aquella atmósfera infecta, y le atormentaba la contemplación de tan
triste espectáculo.
Cuando los dos estuvieron en la calle, dijo el médico:
--Eso que usted ha visto en el lecho, fué un hombre egoísta. Jamás
latió su corazón á impulsos de un sentimiento honrado, ni su lengua se
movió más que para difamar al género humano. «Esposa» é «hijos» eran,
en su concepto, la expresión condensada de todas las esclavitudes, de
todas las ignominias y de todos los estorbos. Resuelto á vivir sin
ellos y para sí propio, maldijo de la familia y huyó de todo cuanto se
le parecía, como se huye de la peste. Mientras fué robusto, tuvo quien
le complaciera, porque pagaba con largueza sus caprichos; pero un día
le atacó una enfermedad tan grave como repugnante, y sus sirvientes le
abandonaron después de saquearle la casa. En ella hubiera muerto como
tigre en su caverna, si la caridad de Dios no anduviera por la tierra
detrás del egoísmo de los hombres.
--¿Y qué enfermedad le acometió?--preguntó al médico Gedeón, presa de
un sobresalto que pudiera creerse supersticioso, si lo que de nuestro
personaje sabemos no nos permitiera creer que bien podía temblar de
miedo.
--Un cáncer en la lengua,--respondió el médico.
--¿Y eso le mata?
--«Por do más pecado había.»
--¡Casualidad extraña!
--¡Ó providencial castigo!
--¿Lo cree usted así?
--Yo nunca dudo, amigo mío, de la justicia divina.
--¿Y tan abandonado dice usted que se ha visto?
--De todos menos de Dios. Ya vió usted un ángel á la cabecera de su
cama cuidando de su cuerpo; pues otro, en forma de sacerdote, cuida de
su alma.
--¡Buena estaría su alma también!
--Sin noción alguna de su destino dentro de aquel cuerpo miserable.
--¿Y tan á obscuras seguirá hasta que de su cárcel se desprenda?
--No tal, amigo mío. El alma volvió á la luz, y el egoísta empedernido
empleó las últimas palabras que pudo pronunciar su lengua para jurar
ante Dios que aceptaba su soledad y sus tormentos como castigo justo de
su pecado. Después acá, lo que no ha podido decir su boca en testimonio
de su conversión, lo han dicho sus ojos, que, mientras han estado
abiertos, no se han separado un instante de aquel Crucifijo que usted
vió colgado en la pared.
--Más vale así, Doctor. Pero todavía no me ha dicho usted por qué tuvo
empeño en que yo visitara á ese enfermo.
--Túvele suponiendo que se alegraría usted de despedirse de él
antes de que se muera; porque, sin un milagro de Dios, se muere hoy
indefectiblemente.
--¿Y qué puede importarme á mí la muerte de ese desgraciado?
--Siempre interesa la marcha de un amigo á un viaje tan largo.
--¡De un amigo!
--Por de usted le tuve siempre.
--¿Quién es, entonces? ¿Cómo se llama?
--Ignoro su nombre verdadero: la gente le conocía con el de _Herodes_.
--¡Santa Bárbara!
[Ilustración]
[Ilustración]
II
CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR
Dos días bastaron á Gedeón para salir del aturdimiento que le
produjeron la visita que hizo á su amigo espirante, y la noticia que
le dió de su muerte el Doctor aquella misma noche. ¡Herodes! el hombre
que más le había empujado á él hacia el abismo en que se hallaba; el
azote del hogar, la sátira de la familia, el prototipo de los _bueyes
sueltos_, espirando en brazos de la caridad, abandonado de los hombres,
devorado su cuerpo por un cáncer y su alma por los remordimientos! ¡Qué
lección para él si desde muy atrás no se hallara convencido de que ese
es el fin lógico y merecido de cuantos se colocan, por su propio gusto,
fuera de la ley!
Pero había en la muerte de Herodes un lado asaz risueño para Gedeón; y
por este lado se apresuró á considerarla: el pavoroso problema de sus
celos estaba resuelto ya del mejor modo posible: el fantasma que le
quitaba el sueño, ya no existía.
