Tía y sobrina.
Después de la procesión de las palmas y de la bellísima ceremonia y
cánticos en la puerta al regreso de aquélla, se celebró la misa de
Pasión. Muy tarde salieron de ella, y D. Buenaventura fué en busca de
su sobrina para dirigirse á la casa, donde les aguardaba la comida.
No les acompañó en esta función doña Serafina porque ayunaba, y sin
más sustento que el chocolate, se estaba todo el día en la Iglesia
hasta el anochecer, hora en que iba á su casa y tomaba la colación.
Don Buenaventura llevó nuevamente á Gloria por la tarde á la Abadía,
para que viese salir la procesión del Salvador. Dejóla en la capilla;
repitióse el mismo desaire de la mañana; pero ni un instante decayó
el valeroso ánimo de la joven. Cuando se puso en marcha la procesión
y salió el Salvador, Gloria cerró los ojos para no verlo. Pasaron,
salieron todos, santos, clérigos, señores, pueblo. En la Abadía no
quedaban sino algunos ancianos inválidos, dos cojos, y las nubes de
incienso suspendidas con imperceptible movimiento en el aire. Gloria,
al hallarse casi sola, encontró más fácil la subida de su mente hacia
Dios, y la angustia que oprimía su pecho comenzó á ceder. Fatigada
extremadamente de estar de hinojos, se levantaba para sentarse en un
banco, cuando oyó pasos acompañados de un golpecito de bastón, y
reconoció la persona de su tía, que se acercaba. Serafinita entró en
la capilla.
—Al fin has venido—le dijo.—¡Pobrecita! mi hermano es muy terco y
pesado. Perdónale, porque su intención ha sido buena.
—¡Perdonarle!... Antes le agradezco que me haya hecho salir. Me
siento bien.
—¿Te sientes bien?—preguntó la tía con expresión de lástima.—¿Estás
contenta?
—Contenta no; pero tranquila sí.
—¡Y yo que venía á consolarte...!
—¿A consolarme? ¿De qué?
—Entremos en el camarín. Tengo que hablarte. Allí descansarás mejor.
Ambas entraron. Gloria vió sobre una silla, abandonado, pisoteado,
mustio y lleno de polvo el ramo que entregara á D. Silvestre con el
fin que sabemos.
—¡Está aquí!—exclamó con asombro, fijando los ojos en su tía.
—Ahí está, sí—repuso Serafinita sentándose.—Ya debías comprender que
no podía estar en otra parte. Ayer no quise decirte nada; pero ya
pensé que podías excusar ese regalo de flores al Salvador, imagen
protectora de nuestra familia.
Absorta y anonadada, Gloria no halló en su pensamiento palabras para
contestar. Miraba á su tía y después á las flores, cual si de éstas
más que de aquélla debiera esperar explicación razonable.
—Es verdad—dijo al fin sollozando.—No debí mandarlo.
—Esas buenas señoras—continuó Serafinita,—tuvieron escrúpulos que yo
disculpo... Te consideran en pecado mortal... Ya ves... Es preciso
respetar las creencias generales. Yo comprendo bien que en esta
deplorable fama de tu vergüenza hay algo de injusticia, y desde ayer
algunas ideas supersticiosas.
—¿Qué ideas?—preguntó Gloria.
—Dicen que ayer, cuando el borriquito sintió encima el peso de tu
ramo, empezó á dar coces y á sacudirse hasta que lo arrojó de sí...
Sería alucinación, ó quizás algún hecho casual alterado por los
sentidos. Pero sea lo que quiera, y aunque suprimamos el sobrenatural
prodigio, siempre quedará la idea...
—¡De que estoy en pecado mortal!... ¡de que estoy condenada!—exclamó
la señorita de Lantigua.—¡Oh! querida tía, ¿está usted segura de no
equivocarse?
—Yo no creo que el estado de tu conciencia sea tan malo como piensa
la gente; pero la opinión del pueblo en que vivimos y que siempre nos
ha demostrado tanto cariño, es muy desfavorable á tí.
