de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente á
complacerle.
El zapatero se le pone al costado.
Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera más
gente que ellos dos, ó el sol alumbrara ya á los antípodas. En
cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le
metería en un portal, y allí le molería los huesos á bastonazos; pero
aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque
la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad
de revolotear de noche y arrimarse mucho á la luz de los reverberos.
No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con
gravísimo riesgo para el apaleador.
El zapatero, como si oliera estas dificultades ó las leyera en la cara
de su _pariente_, que reluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y
continúa diciéndole:
--Aporté segunda vez á tu casa, mi muy amado hijo político, porque dos
razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me quisieron
pasar una moneda de las que me dió tu esplendoroso corazón. No pensé
pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin educación de
principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre sepa ¿eh? lo que
vale aquello con que buenamente agasaja á otro... digo, me parece á
mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno hijo?... Daréte
ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda confianza: yo no
llevo prisa...
Y suda en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha tenido.
Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le contradice...
malo también si calla; huir, no le es dado; buscar travesías y
callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y él no puede
andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el más recto;
pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si él se enfada
y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el parentesco?
Muchos habrá que no lo crean; pero ¡cuántos lo creerán! De todas
maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror! No hay otro
remedio que oir, devorando la ira; callar, y, poco á poco, acercarse á
casa; y allí ¡oh! allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la
pared á mojicones, y arrancarle las barbas y freirle en aceite.
Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita,
contoneándose mucho á su lado, prosigue diciendo:
--Segundamente, fui á tu casa porque en la primera barrunté que no te
dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo?
Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces, ¡qué diablo!... Pues en
contingencia de esta reflexión, iba yo á manipularte el caso, digásmolo
así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar á ser lo que
debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa y sin «lo tuyo» ni
«lo mío,» como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la
que nos esperaba!
En esto, acierta á pasar un camarada del zapatero.
--¡Adiós!--le dice éste á gritos.--Dispensa que no te acompañe... voy
con mi hijo político.
El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el
estómago.
Algunos transeuntes le miran, y el desvergonzado continúa:
--Tú y Solita, los emperadores de aquellas ínfulas; yo, el rey
consorte; quiero decir, el padre putativo que os dió el sér... Pero
dime algo, hijo adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una
desvergüenza...
Gedeón carraspea y quiere silbar y reirse, y hasta que le trague
la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara á todas partes
y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al
público:--«Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado,
como pudo pegarse á ustedes.»
Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora
vehemente, ora chancero, y alzando la voz á medida que el silencio del
atribulado se prolonga.
En un sitio en que la calle está libre de transeuntes, Gedeón se atreve
á decir á media voz al zapatero:
--¡He de verte las entrañas, miserable!
--¡Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que
te desahogues en tu desgraciado padre! ¡Angel de Dios, y cómo te
consolarán esas desaguaduras!
Luégo, cambiando de tono, y entre compungido é iracundo, añade á gritos:
--¡Éstos son los hijos políticos de las clases más opíparas de la
sociedad! Deles usted la hija de sus entrañas; y porque usted es
artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen; y le niegan
tres veces, como Sansón negó á Pedro; y le cierran la puerta; y sus
indomésticos le menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano!
Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y no
faltan curiosos que se detienen para oir al zapatero. El infeliz
perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del
único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las
piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con
la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil ó
polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto,
rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera
de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia
civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y
sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la
muerte.
Meteríase en un portal y hasta llamaría á la puerta de un vecino; pero
el perseguidor iría detrás y llamaría también, y el escándalo de la
calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recursos que llegar
á la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia no le
mata en el camino!
En tanto, continúa vociferando el otro:
--¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué afrentas
te hizo? ¿qué reales te pidió? ¿qué casa te ha quemado?... Artista soy,
sí, y á soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero soy insánime
de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues al tomar la
hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías, ¡tunante!
Á esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el
entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en
público con un señor de levita, motivos gordos debe de tener para ello.
Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las
calles con más de cuatro inocentes.
Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si tal
sucediera.
Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue un
toro, llega á columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso á paso,
aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él espinoso y
áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá de vista,
porque es la gente de su barrio.
Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su
desesperación.
