IX

El Maldito.

Toda la tarde estuvo Daniel Morton detenido en el Ayuntamiento;

pero después de anochecido, D. Juan Amarillo fué en persona á darle

libertad para que buscase alojamiento. Parece incomprensible á

primera vista tal generosidad, y la explicación más razonable es que

nuestro celoso alcalde no llevó más adelante sus rigores, movido del

singular respeto que infunde á los avaros la riqueza de los demás,

cuando es considerable. Sabiendo como sabemos, cuál era la religión

de D. Juan Amarillo, fácil nos es comprender el prestigio que á sus

ojos debía tener el que poseía, al decir de la gente, fabulosas é

inagotables arcas de dinero. Para ciertos ricos, que ven en el pobre

un gusano, el más rico es una especie de Dios. Además, el grande

hombre de Ficóbriga, en quien se acordaban maravillosamente la

afectación con la astucia y la vanidad con el positivismo, razonó del

modo siguiente:

—Este hombre, que entre los suyos es de los primeros, ha de tener

buenas relaciones en Madrid. Si le molesto, se quejará á la embajada

inglesa ó alemana, armará un escándalo en los periódicos, y quizás se

le ocurra al señor Ministro la funesta idea de mandar al Gobernador

que me destituya... Para dar satisfacción á la vindicta pública,

bastará tener en la cárcel un par de días al criado, que fué en

realidad el verdadero delincuente.

Así lo hizo en efecto. Lo más que pudo conseguir Morton fué que D.

Juan prometiera soltarle al día siguiente, cuando la indignación,

estuviera un tantico aplacada y el principio de autoridad

restablecido del ultraje que acababa de padecer.

Dirigióse Daniel á la posada de Ficóbriga. Esta se llamó en un tiempo

_La Equidad_, y después con el raudo progresar de los tiempos y la

introducción del gusto de los baños, fué creciendo en importancia,

si no en limpieza, hasta que dió en manos de un francés, el cual

la mejoró aderezando el servicio un poco á la moderna, y haciendo

imprimir para repartirlas tarjetas que decían: _Hotel de France, tenu

par Mirabeau_. El nombre del gran orador no podía estar en peor sitio.

Morton entró sin hacer caso de las groseras insinuaciones que oyó en

la puerta, y subía resueltamente á ocupar un cuarto, cuando el mismo

Mr. Mirabeau en persona le detuvo diciéndole en todas las lenguas

posibles menos en la española:

—Caballero, perdón. Perdón, caballero; pero no puedo admitir á usted.

Prefiero tener la casa vacía tres años.

El extranjero salió á la calle. Su semblante indicaba gran pena y

fatiga; pero decidido á buscar alojamiento á todo trance, preguntó á

los transeuntes si no había en Ficóbriga alguna fonda, posada, mesón

ó cuchitril además del establecimiento de Mr. Mirabeau. Dos mujeres

le conocieron, y lanzando una exclamación que más parecía de terror

que de sorpresa, se apartaron de él gritando:

—¡El judío!... ¡El judío!

—Llevo dinero—pensó,—y al fin encontraré un techo.

A pesar de que las calles de Ficóbriga estaban muy obscuras, casi

todos los que andaban por ellas conocían á Daniel Morton. Algunos

al verle venir pasaban á la acera opuesta, otros se detenían para

mirarle como á un objeto raro. Oyó soeces invectivas ó necedades

triviales; pero de nadie pudo conseguir satisfactoria respuesta. Por

último, decidió preguntar á los niños, que, por su falta de malicia,

no podrían, según él, ni rechazarle con aquel horror propio de las

conciencias varoniles, ni engañarle. Pero dos ó tres rapazuelos á

quienes pidió auxilio saltaron dando alaridos á bastante distancia, y

tomando piedras del suelo se las arrojaron.

Seguía la noche, la obscuridad, el desamparo, y con esto el cansancio

del pobre extranjero á quien mortificaban terriblemente el hambre

y la sed. Después de haber recorrido todas las calles, encontró en

sitio solitario á una niña que venía cantando. Dirigiéndose á ella

le preguntó por una posada que no fuese la de Mr. Mirabeau. La niña,

más ignorante ó más humana, le señaló la calle inmediata y una puerta

donde la seca rama marcaba la existencia de una taberna. Morton

gratificó á su salvadora, y acercándose vió las azules letras de un

tarjetoncillo que decía: _Posada_.

