después de haberle dado el calmante que le negó Regla, y de verle más
sosegado y en reposo.
--Esa es la serpiente, Doctor; ¡la serpiente de mi paraíso!
--¿La serpiente, ó la manzana?
--Lo que usted quiera. La verdad es que esa mujer ha sido obstáculo
perenne en el camino de mi vida desde que usted y yo nos conocimos; la
hiel de todas mis amarguras...
--¿Y no ha habido manera de separar ese obstáculo, al parecer tan leve?
--No, Doctor; porque á la vez ha sido... ¿á qué ocultárselo á usted?
gusano de mi conciencia.
--¡Hola!... ¿Luego es decir que no sin derecho le ha perseguido á usted?
--Hasta cierto punto, Doctor.
--Acaso con la exigencia de que se le cumplan determinadas promesas...
--Cabalmente.
--Y quizá exponiendo _razones_ de esas que, por lo mismo que son hijas
de una _debilidad_, son las más fuertes.
--Razones... sí; hijas de una debilidad mía, también; pero en cuanto á
fuertes, no, señor.
--Pues no lo entiendo.
--Va usted á entenderlo al punto, porque yo no quiero tener secretos
para el único hombre que en el mundo me ha querido bien y no me ha
disfrazado la verdad.
--Mil gracias por la deferencia; pero cuide usted de no revelarme
_demasiado_, para no sentir después un nuevo remordimiento.
--No, Doctor: ¡hasta por egoísmo necesito desahogarme con alguien de
estas pesadumbres!
--Adelante, pues, con la historia.
--Me encontré con esa mujer, de humilde cuna, cuando aún tenía ella
gracias y donaires, y yo buena salud y ciertas ideas de moral... Sin
gran esfuerzo, acomodóse á mis propósitos. Pero dió en la gracia de
mostrarme los suyos, por demás extremados y opuestos á los míos,
precisamente cuando ya el desencanto me hacía mirarla como carga
superior á mis fuerzas y deseos. Entonces le conocí á usted; y sin
decir que sus teorías, para mí tan nuevas como interesantes, sobre
el matrimonio y la familia, me convencieran, la verdad es que fueron
causa de que yo sintiera un irresistible deseo de verme colocado en un
terreno completamente despejado, para elegir la senda más de mi gusto,
si en ocasión de elegir volvían á ponerme las circunstancias. Entonces
pensé muy seriamente en desembarazarme del estorbo de esa mujer:
intentélo varias veces; mas cuando ya iba á conseguirlo, venciendo
miramientos pueriles que hasta allí me habían detenido, halléme unido á
ella por un vínculo nuevo; de esos que amarran y doman al hombre de más
bríos, mientras le quede un rastro siquiera de honra en el pecho... ¿Me
entiende usted, Doctor?
--Perfectamente.
--No sé qué pensamientos me asaltaron cuando preso me ví de esta
manera; porque antes de llegar á examinarlos, ya me atormentaban
indicios... de cierto género... ¿Me entiende usted?
--Sospecho que sí.
--Pero no pasaron de indicios, ni pasar pude yo de la incertidumbre en
que me sumieron, ni adquirir me fué dado una prueba que me autorizara
para quejarme, ó me extirpara los recelos. Así corrieron los años;
crecieron los vínculos con ellos... ¡_crecieron_, Doctor!... que á
tales demencias arrastra el amor propio resentido... y así he llegado
hasta hoy: ella reclamando lo que en conciencia dice que la debo,
é invocando _testimonios_ que yo no quiero ver, ni jamás he visto
ni veré; y yo aborreciéndola más cada día y alejándome cuanto me es
posible de ese padrón de ignominia, infierno de mi existencia, testigo
de mis debilidades y torpezas. Hoy ha venido á robarme mi único bien,
el sueño, para amenazarme con publicarlo todo si continúo resistiéndome
á sus exigencias... En eso estaba cuando usted entró.
--Graves son, en efecto, las razones de esa mujer--dice el Doctor
después de permanecer unos instantes silencioso.--Pero, ¿y la otra?
¿por qué se quejaba de usted?
--¿La otra?--responde Gedeón muy contrariado.--La otra... Ya sabe usted
lo que son amas de llaves muy antiguas en las casas... Resabios del
oficio... La costumbre de mandar en todo...
--¡Ya!--replica el médico sonriéndose, acaso sin malicia.
