como nos la pintan. La más mala de las mujeres, el más ingrato de
los hijos, pudieran prestarme ahora un auxilio, aunque sólo fuera el
de su presencia, que para mí no ha de haber, ni pagándole. Mas yo no
tengo esposa, ni hijos... ni siquiera un amigo, ni un allegado... Me
faltará el consuelo de que no carecerá el último zapatero que se muera
de hambre en un desván... Pero esto tenía que suceder; es lógico tal
desamparo... Es una de las quiebras de mi oficio.
Después se va con la imaginación adonde le llevan los objetos que le
rodean y los rumores que perciben sus oídos; y así, por esta senda,
llega á antojársele que en toda fonda _bien montada_ hay algo de
manicomio, de cárcel y hasta de hospital: de todo, menos de casa y
hogar.--Aquellas celdas en fila, con los números sobre la puerta;
aquella uniformidad de camas, de colchas, de sillas y jergones;
aquel hormigueo de gentes en los interminables corredores, gentes de
todas edades, procedencias y cataduras; gentes que no se conocen ni
se hablan; aquellos camareros brutales, impasibles, con el eterno
mandil ceñido y el sucio lienzo en la mano, como verdasca de loquero ó
tohalla de _practicante_; aquel gemir en un cuarto, reir en el otro y
cantar en el de más allá; ó hablar aquí en francés, en griego allí, y
en un rincón de negocios, en otro de literatura, y de amor en el más
obscuro; aquella campana que recorre patios y pasadizos, llamando á
comer cosas que el huésped no ha pedido y no sabe si le gustarán, en
una mesa muy larga y entre gentes que se enfilan en ella como mulos en
pesebrera, y como éstos, sin chistar ni sonreir, engullen; el rechinar
de las cerraduras por la noche al meterse cada cual en su madriguera;
el ruido acompasado del huésped que se va, ó del que llega á las dos
de la mañana, como el ruido de los pasos del centinela en el patio
de un presidio, ó de los hombres que sacan un cadáver de la cama de
un hospital para llevarle al cementerio; y, por último, el marcharse
uno sin despedirse como entró sin saludar, porque el _amo_ es allí
una entidad, como el Municipio ó el Estado en los hospitales, en los
manicomios y en las cárceles, detalles son, con otros muchos más, en
concepto de Gedeón, tan aplicables á la fisonomía de una fonda como á
las de esos lugares aborrecibles y aborrecidos.
Lo único en que no se parecen la una y los otros es que en los
hospitales, en los manicomios y en las cárceles tiene la caridad
socorros y consuelos para los acogidos, para los locos y para los
criminales enfermos, al paso que los huéspedes de las fondas pueden,
como Gedeón mismo, irse al otro mundo sin que lo sepa nadie más que
Dios que se los lleva.
En éstas y otras visiones, la noche avanza, el sueño no viene y la sed
le atormenta. Como se ha bebido ya el agua de la botella, ase el cordón
de la campanilla, tira de él con ansia, y espera.
Los minutos corren y nadie viene.
Al fin oye pasos en el corredor.
--¡Ese es!--piensa.
Pero el ruido se aleja. Oye otra vez rumor de pisadas junto á su
cuarto, y vuelve á llamar creyendo que le oirá el que pasa; mas no
reflexiona que la campanilla á la cual corresponde el cordón de que él
tira, quizá esté zarandeándose en el otro piso, y que se necesita que
se halle cerca de ella una persona para que pueda saberse que _número_
es el que llama.
Convencido de que tirar de aquel cordón es clamar en desierto, se
arroja de la cama y apaga su sed con el agua de la jarra de latón. No
es fresca ni está limpia; pero es abundante.
Vuelve á acostarse, y tampoco puede dormir; y van pasando las horas y
mermándose los ruidos, por calmarse el movimiento; y cuando sólo se
oye, de vez en cuando, el roncar de los que duermen á los lados, ó el
lento taconeo del que trasnocha ó se va, ó el lastimero mayar del gato
enamorado, en el desván cercano ó en el tejado vecino, el cansancio le
rinde y le proporciona un sueño reparador, durante el cual se imagina
que vela á su lado una esposa solícita y amante que le toca la frente y
se la refresca con besos amorosos y con paños de nieve, no más blanca
que sus manos, mientras un niño de angelical sonrisa le acaricia el
enardecido rostro con sus rizos de querube.
¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante sus
tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando en sus
espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto, repulsivo
é infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su lugar un
hombre de blanco mandil, que le pide por cada gota de agua una moneda.
Después no sueña nada; se queda como un tronco. Al despertar por la
mañana, se encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror á la
soledad.
No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del mediodía,
entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero le
_suplica_ que mande venir un médico.
Á todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni
parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión
puede ayudarle á pelear contra el enemigo que le asedia.
Hará que le visite á cada hora, si tanto se necesita; le costará el
auxilio caro, pero tendrá, á lo menos, quien le ayude á morirse en toda
regla, si decretada está su muerte, ó le tienda una mano para salir del
lecho.
[Ilustración]
[Ilustración]
XI
LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN, Y POR QUÉ LE DUELE
Al cabo de dos horas se presenta el médico. Se ha necesitado una para
que el camarero, después de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de
otra para decidirse á llevarle á su destino.
Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada firme,
pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras.
Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus
recientes dolores.
El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de la
fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una
palabra.
El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y
acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche.
El médico palpa, observa y no despliega sus labios.
El paciente cierra los suyos, mira á los ojos del médico, y parece
pedirle su dictamen.
--¿Quiere usted darme algunos antecedentes?--dice al cabo el Doctor,
dejando de palpar, pero no de mirar á Gedeón, como si le pareciera poco
la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible decaimiento.
Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de
satisfacer la pregunta del Doctor.
--No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo--añade éste
al notar la perplejidad del enfermo;--examine usted también las
vicisitudes del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata
de muchas dolencias de aquél.
Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas á las prosáicas
contrariedades que el lector conoce.
--Un poco más atrás...--replica el médico, como si hubiera dado con el
rastro de lo que busca.
Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora Braulia.
--¡Más atrás todavía!--insiste el Doctor, animando al enfermo con
expresiva mímica.
Gedeón se atreve á contar hasta _por qué_ se decidió á establecerse
como _mozo de casa abierta_; apunta algunas consideraciones sobre su
aversión al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron,
y no poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno
y excitándole el otro á revolver más los fondos de la historia, llega
el Doctor á conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de
notar que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera
lienzo ceñido á sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se
las desuellan.
Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable:
--Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de
una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las,
según usted creía, causas inmediatas de él.
--¿Luego no son esas las que?...
--El mal que, en apariencia, le ha postrado á usted en el lecho, se
cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría á usted la verdad el
médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la
rodilla.
--¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso?
--Creo que no es ese el mal que usted padece.
--¿Otro más grave, acaso?
--¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir?
--No sólo le autorizo á usted, Doctor; se lo ruego.
--Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha hecho
usted muy malo de su vida.
--¿Por qué?
--Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias.
--¡Vea usted: yo creía todo lo contrario!
--No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y consentido,
dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes ventajas, sin
tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más importa, aunque el
corazón debió advertírselo, que el hombre necesita, en cada edad, hacer
(si es lícita la metáfora) sus provisiones para la inmediata; porque
sabido es que en lo moral, y á las veces en lo físico, lo que en las
unas nutre, en las otras envenena.
--Por ejemplo...
--Por ejemplo: la absoluta emancipación de las pasiones, la ruptura de
todos los vínculos divinos y humanos...
--¿Y eso nutre alguna vez?
--Eso, durante el hervor de la juventud, es el fuego que más le
sostiene; el huracán que le empuja; el imán que la atrae.
--¿Y después?
--Después es el hielo de los páramos en el invierno de la vida.
--Es muy bonito eso... para dicho, Doctor; pero...
--¿Duda usted que sea cierto?
--Acaso.
--Pues de que lo es, tengo un ejemplo delante.
--¡Yo!
--Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata.
--Es verdad.
--Luego no me equivoco.
--Pero eso le sucede á cualquiera.
--Lo niego: de esa clase de soledades únicamente se quejan los que
han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado
en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han
llegado á las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un
consuelo para el alma.
--Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos á su manera.
--No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de origen
divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la materia. Su
destino en el mundo es mucho más elevado.
--¿Cuál es, según usted, ese destino sublime?
--El amor.
--Entonces estamos de acuerdo.
