--No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios

manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este

sediciente fisiólogo? ¿Demostrarnos que la _ilusión_ del novio

desaparece en breve dentro del matrimonio? Pues para semejante

vulgaridad no había para qué emborronar tantos papeles. El marido

más ramplón de los _míos_ sabe que todo lo que en la vida conyugal

se refiere á los sentidos, apenas resiste la segunda prueba. ¿Quiere

decirnos también que el matrimonio más enamorado al formarse, tiene

que deshacerse pronto por la fuerza incontrastable de las miserias

de sus propios _desencantos_? Pues á esto puede preguntar el mismo

_pobre_ marido á ese grande hombre: «¿Qué haces tú de los cónyuges de

tus libros cuando pierden las ilusiones ó se las quitan los años con la

prosa de las arrugas y del histérico? ¿Se devoran unos á otros? ¿Los

recoge la caridad pública? ¿Ó hay algún infierno especial adonde van

estos seres, aun en vida, á purgar el delito de haberse casado, ó la

afrenta de haber envejecido? ¿Y son esos los matrimonios que han de

producir hombres útiles á la patria, y mujeres que lleguen á ser madres

honradas, como la mía? Pues yo, que peino canas y tengo á mi lado una

esposa con arrugas, no trocara por aquellas ilusiones que duraron un

día, como todo lo carnal y voluptuoso, el inefable placer que siente

mi alma desde el instante en que se fundió en la de mi _compañera_,

como la de ésta se fundió en la mía; el sublime consuelo de venir

atravesando juntos el desierto de la vida, prestándole yo mis fuerzas

y ella auxiliándome con las suyas; y, por último, la dicha de verme

revivir en mis hijos, de verlos crecer y de dirigir sus corazones para

que sus virtudes puedan llegar á ser un día corona de mis canas, y

acaso, más allá, la gloria de mi nombre ó de su patria, con el cual fin

les pongo, como perenne juez de sus actos, á Dios de quien proceden y

á quien irán, si á su ley no faltan mientras acá abajo lidian, que á

eso venimos á este campo de batalla, contra las propias pasiones y el

rudo acometer de las ajenas. Así pensando y así sintiendo, ni yo veo

sus arrugas, ni ella en mis canas repara; y cuanto más el cuerpo se

encorva hacia la tierra que le llama, más risueño y más ufano se eleva

mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y su destino.»

Esto le diría á Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal planteado

problema, el último de los maridos que no han aprendido á serlo en

los _gabinetes reservados_ de los _restaurants_ de París, ni en el

_foyer_ de sus teatros, ni en las aceras de sus _boulevards_, ni en las

_exposiciones_ de sus _loretas_ y _cocodés_. ¿Se dice algo parecido á

ello en los matrimonios á que aluden esos libros?

--Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo que sucede en sus

matrimonios, no quiere decir que se burle de _los de usted_.

--Precisamente es á propósito de eso cuando la desfachatez del grande

hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose,

como de costumbre, á la trípode (y por esa modestia me gustan á mí

todos los escritores de su tierra), lanza á los cuatro vientos este

_axioma_... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que

se haga para que un dicho huela á sentencia de sabio: «Para ser feliz

en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior

talento _él_, y tierna y sublime _ella_, ó los dos rematadamente

bestias.»

--¡Pues cátalo ahí!

--¿Cuál?

--Un caso... dos casos.

--¿De qué?

--De matrimonios posibles.

--Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común.

--¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido

común acepta?

--Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben

entre sus dos extremos: todos aquéllos á quienes el vulgo llama, en

su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios _como Dios manda_;» es

decir, las mujeres que cosen, los hombres que trabajan, las madres

que viven para sus hijos, los padres que cumplen con sus deberes.

Para todo esto y mucho más que es la moneda corriente en todas las

familias honradas y en toda sociedad bien regida, son un estorbo serio

la sublimidad del ingenio y la sensiblería pedantesca ó la falta

de sentido común en los esposos... Conque ¡vaya usted admirando la

competencia ó la buena fe de su grande hombre para entender en achaques

matrimoniales!

Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas

me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted

me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de _sus_

matrimonios, respeta los _míos_. En tal caso, ¿por qué acepta usted

todo lo que él dice, como razones contra _todos_ los matrimonios?

--Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir.

--¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la vida!...

Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio, se

entretenga en escribir esas lindezas contra el matrimonio; pero que

haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten

por regla de conducta, sacrificando á ellas hasta los impulsos de su

corazón, le juro á usted que no me lo explico.

--Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente.

--¿Conoce usted _los otros_ matrimonios?

--Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos.

--De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios _á la

francesa_, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de

chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra,

los matrimonios _á la buena de Dios_, que le son desconocidos; y cuando

su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia

usted á casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos,

sin tomarse la molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos.

Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar

contra sus propios intereses.

--Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del corazón

hacia el matrimonio?

--De sus tristezas pasadas y de sus soledades de hoy; de todo cuanto

usted me ha referido, y de lo demás que voy _traduciendo_ yo.

--De modo que insiste usted en prescribirme por remedio...

--Justamente: que se deje usted llevar de esos impulsos hasta donde

ellos le conduzcan... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones

por hoy. ¿No es cierto?

--Le aseguro á usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima

complacencia.

--¿Por lo que le distraigo, ó por lo que le _ilumino_ á usted?

--Por ambas cosas.

--Permítame usted que le diga que no habla mucho en pro de la segunda

el laconismo de sus réplicas.

--Cortedad de alcances, Doctor.

--Ó impenitencia obcecada, señor modesto... De todas maneras, no olvide

usted, para perdonarme, que cuanto le he dicho ha sido como médico

en combate con su enfermedad, para lo cual me ha llamado usted á la

cabecera de su cama. La misma salvedad hago para cuanto pueda decirle

en adelante.

--Y á propósito, ¿qué me dispone usted?

--Ya he dispuesto lo esencial.

--Digo para el momento.

--Para el momento, es decir, para cuando pueda usted salir á la calle,

y con el fin de estimular un poco esos impulsos, pensaba disponerle

á usted, y le dispongo, la misma casa que abandonó por dar demasiada

importancia á las cosas de la señora Braulia. No tome usted criada

joven y guapa.

--Procuraré, precavido Doctor, cumplir la prescripción en todas sus

partes.

--No crea usted que es la segunda menos importante que la primera, si

el efecto del remedio ha de corresponder al carácter de la enfermedad.

--Conformes; pero es el caso que al pedirle á usted algo para este

momento, no me acordaba del espíritu, sino del cuerpo.

--Su cuerpo de usted, que ya no tiene dolores, no necesita más que

salir de este agujero cuanto antes, y tener en la convalecencia mejor

compañía que la que tuvo durante la enfermedad. De lo primero cuidará

usted; de lo segundo me encargo yo.

--Es usted la bondad misma, Doctor.

--Cumplo con un deber sagrado, amigo mío. Y pues nada me queda que

hacer á su lado en esta primera visita, deme usted su permiso para

despedirme hasta la segunda... si usted la desea.

--Pensaba rogarle á usted que no la retardara muchas horas. ¡Estoy tan

solo!

--Entonces, hasta la vista.

--Hasta luego, Doctor.

Pero al decir esto Gedeón, deja leer en su cara algo como apremiante

deseo.

El Doctor lo conoce, sonríe y pregunta:

--¿Qué más tiene usted que decirme?

--Si en ello no cometiera una indiscreción...

--Hable usted sin ese recelo.

--Pues, con su permiso, declaro que me deja usted muy sorprendido.

--¿De qué?

--De su modo de pensar... tan...

--Adelante.

--Tan... inverosímil en un médico.

--Es decir, que para la profesión que ejerzo, no me halla usted

bastante _espíritu fuerte_: ó más claro, no me encuentra usted parecido

á los médicos que la fama pregona en comedias y gacetillas.

--Cabales.

--Esperaba ese reparo; y para contestar á él guardo un argumento

irrebatible, que no quise emplear en nuestra porfía. Sepa usted, amigo

mío, que después de todo lo dicho, Balzac y yo somos, en cuanto al

matrimonio, del mismo parecer.

