mártir. Wilfrido de Hohenstein, clavado en una cruz muy baja, parecía
estar muerto en pie. Desnudo enteramente, cruzado su cuerpo de rayas
rojas, la cabeza doblada, los cabellos rubios cubriéndole los ojos,
las manos y los pies como envueltos en púrpura, semejaba una efigie de
altar. La muerte no conseguía ajar su juventud, realzándola más bien
como una escarcha fina sobre un mármol artístico. El patíbulo daba al
mar, sobre la ciudad ruinosa, desamparado bajo el cielo. Y los soldados
admiraban en voz baja, con palabras bárbaramente desgarradas en vómitos
guturales, aquella juventud enemiga, tan viril bajo los cabellos rubios
ceñidos ya por una gloria de apogeos.
El cuerpo de Wilfrido de Hohenstein no era ya sino un despojo. Estaba
muy blanco, casi transparente, como un vaso de alabastro que ha dejado
correr todo su vino; y bajo sus párpados entreabiertos, se vislumbraba
una minúscula estrella azul.
Un buitre sirio, á inmensa altura, mecíase entre los cenitales
esplendores. Los soldados lo vieron y entonces recordaron. Aunque la
agonía del caballero fué larga, era indudable que ya estaba muerto.
El agá se aproximó y levantó uno de los párpados. La estrellita azul
se había apagado en el fondo de la órbita. De la comisura labial,
desprendíase un hilo de sangre.
Nadie se atrevió á abofetearle, á pesar de que era la costumbre, porque
su sueño apaciguaba con su inmensa blancura. Tendieron simplemente la
cruz y empezaron á desclavarle. Pero la mano derecha resistía tanto,
que el agá la cortó con su gumía dejándola clavada en el poste. Y como
la cruz aquella podía servir para ajusticiar otros perros, resolvieron
conservarla en la armería.
La mano permaneció así durante un mes. Nadie se acordaba ya de aquello,
cuando el 12 de julio de 1099, un emisario sarraceno vino en su caballo
moribundo á decir á Abu-Djezzar que los cristianos arrojando escalas
sobre los muros de Solima, al rayar la aurora, y encerrados en fuertes
ingenios de madera, hacían llover sobre los fieles del Profeta un
aguacero de aceite y pez hirviendo.
Abu-Djezzar mandó afilar los alfanjes y descendió á la armería para
inspeccionar los arneses de peones y caballeros.
Lucían los hierros en la penumbra de la sala. Había allí lorigas de
Egipto, yataganes de Damasco; lanzas españolas, largas de diez palmos;
adargas de cuero de hipopótamo, tomadas á los nubios; estribos tajantes
al uso berberisco y puñales bizantinos que parecían de agua.
El musulmán recorría con ojo satisfecho aquel arsenal provisto por
el califa, de tantas y tan hermosas armas. Sus babuchas sonaban en
las lozas de la galería, y soberbiamente envuelto en su albornoz,
examinábalo todo.
Habíase quitado el turbante, y su cabeza afeitada ostentaba en el
occipucio el penacho de cabellos por donde el ángel Gabriel le
conduciría al Paraíso el día del juicio. Nadaban en sus ojos dos
chispas, y bajo su labio crispado, la dentadura fijaba un brillo
siniestro.
Desde su sitio percibía la cruz disimulada en la sombra donde
amarilleaba la mano del mártir. Y andando, andando, se encontró debajo
de ella con la mirada fija en una de las perchas de la armería.
En ese momento eran las tres de la tarde. El caballero de l’Estoile
acababa de saltar sobre las murallas de Jerusalén.
Y como el agá apareciera en la puerta, Abu-Djezzar le increpó:
--¡Alá los extermine! ¡Malditos perros!...
No pudo concluir. La mano, espantosamente viva, se había abierto como
una garra, retorciéndose en su clavo y enredando entre sus dedos los
cabellos del infiel.
El agá, loco de horror, huyó á lo alto de la ciudadela. Los soldados
acudieron, mas nadie se atrevió á tocar aquella formidable reliquia que
mantenía invenciblemente agarrada la presa enemiga.
Abu-Djezzar yacía muerto al pie de la cruz, con la lengua apretada
entre los dientes y tendidos los brazos que descuartizaba una
convulsión.
