Domingo de Ramos.
En la mañana del Domingo, D. Buenaventura dijo á su hermana:
—Ya la he convencido de que debe ir hoy conmigo á la preciosa función
de las palmas.
—¡La pobre hace un gran sacrificio!—repuso Serafinita.—Pues si la
llevas, que se arregle pronto. Yo me voy delante, que tengo que rezar.
Y tomando su bastón negro salió. D. Buenaventura tuvo que esperar
algún tiempo, y discutiendo con Gloria sobre el mismo tema, oyó de
sus labios estas palabras:
—Bien, tío: iré porque no diga usted que no le complazco. No tengo
gusto en salir; pero por lo mismo... por lo mismo saldré.
Poco más tarde, la señorita de Lantigua salía de la casa paterna
en compañía de su tío, después de muchísimos días de reclusión
voluntaria. Vestía de riguroso luto, con el cual su palidéz era
realzada. Grande y triste huella habían dejado en su rostro, antes
lleno de gracia y lozanía, los huracanes que pasaron meses atrás
y todas las penas que arrastraron tras sí, las cuales bastarían á
consumir y acabar la belleza más perfecta. Pero la de Gloria más
que perdida parecía modificada, adquiriendo una dulce maduréz y
cierto aire de consternación que inspiraba lástima á cuantos sin
odio la veían. Había adelgazado bastante, aumentándose así la
fascinadora elocuencia de sus ojos. Cuando miraban parecían comunicar
extraordinaria tristeza hasta á los objetos inanimados. Si antaño
todo lo que contínua ó pasajeramente estaba unido á su persona decía:
«gracia, amor, esperanza,» ahora todo decía: «compasión.» Verla y no
sentir el más vivo interés hacia ella era imposible.
Antes de que sobrina y tío llegaran á la Abadía, ya se habían
repetido mucho en Ficóbriga estas palabras: «la señorita Gloria ha
salido.» En el último cabo de la villa repetía un eco de femeninas
voces: «ha salido.» Los muchachos que vagaban en la puerta del
templo, por ser día de ceremonia, la miraron, unos con asombro, casi
todos con lástima, algunos con curiosidad descortés y sin delicadeza.
Pasó ella con los ojos bajos, tomando el brazo de su tío. Dentro
de la Iglesia sintió gran fatiga á causa del esfuerzo que había
hecho; pero su espíritu experimentó una dilatación placentera,
súbito arrebato de sentimiento místico que por breve espacio la tuvo
sobrecogida y anonadada.
—Vete á nuestra capilla y siéntate, que estarás cansada—le dijo D.
Buenaventura al darle el agua bendita.
En aquel instante empezaba la sublime ceremonia de la bendición de
las palmas, y el coro cantaba: _Hosanna filio David. Benedictus qui
venit in nomine Domini. ¡Oh Rex Israel! Hosanna in excelsis._
Estas palabras resonaron en el alma de la joven como atronador
llamamiento, y se sintió confundida ante una superior grandeza.
Detúvose junto á la pila de agua bendita sin poder dar un paso. D.
Buenaventura, tomándole la mano, le dijo:
—Si quieres, ven conmigo al altar mayor para que veas el Salvador,
puesto ya en sus andas para salir esta tarde.
—No, no quiero verle—repuso Gloria con súbito terror dejando caer la
cabeza sobre el pecho.
Don Buenaventura, al tomarle la mano, notóla fría y temblorosa.
—¿Qué tienes?...—le dijo.—¿Estás mala?... Siéntate... Has hecho un
esfuerzo demasiado grande viniendo de casa aquí. Yo voy á sentarme en
los bancos del centro. Vete á nuestra capilla.
El subdiácono había empezado á cantar la dramática relación del
Exodo: «Y llegaron á Elim, donde había doce fuentes de agua y setenta
palmas; y asentaron allí junto á las aguas.» Este sublime capítulo
mosáico, contiene las murmuraciones de los israelitas contra Moisés
por haberles llevado al desierto después de pasar el mar Rojo, la
escaséz que sufrieron, y óyese la tremenda voz de Jehová que les
dice: _Ecce ego pluam vobis panes de cœlo_. «Hé aquí que os haré
llover pan del cielo.»
Gloria conocía perfectamente estos cantos y toda la serie de
interesantes ceremonias de aquel clásico día. Sabía que la salida
de Egipto era la redención, el maná la gracia, y contemplando en su
espíritu tan maravillosas ideas, trataba de regocijarse en ellas.
—Iré á nuestra capilla—dijo á su tío.
Aún tardaron algún rato en separarse. D. Buenaventura se dirigió á
los bancos del centro donde estaban las autoridades, mientras Gloria
entraba en su capilla, cuando el diácono cantaba la _Sequentia_. En
la capilla de Lantigua había muchas mujeres. Gloria creyó encontrar
allí á su tía; pero ésta había ido á la capilla de los Dolores.
