tachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede convenirle á usted más.
--¿Clavillos, quizá?
--No, señor: clavos romanos.
¿Y qué es eso?
--Hombre, clavos romanos... son éstos. Vea usted, para sujetar las
cortinas y formar pabellones. Un palmo tienen de cabeza, ¡qué hermosos!
--¡Pero si yo quiero tachuelas!
--Pues de eso no tengo ahora.
Y así hasta el infinito.
Alguna vez, muy rara, hay en la tienda lo que pide el comprador; pero
precisamente en tales casos se halla el tendero entretenido en oir lo
que cuentan ó discuten sus tertulianos; y por no perder una sílaba del
relato ó de la disputa,
--¡No tengo!--responde con desabrimiento y sin volver la cara.
Por eso digo yo que no sé _cómo_ vive este buen hombre, que sólo vive
_de lo que vende_.
En esta tienda hay tertulia al mediodía y después del paseo por la
tarde; en verano, hasta que cierra la noche, y en invierno, hasta que
se cierra la tienda.
Una banqueta derrengada, dos banquillos de cabretón y una silla
achacosa, sirven para sentarse los tertulianos entre los dos huecos de
la fachada.
Componen la tertulia, comúnmente:
Un señor pequeñito, septuagenario ya, pero muy conservado, limpio y
risueño. Guarda, como una reliquia que piensa legar á sus herederos,
si el Estado no solicita la preferencia, el _Diario_ de su larga vida,
comenzando en el instante mismo en que supo escribir de corrido. Todos
los años, al solemnizar él el cumplimiento de uno más, reúne en su mesa
las cuatro generaciones que de él arrancan, y por remate del banquete
les lee de punta á cabo el curioso mamotreto.
En concepto del autor, hay en sus folios grandes enseñanzas para todas
las edades de la vida. Allí constan los sudores del entonces impúber,
para aprender de memoria el «_peritus_, sabio, _juris_,» bajo la férula
sangrienta de un dómine inhumano; allí los seis maravedís que le daba
su padre cada domingo, si durante la semana anterior no había habido
azotina en el aula; allí los dos reales y medio que le asignaron de
jornal, después de tres años de méritos, en la casa de comercio en
que se colocó y pasó cuarenta años de su vida, sin haber rebasado
jamás de veinticuatro reales cada día _laborable_; allí los zapatos
que le compraban, y si eran de lienzo ó de vaqueta; allí los vestidos
que estrenaba, y el día en que por primera vez se puso calzoncillos;
allí el efecto que causaba y la revolución que producía en el pueblo
cada moda nueva; allí, entre mil prolijidades de su vida social y
privada, los fríos notables, las nevadas de más duración, las lluvias
más copiosas, la legión inglesa, la biografía de Bonnet; y si su amigo
Pedro se casó, y con quién, y con qué dote; si falleció el _notable_
señor don Pedro, y cuántos curas asistieron á sus funerales, y hasta la
lista nominal de los _particulares_ que le acompañaron al cementerio.
Con este cronicón en la memoria y esparcido por ella otro tanto más,
excuso decir cuál es el papel que desempeña este apreciable sujeto en
la tertulia. Fechas dudosas, casos _análogos_, estadística antigua...
Sobretodo esto y mucho más que salte en la conversación, se abalanza
para resolverlo, comentarlo y diluirlo.
Apóyale en todos sus asertos y comentarios, con la muletilla de «¡mucho
que sí!,» un joven de medio siglo, que tapa la sesera, _tanquam tábula
rasa_, con dos pabellones de pelo engomado que ha podido conservar en
los respectivos parietales. Tiene este amable sujeto la inocente manía
de conocer íntima y particularmente á cada personaje político, militar
ó científico que en la conversación salga á cuento. Según él, todos los
ministros, en cuanto llegan á serlo, le ofrecen honores y destinos,
y todas las chicas guapas le quieren y le miman. Por lo demás, es
sumamente risueño y complaciente, y no tiene pizca de sentido común.
Forma contraste con él un indianete que alardea de no creer en Dios,
porque estuvo seis días en los Estados Unidos; y anda tan escaso de
caudal como de ganas de gastarle. Siempre, y aunque no venga á peso,
tiene estas frases en los labios, entre las hebras de un cigarro infame
del estanco:
--¡Como á mí me pidieran dinero prestado, á puñaladas había de
contestar al muy sinvergüenza!
Y es fama que á puñalada limpia ganó él lo que tiene.
