Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido sibilante,

como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo, vuelve á oirse

la voz del hombre de la sala, que grita:

--¡Ruiz!... ¡Ruiz!

--¡Presente, mi capitán!--responde desde el pasadizo otra voz de

hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de

sable, indican que acude al llamamiento.

--¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas?

--Ahí quedan, mi capitán.

--Traételos.

Un instante después, vuelve á decir el llamado Ruiz:

--Aquí está el maletín.

--¿Y lo demás?

--¿Lo demás, mi capitán?...

--¡Lo demás, sí!

--Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera...

--¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes en

la cocina?

--No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no?

--Ahí, en el _arzón trasero_ de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo

lejos de las monturas.

--Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los

_bastos_ tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae por

encima!...

--¿Á que te rompo la grupa de un puntapié?...

--Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo que

rezaba cuando salío de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí á

mi capitán...

--Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero á

esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú!

--Siempre á la orden, mi capitán.

Y por el ruido que sigue á esta despedida, conoce Gedeón que la montura

del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, á colocarse en

la cama _de respeto_ de la _sala de recreo_ de los huéspedes de doña

Ambrosia.

Jamás se vió una embustera desmentida más pronto ni más al caso.

Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se le

presentaba) no sabe si sentir ó celebrar el lance. Lo siente por el

riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su

reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta á la indirecta

_cuartelera_ que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que á él iba

enderezada, como lo va sospechando.

Entre tanto, el capitán no cesa de llamar á Ruiz, ni Ruiz cesa de pasar

y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y marchándose el

segundo á _zagalear_ las bestias y á dormir á su lado, reina el sosiego

en la casa y ronca Gedeón.

[Ilustración]

[Ilustración]

VII

VARIAS CATÁSTROFES

Tres días con tres noches duran las marimorenas que arman el capitán y

su asistente.

¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán!

por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que

el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que

la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura...

Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y

comiendo y almorzando.

Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á rancho

y le suena á cuartel.

Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y se

disculpa con Gedeón.

--Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para

algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de

principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará...

Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios

sentimientos...

Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la

disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán

cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley,

por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de

fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla.

Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos

coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas

iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus

letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa

del gabinete.

En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos

cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las

dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces

sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean en

calzoncillos por toda la casa desde que salen de la cama hasta que se

van al ensayo, y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres

que se asoman á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de

aceituna á los hombres que pasan por la calle.

De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces se

hunde la tierra.

Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor en esto

de _establecerse á su gusto_, suspira por el capitán, que le parece un

ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del estrépito.

Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como

la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los

postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la

calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más

tolerable.

Dos horas le dura la _arrancada_, como dicen los marinos, ó la

_velocidad inicial_, según la culta jerga científica; dos horas que

invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas

que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado,

vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio

habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala.

Pocos pasos antes de llegar al portal, observa que sale de él Solita,

con un lío de ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.

En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con Gedeón.

--¡Ay, señorito!--le dice entre sollozos,--¡qué mala estrella es usted

para mí!

--Pues ¿qué sucede, hija mía?--pregúntala Gedeón hecho unas mieles.

--Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la otra.

--¡Por mí, alma de Dios!

--Sí, señor, por usted.

--¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver.

--Ya usted me comprende.

--Pues no comprendo una palabra.

--¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba?

--Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien á mi pesar,

créalo usted.

--Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora;

y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra.

--¿De mí?

--Y de mí: de los dos.

--¡Ah, grosera, incivil y menguada!

--¡También usted!

--Me refiero á la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar á quien es la

cultura, la suavidad y la...!

--Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su casa,

venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez que yo

salía del gabinete, de servirle á usted.

--¡Y no me ha dicho usted nada!

--¿Para qué?

--Para que yo estrangulara á esa tarasca.

--Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al ponerles

la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en cuanto usted

se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro huésped que

al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre si esto era

inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más por el estilo,

díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro verdades al oído

y á despedirme en seguida.

--¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo

es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza...

Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora?

Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la mano

libre, y responde con voz lenta y no muy firme:

--Por de pronto... á casa de una amiga.

--¿Y después?

--Después... adonde me quieran.

--Entonces, no se mueva usted de aquí.

--Ya sabe usted en qué sentido hablo.

--También usted en el que yo la replico.

--La necesidad me obliga á servir.

--Porque usted quiere.

--¡Qué bromas gasta usted!

--No en este momento.

--Me parece que más claras...

--Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera...

--¿Más aún de lo que me tiene ya dicho?

--¡Muchísimo más!

--¡Pues tendrá que oir!

--¡Cosa buena, Solita!

--Como de usted.

--Ya se ve que sí.

--Pues si usted lo asegura...

--Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan.

--¿Ahora, de repente?

--Hace días.

--¿Y qué?

--Que si quisiera usted conocerle...

--Si me interesa en algo...

--De punta á cabo.

--Pues usted dirá.

--Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos?

--Bastante.

--En ese caso, andando hablaremos.

--Como usted guste.

