--Ya os lo dije: á que me confirmaseis en mis creencias, algún

tanto insubordinadas estos días por _la loca de la casa_, llamada

imaginación. Sí, amigos míos y denodados solterones, soy de los

vuestros, creo cuanto creéis y detesto cuanto detestáis; el matrimonio

es un presidio para el hombre; un presidio completo, pues que le

esclaviza y le infama. Niego la paz del hogar, niego el amor, y, sobre

todo, la necesidad de los hijos: el uno y las otras no son más que

ficciones de la fantasía, cuando no cebos de los maridos para seducir

incautos. El hombre, abrumado constantemente por las cargas de la

familia, pierde hasta la libertad de ser honrado y el derecho de ser

feliz; cuando menos, la ineludible prosa del matrimonio le corrompe,

le enerva, le desnaturaliza, le empequeñece. Para cuanto concibe y

cuanto emprende fuera del miserable recinto de su hogar, son trabas que

le amarran y cortan el vuelo á sus más levantados pensamientos, los

hijos y la esposa, que no le quieren más que en cuanto le necesitan. El

hombre, pues, para cumplir su verdadero destino, para dar á su cuerpo

el regalo que necesita y á su alma la elevación que anhela, tiene que

desprenderse de los mezquinos, pero opresores lazos de la familia;

ser libre, libre como el pájaro y el viento; y pues, como dice el

adagio, EL BUEY SUELTO BIEN SE LAME, suelto quiero morir como he

vivido, ya que vuestras sabias advertencias, coincidiendo exactamente

con mis doctrinas, me han demostrado que es imposible hallar dentro

del matrimonio el voluptuoso edén con que alguna vez soñó mi acalorada

fantasía...

Oídas estas palabras, los tres jurados solterones se encogieron de

hombros, cual si tuvieran por locura hasta haber puesto el caso en

tela de juicio; dióles Gedeón unas palmaditas en la espalda, y se

dispersaron los cuatro, tan satisfechos y campantes, como si realmente

hubieran tratado la cuestión _en serio_, y el mundo no fuera otra cosa

que un vasto ejido para revolcarse y hozar en él á sus anchas los

cerdos de las consabidas piaras.

[Ilustración]

JORNADA SEGUNDA

[Ilustración]

I

EL PRIMER PASO

Ya sabe el lector de quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y

adónde se propone ir el héroe de esta historia que, en rigor, empieza

en esta página, y dice así:

Libre Gedeón de _malas tentaciones_, es decir, exento de los cuidados

en que á las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar en _orientarse_

y en _establecerse_.

Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por lo

pasado, y otra con la fantasía por lo porvenir. Precisamente se halla

tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde ese

punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo que le

queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita entrar en

cuentas consigo, antes de dar el primer paso conforme al derrotero

inalterable que se ha trazado.

Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás, y

marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta, ¡qué

pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con lo que

tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él hasta

entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si

dijéramos, en _campo libre_?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no

pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas

que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le

movieron el intento del asalto, pues era _caballo de buena boca_, y

todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo

le sentaba bien, porque era el _hijo de familia_, holgado y disoluto y

sin pizca de responsabilidad.

¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de que

corran los años de su vida, como antes corrieron, en la obscuridad de

los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados: porque

ahora es el _amo de su casa_, el _hombre formal_, independiente, rico,

y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino que _debe_ dar

á sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso

horizonte que tiene á la vista; y con este fin exornará sus actos con

cierta solemnidad y compostura atractivas y de _buen tono_... ¡Qué

vida le espera!

Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que á los

hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde el grado

de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el ejercicio de

su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin embargo, ¿quién

es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado chaleco y las

rígidas tirillas del médico ó del jurisconsulto de hoy, al aturdido y

desaliñado estudiante de ayer?

La misma razón social que á tanto obliga, impone á Gedeón, que ya se

juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó la

_vida airada_, el deber de adoptar hábitos de _carácter_, como otro

doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda

regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención á que

el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus

inclinaciones naturales, le prohibe acercarse á los ruidos y á los

grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse á un sencillo

merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más

adelante las campañas de prueba.

Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de

vivir entre gentes civilizadas.

Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que los

lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque con

ellos no puede uno _ir á ninguna parte_; pero exponerlos en teatros y

tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba

más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llama _sociedad culta_, y

marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros

de crespón en el sombrero, ó con varas de velillo delante de los ojos!

Volviendo á Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado, larga

y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede y le

toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto á pasar la

vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites... porque es

indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí y en cuanto

le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería á llamar

_nostalgia de la familia_, es un efecto lógico de su nueva situación,

y desaparecerá tan pronto como el huérfano se _establezca á su gusto_,

metodice su vida y _llene_ el desierto hogar.

Esta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente, no

es difícil.

Por de pronto, y á reserva de cambiar de sistema cuando las

circunstancias se lo reclamen, necesita una persona que se encargue

de las menudencias domésticas; una mujer _de edad_, en quien el juicio

corra parejas con los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha

de ser el de administradora, no puede ni debe, hasta por razones de

estética, estar á su servicio inmediato. Con este último objeto tomará

una joven de _buen ver_ y adecuada al caso. En cuanto al prosáico cargo

de cocinera, está provisto muchos años há, y no mal del todo, en una

buena mujer que continuará desempeñándole.

No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de un

solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo

lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la

fiscalización intransigente de la señora de la casa.

Así es que Gedeón recibe las solicitudes á puñados y las

recomendaciones por docenas. Puede elegir á su gusto, y así lo hace.

Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio siglo,

aseada, enjuta de carnes, á medio encanecer y empezándose á arrugar, y

muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las llaves y

recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo durante

quince días, concluído lo cual recibirá otro tanto; porque Gedeón no

quiere, ni debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosáicas menudencias.

El nombre no es enteramente simpático: se llama _la señora_ Braulia;

pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fué envuelta en finos pañales:

su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le

dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado

numerosa, trajéronle á menos; y á la muerte del marqués, habiendo

suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo

con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus

hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando

criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros á la lumbre,

y otro día ascendiendo á doncella de labor y camarera de confianza;

pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero

siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno;

y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de

nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado á conocer el mundo

palmo á palmo, y á los hombres pelo á pelo.

Aunque á él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la

señora Braulia.

Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra

sirvienta. Llámase Solita, y es hija de un remendón con quien no ha

vivido desde que supo andar lo bastante para escaparse de casa, en la

cual no era posible la existencia con aquel hombre que concluía con

todo: con la familia, á palos, y con lo que ganaban, él remendando y su

mujer cosiendo, en la taberna.

Huérfana de madre á los pocos años de ponerse á servir, sólo ha logrado

verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres cuartas partes

de lo que gana. Á pesar de estos contratiempos, ha llegado á ser una de

las doncellas militantes, ó sirvientes, de mejores informes.

Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo remangada

de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos, aquél

abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies, los

dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y las

inmediaciones.

En todas estas menudencias repara Gedeón, mientas Solita le cuenta las

otras referentes á su historia; porque es natural que un señor bien

educado, al recibir en su casa á una muchacha, le pregunte por _las

generales de la ley_, siquiera por preguntar algo; y como Solita es

ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra, porque no

la hay en decir la verdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos

los ojuelos, entreabiertos los labios, como si quisieran sonreir y

enseñar los dientes á un mismo tiempo, una mano en la cintura, la

otra doblando y desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie

derecho fuera de los pliegues de la falda, llevando el compás del suave

balanceo de las redondas caderas.

[Ilustración]

[Ilustración]

II

LA PRIMERA CATÁSTROFE

Ya tiene Gedeón cuanto necesita: es decir, quien le administre, quien

le sirva y quien le aderece el ordinario sustento.

Ya no reina el vacío en su casa; ya hay ruido y movimiento en ella.

La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera de

que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de

su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia,

en lo que respecta á su importante ministerio; y en cuanto á Solita,

arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una

mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería,

que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el

codo al «señorito,» al mudarle el cubierto, ó le retira el plato sin

estar desocupado; pero ¿quién diablos ha de atreverse á reprender

tales descuidos, al ver cómo la delincuente ofrece sus disculpas

en memoriales de sonrisas que, aun á los ojos del más diestro en

semejantes lecturas, tanto picaran en malicia como en rubor?

Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos, que

en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa. No

bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él

desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su

sitio, el gabán en el ropero ó el libro en el estante.

Cuando por la noche se retira á descansar, encuentra la luz en su

cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama...

Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado

silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la

señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma

por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y

darle las buenas noches.

Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de uniforme y

de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le sirve.

Un hombre como él, que por no poder ir todavía _á ninguna parte_,

vuelve á casa, las más de las noches, hastiado, rendido y de muy

mal humor, recibiría como un consuelo media palabra discretamente

afectuosa, y un par de sonrisas elocuentes al llegar á su cuarto...

Pues no, señor: nadie á la puerta de la escalera, que, al abrirse,

cubre á quien le alumbra; nadie en el pasadizo; nadie en el gabinete, y

un poco después, menos que nadie, la señora Braulia con su jaculatoria

de costumbre. Así es que se acuesta bufando, y sueña con la voz, y con

la cara, y con las arrugas de su ama de gobierno.

Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece

gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia.

Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué color

tiene á la luz artificial la única cara decente que hay en la casa.

Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido á la

señora Braulia, exclama de repente:

--Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de

tenerse en cuenta mi gusto para todo?

Y cediendo á los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso el

cordón de la campanilla, que repiquetea junto á la cocina con estrépito

desusado.

--¿Llamaba el señorito?--dice al instante la voz de la señora Braulia,

cuya silueta se dibuja confusamente en el angosto hueco de la

entreabierta vidriera.

Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería; la

cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor hablada.

Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y desea

con ansia que llegue el nuevo día para que Solita le sirva el almuerzo:

no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe, sino por

contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora Braulia...

Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para

acompañar á «su señorito,» puesta de pie á respetable distancia de la

mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en

los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir,

en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de

inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo:

--¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco

la cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta

semana se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan

poco en qué elegir!... El solomillo le parecerá á usted algo duro á la

vista, pero está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido á la

cocinera cómo ha de ponerlo para que se penetre bien... porque no se

las puede dejar de la mano... ¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá á

usted que unos casquitos de porcelana, echados á tiempo en la tartera,

reblandecen la misma suela de un zapato?... Ese postre se quemó un poco

por debajo, pero no tiene la culpa la cocinera; la tengo yo que le

hice y no cargué bastante de manteca las paredes del molde... y puede

dispensar el señorito por esta vez... Solita, mude usted ese plato...

Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la abominada

dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que nunca,

cuando no responde con un gruñido á cada uno de estos períodos, da una

orden ó hace una pregunta, ó lanza una blandísima mirada á Solita.

En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos gravísimos

de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de una inferior

jerárquica, y la confirmación de las sospechas que há tiempo la vienen

inquietando.

No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su amo, y

que es la razón de la privanza algo _físico_ que la señora Braulia no

posee desde muchos años atrás; algo que no se adquiere esmerándose

en el cumplimiento del cargo que se desempeña, sino con las gracias

que da la naturaleza y roban los tiempos, como á ella se lo robaron

para nunca más devolvérselo. Y á la edad de la enjuta ama de llaves

se perdona hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del

frío; pero no se perdona á otra mujer el crimen de que nos venza y nos

derrote, y nos desautorice con armas como las de Solita.

Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse

puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia.

Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer sentir á

«la canalla» todo el peso de su autoridad irritada.

Desde aquel instante ya no vive para servir bien á su amo, sino para

desahogar el despecho que la ciega.

Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del ama

de llaves, sufre las que le alcanzan á ella, hasta con delectación;

pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la

satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, ó el

notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el

pecho de la señora Braulia, que á todo trance quiere víctimas; por lo

cual entra con sus huracanes haciendo _raccia_ en la cocina.

De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien la

abandona cada día Gedeón, es una perrera.

--¡Hoy no se han limpiado los polvos!...--¡Esta butaca no está en su

sitio!...--Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se

ve! levantándose á las ocho y tardando hora y media en emperijilar

un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como

si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las

envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta á

ciertas mariposas para que tan alto vuelen!... ¡Pues, anda! el gabán

del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la

cama... Deles usted el pie, que ellas se tomarán la mano...--También

por este otro lado van las cosas en su punto, gracias á Dios: media

hora hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido

usted los huevos antes de que esté hervida la leche?... ¿No ve usted,

alma de Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está!

como no son ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde

mañana ha de cumplir en esta casa cada uno con su obligación, ó he de

faltar yo á la mía!

Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en salas,

pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada, sin que

le falten por acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la

doncella, ni los descargos irrespetuosos de la cocinera.

Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas

obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la

sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera.

Nada dice á Solita, que le sirve; pero llama á la señora Braulia, que

no está presente la única vez que debiera estarlo.

--¡Señora--exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante,--esto

no se puede comer!

--Pues crea el señorito que no es culpa mía,--responde el ama de

llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y

mirando á Solita con ojos de basilisco.

--Ni yo trato de averiguarlo--replica Gedeón:--lo que me importa es

señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla.

--¡No es eso tan fácil como al señorito se le figura!

--¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia?

--Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas las

culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que

_otras_, con menos méritos... ¡Virgen Santísima!

Y la señora Braulia, después de hacer unos cuantos pucheros, rompe á

llorar como si el alma se le escapara por la boca.

Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca

entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la

mano, llévase á los ojos la servilleta que, á modo de banda, tiene

cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el

sollozo que pudiera oirse desde la calle.

Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil recogido

sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y reluciente el

rostro, como solomillo á medio asar.

--El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo

en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi

deber.

Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos

aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones.

--Pero ¿qué es esto?--exclama al fin.

--Que me haga usted el favor de dar la cuenta,--dice la cocinera,

rompiendo también á llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como

rey que depone su corona.

--Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos el

amo y yo,--añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la

silla inmediata, y llorando á más y mejor.

--Lo que pasa aquí--dice Solita entrando en escena, en ademán

airado,--es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y como

yo no he venido para servirla á ella, ni para que me quite la salud...

--¡Quéjese usted de mí, relamida! ¡casquivana!

--¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo

que suele decirme cuando usted no está delante!

--¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se la

puede aguantar!

--¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!

--¡La mal nacida y la deslenguada será ella!

--¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!

--¡Silencio!--grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á

estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.

Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres mujeres,

y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el escándalo

debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón restablecer

el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella vez, que es

la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá cada mochuelo

á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene otro destino en

el mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni

desazones.

Pero _alea jacta est_: aquellas mujeres que se resolvieron á pasar

una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y de

antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente,

al otro ó á los pocos más, dan la gran batalla, á cuyo fragor

quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen

asustados á la escalera los vecinos de la casa; y cuando á ella

vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que,

como los pretorianos de Roma, ha tomado por oficio la sedición y la

indisciplina, y puede, como éstos, llegar á atreverse con el César

mismo.

En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios de

Solita; pero Solita no cabe á las órdenes de ninguna quintañona; y, sin

esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para un hombre

que no quiere sacrificar su independencia á nada ni por nadie.

Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de

ella sería un enemigo terrible.

Por eso, al pagar con rumbo á su doncella, ni por cumplido la dice que

no se marche; lo único á que se atreve es á despedirse de ella «hasta

la vista.»

--El mal está--dice al quedarse solo,--en que estas cosas me sucedan

ahora; es decir, cuando podía dar comienzo á mis tareas, si estuviera

yo establecido á mi gusto. ¡Por vida de las _casualidades_!...

[Ilustración]

[Ilustración]

III

UNA HOMBRADA

Pero las casualidades se repiten tanto como las combinaciones; y las

combinaciones que hace Gedeón con su servidumbre no tienen número.

Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, ó al revés; que

todo sea rozagante, ó todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias

á la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre

á ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables

en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie á todos sus

derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter...

lo mismo adelanta: más tarde ó más temprano, la guerra civil estalla

en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada

rincón; primero en sus ausencias, después á sus propias barbas; porque

demostrado está por la experiencia, y al buen sentido se le alcanza

sin esfuerzo, que no hay criada de solterón que aguante con paciencia á

su lado otra sirvienta.

Lo que á Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas _casualidades_,

presúmalo el lector.

¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse, ni en

sueños, que tendría que habérselas mano á mano con dueñas y fregatrices

á cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le dieran, por

salsa de su pesebre, alaridos y repelones?

Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio á la plaga, que para eso

es libre y soltero.

Bien examinado todo, ¡qué necesidad tiene él de llenar su casa de

mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¡Cómo no se le ha ocurrido hasta

entonces hacer _una hombrada_, es decir, barrer de faldas su cocina, y

buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien?

El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · 第 2 / 16 段