Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que

trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus

hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En

una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un

sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el

corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas

que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como

la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de

aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la

montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña

presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma

sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación

y el heroísmo en necesario y grato deber.

--¡Esto es la familia!--piensa Gedeón, interrumpiendo sus

exploraciones;--algo que se siente, se ve y no se explica; algo que se

encuentra en todas partes... menos en mi casa y en los libros que yo

he devorado. Esto lo que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que

yo no quería oir; esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de

todos mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!

Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se

encuentra comparándose con ella!

Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han

cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar

un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que,

por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez

que le recibe.

Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público

sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y honrado.

Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la

soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el

odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el

remordimiento y el desencanto de los vicios.

¡Pero en cambio es _libre_!... ¡Qué mofa!...

¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por amor

al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién se

acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, hijos

de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su muerte?

No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la

rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose

poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia,

mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y

de escombros, las zarzas y las ortigas.

[Ilustración]

[Ilustración]

IV

CASTILLOS EN EL AIRE

Pues supongamos ahora--continúa llevando sus meditaciones á otra región

de más luz y de mejor aire,--que yo me hubiera casado á tiempo. Podría

haberme cabido en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es

cierto, pero ¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que

yo poseo? Más probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una

pena, mañana una alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal

es el mundo, y tal la humanidad; porque no puede ser de otra manera...

Pero el conjunto de todos estos dulces y de estos amargos, de estos

goces y de estas pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y

lo da color y luz y vida; eso que un pintor llamaría _ambiente de la

familia_, y otros, con mejor acuerdo, el _reflejo de Dios_; eso que

no se disipa con ninguna pena, ni se adquiere con ningún dinero, ni se

sustituye con nada, pero que existe en todas las familias, ¿por qué

no había de existir en la mía? ¡Si me parece que lo ven mis ojos y lo

palpan mis manos!... Y no es extraño: soy de los necios que viéndose

ahitos, arrojaron las provisiones por la ventana, sin hacerse cargo

de que se quedaban con el hambre, aunque dormida y acallada. Ahora se

despierta la mía y se entretiene en pintar manjares... como ella sabe

pintárselos á quien no los puede saborear.

Pero vaya una suposición racional, aplicable á este momento de mi vida.

Si yo me hubiera casado á tiempo, mi mujer estaría ahora á mi lado...

Tendría, próximamente, cincuenta años: quince menos que yo; pero bien

conservada, afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que se hallaría

á mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y consolarme,

me daría conversación. Hablaríamos de cuando fuimos jóvenes y de las

inocentadas que nos decíamos cuando novios. Pareceríanos imposible que

entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente y apasionado que

luégo vimos trocarse, para dicha mutua, en otro afecto más apacible y

desinteresado, y á la vez más profundo, cordial y permanente, como si

nuestras vidas se hubiesen compenetrado, ó fuéramos _ella_ y yo dos

cuerpos con un alma sola...

Pero á cierta edad deben entretener poco estas metafísicas. De ellas

habríamos hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en la

presente estaríamos tratando de nuestros hijos, ó acompañados de alguno

de ellos.

El mayor sería ya... ¡bah!... ¡yo lo creo! oficial de artillería...

Aunque, bien mirado, no me agradan mucho los militares. Siempre están

lejos de sus familias, y se expone uno á perder algo de su cariño.

Después la guerra. ¡Es tan fácil que una bala, un pedacito de plomo

como un guisante, arrebate en un segundo una vida llena de alegrías y

de esperanzas! Verdad es que así se cumple con un deber sagrado, porque

se muere por la patria... ¡Pero vaya usted á decirle al corazón de un

padre que se consuele con eso, cuando llora la pérdida de un pedazo

suyo!... ¡Cómo debe de sentirse la muerte de un hijo!... Por eso no es

conveniente exponerlos mucho... Por otra parte, como el nuestro sería

buen mozo, por la vanidad de verle lucir el uniforme... ¡qué sé yo! se

me figura á mí que hubiéramos consentido en que se hiciera militar...

Nada: resueltamente lo sería.

Habría recibido yo carta suya avisándome en ella que le destinaban,

por ejemplo... á Sevilla. Sevilla es una gran ciudad, en la cual no

puede vivir mi hijo, que pertenece á un cuerpo tan distinguido como

el de artillería, como en Segovia ó en Santoña. Tendrá su uniforme

estropeado, si no viejo; necesitará hacerse otro nuevo, y acomodarse

en buena posada; estar, en fin, como debe estar un joven de sus

condiciones: bien vestido y bien alojado. ¿Qué menos? Nada de eso me

diría él en la carta, porque, como prudente, sabe que su padre con

media palabra entiende á sus hijos; el caso es que yo trataría de

enviarle dinero. Sobre el cuánto, consultaría con su madre. Pero,

¿qué sabe una pobre señora de su casa lo que necesita un caballero

oficial del real cuerpo de artillería? Por eso me dirá que con dos

mil reales tiene nuestro hijo hasta de sobra; pero yo, que sé lo que

cuesta, ó debe costar, un uniforme como el suyo, con tanto ringorrango

de oro fino, y lo caros que andan los guantes de primera y el tabaco

regular, sin que su madre lo sepa le mando cuatro mil: la mitad para el

uniforme, y el resto... ¡qué diablo!... el resto para dos mil cosas que

pueden ocurrírsele á un buen mozo, caballero oficial del real cuerpo de

artillería. ¿Le he de decir yo también en qué lo ha de gastar? Lo que

sí le diré, que aquella cantidad se la enviamos su madre y yo: dos mil

reales cada uno; pero que no la diga nada cuando la escriba, porque

quiere ella guardar el secreto. Creo yo que de este modo agradecerá él

más el supuesto regalo de su madre, y la tendrá más presente y hasta la

querrá más, si cabe; y queriéndola él así, le querré yo también mucho

más. ¡Como si fuera poco lo que le quiero!...

Despachado así el asunto del militar, empezaríamos con el abogado,

el menor de nuestros hijos varones. Ese estaría preparándose para

graduarse de doctor. Pero ¡qué tunante!: sabiendo que con esas cosas

se le cae la baba á su padre, me ha dedicado el discurso... El de

licenciado se le dedicó á su madre, que le tiene encuadernado con

lujo y le guarda entre sus más estimados libros de devoción. Y ¿qué

he de hacer yo sabiendo, como sé, que es un chico que se ha lucido en

toda la carrera?... Pero no: se habrá graduado ya, y yo habré leído

su discurso, ¡bien charlado!... No se lo diría así; pero le tiraría

de la lengua é iría metiéndole en materia para oirle... Le habría

regalado un reló de oro con su cifra. ¡Qué demonio de chico! ¡Cómo él

se despacha en círculos y tertulias! Lo mismo dirige un rigodón que

diserta sobre el Digesto. Por de contado, fumará delante de mí. Siempre

me ha parecido una ridiculez ese rigor de los padres con el vicio menos

indecente de la humanidad. Bueno que cuando son niños no fumen, por

muchas razones; pero después, ¿por qué no han de fumar si les gusta?...

¡Cuánto me entretiene con sus humoradas y espontaneidades de muchacho!

¡Cómo anima y revuelve á toda la familia en los muchos ratos que pasa

con ella! Cuando falta él de la mesa, parece que la comida está sin

sazonar... También hace coplas, pero buenas; no de esas vulgaridades

que escriben todos los jóvenes entre tontos é inocentes. Por de pronto,

se ejercita en la profesión con un abogado de nota, que me ha dicho en

confianza que antes de dos años valdrá el pasante más que él. ¡Si me

pondría yo hueco al oir tal elogio! De todas maneras, este chico será

el que se encargue de todos mis asuntos en los últimos años de mi vida,

y el que á mi muerte ocupe mi puesto al frente de la familia; porque

nada de esto se opone á que se case en tiempo oportuno con una mujer

digna de él. ¡Antes muerto que solterón! Por eso me tiene siempre con

cuidado el artillero. Temo que, como á otros muchos de su profesión,

se le pase lo mejor de la vida mariposeando; y cuando quiera fijarse

definitivamente, no pueda ya con las bragas y tenga que morir solo y

desesperado.