En la taberna resonaban broncas voces de marinos. Acercóse á un

hombre con mandil que estaba en la puerta, y pidió alojamiento. El

hombre, después de observarle fijamente, díjole que subiera, y ambos

emprendieron ascensión muy peligrosa por una escalerilla.

—Gracias—decía Morton para sí con gozo,—gracias á Dios que no me han

conocido.

Pero al llegar á una sala alta, donde había tres mujeres en cháchara,

una de ellas gritó:

—¡Ese, ese es!

Y el asombro más vivo pintóse en los semblantes. Una mujer menos

prudente que las demás se asomó á la ventana y gritó con el discorde

chillido:

—¡El judío, el judío!

Subieron atropelladamente varios de los marineros que había en la

taberna.

—Le conozco—dijo uno.—Es el que salvamos cuando se perdió el vapor

inglés.

Mujeres y hombres, todos le miraban con estupor vivísimo. Hubo al fin

en cierto grupo un movimiento de hostilidad, pero el tabernero alzó

la voz y extendió sus manos diciendo:

—En mi casa no se maltrata á nadie. Caballero, salga usted.

Morton marchó hacia la escalera; pero antes se detuvo; volviéndose,

dijo:

—Véndame usted un pan.

—Vale cinco duros—gritó con chillido de arpía una de las mujeres.

—Diez duros—añadió otra.

El tabernero cogió un pan del cesto que cerca estaba y lo ofreció á

Morton. Este, al tomarlo con una mano, metió la otra en el bolsillo.

—No—dijo el hombre deteniéndole.

—¿Por qué?—preguntó Daniel.

—Es limosna—repuso con gravedad el tabernero.

—Caridad—añadió un marinero.—Nosotros somos así.

—Tú me salvaste la vida—dijo Morton á uno de ellos, poniéndole la

mano en el pecho.

—Sí; ese es mi oficio.

—Pues bien—añadió el hebreo.—Dame ahora un vaso de agua, Dios te lo

pagará.

El marinero trajo el vaso de agua. Morton, después de beber, salió

llevándose el pan.

Ya con tan preciosa conquista sintióse medianamente satisfecho,

como Robinsón cuando en su isla desierta alcanzaba de la Naturaleza

los primeros dones para prolongar su vida. Poquísima gente había

ya en las calles de Ficóbriga, por lo cual Daniel experimentó

gran consuelo, habiendo llegado el caso de que la aproximación

de cualquier humano rostro le produjese miedo y vergüenza. Si en

su solitaria excursión por las calles sentía pasos, volvíase y

apresuradamente tomaba otro camino como el ladrón que huye con su

robo mal cogido en las trémulas manos. Cualquiera habría visto en él

á un desalmado que acababa de robar un pan.

Con ser tan frugal su cena, le gustó, á causa del hambre que padecía,

más que cuantos manjares ricos había probado en su vida. Satisfecha

aquella primera necesidad de su cuerpo, éste, que cuando le niegan

se resigna, pero si empiezan á darle, más pide cuanto más le dan,

reclamóle descanso, un abrigo, un techo, un colchón, un montón de

paja. Esto era más difícil, porque ninguna puerta de Ficóbriga se

abriría para él. A falta de asilo cómodo, buscó un abandonado hueco

de ruínas, un tronco de árbol, ó paredón solitario y apartado de toda

humana vivienda que al menos le resguardara del frío Nordeste. Anduvo

largo trecho alejándose del centro de la villa y volviendo á él.

Por último, vió una escalera de piedra que se abría en el hueco del

viejo murallón, para dar acceso á una planicie donde se veían algunas

construcciones entre las ramas de espesos árboles. Sentóse allí. El

sitio era relativamente cómodo y resguardado del cierzo.

Al poco rato aparecieron dos perros, á quienes Morton dió lo que

había sobrado del pan, obsequio que no rechazaron.

—Vamos—dijo el hebreo,—ya no se podrá decir que hasta los perros

huyen de mí. Al menos es un consuelo.