El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que son
verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeuntes; que
las piedras echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las
manos y el rostro un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y
las narices. Tose, estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da
fuertes golpes en la acera con el bastón, creyendo que así se oirán
menos los apostrofes y bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner
más en evidencia sus angustias.
Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que se
arriman al insolente y le aplauden para que diga más, y silban cuando
lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta allí
por un heroico esfuerzo de la voluntad, van á estallar y á matarle;
las piernas se niegan á arrastrar aquel cuerpo tan derrengado por las
angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir de un
estampido, á vivir un instante más en semejante tortura.
Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado á medida que Gedeón se
aproxima á su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin llega
al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus pulmones
y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen cables, y sus
manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas en jigote al
mismo exterminador de los filisteos.
Desde el umbral de la puerta mira calle arriba, y ve al zapatero
detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes.
--¡Vamos, hombre!--le vocea trémulo y como si tratara de animarle con
una sonrisa que más parece gesto de agonizante,--¿por qué te quedas
ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos.
--_¡Nequanquis!_--responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco,
señal de que huele la madera desde allí.
--¡Con franqueza!
--Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día
será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que
te gustó la platicación.
--¡Mucho!
--Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy
agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote!
--¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho
infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón!
Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la boca,
vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle arriba,
y comienza á subir la escalera con tantas dificultades como deseos de
vencerlas.
Al llegar á la puerta de su habitación, se encuentra con el médico de
marras, que baja. Hace mucho que no se han visto.
--¡Feliz hallazgo!
--¡Calle!... ¡Mi buen Doctor!
--El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida?
--¡Tan guapamente!
--¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho?
--¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo!
--Ni lo intento, amigo mío... Basta verle á usted la cara.
--¿Tan risueña la traigo?
--Como unas castañuelas.
--Yo soy así.
--De modo que va usted llenando aquel vacío...
--Hasta los bordes, Doctor.
--Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos...
--¡Eso, jamás!
--¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe de pesar
la de usted, según lo ufano que la lleva.
--Mucho que sí.
--Adiós, amigo mío.
--Agur, mi buen Doctor.
Y mientras éste continúa bajando, el otro se mete en casa, donde le
esperan Merto á la puerta y Adonis en el gabinete: el uno mirándole
torcido, y el otro barriendo el suelo con el rabo.
Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona; llama
á Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le prepare la
cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y mientras las
dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco á poco.
--¡Y dicen que _el buey suelto bien se lame_!--exclama después que
ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de
soltero.--¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta
su libertad!... ¡El tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan;
pero la verdad es, pese á quien pese, que no me viera en estos trances
ignominiosos y otro gallo me cantara, _si yo me hubiera casado á
tiempo_!
[Ilustración]
ÚLTIMA JORNADA
[Ilustración]
I
SALDO DE CUENTAS ATRASADAS
Por más que de algunos seres privilegiados se diga que por ellos no
pasan los años, los años pasan, sin que haya afeite ni fuerza de
voluntad que alcancen á borrar sus huellas. Ó el cuerpo ó el alma
han de gemir bajo su peso, si es que no gimen á la vez el uno y la
otra. Ocioso es que la materia, oronda y esponjada todavía, aspire á
los solaces de otros tiempos, si el espíritu que ha de estimularla
está seco y abatido; tan ocioso como que éste, retozón y bullanguero,
pretenda los deleites de la juventud si está preso y encogido en un
cuerpo caduco y achacoso.
Fuerte era el de Gedeón, y bien nutrido; holgado estaba y hecho á mimos
y regalos; defendióse contra el tiempo como gato uñas arriba; pero
lloviéronle pesadumbres; abatiósele el espíritu, y cayó vencida su
materia mal cebada, como tronco roído por gusanos.
Aquél á quien vimos hecho una furia, combatido por tantas
contrariedades en un solo día, está diez años después arrastrándose,
más bien que caminando, en el último tramo de la senda que le lleva á
las puertas de la eternidad.
Los achaques le invaden por todas partes; lo que antes fué reúma
tolerable y catarro frecuente, es ya gota declarada y asma legítima;
gasta franelas en las piernas y en el pecho, y zapatones de paño en los
hinchados pies; los cambios atmosféricos le crucifican; por la noche la
tos le roba el sueño; y cada vez que tose parécele que la gota le cose
á puñaladas. Tiene mucha barriga, ancho pescuezo, grandes ojeras, y la
mirada triste, más que triste, angustiosa y desconsolada.