--El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión
grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre,
del hermano al hermano, del hombre á su prójimo; el amor que infunde
en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él á su
enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro sér;
el ansia de ser útil á sus semejantes... Este es el amor sublime; éste
es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios.
--Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe ese
néctar?
--La familia.
--Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella?
--Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así le
sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de la
familia.
--Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa manera?
--¿Por qué no brotan flores en el Sahara?
--Porque es un desierto.
--¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha de
ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia á los hijos
por el temor de que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser
el corazón que sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más
que una víscera, como el de una bestia?... y digo mucho, porque las
bestias tienen el instinto de asociarse y de amar á sus semejantes,
cumpliendo de este modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que
nada ni nadie se rebela en la tierra, más que el hombre egoísta.
--¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste!
--¿Se ríe usted?
--¿Pues no he de reirme?
--¿Por qué no se reía usted anoche?
--Hombre... porque estaba enfermo.
--Y ¿por qué lo estaba usted?
--¡Toma!... Porque... porque no estaba sano.
--Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más le
dolía entonces era... _el desamparo_.
--Llámelo usted _hache_.
--Precisamente hay que llamarlo _equis_, porque es la incógnita de este
problema.
--Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y
asistido... hasta con amor, y sin embargo?...
--Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No
es esto lo que usted quería decir?
--Cabalmente.
--Y ¿á título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio?
¿Quién le ha dicho á usted que el amor del prójimo se enciende como
una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba?
¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... Ó ¿cree usted
que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solterones
aburridos, ó de otros tantos egoístas desalmados?
--Está usted cruel conmigo, Doctor.
--Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el
cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber.
--Es verdad.
--Y no dude usted que le hablo con ella en los labios.
--No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos en todos
los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy saludables,
y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi corazón se
resiste á aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que, sin poder
remediarlo, me repugna?
--El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba es
que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que
recibió ayer.
--Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven.
--Cabalmente.
--Luego debo renunciar á enderezarle, hoy que es ya viejo.
--Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso actual.
--¿Por qué?
--Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye usted
tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese síntoma es
el que á mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede enderezarse
todavía. Aludo á esa ansia de algo que usted busca y no halla, desde
que se vió solo en el hogar doméstico.
--Y ¿qué viene á ser ese síntoma?
--El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un
alma solitaria.
--Y ¿cómo he de responder yo á esos gritos y á esos ayes?
--Dándole al alma su natural refugio.
--¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama?
--Existe en todas partes; se llama familia.
--¡Familia! Olvida usted que no la tengo.
--Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y á
esa falta de previsión aludí al principio.
--Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta.
--Yo insisto en que aún es tiempo.
--¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que
cambie yo de sistema, ó de estado?
--De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted
envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted á
tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, ó lo que es lo
mismo, dejándose llevar de esa ansia que le _persigue_, hasta donde esa
ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación.
Dicho esto, cállase el médico y Gedeón no replica, y quédanse los dos
mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca, por
decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho valor.
[Ilustración]
[Ilustración]
XII
OPINIÓN DE UN MÉDICO SOBRE UN FISIÓLOGO Y OTRAS MISERIAS
Transcurridos así breves momentos, Gedeón pregunta, en crudo, al Doctor:
--¿Es usted casado?
--No, por desgracia.
--¿Luego no me predica usted con el ejemplo?
--Le predico á usted con el sentido común, y además con la experiencia.
--¿Con qué experiencia?
--¿Le parece á usted poca la de mi profesión? Todas las de mis enfermos
son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus
alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en esos libros tan viejos
como el mundo!
--No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el corazón...
--¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es usted
de los que piensan que la condición de médico excluye toda sensibilidad
moral?
--No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer á otros,
embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad.
--La costumbre, amigo mío, enseña á sufrir, pero no á matar el
sentimiento; la costumbre enseña á cortar un miembro sin que la mano
vacile, pero no á que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor
arranca al amputado; la costumbre enseña á penetrar en el hogar ajeno,
donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de
los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame
usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico á la
cabecera de un moribundo. Á los ojos de la madre, de la esposa, de los
hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando á nuestros ojos para
leer en ellos un consuelo y pedir á nuestra ciencia una esperanza; y,
entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores
que van matando poco á poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor
amigo ó nuestro hermano.