Poco después acercóse un anciano mendigo con una niña en brazos, y

alargó la mano tostada y angulosa para pedir una limosna.

—¿Eres de Ficóbriga?—le dijo Morton.

—Sí señor, soy marinero del cabildo de Ficóbriga; pero como estoy

tan viejo, hace dos años que no salgo á la mar y vivo en la mayor

miseria, si esto es vivir.

La voz del anciano temblaba, anunciando debilidad, hambre y frío.

Era su rostro curtido y surcado de arrugas como pergamino, blanca

su barba, su estatura corpulenta; su cuerpo, á pesar de la desnudéz

que le enfriaba y de la inanición que le enflaquecía, conservábase

aún derecho; y por las roturas de la camisa, más desgarrada que una

gavia hendida por los temporales, veíase el negro pecho velludo,

fortalecido por las olas que se habían estrellado en él. En sus

brazos, y arropada entre andrajos, dormía la niña angelical sueño,

agarrándose con sus manecitas al cuello del anciano, murmurando á

ratos algunas palabras y moviéndose intranquila, no porque estuviera

enferma, sino porque soñaba, aun estando en brazos de la miseria,

cosas placenteras y risueñas; por ejemplo: que se estaba atracando de

bizcochos ó jugando con tres piedras, un pucherito y dos panojas, que

eran otras tantas muñecas.

—¿Eres muy pobre?—preguntó Daniel al mendigo.

—Señor, no tengo más que lo que me dan. Vivía con mi hija, que era

casada y tenía que comer porque su marido trabajaba en las minas.

Pero hará dos meses se desplomó una piedra de las minas y mi yerno

murió. Mi hija trabajaba para mantenernos; mas hará dos semanas que

la enterramos. Dejóme esta niña; no tenemos casa; no tenemos más que

la limosna de las buenas almas, y hasta ahora, ni mi nieta ni yo nos

hemos muerto de hambre, porque el Señor ha sido bueno y nos ha mirado

todos los días.

Daniel sacó una moneda de oro, diciendo para sí:

—Ahora sí que voy á ganarme un amigo.

Dióle la limosna, y el anciano partió después de dar las gracias

y de prometer que rezaría á la Virgen del Carmen por el alma del

favorecedor. Morton le observó desde lejos, le vió detenerse en

la esquina de la calle de la Poterna donde había un farolillo, y

examinar la moneda á la débil luz de la antorcha municipal; le vió

inclinarse al suelo para sonar la pieza de oro sobre una piedra, y

luégo el anciano volvió corriendo al lado de Daniel Morton.

—¿Qué hay?—le dijo éste.—¿Es falsa?

—No señor; es que se ha equivocado usted—dijo el viejo devolviendo la

moneda.—Me ha dado usted un centén en vez de una peseta.

—¿Y por qué piensas que había de darte una peseta?

—Porque es lo que más se da. Yo no puedo tomar sino lo que se me da

por buena voluntad, no por equivocación.

—Yo sé lo que doy—dijo Daniel con emoción.—Guarda la moneda; que si

en algo me equivoqué fué en darte una sola. Toma otra, toma dos más,

y mañana es preciso que nos veamos.

Y se las ofreció. Pero el pobre viejo no las había tomado aún en su

mano, cuando dando un paso atrás, lanzó una exclamación de sorpresa y

de terror.

—¿Qué?—dijo Morton con ira.—¿Tú también me conoces?

—¡Ah! No... no... señor—balbuceó el viejo;—¡pero este dinero, tanto

dinero...! ¡Darle así!... Es la primera vez que le veo á usted; pero

no hay más que un hombre que así tire el dinero... y ese hombre es el

judío.

—Ese soy yo—dijo gravemente Daniel.

El anciano quiso poner las monedas en la mano del hebreo; mas como

éste no las tomara, arrojólas al suelo, diciendo con tremenda voz:

—Tome usted sus doblones, que ningún cristiano recibe el dinero

por que fué vendido el Señor.

Daniel Morton quedóse frío y estupefacto.

—Hombre sin entrañas—dijo al fin con rabia,—has hablado como un

idiota.

—Yo no quiero limosna de usted. Adiós.