--Pues vamos andando.

Y á andar echan los dos, calle adelante, paso á paso, medio á obscuras

cuando pasan cerca de un farol, y á obscuras por completo cuando de él

se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre la otra, como

la _f_ sobre la _i_.

* * * * *

Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual falta ya el

único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué ojos mirará

ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!

Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque algún

débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto que hay

gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco una cortinilla

de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado. Alrededor de la

mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus amigos, con

las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las sillas. La

luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón no puede

ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como _juego_,

_cargo_, _me retiro_, _entrés_, etc., etc.

--Vamos--piensa Gedeón,--lo que faltaba.

Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en la

sala un vocerío tremendo; y sobre si _muerto_ ó si vivo; sobre si _el

salto_ ó si el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres

botellazos y cincuenta blasfemias.

Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en

calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el

combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos,

empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de

cordel.

Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y notando

que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia.

--¡Señora!--le dice.--¡Ésta es la casa de _Tócame-Roque_!

--¡Más honrada y más decente que la que merece el muy

descortés!--respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos

inyectados de sangre.

--¡Esto es un burdel!--añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una

firmeza que la desesperan más.

--¡Eso hubiera usted hecho de ella, á no ser yo quien soy, y á no

velar, como velo, por la buena moral!

--Que lo digan los de la sala.

--¡Yo no puedo preverlo todo!

--Pero debía usted no engañar á nadie, como me ha engañado á mí.

--¡Cómo!...

--Negándome que aquí se admite al primero que llega.

--¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de huéspedes!

--En eso no miente usted, porque es cosa algo peor.

--¡Caballero!

--Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo, y en paz.

--Cuando usted guste.

--Ahora mismo.

--Naturalmente. Como se largó _ella_...

--¡Señora!...

--Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de

acuerdo.

Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de

presenciar, entre echar el telón abajo como dirían los de la sala, ó

por el balcón á la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente,

y manda entrar á las dos acémilas para que carguen con su equipaje.

[Ilustración]

[Ilustración]

VIII

DE MAL EN PEOR

¿Adónde vamos con esto?--le preguntan.

--Á la fonda.

--¿Á cuál de ellas?

--Á la más cara,--responde Gedeón, decidido á ahogar sus desventuras en

dinero.

Y anda, anda, llegan los tres á un ancho portal muy charolado y

resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa,

detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruído

por baúles amontonados y camareros sin educación.

--¿Adónde vamos?--pregunta á éstos la acémila delantera.

--Adentro se lo dirán á ustedes,--responde el menos soez de los

preguntados.

Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan á un hombre gordo

que, al verlos, empuña la manezuela de una de las puertas de la

ringlera, y les dice:

--Aquí.

Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un

hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo

equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de

una bujía colocada entre uno y otro.

--Perdón,--exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á

mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra

media cubierta de jabón.

Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo otra

puerta:

--Aquí es.

Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en

enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira,

mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el

fondo de aquel misterio inexplorado.

Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre gordo,

ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada á que

han llegado los cuatro:

--¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet!

--¡Boum!--le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.

--¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está

desocupado?

--¡El _dusiantos trantiunoooo_!...--vuelve á responderle la voz.

--Es en el otro piso, caballero--dice el hombre gordo á Gedeón.--Es

enteramente igual á éste: sólo tiene de más algunas escaleras.

Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo el

hombre gordo; y vuelven á recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno de

ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo entra

y enciende una vela. Á su luz se ve el suelo lleno de papeles rotos y

puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una basura, y

la pared con lamparones.

Mientras Gedeón paga y despide á los mozos de cordel, llega un camarero

silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada la cama,

dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas ó aprovecha

las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en un cubo de

latón; saca á puntapiés los papeles al corredor; sacude dos manotadas

y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador; cuelga encima

de éste una tohalla; y, sin dejar de silbar las habaneras, sale del

cuarto, despidiéndose con un portazo que hace temblar los tabiques.

Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre uno

de sus baúles y midiendo con la vista el menguado perímetro de aquella

estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede á hacer

el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso.

Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con

puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una

percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos á medio arrancar,

dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche

(cuyo entreabierto cajón permite ver, en su obscuro fondo, media

liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados, un

parche de trementina á medio uso, y seis tachuelas amarillas); una

jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de noche

una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un velador

cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo sin

entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y medio,

por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y frutos

de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte y una

butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin ha de

conseguirlo, por romper la mezquina envoltura que aún la impide,

aunque sólo á trechos, protestar en debida forma contra la opresora

poltronería de los huéspedes.

De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y para

sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el orden

y el desahogo. Todo parece decirle á Gedeón: «No te molestes en llamar,

porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que tienes

aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán á tí.»

No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre _pasar_ por ellas,

como él ha pasado algunas veces, y _vivir_ en ellas, como ahora vive,

hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre cebadito

y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su regalo.

Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha de

llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos.

Con éstas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con repugnancia

cuanto le rodea, vase desnudando poco á poco; y sin pizca de ilusiones

para el día siguiente, métese en la cama como pudiera tirarse al pozo,

apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su memoria el recuerdo

de Solita, que, por de pronto, le alegra un poco la imaginación,

aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma.

* * * * *

Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector

quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro

idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado,

en su afán de mejorar de vivienda y de _establecerse á su gusto_.

Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de

acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones.

Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una

rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se

le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da

bastante que hacer.

Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo,

le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué

hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo

es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir;

pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con

frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos

como de la peste.

En cuanto _á lo demás_, tanto le cansa como le deleita, si es que algo

de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales despojos

de las sobras de otros tiempos, ó á _similores_ del presente, que

no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su

libertad.

[Ilustración]

[Ilustración]

IX

POR LAS NUBES

Ahora podemos suponer, por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre

una semana de sus dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para

sacudirse las morales, y se lanza, fraque en ristre, á regiones en que

jamás ha penetrado, para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda

de explotarlas en beneficio de sus deseos y en concordancia con sus

imaginaciones.

Por de pronto, sus pies, hechos á pisar los suelos de cabretón, han de

enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará por

salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya hecho su

presentación cosas muy graves é importantes, para estudiar con disimulo

maneras y actitudes en los que pasan á su lado; para tantear estilos de

conversación amena y por lo fino, y, sobre todo, para tomar lenguas de

todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón: se

fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por

último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante.

Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan á las

más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la carcoma

de sus muchos años con afeites y postizos.

Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre

que juegan; lo cual animará mucho á Gedeón cada vez que, al pasar por

delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su

pestorejo de veterano; pero luégo sabrá que aquellos tipos, además de

haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición

con flemas y _pata de gallo_, y de poseer algún atractivo especial para

las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el

papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino

hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al

intentarlo, pues lo han intentado muchas veces.

¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, á lo sumo, se dirá de él, si algo se

dice, después que se muestre en semejantes alturas:

--Pues es _un señor_ que se llama Gedeón, que está bien por su casa, y

que tiene horror al matrimonio.

No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y adocenado

de figura.

Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin

de sacar á un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha

encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero

ese redimido era hermoso, ó, cuando menos, notable, ya que no célebre,

en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por

ninguna parte que se le mire.

Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal aconsejado

solterón si se echa á herborizar en el campo en que le suponemos

colocado?

Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para

marido, aun cuando él se prestara á serlo; y _las demás_, suponiendo

que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya

que el diablo las lleve, que las lleve en coche.

Tentará á probar fortuna, eso sí, que para eso fué allá, y además es

terco; y no se dirigirá á la más fea ni á la menos joven, que para

eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje

y en retóricas trasnochadas; y preguntará por la _gavota_ y el _baile

inglés_, y por la música del _Tancredo_, cuando hace setenta años que

ni aquéllos se bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en

la cuenta de que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo.

Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se dice,

de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él como

el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que

traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas,

y tal vez sus manos se atrevan á cometer demasías de tacto, ó su

lengua se desborde, ó sus piernas desmazaladas, y á la sazón revueltas

entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que

escandalice al concurso.

De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole

algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado no valdrá la violencia

en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque

sin ella no puede él vivir en un terreno tan extraño á sus hábitos é

inclinaciones.

Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por salir de

él marido de la mujer más pobre y fea; y no _convertido_, sino _domado_

como una bestia; en el cual caso sería una variedad vulgarísima entre

los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la especie solterona

_impenitente_, como el lector y yo hemos convenido en que sea Gedeón.

En substancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta

anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial

de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que,

en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de

escribir lo que me falta de este libro.

--Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como yo?

[Ilustración]

[Ilustración]

X

LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN

Pero lo verosímil es que, á pesar de sus propósitos, si los tiene

todavía, no se resuelva á salir de sus merodeos de _escalera abajo_;

porque lo que entra con el capillo, sale con la mortaja.

Á la edad en que Gedeón ha pensado en elevar su vuelo hasta las águilas

rapaces, ya pesa mucho el cuerpo; y si, aunque con trabajos, se sube,

faltan los ojos para resistir el sol mirándole cara á cara. La tierra

llama á lo suyo; y aunque sueñe ser águila, se queda el atrevido tan

milano como sus hábitos le han hecho ó su madre le parió.

Lo innegable, por de pronto, es que una noche se retira á su albergue

triste y dolorido; que la cama, aunque fementida, le llama á sí, y que

él se arroja en ella sediento y quebrantado.

Como el sueño no acude á sus párpados, entretiénese en apreciar la

cantidad y la calidad de la dolencia que le postra; pero cuanto más

se examina, menos comprende si sus dolores proceden del cuerpo ó del

espíritu.

Le asaltan serios temores de que la enfermedad pueda complicarse, y se

estremece al pensar en la asistencia que le aguarda.

Entonces cae en la cuenta de que jamás ha entrado en sus previsiones un

contratiempo semejante.

El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · 第 4 / 16 段