Dieciocho siglos de antipatía.
No eran las seis cuando D. Buenaventura y Daniel Morton se hallaban
solos en la habitación de Caifás. Los chicos habían sido enviados
á la calle por su padre, y éste, después de ahondar un poco la
sepultura abierta en la tarde anterior, se ocupaba en enterrar á uno
de esos pobres muertos que entran en la inmensidad misteriosa de
la descomposición subterránea sin amigos, sin cánticos religiosos,
sin lágrimas, sin flores, sin mortaja. Para esos todo es materia y
verdadero polvo.
Ambos caballeros, después de contemplar un instante tan triste
escena, se sentaron junto á una mesilla con tapete de hule que en
mitad de la pieza había. Uno y otro callaban, bastante perplejos
y diciendo para sí: «El hablará primero.» Por fin D. Buenaventura
rompió el silencio.
—Nada necesito indicar á usted—dijo con torpeza,—de las inmensas
desgracias que han caído sobre mi familia. Usted las conoce bien;
y debo creer, al verle acudir tan puntual á mi llamamiento, que no
es indiferente á ellas, aunque no sea sino por el remordimiento de
haberlas causado.
—Es la segunda vez que vengo después de aquellos terribles
días—repuso Morton.—Esto prueba que no soy un criminal fugitivo; y al
volver con tanta insistencia al lado de los que ofendí, demuestro
que deseo ardientemente desagraviarlos.
—Ahora se probará. Yo he llamado á usted contra el deseo de mi
familia y de la misma Gloria. Separándome de su opinión en materia
tan delicada, creo que esto puede arreglarse. Hablando se entienden
las personas. Me he propuesto que este grave mal se repare, y... qué
sé yo... se me figura que lo conseguiré, si hallo en el autor de
nuestra deshonra las ideas elevadas, la dignidad y el sentimiento
del honor que supongo siempre en todo caballero bien educado,
cualesquiera que sean sus creencias. He tomado informes en Madrid, y
por personas de su raza de usted, á quienes estimo mucho, he sabido
que no tendré que habérmelas con un calavera, ni con un hombre
corrompido y sin conciencia, insensible á los estímulos del honor.
—¡No soy un malvado para usted!...—dijo el hebreo con expresión
de gratitud.—Mayor consuelo no podía yo recibir después de tantos
ultrajes... ¡No soy para usted un apestado, un réprobo, un pária, un
hombre ignominioso colocado fuera de todas las leyes!... ¡No inspiro
horror, no huye usted de mí, no se cree condenado por darme la
mano!...
—Mi opinión sobre usted no es definitiva—indicó D. Buenaventura
gravemente.—Dependerá de la conducta de usted y de la facilidad con
que se preste á una inteligencia conmigo.
—La tolerancia que hallo en usted—repuso Daniel,—me da mucha
esperanza, predisponiéndome á los mayores sacrificios.
—¡Sacrificios!... esa, esa es la palabra—dijo Lantigua con gozo y
energía.—De eso es de lo que se trata. Aquí, señor mío, nos hallamos
en presencia de un problema terrible, la religión; la religión que
en diversidad de aspectos gobierna al mundo, á las naciones, á las
familias. De ella no podemos prescindir para nada. Casi siempre es
consuelo, estímulo y fuerza que impulsa; ahora se nos ha puesto en
frente con amenazadora gravedad, y es para usted y para nosotros
obstáculo implacable, desunión, discordia, una montaña que se nos cae
encima.
Don Buenaventura dió un suspiro. Daniel Morton suspiró también.
—Pero quizás estamos dando á esta dificultad importancia mayor de la
que realmente tiene—añadió el caballero español, no sabiendo cómo
abordar la cuestión.—Para toda persona que se estima y que sabe dar
á los deberes sociales su valor propio, hay leyes categóricas que no
admiten distingos, ni sutilezas, ni interpretaciones; hablo de las
leyes del honor.
—Las leyes del verdadero honor—dijo Morton gravemente,—son las leyes
morales, fundadas en la religión ó en la filosofía. Fuera de esto,
todo es convencional y falso.
