puntualidad y respeto á su persona. Ya transige con los manjares mal
sazonados, con la cama á medio hacer y con las botas deslustradas; pero
que se lo tengan todo á punto; que no se invierta en ventilar rencillas
miserables el tiempo destinado á servirle, y sobre todo, que no se le
complique á él en escandalosas griterías de plazuela. ¡Á qué menos ha
de aspirar una persona decente, «libre como el ave en el espacio, como
el pez en el agua;» una persona que huye del matrimonio para hacer en
todo su gusto y vivir como le dé la gana?
Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de
cámara, mozo listo y bien adiestrado en el oficio.
_Pero_ el cocinero, _por casualidad_, es borracho y goloso y nada
limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si
se lo tasan, también; compra lo que á él le gusta, y lo guisa como más
le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en
aquella cocina.
Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no las
tiene su cocinero.
El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir
que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se
marcha.
El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en
cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por
lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y
se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque
el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en
esos casos no aparece el criado envuelto en la capa ó en el gabán de
Gedeón, pues para ambos sirven sus trajes y su calzado.
Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los
bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los
cigarros _sobrantes_ de la petaca olvidada en una levita ó encima de la
mesa.
De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras
Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es
que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene
instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se
vea _establecido á su gusto_.
Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan á
las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á
basura.
Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y la
cuchara á tabaco.
Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan
las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de
batista.
Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más edad,
éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro tenía de
presumido ó de mocero, si es que no peca por esto y por aquello. Y lo
que digo del criado digo del cocinero.
De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber perdido
la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más que
no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después de
ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado y
descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que toma
son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle
y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y
maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más
malo que existe en el ramo de sirvientes.
Y así se le va pasando lo mejor de aquel tiempo, que él tenía á
sabrosos empeños destinado, como hacienda que se echa á los perros.
¡Qué empresas ha de acometer con bríos ni con gusto, si los unos y el
otro se le gastan y corrompen entre las inesperadas miserias de su vida
doméstica?
Asómbrase de que tan mezquinas causas le produzcan tan desastrosos
efectos; no acierta á explicarse cómo ese poco de roña puede entorpecer
todos los ejes de la máquina de sus ideas; y con el ansia febril de
conjurar el cúmulo de _casualidades_ que le persigue, para llegar
alguna vez á _establecerse á su gusto_, medita, calcula, y todo
lo supone menos que puede ser él uno de los infinitos hombres de
quienes dijo La Bruyère que emplean la mayor parte de la vida en hacer
miserable el resto de ella.
[Ilustración]
[Ilustración]
IV
EL DEMONIO CONSEJERO
Aspirando con ansia bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera
aventar sus pesadumbres, y caminando á largos pasos, encuéntrase en una
de estas ocasiones con su camarada, aquel acicalado solterón de quien
tanto hemos hablado, y á quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si
Gedeón llevara letreros en la cara, que revelasen las desazones de su
espíritu,
--¿Cómo vas con tu nueva vida?--le pregunta en crudo el recién hallado.
--Pues, así, así,--responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes.
--Al principio se extraña un poco.
--Efectivamente, algo se extraña.
--Pero ya habrás palpado ciertas ventajas...
--He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad.
Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector sabe
de sus amarguras domésticas.
--Mal anda, en efecto, ese ramo--dice el otro;--pero todo consiste en
acostumbrarse.
--Ya.
--En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh? de
que tanto nos hablaste en la ocasión de marras...
--Pshe...
--Vamos, sé franco.
--Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y
más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué
demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación que
hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no encuentro!
--Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en brujas.
Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, de esos que
tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te ahogas.
--Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes,
estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto _á perpetuidad_,
como las sepulturas de los ricos.
--No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el
extremo de hacer comparable, ni aun en esa pequeñez, nuestra noble
independencia con la ignominiosa servidumbre de los casados. ¡Por Dios
que es cosa chusca ver á un hombre que va á matar leones, detenerse
porque halla en medio del camino una sabandija! ¿Para qué demonios
quieres esa fachada que tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón,
es echarte el alma á la espalda.
--Me parece que más echada...
--Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has hecho?
--Efectivamente.
--De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas
pechugas...
--Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos que
roer!
--¡Tú á huesos, Gedeón?
--Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos...
