El Salvador en la calle.
Lucía sol espléndido cuando la procesión salió á la calle. Alzadas
las andas sobre los robustos hombros, descollaba entre la multitud
de cabezas descubiertas y entre el movible bosque de gallardos
palmitos el asna que sostenía al Salvador del mundo. La hermosa
cabeza de éste, animada de celeste expresión vital por la inspiración
del artista, era centro de las miradas y de la atención del devoto
pueblo. Aquel Señor tan bueno, tan hermoso, tan amigo de Ficóbriga,
parecía sonreir á sus amados hijos y decirles: «Al fin estoy otra vez
entre vosotros, queridos míos.» El que entró en Jerusalén saludado
por el _hosanna_ y las aclamaciones de triunfo, no podía ser de otra
manera que aquél tan bello y afable, con su rizada barba, sus ojos
que miraban como sólo puede mirar el que después de haber fabricado
los mundos, vió que eran buenos; su delicado perfil, y las graciosas
bandas de cabellos que partidos sobre la frente caían sobre sus
hombros.
A su lado iba el borriquito. Llevaba sus alforjas provistas para lo
que pudiera suceder, circunstancia que aumentaba la gracia de su
presencia en aquel sitio, produciendo en el pueblo, sin menoscabo de
la devoción, una hilaridad de buen gusto. En uno de los huecos de las
alforjas cargaba ración cumplida de doradas panojas, y en la otra un
ramo, puesto allí por la señora de Amarillo en sustitución de otro
que no servía.
Algo impropia de la severidad humilde de quien quiso entrar en la
celestial Jerusalén caballero en una jumenta, era la vestidura de
terciopelo bordada de oro; pero pase este exceso de piedad, la cual
gusta de expresar el ardor y grandeza de los sentimientos con objetos
materiales de extraordinario valor.
El sol, hiriendo los bordados, daba al Rey de los Reyes aspecto
semejante al de un temporal soberano de Oriente; pero de todo esto
puede hacer caso omiso el artista cristiano, porque aquella cara sin
igual, aquella mano que se alza amonestando, aquellos desnudos piés
que pronto serán clavados á un leño, no son de nadie más que de El.
Cantaba el coro _Turba multa clamabat Domino: Benedictus qui venit in
nomine Domini: Hosanna in excelsis_, destacándose con singular tono
de fervor la voz de José Mundideo, á quien se había concedido poco
antes la plaza de sepulturero, con la condición de ir á cantar á la
Abadía en los días solemnes, porque su mucha práctica del coro le
hacía necesario. No lejos de él iba Sildo con el incensario, echando
unas humaredas que parecían nubes.
Don Silvestre llevaba su capa pluvial con mundana elegancia, y
presidía la ceremonia religiosa con recogimiento y circunspección,
cual hombre que sabe su oficio. Al padre Poquito, que hacía de
diácono, le arrastraba la dalmática, por ser él de menguadísima
estatura, y marchaba con los ojos bajos y toda su cara contrita y
afligida como la de quien, siendo ángel, se cree pecador.
Más atrás iba D. Juan Amarillo, henchido de vanidad, por hallarse
en la plenitud de sus funciones municipales, sintiendo algo grande
y divino en su mente augusta. Representaba allí la autoridad humana
protegiendo y amparando con su tutelar brazo á la divina, y era
preciso que su persona estuviese á la altura de tan insigne papel.
Andaba con lento y muy marcado compás, y á cada paso hundía con
fuerza en el suelo la contera de su bastón de áureo puño, pareciendo
decir: «¡Cuán felíz eres, oh Ficóbriga, en estar bajo mi mano!» Al
mismo tiempo, ni esta especie de endiosamiento ni ningún otro estado
peculiar de su elevado espíritu podían hacer que D. Juan Amarillo
olvidase en tan delicada ocasión los deberes que su cargo le imponía,
y hé aquí que ni un instante daba reposo á los ojos para observar
todo lo que en el decurso majestuoso de la procesión podía ocurrir.