—Aguarda...—dijo Morton con angustia.—¿No ves que esta noche soy más

pobre que tú, más miserable que tú? Haces alarde de cristianismo y no

tienes lástima de mí. ¡Me has escupido en nombre de una religión y no

te apiadas de la soledad en que estoy, sin un amigo, sin una voz que

me consuele, sin otro hombre que me diga hermano y se siente junto á

mí, aunque no sea sino para recordarme que ambos hemos sido hechos

por el mismo Dios!

El marinero movió la cabeza, y después, hundiendo la mano en un hueco

de sus andrajos, que se abría al modo de bolsillo, sacó medio pan.

—Toma—dijo secamente y con acento de desprecio, también indicado por

el familiar tratamiento.

—¡Ay!—repuso Morton gimiendo,—no es pan lo que quiero: otro menos

cruel que tú me lo ha dado antes. Pan se da hasta á los perros.

Dame tu compañía, tu fraternidad, tu conversación, tu tolerancia,

el consuelo de la voz de otro hombre, algo que no sea discordias

de religión, ni torpes acusaciones por un hecho de que no soy

responsable, ni injurias que indican rabia de secta... ¿Por qué te

niegas á tomar mi limosna? ¿Me tienes miedo?

—Horror.

—¿Por qué?

—Porque así debe ser. Adiós.

El anciano se retiró, y á cada pocos pasos volvía la cabeza para

mirar al hombre de los treinta dineros.

Oprimió su cabeza entre las manos, Daniel permaneció largo rato en

meditación dolorosa. Después exclamó con airado acento:

—¡Ah! impío Nazareno... ¡nunca seré tuyo! ¡nunca!

X

Hospitalidad á medias.

Había pasado más de una hora cuando sintió ruído de pasos. Un hombre

subía la escalera. Daniel le reconoció al instante.

—¡Caifás!—gritó levantándose.

—Señor Morton—dijo Mundideo con asombro.

Vivísimo gozo se pintaba en el semblante del forastero. Tomó á Caifás

del brazo y le dijo con acento conmovido:

—Tú también me conoces; pero tú no me rechazas.

—Parece que no ha podido usted encontrar alojamiento—dijo Caifás.

—Y tú me ofreces el tuyo. ¡Cuánto me alegro de encontrarte, José!

Eres una aparición divina. Me hielo de frío. Tengo mi equipaje en el

Ayuntamiento, y no quieren dármelo hasta mañana. Mi criado está preso.

—Ya lo sé... ¡Que un caballero tan poderoso pase la noche en la

calle...!

—¿En dónde está tu casa?

—Aquí, muy cerca—repuso Caifás, demostrando el diligente afán que

nace de la verdadera gratitud...—¿Pero qué es eso que brilla en el

suelo? Parecen tres monedas de cinco duros.

—Es dinero que se me cayó—repuso Daniel.—Puedes tomarlo.

Mundideo recogió los centenes y los entregó á su dueño.

—Guárdamelos—dijo Morton.—Después me los darás. ¿Y tus niños?

—Buenos, señor... Vamos por aquí... Ande usted con cuidado para no

tropezar.

Pasada una pequeña planicie que sombreaban dos ó tres plátanos de

corpulenta talla, empujó Caifás una puertecilla abierta en muro de

mampostería y entraron en un terreno que parecía huerta.

—¿Qué es esto?—preguntó Daniel sin soltar el brazo de Mundideo que le

guiaba en la obscuridad.

—Esta es la alcoba grande donde todos hemos de dormir.

—¡El cementerio de Ficóbriga!—exclamó el hebreo, sintiendo frío en

sus huesos.

—Esto es muy húmedo—dijo Caifás.—No se detenga usted.

—Ya veo las cruces... ¡cuántas cruces!... y esa mole blanca...

—Es el sepulcro que se está construyendo para D. Juan de Lantigua.

Morton se quedó más frío, más asombrado, y en su pecho se enroscaba

una serpiente que no le permitía respirar.

—¿El Sr. D. Juan...—murmuró,—está aquí?

—Junto á él pasamos—dijo Caifás, descubriéndose.—Los pequeñitos están

aquí á la derecha.

Morton se descubrió también.

—Ese gran enterramiento que se está labrando—añadió José,—es para

toda la familia.