Deben citarse también, aunque no describirse, dos especieros retirados
que arman entre sí muchas camorras, porque ambos toman por lo serio los
discursos de las Cortes, que leen en _La Correspondencia_; siendo el
uno impertérrito esparterista, y el otro clerical denodado.
Pero la salsa de aquel condumio es un don Acisclo Berruguete, que ha
resuelto el problema de vivir de señor con cinco reales y medio al día.
Y verán ustedes cómo. En el barrio más sucio de la población, y en la
calle más miserable del barrio, y en la casa más fementida de la calle,
tiene alquilada una cama en el cuarto más infame de la casa, lujo
que le cuesta dos reales diarios. La misma pupilera le da un potaje
al mediodía, por catorce cuartos; y por tres, una taza de cascarilla
por la mañana. Con el real y medio que le queda, compra pan, y fuma y
ahorra para luz é imprevistos.
Explicaremos este milagro. Come una libra al día, que le cuesta cinco
cuartos y medio; pero temiendo que con las provisiones á la vista se le
deslizasen los dientes, compraba media para la comida y otra media para
cenar y desayunarse. Esta ventaja indudable tuvo un inconveniente de
gravedad para él, porque costando cada media libra dos cuartos y medio,
más un maravedí, y siendo imaginaria esta moneda, el panadero habría de
cobrarle tres cuartos, es decir, un maravedí más de lo justo: de modo
que le saldría la libra á seis cuartos. El caso era de meditarse, y don
Acisclo meditó larga y reposadamente, y venció al cabo la dificultad,
comprando él mismo el pan á un panadero conocido, y pagando, con
la segunda media libra, la primera que se llevaba fiada. Así vivió
algunos meses; pero advirtió la trampa el panadero, y obligó á don
Acisclo á pagar al contado. Lo propio le sucedió en cuantas panaderías
fué recorriendo, hasta que se vió precisado á comprar la libra entera y
á poner á prueba las tentaciones de su apetito. No se ha dado todavía
el caso de que sus dientes se claven en la media libra de reserva
después de haber molido la otra media; pero el peligro no más de la
caída le trae desazonado y en perpetua meditación.
De los seis cuartos y medio que le quedan, invierte dos, cada tres
días, en higos pasos, con un par de los cuales y un cuarterón de pan,
cena, añadiendo, de vez en cuando, algo que rebaña en las mesas de los
cafés, mientras, de intento, da conversación á los conocidos que las
ocupan.
Un tabernero de la calle le hace media docena de velillas de sebo
pestilente, por un real, con las cuales tiene para alumbrarse medio
año; porque es de saber que no gasta luz más que para orientarse en su
cuarto, al entrar en él para meterse en la cama. Todo lo demás lo hace
á obscuras. No fuma tabaco si no lo araña en petaca ajena; fuma todo
lo que arda envuelto en un papel y huela, aunque huela á demonios. Por
eso, tan pronto fuma laurel seco, como yerbaluisa, como anís silvestre,
como menta de perro... lo que abunde en la mies cercana ó en el bardal
más próximo.
De este modo, ahorra cinco ó seis reales cada mes; y entonces
se permite echar una cana al aire con media docena de amigos,
acompañándolos á comer _de campo_.
Ya sabe él, por la experiencia, lo que aquel regodeo cuesta por barba;
y como las suyas no alcanzan tan allá como las otras, al llegar la
comida á los potajes,--«¡raya!»--dice al tabernero,--«y venga la
cuenta.» Y paga los dos ó tres reales que le corresponden por lo
consumido hasta allí; sin impedirle esto, que mientras sus compañeros
toman el indispensable estofado, ó el infalible arroz con leche,
pellizque de lo uno y de lo otro, so pretexto de que está duro, ó
parece soso á la vista, y sin importarle un bledo que le pongan de
gorrón y pegote que no hay por dónde cogerle.
Quédanos por explicar el misterio del vestido.--¿Con qué se
viste?--preguntará el lector.--Con nada; porque uno de los grandes
problemas que ha sabido resolver este prodigio de la economía, es el
del _vestido eterno_.