Su cara no cesaba de moverse, ora para mirar la gente, ora para ver
si entorpecían los chicos el paso del religioso cortejo. Emanaba
de su persona lo que podríamos llamar la esencia absoluta del celo
gubernativo, y de sus ojos podría creerse, no que se apresuraban á
observar los incidentes procesioniles, sino que los preveían y los
anunciaban. En la expresión á un tiempo mismo amenazante y protectora
de su mirada, se conocía que los ficobrigenses no debían contemplar
la procesión sin permiso del Municipio, ni devotamente entusiasmarse,
ni rezar; ni las damas gemir en los balcones ó en la calle con pía
ternura religiosa. Si estuviera en su mano, habría reglamentado la
luz del sol, como reglamentó el puesto que debían ocupar los fieles,
el orden de marcha, el número de coscorrones que debían administrar
los alguaciles á los chicos que enredaran en el tránsito.
Cuando pasaron junto al Casino, la banda del pueblo (compuesta de
seis instrumentos de cobre soplados por otros tantos humanos fuelles)
se entusiasmó, digámoslo así, y suspendiendo bruscamente el airecillo
de _Barba Azul_ que ejecutaba, dió principio al degüello de la marcha
real, cuyas notas salieron, chorreando sangre, para ir á rasguñar las
orejas de los fieles. Al oir tan soberbia música, don Juan se hizo
la ilusión de que no por el Salvador, sino por él mismo se tocaba,
y su mente se ofuscó un momento, cual la de aquellos que asisten á
su propia apoteosis; vióse circundado de rayos de gloria, y oyó como
un _Ave Cæsar imperator_, que por las bocas abolladas de los roncos
trombones juntamente con el cardenillo salía.
A su lado marchaba, por creer que aquel puesto era el más
conveniente, D. Buenaventura, cuyo semblante no expresaba á primera
vista el deseo de que la procesión durase hasta la noche. Sólo
contestaba con monosílabos, cuando Amarillo le decía:
—No puede uno distraerse ni un momento, Sr. D. Buenaventura, si se ha
de conseguir que cada cual ocupe su puesto, y marche todo este gran
gentío con orden. Es preciso tener cien ojos y aún no basta.
Lantigua, que tenía predilección especial por los pisos cómodos y no
gustaba de que sus piés tropezaran primero en cortante guijarro para
hundirse después en un hoyo de fango, hacía mentalmente paralelos muy
juiciosos entre las eternas leyes de urbanización y el antediluviano
empedrado de Ficóbriga, el más detestable de cuantos vieron pasar
alcaldes y curas y procesiones. Lantigua decía para sí:
—Si otro año me ocurre tirar el dinero, será para adoquinarte ¡oh
madre villa!
Pero á pesar de la ruindad del piso, la procesión marchaba con orden
perfecto, sin que fuera estorbo la mucha gente que había en ella,
hombres y mujeres de la villa, del campo y de la mar, creyentes los
unos, tocados de la mácula del siglo los otros, astutos aldeanos,
honrados y sencillos marineros, toda la grey díscola y ladina de
aquellas verdes montañas, todos los ejemplares de vanidad infanzona,
de gárrula presunción, de socarrona travesura, de solapada codicia,
de graciosa sencilléz, de castellana hidalguía y de ruda generosidad
trasladados por Pereda con arte maravilloso al museo de sus célebres
libros montañeses. No faltaba nada ni nadie; y como aquellas
repúblicas cantábricas son de tan fácil gobierno, iba todo á pedir
de boca, sin que ningún nacido se extralimitara, sin que ocurriera
desorden, y marchando cada cual dentro de la órbita trazada por
D. Juan Amarillo. Pero de improviso presentóse un obstáculo muy
deplorable, y hé aquí que se descompuso tan pasmoso concierto.
La procesión debía entrar por la calle de la Poterna hasta el
cementerio, torciendo desde allí á la izquierda por las Monjas Claras
y entrando en la plaza del Consistorio, para dirigirse después á la
Abadía por el callejón del Cristo Viejo. El sitio llamado de las
Monjas Claras es una encrucijada irregular y estrecha, donde afluyen
tres ó cuatro calles tortuosas y mezquinas, una de las cuales es la
que por aquella parte une el camino real con la plaza. Entraba la
procesión en la encrucijada, cuando por una de las boca-calles de en
frente apareció un hombre á caballo.
