VII

Tía y sobrina.

Después de la procesión de las palmas y de la bellísima ceremonia y

cánticos en la puerta al regreso de aquélla, se celebró la misa de

Pasión. Muy tarde salieron de ella, y D. Buenaventura fué en busca de

su sobrina para dirigirse á la casa, donde les aguardaba la comida.

No les acompañó en esta función doña Serafina porque ayunaba, y sin

más sustento que el chocolate, se estaba todo el día en la Iglesia

hasta el anochecer, hora en que iba á su casa y tomaba la colación.

Don Buenaventura llevó nuevamente á Gloria por la tarde á la Abadía,

para que viese salir la procesión del Salvador. Dejóla en la capilla;

repitióse el mismo desaire de la mañana; pero ni un instante decayó

el valeroso ánimo de la joven. Cuando se puso en marcha la procesión

y salió el Salvador, Gloria cerró los ojos para no verlo. Pasaron,

salieron todos, santos, clérigos, señores, pueblo. En la Abadía no

quedaban sino algunos ancianos inválidos, dos cojos, y las nubes de

incienso suspendidas con imperceptible movimiento en el aire. Gloria,

al hallarse casi sola, encontró más fácil la subida de su mente hacia

Dios, y la angustia que oprimía su pecho comenzó á ceder. Fatigada

extremadamente de estar de hinojos, se levantaba para sentarse en un

banco, cuando oyó pasos acompañados de un golpecito de bastón, y

reconoció la persona de su tía, que se acercaba. Serafinita entró en

la capilla.

—Al fin has venido—le dijo.—¡Pobrecita! mi hermano es muy terco y

pesado. Perdónale, porque su intención ha sido buena.

—¡Perdonarle!... Antes le agradezco que me haya hecho salir. Me

siento bien.

—¿Te sientes bien?—preguntó la tía con expresión de lástima.—¿Estás

contenta?

—Contenta no; pero tranquila sí.

—¡Y yo que venía á consolarte...!

—¿A consolarme? ¿De qué?

—Entremos en el camarín. Tengo que hablarte. Allí descansarás mejor.

Ambas entraron. Gloria vió sobre una silla, abandonado, pisoteado,

mustio y lleno de polvo el ramo que entregara á D. Silvestre con el

fin que sabemos.

—¡Está aquí!—exclamó con asombro, fijando los ojos en su tía.

—Ahí está, sí—repuso Serafinita sentándose.—Ya debías comprender que

no podía estar en otra parte. Ayer no quise decirte nada; pero ya

pensé que podías excusar ese regalo de flores al Salvador, imagen

protectora de nuestra familia.

Absorta y anonadada, Gloria no halló en su pensamiento palabras para

contestar. Miraba á su tía y después á las flores, cual si de éstas

más que de aquélla debiera esperar explicación razonable.

—Es verdad—dijo al fin sollozando.—No debí mandarlo.

—Esas buenas señoras—continuó Serafinita,—tuvieron escrúpulos que yo

disculpo... Te consideran en pecado mortal... Ya ves... Es preciso

respetar las creencias generales. Yo comprendo bien que en esta

deplorable fama de tu vergüenza hay algo de injusticia, y desde ayer

algunas ideas supersticiosas.

—¿Qué ideas?—preguntó Gloria.

—Dicen que ayer, cuando el borriquito sintió encima el peso de tu

ramo, empezó á dar coces y á sacudirse hasta que lo arrojó de sí...

Sería alucinación, ó quizás algún hecho casual alterado por los

sentidos. Pero sea lo que quiera, y aunque suprimamos el sobrenatural

prodigio, siempre quedará la idea...

—¡De que estoy en pecado mortal!... ¡de que estoy condenada!—exclamó

la señorita de Lantigua.—¡Oh! querida tía, ¿está usted segura de no

equivocarse?

—Yo no creo que el estado de tu conciencia sea tan malo como piensa

la gente; pero la opinión del pueblo en que vivimos y que siempre nos

ha demostrado tanto cariño, es muy desfavorable á tí.