Por un momento estuvo suspenso D. Buenaventura, pero no tardó en
dominar sus ideas y repuso:
—En rigor eso es verdad. Pero dejémonos de generalidades. Usted tiene
el deber ineludible de reparar la injuria que ha hecho á mi sobrina.
Para esto es necesario un sacrificio. ¿Qué importa? El honor lo
exige, lo exige esa ley que rige todas nuestras acciones, ley que
viene no sé yo de dónde, pero que es ley, ley. Religión sin teología,
por lo cual no hay en ella cismas ni heterodoxias. Su única herejía
es la falta de valor... Aquí se nos presenta una virtuosa y angelical
muchacha deshonrada, una víctima preciosa é inocente, y esa víctima
exige de usted un gran sacrificio.
—¡El sacrificio de la religión!
—Justo.
—¿En nombre del honor?
—Justo.
—Eso quiere decir que antes que la religión es el honor. ¿Y si yo
dijera que la mayor deshonra consiste en la abjuración de la fe en
que se ha nacido?
—Eso depende de los motivos por que se haga. En un caso como este no.
—¿Me permitirá usted que ponga un ejemplo y le interrogue?
—Con el mayor gusto—dijo Lantigua orgullosamente, creyéndose más
fuerte que su contrario.
—Pues bien, supongamos que usted va á Hamburgo, á Amsterdan, á
Londres...
—Ya, ya veo su intención. Supongamos que amo á una joven israelita,
que... Vamos, que se repite este caso con los términos invertidos.
—¿Se apresuraría usted á hacer la reparación debida, sacrificando su
religión?
—Según fuera la joven.
—Como Gloria, lo mismo que Gloria. Se supone que usted la amaría con
pasión irresistible.
—Hombre, eso de hacerse judío es demasiado fuerte. Comprendo que se
abrace el protestantismo, cualquier cosa... Pero, en fin, concedida
la pasión, las circunstancias terribles de este caso... sí... aseguro
á usted que me haría judío.
—Señor de Lantigua—dijo Morton con entereza y dignidad.—Usted no
tiene religión: usted no es católico.
Asombrado y balbuciente se quedó el español; mas repuesto pronto de
su confusión, habló así:
—Soy católico sincero, por educación, por convicción, por el ejemplo
santo de mis virtuosos hermanos, porque creo que el catolicismo
es la religión más perfecta, porque si algún momento flaquease mi
razón, vendría á fortalecerme el recuerdo de mi amorosa madre, y
con recordarla sólo, la fe que en ella hizo prodigios de virtud, á
mí me daría también fuerzas y consuelo; soy católico, porque veo en
Jesucristo, Hijo de Dios, el más admirable ejemplo de perfección
moral que puede ofrecerse al hombre, porque creo firmemente en el
perdón de los pecados y en la vida eterna.
—Nada de eso prueba una fe muy ardiente. Acepta usted lo que más le
acomoda y lo demás lo rechaza. Pero aun con fe tan tibia no le creo
á usted capáz de hacerse judío por amor, por el cariño de una mujer,
por cosas de un día.
—Y por deber, por la responsabilidad terrible de una gran
falta—añadió Lantigua con energía.—Por estas razones y otras no
vacilaría en cambiar, al menos aparentemente, la religión más
aceptable por la más desacreditada.
—¡Aparentemente!... Es decir con reservas mentales...—dijo Morton
lleno de confusión.
—¡Ah! veo que usted es más intolerante en su religión falsa que yo en
la mía verdadera. Yo concedo algo, usted nada. Siga usted mi ejemplo,
y verá usted como no soy fanático, ni intransigente, ni mojigato. Me
atrevo á esperar que mi creencia se asemeja bastante en el fondo á la
de usted, ó á la de cualquier otro hombre del siglo.
—¿Cómo?—preguntó Morton con curiosidad.
—¿Será posible que en el fondo no pensemos lo mismo, Sr. Morton?