--¡Cáspita!... Luego no me ha dicho usted lo que siente, ó se pasa

usted á su bando.

--Nada de eso: se pasa él al mío.

--¡Oiga!

--Así como suena. Veinte años después de escribir el grande hombre su

famosa _Fisiología_, decía, textualmente, al comienzo de otro libro

suyo: «Quizá no ha trazado mi pluma cuadro que evidencie como éste

«_cuán indispensable es el matrimonio indisoluble en las sociedades

europeas_.»

--¡Canastos!

--Y después de lamentarse de que se rigiera el mundo civilizado por

un sistema, hijo del egoísmo de los hombres, que deificaba el buen

éxito y aceptaba por lícitos todos los medios conducentes á lograrle,

exclamaba: «_¡Quiera Dios que se acoja pronto_ (la sociedad) _al

catolicismo, para purificar las masas por medio del sentimiento

religioso y de una educación muy distinta de la que hoy reciben_

(¡asómbrese usted!) _en las universidades láicas!_»

--¡Demonio!... ¿Eso dice Balzac?

--Eso mismo; y sin el recelo de que me engañe la memoria, pues conservo

en ella bien grabada esta preciosa confesión.

--¡Pero eso es ultramontano puro!

--Lo que usted quiera: el caso es que al lado de su ídolo de usted, soy

un niño de teta en punto á _preocupaciones rancias_.

--De modo que si tomamos los dichos al pie de la letra... Pero Balzac

diría eso en broma, ó cuando ya chocheaba.

--Ni lo uno ni lo otro. Díjolo, muy serio, dedicando á su amigo Carlos

Nodier, famoso escritor, una de sus mejores novelas, cuyo título es _Un

ménage de garçon_. Al frente de ella puede usted verlo cuando guste; y

de paso, léala usted, pues es la refutación más elocuente que existe de

la _Fisiología del matrimonio_, y de las _Pequeñas miserias de la vida

conyugal_; sin contar con que el autor de _La Comedia humana_ acabó por

casarse también, como el más simple mortal.

--¿Y cómo se ajustan esas medidas?

--Eso pregúnteselo usted á Balzac y á cuantos han tenido la debilidad,

en alguna época de su vida, de sacrificar á la tentación de decir

un chiste, el buen sentido y las eternas leyes de la moral y de la

justicia.

Dicho esto, sale el Doctor de la estancia, y quédase en ella Gedeón, en

la situación de ánimo que puede suponer el pío lector que ya le conoce;

es decir, creyendo que no se le da una higa por todo lo que el médico

le ha predicado, y al mismo tiempo deseando que le predique más.

Verdad es que el Doctor le ha parecido tan cariñoso como discreto.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIII

OTRO CAMBIO DE POSTURA

Gedeón está ya en su propia casa.

Nada más que dos días necesitó para convalecer. ¡Tal era el afán que

sentía de salir de aquel mezquino pudridero, y, por sí solo, mortal

enfermedad!

Durante dos días le visitó el Doctor muchas veces, y otras tantas

le embelesó con sus vehementes y sinceras condenaciones del estado

celibatario.

Le _embelesó_ digo, y no lo borro. Gedeón oía al médico echar pestes

contra los egoístas y contra los célibes, y hasta aplaudía sus

chistes y sus razones, como el usurero ó la adúltera, asistiendo á la

representación de un drama en que se condena la usura ó el adulterio,

aplauden con frenesí un período retumbante en que se pulveriza _á los

del oficio_, y hasta lloran enternecidos con la víctima esquilmada, ó

con el marido ultrajado.

--Eso no va conmigo,--dicen, á lo sumo, mientras se limpian las

lágrimas, si por casualidad ellos son cetrino el uno y rubia la otra,

y los de telón adentro morena la pecadora y bermejo el de la usura; ó,

cuando más:

--Razón tiene ese poeta; pero mientras no acabe de redondear este

negocillo que traigo entre manos; ínterin Adolfo no me dé un motivo

serio para ello, yo _no puedo_ abandonar mi honrado tráfico, yo _no

debo_ pensar en volver á la senda de mis deberes conyugales.

El corazón humano es así algunas veces.