Cuando dejó el empleo de conserje ó de no sé qué, que desempeñó mucho
tiempo en un establecimiento de enseñanza, después de separar de sus
ahorros lo necesario para crearse una renta de cinco reales y medio,
se vistió de pies á cabeza, tan completamente como quien no piensa
volver á hacerlo en toda su vida. Hízose, por de pronto, un gabán-saco
de dos caras: una parda y otra escocesa; dobles pantalones, dos pares
de botas, dos chalecos y un sombrero de copa alta. Medias no las gastó
nunca; y en cuanto á ropa interior... precisamente es esta ropa la
especialidad del especialísimo don Acisclo Berruguete. Siendo conserje
del mencionado establecimiento, engalanóse éste, en una ocasión de
festejos patrióticos, con banderas y gallardetes en cada hueco de
sus fachadas; y como los huecos eran muchos, las banderas no tenían
número. Pasaron las fiestas y con ellas el entusiasmo; y no quedando
de éste ni el necesario para pagar á un granuja por que descolgara las
banderas, diéronselas á don Acisclo por el trabajo de descolgarlas.
Desde entonces (y cuenta que esto sucedió cuando la Mayoría de doña
Isabel II) gasta don Acisclo camisas y calzoncillos de percalina con
los colores nacionales, aunque con la precaución de hacer la pechera y
el cuello de las primeras con las tiras blancas, ó azules pálidas, que
sirvieron de gallardetes. Por eso dicen que es todo lo que hay que ver,
ver á don Acisclo en ropas menores.
Las botas.--¿Quién sabe lo que puede durar un par de ellas, no
mojándolas ni manchándolas, ni paseándolas mucho? Después, unas
puntadas á tiempo; al año, medias suelas y tapas; al otro, el
remiendito en la grieta; al otro, la puntera...
Es incalculable lo que dura así el calzado, cuando el que le usa es
cuidadoso y ahorrativo; y don Acisclo compró dos pares en sus buenos
tiempos. ¡Figúrese el lector si necesitará más en los días de su vida!
El gabán.--Del primer tirón le gastó diez años por la cara parda, y
lleva servidos más de seis por la escocesa. Por supuesto que allí todo
es hilaza ya; pero como cubre, aprovecha como el mejor, y seguirá
aprovechando á don Acisclo hasta que le sirva de mortaja.
Con los primeros pantalones que desechó á los seis años, repara las
debilidades traseras de los otros; único sitio por donde éstos flaquean
á menudo, sin que importen un bledo las remontas y los costurones, pues
con objeto de taparlos llega el gabán más abajo de las corvas.
El sombrero es la única prenda que no pudo pasar, en buen estado, del
tiempo usual y corriente; pero cuando otro mortal cualquiera le hubiera
arrojado á la calle por descolorido, ajado y alicaído, inventó el
ingenioso don Acisclo una untura con la cual le volvió á la vida más
duro que una peña. Todavía le gasta, y con ánimo de seguir gastándole
hasta que se muera. Mucho brillo tiene, eso sí, y á todo se parece
menos al de la seda; pero es impermeable, hasta el extremo de que ni
los rayos parten aquella cúpula atrevida.
Tal es don Acisclo Berruguete, el tertuliano más importante, aunque no
sea el más _curioso_, de _la tienda de la esquina_.
Qué placer halla Gedeón en la compañía de éste y de los demás
tertulianos descritos, no es fácil saberlo. Pero es evidente que desde
algunos años atrás, no falta un solo día á la tertulia, si la salud le
permite salir de casa.
También es cierto que sólo toma parte en los insulsos debates que
allí se sustentan, para llamar _cabra_ á don Acisclo; _melones_ á los
especieros; _estúpido_ al indianete; _simple_ al joven de medio siglo;
_momia_ al septuagenario, y _alcornoque_ al amo de la tienda.
Y como estas flores las echa con el ceño fruncido y la voz retumbante,
sin meterse en más honduras ni razonamientos, recíbenlas los floreados
á título de _cosas de don Gedeón_, y danle el puesto de preferencia en
la tertulia.
Ocúpale él con la conciencia de que le merece; y siempre le abandona
con el propósito de no volver á meterse entre aquella «reata de
bestias.» Pero vuelve.
Acaso le mueve á ello una necesidad de su temperamento, que se
desahoga llenando de improperios á la reata aquélla; acaso la fuerza
misma de su aburrimiento le hace dar por las paredes; acaso es su
destino que se cumple así... Lo que el lector quiera. El hecho es que
Gedeón no falta nunca á la tertulia de la tienda, y que todos los
Gedeones que yo conozco de la misma edad que el de esta historia,
tienen por único recreo otra tienda por el estilo para reñir con el
lucero del alba que se presente, servir de estorbo á los marchantes y
ocasionar la ruína del tendero; sin que, en rigor de verdad, puedan
decir que, al precio de tanto mal como han causado, se han divertido
una vez siquiera.