--Y ahora que está usted impuesto de todo, Doctor amigo; ahora que de
mis labios ha oído usted lo que á nadie en el mundo he confesado; ahora
que conoce usted el infierno en que me abraso, no me niegue usted su
auxilio para salir de él, si salir puedo, ó para tomar una postura
compatible con el descanso.
--Ante todo, amigo don Gedeón, ¿qué opina sobre el caso su conciencia
de usted?
--Mi conciencia, Doctor... mi conciencia no sabe á qué atenerse. En
ocasiones concede derecho á esa mujer para quejarse; otras veces se le
niega, puesto que sin violencia aceptó la situación en que se puso.
--Y sobre los _vínculos_ posteriores á esa primera situación, ¿cómo
piensa?
--Piensa cuando se fija en los _indicios_ aquéllos, que yo tengo
perfecto derecho para romper esos vínculos; y cuando no, que éstos son
un castigo palpable de mi insensatez.
--¿Y qué aconseja, por fin, esa señora?
--Nada, Doctor: quimeras, delirios que me deslumbran y me aturden y me
martirizan.
--¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así piensa
y la que así aconseja?
--¿Y qué otra cosa puede ser?
--La vanidad, la soberbia...
--¿Es posible?
--Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y
de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las
peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun
considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que
esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor
propio.
--Concedido.
--Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la
conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho.
--Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en tan
horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me amenaza.
--_¡Defenderle!_ ¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena
justicia, no es defendible su causa de usted?...
--¡Que no!
--Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo dudar.
--¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la
inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen?
--Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el
moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada
más, aunque alguna vez me haya metido á filósofo _de afición_. En
cuanto al segundo... busque usted y hallará.
--¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y agonizando!
--Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre.
--Todas están cerradas para mí.
--Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á esa.
--¿Qué puerta es?
--La de Dios.
--¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte?
--No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de
saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha
cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos
crueles.
--Entonces ¿por qué ese consejo?
--Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que si
le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que puede
hacérsele á un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la
historia que acaba usted de confiarme.
--Y ¿dónde está esa puerta, Doctor?
--¿Es usted tan desventurado que no la ve?
--He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento!
--¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino?
--Creo que no.
--Algo es eso.
--Pero estoy á obscuras para volver á hallarle.
--No importa, si queda fuego con qué hacer luz.
--Chispas entre cenizas, Doctor; nada más.
--¿Está usted seguro de ello?... Examínese usted bien.
--Seguro estoy.
--Pues con esas chispas se puede producir un incendio. ¡Ay de la fe
cuyas cenizas se enfriaron! Reúna usted esas chispas; agréguelas usted
combustibles, y la luz se hará y verá usted la puerta. Cuando usted la
vea, llame.
--¿Y después?
--Después... no necesitará usted preguntarme á mí qué debe hacer en el
conflicto que me ha confiado, ni cómo se lucha y se vence contra las
miserias del mundo: la conciencia, iluminada por la religión, le dirá
á usted todas esas cosas y otras muchas.
--¿Lo cree usted como me lo dice, Doctor?
--¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de Herodes.
--¡Herodes!...
--¿Qué le admira?
--En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si usted
me ayudara á dar los primeros pasos...
--Desde hoy mismo, si usted quiere.
--Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí.
--Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también mañana
estaré á sus órdenes.
--Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda
á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace
caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted!
Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como
puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que
aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace.
[Ilustración]
[Ilustración]
VIII
LOS PARIENTES DE GEDEÓN
Los pronósticos del médico se cumplen en todas sus partes. El enfermo
sale de las apreturas en que le hemos visto; y á medida que va
adquiriendo fuerzas y esperanzas, va dejando, no ya «para mañana,» sino
«para otra ocasión,» el proyecto de llamar á la puerta consabida.
Ya puede gritar y revolverse, y hasta sacudir un bastonazo á la
atrevida que le provocase al alcance de su brazo. ¿Para qué necesita
apelar á ciertos _extremos_ alarmantes? Hasta se arrepiente de haber
sido tan explícito con el Doctor. Tal es la condición humana, aun sin
tratarse de egoístas como Gedeón. Las muletas que suplen el miembro
entumecido, se arrojan al fuego tan pronto como aquél recobra sus
fuerzas y movimiento.
Al cabo de los días, el convaleciente se encuentra en aptitud de salir
á la calle á tomar el sol. Ya tiene el sombrero puesto, y se afirma
en su cachava para mover sus pies entrapajados y embutidos en sendos
zapatones de paño, cuando Regla le anuncia la visita de un caballero y
de una señora.