Sale muy poco de casa, y cuando el aire no apaga una cerilla, y no hace
frío ni calor, ni hay humedad en el suelo.
Da, con mucho trabajo, un par de vueltas en el paseo más solitario y
abrigado, ó solamente llega á la tienda de la esquina, donde se sienta
á oir, cuando no á insultar, á media docena de tipos, tertulianos
impertérritos de aquélla.
Ha perdido por completo la poca afabilidad que le distinguía de todos
sus _congéneres_. Ahora es taciturno, irritable, áspero y hasta
grosero en su trato con los demás.
Regla continúa cuidándole; pero desde que adquirió la certeza de que
no es ella sola la que impera en aquel montón de ruínas, falta en
sus cuidados el primor; cumple con su deber, pero no se afana como
antes por anticiparse á los deseos de su amo. Antes existía cierta
inteligencia misteriosa entre ambos, hasta el punto de decirse el
uno:--«Esta mujer nació cortada para servirme;» mientras pensaba la
otra:--«Parece este hombre nacido para mandarme.» Ahora es Gedeón, para
su criada, «un amo como todos,» y Regla, para Gedeón, «una criada como
las demás.»
Ya he dicho cuál es la causa de la tibieza de Regla: el desafecto de
Gedeón data de la pérdida de aquellos bríos bestiales que fueron su
único afán. Lo que es hijo de la carne, con la carne se va, como la luz
con la mecha consumida.
También en el cuerpo de Regla han hecho mella los años transcurridos
desde que no la vemos. Ya no tiene aquella morbidez de formas, ni
aquellos dientes tan blancos y tan completos, ni aquella mirada
insinuante con que la conocimos: dejó de ser _todavía joven_, y ha
entrado en la categoría de _mujer de edad_, aunque de las que templan
la pesadumbre de esta condición con el consuelo de _bien conservada_.
Adonis vive aún en el rincón de siempre; pero debajo de una manta,
encogido, jadeante y con un estertor perenne; el pelo se le cae á
mechones á cada vuelta que se da en la cama; y de aquel rabo ondulante
de profusas crines, sólo queda el núcleo escueto y encorvado, que ni
siquiera responde con un lento balanceo á las muestras de cariño que de
tarde en tarde le consagra Gedeón.
Aquel cuerpo entumecido y espirante, sólo con la presencia de Merto
reviviera, como cadáver galvanizado, aunque quizá para morir más
pronto. Porque Merto precipitó su vejez robándole el sosiego del
espíritu y martirizándole la carne durante lo más florido de la
juventud. Desde que el díscolo muchacho volvió á casa, se acabaron para
el infeliz ratonero los mendrugos sabrosos y los huesos regalados;
despierto de día, necesitábale para vigilar y huir de las asechanzas
del enemigo; durmiendo de noche, todo su sueño era un continuo varazo y
un incesante puntapié.
Es de saberse que á los pocos días de volver Merto al lado de su madre,
comenzó á hacer de las suyas, aunque no en la escala en que las hizo
el día de la gran batalla; pero es indudable que Adonis tenía para
él un atractivo irresistible, pues, contra todos sus propósitos, le
largaba un puntapié donde quiera que se hallaba con él, si su amo no le
veía. Ni los bofetones ni los castigos más duros de su madre bastaban á
detenerle en esos momentos.
Dos años pasó así; dos años durante los cuales martirizó al ratonero,
rompió mucha vajilla y descompuso setenta veces el reló del comedor,
é hizo cincuenta mil fechorías, aparte de las que no pudo su madre
ocultar á su amo.
Viéndole éste incorregible, le metió en un colegio con el doble fin
de verse libre de sus travesuras y de sacar algún partido de él, si
era posible. Entonces volvió Adonis á dormir tranquilo y á vivir
descuidado. Pero ya venía tarde la bonanza, porque la tempestad
había durado mucho. El pobre animal había pasado lo mejor de su vida
sufriendo sus embates, y no había en su cuerpo un solo hueso que no
hubiera servido de yunque á aquel martillo implacable. Vióse cargado
de humores; acometióle una tristeza abrumadora; declaróse enfermo
crónico; metióse en la cama, en la que tiritaba de frío aun en el rigor
del verano, y llegó su desaliento hasta el punto de consentir que los
ratones se revolcaran encima de él impunemente. Entonces dispuso Gedeón
que se le cubriera con una manta, contra el parecer de Regla, que
pretendía tirarle á la calle con la barredura. Lo demás ya lo sabe el
lector.