—Ya lo he comprendido.
—Si no hubieras salido hoy de casa, como yo quería—dijo la señora
sollozando con aflicción,—ni tú ni yo pasaríamos las amarguras que
hemos pasado hoy, á causa del atróz desaire de que has sido objeto.
—Es cierto, sí. Varias personas se retiraron de la capilla cuando yo
entré—dijo Gloria á medias palabras.
—¡Ay!—murmuró doña Serafina llevando ambas manos á su sereno rostro
y llorando sin consuelo.—Grandes penas he sufrido; pero nunca se ha
sonrojado mi cara como hoy... al ver...
El llanto la ahogaba.
—Al ver—prosiguió,—que en esta villa, en esta santa Iglesia, en
nuestra capilla, había de ocurrir una escena semejante. ¡Cómo podía
ocurrírseme que al entrar en ella la hija de mi hermano, la hija de
aquél que fué tan justamente querido en todas partes... de aquél
que tanto enalteció con sus virtudes y con su talento el nombre de
Lantigua...! ¡cómo podría yo pensar que al entrar tú, una mujer de mi
sangre y de mi nombre, en esta capilla, habían de huir escandalizados
los fieles con espanto de tu compañía!
Gloria no contestó. Con las manos cruzadas sobre las rodillas,
tocando la barba en el pecho, oía el lastimero clamor de su tía,
hallándose decidida á apurar sin protesta el cáliz.
—Yo lo sufro con paciencia—continuó la señora tomando las manos de
su sobrina y estrechándolas con cariño.—Yo lo sufro con paciencia, y
además, hija de mi alma, reconozco que tienen razón.
Al oir esto, Gloria se estremeció. Sus labios se desplegaron
incitados por la palabra que quería salir... pero no dijo nada, y
volvió á inclinar la cabeza.
—Sí—añadió Serafinita,—sí, tienen razón. El inmenso cariño que te
tengo no me ciega, hija, y veo con claridad tu tristísimo estado, y
disculpo á las personas que apartan de tu presencia á las tiernas
niñas... Si hicieras lo que yo te ruego á todas horas... Si
siguieras mis indicaciones, que son las de una madre desinteresada,
y se ajustan al criterio de tu padre y á la voluntad de tu santo tío,
entonces, querida Gloria, ¡cuán distinta sería tu situación ante Dios
y ante los hombres! Las circunstancias terribles de tu caída exigen
que renuncies á todo, que mueras para el mundo, para la sociedad,
para todo, absolutamente para todo, que sólo vivas para Dios. Gloria,
amada hija mía—añadió alzando la voz con acento que tenía algo de
terrible,—muere, muere para el mundo si quieres salvar el alma.
—¡Muerta estoy!—murmuró Gloria en un gemido.
—No, porque esperas aún en cosas de la tierra.
—No espero nada—repuso la huérfana.—Acepto la expiación horrible
que me ha sido impuesta, y la acepto sin ira, con humildad. Perdono
las injurias; no siento ni aborrecimiento ni antipatía por los que
han hecho de mi nombre la palabra favorita del escándalo; no diré
una sola voz por defenderme, porque sé que todo lo merezco, que mis
culpas son grandes; bebo hasta lo más hondo, hasta lo más repugnante
de este cáliz amargo, y ofrezco á Dios mi corazón llagado que chorrea
sangre y que jamás, en lo que le resta de vida, dará un latido que no
sea un dolor.
—Padeces, sí, padeces—dijo la tía con amor;—pero no lo bastante.
Hay en tu mismo martirio y en esa expiación de que hablas una
independencia, una rebeldía, que ya es un nuevo pecado.
—¿Qué debo hacer para no ser rebelde? Estoy dispuesta á todo—declaró
la joven arrojando fuera hasta el último átomo, si así puede decirse,
de libre albedrío.
—Reconciliarte completamente con Dios.
—¿No lo estoy ya?