Se me figura que sí. Óigame usted con atención. Yo creo que la fe
religiosa, tal como la han entendido nuestros padres, pierde terreno
de día en día, y que tarde ó temprano todos los cultos positivos
tendrán que perder su vigor presente. Yo creo que los hombres
buenos y caritativos pueden salvarse y se salvarán fácilmente,
cualquiera que sea su religión. Creo que muchas cosas establecidas
por la Iglesia, lejos de acrecentar la fe, la disminuirán, y que en
todas las religiones y principalmente en la nuestra sobran reglas,
disposiciones, prácticas. Creo que los cultos subsistirían mejor
si volvieran á la sencilléz primitiva. Creo que si los poderes
religiosos se empeñan en acrecentar demasiado su influencia, la
crítica acabará con ellos. Creo que la conciliación entre la
filosofía y la fe es posible, y que si no es posible, vendrá un caos
espantoso. Creo que cada vez es menor, mucho menor, el número de los
que tienen fe, lo cual me parece funesto. Creo que ninguna Nación ni
pueblo alguno pueden subsistir sin una ley moral que les dé vida; y
si una ley moral desaparece, vendrá necesariamente otra... Esto que
declaro, esto que pensamos ¿á qué negarlo? todos los hombres del día,
es de esas cosas que pocas veces se dicen, y yo las callo siempre,
porque la sociedad actual se sostiene, no por el fervor, sino por
el respeto á las creencias generales. Las circunstancias en que nos
encontramos oblíganme á abrir á usted mi pensamiento, mostrándole
todo lo que hay en él, y á hablarle con entera franqueza, pues ni mi
nombre, ni el respeto que debo á la memoria de mi hermano muerto y
á las virtudes acrisoladas del que vive, concuerdan bien con estas
ideas que á pesar mío exhibo. Y al hacerlo así, revelando lo que
nadie hasta hoy ha oído de mis labios, espero hallar un eco en el
pensamiento de usted, porque teniéndole por hombre instruído en las
ideas corrientes, no es posible que esté tan rigurosa y tenazmente
aferrado á la secta más desautorizada de todas. Creo, finalmente
y para decirlo todo de una vez, que el fondo moral es con corta
diferencia uno mismo en las religiones civilizadas... mejor dicho,
que el hombre culto educado en la sociedad europea es capáz del
superior bien, cualquiera que sea el nombre con que invoque á Dios.
Breve pausa siguió á esta profesión de fe. Morton miraba fijamente
el hule de la mesa, y absorto en el grave asunto, se ocupaba
maquinalmente en retorcer una hilacha que sus manos habían
encontrado allí.
—Estimo la declaración—dijo sin alzar los ojos de la mesa.—Ya sabía
yo que muchos adalides del partido católico son racionalistas _in
pectore_. Ahora en cambio de sus concesiones yo voy á hacer otras.
Don Buenaventura decía para sí:
—¡Quién me había de decir que yo vaciaría estas heces de mi
conciencia delante de un judío!... Pero es preciso transigir, sí,
transigir, ceder un poco, para que él ceda otro poco y nos entendamos.
—Mi familia, como la de usted—dijo el hebreo,—se ha distinguido por
su fervor religioso, ha sido y es, como la de usted, una familia
respetada y querida por sus virtudes y su generosidad; ha tenido y
tiene gran prestigio en nuestra raza, por sostener con noble tesón
la idea de la consecuencia israelita en medio de la desgracia en que
vivimos, y de la degradación en que han caído muchos de nuestros
hermanos. Yo he sido educado con gran solidéz de principios. Me
han infundido la fe, más en la conciencia que en la imaginación,
hablándome poco á los sentidos y mucho al alma. Además me han
inculcado la idea de que por nuestra religión fueron revelados al
mundo los eternos principios que lo rigen, y que no pierden su
valor por las modificaciones que recibieran en un día memorable. Me
han enseñado á amar una ley que contiene todo lo bueno y todo lo
verdadero, pues ninguna verdad moral posee el mundo que no se halle
en mis libros. Al afirmar esto, no llegaré al extremo de creer
que fuera de mi ley todo es corrupción, inmoralidad, mentira, como
hacen aquí, no: yo también cederé, imitándole á usted, y diré que
los preceptos morales por los cuales nos regimos son los mismos que
gobiernan el alma cristiana, los mismos que gobiernan á todos los
hombres que tienen preceptos. No sé que haya en pueblos civilizados
ninguna religión, cuya moral diga: «Matarás, mentirás, robarás, harás
daño á tu prójimo...»
