--Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo á

tomar el aire, porque _ahora_ necesito tomar el aire muy á menudo, me

encontré con... mi padre.

--¡Adelante!

--Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia...

--¡Adelante!

--¡Jesús., qué suave te vas volviendo!

--¡Adelante, Solita! ¡Adelante, y déjame á mí en paz!

--Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi

nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más

extraviadas; pero debió de seguirme los pasos, porque cuando me creía

libre de él en mi casa, comenzó á llamar á la puerta, y con tanta

furia al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados

á la escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como

no le podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde

mi vestido hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo

contrario, ocurrióseme decir que me había casado en Puerto Rico, pero

en secreto, y que había venido á España en el último vapor á esperar

á mi marido, que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran

publicar el casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo! y á

mayor abundamiento, le dí cuanto dinero podía darle en aquel instante.

Parecióle bien la dádiva, pero no la historia; y prometiéndome

enterarse de ella más á fondo y hacerme otras visitas, se marchó. No he

vuelto á verle, y esto quería decirte para tu gobierno.

--¿Has concluído?--pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el

despecho.

--No tengo más que decirte sobre este asunto,--responde Solita, cada

vez más lánguida y sentimental.

--Pues bien--exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados,

á poco que se los apriete,--yo, en cambio, tengo que contarte á tí que

el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza

de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme! ¡y

me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien? ¡hijo suyo!... ¡y me ha

tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca,

ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán!

--¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá?--dijo Solita dejando

los dengues y dando á su voz y á su fisonomía tal aire de sinceridad,

que el mismo Gedeón no se atreve á dudar de ella.

--Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, á quien el condenado fué,

con infeliz ocurrencia para mí, á pedir _antecedentes_ del caso.

¡Figúrate si se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas!

--¡Pero es una infamia eso!

--Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre ello

una resolución heróica. ¡Yo no puedo quedar ligado á la ignominia de

ese hombre!...

--Ciérrale la puerta... hazte el desconocido.

--Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá á

llamar á ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día y mi pesadilla

de noche. ¡Qué horror!

--¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas!

--¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la

pringue de la zapatería!

--¡Y vuelta al zapatero! Pues, qué caramba, ya sabías que lo era cuando

te acercaste á su hija.

--¡Sólo falta ya que tú le defiendas!

--No le defiendo; pero al cabo es mi padre...

--Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la

venda.

--Yo trato de poner las cosas en su punto, y nada más.

--Pues precisamente vengo yo á eso: á poner las cosas en su punto, y á

ponerlas en seguida.

--Pues tú dirás...

--Antes tienes tú que decirme, por si también es de las partidas que

deben figurar en la liquidación, cuál es el otro caso grave de que

tienes que hablarme.

Aquí languidece de nuevo Solita; y como si de pronto olvidara todos los

puntillos que tiene pendientes con Gedeón, mírale con los ojos casi en

blanco; sonríele medio ruborosa, y exclama, á vueltas de algunos toques

de mímica sentimental:

--¡Ay, Gedeón! ¡qué ocasión más providencial para dar al olvido

resentimientos de vicio y quejas de tres al cuarto!

--Pues qué, ¿nos ha tocado la lotería?

--¡Sí, amado Gedeón; y el premio gordo!...

--¿Quieres hacer el favor de no bromearte, Solita, y acabar pronto de

responderme?

--¿Tan de prisa estás?

--¡Muy de prisa!

--¡Ingrato!

--¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de muy

distinto género lo que tienes que oir, después que me respondas á lo

que te he preguntado.

--No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos

palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus

furores.

--Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes que

me empalagan.

--Voy á decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire se

entere de ellas antes que tu corazón.

Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo

blando que se cimbrea y se escurre; acércase á Gedeón, enlázale con sus

brazos, arrima á su oído la boca, y permanece así dos segundos.

De repente da Gedeón un salto y lanza un rugido espantoso; y al caer en

el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza, oprímesela

con las manos crispadas, y comienza á exclamar con voz rabiosa:

--¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez

veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve á escupirme á la luz!... ¡y vuelve

á tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo

debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido,

para no verme en estos trances afrentosos!

Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con la

boca abierta después de haber estado á pique de caer de espaldas al

saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero; hunde en él casi

toda la cabeza, y sale, ó más bien, huye de la casa como si llevara un

incendio debajo de la levita.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIII

EL TERCER INCIDENTE

Cuando baja la escalera, parece un peñón que se desgaja y rueda al

abismo: tal salta de tres en tres los peldaños; y aquí tropieza, y

allí vacila, y más allá resbala; y á sus golpes crujen los tablones y

tiembla la balaustrada.

Así llega al portal; y, sin pisarle más que una vez, quiere avanzar

hasta la acera; y para conseguirlo, ha sacado ya la pierna fuera del

batiente; pero otro hombre va á meter la suya al mismo tiempo y por el

mismo lado de la puerta, de modo que el que entra y el que sale chocan

como dos carneros; y con tal ímpetu, que el uno retrocede hasta la

escalera, y el otro hasta el medio de la calle.

--¡Bruto!--ruge el de adentro.

--¡Animal!--exclama el de afuera.

Y cada uno se tapa y oprime la cara con las manos para mitigar un poco

el dolor del testerazo que le ha correspondido.

El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el de

la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él á

su amigo Herodes.

--¡Conque eras tú!--exclama admirado.

--¡Gedeón!--responde Herodes al oir la voz de su camarada, mirándole

á hurtadillas y con señales de sobresalto, á causa, sin duda, de la

impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe.--¿De

dónde diablos bajabas tan de prisa?

--¡De arriba!--contesta Gedeón, palpándose la frente.--Y á tí, ¿qué

demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí?

--Iba á subir.

--¡Ya! pero ¿á qué?

--Á... hacer una visita.

--¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada!

--¿No las haces tú también en ella?

--Es verdad, hombre.

--¡Menudo coscorrón me has dado!

--¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te dí,

que voy algo de prisa.

--En efecto.

--Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós.

--Lo mismo digo. Hasta la vista.

Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo, y acaso no

sea exagerada la comparación.

Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con

cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se

aleja: y ¡extraña curiosidad! cuando éste ha doblado la esquina, llega

hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale

desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril

todavía! se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le

escolta hasta verle salir del barrio, y sólo entonces se resuelve á

volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se

acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera

arriba con aire tranquilo y reposado.

Entre tanto, Gedeón llega también á su casa; se encierra en su gabinete

y comienza á dar vueltas en él, como tigre en jaula.

Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan y se

revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le confunden el cerebro;

porque, á la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y retrocede,

y muge y aporrea.

Lo que Solita ha confiado á su oído no son palabras, es una cadena

de presidiario que le amarra á él, por toda la vida, á la hija del

remendón... Ya no es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo,

como la tenía pocas horas antes, cuando iba resuelto á liquidar las

cuentas de sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar

estos propósitos... si le quedaba _lo otro_ por liquidar? Y _lo otro_

es todo lo más abominable que puede proceder de Solita, y además,

Solita entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces

á la puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco.

Y de esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá

que no lo vea, ó que no lo oiga, á lo menos? Y verlo ú oirlo, ¿no es

estar ligado á ello? Será la cadena más ó menos larga; pero siempre

será cadena, á cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en

hipódromo, alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias.

Cuando éstas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas,

han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que

de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras

sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto á su nivel

acostumbrado, la razón comienza á ver alguna claridad por las rendijas

de la bruma que se rasga y va desapareciendo en jirones por el

horizonte. Entonces, y sólo entonces, advierte que en el encuentro que

tuvo con Herodes puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón

que ambos se dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente

á la hora en que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta

ese día? ¿Y qué buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa

cuyos vecinos todos, según confesión de Solita, la miran á ella con

menosprecio, señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos

honrados, ¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no

comunica con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean

livianas y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se

pueden sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente

solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho

para separarle á él de la buena senda, se atreva á tanto?... Y ¿por

qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos

más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios

y liviandades?... Pero aunque él llegara á intentarlo, Solita le

rechazaría... Y ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia,

si la mujer unida á un hombre ante los altares de Dios, según las

doctrinas del mismo Gedeón, falta á sus juramentos, y quebranta sus

deberes, y mancilla el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir

la obra de las tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido á las ofertas

de un amante, ¿por qué ha de resistirse á las dádivas de otro? ¿Qué

más da Gedeón que cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja,

no sin fundamento, de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así

como él busca lejos de ella remedio para el hastío que le mata, lejos

de él buscará ella el consuelo para la soledad en que vive. Cierto

es que Solita debe á Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de

«señora de su casa;» pero ¿no le debe nada Gedeón á Solita? ¿Nada

valen en el mercado del mundo la honra y la libertad de una mujer,

única hacienda que Solita poseía y ha sacrificado á Gedeón? Por este

lado pagados están ambos también. ¡Pero por _el otro_!... ¡Vamos, eso

sería inicuo!... ¡En semejantes circunstancias!... ¡Hacerle á él cargar

con!... ¡Horror, mil veces!...

Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?...

Nada, ó poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una

casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?...

Mas aunque se vea y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no

es bastante lo que ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que

él, un hombre como él, libre como él, emancipado como él de todas

las «miserias del hogar,» de todas las «inmundicias del matrimonio,»

esté en aquel instante... celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una

fregatriz, hija de un remendón borracho y sin vergüenza; por una mujer

á quien no ama y de cuya compañía huye delante de la gente, como se

huye de lo que mancha y desdora?

¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la familia

para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y de otros

muchos más.

Y así batallando, quiere volver á casa de Solita por si aún está en

ella el inicuo amigo; pero luégo reflexiona que no será éste tan necio

que habiéndole hallado á él en el portal, permanezca al lado de la

infame tan largo rato.

Después torna á encontrar descabellados sus recelos, y se tranquiliza

encomendando al tiempo y á una prudente vigilancia la solución de sus

dudas...

--Porque ¡tendría que ver--concluye,--que un hombre como yo diera una

campanada de esas, y la diera en falso!

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIV

LO QUE ERA DE ESPERAR

En esto se despierta Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y

comienza á husmear el aire y á exhalar gruñidos, y á revolverse sobre

el colchón, como si le amenazara una invasión de pulgas.

Un momento después aparece á la puerta del gabinete Regla con el manto

sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de Regla,

Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas. Al

sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza á entonar una

salmodia entre lúgubre y desesperada.

Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa, ni

advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del perro.

Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue, y Adonis, al verse á

tres varas de su odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino

convulsivo, y de un salto se coloca junto á su amo.

Entonces se fija éste en lo que sucede.

--¿Qué hay?--pregunta á Regla, alzando la cabeza.

--Pues hay, señorito--contesta Regla, torciendo y estirando entre los

dedos un pico de su manto,--que he ido á buscarle y que... aquí está.

--¿Quién?

--Merto.

--¡Merto?

Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy recio.

--¡Calla, condenado animal!--exclama Gedeón con gesto avinagrado y

largando un castañetazo al ratonero.

--¡Guaaayyy!--late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su

amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.

Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y del

mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras caían

en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de aquel

recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide lanzar una

mirada con el ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el

vestido de su madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de

lo que él vió allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni

derrengaduras al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.

¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán

pedirle cuentas de él el día menos pensado?

Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á

Gedeón, dice:

--Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto

cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más...

¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!

--¡Yo!--exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de

semejante criatura.

--Me parece...

--Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle?

--Le he traído ya.

--¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?

--Eso he querido decir á usted.

--Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de

hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la

crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.

--¿Lo oyes?--dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á

su hijo enfrente de Gedeón.

Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente de

sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta cerca

de las fauces.

--¡Conque estabas tan cerca?--dícele Gedeón con sequedad al

verle.--Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu

madre.

--Se escondía--replica ésta,--porque está muy avergonzado de lo que ha

hecho...

Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver á Merto

á su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta

aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz

que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su

vuelta. Al ver tanta frialdad en su amo,

--¡Largo de aquí!--dice con desgarro, dirigiéndose á Merto y dándole un

empellón hacia la puerta, como pudiera dársele á quien tiene la culpa

de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el porvenir de

su hijo.

Y empujando á éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón

revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis

refunfuñando, aunque no tan afligido como á la llegada de Merto.

--¡Habrá destino más perro que el mío?--exclama de repente Gedeón,

levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa.--¿No es una

burla de la suerte obligar á un hombre á recoger en su casa los hijos

ajenos, cuando está pensando si echará... los propios á la Inclusa?

¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo!

Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella

vomitando maldiciones.

Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y que

ha costado un triunfo impedirle que suba.

--¡Haberle roto el bautismo!--ruge Gedeón marchando hacia la calle.

Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto

delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la

puerta inmediata á la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado

zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le

siga? Apuradamente, con las zancadas que dió por la mañana, se le ha

resentido la rodilla y no puede correr.

Vuélvese á casa renegando de la hora en que el diablo le hizo conocer á

Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto.

Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el

silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir

el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las

murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la

tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo,

sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo

lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no

ha sucedido otro tanto. Mírala á la cara, y observa que está como la

comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad

de su sonrisa en aspereza y rigor.

Gedeón empieza á pensar en los motivos que podrá tener su criada para

estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha que

perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su casa!

Esto le lleva á pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él la

trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos á su hija; de

ésta, á _lo otro_; de _lo otro_, á Herodes; de Herodes, á él; de él,

á lo de más allá; y de esto, otra vez á Herodes; y si será, y si no

será, zúmbale de nuevo la mollera, asáltanle las sospechas con todo el

aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera

él, por lo mismo que es hora en que no se le espera, caer como una

bomba entre Venus y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con

esta preocupación, atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo,

algo más que si comiera despacio, y resuelto á ahogar al zapatero, si

se halla con él á la puerta todavía, lánzase á la calle.

Felizmente no está en ella el remendón.

¡Hala! ¡hala! renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega, por

calles excusadas, á casa de Solita, y casi se arrepiente de su empresa

al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su alucinación

puede más que el horror que le causa la idea de tener que hablar

con Solita de lo _otro_, y hasta la del riesgo que corre de dar una

campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus pocas

horas há; y entra.

Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, y nadie en él; en

la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces, acometido

de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de trueno, y

aparece Solita con una jícara en la mano.

--¿Dónde estabas?--la pregunta azorado.

--Sacando los garbanzos para mañana,--responde Solita muy serena.

--¿Á ver?--añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la despensa.

Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada á un cajón

abierto y á medio llenar de aquella patriarcal legumbre.

Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta,

y da un vistazo á la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato

departamento.

--Pero ¿qué diablos buscas?--le pregunta Solita, que va siguiendo todos

sus pasos.

--Busco--responde el preguntado, algo arrepentido ya,--la... petaca que

se me perdió esta mañana.

--¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?...

--¡En el infierno!

Y sin decir más, vuélvese á la calle, dejando á Solita en la duda de si

aquello es la continuación del arrebato que le dió horas antes, ó el

efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos.

De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y se haya

conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana prometían

mucho más.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXV

EL ALMA DE JUDAS

¡Al fin, dí la campanada!--exclama en la calle.--Fortuna que Solita no

me ha visto desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo

la pólvora... Pero si no está arriba el infame, puede que ronde por las

inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas

calles como por las de mi barrio.

Y pónese á recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando salidas

rápidas á la confluencia de las principales, donde está la casa de

Solita, como si intentara jugar la vuelta á algún descuidado.

Así se le va pasando la fiebre poco á poco. En cuanto se ve libre de

ella se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está

haciendo.

--Esto es--dice para sí,--ni más ni menos que una explosión de

celos, pero celos de marido, y de marido grotesco... Y ¿á tal

extremo has venido á parar, Gedeón, después de tantas precauciones y

miramientos!... Y es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita,

más amarrado me siento á ella; no porque sus gracias pasadas hayan

renacido para seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino

porque ahora quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así

no me costaría trabajo desprenderme de ella, ni viéndola _después_ loca

por otro, me apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice

de la pasión de los celos queda reducido á una simple cuestión de amor

propio. No nos duele la _pérdida_ de la mujer poseída; nos duele que se

vaya con otro; es decir, que se le haya preferido á nosotros, en señal

de que valemos menos que él. ¡Estas sí que son verdaderas miserias,

no de la vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy

arrastrada que yo traigo!

Y así pensando, toma el rumbo de su casa á paso no muy largo, porque la

rodilla le va doliendo cada vez más.

Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de

aguardiente, y casi está á punto de sucederle con un transeunte lo que

por la mañana con Herodes en el portal de Solita.

El transeunte es el sempiterno tío Judas.

Gedeón se estremece al conocerle.

--¡Hijo de mis entrañas!--exclama el zapatero al encontrarse con él.

--¡Mal rayo te parta!--contesta el otro.

--Iba á ver á tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de

bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?...

--¡Al infierno, remendón infame!

El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · 第 10 / 16 段