Tratándose de un hombre cualquiera, un anuncio semejante y en semejante
ocasión, nunca se recibe sin contestar con mal gesto: «No estoy en
casa; que vuelvan otro día.»
Mas para Gedeón, que no se trata con nadie, fuera de las personas que
conocemos, el anuncio de una visita es un acontecimiento extraordinario
que excita en gran manera su curiosidad; y así, movido de ella,
--Que pasen adelante,--dice.
Y los anunciados pasan á la sala.
Dos son, como dijo Regla.
El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor
colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus
manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase
barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda.
La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así en
el modo de ser como en el de vestir.
Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo.
--¿El señor don Gedeón?--pregunta desde la puerta de la sala el
caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél.
--Servidor de ustedes,--responde Gedeón haciendo su poco de encorvadura
en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia sus miembros
doloridos.
--Beso á usted su mano,--dice por su parte la señora, abanicándose el
rostro y retorciéndose mucho.
--Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis
respetos,--añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la
diestra.
--Lo mismo digo, caballero,--responde Gedeón, dejándose estrechar la
mano.
--Mi señora...--continúa el otro, señalando á la que le acompaña y
mirando á Gedeón.
--Mi marido...--dice la señora haciendo una exagerada cortesía á
Gedeón, y apuntando á su acompañante.
En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al verse
figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced á la
apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres, casi
se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubiera olvidado en
tantos años como ha pasado sin reirse.
Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen reñidas
con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y sentándose
él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón de su
visita.
--Va usted á saberla--responde el caballero, estirando las manoplas
y colocando el bastón entre las piernas.--Pues, señor, yo soy, para
cuanto usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,
natural y vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta
ciudad, y en el cual tiene usted una hacienda morrocotuda.
--Muy señor mío...
--Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no
muchos, y allí casé con ésta mi señora...
--Beso á usted su mano,--vuelve á decir la aludida.
--Diónos el cielo un heredero--continúa su marido,--uno no más, don
Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del
pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que, ya
mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones largas
de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven de su
elección particular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando,
de nuestro gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y
al amparo nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que
pudimos obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado.
Y dicho esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce
usted á toda la familia de mi casa.
--Sin contar--añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su
abanico,--seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de
usted.
--Cierto es eso--repone su marido;--pero como dijo el otro, «con agua
pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad,
don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser;
pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos
sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad,
don Gedeón?
--Cierto es, en efecto,--responde éste mirando al uno y á la otra, como
pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita, que aún
no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario.
--Pero vamos al asunto--continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse
las manoplas;--y el asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos
parientes, y que habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de
usted, que ha estado usted enfermo de alguna gravedad, por si otra
vez ocurre, lo que Dios no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros
cariñosos y desinteresados servicios, de los que puede usted disponer
también en sana salud.
Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado;
pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de
aquellos originales, sonríese y contesta:
--¿Parientes míos dice usted?
--Sí, señor... y bastante cercanos.
--¿Por qué parte?
--Por los Gazapones.
--Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama Gazapín?
--Sí, señor; pero el tercer apellido de su abuelo materno de usted era
Gazapón.
--Luego no somos parientes.
--Déjeme usted concluir. Los Gazapones son primos carnales de los
Gazapines por la tercera rama: así es que mi padre se llamaba Gazapón,
de segundo apellido.
--Podrá ser, cuando usted lo asegura.
--Como que es la verdad... Y es tal el entronque y enlace que hay de
unos con otros, que yo no pude casarme con ésta sin dispensa.
--¿También es Gazapín?
--No, señor: ésta es de los Gazaperas.
--¡Demonio!
--Sí, señor; familia que viene á ser, por lo que entonces se supo, el
tronco de los Gazapones y de los Gazapines, que son las ramas.
--Hombre, es muy interesante todo eso.
--Yo lo creo... Puede usted gloriarse de pertenecer á una familia de
las más ilustres, dilatadas, y, al mismo tiempo, unidas; quiero decir,
sin mezclas extrañas. Tan unida, que las tres ramas tienen el mismo
escudo en la ejecutoria.
--¡También eso! ¡Conque tenemos ejecutoria y armas!
--¡Yo lo creo!... ¡y bien bonitas! ¿No las conoce usted?
--No por cierto; y ahora me pesa.
