algún cuerpo que lo absorbiera, no dejando pasar sino las ondas
luminosas--algo semejante al carbón animal para los colorantes
químicos; ó construir cuerdas tan poderosas, que sus vibraciones
pudieran contarse, no por miles sino por millones de millones en cada
segundo, para producir mi música en luz; ó reducir la expansión de
la onda luminosa, invisible en el sonido, contenerla en su marcha,
reflejarla, reforzarla hasta hacerla alcanzar un límite de percepción,
y verla sobre una pantalla convenientemente dispuesta.”
“De los tres métodos probables, excuso decirte que he adoptado el
último; pues los dos primeros requerirían un descubrimiento previo cada
uno, mientras que el tercero es una aplicación de aparatos conocidos.”
_¡Age dum!_ prosiguió evocando su latín, mientras abría la puerta
del segundo aposento. Aquí tienes mi aparato, añadió, al paso que me
enseñaba sobre un caballete una caja como de dos metros de largo,
enteramente parecida á un féretro. Por uno de sus extremos sobresalía
el pabellón paraboloide de una especie de clarín. En la tapa, cerca de
la otra extremidad, resaltaba un trozo de cristal que me pareció la
faceta de un prisma. Una pantalla blanca coronaba el misterioso cajón,
sobre un soporte de metal colocado hacia la mitad de la tapa.
Juan se apoyó sobre el aparato y yo me senté en la banqueta del piano.
--Oye con atención.
--Ya te imaginas.
--El pabellón que aquí ves, recoge las ondas sonoras. Este pabellón
toca al extremo de un tubo de vidrio negro, de dobles paredes, en el
cual se ha llevado el vacío á una millonésima de atmósfera. La doble
pared del tubo está destinada á contener una capa de agua. El sonido
muere en él y en el denso almohadillado que lo rodea. Queda sólo la
onda luminosa cuya expansión debo reducir para que no alcance la
amplitud suprasensible. El vidrio negro lo consigue; y ayudado por la
refracción del agua, se llega á una reducción casi completa. Además el
agua tiene por objeto absorber el calor que resulta.
--¿Y por qué el vidrio negro?
--Porque la luz negra tiene una vibración superior á la de todas las
otras, y como por consiguiente el espacio entre movimiento y movimiento
se restringe, las demás no pueden pasar por los intersticios y se
reflejan. Es exactamente análogo á una trinchera de trompos que
bailan conservando distancias proporcionales á su tamaño. Un trompo
mayor, aunque animado de menor velocidad, intenta pasar; pero se
produce un choque que lo obliga á volver sobre sí mismo.
--Y los otros, ¿no retroceden también?
--Ése es el percance que el agua está encargada de prevenir.
--Muy bien; continúa.
--Reducida la onda luminosa, se encuentra al extremo del tubo con un
disco de mercurio engarzado á aquél, cuyo disco la detiene en su marcha.
--Ah, el inevitable mercurio.
--Sí, el mercurio. Cuando el profesor Lippmann lo empleó para
corregir las interferencias de la onda luminosa en su descubrimiento
de la fotografía de los colores, aproveché el dato; y el éxito no
tardó en coronar mis previsiones. Así, pues, mi disco de mercurio
contiene la onda en marcha por el tubo, y la refleja hacia arriba
por medio de otro acodado. En este segundo tubo, hay dispuestos tres
prismas _infrangibles_, que refuerzan la onda luminosa hasta el grado
requerido para percibirla como sensación óptica. El número de prismas
está determinado por tanteo, á ojo, y el último de ellos, cerrando
el extremo del tubo, es el que ves sobresalir aquí. Tenemos, pues,
suprimida la vibración sonora, reducida la amplitud de la onda
luminosa, contenida su marcha y reforzada su acción. No nos queda más
que verla.
--¿Y se ve?
--Se ve, querido; se ve sobre esta pantalla; pero falta algo aún. Este
algo es mi piano cuyo teclado he debido transformar en series de siete
blancas y siete negras, para conservar la relación verdadera de las
transposiciones de una nota tónica á otra; relación que se establece
multiplicando la nota por el intervalo del semitono menor.