[Ilustración]
[Ilustración]
VII
LA VANGUARDIA DE LA MUERTE
Así las cosas, ó porque el invierno se anticipa, ó porque es húmedo,
ó porque... ¡vayan ustedes á averiguarlo! un día la gota se encrespa,
hácese río caudaloso; y subiendo, subiendo desde la punta de los
pies, llega hasta las puertas del estómago de Gedeón; con lo cual el
asma, como si temiera ver inundada su vivienda, échase pecho arriba y
comienza á bregar en las estrecheces de la garganta, buscando más ancho
espacio y un aire que ya no encuentra en aquellas profundidades.
Gedeón, por ende, no sale de casa, y empieza á echársele de menos en la
tienda y en los paseos que frecuentaba. En la tienda, á los pocos días;
en los paseos, á los dos meses.
--_Debe_ de estar enfermo,--dicen sus contertulios una vez sola, sin
mostrar otro interés por su vida, ni cansarse en enviar un triste
recado á su casa.
--Hombre, ¿qué habrá sido de ese señor gordo que tomaba el sol en este
banco todos los días?--pregunta un observador en el paseo.
--Hace más de dos meses que falta de aquí.
--¿Qué señor?--se le responde.
--Pues uno de estas señas y de las otras.
--¡Ah! Don Gedeón... Creo que está hecho una carraca. Ya no sale de
casa... si es que no se ha muerto...
--¡Para la falta que hace en el mundo!...
Tal es el responso que ordinariamente reza el vulgo por los hombres
como nuestro personaje.
Como á los muros ruinosos y á los árboles viejos, se les echa de menos,
no por lo que valían, sino por el sol que quitaban y el espacio que, al
desaparecer, dejan libre y desembarazado.
Entre tanto, el infeliz no halla momento de reposo, por más que le
busca en holgado sillón ó en mullido lecho. Del uno al otro pasa á cada
hora, forjándole el deseo posturas que, al tomarlas, son prensas que
más le oprimen y extreman en su cuerpo los dolores y las ansias.
Así pasa el día, y después viene la noche. ¡Qué noche, gran Dios!
Jurara en su febril desasosiego, que los muebles bailan; que las
figuras de adorno disputan y pelean; que la mortecina luz, reverberando
en opaca porcelana, refleja en puertas y paredes danzas de demonios
y de brujas; y que oye hasta el ruido crepitante de sus miembros
descarnados, y las carcajadas de sus bocas desgarradas y burlonas.
Parécele el cuarto un cementerio, y su cama una tumba abierta, en cuyo
fondo yace su propio cadáver, pero cadáver que siente y recuerda;
porque por un fenómeno producido por la índole de sus tormentos, todo
lo ha perdido menos la sensibilidad y la memoria.
Con ella recorre el dilatado campo de su vida; y por más que cierra
los ojos y los oprime con sus manos, una luz vivísima, que á la vez le
abrasa, le pone de manifiesto todo el sendero recorrido. Pero aquel
campo es una estepa, en que ni huellas quedan de su paso. Allí todo es
desolación y muerte. Tras él no viene nadie, porque nada deja en aquel
árido desierto que preste abrigo y sombra al caminante. Por allí no
pasan sino los pocos insensatos como él, que van huyendo.
Y cuando el sol reaparece, y la fiebre y los dolores le dejan sosegado
unos instantes, abre los ojos y mira en su derredor. ¡Qué cuadro! Cerca
de su lecho, la inmunda bestia, siendo, con su estertor continuo, reló
de su agonía, y á la vez, con su presencia en aquel sitio, testimonio
abominable de los mal colocados afectos del iluso; en otro rincón, la
mercenaria Regla dormitando; Regla, cuyo cariño sigue las oscilaciones
de sus dádivas y las alternativas de sus promesas; en sí mismo, los
dolores del cuerpo y los gritos de la conciencia que le acusa.
El cansancio le rinde al cabo, y va á reposar durmiendo, ¡Vana
esperanza! Regla, que parecía dormitar, meditaba también. Meditaba
que su amo podía morirse en uno de aquellos paroxismos; que ella
había pasado muchos años sirviéndole; que por esto, y quizá por algo
más, tenía derecho á una buena recompensa, y que estaba á punto de
perderla, porque el moribundo no había hecho disposición alguna en
debida forma, que así lo declarase; y sabía también que desde que su
amo se había agravado, todos los días preguntaba por él al portero una
mujer sospechosa. Este indicio la excusaba, en su concepto, de toda
consideración con el enfermo.