Esa misma tarde el agá hizo arrojar por sobre las murallas el siniestro
crucifijo, sin que la mano volviera á abrirse desde entonces. Y los
cristianos de Jafa, sabederos del hecho por un prisionero de la
ciudadela tomado pocos días después, condujeron en procesión aquel
trofeo erigiendo un altar al caballero del blanco yelmo, que padeció
muerte de cruz entre los infieles el 16 de junio del año 1099 de Cristo.
* * * * *
Ahora, en el convento de los franciscanos de Jafa, puede verse bajo una
urna de cristal, clavada en su trozo de madera y asiendo un puñado de
cabellos, todavía fresca como para consolar la décima séptima agonía de
Jerusalén, la mano blanca de san Wilfrido de Hohenstein.
EL ESCUERZO
EL ESCUERZO
Un día de tantos, jugando en la quinta de la casa donde habitaba
la familia, me di con un pequeño sapo que, en vez de huir como sus
congéneres más corpulentos, se hinchó extraordinariamente bajo mis
pedradas. Tenía horror á los sapos y era mi diversión aplastar cuantos
podía. Así es que el pequeño y entonado batracio no tardó en sucumbir
á los golpes de mis piedras. Como todos los muchachos criados en la
vida semi-campestre de nuestras ciudades de provincia, yo era un sabio
en lagartos y sapos. Además, la casa está situada cerca de un arroyo
que cruza por la ciudad, lo cual contribuía á aumentar la frecuencia
de mis relaciones con tales reptiles. Entro en estos detalles, para
que se comprenda bien cómo me sorprendí al notar que el atrabiliario
sapito me era enteramente desconocido. Circunstancia de consulta, pues.
Y tomando mi víctima con toda la precaución del caso, fuí á preguntar
por ella á la vieja criada, confidente mía en las primeras empresas
de cazador. Tenía yo ocho años y ella sesenta. El asunto había, pues,
de interesarnos á ambos. La buena mujer estaba, como de costumbre,
sentada á la puerta de la cocina, y yo esperaba ver acogido mi relato
con la acostumbrada benevolencia, cuando apenas hube empezado, la vi
levantarse apresuradamente y arrebatarme de las manos el despanzurrado
animalito.
--¡Gracias á Dios que no lo hayas dejado! exclamó con muestras de la
mayor alegría. En este mismo instante vamos á quemarlo.
--¿Quemarlo? dije yo; ¿pero qué va á hacer, si ya está muerto?
--No sabes que es un escuerzo--replicó en tono misterioso mi
interlocutora--¿y que este animalito resucita sino se quema? ¿Quién te
mandó matarlo? ¡Eso habías de sacar al fin con tus pedradas! Ahora voy
á contarte lo que le pasó al hijo de mi amiga la finada Antonia, que en
paz descanse.
Mientras hablaba, había recogido y encendido algunas astillas sobre las
cuales puso el cadáver del escuerzo.
¡Un escuerzo! decía yo, aterrado bajo mi piel de muchacho travieso; ¡un
escuerzo! Y sacudía los dedos como si el frío del sapo se me hubiera
pegado á ellos. ¡Un sapo resucitado! Era para enfriarle la médula á un
hombre de barba entera.
--¿Pero usted piensa contarnos una nueva batracomiomaquia? interrumpió
aquí Julia con el amable desenfado de su coquetería de treinta años.
--De ningún modo, señorita. Es una historia _que ha pasado_.
Julia sonrió.
--No puede usted figurarse cuánto deseo conocerla...
--Será usted complacida, tanto más cuanto que tengo la pretensión de
vengarme con ella de su sonrisa. Así, pues, proseguí; mientras se asaba
mi fatídica pieza de caza, la vieja criada hilvanó su narración que es
como sigue:
Antonia, su amiga, viuda de un soldado, vivía con el hijo único
que había tenido de él, en una casita muy pobre, distante de toda
población. El muchacho trabajaba para ambos, cortando madera en el
vecino bosque, y así pasaban año tras año, haciendo á pie la jornada
de la vida. Un día volvió, como de costumbre, por la tarde, para tomar
su mate, alegre, sano, vigoroso, con su hacha al hombro. Y mientras lo
hacían, refirió á su madre que en la raíz de cierto árbol muy viejo
había encontrado un escuerzo, al cual no le valieron hinchazones para
quedar hecho una tortilla bajo el ojo de su hacha.
La pobre vieja se llenó de aflicción al escucharle, pidiéndole que por
favor la acompañara al sitio para quemar el cadáver del animal.
--Has de saber, le dijo, que el escuerzo no perdona jamás al que lo
ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no
descansa hasta que puede hacer con él otro tanto.
El buen muchacho rió grandemente del cuento, intentando convencer á la
pobre vieja de que aquello era una paparrucha buena para asustar chicos
molestos, pero indigna de preocupar á una persona de cierta reflexión.
Ella insistió, sin embargo, en que la acompañara á quemar los restos
del animal.
Inútil fué toda broma, toda indicación sobre lo distante del sitio,
sobre el daño que podía causarle, siendo ya tan vieja, el sereno
de aquella tarde de noviembre. Á toda costa quiso ir y él tuvo que
decidirse á acompañarla.
No era tan distante; unas seis cuadras á lo más. Fácilmente dieron con
el árbol recién cortado, pero por más que hurgaron entre las astillas y
las ramas desprendidas, el cadáver del escuerzo no apareció.
--¿No te dije? exclamó ella echándose á llorar; ya se ha ido; ahora
ya no tiene remedio esto. ¡Mi padre San Antonio te ampare!
--Pero qué tontera, afligirse así. Se lo habrán llevado las hormigas ó
lo comería algún zorro hambriento. ¡Habráse visto extravagancia, llorar
por un sapo! Lo mejor es volver, que ya viene anocheciendo y la humedad
de los pastos es dañosa.
Regresaron, pues, á la casita, ella siempre llorosa, él procurando
distraerla con detalles sobre el maizal que prometía buena cosecha
si seguía lloviendo; hasta volver de nuevo á las bromas y risas en
presencia de su obstinada tristeza. Era casi de noche cuando llegaron.
Después de un registro minucioso por todos los rincones, que excitó
de nuevo la risa del muchacho, comieron en el patio, silenciosamente,
á la luz de la luna, y ya se disponía él á tenderse sobre su apero
para dormir, cuando Antonia le suplicó que por aquella noche siquiera,
consintiese en encerrarse dentro de una caja de madera que poseía y
dormir allí.
La protesta contra semejante petición fué viva. Estaba chocha, la
pobre, no había duda. ¡Á quién se le ocurría pensar en hacerle dormir
con aquel calor, dentro de una caja que seguramente estaría llena de
sabandijas!
Pero tales fueron las súplicas de la anciana, que como el muchacho la
quería tanto, decidió acceder á semejante capricho. La caja era grande,
y aunque un poco encogido, no estaría del todo mal. Con gran solicitud
fué arreglada en el fondo la cama, metióse él adentro, y la triste
viuda tomó asiento al lado del mueble, decidida á pasar la noche en
vela para cerrarlo apenas hubiera la menor señal de peligro.
Calcula ella que sería la medianoche, pues la luna muy baja empezaba
á bañar con su luz el aposento, cuando de repente un bultito negro,
casi imperceptible, saltó sobre el dintel de la puerta que no se había
cerrado por efecto del gran calor. Antonia se estremeció de angustia.
Allí estaba, por fin, el vengativo animal, sentado sobre las patas
traseras, como meditando un plan. ¡Qué mal había hecho el joven en
reírse! Aquella figurita lúgubre, inmóvil en la puerta llena de luna,
se agrandaba extraordinariamente, tomaba proporciones de monstruo.
¿Pero, si no era más que uno de los tantos sapos familiares que
entraban cada noche á la casa en busca de insectos? Un momento respiró,
sostenida por esta idea. Mas el escuerzo dió de pronto un saltito,
después otro, en dirección de la caja. Su intención era manifiesta. No
se apresuraba, como si estuviera seguro de su presa. Antonia miró con
indecible expresión de terror á su hijo; dormía, vencido por el sueño,
respirando acompasadamente.
Entonces, con mano inquieta, dejó caer sin hacer ruido la tapa del
pesado mueble. El animal no se detenía. Seguía saltando. Estaba ya al
pie de la caja. Rodeóla pausadamente, se detuvo en uno de los ángulos,
y de súbito, con un salto increíble en su pequeña talla, se plantó
sobre la tapa.
Antonia no se atrevió á hacer el menor movimiento. Toda su vida se
había concentrado en sus ojos. La luna bañaba ahora enteramente la
pieza. Y he aquí lo que sucedió: El sapo comenzó á hincharse por
grados, aumentó, aumentó de una manera prodigiosa, hasta triplicar
su volumen. Permaneció así durante un minuto, en que la pobre mujer
sintió pasar por su corazón todos los ahogos de la muerte. Después fué
reduciéndose, reduciéndose hasta recobrar su primitiva forma, saltó
á tierra, se dirigió á la puerta y atravesando el patio acabó por
perderse entre las hierbas.
Entonces se atrevió Antonia á levantarse, toda temblorosa. Con un
violento ademán abrió de par en par la caja. Lo que sintió fué de tal
modo horrible, que á los pocos meses murió víctima del espanto que le
produjo.
Un frío mortal salía del mueble abierto, y el muchacho estaba helado
y rígido bajo la triste luz en que la luna amortajaba aquel despojo
sepulcral, hecho piedra ya bajo un inexplicable baño de escarcha.
LA METAMÚSICA
LA METAMÚSICA
Como hiciera varias semanas que no le veía, al encontrarle le
interrogué:
--¿Estás enfermo?
--No; mejor que nunca y alegre como unas pascuas. ¡Si supieras lo que
me ha tenido absorto durante estos dos meses de encierro!
Pues hacía efectivamente dos meses que se le extrañaba en su círculo
literario, en los cafés familiares y hasta en el paraíso de la Ópera,
su predilección.
El pobre Juan tenía una debilidad: la música. En sus buenos tiempos,
cuando el padre opulento y respetado compraba palco, Juan podía
entregarse á su pasión favorita con toda comodidad. Después acaeció
un derrumbe--títulos bajos, hipotecas, remates... El viejo murió de
disgusto y Juan se encontró solo en esa singular autonomía de la
orfandad, que toca por un extremo al tugurio y por el otro á la fonda
de dos platos, sin vino.
Por no ser huésped de cárcel, se hizo empleado que cuesta más y
produce menos; pero hay seres timoratos en medio de su fuerza, que
temen á la vida lo bastante para respetarla, acabando por acostarse con
sus legítimas después de haber pensado en veinte queridas.
La existencia de Juan se volvió entonces acabadamente monótona. Su
oficina, sus libros y su banqueta del paraíso, fueron para él la
obligación y el regalo. Estudió mucho, convirtiéndose en un teorizador
formidable. Analogías de condición y de opiniones nos acercaron, nos
amistaron y concluyeron por unirnos en sincera afección. Lo único
que nos separaba era la música, pues jamás entendí una palabra de
sus disertaciones, ó mejor dicho nunca pude conmoverme con ellas,
pareciéndome falso en la práctica lo que por raciocinio encontraba
evidente; y como en arte la comprensión está íntimamente ligada á la
emoción sentida, al no sentir yo nada con la música, claro está que no
la entendía.
Esto desesperaba á mi amigo cuya elocuencia crecía en proporción á mi
incapacidad para gozar con lo que, siendo para él emoción superior,
sólo me resultaba confusa algarabía.
Conservaba de su pasado bienestar un piano, magnífico instrumento cuyos
acordes solían comentar sus ideas cuando mi rebelde emoción fracasaba
en la prueba.
--Comprendo que la palabra no alcance á expresarlo, decía, pero
escucha; abre bien las puertas de tu espíritu; es imposible que dejes
de entender. Y sus dedos recorrían el teclado en una especie de mística
exaltación.
Así discutíamos los sábados por la noche, alternando las disertaciones
líricas con temas científicos en los que Juan era muy fuerte, y
recitando versos. Las tres de la mañana siguiente era la hora habitual
de despedirnos. Júzguese si nuestra conversación sería prolongada
después de ocho semanas de separación.
--¿Y la música, Juan?
--Querido, he hecho descubrimientos importantes.
Su fisonomía tomó tal carácter de seriedad, que le creí acto continuo.
Pero una idea me ocurrió de pronto.
--¿Compones?
Los ojos le fulguraron.
--Mejor que eso, mucho mejor que eso. Tú eres un amigo del alma y
puedes saberlo. El sábado por la noche, como siempre, ya sabes; en
casa; pero no lo digas á nadie, ¿eh? ¡Á nadie! añadió casi terrible.
Calló un instante; luego me pellizcó confidencialmente la punta de la
oreja, mientras una sonrisa maliciosa entreabría sus febriles labios.
--Allá comprenderás por fin, allá verás. Hasta el sábado, ¿no?...