“Mi piano queda convertido, así, en un instrumento exacto, bien que
de dominio mucho más difícil. Los pianos comunes, construidos sobre
el principio de la gama temperada que luego recordaré, suprimen la
diferencia entre los tonos y los semitonos mayores y menores, de suerte
que todos los sones de la octava se reducen á doce, cuando son catorce
en realidad. El mío es un instrumento exacto y completo.”
“Ahora bien, esta reforma, equivale á abolir la gama temperada de uso
corriente, bien que sea, como dije, inexacta; y á la cual se debe en
justicia el enorme progreso alcanzado por la música instrumental desde
Sebastián Bach, quien le consagró cuarenta y ocho composiciones. Es
claro, ¿no?”
--¡Qué sé yo de todo eso! Lo que estoy viendo es que me has elegido
como se elige una pared para rebotar la pelota.
--Creo ocioso recordarte que uno no se apoya sino sobre lo que resiste.
Callamos sonriendo, hasta que Juan me dijo:
--¿Sigues creyendo, entonces, que la música no expresa nada?
Ante esta insólita pregunta que desviaba á mil leguas el argumento de
la conversación, le pregunté á mi vez:
--¿Has leído á Hanslick?
--Sí, ¿por qué?
--Porque Hanslick, cuya competencia critica no me negarás, sostiene que
la música no expresa nada, que sólo evoca sentimientos.
--¿Eso dice Hanslick? Pues bien, yo sostengo sin ser ningún critico
alemán, que la música es la expresión matemática del alma.
--Palabras...
--No, hechos perfectamente demostrables. Si multiplicas el semidiámetro
del mundo por 36, obtienes las cinco escalas musicales de Platón,
correspondientes á los cinco sentidos.
--¿Y por qué 36?
--Hay dos razones; una matemática, la otra psíquica. Según la primera,
se necesita treinta y seis números para llenar los intervalos de las
octavas, las cuartas y las quintas hasta 27, con números armónicos.
--¿Y por qué 27?
--Porque 27 es la suma de los números cubos 1 y 8; de los lineales 2
y 3; y de los planos 4 y 9--es decir, de las bases matemáticas del
universo. La razón psíquica consiste en que ese número 36, total de los
números armónicos, representa, además, el de las emociones humanas.
--¿Cómo?
--El veneciano Gozzi, Gœthe y Schiller, afirmaban que no deben existir
sino treinta y seis emociones dramáticas. Un erudito, J. Polti,
demostró el año 94, si no me equivoco, que la cantidad era exacta y que
el número de emociones humanas no pasaba de treinta y seis.
--¡Es curioso!
--En efecto; y más curioso si se tiene en cuenta mis propias
observaciones. La suma ó valor absoluto de las cifras de 36, es 9,
número irreductible; pues todos sus múltiplos lo repiten si se efectúa
con ellos la misma operación. El 1 y el 9 son los únicos números
absolutos ó permanentes; y de este modo, tanto 27 como 36, iguales á 9
por el valor absoluto de sus cifras, son números de la misma categoría.
Esto da origen, además, á una proporción, 27, ó sea el total de las
bases geométricas, es á 36, total de las emociones humanas, como x, el
alma, es al absoluto 9. Practicada la operación, se averigua que el
término desconocido es 6. Seis, fíjate bien; el doble ternario que en
la simbología sagrada de los antiguos, significaba el equilibrio del
universo. ¿Qué me dices?
Su mirada se había puesto luminosa y extraña.
--El universo es música, prosiguió animándose. Pitágoras tenía razón,
y desde Timeo hasta Kepler todos los pensadores han presentido esta
armonía. Eratóstenes llegó á determinar la escala celeste, los tonos
y semitonos entre astro y astro. Yo creo tener algo mejor; pues
habiendo dado con las notas fundamentales de la música de las esferas,
¡reproduzco en colores geométricamente combinados, el esquema del
Cosmos!...
¿Qué estaba diciendo aquel alucinado? ¿Qué torbellino de extravagancias
se revolvía en su cerebro...? Casi no tuve tiempo de advertirlo, cuando
el piano empezó á sonar.
Juan volvió á ser el inspirado de otro tiempo en cuanto sus dedos
acariciaron las teclas.
--Mi música, iba diciendo, se halla formada por los acordes de tercia
menor introducidos en el siglo XVII y que Mozart mismo consideraba
imperfectos, á pesar de que es todo lo contrario; pero su recurso
fundamental está constituido por aquellos acordes inversos que hicieron
calificar de música de los ángeles la música de Palestina...
En verdad, hasta mi naturaleza refractaria se conmovía con aquellos
sones. Nada tenían de común con las armonías habituales, y aun podía
decirse que no eran música en realidad; pero lo cierto es que sumergían
el espíritu en un éxtasis sereno, como quien dice formado de antigüedad
y de distancia.
Juan continuaba:
--Observa en la pantalla la distribución de colores que acompaña á la
emisión musical. Lo que estás escuchando es una armonía en la cual
entran las notas específicas de cada planeta del sistema, y este
sencillo conjunto termina con la sublime octava del sol, que nunca
me he atrevido á tocar, pues temo producir influencias excesivamente
poderosas. ¿No sientes algo extraño?
Sentía, en efecto, como si la atmósfera de la habitación estuviese
conmovida por presencias invisibles. Ráfagas sordas cruzaban su ámbito.
Y entre la beatitud que me regalaba la grave dulzura de aquella
armonía, una especie de aura eléctrica iba helándome de pavor. Pero
no distinguía sobre la pantalla otra cosa que una vaga fosforescencia
y como esbozos de figuras... De pronto comprendí. En la común
exaltación, habíasenos olvidado apagar la lámpara.
Iba á hacerlo, cuando Juan gritó enteramente arrebatado, entre un son
estupendo del instrumento:
--¡Mira ahora!
Yo también lancé un grito, pues acababa de suceder algo terrible.
Una llama deslumbradora brotó del foco de la pantalla. Juan, con
el pelo erizado, se puso de pie, espantoso. Sus ojos acababan de
evaporarse como dos gotas de agua bajo aquel haz de dardos flamígeros,
y él, insensible al dolor, radiante de locura, exclamaba tendiéndome
los brazos:
--¡La octava del sol, muchacho, la octava del sol!
EL ORIGEN DEL DILUVIO
EL ORIGEN DEL DILUVIO
NARRACIÓN DE UN ESPÍRITU
...La Tierra acababa de experimentar su primera incrustación sólida
y hallábase todavía en una obscura incandescencia. Mares de ácido
carbónico batían sus continentes de litio y de aluminio, pues éstos
fueron los primeros sólidos que formaron la costra terrestre. El azufre
y el boro figuraban también en débiles vetas.
Así el globo entero brillaba como una monstruosa bola de plata. La
atmósfera era de fósforo con vestigios de flúor y de cloro. Llamas de
sodio, de silicio, de magnesio, constituían la luminosa progenie de
los metales. Aquella atmósfera relumbraba tanto como una estrella,
presentando un espesor de muchos millares de kilómetros.
Sobre esos continentes y en semejantes mares, había ya vida organizada,
bien que bajo formas inconcebibles ahora; pues no existiendo aún
el fosfato de cal, dichos seres carecían de huesos. El oxígeno y el
nitrógeno, que con algunos rastros de berilo entraban en la composición
de tales vidas, completaban los únicos catorce cuerpos constituyentes
del planeta. Así, todo era en él extremadamente sencillo.
La actividad de los seres que poseían inteligencia, no era menos
intensa que ahora, sin embargo, si bien de mucho menor amplitud; y
no obstante su constitución de moluscos, vivían, obraban, sentían,
de un modo análogo al de la humanidad presente. Habían llegado, por
ejemplo, á construír enormes viviendas con rocas de litio; y el sudor
de sus cuerpos oxidaba el aluminio en copos semejantes al amianto
incandescente.
Su estructura blanda, era una consecuencia del medio poco sólido en que
tomaron origen, así como de la ligereza específica de los continentes
que habitaban. Poseían también la aptitud anfibia; pero como debían
resistir aquellas temperaturas, y mantenerse en formas definidas bajo
la presión de la profunda atmósfera, su estructura manteníase recia en
su misma fluidez.