—¡Para toda la familia!... ¿Pero tú vives aquí... en este triste

sitio?

—Sí señor. Soy el sepulturero de Ficóbriga. Mal destino, señor; pero

pienso dejarlo pronto... Ya llegamos. Entre usted.

Pasaron á un patio y del patio á una casa humildísima. Caifás,

después de encender luz, guió á su amigo por estrecho carrejo á una

pieza no pequeña ocupada por varios muebles, descollando entre ellos

un inválido sofá de paja de Vitoria. Una puerta comunicaba la tal

pieza con otra que debía de ser alcoba, porque Caifás señalándola,

dijo:

—Ahí dormimos mis hijos y yo. Sacaré mi cama á la sala, donde estará

usted con más desahogo.

—Gracias; no necesito cama. Dame una manta y descansaré en este

sofá... Al fin he encontrado un hombre, un verdadero hermano...

Pero te compadezco, amigo. No podías haber elegido un oficio más

detestable.

—Pronto lo dejaré á quien lo quiera—repuso Mundideo, poniendo en el

sofá manta y almohada.—Ahora Sr. Morton, mi situación no es tan mala

como cuando usted tuvo la bondad de favorecerme.

—Me alegro infinito. ¿Has variado de fortuna?

—Así, así.

La actitud de Caifás frente al israelita era algo cohibida. Sus

miradas indicaban el respeto y la veneración que su favorecedor

le inspiraba; pero á tal respeto uníase cierto recelo ó más bien

repugnancia, torpeza en las palabras, miedo quizás. No era preciso

ser zahorí para conocer que el pobre Mundideo padecía, y que su

conciencia hallábase en frente del más grande y aterrador enigma que

jamás se le presentara.

—¿Y cómo has mejorado de fortuna?—preguntó el extranjero acomodándose

en el sofá.

—Puse una taberna en la cual me fué muy mal. Pero hace poco murió un

tío materno en Veracruz...

—¿Y has heredado?

—Poca cosa; mas para mí es un capitalazo. Como está el dinero en un

banco de Inglaterra, no lo he cobrado todavía. Dicen que vendrá la

semana que viene, y para entonces, Sr. de Morton...

Caifás miró al suelo.

—¿Qué?

—Para entonces le devolveré á usted su dinero.

—¿Qué dinero?

—El que usted tuvo la bondad de darme cuando yo estaba en la

Cortiguera.

—No te lo dí para que me lo devolvieras.

—Pero yo lo devuelvo porque tal es mi deber.

Estaba Caifás en pié y en actitud de sumisión, pálido, descubierta la

cabeza. Acababa de dejar sobre la mesa las tres monedas recogidas del

suelo poco antes.

—¿Tu deber?—dijo Morton en tono de ira.

—Sí señor... yo... ¿Cómo lo diré de modo que usted no se ofenda?

¿Cómo lo diré sin que mi favorecedor me crea ingrato?

—Dílo pronto.

—Pues yo no sabía que usted...

—Ya...—indicó Morton volviendo el rostro con expresión de amargo

desprecio.

—No se ofenda el Sr. D. Daniel, ni crea que soy malo, ni que dejo

de apreciarle... Yo... vamos no sé lo que me pasa... No lo puedo

remediar. Cuando supe la muerte del Sr. D. Juan y que usted era...

—Yo soy judío—afirmó Morton gravemente.

—Sí—añadió Caifás sollozando,—y su dinero de usted, Sr. D. Daniel,

me quema las manos... El confesor me dijo que devolviera ese dinero,

aunque para ganarlo tuviera que estar barriendo las calles con mi

lengua, ó cargando piedras como un asno, ó tirando del arado como un

buey. Felizmente puedo devolver lo que no debí tomar, no...

—Calla, calla...—dijo Morton oprimiéndole con airada violencia un

brazo, pálido de ira:—calla, idiota... estás hablando como una

bestia... ¿Qué dices de mí?... ¿Por qué juzgas mi alma? ¿Quién eres

tú, miserable gusano, para condenar á eterno abandono á otro hombre,

hechura de Dios como tú; quién eres para fallar contra mí, contra mí

que te he favorecido? ¿Sabes que la conciencia hace al hombre, y la

ingratitud, la negra ingratitud, es la única conciencia de los malos?