Mientras le ve luchar con el delirio de la fiebre, limítase á
observarle, y ¡sabe Dios lo que entonces pasa por sus mientes! Pero en
cuanto le ve dueño de su razón y sosegado, se levanta de la silla en
que velaba, y se acerca de puntillas al lecho.
--¡Señor!--dice al oído del enfermo, con hipócrita suavidad.
--¿Quién me llama?--balbuce Gedeón, cuyos párpados empiezan á cerrar el
sueño.
--Yo... Regla...
--¡Maldita seas, que me robas el único consuelo que me queda!
--Yo no creí... Como es hora de tomar la medicina...
--Déjame... ¡vete!
--Además, tenía que hablarle á usted...
--¿Tienes sueño que ofrecerme?... Pues si no le tienes, déjame... ¡yo
no ansío más que dormir!
--También hay otras cosas en qué pensar...
--¡Déjame!
--¡Y muy sagradas!
--¡Vete!
--Me parece que estoy en mi derecho...
Y Regla, al hablar así, comienza á sollozar.
Tal es la necesidad de descanso que tiene el desgraciado, que, á pesar
de la cruel insistencia de Regla, vuelve el sueño á apoderarse de él.
Al verle dormido, vacila la criada entre el temor de empeorar su causa
enfureciendo á su amo despertándole, y el recelo de que se muera sin
testar en el primer acceso que le acometa.
En esto, aparece en la sala, atropellándolo todo, una mujer, cubierta
la cara con el velo de su mantilla. Pregunta por el enfermo á Regla,
y ésta se le muestra maquinalmente con la mano, desde la puerta del
gabinete.
Penetra en él la desconocida, y avanza hasta la cabecera de la cama.
--¡Gedeón! ¡Gedeón!--dice en voz no muy alta, pero anhelosa, al oído de
éste.
--¡Otra vez, infame, inicua?... ¡Otra vez me despiertas?--responde á
los pocos instantes Gedeón, entre angustiado y colérico.
Regla, que ha seguido con la vista azorada á la entremetida, cuando
la oye llamar á su amo con tanta familiaridad, saca chispas con los
dientes y lanza saetas por los ojos.
--¡Soy yo, Gedeón!--continúa diciendo la encubierta.--¡Mírame!
Y recoge el velo sobre su cabeza, dejando al descubierto la faz
rechupada y angulosa de Solita.
El enfermo hunde su cabeza en la almohada, como si tratara de hacerse
más invisible, para dormir impunemente.
--¿No me conoces?--añade Solita sacudiendo los hombros de Gedeón.
--¡Ya la justicia de Dios no tiene rayos para matarte?--grita iracundo
y trémulo el infeliz, al verse tratado con tal inclemencia.
--Pero ¿no ve usted que descansa?--ruge entonces Regla, dirigiéndose á
Solita con la indignación pintada en su semblante. ¡Como si ella misma
no acabara de cometer el mismo delito!
--Y á usted ¿qué se le importa?--ruge á su vez Solita encarándose con
Regla, de quien há mucho sospecha lo que el lector y yo sospechamos
también.
--¡Me importa, porque le cuido... porque le velo... porque sé lo que
padece!--contesta Regla devorando con los ojos á aquella mujer en quien
ha descubierto á su invisible rival en la privanza de su amo.
--¡Mentira!... Tú no sabes lo que yo padezco... ó no tienes entrañas si
lo sabes, cuando también me has despertado,--exclama Gedeón.
--¿Lo oye usted?--dice á Regla Solita, balbuciente de rabia.
--¿Quién es el otro verdugo que te acompaña, Regla?--pregunta el
enfermo.--Quiero saber su nombre para maldecirle.
--Soy yo: Solita...
--¡Solita! ¡Tú también!... ¡Pues maldita seas!
--¡Ingrato!... ¡Te pesa que esté á tu lado!...
--No, si me traes lo que necesito--exclama el desventurado, aspirando
con ansia un poco de aire;--pero si no me lo traes, ¡maldita seas!
--Si con la vida puedo dártelo, tuya es, Gedeón.
--Para nada la necesito. Pero ¿me traes compasión? ¿Me traes caridad
para mis tormentos?