Y como le mirara interrogativo, añadió lanzándose sobre el estribo de
un tranvía, pero de modo que sólo yo pudiese oirle:
--...¡Los colores de la música!...
Era un miércoles. Me era menester esperar tres días para conocer el
sentido de aquella prosa. ¡Los colores de la música! me decía. ¿Será
un fenómeno de audición coloreada? ¡Imposible! Juan es un muchacho muy
equilibrado para caer en eso. Parece excitado, pero nada revela una
alucinación en sus facultades. Después de todo, ¿por qué no ha de ser
verdad su descubrimiento?... Sabe mucho, es ingenioso, perseverante,
inteligente... La música no le impide cultivar á fondo las matemáticas,
y éstas son la sal del espíritu. En fin, esperemos.
Pero no obstante mi resignación, una intensa curiosidad me embargaba;
y el pretexto ingenuamente hipócrita de este género de situaciones, no
tardó en presentarse.
Juan está enfermo, á no dudarlo. Abandonarle en tal situación, sería
poco discreto. Lo mejor es verle, hablarle, hacer cuanto pueda para
impedir algo peor. Iré esta noche. Y esa misma noche fuí, aunque
reconociendo en mi intento más curiosidad de lo que hubiese querido.
Daban las nueve cuando llegué á la casa. La puerta estaba cerrada. Una
sirvienta desconocida vino á abrirme. Pensé que sería mejor darme por
amigo de confianza, y después de expresar las buenas noches con mi
entonación más confidencial:
--¿Está Juan? pregunté.
--No, señor; ha salido.
--¿Volverá pronto?
--No ha dicho nada.
--Porque si volviera pronto, añadí insistiendo, le pediría permiso para
esperarle en su cuarto. Soy su amigo íntimo y tengo algo urgente que
comunicarle.
--Á veces no vuelve en toda la noche.
Esta evasiva me reveló que se trataba de una consigna, y decidí
retirarme sin insistir. Volví el jueves, el viernes, con igual
resultado. Juan no quería recibirme, y esto, francamente, me
exasperaba. El sábado me tendría fuerte, vencería mi curiosidad,
no iría. El sábado á las nueve de la noche había dominado aquella
puerilidad. Juan en persona me abrió.
--Perdona; sé que me has buscado; no estaba; tenía que salir todas las
noches.
--Sí; te has convertido en personaje misterioso.
--Veo que mi descubrimiento te interesa de veras.
--No mucho, mira; pero francamente, al oirte hablar de los colores
de la música, temí lo que hay que temer, y ahí tienes la causa de mi
insistencia.
--Gracias, quiero creerte, y me apresuro á asegurarte que no estoy
loco. Tu duda lastima mi amor propio de inventor, pero somos demasiado
amigos para no prometerte una venganza.
Mientras, habíamos atravesado un patio lleno de plantas. Pasamos bajo
un zaguán, doblamos á la derecha, y Juan abriendo una puerta dijo:
--Entra; voy á pedir el café.
Era el cuarto habitual, con su escritorio, su ropero, su armario de
libros, su catre de hierro. Noté que faltaba el piano. Juan volvía en
ese momento.
--¿Y el piano?
--Está en la pieza inmediata. Ahora soy rico; tengo dos “salones”.
--¡Qué opulencia!
Y esto nos endilgó en el asunto.
Juan, que paladeaba con deleite su café, empezó tranquilamente:
--Hablemos en serio. Vas á ver una cosa interesante. _'Vas á ver_,
óyelo bien. No se trata de teorías. Las notas poseen cada cual su
color, no arbitrario, sino real. Alucinaciones y chifladuras nada
tienen que ver con esto. Los aparatos no mienten, y mi aparato hace
perceptibles los colores de la música. Tres años antes de conocerte,
emprendí las experiencias coronadas hoy por el éxito. Nadie lo sabía
en casa, donde, por otra parte, la independencia era grande, como
recordarás. Casa de viudo con hijos mayores... Dicho esto en forma de
disculpa por mi reserva, que espero no atribuyas á desconfianza, quiero
hacerte una descripción de mis procedimientos, antes de empezar mi
pequeña fiesta científica.
Encendimos los cigarrillos y Juan continuó.
--Sabemos por la teoría de la unidad de la fuerza, que el movimiento
es, según los casos, luz, calor, sonido, etc.; dependiendo estas
diferencias--que esencialmente no existen, pues son únicamente modos
de percepción de nuestro sistema nervioso--del mayor ó menor número de
vibraciones de la onda etérea.