Merto en el colegio, fué como toro en plaza; vió desde el primer día
un enemigo mortal en cada maestro y en cada vigilante; y comenzando
por mirarlos con recelo, acabó por embestirlos. Á los pocos meses fué
expulsado, no sin haber dejado señales indelebles de su barbarie hasta
en la cara del director, ni sin sacarlas él de las pulgas de maestros y
condiscípulos, en muchos parajes de su cuerpo.
Del colegio pasó á un taller de carpintería; de éste, á una fragua;
de la fragua, á una taberna, y, por último, á la cárcel. Porque ya en
esto era grandullón de diez y siete años, y lo que había empezado en
el colegio por cachetes y arañazos, acabó en la taberna por amagos de
navajadas y por sospechas vehementísimas de robo.
Lo que esto dió que hacer y que meditar y que decir á Gedeón, y al
dinero que le costó, excuso yo referirlo.
Cuando Merto se vió libre, al cabo de muchos meses de reclusión, halló
cerradas todas las puertas, incluso la de su madre; y, por no volverse
á la cárcel, arrimóse al primer perdido que encontró en la calle;
contóle su desamparo, aceptó su consejo, y vendióse por un puñado de
pesetas para soldado de Ultramar.
Por esta razón poderosísima no figura Merto _de cuerpo presente_ en el
inventario que hice más atrás de los personajes de la casa de Gedeón.
En cambio, en el que voy á hacer de los desengaños y las penas de éste
desde que le perdimos de vista en el cuadro anterior, puede figurar
como una de ellas la que se desprende del compendiadísimo relato que
precede de la vida y milagros del implacable enemigo de Adonis.
La sospecha adquirida en su encuentro con Herodes á la puerta de
Solita, continuó atormentándole mucho tiempo; y aunque ningún
testimonio nuevo volvió á robustecerla á sus ojos, el afán de
encontrarlos le llevaba á cada instante á las callejuelas de aquel
barrio, y hacíale ver en cada sombra y en cada bulto al odiado enemigo,
y obligábale á continuar el trato de la hija del remendón, con una
frecuencia tan opuesta á sus propósitos anteriores, como extraña á los
ojos de Solita; siendo de advertir, como prueba de la violencia de
sus celos, que no bastaba á resistirla el horror que le causaban sus
encuentros con el tío Judas, bastante repetidos, en el camino.
Para librarse de ellos sin escándalo, ideó, después del que
presenciamos en el cuadro anterior, de acuerdo con Solita, triplicar la
pensión que hasta allí había dado á su padre, á condición de que éste
no se le presentara jamás delante. Produjo buen resultado el acuerdo
durante algunos meses; pero creciendo las necesidades del zapatero á
medida que aumentaban los recursos, y calculando el sinvergüenza que
más se le daría cuanto mayor fuera su insistencia en perseguir á quien
lo daba, Gedeón volvió á ser asaltado en la calle muchas veces, tantas
como los aumentos que hizo á la pensión. Viendo que ésta subía como la
espuma, y conociendo la intención del zapatero, resolvióse á poner el
caso bajo la protección de las leyes; y el tío Judas fué encerrado en
la cárcel como vago.
Pero salió de ella, y volvió á las andadas, y tornó la justicia á
prenderle; y en este juego pasaron dos años, torturado Gedeón entre sus
celos, que le sacaban de casa, y el temor al zapatero, que le asustaba
en la calle; el odio que sentía hacia Solita, y el amor propio que cada
vez le arrimaba más á ella; el asco que le producía el remendón, y el
dinero que le costaba verse libre de él por algunas semanas; el reúma
y el catarro que iban desarrollándose en sus piernas y en su pecho,
como hiedra en pared vieja, y el zumbar en su cerebro, sin tregua ni
descanso, de aquella tempestad de desencantos y remordimientos, cada
día más deshecha.