Entró la señorita sin mirar á las que, de rodillas ó sentadas en los
bancos, asistían devotamente al parecer á la piadosa ceremonia. Si
Gloria hubiera atendido más á lo que ocurría á su alrededor que á lo
que pasaba en su espíritu, habría visto que desde que entró en la
capilla fué observada con impertinentísima atención por las fieles;
que entre todas distinguíase una por su indiscreto reconocimiento
de las facciones y del vestido de la desgraciada huérfana. Después
oyóse en la capilla sordo cuchicheo de murmuraciones y susurrantes
comentarios, el cual, empezando por un rincón, se fué extendiendo
hasta agitar todo el conjunto de negros mantos. Uníanse unas á otras
las cabezas; buscaban los movibles labios el oído; inquietábase
el rebaño, y por último sonaron también las almidonadas faldas al
levantarse tal cual oveja que padecía gran desasosiego. Gloria no
alzaba los ojos de su libro de rezos. Si los alzara habría visto á
Teresita la Monja acompañada de sus tres sobrinas, las hijas del
escribano D. Gil Barrabás. Pero sí advirtió que la señora de Amarillo
se levantaba, y dando terminante orden á las niñas, salía con ellas
de la capilla.
Distraída un momento por esta brusca desaparición, Gloria volvió á
atender á su piadosa lectura. Pero no habían pasado dos minutos
cuando otra señora, seguida de dos niñas, abandonó también la
capilla. Era la _Gobernadora de las armas_.
—Huyen de mí—pensó la joven.
Al poco rato otras dos señoras y un hombre huyeron también de allí
como se huye de un sitio infestado. Sólo quedaron dos viejas y un
anciano marinero, que atentos con profunda edificación al acto
religioso, no ponían mientes en lo demás. Gloria sintió opresión
insoportable en su pecho y una necesidad de llorar que no podía
satisfacer; pero al fin de sus ojos corrieron á raudales las lágrimas
cuando oyó cantar: «Oh Dios que enviáste á tu hijo á este mundo para
salvarnos, para que se humillara entre nosotros.»
El sacerdote había bendecido las palmas, que fueron rociadas con
agua bendita y ahumadas con incienso. Distribuídas aquéllas empezó
la procesión. El coro entonaba el capítulo de San Mateo: _Cum
appropinquaret Dominus_. Gloria cerró los ojos, orando recogidamente
y con profunda ternura, mientras pasaban clérigos y seglares. No
quería ver nada, ni mirar al presbiterio donde estaban el Salvador y
el borriquito, objeto de la atención general y del fervor más pío por
parte de los muchachos. Sentía los lentos pasos, el grave canto, la
humareda de incienso, el murmullo del conmovido pueblo, y sometiendo
su imaginación y su pensamiento á la idea religiosa de tan bello
símbolo, contemplábalo en toda su grandeza sublime.
Las ceremonias con que la Iglesia conmemora en Semana Santa el
extraordinario enigma de la Redención son de admirable belleza.
Si bajo otros aspectos no fueran dignas de excitar el entusiasmo
cristiano, seríanlo por su importancia en el orden estético. Su
sencilla grandeza ha de cautivar la fantasía del más incrédulo, y
comprendiéndolas bien, penetrándose de su patético sentido, es por lo
menos frivolidad mofarse de ellas. Quédese esto para los que van á la
Iglesia como al teatro, que son, en realidad de verdad, porción no
pequeña de los católicos más católicos á su modo, con faláz creencia
de los labios, de rutinario entendimiento y corazón vacío.
Es evidente que las ceremonias de Semana Santa despiertan ya poco
entusiasmo, y muchos que se enfadan cuando se pone en duda su
catolicismo, las tienen por entretenimiento de viejas, chiquillos y
sacristanes. Sólo en Jueves Santo, cuando la afluencia de mujeres
guapas convierte á las Iglesias en placenteros jardines de humanas
flores, son frecuentadas aquéllas por la varonil muchedumbre de
nuestro orgulloso estado social, el más perfecto de todos, según
declaración de él mismo. Nuestra sociedad se cree irresponsable de
tal decadencia y la atribuye al excesivo celo y mojigatería de la
generación precursora, la cual, adulando al clero y adulada por
él, quitó á las ceremonias religiosas su conmovedora sublimidad.
¿Cómo? multiplicándolas sin criterio, y haciéndolas complejas y
teatrales por el abuso de imágenes vestidas, de procesiones y pasos
y traspiés irreverentes, absurdos, profanos, sacrílegos, irrisorios;
por la introducción de prácticas que nada añaden á la hermosa
representación simbólica de los misterios; por la falta de seriedad
y edificación que trae consigo la ingerencia de seglares beatos en
las cosas del culto. No es fácil designar quiénes son responsables de
esto; pero á nadie se oculta el hecho peregrino de que, en el país
católico por excelencia, las cuatro quintas partes de los fieles se
resistan á tomar parte _en ese carnaval de las mojigatas_, como dicen
muchos que oyen misa por costumbre y aun confiesan y comulgan, aunque
no sea sino por no parecer demagogos.