—Ya lo he comprendido.

—Si no hubieras salido hoy de casa, como yo quería—dijo la señora

sollozando con aflicción,—ni tú ni yo pasaríamos las amarguras que

hemos pasado hoy, á causa del atróz desaire de que has sido objeto.

—Es cierto, sí. Varias personas se retiraron de la capilla cuando yo

entré—dijo Gloria á medias palabras.

—¡Ay!—murmuró doña Serafina llevando ambas manos á su sereno rostro

y llorando sin consuelo.—Grandes penas he sufrido; pero nunca se ha

sonrojado mi cara como hoy... al ver...

El llanto la ahogaba.

—Al ver—prosiguió,—que en esta villa, en esta santa Iglesia, en

nuestra capilla, había de ocurrir una escena semejante. ¡Cómo podía

ocurrírseme que al entrar en ella la hija de mi hermano, la hija de

aquél que fué tan justamente querido en todas partes... de aquél

que tanto enalteció con sus virtudes y con su talento el nombre de

Lantigua...! ¡cómo podría yo pensar que al entrar tú, una mujer de mi

sangre y de mi nombre, en esta capilla, habían de huir escandalizados

los fieles con espanto de tu compañía!

Gloria no contestó. Con las manos cruzadas sobre las rodillas,

tocando la barba en el pecho, oía el lastimero clamor de su tía,

hallándose decidida á apurar sin protesta el cáliz.

—Yo lo sufro con paciencia—continuó la señora tomando las manos de

su sobrina y estrechándolas con cariño.—Yo lo sufro con paciencia, y

además, hija de mi alma, reconozco que tienen razón.

Al oir esto, Gloria se estremeció. Sus labios se desplegaron

incitados por la palabra que quería salir... pero no dijo nada, y

volvió á inclinar la cabeza.

—Sí—añadió Serafinita,—sí, tienen razón. El inmenso cariño que te

tengo no me ciega, hija, y veo con claridad tu tristísimo estado, y

disculpo á las personas que apartan de tu presencia á las tiernas

niñas... Si hicieras lo que yo te ruego á todas horas... Si

siguieras mis indicaciones, que son las de una madre desinteresada,

y se ajustan al criterio de tu padre y á la voluntad de tu santo tío,

entonces, querida Gloria, ¡cuán distinta sería tu situación ante Dios

y ante los hombres! Las circunstancias terribles de tu caída exigen

que renuncies á todo, que mueras para el mundo, para la sociedad,

para todo, absolutamente para todo, que sólo vivas para Dios. Gloria,

amada hija mía—añadió alzando la voz con acento que tenía algo de

terrible,—muere, muere para el mundo si quieres salvar el alma.

—¡Muerta estoy!—murmuró Gloria en un gemido.

—No, porque esperas aún en cosas de la tierra.

—No espero nada—repuso la huérfana.—Acepto la expiación horrible

que me ha sido impuesta, y la acepto sin ira, con humildad. Perdono

las injurias; no siento ni aborrecimiento ni antipatía por los que

han hecho de mi nombre la palabra favorita del escándalo; no diré

una sola voz por defenderme, porque sé que todo lo merezco, que mis

culpas son grandes; bebo hasta lo más hondo, hasta lo más repugnante

de este cáliz amargo, y ofrezco á Dios mi corazón llagado que chorrea

sangre y que jamás, en lo que le resta de vida, dará un latido que no

sea un dolor.

—Padeces, sí, padeces—dijo la tía con amor;—pero no lo bastante.

Hay en tu mismo martirio y en esa expiación de que hablas una

independencia, una rebeldía, que ya es un nuevo pecado.

—¿Qué debo hacer para no ser rebelde? Estoy dispuesta á todo—declaró

la joven arrojando fuera hasta el último átomo, si así puede decirse,

de libre albedrío.

—Reconciliarte completamente con Dios.

—¿No lo estoy ya?