El extranjero sonreía con sarcasmo.

—¡Oh! yo no soy desagradecido, no señor, ¡eso no!—gritó Caifás con

verdadera angustia.—Si pudiera usted leer en mi conciencia... No sé

lo que me pasa. Yo le he adorado á usted como se adora á los que

están en los altares... yo he rogado á Dios por la salvación de usted

más que por la mía. Pídame usted todo lo que tenga, y hasta la última

hilacha de mi casa será suya. Me quitaré el pan de la boca porque

usted no padezca hambre, y partiré con usted mi casa, aunque por ello

pierda mi destino y esté pidiendo limosna toda la vida.

—Lo que te pido no es abrigo, que puede darlo un árbol, un tronco,

una peña, una gruta, sino el dulce amparo de la amistad, de la

benevolencia, de la grata compañía.

—Cuanto sea caridad y agradecimiento tendrá usted siempre de mí—dijo

Mundideo con acento de emoción.—Pero...

—¿Pero qué...?

—Quiero decir—repuso Caifás con gran turbación de voz,—que no quiero

su dinero... no quiero su dinero...

—¡Supersticioso! Tu alma es noble y piadosa; pero cede á las infames

ideas del vulgo.

—Mi conciencia me manda que no tenga con usted ninguna clase de

relaciones, más que las de la caridad.

—No querrás ser mi amigo, como se entiende la amistad social; no

querrás frecuentar mi trato, ni servirme, ni tener conmigo la

comunidad de vida y el cambio de ideas que por lo común existen entre

los que profesan una misma religión...

—Usted lo ha dicho muy bien... Eso es lo que yo quería decir, pero no

sabía decirlo.

—Si no te lo impidiese la ingratitud, ¿me aborrecerías, José?

—Con todo mi corazón—repuso vivamente el sepulturero.—Con toda mi

alma. ¿Cómo podría querer al que ha hecho derramar tantas lágrimas

á una noble familia que adoro, al que mató al padre y deshonró á la

hija...?

Morton sintió que cada palabra era un lanzazo con que aquel hombre

hería su corazón; pero al tocar tan delicado punto, sentíase débil y

sin fuerzas para protestar.

—No juzgues de lo que no conoces—dijo sordamente.—Yo creí que siempre

serías mi amigo, pero me he engañado. Al verte me alegré, porque

esperaba adquirir por tí noticias de la persona que amo y sin la cual

no puedo vivir.

—¿De la señorita Gloria...?

—¿Sabes algo de ella...? ¿La ves?—preguntó Morton con ansiedad.

—Sé mucho—dijo Caifás con misterio y hostil intención.—La veo con

frecuencia, pero á usted, á usted no puedo darle ninguna noticia.

—¿No me cuentas lo que hace, si está buena, si está alegre, si

sale...?

—Sólo diré que es muy desgraciada.

—Quizás deje pronto de serlo.

Caifás movió la cabeza en señal de duda, y después lanzó un gran

suspiro.

—¿Y has dicho que la ves?

—Todos los días.

—¿No me das ninguna otra noticia?

—Ninguna—replicó sordamente Caifás, guardando en su pecho las

palabras, como si echara un muerto al hoyo.—Una sola, una sola daré,

y es que siempre veo en ella un ángel del cielo, tan ángel después de

su caída como antes.

—Dices bien. Gracias, José: tú eres hombre de corazón... Me han

asegurado que la opinión de este pueblo le es muy desfavorable.

—Mucho. Dicen que la señorita está mal con Dios. Ayer ha pasado una

cosa muy rara. La señorita envió un ramo para que se pusiera en

las alforjas del borriquito que acompaña al Salvador. En cuanto el

animal sintió encima las flores, principió á dar coces y las arrojó

mismamente contra la pared. Todos los que tal vieron quedáronse

horrorizados.

—¿Y tú, tú eres capáz de creer tan grosera superstición?

—Ni la creo ni la desmiento. Cosas muy raras pasan en el mundo. ¡Oh,

yo he visto tanto!...

—¿Y la gente de aquí cree eso?

—Como el Evangelio lo creen todos. No se habla de otra cosa en

Ficóbriga.