--¡Tú á huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que
tienes para aspirar á la más delicada!
--Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero tampoco
he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador; porque
después que llega uno _á cierta edad_, fatigan mucho las cuestas
arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos, y la
picara razón se hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan
á punto y tan bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su
cuchara en la conversación.
--Es decir que te vas haciendo filósofo.
--No; pero sospecho que me voy haciendo viejo.
--De todos modos, rindes las armas.
--Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo y _me establezco á mi
gusto_ en él.
--Por lo visto, esa es tu manía.
--¿Cuál?
--Establecerte á tu gusto.
--Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la
cama.
--Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón que se
oponga á mis inclinaciones, ni dejo de entregarme á ellas por molestia
más ó menos.
--No las tendrás.
--¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente.»
--Pues cree que te admiro y te envidio.
--Resueltamente te ahogas en poca agua.
--Podrá ser.
--Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la culpa.
--No te diré que no.
--¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el gremio
cuando el diablo te tentó?
--No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero
no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la
nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba.
--Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos resabios de
sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón! siento decírtelo;
pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún tiempo.
--¿Para qué?
--Para librarte del mayor enemigo que te persigue.
--¿Y cuál es?
--La manía del hogar doméstico.
--¡Bah!
--Créeme; es más fuerte que tú.
--¿Y qué debo hacer, en tu opinión?
--Si admites mi tutela por un instante...
--Si con ella me das paz y sosiego...
--Te lo prometo.
--Ya te escucho.
--Huye del enemigo.
--¿De mi casa, en la cual nací?...
--De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres
propietario.
--Razón de más para que la mire con tanto cariño.
--Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á
renta, como los demás pisos; sácale el jugo.
--¿Y mis recuerdos?
--También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará de
la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate, Gedeón:
ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida doméstica,
ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.
--¿Qué crees que debo hacer?
--Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y
comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con
dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y
si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no
te quejes de ellas... ¿Dudas?
--De dudar es el caso.
--Medítalo bien.
--Pienso hacerlo.
--Pues adiós te queda, ya que estás advertido.
Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo desconsolado.
[Ilustración]
[Ilustración]
V
NO ES CASA DE HUÉSPEDES
El consejo de su amigo prevalece, al cabo, en el ánimo de Gedeón.
Doloroso es para éste abandonar aquella casa en la que nació y ha
vivido siempre; pero no hay otro remedio que cortar por lo sano.
_Levanta_ la casa, ó la cierra, temiendo un arrepentimiento el día
menos pensado; pero el hecho es que se pone á pupilo; lo cual le ha
dado bastante que hacer, porque el _gremio_ tiene mucho que explorar si
se ha de elegir lo menos malo.
En sus pesquisiciones para hallar un albergue, como el otro una
posición social, ha recorrido medio pueblo y ha oído con paciencia
el completo catálogo de las humanas vicisitudes, de boca de las
innumerables pupileras que le han solicitado para huésped. Ninguna de
ellas ejercía la industria por ascenso: todas habían bajado hasta ella
desde los puestos más encumbrados en armas, en nobleza y en dinero:
siendo de notar que cuantos más humos revelaba una señora de esta
clase, menos fuego calentaba su cocina.
Al fin se establece en la casa que más se aproxima á sus deseos.
Su dueña, doña Ambrosia de nombre, se conforma con blasonar de rígida
en los más severos principios de moral, y de haber _dado golpe_, en
los albores de su juventud, en calles y paseos. Dos veces viuda, no se
ha puesto en peligro de serlo la tercera, porque no ha querido, no por
falta de pretendientes, pues á pares los ha tenido que aspiraban al
honor de sacarla de pupilera, y á la dicha de poseer los conservados
restos de sus juveniles encantos.
Á creerla, tiene casa de huéspedes porque, acostumbrada en vida de _sus
papás_, y más tarde de sus maridos, á un trato escogido y ameno, la
soledad la mata. Para ella, son familia sus pupilos; por lo cual admite
pocos, y esos de arraigo, de formalidad y de educación: á Dios gracias,
no necesita el tráfico para comer.
Gedeón ocupa un gabinete con puerta falsa al corredor, y otra de
vidrieras con cortinillas á una sala que, según advertencia de doña
Ambrosia, es para recreo de los huéspedes, ó para que éstos tengan
donde recibir decorosamente sus visitas, En la sala hay una alcoba con
cama _de respeto_, también al decir de la pupilera.