—Muy bien, muy bien—dijo Lantigua radiante de satisfacción.—¿Ve usted
cómo nos acercamos? ¿Qué queda entre nosotros?... El culto, la forma,
la liturgia, un fantasma, señor Morton.
—¡El culto!...—exclamó Daniel solemnemente.—¿Y á eso llaman ustedes
fantasmas? Para ustedes lo será, para mí no.
—¿Es posible que quien piensa como usted piensa, dé valor...?
—Sí, doy valor al culto, y valor inmenso.
—¿Por qué?
—Porque es nuestra nacionalidad. No tenemos patria geográfica y nos
la hemos formado en la comunidad de prácticas religiosas y en la
observancia de la ley. Por razón de nuestro estado social, nosotros
tenemos más íntimamente confundidas que ustedes la patria, la
familia, la fe. Para ustedes la religión no es más que la religión;
para nosotros además de la religión, es la raza, es una especie de
suelo moral en que vivimos, es la lengua, es también el honor, ese
honor de que usted me ha hablado y que en nosotros no se concibe
sin la consecuencia, sin la constancia en amar una fe augusta y
venerable, por la cual somos escarnecidos.
—Todo eso es de forma; al fondo, al fondo—dijo Lantigua con
impaciencia.—Usted demuestra creer que su religión no es en lo moral
superior á la mía.
—Lo es por la antigüedad y por la sencilléz. Creo firmemente que
cuanto Dios ha revelado al hombre está en mi ley. Todo lo demás es
postizo. No aborrezco al cristianismo por falso ni por malo, sino por
cruel é inútil.
A D. Buenaventura se le vinieron á la boca mil argumentos terribles,
abrumadores, sin réplica; pero se contuvo antes de enunciarlos, y
llenándose de paciencia, siguió escuchando.
—Hay razones históricas y sociales—añadió el hebreo,—razones
terribles, amigo mío, para que nuestra abjuración sea más deshonrosa
que la de otro hombre cualquiera.
Don Buenaventura dejó ver una sonrisa de desdén.
—Además de que siento un instintivo amor al Dios de mis padres, y
antipatía invencible á la inútil innovación cristiana...
A D. Buenaventura se le acababa la paciencia.
—Déjeme usted seguir. Además de esto, obedezco á una ley de raza: ¡y
qué terribles son las leyes de raza! El mismo valladar insuperable
establecido por los cristianos para que vivamos separados del resto
del linaje humano, aviva y enciende más nuestra consecuencia,
porque las injurias que hemos recibido, la expulsión de España, el
injusto odio de los pueblos cristianos nos aferran más á nuestro
dogma, fórmula de la patria entre nosotros. ¡Abjurar!... ¡Pasarnos á
este enemigo implacable que durante dieciocho siglos nos ha estado
insultando, escupiendo y abofeteando; que nos ha expulsado, nos ha
quemado vivos, nos ha arrojado de todas las ocupaciones honrosas, nos
ha cerrado todas las puertas, nos ha prohibido todos los oficios,
dejándonos sólo el más vil, el de la usura; que nos ha llenado de
denuestos groseros, apartándonos de todo lo que puede llamarse
fraternidad y negándonos hasta el goce de los derechos naturales;
que nos ha considerado siempre como una excepción en la humanidad,
como una raza abyecta y manchada, y nos ha estado martirizando con
la infame y absurda nota de deicidas, de haber matado á Dios!... No,
no puede ser, entre nosotros no habrá un solo hombre de honor que se
pase á este implacable y feróz enemigo. Dieciocho siglos de venganza
por haber dado muerte á un filósofo, al más grande de los filósofos
si se quiere, es demasiada crueldad.
—Merecido baldón ha sido—dijo D. Buenaventura,—y lo prueba la
espantosa duración del castigo. Un año, diez, un siglo, pueden
equivocarse. Mil ochocientos años no se equivocan. Su fallo merece
respeto.
—No tendrá jamás el mío—declaró Morton con ira.—Ha tocado usted
la fibra más delicada de mi corazón, de un corazón que tiene el
acendrado fuego de la raza. Yo tengo la pasión de mi nacionalidad
perdida, de mi culto sencillo y grandioso, de mi pueblo desgraciado
y escarnecido que conserva en sí un fondo admirable de valor moral.