Gedeón oía á su consejero, y acaso decía para sus adentros:

--¡Qué razón tienes!--Y sólo contestaba, cuando contestación se le

pedía:

--Ya es tarde, Doctor.

Y si por este flaco se le atacaba, deslizábase de la cuestión con un

«allá veremos,» frío y desanimado, como el invierno de los pobres. Y

es que Gedeón era presa de sus vicios y resabios; y sus resabios y

sus vicios contaban con el auxilio de aquel corpazo, fuerte todavía y

regalón, para defenderse contra los asaltos del alma desesperada.

No fué necesario, ciertamente, que el Doctor insistiera en la necesidad

que tenía el convaleciente de volver á su hogar abandonado, porque

jamás se le dió consejo que mejor se acomodase al rumbo de sus

pensamientos.

En cuanto le pone en práctica, parece niño con zapatos nuevos. Todo lo

mira, todo lo soba y con todo se sonríe.

--Yo puedo salir de este gabinete--dice para sí,--y pasearme en esta

sala... y sentarme en este sillón... y, si me acomoda, tirar este otro

á la calle... y poner los candelabros donde está el reló, y el reló

donde está la escupidera... y abrir esta alcoba... y tumbarme en esta

cama... y correr por este pasadizo... y entrar en el comedor... y ver

qué se guisa en la cocina... y pedir lo que me acomode... y comer á la

hora que me plazca... y beber agua, cuando lo pida; y, si oigo ruido,

mandar que cese, y despedir á quien me desobedezca... Porque todo esto

es mío, y yo soy aquí el amo y hago lo que se me antoja. ¿Hay algún

fondista inhumano, ó alguna pupilera casquilucia que lo niegue?

Y según lo va pensando, va haciendo todo cuanto de ello es factible sin

que pueda tomársele por loco.

Á la memoria se le vienen casos y cosas ocurridos bajo aquellas

mismas paredes, que no son el más elocuente testimonio de la absoluta

soberanía de que se ufana; pero ¿qué valen esos casos ni esas cosas,

puestos enfrente de las angustias que él ha pasado viviendo fuera de

allí?

Después de las soledades y las tristezas en que se ha visto, parécele

cuanto le rodea un paraíso; y cada mueble y cada objeto de _los suyos_,

tiene una fisonomía y un lenguaje; y con la una le sonríen y con el

otro le saludan cada vez que pasa por delante de ellos.

En éstas y otras puerilidades entretenido, deja correr muchos días,

encomendando el avío de su ajuar y de su mesa á servidores temporeros,

mientras provee el importante cargo definitivo en persona de su gusto.

Y lo logra al cabo.

Como precaución muy cuerda contra rencillas y desavenencias mujeriles,

ha resuelto acumular todas las atribuciones de su servidumbre en una

sola persona. Que ésta, si las necesita, busque las demás á su antojo,

ó que se arregle sin ayuda de nadie, si así lo prefiere. El sólo aspira

á vivir en paz en su casa.

La mujer que escoge para tan delicado cargo, entre las varias que le

pretenden, es, á primera vista, el tipo de lo insignificante. Tiene

regular estatura, color regular, regulares carnes, regular fisonomía,

regular edad; y viste, habla y se presenta, regularmente. Para que todo

sea regular en ella, se llama Regla, sin más aditamentos ni afinaduras

en su nombre.

No se agita, ni se desazona, ni hace ruido, ni se mancha; y, sin

embargo, todo lo gobierna pronto y bien.

Aquella casa es el oro por lo limpia, y un reló por lo arreglada.

Gedeón no sabe todavía quién le prepara sus comidas, tan sazonadas como

servidas á punto, ni piensa preguntarlo. Lo importante para él es que

nada le falta ni nada le molesta, porque Regla tiene la gracia, entre

otras, de saber ser atenta, y aun afectuosa, sin pecar de impertinente.

Una noche observa Gedeón que andan ratones por su gabinete; y

almorzando, al otro día, se lo dice á Regla. Aquella misma tarde le

proporciona ésta un perro ratonero, feo como casi todos los de su

oficio, corto de patas, tan grande la cabeza como todo el cuerpo, y

para cubrirle de cabo á rabo y con muchas sobras, una melena de color

de esparto sucio.