--Pues yo le diré á usted: representan dos gazapos, uno grande y otro
chico, en campo de legumbres tiernas; y á lo lejos la gazapera con un
farol á la entrada, y un letrero, por luz, que dice: «_Os alumbro el
camino_;» como si dijéramos, «no acelerarse, y firmes con ello, que yo
os muestro la retirada, si viene el amo.»
--Es curioso el lema...
--Así explican el escudo los que lo entienden. La verdad es que la
nuestra fué siempre familia muy aprovechada.
--Ya se conoce.
--Y atento á ello, yo no sé qué rey de la antigüedad le dió esas armas,
por no sé qué préstamo que le hizo.
--No era rana Su Majestad, á juzgar por la muestra.
--Pues sí, señor, todo eso hay.
--Y no es poco.
--Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en Cascaruca!
--No es mala.
--¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada!
--¿Tan mal lo está?
--Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda, tu
amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida.
--Verdad es.
--Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á
Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es
una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo,
nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella,
¡cuánto no tendrá ese hombre!»
--Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia?
--Pues ¡qué sé yo! porque caía la pesa, como dicen, y porque también
el interés de familia mueve mucho, ¿está usted? Y cuando no hay ofensa
para nadie... Por eso, cuando me respondía Radegundis que ya daría
para un buen rato el contar lo que usted tiene, no podía yo menos de
decir: «¡Válgame Dios! ahí está nuestro pariente lleno de caudales y
sin un hijo que se los herede, ni una obligación que tenga derecho para
arrancárselos, ni un triste allegado á su vera, para que mañana ú otro
día le cierre los ojos, ó le asista en sus desconsuelos. ¿Adónde irá
á parar ese dinero el día en que don Gedeón fallezca, porque mortales
somos todos?» Y entonces me decía Radegundis: «¿Quién sabe lo que
pensará nuestro pariente?... Si tiene un millón, como dicen, entre
rústicas y urbanas (yo creo que ha de ser bastante más), ya habrá él
echado sus cuentas, y tomado sus disposiciones para que cada uno lleve
su merecido... ó para tirarlo por el balcón... Nosotros, quietecitos en
nuestra casa y atenidos á nuestra medianía, que á la fortuna no hay que
salir á buscarla: ella sola se mete por la puerta, si de Dios está que
han de alcanzarle á uno sus favores.» Me parece que esto es hablar en
ley y sin ofensa de nadie, ¿no es verdad, don Gedeón?
--Mucho que sí; y es una lástima que mi señora doña Radegundis, que
tan cuerda es en hablar, no lo sea tanto en sus obras.
--¡Ay, don Gedeón! por la espina de Santa Lucía--exclama aquí la
señora de don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,--¿á qué obra
mía le falta la cordura? ¿En qué he faltado á las conveniencias de mi
educación y de nuestro parentesco?
--Justo--añade su marido,--¿en qué ha podido esta infeliz faltar á todo
eso?
--En dejarle á usted venir... á lo que ha venido á esta casa, y en
acompañarle á ella.
--¡En eso, mi buen pariente!--exclama don Ruperto.--¡Es posible que una
persona cometa una falta en ofrecer sus respetos á otra persona?...
Porque á eso, y sólo á eso, hemos venido: créanos usted. ¿No es cierto,
Radegundis?
--Señor don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de
Cascaruca; señora doña Radegundis Gazapín... de no sé cuántos: cumplí
ya los sesenta y cinco, y apenas me quedan en la boca otros dientes que
los colmillos; ¡figúrense ustedes si los tendré retorcidos!
--No comprendo...
--No caigo...
--Ni hay para qué comprendan ni caigan; en cambio, yo les comprendí
á ustedes á poco de haberlos oído, y esto baste. Conque estimando
la visita en cuanto vale, denla por terminada; procuren ser en otra
que les ocurra, no en mi casa, menos explícitos y más afortunados, y
déjenme ir á tomar el sol, que para tiempo perdido basta el que les he
consagrado.
--¡Pero don Gedeón!...
--¡Pero pariente!...
--¡Ni una palabra más!
--Para explicarle á usted...
--Para que no crea...
--¡Zambomba, que se me acaba la paciencia! ¿Les parece poca la que he
tenido?
--Pues saludo á usted, caballero, que, después de todo, de hombre
á hombre no va un palmo... Vamos, Radegundis, que, por lo visto,
estorbamos aquí.