—Creer todo lo que manda la Santa Madre Iglesia.

—Bien. Lo creo.

—Y después... después entrar en un convento.

Al oir esto, Gloria alzó la cabeza. Creeríase que en su alma

estallaba repentina sublevación de sentimientos poderosos que no

podía dominar. Sin duda iba á decir algo enérgico y categórico,

porque sus negros ojos brillaron y sus labios palidecieron; pero la

voluntad, más firme cuanto más combatida, cayó como la losa de un

sepulcro sobre aquello que con audacia se levantaba, y bien pronto

todo su espíritu fué paciencia.

—Si un convento—dijo sordamente,—es una sepultura donde se entra

viviendo, yo quiero vivir para todo lo que no sea Dios y mi

remordimiento, quiero vivir en la soledad más negra y más completa

que pueda imaginarse, quiero que mi nombre no exista más en la

memoria de nadie, á no ser en la de aquellos que lo pronuncien para

ultrajarme, y que mi persona en el mundo sea como una figura trazada

en el agua.

—¡Ah!—observó con un poco de alteración doña Serafina,—ese es el

pérfido sofisma del mundo. No, no... De esos conventos que labra

el alma en sí misma se puede salir. ¡No, no mil veces! No tenemos

garantía de la perpetuidad de tu reclusión, y esa garantía la

necesitamos á un tiempo la Iglesia y tus parientes, la exigen la fe

que profesamos y el decoro social. ¡Ay! pobre hija mía, piénsalo

bien; esta solución que te propuse desde el primer día es la única

posible.

—La solución es padecer—dijo Gloria con voz firme.

—¡Oh! no me lo niegues, no me lo niegues, tú esperas.

—Espero en Dios.

—No; tú esperas en cosas livianas, tú esperas en el mundo. Sin

sospecharlo tú misma, estás solicitada por el pecado que ya te

hundió en los abismos... ¡Ay, no puedes apartar de tí esa víbora!

Confiésalo, reconócelo.

—No espero nada del mundo—dijo Gloria con tranquilidad.

—Sí, tú esperas. Aún te tiene en sus garras la bestia horrible.

Gloria, hija mía, ¿no cabe en tu mente la cristiana idea de la muerte

social, que es la salvación del alma, esa muerte en cuyo punto

empieza la eterna y gloriosa vida?

—No puedo morir más de lo que muero para el mundo.

—Desgraciada, sueñas con una reparación imposible.

—No hay reparación para mí.

—Mientras sobre la tierra aliente un hombre, tú no tendrás valor para

arrancarte de la tierra. La tienes asida con tus manos, y aunque te

quemas, todavía no quieres soltarla.

—Desasida estoy. He renunciado á la reparación, al matrimonio, al

amor mismo. Yo arrancaré cuanto existe en mí de aquel tiempo, hasta

los recuerdos, para estar todo lo sola que deseo.

—¿Pero sabes tú lo que podrá ocurrir? Ese hombre te ha solicitado de

nuevo, te ha buscado...

—No he querido verle ni escribirle...

—Eso no basta. Tu situación siempre es equívoca y deshonrosa. ¡Baldón

para tí y para tu familia!... Gloria, hija de mi corazón, entra,

entra en un convento, que es la solución natural de tu desgracia

irreparable, la solución religiosa y social.

Abrazándola con ternura, Serafinita besó á su sobrina en las

mejillas. La infelíz penitente, entre ahogados sollozos, afirmó con

categórica determinación:

—Jamás, jamás, querida tía, entraré en un convento.

—Díme la razón, dímela—suplicó Serafinita.

—¡La he dicho tantas veces!... Es lo único que queda en mí de la

voluntad estirpada, lo único que resta después del sacrificio de toda

mi persona, el único deseo de quien á nada aspira en el mundo, el

único móvil por el cual mi estancia en la tierra merece el nombre de

vida.

—Siempre la falsa idea. Tú esperas, esperas—repitió Serafinita

moviendo la cabeza.—Eso es esperanza, y esperanza del mundo.