--¡Qué horrible animal!--exclama Gedeón al verle.

Y, en son de escarnio, le pone _Adonis_ por nombre. Pues vean ustedes

lo que son debilidades humanas: á los pocos días de esta exclamación,

tiene Adonis, para su descanso, un colchoncito muy mullido en el mismo

gabinete de su amo, y éste se pasa las horas muertas atusándole las

greñas y hasta matándole las pulgas; no almuerza ni come sin tener á

su lado el ratonero, ni de casa sale ni á ella vuelve sin hacerle una

caricia.

--¡Que pueda un hombre de mis años y de mi temple hallar un verdadero

placer en manosear una bestia semejante y de tan bajo oficio, no lo

creyera jamás á no palparlo!--piensa Gedeón algunas veces; y suele

concluir diciendo en voz alta algo por el estilo:

--¡Chucho... hermosura de la casa! Esta mañana no fuiste á darme los

buenos días á mi cama. Si vuelve á sucederte, te quedas sin postre al

mediodía. ¿Lo entiendes? ¡Cuidado con que me seas ingrato! ¡Mira que la

ingratitud es un vicio muy feo en todo perro que se estime en algo!

Á lo cual contesta Adonis atusándose los bigotes con la lengua,

piafando sobre las rodillas de su amo, y enviándole dos centellas de

sus ojuelos por debajo de los mechones de sus greñas.

Volviendo á Regla, digo que hasta su condición de viuda es una garantía

de arraigo en casa de Gedeón. Por lo común, en la esfera social de esta

sirvienta no se reincide en el pecado de casarse.

Y cuidado que Regla, de quien dije que, _á primera vista_, es una mujer

insignificante, después de bien mirada y observada, todavía es muy

digna de aspirar á los requiebros de un buen mozo.

Según Gedeón va notando de día en día, tiene hermosos ojos, dientes

blanquísimos y menudos, manos rollizas, cuello redondo, y pelo tan

negro como fino y abundante, á juzgar por lo que asoma por debajo de

una graciosa toquilla con que cubre la mitad de su cabeza.

--¡Lástima--piensa Gedeón fijándose en ello,--que tan hermosa cabellera

esté siempre tapada!

Y como si Regla le adivinara los pensamientos, al otro día se presenta

á servir la mesa sin toquilla en el pelo, y éste graciosamente peinado.

Entonces observa Gedeón que han ganado mucho los demás atractivos

visibles de Regla, y que el conjunto de su cabeza es en alto grado

interesante.

--¡Lástima de anguarina--dice para sí,--que le envuelve el torso! Esa

cabeza merece mejor pedestal.

Y hete aquí que, por otra casualidad bien rara, al día siguiente

aparece la cabeza de Regla sobre un tronco vigorosamente delineado

por valientes curvas, adornado con un leve y jacarandoso pañuelo de

espumilla gris, prendido apenas sobre el robusto seno, y dejando ver

hasta los arranques de un cuello blanco y mórbido.

Gedeón tiene la boca abierta para decir á su sirvienta «muchas

gracias,» ni más ni menos que si él hubiera manifestado algún deseo y

ella se lo hubiera cumplido; pero como una amarga experiencia le ha

enseñado los peligros á que arrastran esas demasías del temperamento,

suspira y calla, en la muy firme creencia de que Regla es mujer de

bizarra arquitectura, y condoliéndose de que otra _coincidencia_ como

las que le han dado á conocer lo que ya conoce, no pueda demostrarle

que no se equivoca en sus presunciones sobre lo que le es desconocido.

No es de omitir la noticia de que Gedeón sale muy poco de casa desde

que la habita nuevamente, y que, so pretexto de que son suyos y pueden

necesitar reparaciones, visita á menudo los demás pisos, y habla

con sus inquilinos, y ya los conoce á todos, desde el portal á las

buhardillas. Jamás hizo otro tanto.