Esbozos de hombres, más bien que hombres propiamente dichos, ó especie
de monos gigantescos y huecos, tenían la facilidad de reabsorberse en
esferas de gelatina ó la de expandirse como fantasmas hasta volverse
casi una niebla. Esto último constituía su tacto, pues necesitaban
incorporar los objetos á su ser, envolviéndolos enteramente para
sentirlos. En cambio poseían la doble vista de los sonámbulos actuales.
Carecían de olfato, gusto y oído. Eran perversos y formidables, los
peores monstruos de aquella primitiva creación. Sabían emanar de sus
fluidos organismos, seres cuya vida era breve pero dañina, semejantes
á las carroñas que dan vida á los gusanos. Fueron los gigantes de que
hablan las leyendas.
Construían sus ciudades como los caracoles sus conchas, de modo que
cada vivienda era una especie de caparazón exudada por su habitante.
Así, las casas resultaban grupos de bóvedas y las ciudades parecían
cúmulos de nubes brillantes. Eran tan altas como éstas, pero no se
destacaban en el cielo azul, pues el azul no existía entonces, porque
faltaba el aire. La atmósfera sólo se coloreaba de anaranjado y de rojo.
Apenas dos ó tres especies de aves cuyas alas no tenían plumas, sino
escamas como las de las mariposas, y cuyo tornasol preludiaba el oro
inexistente, remontaban su vuelo por la atmósfera fosfórica.
Era ésta tan elevada, y el vuelo tan vasto, que las llevaba cerca
de la luna. El arrebato magnético del astro, solía embriagarlas; y
como éste poseía entonces una atmósfera en contacto con la terrestre,
afrontábanla en ímpetu temerario yendo á caer exánimes sobre sus campos
de hielo.
Una vegetación de hongos y de líquenes gigantes arraigaba en las aún
mal seguras tierras; y no lejanos todavía del animal, en la primitiva
confusión de los orígenes, algunos sabían trasladarse por medio de
tentáculos; tenían otros, á guisa de espinas, picos de ave, que estaban
abriéndose y cerrándose; otros fosforecían á cualquier roce; otros
frutaban verdaderas arañas que se iban caminando y producían huevos de
los cuales brotaba otra vez el vegetal progenitor. Eran singularmente
peligrosos los cactus eléctricos que sabían proyectar sus espinas.
Los elementos terrestres se encontraban en perpetua instabilidad.
Surgían y fracasaban por momentos, disparatadas alotropías. La presión
enorme apenas dejaba solidificarse escasos cuerpos. Las rocas actuales
dormían el sueño de la inexistencia. Las piedras preciosas no eran sino
colores en las fajas del espectro.
Así las cosas, sobrevino la catástrofe que los hombres llamaron después
diluvio; pero ella no fué una inundación acuosa, si bien la causó una
invasión del elemento líquido. El agua tuvo intervención de otro modo.
Ahora bien, es sabido que los cuerpos, bajo ciertas circunstancias,
pueden variar sus caracteres específicos hasta perderlos casi todos con
excepción del peso; y esto es lo que recibe el nombre de alotropía.
El ejemplo clásico del fósforo rojo y del fósforo blanco, debe ser
recordado aquí: el blanco es ávido de oxígeno, tóxico y funde á los
44°; el rojo es casi indiferente al oxígeno, inofensivo é infusible,
sin contar otros caracteres que acentúan la diferencia. Sin embargo,
son el mismo cuerpo. Podría citarse además el diamante y el carbón,
para no hablar de las diversas especies de hierro, de plata, que son
también estados alotrópicos.
Nadie ignora, por otra parte, que el calor multiplica las afinidades de
la materia, haciendo posibles, por ejemplo, las combinaciones del ázoe
y del carbono con otros cuerpos, cosa que no sucede á la temperatura
ordinaria; y conviene recordar además, que basta la presencia en un
cuerpo de partículas pertenecientes á algunos otros, para cambiar sus
propiedades ó comunicarles nuevas--siendo particularmente interesante á
este respecto lo que sucede al aluminio puesto en contacto por choque,
con el mercurio; pues basta eso para que se oxide en seco, descomponga
el agua y sea atacado por los ácidos nítrico y sulfúrico, al revés
exactamente de lo que le pasa cuando no existe tal contacto.