Sí, quisiera tener mil bocas para decirlo con todas ellas. Un
pueblo que ha resistido á dieciocho siglos de desprecio, un pueblo
que subsiste después de mil ochocientos años de verse proscripto,
errante, vejado, humillado, es digno de mejor suerte.
—Procuren ustedes mejorarla.
—Yo he pasado horas de amarguísima tristeza pensando en la suerte
infelíz de mi raza. Desde que tuve uso de razón, comprendí, á pesar
de vivir en la mayor opulencia, que en nosotros había un gran
vacío, aunque no me podía explicar cuál era; comprendí que una nube
siniestra nos envolvía, que no éramos como los demás, que la sociedad
nos había marcado... He pasado la mayor parte de mi juventud en
tétricas meditaciones sobre nuestro aflictivo destino social, y con
esto el amor que siempre tuve á mi casta, á mi grandiosa historia, se
inflamaba más cada día hasta llegar á una vehemencia que hizo creer
en la pérdida de mi razón. Mi juventud ha sido un delirio doloroso,
un sueño en que se han confundido los intentos más atrevidos con
las ideas más nobles. He soñado con la rehabilitación del judaísmo,
con borrar la maldición horrible; he pasado años enteros en soledad
sombría, como los anacoretas, meditando en la pasión y crucificación
de un pueblo inocente, y después, lanzándome al mundo y á los viajes
infatigables por todos los países donde había israelitas, he tomado
el tiento á la terrible carga de esta empresa. Mas á pesar de
hallarla muy pesada, no he renunciado á echarla sobre los hombros, y
en horas de duda ó vacilación he sentido en mí un aliento poderoso,
una inspiración, una solemne voz de mi ultrajado Jehová que me decía:
«Adelante.»
»Y á un hombre de tal temple, á un hombre que tiene el fanatismo
santo de su casta, que no vacila en morir cien veces por ver
realizada una rehabilitación que el siglo cree imposible; á un
hombre que no es de estos vanos creyentes del día, superficiales
y corrompidos ni sabe mirar con indiferencia las cosas de Dios y
del corazón, le dice usted: «Abandona todo eso y ven á humillarte
aquí delante de mí; ven á besar esta cruel mano que te ha estado
abofeteando por espacio de dieciocho siglos; ven á adorar al filósofo
crucificado en cuyo nombre hemos decidido que eres una bestia.»
—En nombre de Jesucristo—dijo D. Buenaventura, sintiendo que en su
corazón había sido tocada una fibra de sentimiento, aunque estaba
muy honda y el dolor no era grande,—en nombre del que redimió al
género humano transformando toda la tierra. Parece mentira que en un
entendimiento cultivado y claro exista obcecación semejante. ¡Dios
mío, lo que es nacer en el error!... Pero hay una cosa que me hace
poner en duda la sinceridad de su fanatismo. Si tan lleno estaba
usted de la idea de su raza, si esta idea le ocupaba por entero,
rigiendo completamente su vida, sus actos todos y sus sentimientos,
¿cómo, señor Morton, cayó usted en la debilidad de enamorarse de una
mujer cristiana?
—Dios nos somete á durísimas y terribles pruebas. Los católicos
tibios que piensan poco en Dios, los ateos que le niegan y los
racionalistas cristianos que le han despojado de sus maravillosos
atributos personales, no comprenderán esto y reirán con impía necedad
de las pruebas á que me refiero. Yo no soy así. Creo en las pruebas
como en los castigos. Mi insensato y desvariado amor es una de
aquéllas. He caído, he caído con pecado nefando y he sentido las más
terribles y congojosas dudas que pueden imaginarse. ¿Qué debo hacer?
¿En qué grado deben interesarme respectivamente mis deberes sociales
y mis deberes religiosos? Aquí tiene usted la gran duda que me ha
traído á la mayor desesperación, y á desear ardientemente la muerte,
la madre muerte, que todo lo resuelve.
—Yo no le he llamado á usted ni usted ha venido tampoco para
entregarse á una desesperación inútil. Es preciso ser razonable,
abordar esta cuestión terrible que se nos ofrece en presencia de mi
sobrina, inocente y buena y hermosa; de mi hija, debo decir, pues por
tal la tengo.