Pero el ojo derecho mío... (no lo podría remediar) sería nuestra hija.

¡Qué cálculos haríamos sobre ella su madre y yo! Veinte años tendría,

y como otros tantos soles que la hermosearan. Ahí enfrente, en la sala,

habría un piano; y en ocasiones como ésta, en que el tedio... (el tedio

no, porque no conocería yo esa dolencia) ó el peso de mis achaques me

entristeciera, tocaría ella las piezas de música que más me gustaran

á mí... Me animaría después á salir de casa; haría que la acompañara

á dar un paseo por las afueras, y yo iría hecho un bobo entre ella y

su madre; y más de dos jovenzuelos pasarían á su lado haciéndose los

buenos mozos... Esto me cargaría bastante, porque me haría pensar

en el día en que otros deberes que los de hija me la arrebataran de

casa. ¡Mire usted que es dura y terrible para un padre esta ley de

la naturaleza! Y no hay modo de eludirla. Cierto es que el deseo de

verlas felices, y hasta la idea, á menudo equivocada, de que casando á

una hija se adquiere un hijo más, debe de animar mucho en esos trances

tan serios; pero así y todo, yo no me daría prisa por casarla. De esto

precisamente hablaría yo ahora con su madre; y cuando ella pasara por

ahí enfrente ó se asomara á la puerta para hacernos alguna pregunta,

cambiaríamos de conversación... Yo tendría pañuelos bordados por ella;

y de obras de sus manos estaría llena la casa; y las interioridades de

ésta correrían ya de su cuenta, para descanso y satisfacción de su

madre.

¡Pues y cuándo el artillero estuviera en casa con licencia? ¡_Toda la

familia reunida_ entonces! ¡Qué cenas, qué comidas, qué sobremesas!

¡Dios mío, aquello sería el colmo de la felicidad! ¡Qué me importarían

á mí entonces el reúma, ni la tos... ni todos los dolores juntos del

cuerpo? El militar referiría sus aventuras _lícitas_ del oficio; el

abogado sus travesuras de universidad; uno y otro elegirían las más

ingeniosas para regocijo de su hermana y deleite de su madre; y en

cuanto á mí, ¡cielo santo! solamente sabiendo lo que ahora padezco se

podría calcular lo que entonces gozaría. ¡Qué vejez aquélla! ¡Cuán

diferente de esta vejez! En tan placentera compañía, ¡con qué valor

debe de mirarse cómo avanzan hacia uno, disfrazados de _achaques de la

vida_, estos mensajeros de la muerte!... Dicen que para morir con ánimo

sereno son un estorbo los hijos y la familia. ¡Qué error! Sin ella todo

es tristeza y dudas y desaliento; y con estos males por escolta, podrá

morir un hombre desesperado; pero sereno y valeroso... ¡nunca!

Tras estas cavilaciones, y después de permanecer Gedeón largo rato

saboreándolas, alza la cabeza, y vuelve á reflejarse en su fisonomía

aquella burla de otros tiempos, que era la salsa de sus meditaciones

sobre parecido tema.

--¡Qué demonio!--torna á pensar;--¡lo que somos los hombres! Cuando yo

era joven, me pasaba las horas muertas haciendo castillos sobre las

voluptuosidades matrimoniales; ahora, que soy viejo, los hago como un

tonto sobre lo que entonces me parecían miserias de la vida conyugal.

¿Estaré tan equivocado ahora como lo estuve en aquel tiempo?... ¡No,

no, no y no! Por de pronto, aquello me inflamaba la sangre; era fuego

que corría por mis venas; huracán que me arrastraba lejos de todo

deber, y me ponía fuera de la comunión humana.

Esto es como bálsamo que se derrama en mi corazón y purifica y

refrigera todo mi sér; brazo misterioso que se enlaza con el mío, y,

sacándome de la sima tenebrosa, me acerca á los demás hombres, y hasta

parece que me eleva hacia Dios... No cabe duda, ¡hasta por egoísmo debí

yo haberme casado á tiempo!... ¡He sido un bestia! ¡mil veces sandio!

¡un millón de veces estúpido!