—Creer todo lo que manda la Santa Madre Iglesia.
—Bien. Lo creo.
—Y después... después entrar en un convento.
Al oir esto, Gloria alzó la cabeza. Creeríase que en su alma
estallaba repentina sublevación de sentimientos poderosos que no
podía dominar. Sin duda iba á decir algo enérgico y categórico,
porque sus negros ojos brillaron y sus labios palidecieron; pero la
voluntad, más firme cuanto más combatida, cayó como la losa de un
sepulcro sobre aquello que con audacia se levantaba, y bien pronto
todo su espíritu fué paciencia.
—Si un convento—dijo sordamente,—es una sepultura donde se entra
viviendo, yo quiero vivir para todo lo que no sea Dios y mi
remordimiento, quiero vivir en la soledad más negra y más completa
que pueda imaginarse, quiero que mi nombre no exista más en la
memoria de nadie, á no ser en la de aquellos que lo pronuncien para
ultrajarme, y que mi persona en el mundo sea como una figura trazada
en el agua.
—¡Ah!—observó con un poco de alteración doña Serafina,—ese es el
pérfido sofisma del mundo. No, no... De esos conventos que labra
el alma en sí misma se puede salir. ¡No, no mil veces! No tenemos
garantía de la perpetuidad de tu reclusión, y esa garantía la
necesitamos á un tiempo la Iglesia y tus parientes, la exigen la fe
que profesamos y el decoro social. ¡Ay! pobre hija mía, piénsalo
bien; esta solución que te propuse desde el primer día es la única
posible.
—La solución es padecer—dijo Gloria con voz firme.
—¡Oh! no me lo niegues, no me lo niegues, tú esperas.
—Espero en Dios.
—No; tú esperas en cosas livianas, tú esperas en el mundo. Sin
sospecharlo tú misma, estás solicitada por el pecado que ya te
hundió en los abismos... ¡Ay, no puedes apartar de tí esa víbora!
Confiésalo, reconócelo.
—No espero nada del mundo—dijo Gloria con tranquilidad.
—Sí, tú esperas. Aún te tiene en sus garras la bestia horrible.
Gloria, hija mía, ¿no cabe en tu mente la cristiana idea de la muerte
social, que es la salvación del alma, esa muerte en cuyo punto
empieza la eterna y gloriosa vida?
—No puedo morir más de lo que muero para el mundo.
—Desgraciada, sueñas con una reparación imposible.
—No hay reparación para mí.
—Mientras sobre la tierra aliente un hombre, tú no tendrás valor para
arrancarte de la tierra. La tienes asida con tus manos, y aunque te
quemas, todavía no quieres soltarla.
—Desasida estoy. He renunciado á la reparación, al matrimonio, al
amor mismo. Yo arrancaré cuanto existe en mí de aquel tiempo, hasta
los recuerdos, para estar todo lo sola que deseo.
—¿Pero sabes tú lo que podrá ocurrir? Ese hombre te ha solicitado de
nuevo, te ha buscado...
—No he querido verle ni escribirle...
—Eso no basta. Tu situación siempre es equívoca y deshonrosa. ¡Baldón
para tí y para tu familia!... Gloria, hija de mi corazón, entra,
entra en un convento, que es la solución natural de tu desgracia
irreparable, la solución religiosa y social.
Abrazándola con ternura, Serafinita besó á su sobrina en las
mejillas. La infelíz penitente, entre ahogados sollozos, afirmó con
categórica determinación:
—Jamás, jamás, querida tía, entraré en un convento.
—Díme la razón, dímela—suplicó Serafinita.
—¡La he dicho tantas veces!... Es lo único que queda en mí de la
voluntad estirpada, lo único que resta después del sacrificio de toda
mi persona, el único deseo de quien á nada aspira en el mundo, el
único móvil por el cual mi estancia en la tierra merece el nombre de
vida.
—Siempre la falsa idea. Tú esperas, esperas—repitió Serafinita
moviendo la cabeza.—Eso es esperanza, y esperanza del mundo.