—¡Qué horrible estupidéz! Pero tú no lo creerás.

—No señor, no, no lo creo—afirmó Caifás después de un instante de

duda.—La señorita es un ángel del cielo, lo digo y lo repito.

—Muy bien, amigo mío, muy bien. Puedes decir y repetir otra cosa, y

es que la señorita saldrá de su desdichada situación y será felíz.

—Eso no...

—¿Por qué?

—Porque es buena cristiana, y usted...

—¿Y yo qué?

—No me haga usted decir lo que no debe decirse al que nos ha

favorecido.

—Pues bien... dejemos esto. Háblame de ella tan sólo. Cuéntame todo

lo que sepas.

—Sé mucho.

—Pues dímelo todo, todo.

Caifás se llevó los dedos á la boca para pillarse con ellos, á guisa

de tenazas, sus carnosos y obscuros labios.

—De mi boca no saldrá una palabra, ni una sola que pueda servir á

usted para sus planes.

—Mis planes son buenos.

—Eso Dios lo sabe.

—¿Y tú no? ¿No lo sabes tú, que tienes pruebas de mi modo de

proceder, tú, que ya me conoces bastante?...

—Yo no sé nada, nada—gruñó Caifás con aturdimiento.—Yo no sé nada.

Usted es un misterio para mí, Sr. Morton; usted es un ángel y una

calamidad, lo bueno y lo malo juntamente, el rocío y el fuego del

cielo... Yo no se qué pensar, yo no sé qué sentir delante de usted...

Si le amo, me parece que debo aborrecerle; si le aborrezco, me parece

que debo amarle. Usted es para mí como demonio disfrazado de santo, ó

como un ángel con traje de Lucifer... No sé nada, no sé nada, señor

Morton.

Callaron ambos. Grave y cejijunto, doblemente horrible por su

fealdad natural y la expresión de recelo que había en su semblante,

Caifás contemplaba á Daniel desde regular distancia, sentado, los

brazos en cruz, la cabeza ligeramente inclinada, la vista atónita

y algo torva. Jamás se había presentado á una conciencia problema

semejante, y aquel hombre rudo vió desarrollarse en su espíritu

todo el panorama inmenso de los problemas religiosos, sintiéndose

turbado y atormentado por ellos de una manera confusa y mal

definida. Vió que en su interior se elevaban fantasmas, y oyó esas

aterradoras preguntas que en lo íntimo del espíritu son formuladas

por misteriosos labios y que rara vez reciben contestación. Otro

hombre de inteligencia más cultivada habría sacado de la meditación

de aquella noche alguna idea clara, ó negación terrible quizás,

algo absoluto aunque fuera lo absolutamente negro del ateísmo; pero

Caifás no sacó nada, ni luz completa ni tinieblas, sino confusión,

aturdimiento, el caos, el claro obscuro incierto del alma humana

cuando la fe vive arraigada en ella, y la razón, como diablillo

inquieto evocado por la magia, entra haciendo cabriolas, enredando y

urgando aquí y allí.

Mucho tiempo duró la meditación de ambos. El caballero parecía

dormir, pero velaba. Pasaron las horas, y rodó la noche con ese

voltear majestuoso y taciturno que la asemeja á un cerebro pensando

en silencio y reposo, lleno de misteriosos sones, de imágenes y vagas

ideas, que se entrelazan como los círculos movibles de la retina en

los cerrados ojos del que vela. Ya muy tarde, casi de día, Morton

dijo á Caifás:

—¿No te acuestas?

—No tengo sueño—repuso el enterrador.—Estoy cavilando, cavilando

cosas extrañas que no me dejan dormir.

—Parece que luce la aurora... Deseo hablar al Sr. D. Buenaventura.

—¿Tan temprano?

—¿Ese señor, madruga?

—Se levanta con los pájaros.

—Pues te ruego que vayas allá y le digas de mi parte que estoy aquí

á su disposición.

Caifás no se movía.

—¿Qué?—dijo Morton con ira.—¿También te niegas á servirme en esto?

—En esto no—repuso Caifás levantándose.—Voy á llamar al señor.

Gloria (segunda parte) · 第 14 / 45 题