“Así, pues, en todo sonido hay luz, calor, electricidad latentes,
como en toda luz hay á su vez electricidad, calor y sonido. El ultra
violeta del espectro, señala el limite de la luz y es ya calor, que
cuando llegue á cierto grado se convertirá en luz... Y la electricidad
igualmente. ¿Por qué no ocurriría lo mismo con el sonido? me dije; y
desde aquel momento quedó planteado mi problema.”
“La escala musical está representada por una serie de números cuya
proporción, tomando al do como unidad, es bien conocida; pues la
armonía se halla constituida por proporciones de número, ó en otros
términos se compone de la relación de las vibraciones aéreas por un
acorde de movimientos desemejantes.”
“En todas las músicas sucede lo mismo, cualquiera que sea su
desarrollo. Los griegos que no conocían sino tres de las consonancias
de la escala, llegaban á idénticas proporciones: 1 á 2, 3 á 2, 4 á
3. Es, como observas, matemático. Entre las ondulaciones de la luz
tiene que haber una relación igual, y es ya vieja la comparación. El
1 del do, está representado por las vibraciones de 369 millonésimas
de milímetro que engendran el violado, y el 2 de la octava por el
duplo; es decir, por las de 738 que producen el rojo. Las demás notas,
corresponden cada una á un color.”
“Ahora bien, mi raciocinio se efectuaba de este modo.”
“Cuando oímos un sonido, no miramos la luz, no palpamos el calor, no
sentimos la electricidad que produce, porque las ondas caloríficas,
luminosas y eléctricas son imperceptibles por su propia amplitud. Por
la misma razón no oímos cantar la luz, aunque la luz canta real y
verdaderamente, cuando sus vibraciones que constituyen los colores,
forman proporciones armónicas. Cada percepción tiene un límite de
intensidad, pasado el cual se convierte en impercepción para nosotros.
Estos límites no son coincidentes en la mayoría de los casos, lo
cual obedece al progresivo trabajo de diferenciación efectuado por
los sentidos en los organismos superiores; de tal modo que si al
producirse una vibración, no percibimos más que uno de los movimientos
engendrados, es porque los otros, ó han pasado el limite máximo, ó no
han alcanzado el límite mínimo de la percepción. Á veces se consigue,
sin embargo, la simultaneidad. Así, vemos el color de una luz, palpamos
su calor y medimos su electricidad...”
Todo esto era lógico; pero en cuanto al sonido, tenía una objeción muy
sencilla que hacer y la hice:
--Es claro; y si con el sonido no sucede así, es porque se trata de
una vibración aérea, mientras que las otras son vibraciones etéreas.
--Perfectamente; pero la onda aérea provoca vibraciones etéreas,
puesto que al propagarse conmueve al éter intermedio entre molécula
y molécula de aire. ¿_Qué es_ esta segunda vibración? Yo he llegado á
demostrar que es luz. ¿Quién sabe si mañana un termómetro ultrasensible
no averiguará las temperaturas del sonido?
“Un sabio injustamente olvidado, Louis Lucas, dice lo que voy á leer,
en su _Chimie Nouvelle_:”
“Si se estudia con cuidado las propiedades del monocordio, se nota que
en toda jerarquía sonora no existen, en realidad, más que tres puntos
de primera importancia: la tónica, la quinta y la tercia, siendo la
octava reproducción de ellas á diversa altura, y permaneciendo en
las tres resonancias la tónica como punto de apoyo; la quinta es su
antagonista y la tercia un punto indiferente, pronto á seguir á aquél
de los dos contrarios que adquiera superioridad.”
“Esto es también lo que hallamos en tres cuerpos simples, cuya
importancia relativa no hay necesidad de recordar: el hidrógeno, el
ázoe y el oxígeno. El primero por su negativismo absoluto en presencia
de los otros metaloides, por sus propiedades esencialmente básicas,
toma el sitio de la tónica ó reposo relativo; el oxígeno, por sus
propiedades antagónicas, ocupa el lugar de la quinta; y por fin, la
indiferencia bien conocida del ázoe, le asigna el rol de la tercia.”
“Ya ves que no estoy solo en mis conjeturas, y que ni siquiera voy tan
lejos; mas lleguemos cuanto antes á la narración de la experiencia.”