El secreto.
Por la tarde, miércoles, Serafinita acompañó á su sobrina á dar
un paseo por el jardín. Departían sobre cosas triviales; pero la
señorita hablaba tan poco, que á veces doña Serafina tenía que
suspender su discurso y preguntarle dulcemente:
—¿En qué piensas?
—En nada—respondía Gloria.
—En mucho—afirmó la señora sonriendo.—No creas que te riño por eso.
Bien sé que no es cosa fácil purificar completamente el pensamiento
de ideas mundanas. Aún lucharás mucho, padecerás congojas, sufrirás
terribles asaltos de la mala idea, batallarás horriblemente antes
que tu pensamiento limpio y libre se pueda consagrar por entero á
Dios... Para llegar á este lisonjero fin, hija mía, no hay mejor
camino que el de la desgracia, y prueba evidente soy de ello... Pero
has de poner algo de tu parte. Desáhuciale de una vez... Esta idea es
dolorosísima, pero muy saludable. Piensa en el ejemplo del tratante
en perlas, que presentó Nuestro Señor Jesucristo; y fué que viendo
el mercader una perla más hermosa que todas, vendió las que tenía
para comprarla. Del mismo modo tú, para comprar la perla del reino de
los cielos, es fuerza que vendas todas, absolutamente todas las que
posees.
—Menos una—dijo Gloria tímidamente.
—Dios no agradece los sacrificios de las cosas pequeñas, sino los
de las grandes... ¿Qué le has ofrecido hasta ahora? Los placeres del
mundo, las relaciones sociales, tu fama, tu reputación... Eso no vale
nada: lo que El quiere es tu corazón. ¡Los corazones son las joyas
con que se obsequia al Eterno Padre! Esos son los diamantes y las
perlas de que está formado su trono... ¿Crees que basta el perdón
de las injurias, la humildad y la conformidad en sufrir desaires y
calumnias?
—Ya sé que ese mérito no es grande, querida tía; ya sé que hay
sacrificios mayores, mucho mayores. ¡Dichosas las almas que tienen
fuerzas para hacerlos!... Para perdonar á mis enemigos creo que no
necesito probar la desgracia. Si en mis tiempos felices los hubiera
tenido, los habría perdonado del mismo modo. De la humildad no puedo
vanagloriarme, porque no la tengo completa, yo sé que no la tengo;
y en cuanto á los desaires y calumnias, escasa virtud hay en sufrir
pacientemente los primeros, que bien poco valen. Las segundas, si
existen, no han llegado á mis oídos.
—Pues sí, existen las calumnias, querida hija, eres calumniada y voy
á decirte cómo, para que perdones á las bocas maldicientes.
—No es calumnia hablar de mi deshonra.
—No se trata de eso; se trata de verdaderas calumnias, de falsedades
indignas y deshonrosas, propaladas por personas que se llaman amigas
nuestras y que nos deben respeto y consideración, ó por lo menos, la
caridad que á todos los cristianos nos une.
—Tristes son los desaires que me han hecho—repuso Gloria:—pero como
hijos de una superstición grosera, no merecen gran atención.
—No me refiero al incidente del pollinito—dijo la señora.—Ya eso,
después que ocupó bastante las lenguas de Ficóbriga, ha pasado á la
historia. Me refiero á calumnias, á verdaderas calumnias que corren
acerca de tu conducta. Esta mañana, hija mía, he pasado un rato de
dolor y de vergüenza al oir contar...
La voz se ahogó en la garganta de la noble señora; pero haciendo un
esfuerzo, continuó así:
—Teresita la Monja, una señora á quien siempre hemos guardado los
de casa la mayor consideración, me dijo de tí cosas abominables.
He necesitado de toda mi paciencia, de toda la mansedumbre y paz
de mi alma para no llenarme de infame ira... Pero hija, ciertas
cosas no se pueden oir... no... Oyendo á esa mujer, he tenido que
hacer un esfuerzo colosal, sobrehumano, para ahogar en mi pecho la
indignación... No he podido contestarle una palabra, y me he deshecho
en lágrimas delante de ella y de sus amigas.
—¿Y qué dice de mí?—preguntó Gloria con perfecta tranquilidad.