—Yo creí que era sacrificio y virtud.
—Siempre la misma idea—volvió á decir la dama, moviendo la cabeza
con desaliento, como el que ve perdido aquello que quiere
salvar.—Siempre el lazo que te ata á la vida y que te seduce
porque es en su origen noble y generoso... No te dejes engañar por
sentimientos que no te corresponden ya, por sentimientos, hija mía, á
los cuales no tienes derecho, á causa de tu culpa.
—Si es así—manifestó Gloria con sumisión, demostrando el agudísimo
dolor que la dominaba,—mi castigo será infinitamente superior á mi
pecado, y éste es muy grande.
—No tienes idea de la grandeza de las penas. Te pareces al que por
un rasguño se lamenta como si tuviera terribles heridas. ¡Padecer!
¿Sabes bien hasta dónde alcanza este concepto? ¿Sabes acaso todo lo
que cabe en las fuerzas del humano espíritu tratándose de padecer? Es
lo único en que el sér humano no conoce límites ni debe desearlos.
Fíjate bien en la Pasión que conmemoramos los católicos en esta
semana, y tus pueriles alardes de sufrimientos te causarán risa.
Quítale al presente dolor la amenaza de otro dolor más grande, y te
parecerá un consuelo. ¡La resignación! ¿Sabes lo que entraña esta
palabra? Contiene el propósito firme de aceptar todas las amarguras
que pueden venir detrás de las que por el momento apuramos. Tú no
lo comprendes así; no vas hasta el último extremo, no aceptas la
totalidad de tu expiación, y haciéndote juez de tu propia causa,
te sentencias á un aislamiento placentero y tranquilo donde sabrás
rodearte de delicias. Renunciando sólo á los gustos que no valen
nada, te quedas con aquello que por ser muy bueno sirve para premio
de las más altas virtudes...
Gloria gimió con dolor al oir esto.
—¡Donosa resignación la tuya!—añadió Serafinita.—¡Lindo modo de
purificarte por el martirio! Si Jesús, después de azotado, hubiera
huído cuando le iban á crucificar, ¿crees que habría redimido al
género humano? Pues tú haces eso: crees tener bastante con los
azotes, y huyes de la cruz... Tu resignación será ineficáz para tu
alma, si no es completa, absoluta, si no comprende la renuncia de
todo, absolutamente de todo.
Doña Serafina al decir esto, abrazó y besó tiernamente á su sobrina,
la cual, agobiada en extremo y bañada en lágrimas, repetía:
—Todo, absolutamente todo...
Era necesaria la gran mansedumbre que se había impuesto y que ella
tenía, para no caer en la más negra desesperación. Sin rechazar las
terribles afirmaciones de su tía, que aún no podemos comprender bien
por ignorar el hecho que las ocasiona, Gloria no podía menos de dar
salida á una dolorosísima queja que brotando de lo más íntimo de su
angustiado pecho, se manifestaba en estas breves palabras:
—¡Oh, qué crueldad, qué crueldad!
—No te sofoques más ahora—dijo la buena tía besándola tiernamente.—Ya
tendremos tiempo de hablar de este asunto. Volvamos á la Iglesia. No
sé cómo no ha vuelto ya la procesión. No siento nada. Es extraño...
¡Inaudito caso! La procesión, que no debía emplear más de cuarenta
minutos en recorrer su carrera, no había vuelto aún después de
transcurrida una hora.
—No salgas así—añadió Serafinita.—Sosiégate, y aguarda en el camarín
un ratito. Voy á ver por qué se ha detenido esa procesión.
Doña Serafina, al salir á la capilla, vió con asombro que entraban
alborotadas algunas mujeres, oyó rumor de voces y gritos en la plaza.
—Ya...—dijo al fin buscando una razón.—Llueve sin duda y se ha
desorganizado la fiesta.
Pero no: lucía espléndido sol, y la tarde estaba serena.