Pensando así, en el acto se sintió capaz de no volver á acercarse á
Solita. ¡Hasta se atrevió á soñar en nuevas aventuras, para borrar por
completo de su memoria el recuerdo de aquella infeliz que tanto le
había hecho padecer en su vanidad y en su soberbia!
Pero bien pronto, asomándose su razón al cristal del espejo, supo
decirle:--¿Adónde vas, iluso, con esa panza grosera, y esa calva
refulgente, y esa sobarba con pliegues, y ese reúma que te balda, y esa
tos que te ahoga? ¿Quién ha de escuchar tus ternezas, que no las tome á
risa, ni quién podrá aceptarlas que no tosa más que tú?
¡Olvidar á Solita cuando estaba amarrado á su recuerdo con una cadena
más!
¡Pensar en nuevos amoríos cuando no puede ya con los calzones, y las
penas y los desengaños le han hecho renegar de todo su pasado!
El único bien que le produjo la muerte de Herodes fué el poder vivir
menos intranquilo con respecto á Solita. Entera confianza no la tuvo
jamás en ella, y hasta me atrevo á creer que, no por otra razón, cuando
él se vió con las piernas entumecidas por la gota, llevó á Solita á
vivir al centro de la población, y no muy lejos de su casa. Disculpaba
Gedeón esta medida diciendo que, pues había pasado Solita fuera de la
ciudad tantos años, y muerto su padre que, vivo, hubiera publicado lo
contrario, bien podía aparecer en ella como viuda forastera. Yo tengo
para mí que trataba de ponerla al alcance de su corto andar.
El hecho es que así la puso, y que á duras penas la visitaba una vez
cada mes, de noche y con grandes precauciones.
En cada una de estas visitas la entregaba el dinero necesario para
sus gastos, y para _lo demás_ que andaba por el mundo y era causa de
que cada entrevista terminara con un escándalo, exigiendo la una y
resistiendo el otro.
--¡Déjame siquiera acercarme á tu casa cuando tú no puedas llegar á la
mía!--clamaba ella después de pintarle los riesgos en que la ponía el
método á que la sujetaba él.
--¡Nunca!--respondía Gedeón inexorable.
--¿Y qué _hemos_ de comer cuando tus achaques no te dejen salir de la
cama?
--¡Moríos de hambre! ¡Ojalá fuera mañana!
--¡Fiera! ¡Maldita sea la hora en que te conocí!
--¡Eso digo yo todos los días del momento en que te hallé á mi paso!
--¿Quién es la infame que te obliga á ser tan bárbaro?
--¡Mi corazón que te detesta!
Así, ó por el estilo, concluían las entrevistas amorosas de Gedeón y de
Solita.
Ya para entonces había ésta perdido hasta las huellas de lo que fué
en mejores tiempos. Lacia, escurrida, angulosa, desdentada, á medio
encanecer y medio calva, no podía hallarse una figura menos á propósito
que la suya para mover á un hombre, del temple que había tenido Gedeón,
á cumplir con los deberes que á cada instante arrojaba ella á la cara
del solterón atribulado.
Sin el recelo de que algún perdido de buen estómago se regodeara con lo
que á él le costaba tanto dinero, ni aun la visita mensual la dedicara,
y mucho menos rondara su casa, como la rondaba algunas veces, con el
pretexto de darse un paseo por las calles.
De ese modo iban corriendo los años para Gedeón desde la muerte de
Herodes.
Más de dos habían pasado sin que viera, ni de lejos, á Anás y á Caifás,
y uno bien cumplido desde que supo que habían andado á bastonazos en
medio de la Plaza Mayor, cuando la casualidad le puso delante de Caifás.
Parecióle éste muy envejecido, triste y caído de cerviz.
Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y
maquinalmente llegó Gedeón á preguntar á su viejo camarada por Anás.
--¡No me hables de ese cerdo!--exclamó trémulo de ira Caifás.
--Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto:
perdona la distracción.
--¡Si no me lo quitan entonces de las manos!...
--Más vale que te le quitaran.
--¡Yo digo que no, porque debí matarle allí!
--¿Tan grave fué el motivo de la riña?
--Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las cintas que
los botones para sujetar los calzoncillos encima de las medias...
--¡Por eso nada más?
--Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo desde
muy atrás. Lo de los calzoncillos fué la mecha que prendió la pólvora.
--Entonces no digo nada.
--¡Pues yo te digo á tí que ese hombre es un sinvergüenza!
--Lo será si te empeñas.
--Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive.
--Te juro que no lo sé.
--Pues debieras saberlo.
--Jamás lo he intentado; y cree que me iré á la sepultura en mi
ignorancia, si tú no me sacas de ella.
--Ya sabes que es muy avaro y le da por decir á todo el mundo que él no
se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho al caudal
de su padre. Pues bueno: cuando á tí te decía eso mismo, aconsejándote
que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena moza, mujer
de un sargento de carabineros: el cual sargento pasaba de cada tres
semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto muchos años
cerca de la ciudad. Esta mujer fué teniendo familia, hasta tres hijos,
y consiguió hacer creer á ese bestia que los chicos se le parecían, á
medida que iban naciendo; y le obligaba á pasearlos, y á dormirlos, ¡y
hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió que hiciera
testamento á favor de ellos, porque estaba en ese deber.
--Á eso ya se resistiría.
--Como si callara: amenazóle la pícara con decírselo _todo_ al
sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de
aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería
la carabinera!
--¡Qué me cuentas?
--La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma
casa; dejándose llamar _padrino_ por tres hombrachones ya casados,
que comen á sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció,
y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin
entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes? yo te
garantizo que no la tiene.
--¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo?
--Témome que sí.
--Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos.
--Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos años
há, cuando me vino con indirectas, á causa de sus recelos y
aprensiones:--«Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿que derecho
tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé
la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por
qué no haces lo que Gedeón?...»
--¿Eso le dijiste?
--Eso le dije.
--¿Y con qué derecho?
--Me parece que diciendo la verdad...
--¡Yo no tengo líos, ni los he tenido nunca!
--¡Oiga! Parece que te amoscas...
--Y me amosco con razón.
--Pues ya que tan por lo alto lo tomas, sábete que lo que entonces
sospechaba yo por ciertos indicios, se hizo público años después por
boca de tu ilustre padre político.
--¡Falso!
--_Hijo_ te llamaba él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo sabe.
--¡Mientes!
--¡Gedeón!...
--Y no te rompo la crisma, porque necesito el bastón para sostenerme de
pie...
--Eso te salva de que no casque yo el mío encima de tus costillas,
¡grosero!
--¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo me
cantara!
Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente á formar
corrillo alrededor de los dos _amigos_.
El grandísimo disgusto que produjo á Gedeón lo que Caifás le dijo
acerca de sus _ocultos_ enredos, no le quitó el deseo de saber algo
sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras
de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo
pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fué aquél _de los tres_
que le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo
Anás, primero amigo y después enemigo feroz de quien tan ferozmente
acababa de biografiarle á él.
Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la calle,
como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar buscándole
en su casa.
También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal
vestido y poco limpio.
Á las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón le
preguntó por Caifás.
--¡Mal rayo le parta!--gritó Anás transformando su sombrío decaimiento
en furor salvaje.
--Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un disgusto.
--Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro á la humanidad de
ese infame.
--Entonces, más vale que se interpusiera la gente.
--¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo!
--Según eso, fué muy grave el motivo de la querella.
--No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi cuerpo,
y esa futesa la inflamó.
--De lamentar es el caso, de todas maneras.
--¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla!
--Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...
--Pues qué, ¿no sabes cómo vive?
--Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie...
--Recordarás que esa fiera siempre fué tan vehemente como celoso, y que
por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que le
contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien
parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de
su amo, y se complacía en dar pábulo á sus accesos bestiales para tener
el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de
estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de
dotarla rumbosamente.
Resistióse el bruto á lo del matrimonio, aunque asintió á lo de la
dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin
convino el asno en la otra cláusula también, aunque á condición de que
el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales
exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando en
silencio cuantas afrentas puede una mujer echar á la cara de un hombre.
--Y ¿por qué las aguanta?
--Porque le amenaza ella con publicar el casamiento.
--¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer?
--Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? te lo garantizo yo.
--¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo?
--Lo sospecha, como de tantos otros.
--¿Quiere decir que por eso fueron los palos?
--Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías suyas.--«Pero
pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él de esas
aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería en la
cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la vecindad?
Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro;
porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar contra
los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón,
¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de
parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?
--¡No es poco que digamos!
--Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo
Gedeón?
--¡Yo! Y ¿por qué había de darle?
--Gajes del oficio son los motivos de esa clase.
--Yo no sé qué oficio es ese, ni conozco esos motivos...
--Vamos, Gedeón, echemos tierra á los motivos, pero en cuanto al
oficio...
--¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra?» ¿Á qué aludes?
--¿Por qué te quemas?
--Porque me insultas.
--¿Porque te digo que tienes líos tapados?
--¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!
--Como cada hijo de vecino.
--¡Falso!
--¡Gedeón!
--¡Te repito que yo no tengo líos!
--Pues cuéntaselo á tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que
ya no viva!
--¿Y á ese entierro aludías antes?
--¡Ó á otro, canastos!
--¿Á cuál, víbora, á cuál?... ¡dilo!
--¡No me da la gana, soberbio!
--¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos!
--¿Qué harías entonces?
--Molerte á bastonazos.
--Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no mirara...
--¡Difamador!
--¡Hipócrita!
--¡Bárbaro!
También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada de
granujas.
No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el
que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura
de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó,
poniendo todo su corazón en sus palabras:
--¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!
Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento
notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante
en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta
tercera y última jornada de su vida.
Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro
personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus
interioridades.
Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña que
es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve contra
él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse en
débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho parécele
dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya en su
quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le
falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás.
Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de
las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y
estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero
asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida
que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión
apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza
vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así
llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más
que una carga de dolores.
Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus
desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo
delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor
creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es
hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el
abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado
por el verdugo de sus remordimientos.
Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el
desamparo.
[Ilustración]
[Ilustración]
III
LOS VECINOS DE GEDEÓN
Sucédele muy de continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo
se le vuelve fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su
lado.
Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho
la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en
investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan.
«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.»
Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años há,
y el único tema de las meditaciones que le entretienen.
En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz, la
atmósfera saturada de olores de _bálsamo tranquilo_, sin otro rumor que
altere aquel silencio sepulcral que le rodea que el crónico estertor
del ratonero que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo
encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y
desconsolador, vase con la mente á examinar el que ofrece cada familia
de las que habitan aquella misma casa, y le son bien conocidas.
Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más
atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en
una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche,
los tres se reúnen, y comen y cenan _en familia_. Alguna vez que otra,
asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y
hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.
En el segundo piso habita un abogado de _cierta edad_, esposo de una
mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en que
el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura la
enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto
como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.--«¡Hijo mío,
yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el Señor, qué
gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que te haga
un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le cantas: ¡oba,
oba, oba!... Duérmele tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no
parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!--¿Tienes
celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!...
No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo
mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso,
pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted
cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus
hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno...
¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!»
Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus faenas
domésticas la dejan un rato libre.
En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca le
falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si
fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido,
como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia
picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á
un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los
hombros, á modo de San Cristóbal.
Á pesar de tan _prosáicos_ pormenores, la casa está limpia como el oro,
la mujer es hasta elegante, el marido no es _raro_ y se cree feliz, y
los niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso
está la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con
el enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón,
si es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas
los _santos_ de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de
costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar
á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los
cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la
ropa.
Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á
quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el
lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para
asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una
hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven
y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores
sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar,
desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores.
Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas
las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las
amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan grande como el amor y
la gratitud que siente hacia aquellos pedazos de su corazón.
En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse ni
pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que
tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco
años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer,
cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por
devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz
macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una
lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro.
Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus
almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que
poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre
sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores
del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato
consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de
él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad.
Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con su
trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque no cesa
de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro horas puede meterse en un
dedal, esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas
que roba al sueño y al descanso.
Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca
olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo
del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de
caudales, de infortunios y de alegrías.