—Es tan bestial y horrenda la calumnia, que me da vergüenza
decírtela; pero te la digo, para que, apurando también este cáliz de
amargura, tengas una ocasión magnífica de perdonar...
—¡Perdonar!
—Sí, de perdonar á esas mujeres, como las he perdonado yo. Ni aun
quiero hacer comentarios de su maldad; ni siquiera las vitupero como
te han vituperado á tí, y tan sólo digo: «Señor, perdónalas, porque
no saben lo que se dicen.»
—¿Pero qué es?
—Te horrorizarás; mas no importa. Dicen que á las altas horas de la
noche, cuando todos duermen en nuestra casa y en la villa, sales...
sí, dicen que sales ocultamente para reunirte en paraje solitario,
allá junto al cementerio, con el desgraciado autor de tu deshonra.
Gloria se quedó blanca, inmóvil y muda como mármol. Sin embargo,
aquel estupor no indicaba en modo alguno la turbación de una
conciencia sorprendida por la denuncia.
—Comprendo tu espanto—añadió la señora.—¡Oh! ¡Cuántas lágrimas he
derramado hoy! ¡Oir estas cosas yo, yo, que pondría cien veces
mi mano en el fuego por tu inocencia en este caso...! Quise
responderles; pero la lengua se me entorpecía... Teresita se reía.
¡Si vieras con qué pérfida seguridad afirmaba haberte visto ella
misma!
—¡Ella misma!
—Sí; dice que el lunes te vió. Era más de media noche. Ella había
salido á asistir á una sobrina que estaba de parto, la hija mayor del
escribano D. Gil Barrabás... Dice que te vió salir de la casa, tomar
por la calle de la Poterna... En fin, no quiero atormentarte más.
¡Qué calumnia tan infame!
Era cierto que Teresita la Monja había propalado la atróz calumnia;
bueno es asentarlo así, aunque ningún lector habrá puesto en duda la
veracidad de la de Lantigua, persona incapáz de mentir. La horrible
invención corrió de boca en boca por todo el círculo de beatas,
neutralizando el buen efecto que produjera en Ficóbriga el rumor de
la conversión del israelita.
—Al principio no creí prudente contarte estas abominaciones—añadió
Serafinita con el acento de la lealtad más pura;—pero después he
decidido que lo sepas, para que tengas el gusto inefable de perdonar
á esas personas... No quiero darles ningún calificativo infamante;
sólo pienso en perdonarlas y en rogar á Dios por ellas. ¡Oh! hija
mía, este gozo de olvidar la calumnia y perdonar á los calumniadores,
no es permitido sino al alma del cristiano. ¿Las perdonas?
—Con todo mi corazón—repuso Gloria, volviendo del estupor que la
noticia le produjera.—Y aunque cien veces me difamaran, cien veces
las perdonaría.
—Así es como te quiero—dijo Serafinita con efusión de amor y de
piedad, abrazando y besando á su sobrina.
No hablaron más de este tema. Ya cerca del anochecer vino Caifás á
dar cuenta de la distribución de limosnas que solía hacer por encargo
de doña Serafina y de Gloria. Esta, llevándole á su cuarto, le dió
más dinero é instrucciones nuevas que no podemos conocer.
Por la noche, los tres Lantiguas hicieron la colación; rezó el
rosario la señora acompañada de todos, y cuando llegó la hora de
recogerse, dirigióse á su cuarto D. Buenaventura, mientras Serafinita
acompañaba á Gloria al suyo, pues era costumbre hacerle compañía
hasta que la dejaba acostada, cediendo ya á las dulces caricias del
sueño.
—Buenas noches, niña mía—dijo la señora poniendo la mano sobre la
frente de su sobrina.—Duerme en paz. ¿Quieres que te apague la
luz?... Ya está apagada.
Dió un soplo para matar la luz, y tomando la suya, besó á Gloria
con ternura y se fué. Por breve rato oyéronse sus pasos al bajar
la escalera; pero al fin extinguióse el ruído y también la triste
claridad que dejaba tras sí la vela con que se alumbraba.
