que había de pasar alguna cosa mala—gruñó Mundideo.
—¿Qué es eso, señor?—preguntó Sansón.
—Un desmayo, sin duda—indicó Caifás, examinando á la señorita.—¡Rayos
y centellas! ¿y á dónde la llevamos ahora?
—A su casa.
—¡Jesús, María y José!
—No perdamos tiempo—indicó el hebreo.—Adelante. A casa de Lantigua.
Temo cualquier accidente desgraciado si no la auxiliamos pronto...
Tú, Caifás, guía... por aquí.
Llegaron. La verja del jardín estaba abierta, por ser costumbre de la
casa no cerrarla nunca. Un perro empezó á ladrar furiosamente. Caifás
pedía á Dios que se abriese un gran hoyo en la tierra y le sepultase;
pero Morton, fijo en su objeto y sin atender á ningún accidente, no
se detuvo hasta llegar á la puerta.
—Sansón, llama.
Tenía la puerta de la casa de Lantigua un pesado aldabón de cobre,
que martillaba sobre enorme clavo de luciente cabeza. Cuando el
forzudo inglés cogió con su mano de león el llamador y lo sacudió
empleando fuerza igual á la que arrancó las puertas de Gaza, los
furibundos golpes, semejantes á disparos de cañón, hicieron retemblar
con tal estrépito la casa, que ésta parecía la mansión del trueno.