Si son la causa primordial de éste y otros fenómenos los dictámenes

psicológicos del doctor, ó lo es el bienestar relativo que disfruta en

su casa, yo no lo sé; pero es indudable que en el carácter de nuestro

personaje se ha operado una reacción (así se dice ahora) saludable y

benéfica. No parece sino que ha puesto su planta en la senda por la

cual se llega, andando mucho y con prudencia, á la prometida tierra

donde se llenan los vacíos del corazón, como el que sigue notando él en

el suyo.

Alguien creyera que lleno le tiene ya, ó que le va llenando poco á

poco, al ver cómo se le pasan hasta días enteros sin salir á la calle,

y noches que comparte entre _conversar_ con Adonis, hojear á Balzac, no

sé con qué objeto, y revolver los cachivaches de su gabinete. Pero ¡ay!

creer tanto como esto, sería tomar el efecto por la causa, las hojas

por el rábano.

¡No se curan tan fácilmente dolencias tan arraigadas y añejas como las

de Gedeón!

Ya nos ha dicho una vez que no puede descansar teniendo pulgas en la

cama; y yo le aseguro al lector que todavía no ha logrado sacudírselas;

que aún le quedan algunas que, cuando le muerden, le levantan en vilo;

y que á ellas alude al decir para sus adentros, precisamente cuando más

risueño se le muestra el hogar:

--Estoy establecido casi á mi gusto, y me hallo en camino de llenar

este vacío sempiterno... Yo podía ser ahora punto menos que feliz. Y

¿por qué no lo soy?... Por este condenado temperamento que ha de ser mi

perdición. ¡No me saca de una, sin que me deje metido en otra hasta el

cogote!... ¡Por vida de las fragilidades humanas!...

Por lo que se ve, Gedeón no ha conseguido con su última mudanza más que

volcar la tortilla de sus contrariedades.

Antes buscaba en la calle el alivio de sus males domésticos.

Ahora se agazapa en su gabinete, para que no le cojan las pesadumbres

que le acechan desde la calle.

[Ilustración]

[Ilustración]

XIV

LAS PULGAS DE GEDEÓN

Por ella adelante camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho

y las manos metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, ó

teme llegar demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante,

y penetra en una callejuela, y sale por ésta á un callejón, y tuerce

á la derecha, y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y

desemboca en un crucero de calles medio á obscuras, y entra, por fin,

en el portal de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos

tramos de la escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín

que saca de su bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente

alumbrado por un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no

muy adornada, pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, á la vez que él

por la puerta del pasadizo, entra por la del gabinete en la sala otra

persona con una luz en la mano.

--¡Hola!--dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una butaca.

--Buenas noches,--contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un

velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón

por toda la longitud de un sofá...

¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta persona

que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita?

Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo que

ha ascendido en categoría, á juzgar por el corte presuntuoso de

su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas,

aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la

conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de

ánimo.

Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón; minutos

que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la otra y

viceversa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo cual

tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca y la vista enfilada

al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego.

Solita, entre tanto, parece la imagen de la melancolía, con los brazos

cruzados sobre la cintura y mirándose las puntas de los pies, que

maquinalmente llevan el compás de la sonata de Gedeón.

--Conque... ¿qué me cuentas?--pregunta éste cuando ya no tiene colilla

que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero.

--Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte.

--¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados negocios...

--Te vas cargando mucho de ellos.

--Como siempre.

--No por cierto. Al principio te permitían venir á verme todos los

días; después, cuatro ó cinco cada semana; más tarde, dos, y, por

último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el

tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la

casa.

--¿También zumbona, Solita?

--¡Ojalá pudiera serlo!

--Pues cualquiera lo diría.

--No quien, como tú, debe saber lo que padezco.

--¿Ya empezamos?

--Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia.

--¿La historia de qué?

--De mis pesadumbres.

--¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te falta?

--¡Qué me falta!... Tienes razón: no me falta nada. Yo era una pobre

sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa

bonita; tengo criada á quien mandar, vestidos regulares que ponerme...

todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas honradas.

--También me has cantado esa letanía más de cien veces.

--Señal de que no te corriges.

--Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la

aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada.

--Es verdad: nada me debes... ni siquiera compasión.

Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita, y

otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca.

El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · 第 6 / 16 段