Como los huéspedes son pocos y buenos, si ha de creer á doña Ambrosia,
Gedeón consiente en comer á la mesa con ellos, ínterin llega una
doncella que se espera y podrá servirle la comida en su cuarto con la
puntualidad y esmero que ahora le faltarían, por estar incompleta «la
servidumbre de la casa.»
Durante los primeros días tiene por compañeros de mesa á un señor muy
flaco y muy nervioso, que no habla una palabra, del cual ha dicho la
pupilera que es un marqués muy rico, que viene á tomar aires; cuya
marquesa es la señora oronda y colorada que se sienta á su izquierda,
y le trincha la carne, le parte el pan en bocaditos y le escancia el
vino.--Tampoco despliega los labios.--Ni el marqués ni la marquesa
tienen el pelaje ni el aire de tales: pero ¡hay tantos marqueses que
no lo parecen! Gedeón tomara á éstos por ex-tenderos de refino, que
se retiran al pueblo natal á comerse las ganancias de treinta años de
mostrador.
Sigue por la derecha un hombrecillo de crespo y recortado bigote, de
frente angosta y cabeza plana, con gabán de ropería, que sorbe las
salsas en el plato y bebe con la boca llena, sin dejar de hablar, por
eso, de la influencia que ejercen los cuartos de luna en el corte de
las uñas y del pelo, y de las recetas infalibles que él tiene para
exterminar las chinches y las cucarachas.--En opinión de doña Ambrosia,
este huésped es un ingeniero sapientísimo que estudia, por recreo,
dos años hace, el suelo de la provincia para establecer en sitio
conveniente, y á sus expensas, una fábrica de patatas artificiales
para los pobres.--Gedeón le clasifica, en su padrón particular, como
escribanillo de aldea.
Llévale la contraria en sus asertos científicos, una señora muy
peripuesta y retocada, con voz de bajo cantante. Habla mucho de
_la antigua Grecia_ y de _las sales áticas_, lo cual no sorprende
tanto oyéndola decir á cada triquitraque que es viuda de un oidor de
Filipinas, que dejó setenta volúmenes de comentarios á la _Casandra_
de Licofrón, y otros cinco de notas á las _Dionisiacas_ de Nonno
Pannopolitano. El gobierno ofrece á la viuda cuarenta y ocho mil duros
por la propiedad de estas luminosas obras; pero ella quiere el millón
cabal, y tras él anda con la esperanza de conseguirle. Cree Gedeón que
con que la pagaran sin descuento la viudedad que debe corresponderle
desde la muerte del mayor de plaza (pues no otra cosa pudo tener por
marido), se diera la erudita matrona por satisfecha.
Algunos días después aparecen en la mesa dos huéspedes más: un
gigantón, hosco de mirada, cerdoso de bigotes, rasgado y muy abierto
de boca, purpúreo de color y muy largo de brazos; y su señora, el tipo
opuesto: aguileña, oscilante, lánguida y sentimental. Malambruno, como
desde luégo llama Gedeón al gigante, se queja del _fuego herpético_ que
le devora; por lo cual anda recorriendo climas hasta dar con uno que le
apague el incendio.
Por lo demás, cuando no habla de su dolencia, echando candelas por los
ojos, brasas por las mejillas y rociadas de saliva por entre las cerdas
de sus bigotes, aturde á los circunstantes con la estadística de sus
caudales. En la Mancha, porque la erudita citó á don Quijote, tiene
él tres haciendas que le produjeron el año pasado, y sólo en renta,
doce mil fanegas de trigo. Porque se habla de dormir la siesta, ó de
si es sana ó dañosa esta costumbre, niega él, sin que nadie lo haya
afirmado en la mesa, que los extremeños hagan siete comidas y duerman
cinco siestas al día. Precisamente conoce á palmos la provincia de
Extremadura... ¡como que tiene en ella seis dehesas y más de veinte mil
cerdos!
Por análogos procedimientos trae á colación sus cortijos de Jerez y
sus posesiones de Salamanca, siendo de notar que en cada dehesa, y en
cada cortijo, y en cada hacienda, tiene, no solamente palacio con la
necesaria servidumbre de criados para él y de doncellas para su señora,
sino hasta _templo_, pues _capilla_ se la permite cualquier zarramplín
de aldea.