--¡Menguada ciencia, por cierto!
--La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios pone
su mano; allí donde el Hacedor dice: «esta vida se acaba,» es inútil
el esfuerzo del hombre.
--Luego es inútil la ciencia.
--La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo vigoroso.
Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan á compensar
las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de ellas el
alma; el que á combatir sus causas se consagra, sin hora cierta para
el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de la familia
propia? ¿No la expondría á cada instante, si la tuviera, al contagio
de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es decir, por
amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo á usted, que
es libre, para hacerla feliz y serlo, á la vez, con ella.
--Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del
interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que
digamos.
--¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de
dolores ni de la muerte?
--No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de los
ajenos, hay alguna diferencia.
--No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted como se
ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y consolado como,
según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su delirio.
--Delirio al cabo, Doctor.
--Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad.
--¿En dónde?
--Á la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el vacío
y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil todas las
virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado á tiempo por
el santo calor de la familia cristiana, á cuyo abrigo tuvimos usted
y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como ustedes dicen, de
los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor desinteresado,
la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en el cielo,
brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia de aquellos
modelos, es como debieran escribirse las _fisiologías del matrimonio_;
no á las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la Ópera, ni en
las carreras de Long-champs; en esos libros debieran buscar los hombres
como usted la resolución de sus dudas, y no en las páginas de los
libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor especie.
--¿Conoce usted á Balzac, Doctor?
--Conozco á Balzac y á cuantos han llevado su contingente de burlas á
ese cúmulo de dislates sobre la familia, que le han extraviado á usted
el criterio.
--¡Dislates Balzac!
--Precisamente han sido los grandes hombres quienes han dicho los
mayores desatinos.
--¡Doctor!...
--No se fije usted en mi pequeñez para desautorizar el aserto. Otro
grande hombre, más viejo que Balzac, y aun de más talla, Cicerón, lo ha
dicho: _Nihil tan absurdum quod_...
--Perdone usted, Doctor; estoy algo flojillo en esa lengua.
--Pues quiere decir, en romance, _que no hay absurdo corriente_, _por
enorme que sea_, _que no proceda de algún filósofo_.
--Pues con la venia de Cicerón, ya que quiere usted que no acepte yo
sus palabras como un dicho más, paréceme á mí que tratándose de hechos
como los que analizan esos grandes pensadores, no tiene mucho valor ese
dictamen.
--¿Á qué hechos se refiere usted?
--Al matrimonio, por ejemplo.
--¿Y le analiza alguno de ellos?
--Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce á
Balzac?
--Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los libros
de ese autor cosa que se parezca al matrimonio.
--¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no tratan de otro asunto sus
dos obras más famosas!... Á millares danzan allí los maridos y las
mujeres... y lo demás.
--Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que,
después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe
enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida
_au Rocher de Cancal_, ó con una cena en el _Café Inglés_; hay allí
mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé,
que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos
que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al
reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de
serlo porque sus maridos tienen un diente postizo, pero que, al cabo,
se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. Á
todas estas cosas y otras infinitas no tan _transcendentales_, pero sí
inherentes al matrimonio, se les llama _miserias de la vida conyugal_,
y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido,
y dando á todas las frases un aire de «¡pobres _predestinados_!;» se
dice, bajo el rótulo de _axioma_, y como un aviso en bien de la paz de
un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse antes y de
despertarse después que su mujer;» porque ¡figúrense ustedes lo que
sucedería oyéndole ésta roncar, ó contemplándole en posición poco
_elegante_!; se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe
reunir la cámara nupcial, y se califica de _imbécil_ al marido que se
atreve á colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío,
de punta á cabo, no es más que una pura decepción de los sentidos, y
una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren
algo más las _ilusiones_; lo propio que si se tratara de un acaudalado
sensual y de una cortesana corrompida, que se _ajustasen_ para vivir
matrimonialmente una temporada.
¿Le parece á usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece á
usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por
los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino,
sandez, excitar al lector á que crea que la esposa que se arroja de
su lecho para salvar de las llamas á su hijo, sin reparar en que su
marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosáica, cuyo
ejemplo debe presentarse para _escarmiento_ de los hombres de _buen
gusto_ aspirantes á casarse?
--Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo á que usted las lleva...