—Es verdad. Yo he venido deseoso de abordar la cuestión y de
resolverla.
—¿Cómo? Después de lo que acabo de oir—dijo D. Buenaventura con
acento de indignación,—parece que, según usted, el horrendo
sacrificio debe hacerlo ella.
—No, no; comprendo que eso no puede ser... Hay otro medio.
—No alcanzo ninguno.
—Si yo no creyera que hay otro medio, no hubiera venido, me habría
quedado en Londres.
—Es verdad.
—Sólo el acudir puntual á su llamamiento, indica que mi deseo es...
—Conciliar... bien.
—Pero esta conciliación no puede celebrarse sino entre ella y yo,
entre su conciencia y la mía.
—Es necesario—dijo Lantigua con interés.—Es necesario que usted
la vea. Ella le recibirá á usted. Ya se lo he dicho y tendrá que
obedecerme.
—El problema es difícil; pero quién sabe... Creo que en la cuestión
de fe no nos sería difícil llegar á una concordia provisionalmente
aceptable... pero la cuestión de forma es la más terrible.
—Ahí, ahí está el quid. ¿Pero será imposible buscar una fórmula?
Don Buenaventura que en su vida política, no por cierto muy larga
ni muy brillante, había descollado en el arte de buscar fórmulas,
creía posible, en la ocasión que ahora relatamos, lucir nuevamente su
ingenio. Pensando en esto, dijo para sí:
—No se presenta mal. ¡Algo duro está! Veremos; creo que repetidas
conferencias entre los dos han de abrir algún camino... Todavía me
queda un argumento muy fuerte, un argumento de corazón, de ternura, y
ese lo dejo para cuando sea oportuno. Ahora no lo es.
—Nada podemos adelantar, mientras yo no la vea y hable con ella—dijo
Morton con inquietud.
—La verá usted. Su repugnancia es mucha; pero yo la venceré. Tenemos
dificultades por todas partes. No contábamos con el disgusto y la
alarma que su presencia de usted produciría en este piadosísimo
pueblo. Las ideas de mi familia tampoco nos son muy favorables. Mi
hermana se empeña en dirigir la mente de Gloria al ascetismo, y esto
no me gusta.
—¿Y el Sr. D. Angel?
—No está aquí. Menos temor me infundiría él que mi hermana... ¡Una
fórmula! ¡Hallar una fórmula! ¿Pero esto es tan difícil?... Se me
figura que entre los tres llegaríamos á una solución lisonjera, ó al
menos admisible. Todo menos la deshonra de esa infelíz...
—Que yo la vea, que yo la vea es lo principal—dijo Morton con ardor.
—La verá usted...
—Que pueda yo además mostrarme libremente en el pueblo, y que cese
el absurdo horror que inspiro; que pueda ir á todas partes; que mi
nombre no sea una blasfemia...
—Cierto—dijo Lantigua hondamente preocupado.—Es preciso ante todo
redimirle á usted de esta horrible abominación pública, indigna de la
cultura moderna.
—Sí, sí.
—Y darle á usted alojamiento digno, decoroso, á la luz del día; que
no viva oculto como los ladrones.
—Sí, sí, también eso.
El ilustre banquero miró fijamente al suelo, sosteniendo su barba con
los dedos de la mano derecha.
—¡Ah!—exclamó de improviso, dándose una palmada en la frente.—Tengo
una idea; una idea felicísima.
—¿Cuál?
—Permítame usted que no se la diga por ahora.
—Pero...
—Tendrá usted alojamiento decoroso, y se modificará ó se atenuará
por lo menos el rigor de esa implacable opinión pública... Hoy mismo
notará usted las consecuencias de mi idea.
—Deseo saberla.
—Confíe usted en mí—dijo el banquero levantándose.—Nos veremos luégo.
Voy á ocuparme de usted.
No quiso dar más explicaciones el noble señor de Lantigua, y salió
dejando al hebreo en confusión no menos grande que la que al
principio de la conferencia tenía. Morton se asomó á la ventana y vió
á Caifás enterrando otro muerto.
—Un enemigo menos en Ficóbriga, pensó.
En tanto Lantigua corría presuroso en busca del señor cura D.
Silvestre Romero.