[Ilustración]

[Ilustración]

V

LA POESÍA DE UN SOLTERÓN

--¡Regla!... ¡Regla!

--¡Señor!

--¿Dónde mil demonios estás metida?

--¿Cuántas veces me ha llamado usted?

--Más de mil.

--No han llegado á tres.

--Tanto me da.

--Pero no es lo mismo.

--¡No me repliques!

--Cuando se dice lo que no es...

--¿Te rebelas?

--Me disculpo como debo.

--Tu deber es complacerme, y nada más.

--Eso he hecho siempre.

--¡Pero no lo haces ya!

--¡Así paga el diablo á quien mejor le sirve!

--¡Regla... no me provoques!

--Si usted no me maltratara...

--Yo no maltrato á nadie. Yo no hago más que padecer y pudrirme, y

acabarme aquí, solo y abandonado.

--¿Para qué me llamaba usted, señor?

--Para que me traigas los chirimbolos.

Sale Regla; y mientras vuelve, Gedeón se desciñe la bata, dejando al

descubierto sus piernas liadas y reliadas en lienzos y franelas, desde

la punta del pie hasta medio muslo.

Aparece Regla de nuevo en el gabinete con media docena de frascos en

una bandeja, y con enormes rollos de vendajes limpios debajo del brazo.

Arrodíllase á los pies de su amo, apoyados sobre un taburete; coloca en

el suelo los frascos y los vendajes, y comienza á soltar las ataduras

de los que Gedeón tiene puestos.

--¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento, por Dios, cuando llegues

á la rodilla! Una mosca que la roce con las alas, me hace ver las

estrellas...

--No tenga usted cuidado.

--¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada... ¡Poco á poco... poco á

poco! Así... ¡Ay!...

--¡Si no le he tocado á usted!

--No importa: el miedo solamente me hace tiritar. Arrolla esa tira para

dar la vuelta por debajo de la corva. Bueno. Ahora sin miedo hasta los

pies... ¡Alto! arrolla toda la venda suelta.

--Saque usted el pie más afuera...

--Allí va... ¡Cosa más rara que esta dolencia!... Me permite

andar, aunque con trabajos, y el peso de una hormiga la irrita y

ensoberbece... ¿Acabaste con la venda? Ahora la franela... ¡Eche

usted tira! El diablo me lleve si no hay para alfombrar con ella la

escalera... ¿Qué tal encuentras la rodilla?

--Algo más deshinchada me parece...

--Eso me dices todos los días... ¡Cuidado ahora con el pie!...

--Levántele usted un poco... Un poco más... Ya está.

--¿Cómo le hallas?

--Lo mismo.

--Pues á mí se me figura que cada vez se van dislocando más los

dedos... Parecen garfios, ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora á

preparar la batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste es

para los pies; éste para el pecho; éste para las rodillas; éste para

mezclarle con este otro...

--Ya sé yo mejor que usted para qué es cada uno.

--¡Dios ponga tiento en tus manos!

Hechos los necesarios preparativos, comienza Regla á destapar frascos,

á mezclar las pestilencias de uno con las hediondeces de otro sobre

la palma de su mano izquierda, y á frotar con las dos, con toda

la suavidad posible, las partes doloridas de Gedeón, que á cada

instante grita y reniega y maldice, ya porque Regla aprieta más de lo

conveniente, ó porque teme que así lo haga. Después envuelve la pierna

en franelas, y las franelas en lienzo, sin que dejen de oirse los

propios conjuros y las mismas interjecciones del paciente.

--¿Acabaste con ésta?

--En cuanto anude las cintas... Ya están.

--Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge antes toda esa

trapajería, ó ponla donde yo no la vea... ¡Qué peste más

endemoniada!... Parece castigo de Dios, ¿no es verdad?

--¿Por qué, señor?

--¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en esta guisa! Cuando

yo era joven, me burlaba de los maridos que pudieran verse precisados

á hacer con sus mujeres algo de lo que tú haces ahora conmigo... ¡No

aprietes tanto!... ¡Como si yo fuera de otra materia más fuerte y

asegurada de achaques! ¡Como si solamente las mujeres casadas tuvieran

humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada vez me convenzo

más de que entre un joven abandonado á sus propias inclinaciones y

una bestia, no hay dos pulgadas de distancia... Dele usted cuerda

á sus pasiones; satisfágale usted sus apetitos; téngale usted gordo

y retozón, y ya cree poseerlo todo y asegurada su vida de penas y

dolores... Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece á tí?