Á estas causas de variabilidad de los cuerpos, es menester añadir la
presión, capaz por sí sola de disgregar los sólidos hasta licuarlos,
cualquiera que sea su maleabilidad, y sin exceptuar al mismo acero,
pues nada más que con la presión se ha llegado á convertirlo en una
masa blanduzca, trabajándolo con entera comodidad.
Mencionaremos, por último, una extraña propiedad que los químicos
llaman acción catalítica, ó en términos vulgares, acción de presencia,
y por medio de la cual ciertos cuerpos provocan combinaciones de otros,
sin tomar parte en las mismas. Entre éstos, uno de los más activos, y
el que interviene en mayor número de casos, es el vapor de agua. Los
datos que anteceden, nos ponen ya en situación de explicar el fenómeno
al cual están dedicadas estas líneas.
Sucedió por entonces que la atmósfera terrestre, condensándose en torno
al globo, empezó á ejercer una atracción progresiva sobre la atmósfera
de la luna. Al cabo de cierto tiempo, esta atmósfera no pudo resistir á
aquella atracción, y empezó á incorporar con la nuestra sus elementos
más ligeros. La falta de presión causada por este fenómeno, vaporizó
los mares de la luna que estaban helados hacía muchos siglos; y una
niebla fría, á muchos grados bajo nuestro cero termométrico, rodeó al
astro muerto como un sudario.
Cierto día el vapor acuoso se precipitó en la atmósfera terrestre, y
ésta vió aumentado su peso en varios miles de millones de toneladas.
Á tal fenómeno, unióse la acción catalítica del vapor, y entonces fué
cuando empezaron á disgregarse los sólidos terrestres.
Un ablandamiento progresivo, dió á todos la consistencia del yeso;
pero cuando el fénomeno siguió, deleznándose aquéllos en una especie
de lodo, empezó la catástrofe. Las montañas fueron aplastándose por su
propio peso, hasta degenerar en médanos que el viento arrasaba. Las
mansiones de los gigantes volviéronse polvo á su vez, y pronto hubo de
observarse con horror que el elemento líquido cambiaba de estado en la
forma más extraordinaria; secábase sin desaparecer, volviéndose también
polvo por la disgregación de sus moléculas, y se confundía con el otro
en un solo cuerpo, seco y fluido á la vez--sin olor, sin color y sin
temperatura.
Lo malo era que el fenómeno no se efectuaba al mismo tiempo en la
materia organizada. Ésta resistía mejor, sin duda por su condición
semi-líquida; pero semejante diferencia implicaba la muerte violenta
en aquella disgregación. Poco después no hubo en el globo otra
existencia que la flotante sobre esa especie de arenas cósmicas; mas
ya la mayor parte de los seres animados había muerto de inanición;
pues aunque no comían como nosotros, absorbían del aire sus principios
vitales, y el aire estaba cambiado por los elementos de la luna.
Apenas uno que otro gran molusco se revolvía sobre le universal
fluidez sin olas, bajo el horror de la atmósfera gigantesca, preñada
de tósigos mortales, donde se operaba la futura organización. Tampoco
pudieron ellos resistir á esas combustiones, ni adaptarse al estado
de disgregación; y, por otra parte, éste los afectaba á su vez. Ellos
fueron también disolviéndose hasta desaparecer; y entonces, sobre el
ámbito del planeta, fué la soledad y la negra noche.
Millares de años después, los elementos empezaron á recomponerse.
Formidables tempestades químicas conmovieron el estado crítico de la
masa, y los catorce cuerpos primitivos revivieron engendrando nuevas
combinaciones.
El litio se triplicó en potasio, rubidio y cesio; el fósforo en
arsénico, antimonio y bismuto; el carbono engendró titanio y
zirconio; el azufre, selenio y telurio...
Los océanos fueron ya de agua, el agua de la luna periódicamente
exaltada hacia su origen por la armónica dilatación de las mareas. La
atmósfera se había vuelto de aire semejante al nuestro, aunque saturado
de ácido carbónico.