--Sí.
--Pues demuéstramelo marchándote de aquí y dejándome descansar... No
anhelo otra cosa; no le pido más á los hombres... ¡Ya ves con qué poco
me conformo! ¡Cuán poco te pido!
--Sí, pobre Gedeón, poco me pides.
--¡Pues ni eso han querido darme!
--Porque no saben comprender...
--Tampoco tú lo has sabido cuando también me despertaste.
--Para que durmieras luégo más descansado.
--Lo estaré, si tú te marchas.
--Del cuerpo, pero no del espíritu.
--¿Qué quieres decir?
--Que pienses _en lo que debes_ pensar, antes de entregarte al sueño.
--¡Infame! ¿Temes que sea el último que duerma?
--No, pero...
--¡Víbora! ¿Esa agonía me preparas? ¿Ese es el consuelo que me traes?
Y cuando dice esto, Gedeón no encuentra ya postura cómoda en la cama;
su respiración comienza á ser fatigosa; los dolores le punzan de nuevo,
y los ojos se le inyectan de sangre.
--Señora--exclama Regla, trémula de coraje, más que por el estado de
su amo, por lo que ha descubierto en el diálogo que éste ha sostenido
con Solita,--yo asisto á ese enfermo; yo soy responsable de lo que le
suceda por falta de cuidado... ya está usted viendo cómo se ha puesto
con lo que le ha dicho...
--¿Y qué?--la pregunta Solita volviéndose á ella como serpiente que
levanta su cabeza para lanzarse sobre su presa.
--Que no consentiré que usted continúe atormentándole.
--¡Bien, Regla, bien!... ¡Échala, mátala!... ¡Yo respondo de todo!
--¿Lo oye usted, _mala mujer_?
--¡Mala mujer yo!--brama Solita arrojando espuma por la boca.--¡Y eso
me lo llamas... tú, fregona miserable!... ¡tú que le apartas de su
deber! ¡tú que eres causa de que un padre reniegue de sus hijos!
--Silencio... maldecidas!--grita Gedeón ahogándose.
--¿No oye usted lo que me dice?--responde Regla, á punto de coger del
moño á Solita.
--¿Estábais de acuerdo para echarme de aquí?--continúa ésta.--Pues
bueno: yo saldré al balcón y lo publicaré todo; y lo que tú,
desalmado, no quieres declarar en debida forma, lo sabrá la gente por
mi boca.
--¡No, por caridad, Solita!--exclama Gedeón, viéndola dispuesta á
cumplir en el acto su amenaza.--Vete de aquí... déjame descansar...
y yo te prometo que sabré cumplir con mi deber... pero vete luégo...
ahora mismo; porque si tardas un poco... me ahogo... ¡Regla!... ¡la
cucharada!... ¡Ay! yo me muero... ¡La cucharada... Regla!
--¡El demonio que le lleve á usted!--le contesta Regla por todo
consuelo, indignada al ver á la intrusa triunfante en aquella inhumana
pelea.
--He aquí el pago. Gedeón... ¡sacrifícame otra vez por ella!...
--¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Estas fieras me asesinan!...
Y como si las palabras del angustiado Gedeón hubieran llegado á su
destino, se oyen pasos hacia la sala; y un instante después entra una
persona en el gabinete.
Es el Doctor, que viene á hacer al enfermo la visita de la mañana.
Á su vista se enmudecen las dos mujeres, y hasta quieren disfrazar la
ira de que están dominadas, con sonrisa y actitudes tan violentas como
ociosas.
Gedeón, por el contrario, tan pronto como ve al médico, comienza á
implorar de éste la autoridad que á él le falta para hacerse respetar.
Algo ha oído el Doctor al entrar en la casa, y no poco le dicen
aquellas dos mujeres en quienes su presencia causa tan notorio
desconcierto. Las palabras de Gedeón nada le descubren que él no haya
sospechado.
Por de pronto, manda que le dejen solo con el enfermo. Solita y Regla
cumplen el mandato; y la primera, cubriéndose la cara con el velo, y
después de lanzar una mirada rencorosa á la segunda, sale de la casa
hecha una furia, fulminando no sé qué tempestades y propósitos en
respuesta á otras amenazas sordas con que va Regla escarbándole los
oídos.
Solos, el Doctor y el enfermo, éste continúa lamentándose de su
infortunio sin consuelo, y entona tristes endechas sobre lo que acaba
de sucederle, tras una noche como la que ha pasado.