--Allá se van.

--¡Vaya un consuelo de tripas!...

--Pues si es la verdad...

--¡Ó no lo es!... Y aunque lo sea, no debe decirse de ese modo...

--¿De qué modo lo he dicho yo?

--Como lo has dicho. ¡Ea! no me rompas la cabeza.

--Jesús me dé paciencia, ¡qué genio!

--¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más cachaza!

--Pero yo no le tengo á usted la culpa de sus trabajos...

--¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima!

--¡Si llevo la mano al aire, señor!

--Al aire te echaría yo de un puntapié, si pudiera dártele.

--Muchas gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo, habría

pocas personas capaces de hacer con paciencia todos los días esto que

yo estoy haciendo...

--¡Espera un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué dolor

más terrible!... ¡parece que me exprimen los huesos en una prensa!...

¡Ufff... qué barbaridad!... Debo de tener la cara como luz de pajuela.

--Algo pálida está... ¿quiere usted un poco de agua?...

--No... Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos, pero

buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa los disparates que haya

dicho contra tí. ¿He dicho alguno?

--No ha dejado usted de decirlos...

--No me extraña; porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de mí,

y no sé lo que digo.

--Gracias á eso no los tomo yo muy á pechos.

--Vamos á ver, y ¿qué harías si á pechos los tomaras?

--Ya puede usted presumirlo.

--¿Es decir que serías capaz de abandonarme?...

--Póngase usted en mi caso.

--¡Ingrata! No correría yo tales riesgos si me hubiera casado á tiempo.

--¿Tan mal le ha ido á usted conmigo?

--¿Y de qué me serviría cuanto por mí has hecho, si en lo más apurado

de la vida me abandonabas? ¡Las mujeres propias no hacen eso, Regla!

--También tienen otros privilegios que no tengo yo... y otro

porvenir...

--Ya pareció aquello. ¿Temes que te falte el pan algún día?

--Mientras tenga los miembros sanos, no; pero bien pudiera suceder.

--¿Por tan desalmado me tienes?

--Cayéndose usted de generoso, puedo quedarme á puertas mañana.

--Eso es decir que temes que yo me muera de repente.

--Ó por sus pasos contados; pero como la voluntad de usted no consta

más que en sus palabras...

--Ya te tengo dicho lo que pienso hacer para que mi voluntad sea

conocida y respetada.

--Pero, entre tanto, puedo morirme yo, y ese hijo que anda por esos

mundos, sabe Dios cómo, no recogerá de su madre ni las tristes soldadas

que tiene ganadas en más de quince años, sirviéndole á usted.

--Luego ¿desconfías de mí?

--No, señor; pero, á decir verdad, quisiera tener bien arreglada esa

cuenta, por lo que pudiera tronar.

--Lo que tú temes es que yo truene á la hora menos pensada... no me

andes con andróminas; y lo que debes hacer es pedirme lo que te debo;

ir á darte buena vida con ello, y dejarme á mí solo y abandonado,

pudriéndome en este rincón...

--Yo no pretendo semejante cosa.

--¡No me pasaran á mí estos lances si yo me hubiera casado á tiempo!

--¡Otra vez el casorio! Y ¿por qué no se casó usted?

--¡Porque fui un mentecato, como tantos otros!

--Todavía puede usted hacerlo.

--¡Tendría que ver!

--No creo que se opusiera nadie.

--¡Ahí me duele!

--¿En lo que le digo á usted?

--¡En la rodilla, chapucera!... ¡Pasa con cuidado la venda!... Y ¿quién

se había de oponer á que yo me casara todavía, si se me antojara?

--Pues eso decía yo... ¡Cuántos á la edad de usted tienen compromisos

viejos!...

--Yo no tengo compromisos, Regla; yo soy libre como el humo, como el

aire. Puedo hacer lo que me acomode de mi cuerpo y de mi caudal. ¿Lo

entiendes?

--No lo dudo, señor.

--Es que á mí no me vengas con pullas, porque las tengo yo para tí y

para todo el universo, ¡zambomba!... ¿Acabaste?

--Sí, señor.

--Pues al pecho ahora... Á bien que, para lo que adelanto con la

untura... ¡Qué toser anoche! ¡En vilo me la pasé toda! Tú, en cambio,

dormirías como una marmota.

--Como usted no me llamó...

--¡Bien hecho! ¡ahógate ahí, consúmete y púdrete solo, vejancón

miserable! ¡Consuélate si quieres con el acompañamiento que hace á tus

quejidos el asma del ratonero!...

--Á esa bestia la voy á tirar yo por la ventana...

--Pues en seguida vas tú tras ella.

--Pero ¿no ve usted que está hecha un asco, y que apesta toda la

habitación?

--Esa no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurge...

Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas, y tiene

derecho á mis cuidados... y á los tuyos también, Regla, ya que me haces

hablar.

--¡Para él estaba!

--¡No seas ingrata, Regla!

--Más me debe él á mí, que le traje á casa.

--También es cierto; y volvamos la hoja... Colócame la franela de modo

que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la almilla...

--Ya está usted despachado por hoy... digo, hasta la noche.

--Tráeme ahora una camisa limpia.

--¿Va usted á salir?

--¿Qué tal está el día?

--Regular.

--¿Hace viento?

--No, señor.

--¿Hay humedad?

--Tampoco.

--Entonces saldré un rato, aunque sea para sentarme en la tienda de la

esquina, mientras tú ventilas la habitación, que buena falta le hace.

Dicho esto, recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del

gabinete, en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras de

paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes, ora soltando un

reniego, ora admirándose del volumen que presentan sus piernas con

tantos envoltorios y ataduras.

Después se viste con ímprobos trabajos unos pantalones descomunales y

se lava las manos y la cara, no sin bautizar el agua con tres ó cuatro

esencias de botica.

Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola limpia, y le calza los

entrapajados pies con holgados zapatones de flexible paño.

Puesta ya la camisa limpia, hácele Regla el lazo en la corbata; ayúdale

á vestirse un chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de paño; sobre

éste una levita, y sobre la levita, un gabán; pone en sus manos el

bastón y el sombrero; cerciórase de que no le faltan pañuelo en el

bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, dejando abiertas todas las

puertas, por las cuales va pasando, hasta la de la escalera, junto á la

que aguarda á su amo cruzada de brazos.

Antes de salir Gedeón de su gabinete, levanta con el regatón de su

cachava la manta, bajo la cual dormita y ronca Adonis. El achacoso

ratonero abre los ojos; y sin mover la cabeza, vuélvelos á su amo, como

si quisiera darle las gracias por su cortesía, ó decirle: «¡Buen par de

alhajas estamos!»

Gedeón le contempla un instante, vuelve á cubrirle con el bastón; y,

bien apoyado en él, sale renqueando hacia la escalera, murmurando para

sus envolturas:

--No sé quién de los dos largará primero la pelleja; pero el diablo me

lleve si no estoy yo en el mundo tan de sobra como tú. ¡Tan llorada ha

de ser tu muerte como la mía!

[Ilustración]

[Ilustración]

VI

LA TIENDA DE LA ESQUINA

Regéntala, como dueño de ella, un buen hombre que jamás se enfada ni se

apresura.

Vive de lo que vende, que es tanto como decir que vive de milagro; pues

allí nunca se vende nada, y siempre se ven, en tablas y escaparates,

los mismos objetos, descoloridos y ajados por el tiempo; siendo muy

de notar, como fenómeno curioso, que rara vez un comprador pide cosa

que en la tienda exista, pero que debiera existir, á juzgar por la

índole de las mercancías que están á la vista, y con las cuales cree el

tendero, sin duda alguna, que hay hasta de sobra para satisfacer todos

los antojos del público.

Así se dan muy á menudo casos como el siguiente:

--¿Tiene usted tachuelas?--pregunta un marchante acercándose al

empolvado mostrador.

El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · 第 13 / 16 段