Los cantores callaron, los marineros que llevaban las andas se
detuvieron, el sacristán apoyó la cruz en el suelo, y los ciriales
se bambolearon en manos de los acólitos, como árboles azotados por
el viento. Sildo dejó caer el incensario, el cura frunció el ceño,
el padre Poquito alzó del suelo los ojos, y en los labios de D. Juan
Amarillo fluctuaban las palabras «¡á la cárcel, á la cárcel!»
Al ver tanta gente, el hombre que venía á caballo quiso volver
grupas á toda prisa; pero el animal se encabritó y alzando las patas
delanteras puso al caballero en peligro de caer al suelo. Por fortuna
suya era buen ginete. La multitud prorrumpió en exclamaciones y
amenazas. Aumentado el espanto del animal con tanto vocerío, empezó á
dar vueltas caracoleando y relinchando con la espumante boca abierta.
En el mismo momento apareció por la misma callejuela otro hombre á
caballo. Era rubio, encarnado, alto, más bien gigantesco, de robusto
cuerpo y puños formidables.
Don Juan Amarillo, al ver que había dos hombres bastante audaces
para entrar á caballo en Ficóbriga en el momento sublime de la
procesión, sintió en sí la grandiosa cólera de los dioses antiguos,
y se lanzó en medio del gentío llevando el rayo en sus ojos. Su mano
empuñaba el bastón como un dardo. Haría, pues, escarmiento, pondría á
inmensurable altura el principio de autoridad, aquel sacro principio
que se le había confiado para que lo transmitiera incólume y lleno de
gloria á las generaciones futuras.
—¡Paso al señor alcalde!—gritaba el gentío.
El primer caballo hirió con sus patas delanteras en la cabeza á
una mujer. Espoleado briosamente, dió un salto en retirada, pero
retrocedió de pronto, volviendo á quedar entre la muchedumbre, que le
rodeó decidida á destrozar caballo y caballero, principiando por los
insultos y siguiendo á los insultos las obras. Pero el segundo, ó sea
el gigante, apeándose con ligereza, empezó á puñadas con todos los
que hubo á mano, de tal manera y con tanta presteza en dar y recibir,
que se armó una contienda de mil demonios. ¡Y el alcalde, aquel varón
destinado por la sociedad y aun por Dios á convertir el mundo en una
balsa de aceite, no podía llegar, á causa del gentío, al lugar del
siniestro!
El primer ginete pudo apearse y trató de contener al que parecía su
criado; pero éste, rojo como un pimiento, pronunciando palabrotas
extranjeras que semejaban ladridos, movía los férreos brazos en
cuyo término estaban las martilludas manos, que caían como piedras
sobre los carrillos, pescuezos, hombros, omóplatos, esternones y
occipucios de los procesioneros. Era un boxeador de lo más florido
de Inglaterra; pero en aquel trágico lance no quiso Dios que probara
su destreza en tierra de alfeñiques, y por suerte había allí media
docena de focas del Cantábrico, que en cuanto vieron las furibundas
manotadas del rubio coloso extranjero, empezaron á probar que la
mar no cría puños de algodón. ¡Oh descomunal contienda!... ¡Y el
alcalde, aquella personalidad augusta que se tenía por semidivina,
que con una palabra, un homérico gesto, ó un simple fruncimiento
de cejas, podía confundirles á todos y convertirles de leones en
corderos, no acertaba á llegar al sitio de la catástrofe, porque el
gentío, apretándose, le había cogido en medio! Y hé aquí que don Juan
flotaba de un lado á otro con la oscilación de la ola, cual náufrago,
estirando su cabeza, alzando en su mano derecha el bastón y en la
izquierda el palmito, pues no quiso soltar ni lo humano ni lo divino,
y gritaba: «¡Orden!... ¡A la cárcel!»