En uno de ellos quiso lanzarse á la calle antes que la visitara el
sol, porque durante la noche no había podido conseguir un instante de
reposo. Judas, borracho como un cuero, le había _acompañado_ á casa por
la tarde, y la medida de su sufrimiento se colmó. Acostóse sin cenar,
y la cama le pareció un tormento. La tos le ahogaba, y el recuerdo del
infame descamisado, poniéndole nervioso, se la estimulaba. En cuanto
vió un rayo de luz penetrar por la vidriera del balcón, vistióse y se
lanzó á la calle á respirar el aire libre.
Al extremo de ella había un grupo de cuatro personas que contemplaban
un bulto tendido en el suelo. Acercóse á contemplarle también. Aquel
bulto era el cadáver de Judas. ¡Jamás le pareció la muerte más
justiciera, ni la calle más ancha, ni el aire más puro!
--Es un borracho--le dijo un hombre de los del grupo,--que dormía á la
intemperie la mayor parte del año. Sin duda el frío de la noche le ha
matado.
--Ó la justicia de Dios,--contestó Gedeón disimulando mal su alegría,
continuando su paseo y complaciéndose con pueril afán en irse por los
sitios que más frecuentaba el zapatero cuando le perseguía.
Un año después de este suceso, hallóse con el Doctor en la calle.
--Me alegro mucho de encontrarle á usted--díjole éste--tan á tiempo y
tan á mano. Seis meses hace que no nos vemos.
--En efecto--respondió Gedeón.--¿Y por qué dice usted que me halla muy
á tiempo?
--Porque mañana quizá sea tarde para proponerle á usted lo que voy á
proponerle ahora.
--Pues usted dirá, Doctor.
--Quiero que suba usted conmigo á ver á un enfermo en esa casa de
enfrente.
--¡Yo! ¿Por ventura soy médico sin saberlo?
--¿Y por precisión han de ser médicos cuantos hombres visiten á un
enfermo?
--Es que no atino...
--Ya atinará usted después. ¡Vamos arriba!
Colgóse el Doctor de su brazo sin hacer caso de sus protestas, é
introdújole en el portal de enfrente. Llegaron al tercer piso; abrió
el Doctor la puerta sin llamar; atravesaron el vestíbulo y luégo un
pasadizo, todo á media luz, silencioso y mal barrido, y entraron en un
gabinete contiguo á la sala. Abrió el Doctor un postigo de la vidriera
del balcón, y á la luz que se derramó por la estancia vió Gedeón en
el fondo de ella un lecho, á cuya cabecera estaba sentado uno de esos
ángeles de la caridad que la religión católica ha hecho brotar del
polvo de la tierra con el nombre de _Siervas de María_.
--¿Qué tal, hermana?--preguntóla el Doctor.
--Muy postrado desde anoche,--respondió la Sierva.
Acercóse el médico al lecho, é hizo señas á Gedeón para que se acercara
también. Gedeón, que estaba tiritando desde que entró en la estancia
y vió aquel cuadro lúgubre, porque su alma no estaba acostumbrada á
semejantes impresiones, obedeció fascinado y se aproximó al lecho.
Bajo sus ropas se notaba el bulto de una persona, y sobre las almohadas
se veía una cabeza, cuya cara, vuelta á la pared, tenía la mitad, hacia
el cuello, cubierta con vendajes. Sus ojos entreabiertos lanzaban una
mirada yerta y vidriosa, que iba á clavarse en un Crucifijo colocado de
intento en la pared. Diríase que aquel cuerpo no respiraba, si no se
vieran los movimientos de la ropa marcando las anhelantes inspiraciones
de su pecho.
--Mírele usted bien,--dijo el Doctor á Gedeón.
Este buscó, á los pies de la cama, un punto desde el cual pudiera
ver lo que verse podía de la cara del enfermo; pero no le conoció:
parecióle aquella cara la de todos los cadáveres que él había visto.
El Doctor, en tanto, hacía algunas experiencias para cerciorarse del
estado mental del paciente.
--Es ya un tronco--dijo.--Que no tarden en administrarle el último
Sacramento.
--Debe de llegar dentro de un instante el sacerdote con ese
objeto,--respondió la hermana.
Dispuso el médico lo que juzgó de su deber; y, despidiéndose de la
Sierva, salió de la habitación después de invitar á su amigo á que
hiciera otro tanto.