Ningún ser vivo quedaba de la anterior creación. Hasta sus huellas
habían sido destruidas. Pero los vapores de la luna trajeron consigo
gérmenes vivificantes, que el nuevo estado de la Tierra fué llamando
lentamente á la existencia.
El mar se cubrió de vidas rudimentarias. La costra sólida pululó de
hierbas, y el dominio de éstas duró una edad.
Pero yo no sabría repetir el enorme proceso. Réstame decir que los
primeros seres humanos fueron organismos del agua; monstruos hermosos,
mitad pez, mitad mujer, llamados después sirenas en las mitologías.
Ellos dominaban el secreto de la armonía original, y trajeron al
planeta las melodías de la luna que encerraban el secreto de la muerte.
Fueron blancos de carne como el astro materno; y el sodio primitivo
que saturaba su nuevo elemento de existencia, al engendrar de sí los
metales nobles, hizo vegetar en sus cabelleras el oro hasta entonces
desconocido...
...He aquí lo que mi memoria millonaria de años, evoca con un sentido
humano, y he aquí lo que he venido á deciros descendiendo de mi
región--el cono de sombra de la Tierra. Os añadiré que estoy condenado
á permanecer en él durante toda la edad del planeta.
* * * * *
La médium calló, recostando fatigosamente su cabeza sobre el respaldo
del sofá. Y Mr. Skinner, una de las ocho personas que asistían á la
sesión, no pudo menos de exclamar en las tinieblas:
--¡El cono de sombra! ¡El diluvio! ... ¡Disparatada superchería!
Nada pudimos replicarle, pues un estertor de la médium nos distrajo.
De su costado izquierdo desprendíase rápidamente una masa tenebrosa,
asaz perceptible en la penumbra. Creció como un globo, proyectó de su
seno largos tentáculos, y acabó por desprenderse á modo de una araña
gigantesca. Siguió dilatándose hasta llenar el aposento, envolviéndonos
como un mucílago y jadeando con un rumor de queja. No tenía forma
definida en la obscuridad espesada por su presencia; pero si el horror
se objetiva de algún modo, aquello era el horror.
Nadie intentaba moverse, ante el espantoso hormigueo de tentáculos de
sombra que se sentía alrededor, y no sé cómo hubiera acabado eso, si la
médium no implora con voz desfallecida:
--¡Luz, luz Dios mío!
Tuve fuerzas para saltar hasta la llave de la luz eléctrica; y junto
con su rayo, la masa de sombra estalló sin ruido, en una especie de
suspiro enorme.
Mirámonos en silencio.
Algo como un lodo heladísimo nos cubría enteramente, y aquello habría
bastado para prodigio, si al acudir á su lavatorio, Skinner no realiza
un hallazgo más asombroso.
En el fondo de la palangana, yacía no más grande que un ratón, pero
acabada de formas y de hermosura, irradiando mortalmente su blancor,
una pequeña sirena muerta.
LOS CABALLOS DE ABDERA
LOS CABALLOS DE ABDERA
Abdera, la ciudad tracia del Egeo, que actualmente es Balastra y que no
debe ser confundida con su tocaya bética, era célebre por sus caballos.
Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella descollaba
hasta ser única. Los habitantes todos tenían á gala la educación de
tan noble animal, y esta pasión cultivada á porfía durante largos
años, hasta formar parte de las tradiciones fundamentales, había
producido efectos maravillosos. Los caballos de Abdera gozaban de fama
excepcional, y todas las poblaciones tracias, desde los cicones hasta
los bisaltos, eran tributarios en esto de los bistones, pobladores de
la mencionada ciudad. Debe añadirse que semejante industria, uniendo
el provecho á la satisfacción, ocupaba desde el rey hasta el último
ciudadano.
Estas circunstancias habían contribuido también á intimar las
relaciones entre el bruto y sus dueños, mucho más de lo que era y es
habitual para el resto de las naciones; llegando á considerarse las
caballerizas como un ensanche del hogar, y extremándose las naturales
exageraciones de toda pasión, hasta admitir caballos en la mesa.