El primer ginete, ó sea el amo, había logrado apaciguar á algunos,
administrando un par de pescozones muy convincentes á su propio
defensor y criado; pero entonces vióse que en el aire se blandía
un cirial y que caía sobre un cuerpo duro; vióse la cabeza del
formidable vestiglo boxeador chorreando sangre; y después el
mismo boxeador, frenético, espumarajeante de rabia, arremetió
al que cargaba la bendita manga-cruz. Prodújose entonces gran
marejada, retrocedió la multitud, hubo esas corrientes que
aplastan arrastrando, esos temblores de gentío que atruenan, esas
dispersiones que atascan las calles como barrancos estrechos en
días de temporal, esos choques de una ola de gente con otra, que
desnarigan y despechugan y descalabran. Sintióse entonces chasquido
de madera vieja y apolillada que se hiende, y el Salvador, el asna,
el borriquito desaparecieron, cayendo en aquel hirviente mar de piés
y manos.
El cuadro de Goya _La procesión dispersada por la lluvia_ puede dar
idea de tal escena. Veíase por una calle la cruz, poniéndose en salvo
sin ayuda de los ciriales. Estos iban á escape por otra, llevados
al hombro, como los fusiles después de un rompan filas. El cura,
agitando la capa pluvial cual si fuera á terciársela en la cintura
para arremeter, llamaba á gritos al diácono. Furioso y descompuesto
D. Silvestre parecía decir: «¡Ah! si yo no tuviera este demonche de
paño morado encima...» y con su airado pié golpeaba el suelo, como un
genio de las _Mil y una noches_.
El padre Poquito había desaparecido, _sicut avis, velut umbra_; el
suelo estaba lleno de palmitas pisoteadas; algunas personas no habían
querido separarse del Salvador, y trataban de remediar el percance,
recogiendo los pedazos del casi pulverizado borriquito y el ramo que
había ido á parar á cuatro varas de distancia, saltando como un sér
cautivo que recobra la libertad. Un sochantre andaba solo por tal
calle mirando á todos lados, y Sildo incensaba por broma á los que
se habían refugiado en los portales y en las tiendas... ¡Y en tanto
el alcalde, aquella providencia, aquella alta personificación del
orden, aquella mente suprema en cuya previsión descansan los pueblos,
si al fin pudo esgrimir su bastón en el sitio mismo de la reyerta,
no había logrado tener al alcance de su voz y de su mano á los
delincuentes, no había podido dar público testimonio de su justicia,
hacer de una manera dramática y elocuente, á los ojos de todos, el
ejemplar que tan inaudito caso exigía!
—¿Dónde están? ¿Dónde están?—decía revolviendo á los cuatro puntos
del horizonte sus ojos que echaban sentencias, multas, días de
cárcel, penas de cadena perpétua, de garrote vil.
Dió órdenes tan terribles á los alguaciles, que éstos temblaban. El
principal de ellos habría deseado acudir á un mismo tiempo á todas
partes en busca de los culpables; pero no pudo ir más que á una,
aunque D. Juan le gritaba:
—Al momento; al momento... inmediatamente, préndales usted.
Pero así como después de una derrota los diseminados cuerpos de
ejército van poco á poco juntándose de nuevo y dándose la mano,
así los fragmentos de la desbaratada procesión fueron acercándose,
uniéndose camino de la Iglesia, y Serafinita vió entrar primero al
padre Poquito, después á un cirial, más tarde á Sildo, luégo á los
cantores, y así sucesivamente hasta que llegaron las destrozadas
andas. Sólo la persona del Salvador no había sufrido deterioro ni
en su divina cara, ni en su cuerpo y traje; los dos animales sí se
hallaban miserablemente mutilados. Pero lo que aterró verdaderamente
á Serafinita fué que los grupos de gente que con aquellas diversas
partes de la deshecha procesión iban entrando, decían con azoramiento
y enojo:—«¡El judío, el judío!»
Cuatro momentos de terrible asombro y dolor inmenso había tenido
aquella virtuosa dama en su trágica vida. Primero: cuando vió morir
á su madre. Segundo: cuando su infame esposo cometió la cobarde y
villana acción de herir su cara en público. Tercero: cuando supo sin
preparación alguna la muerte de su hermano Juan y la ignominia de
Gloria. Cuarto: cuando oyó decir en la Iglesia de Ficóbriga:—«¡El
judío, el judío!»