—Yo creí que era sacrificio y virtud.

—Siempre la misma idea—volvió á decir la dama, moviendo la cabeza

con desaliento, como el que ve perdido aquello que quiere

salvar.—Siempre el lazo que te ata á la vida y que te seduce

porque es en su origen noble y generoso... No te dejes engañar por

sentimientos que no te corresponden ya, por sentimientos, hija mía, á

los cuales no tienes derecho, á causa de tu culpa.

—Si es así—manifestó Gloria con sumisión, demostrando el agudísimo

dolor que la dominaba,—mi castigo será infinitamente superior á mi

pecado, y éste es muy grande.

—No tienes idea de la grandeza de las penas. Te pareces al que por

un rasguño se lamenta como si tuviera terribles heridas. ¡Padecer!

¿Sabes bien hasta dónde alcanza este concepto? ¿Sabes acaso todo lo

que cabe en las fuerzas del humano espíritu tratándose de padecer? Es

lo único en que el sér humano no conoce límites ni debe desearlos.

Fíjate bien en la Pasión que conmemoramos los católicos en esta

semana, y tus pueriles alardes de sufrimientos te causarán risa.

Quítale al presente dolor la amenaza de otro dolor más grande, y te

parecerá un consuelo. ¡La resignación! ¿Sabes lo que entraña esta

palabra? Contiene el propósito firme de aceptar todas las amarguras

que pueden venir detrás de las que por el momento apuramos. Tú no

lo comprendes así; no vas hasta el último extremo, no aceptas la

totalidad de tu expiación, y haciéndote juez de tu propia causa,

te sentencias á un aislamiento placentero y tranquilo donde sabrás

rodearte de delicias. Renunciando sólo á los gustos que no valen

nada, te quedas con aquello que por ser muy bueno sirve para premio

de las más altas virtudes...

Gloria gimió con dolor al oir esto.

—¡Donosa resignación la tuya!—añadió Serafinita.—¡Lindo modo de

purificarte por el martirio! Si Jesús, después de azotado, hubiera

huído cuando le iban á crucificar, ¿crees que habría redimido al

género humano? Pues tú haces eso: crees tener bastante con los

azotes, y huyes de la cruz... Tu resignación será ineficáz para tu

alma, si no es completa, absoluta, si no comprende la renuncia de

todo, absolutamente de todo.

Doña Serafina al decir esto, abrazó y besó tiernamente á su sobrina,

la cual, agobiada en extremo y bañada en lágrimas, repetía:

—Todo, absolutamente todo...

Era necesaria la gran mansedumbre que se había impuesto y que ella

tenía, para no caer en la más negra desesperación. Sin rechazar las

terribles afirmaciones de su tía, que aún no podemos comprender bien

por ignorar el hecho que las ocasiona, Gloria no podía menos de dar

salida á una dolorosísima queja que brotando de lo más íntimo de su

angustiado pecho, se manifestaba en estas breves palabras:

—¡Oh, qué crueldad, qué crueldad!

—No te sofoques más ahora—dijo la buena tía besándola tiernamente.—Ya

tendremos tiempo de hablar de este asunto. Volvamos á la Iglesia. No

sé cómo no ha vuelto ya la procesión. No siento nada. Es extraño...

¡Inaudito caso! La procesión, que no debía emplear más de cuarenta

minutos en recorrer su carrera, no había vuelto aún después de

transcurrida una hora.

—No salgas así—añadió Serafinita.—Sosiégate, y aguarda en el camarín

un ratito. Voy á ver por qué se ha detenido esa procesión.

Doña Serafina, al salir á la capilla, vió con asombro que entraban

alborotadas algunas mujeres, oyó rumor de voces y gritos en la plaza.

—Ya...—dijo al fin buscando una razón.—Llueve sin duda y se ha

desorganizado la fiesta.

Pero no: lucía espléndido sol, y la tarde estaba serena.

Gloria (segunda parte) · 第 12 / 45 题