--Bien te dije yo, Ruperto, que te miraras mucho antes de venir... Beso
á usted su mano...
Y el apreciable matrimonio, hecha esta despedida, vuélvese por donde
vino, entre mustio é indignado. El lance no es para menos, tómense sus
propósitos por donde al lector pluguiere.
En tanto, Gedeón, no poco amostazado, recibe de mano de Regla una carta
que acaba de llegar por el correo, caso también de los más raros en
aquel hogar.
Ábrela sin tardanza. Está fechada en Taconucos, pueblo de aquella
provincia, y no lejano, y dice así:
«Muy respetable señor: Sé que los Gazapines de Cascaruca han ido ha
ofrecerle á usted sus respetos, bajo pretexto de que son sus parientes
cercanos. No los crea usted, y sírvale de gobierno que acostumbraban
á hacer lo mismo con todos los pudientes de la provincia que están á
pique de morir sin herederos forzosos. Dichos Gazapines son gente de
mucha bambolla y de poco trigo; y en cuanto al vástago de que le habrán
hablado á usted, es un perdido que ya ha estado seis veces en la cárcel.
»En punto á parentesco, yo no sé que tenga usted en este lado de la
provincia, otros que con mi familia, por parte de los _Lupianes_, que
casaron con los _Lupinos_, provenientes en línea recta de los _Loberas_
primitivos, y por eso el quinto apellido de su señor bisabuelo paterno
es _Lupián_, igual al tercero de mi señora madre (que en paz descanse),
como puede verse en nuestras ejecutorias; por lo cual en las armas de
esta casa hay, entre otros animales dañinos, un _lobato_ que también
debe de hallarse en las de usted.
»No saco á plaza esto del parentesco por llamarme, como el otro que
dice, á la parte en cosa alguna de usted, ni hacer méritos de ninguna
clase; sino para que se vea la diferencia que va de parientes á
parientes, ó séase de los _Lupianes_ de Taconucos á los _Gazapines_ de
Cascaruca.
»Por lo demás, testigo es el arrendador de su hacienda en este pueblo,
de lo que yo respondí al darme él la noticia de que se hallaba usted á
las puertas de la muerte, y sin un sér de su propia sangre á su lado á
quien dejar sus caudales opulentos.--«Pobre soy (esto dije); cargado de
familia y de necesidades me hallo; pero así me iré á la sepultura antes
que darle á sospechar que le visito con miras interesadas. Si él quiere
acordarse de mí, aquí estoy dispuesto á servirle en cuanto yo pueda, y
agradecerle los beneficios que tenga á bien dispensarme.»
»Tal dije entonces y tal repito ahora, aprovechando tan favorable
oportunidad.
»Y pues ya lo sabe usted, vea en qué puedo serle útil, y mande con
franqueza á éste su atento servidor y pariente cercano,
LUPERCIO LUPIÁN DE LA LOBERA.»
--Todo esto que hoy me sucede con mis parientes--piensa Gedeón en
cuanto acaba de leer la carta,--me haría muchísima gracia si no lo
viera yo más que por la superficie; pero es el caso que tiene un fondo
endemoniado. Por lo visto, huelo ya á carne muerta, y éstos mis
parientes vienen á ser los buitres que revolotean á mi lado esperando
el regodeo que van á darse. Éste es el hecho innegable.
En cuanto á los comentarios que pudiera hacer sobre él un hombre como
yo, que en su juventud no se casó por no verse en el riesgo de que sus
hijos y su esposa _desearan_ heredarle... vale más no hacerlos. ¡Qué
gran libro es la vejez! ¡Lástima que el hombre tenga que morirse cuando
empieza á leerle con provecho!
Luego rasga la carta en cien pedazos; requiere su bastón y sus gabanes,
y rompe á andar hacia la escalera paso á paso, con la cerviz caída y
marcando el lento compás de su andadura con quejidos y carraspeos.
[Ilustración]
[Ilustración]
IX
IN ARTÍCULO MORTIS
Estamos otra vez en el gabinete de nuestro personaje. Los entornados
postigos del balcón apenas dejan entrar la necesaria luz para que ojos
acostumbrados á ella puedan distinguir lo que es sombra y lo que es
cuerpo.
Así puede verse el de Gedeón sobre la cama, no tendido, sino
recostado en un rimero de almohadas, alta la cabeza, abierta la boca,
desencajados los ojos, y aspirando, jadeante y anheloso, el aire
infecto de aquella triste habitación.