Gloria no dormía. Vigilante en medio de la profunda obscuridad de su
cuarto, sus negros ojos se abrían ante las tinieblas, como ante un
hermoso espectáculo, y su oído acechaba los murmullos de la noche.
Aterrada de su propia zozobra, se ponía la mano sobre el corazón para
sentir sus latidos, y á ratos suspiraba, moviéndose ligeramente en el
lecho. Pasado algún tiempo después de la partida de su tía, alargó el
cuello, y contuvo la respiración para que el leve rumor de ésta no se
confundiera con los sones lejanos que quería sorprender.
Crujieron en la casa las últimas puertas que se cerraban; allá en lo
profundo oíanse á ratos golpes que parecían subterráneos, y eran las
pisadas de las mulas en el suelo de su cuadra; después el ladrido de
los vigilantes perros que se alborotaban por el paso de una sombra,
y constantemente el vibrante chasquido de los sapos, cantores de
la hierba húmeda. Los oídos de Gloria, estimulados por la zozobra
de su alma, sondeaban el silencio de la noche, penetrando hasta
sus últimas honduras para cerciorarse de que la casa se hallaba en
completo reposo.
—Ya duerme—pensó.—Todos duermen.
Siguió escuchando, y claramente percibía el resuello de la mar jamás
callada ni aun cuando duerme, como en aquella tranquila noche en que
sus olas eran suaves dilataciones de un pulmón en reposo... Gloria
contaba el tiempo, pues sin necesidad de reloj podía apreciar el
número de instantes que transcurrían. No atendía á ninguna idea
pasada; toda su alma estaba en lo presente y en aquel rato de acecho,
que iba creciendo hasta ser una hora, dos horas...
—Ya es tiempo—pensó.—¿Qué tiene esta noche el reloj de la Abadía que
no suena?
Y no había acabado de formular esta idea, cuando se oyó la primera
campanada, larga, cóncava, pesada, prolongada como un lamento. Como
los duendes que esperan la hora de su libertad, Gloria se incorporó
rápidamente. Al dar la segunda campanada, tomó su ropa, tanteando en
la obscuridad, pero sin equivocarse, porque sabía muy bien el lugar
donde estaba cada pieza. El reloj seguía dando campanadas lentamente,
y Gloria con presteza suma se ponía los vestidos, atando cintas y
ajustando botones en la obscuridad con incansable mano. Las cintas
se enroscaban velozmente como menudas sierpes en su cintura. Gloria,
vestida por completo, calzada, envuelta en su manto negro, se puso
en pié y dió algunos pasos. Sus manos iban delante como asidas á las
manos de un fantasma que la guiaba. No tropezó con ningún mueble,
no dió un solo paso en falso, y llegó á la puerta, que abrió tan
suavemente, cual si ésta girara sobre goznes de algodón.
Por el corredor discurría como vana creación de la penumbra, llevada
en brazos del aire, y sus pasos, como los de piés que andan sobre
nubes, no se sentían. Largo rato tardó en descender la escalera,
poniendo suavemente los piés en cada escalón, y si algún ligero
crujido de la madera anunciaba el peso, deteníase llena de terror,
recogiendo todo movimiento en lo íntimo de su alma. Por fin llegó
abajo, donde por ser el suelo de mosáico, no era preciso andar con
tantas precauciones. Débil claridad de los cielos, iluminados á ratos
por la luna, permitía conocer los ángulos y las paredes y puertas
del pasillo. Detúvose Gloria ante una, y aplicando el oído á la
cerradura, exploró la intensidad del silencio que reinaba detrás de
aquella puerta.
—Duerme—pensó.
Sin detenerse después de esta observación, pasó á una pieza que en el
fondo de la casa nueva había: allí dió dos golpecitos en una puerta,
y ésta se abrió por mano invisible con ligero rechinar. Gloria pasó
á la casa antigua, acompañada ya, de alguien que en las tinieblas la
guiaba. Poco más duró su tránsito por sitios obscuros, porque ella
misma, al fin, con una llave que en la mano traía, abrió una puerta y
salió al patio y á la calle, donde la esperaba un hombre. Este le dió
la mano para ayudarle á salvar el escalón y ambos desaparecieron sin
hablar.