Porque se cita el escamoteo de un reló ó el de los calzoncillos que
llevaba puestos el vecino de al lado, cualquiera ratería de esas tan
usuales, impunes y corrientes en la hidalga patria de Candelas y José
María, cuenta él que en una ocasión le robaron su casa de Madrid,
estando con su señora recibiendo á los duques de Montpensier en su
palacio de la Serranía de Ronda; siendo lo admirable del caso, en su
concepto, que los ladrones abrieron la puerta del _gabinete de raso
azul_, del cual pasaron á la _galería de esculturas_; de ésta á la
_sala de los tapices flamencos_, y de aquí á su despacho, cuajado de
primores de arte y de objetos de lujo. Sin señales de titubear para
encontrarla, abrieron una puerta oculta detrás de una librería de palo
santo con columnitas de oro macizo, y entraron en un retrete, en el
cual había hasta tres cofres llenos de alhajas de incalculable valor;
pero no pudiendo abrirlos, á causa del secreto de sus cerraduras, ni
cargar con ellos, por lo mucho que pesaban, se conformaron con robar
unas botitas usadas de su señora, dos libros de genealogías, y como
tres cuarterones de azucarillos.
Mientras Malambruno cuenta estas cosas y otras tan estupendas como
ellas, con voz estentórea y lento diapasón, su señora no deja oir
la suya más que para rectificar algún error de cantidad en que haya
incurrido su esposo.
--Eran trece mil--dice, verbigracia, al asegurar éste que eran doce
mil solamente las fanegas de trigo cosechadas por rentas en la Mancha;
ó--creo que eran cuatro,--aludiendo á los cofres llenos de alhajas.
Entre tanto, Malambruno está vestido de paño de Munilla, y parte por la
mitad los trabucos del estanco, para fumarlos en dos veces; su señora
viste con más aparato que riqueza; no trae consigo una sola doncella
de tantas como deja holgando en cada palacio, y todo el equipaje del
pomposo matrimonio viene metido en un baúl de tres celemines.
Fáltame decir que doña Ambrosia asiste á casi todas las exhibiciones
retumbantes del caudal de Malambruno, y que á cada rociada de millones
que éste suelta, mira ella á sus huéspedes y parece decirles con los
ojos, mientras se revuelve nerviosa en su silla:
--¿Qué tal, caballeros y señoras? ¿Tengo yo pelones en mi casa?
[Ilustración]
[Ilustración]
VI
ENTRE VENUS Y MARTE
Durante la primera semana, halla Gedeón hasta cierto deleite en las
originalidades de sus compañeros de mesa; pero á la segunda ya no puede
con ellas. Asústale el temor de que aquello dure indefinidamente; y
comparándolos con tan grotesco cuadro, le parecen de color de rosa los
que á él le echaron de su casa.
Felizmente, no tarda la pupilera en anunciarle que desde el día
siguiente comerá en su gabinete; porque para entonces habrá llegado la
doncella que esperaba.
Y como lo ofrece lo cumple. Gedeón come en su cuarto al otro día; y
¡oh sorpresa embriagadora y confortativa! la doncella que ya vino, y
le cubre la mesa, y después le sirve los manjares, es Solita; Solita,
que le saluda regocijada y más sandunguera que nunca; Solita, que le
cuenta lo poco afortunada que ha sido en amos desde que, bien á su
pesar, tuvo que salir de casa de su señorito; Solita, que cuando ya no
tiene nada que referir á éste con la lengua, parece decirle con los
incitantes ojos, á cada plato que le sirve:--«Vamos, hombre, atrévete
conmigo, que aquí no corres los riesgos que en tu casa; aquí soy la
criada de tu pupilera; somos dos transeuntes que hacemos juntos un
alto y nos arreglamos con lo que tenemos; ahora todo te es lícito sin
desautorizarte... ¡Mira que de estas gangas no las encuentra cada día,
ni tan á mano, un solterón medio aburrido y desalentado como tú, y que
sólo vive, como perro achacoso, de lo que le cae en la boca!»
No es fácil calcular con exactitud si es Solita quien tal dice con los
ojos, ó si es Gedeón quien se lo imagina, _ex abundantia cordis_; pero
es indudable que éste lo lee así; y como es hombre que no desperdicia
las buenas ocasiones, sin que lleguen los principios de su comida ya ha
puesto sus voluptuosos fines en evidencia. Mas no es Solita juez que
sentencia en arduos litigios sin maduras reflexiones. Antes da muestras
de sutil ingenio y experta travesura; y resistencias hace, aunque sin
enojos, que ponen á Gedeón fuera de quicio.
De todas maneras, esta peripecia viene á interrumpir sabrosísimamente
la abrumadora monotonía de la vida de nuestro solterón, y á hacerle
llevadera la existencia en aquella posada que empezaba ya á parecerle
presidio. En adelante, verá llegar con alegría las horas de comer y
todas las de volver á su albergue...
Una advertencia, por lo que valga, y suponiendo que alguien que esto
lea piense que el encuentro de Gedeón con Solita no es rigorosamente
necesario: no he conocido un Gedeón tamaño, sin una Solita semejante.
El de mi cuento se encuentra con ella en una posada, después de haberla
conocido en su propia casa, como otros las vuelven á ver en medio de la
calle, ó en sitio peor, después de haberlas tratado sabe Dios en qué
parajes.
Mas no por esto que digo de la necesidad de las Solitas para
determinados _solitarios_, y de su mancomunidad de debilidades, se
hagan juicios temerarios sobre la fortaleza de la Solita en cuestión;
pues en Dios y en mi ánima aseguro, á más de lo que ya tengo dicho,
que va poniendo á Gedeón de muy mal temple el obstinado crecer de los
obstáculos.
Y cuidado que no pierde ripio el solicitante. Sus comidas se eternizan;
sus vueltas á casa no tienen número, y no le tienen tampoco las veces
que se le ocurre ponerse malo á las altas horas de la noche, para que
Solita le lleve el vaso de agua ó la taza de te.
Y tan obcecado está en menudear todo lo posible sus entrevistas con la
doncella fuerte; hasta tal punto le preocupa esta heróica tarea, que
no se fija en que doña Ambrosia está ya en autos, y anda por alcobas
y pasillos murmurando no sé qué letanías en que todo se canta menos
alabanzas á su huésped, cuando él está departiendo con la doncella.
La cual, sufre después, y no lo cuenta, los refunfuños y desabrimientos
de su ama, como en otro tiempo sufrió los de la señora Braulia por
idénticos, aunque no tan notorios motivos.
--¡Si piensan _algunos_ que mi casa es un cuartel, chasco se
llevan!--grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el
chocolate á Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón
toma chocolate todas las noches desde que Solita vino á la casa; y
rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.)
Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando
se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las
espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa
que á este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se
equivoca, pues que la oye decir en seguida, con acento meloso, y á la
parte de allá de las vidrieras del gabinete:
--En esta habitación estará usted como en la suya propia; precisamente
la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no es,
propiamente hablando, casa de huéspedes. Á Dios gracias, no los
necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y
cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que
á usted le envía.
La misma ó parecida relación que le hizo á él.
--Pues mire usted, patrona--contesta en la sala una voz sonora y
retumbante,--la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y
todo el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro
que debía alojarme en su casa y me echa á una mala posada.
--En cuanto á eso, caballero militar--replica doña Ambrosia
notoriamente sulfurada,--entienda usted que esta casa ni es posada
ni es mala; y por lo que hace á quien le envía á usted á ella, no
necesita aprender de nadie á ser decente, ni tampoco tiene obligación
de hospedarle á usted á su lado.
--¡Ni yo de aguantar con paciencia que á estas horas se me vaya _á la
empinada_ la hija de su madre!
--¡Caballero!
--Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado á usted la lengua.
--Ni yo le he faltado á usted...
--Á ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me
dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene
usted, señora? ¿Sí ó no?
--¡Eso es injuriarme!
--¿Lo tiene usted? ¿Sí ó no?
--¡Pues no he de tenerlo? ¿Con quién se le figura á usted que está
tratando?
--Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras.
--¡Es que tiene usted unas cosas!...
--¡Yo tengo todo lo que necesito, señora!
--¡Y unas demasías!...
--En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada.