Tres horas después, los soldados venían en grupos á contemplar el

mártir. Wilfrido de Hohenstein, clavado en una cruz muy baja, parecía

estar muerto en pie. Desnudo enteramente, cruzado su cuerpo de rayas

rojas, la cabeza doblada, los cabellos rubios cubriéndole los ojos,

las manos y los pies como envueltos en púrpura, semejaba una efigie de

altar. La muerte no conseguía ajar su juventud, realzándola más bien

como una escarcha fina sobre un mármol artístico. El patíbulo daba al

mar, sobre la ciudad ruinosa, desamparado bajo el cielo. Y los soldados

admiraban en voz baja, con palabras bárbaramente desgarradas en vómitos

guturales, aquella juventud enemiga, tan viril bajo los cabellos rubios

ceñidos ya por una gloria de apogeos.

El cuerpo de Wilfrido de Hohenstein no era ya sino un despojo. Estaba

muy blanco, casi transparente, como un vaso de alabastro que ha dejado

correr todo su vino; y bajo sus párpados entreabiertos, se vislumbraba

una minúscula estrella azul.

Un buitre sirio, á inmensa altura, mecíase entre los cenitales

esplendores. Los soldados lo vieron y entonces recordaron. Aunque la

agonía del caballero fué larga, era indudable que ya estaba muerto.

El agá se aproximó y levantó uno de los párpados. La estrellita azul

se había apagado en el fondo de la órbita. De la comisura labial,

desprendíase un hilo de sangre.

Nadie se atrevió á abofetearle, á pesar de que era la costumbre, porque

su sueño apaciguaba con su inmensa blancura. Tendieron simplemente la

cruz y empezaron á desclavarle. Pero la mano derecha resistía tanto,

que el agá la cortó con su gumía dejándola clavada en el poste. Y como

la cruz aquella podía servir para ajusticiar otros perros, resolvieron

conservarla en la armería.

La mano permaneció así durante un mes. Nadie se acordaba ya de aquello,

cuando el 12 de julio de 1099, un emisario sarraceno vino en su caballo

moribundo á decir á Abu-Djezzar que los cristianos arrojando escalas

sobre los muros de Solima, al rayar la aurora, y encerrados en fuertes

ingenios de madera, hacían llover sobre los fieles del Profeta un

aguacero de aceite y pez hirviendo.

Abu-Djezzar mandó afilar los alfanjes y descendió á la armería para

inspeccionar los arneses de peones y caballeros.

Lucían los hierros en la penumbra de la sala. Había allí lorigas de

Egipto, yataganes de Damasco; lanzas españolas, largas de diez palmos;

adargas de cuero de hipopótamo, tomadas á los nubios; estribos tajantes

al uso berberisco y puñales bizantinos que parecían de agua.

El musulmán recorría con ojo satisfecho aquel arsenal provisto por

el califa, de tantas y tan hermosas armas. Sus babuchas sonaban en

las lozas de la galería, y soberbiamente envuelto en su albornoz,

examinábalo todo.

Habíase quitado el turbante, y su cabeza afeitada ostentaba en el

occipucio el penacho de cabellos por donde el ángel Gabriel le

conduciría al Paraíso el día del juicio. Nadaban en sus ojos dos

chispas, y bajo su labio crispado, la dentadura fijaba un brillo

siniestro.

Desde su sitio percibía la cruz disimulada en la sombra donde

amarilleaba la mano del mártir. Y andando, andando, se encontró debajo

de ella con la mirada fija en una de las perchas de la armería.

En ese momento eran las tres de la tarde. El caballero de l’Estoile

acababa de saltar sobre las murallas de Jerusalén.

Y como el agá apareciera en la puerta, Abu-Djezzar le increpó:

--¡Alá los extermine! ¡Malditos perros!...

No pudo concluir. La mano, espantosamente viva, se había abierto como

una garra, retorciéndose en su clavo y enredando entre sus dedos los

cabellos del infiel.

El agá, loco de horror, huyó á lo alto de la ciudadela. Los soldados

acudieron, mas nadie se atrevió á tocar aquella formidable reliquia que

mantenía invenciblemente agarrada la presa enemiga.

Abu-Djezzar yacía muerto al pie de la cruz, con la lengua apretada

entre los dientes y tendidos los brazos que descuartizaba una

convulsión.

Esa misma tarde el agá hizo arrojar por sobre las murallas el siniestro

crucifijo, sin que la mano volviera á abrirse desde entonces. Y los

cristianos de Jafa, sabederos del hecho por un prisionero de la

ciudadela tomado pocos días después, condujeron en procesión aquel

trofeo erigiendo un altar al caballero del blanco yelmo, que padeció

muerte de cruz entre los infieles el 16 de junio del año 1099 de Cristo.

* * * * *

Ahora, en el convento de los franciscanos de Jafa, puede verse bajo una

urna de cristal, clavada en su trozo de madera y asiendo un puñado de

cabellos, todavía fresca como para consolar la décima séptima agonía de

Jerusalén, la mano blanca de san Wilfrido de Hohenstein.

EL ESCUERZO

EL ESCUERZO

Un día de tantos, jugando en la quinta de la casa donde habitaba

la familia, me di con un pequeño sapo que, en vez de huir como sus

congéneres más corpulentos, se hinchó extraordinariamente bajo mis

pedradas. Tenía horror á los sapos y era mi diversión aplastar cuantos

podía. Así es que el pequeño y entonado batracio no tardó en sucumbir

á los golpes de mis piedras. Como todos los muchachos criados en la

vida semi-campestre de nuestras ciudades de provincia, yo era un sabio

en lagartos y sapos. Además, la casa está situada cerca de un arroyo

que cruza por la ciudad, lo cual contribuía á aumentar la frecuencia

de mis relaciones con tales reptiles. Entro en estos detalles, para

que se comprenda bien cómo me sorprendí al notar que el atrabiliario

sapito me era enteramente desconocido. Circunstancia de consulta, pues.

Y tomando mi víctima con toda la precaución del caso, fuí á preguntar

por ella á la vieja criada, confidente mía en las primeras empresas

de cazador. Tenía yo ocho años y ella sesenta. El asunto había, pues,

de interesarnos á ambos. La buena mujer estaba, como de costumbre,

sentada á la puerta de la cocina, y yo esperaba ver acogido mi relato

con la acostumbrada benevolencia, cuando apenas hube empezado, la vi

levantarse apresuradamente y arrebatarme de las manos el despanzurrado

animalito.

--¡Gracias á Dios que no lo hayas dejado! exclamó con muestras de la

mayor alegría. En este mismo instante vamos á quemarlo.

--¿Quemarlo? dije yo; ¿pero qué va á hacer, si ya está muerto?

--No sabes que es un escuerzo--replicó en tono misterioso mi

interlocutora--¿y que este animalito resucita sino se quema? ¿Quién te

mandó matarlo? ¡Eso habías de sacar al fin con tus pedradas! Ahora voy

á contarte lo que le pasó al hijo de mi amiga la finada Antonia, que en

paz descanse.

Mientras hablaba, había recogido y encendido algunas astillas sobre las

cuales puso el cadáver del escuerzo.

¡Un escuerzo! decía yo, aterrado bajo mi piel de muchacho travieso; ¡un

escuerzo! Y sacudía los dedos como si el frío del sapo se me hubiera

pegado á ellos. ¡Un sapo resucitado! Era para enfriarle la médula á un

hombre de barba entera.

--¿Pero usted piensa contarnos una nueva batracomiomaquia? interrumpió

aquí Julia con el amable desenfado de su coquetería de treinta años.

--De ningún modo, señorita. Es una historia _que ha pasado_.

Julia sonrió.

--No puede usted figurarse cuánto deseo conocerla...

--Será usted complacida, tanto más cuanto que tengo la pretensión de

vengarme con ella de su sonrisa. Así, pues, proseguí; mientras se asaba

mi fatídica pieza de caza, la vieja criada hilvanó su narración que es

como sigue:

Antonia, su amiga, viuda de un soldado, vivía con el hijo único

que había tenido de él, en una casita muy pobre, distante de toda

población. El muchacho trabajaba para ambos, cortando madera en el

vecino bosque, y así pasaban año tras año, haciendo á pie la jornada

de la vida. Un día volvió, como de costumbre, por la tarde, para tomar

su mate, alegre, sano, vigoroso, con su hacha al hombro. Y mientras lo

hacían, refirió á su madre que en la raíz de cierto árbol muy viejo

había encontrado un escuerzo, al cual no le valieron hinchazones para

quedar hecho una tortilla bajo el ojo de su hacha.

La pobre vieja se llenó de aflicción al escucharle, pidiéndole que por

favor la acompañara al sitio para quemar el cadáver del animal.

--Has de saber, le dijo, que el escuerzo no perdona jamás al que lo

ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no

descansa hasta que puede hacer con él otro tanto.

El buen muchacho rió grandemente del cuento, intentando convencer á la

pobre vieja de que aquello era una paparrucha buena para asustar chicos

molestos, pero indigna de preocupar á una persona de cierta reflexión.

Ella insistió, sin embargo, en que la acompañara á quemar los restos

del animal.

Inútil fué toda broma, toda indicación sobre lo distante del sitio,

sobre el daño que podía causarle, siendo ya tan vieja, el sereno

de aquella tarde de noviembre. Á toda costa quiso ir y él tuvo que

decidirse á acompañarla.

No era tan distante; unas seis cuadras á lo más. Fácilmente dieron con

el árbol recién cortado, pero por más que hurgaron entre las astillas y

las ramas desprendidas, el cadáver del escuerzo no apareció.

--¿No te dije? exclamó ella echándose á llorar; ya se ha ido; ahora

ya no tiene remedio esto. ¡Mi padre San Antonio te ampare!

--Pero qué tontera, afligirse así. Se lo habrán llevado las hormigas ó

lo comería algún zorro hambriento. ¡Habráse visto extravagancia, llorar

por un sapo! Lo mejor es volver, que ya viene anocheciendo y la humedad

de los pastos es dañosa.

Regresaron, pues, á la casita, ella siempre llorosa, él procurando

distraerla con detalles sobre el maizal que prometía buena cosecha

si seguía lloviendo; hasta volver de nuevo á las bromas y risas en

presencia de su obstinada tristeza. Era casi de noche cuando llegaron.

Después de un registro minucioso por todos los rincones, que excitó

de nuevo la risa del muchacho, comieron en el patio, silenciosamente,

á la luz de la luna, y ya se disponía él á tenderse sobre su apero

para dormir, cuando Antonia le suplicó que por aquella noche siquiera,

consintiese en encerrarse dentro de una caja de madera que poseía y

dormir allí.

La protesta contra semejante petición fué viva. Estaba chocha, la

pobre, no había duda. ¡Á quién se le ocurría pensar en hacerle dormir

con aquel calor, dentro de una caja que seguramente estaría llena de

sabandijas!

Pero tales fueron las súplicas de la anciana, que como el muchacho la

quería tanto, decidió acceder á semejante capricho. La caja era grande,

y aunque un poco encogido, no estaría del todo mal. Con gran solicitud

fué arreglada en el fondo la cama, metióse él adentro, y la triste

viuda tomó asiento al lado del mueble, decidida á pasar la noche en

vela para cerrarlo apenas hubiera la menor señal de peligro.

Calcula ella que sería la medianoche, pues la luna muy baja empezaba

á bañar con su luz el aposento, cuando de repente un bultito negro,

casi imperceptible, saltó sobre el dintel de la puerta que no se había

cerrado por efecto del gran calor. Antonia se estremeció de angustia.

Allí estaba, por fin, el vengativo animal, sentado sobre las patas

traseras, como meditando un plan. ¡Qué mal había hecho el joven en

reírse! Aquella figurita lúgubre, inmóvil en la puerta llena de luna,

se agrandaba extraordinariamente, tomaba proporciones de monstruo.

¿Pero, si no era más que uno de los tantos sapos familiares que

entraban cada noche á la casa en busca de insectos? Un momento respiró,

sostenida por esta idea. Mas el escuerzo dió de pronto un saltito,

después otro, en dirección de la caja. Su intención era manifiesta. No

se apresuraba, como si estuviera seguro de su presa. Antonia miró con

indecible expresión de terror á su hijo; dormía, vencido por el sueño,

respirando acompasadamente.

Entonces, con mano inquieta, dejó caer sin hacer ruido la tapa del

pesado mueble. El animal no se detenía. Seguía saltando. Estaba ya al

pie de la caja. Rodeóla pausadamente, se detuvo en uno de los ángulos,

y de súbito, con un salto increíble en su pequeña talla, se plantó

sobre la tapa.

Antonia no se atrevió á hacer el menor movimiento. Toda su vida se

había concentrado en sus ojos. La luna bañaba ahora enteramente la

pieza. Y he aquí lo que sucedió: El sapo comenzó á hincharse por

grados, aumentó, aumentó de una manera prodigiosa, hasta triplicar

su volumen. Permaneció así durante un minuto, en que la pobre mujer

sintió pasar por su corazón todos los ahogos de la muerte. Después fué

reduciéndose, reduciéndose hasta recobrar su primitiva forma, saltó

á tierra, se dirigió á la puerta y atravesando el patio acabó por

perderse entre las hierbas.

Entonces se atrevió Antonia á levantarse, toda temblorosa. Con un

violento ademán abrió de par en par la caja. Lo que sintió fué de tal

modo horrible, que á los pocos meses murió víctima del espanto que le

produjo.

Un frío mortal salía del mueble abierto, y el muchacho estaba helado

y rígido bajo la triste luz en que la luna amortajaba aquel despojo

sepulcral, hecho piedra ya bajo un inexplicable baño de escarcha.

LA METAMÚSICA

LA METAMÚSICA

Como hiciera varias semanas que no le veía, al encontrarle le

interrogué:

--¿Estás enfermo?

--No; mejor que nunca y alegre como unas pascuas. ¡Si supieras lo que

me ha tenido absorto durante estos dos meses de encierro!

Pues hacía efectivamente dos meses que se le extrañaba en su círculo

literario, en los cafés familiares y hasta en el paraíso de la Ópera,

su predilección.

El pobre Juan tenía una debilidad: la música. En sus buenos tiempos,

cuando el padre opulento y respetado compraba palco, Juan podía

entregarse á su pasión favorita con toda comodidad. Después acaeció

un derrumbe--títulos bajos, hipotecas, remates... El viejo murió de

disgusto y Juan se encontró solo en esa singular autonomía de la

orfandad, que toca por un extremo al tugurio y por el otro á la fonda

de dos platos, sin vino.

Por no ser huésped de cárcel, se hizo empleado que cuesta más y

produce menos; pero hay seres timoratos en medio de su fuerza, que

temen á la vida lo bastante para respetarla, acabando por acostarse con

sus legítimas después de haber pensado en veinte queridas.

La existencia de Juan se volvió entonces acabadamente monótona. Su

oficina, sus libros y su banqueta del paraíso, fueron para él la

obligación y el regalo. Estudió mucho, convirtiéndose en un teorizador

formidable. Analogías de condición y de opiniones nos acercaron, nos

amistaron y concluyeron por unirnos en sincera afección. Lo único

que nos separaba era la música, pues jamás entendí una palabra de

sus disertaciones, ó mejor dicho nunca pude conmoverme con ellas,

pareciéndome falso en la práctica lo que por raciocinio encontraba

evidente; y como en arte la comprensión está íntimamente ligada á la

emoción sentida, al no sentir yo nada con la música, claro está que no

la entendía.

Esto desesperaba á mi amigo cuya elocuencia crecía en proporción á mi

incapacidad para gozar con lo que, siendo para él emoción superior,

sólo me resultaba confusa algarabía.

Conservaba de su pasado bienestar un piano, magnífico instrumento cuyos

acordes solían comentar sus ideas cuando mi rebelde emoción fracasaba

en la prueba.

--Comprendo que la palabra no alcance á expresarlo, decía, pero

escucha; abre bien las puertas de tu espíritu; es imposible que dejes

de entender. Y sus dedos recorrían el teclado en una especie de mística

exaltación.

Así discutíamos los sábados por la noche, alternando las disertaciones

líricas con temas científicos en los que Juan era muy fuerte, y

recitando versos. Las tres de la mañana siguiente era la hora habitual

de despedirnos. Júzguese si nuestra conversación sería prolongada

después de ocho semanas de separación.

--¿Y la música, Juan?

--Querido, he hecho descubrimientos importantes.

Su fisonomía tomó tal carácter de seriedad, que le creí acto continuo.

Pero una idea me ocurrió de pronto.

--¿Compones?

Los ojos le fulguraron.

--Mejor que eso, mucho mejor que eso. Tú eres un amigo del alma y

puedes saberlo. El sábado por la noche, como siempre, ya sabes; en

casa; pero no lo digas á nadie, ¿eh? ¡Á nadie! añadió casi terrible.

Calló un instante; luego me pellizcó confidencialmente la punta de la

oreja, mientras una sonrisa maliciosa entreabría sus febriles labios.

--Allá comprenderás por fin, allá verás. Hasta el sábado, ¿no?...

Y como le mirara interrogativo, añadió lanzándose sobre el estribo de

un tranvía, pero de modo que sólo yo pudiese oirle:

--...¡Los colores de la música!...

Era un miércoles. Me era menester esperar tres días para conocer el

sentido de aquella prosa. ¡Los colores de la música! me decía. ¿Será

un fenómeno de audición coloreada? ¡Imposible! Juan es un muchacho muy

equilibrado para caer en eso. Parece excitado, pero nada revela una

alucinación en sus facultades. Después de todo, ¿por qué no ha de ser

verdad su descubrimiento?... Sabe mucho, es ingenioso, perseverante,

inteligente... La música no le impide cultivar á fondo las matemáticas,

y éstas son la sal del espíritu. En fin, esperemos.

Pero no obstante mi resignación, una intensa curiosidad me embargaba;

y el pretexto ingenuamente hipócrita de este género de situaciones, no

tardó en presentarse.

Juan está enfermo, á no dudarlo. Abandonarle en tal situación, sería

poco discreto. Lo mejor es verle, hablarle, hacer cuanto pueda para

impedir algo peor. Iré esta noche. Y esa misma noche fuí, aunque

reconociendo en mi intento más curiosidad de lo que hubiese querido.

Daban las nueve cuando llegué á la casa. La puerta estaba cerrada. Una

sirvienta desconocida vino á abrirme. Pensé que sería mejor darme por

amigo de confianza, y después de expresar las buenas noches con mi

entonación más confidencial:

--¿Está Juan? pregunté.

--No, señor; ha salido.

--¿Volverá pronto?

--No ha dicho nada.

--Porque si volviera pronto, añadí insistiendo, le pediría permiso para

esperarle en su cuarto. Soy su amigo íntimo y tengo algo urgente que

comunicarle.

--Á veces no vuelve en toda la noche.

Esta evasiva me reveló que se trataba de una consigna, y decidí

retirarme sin insistir. Volví el jueves, el viernes, con igual

resultado. Juan no quería recibirme, y esto, francamente, me

exasperaba. El sábado me tendría fuerte, vencería mi curiosidad,

no iría. El sábado á las nueve de la noche había dominado aquella

puerilidad. Juan en persona me abrió.

--Perdona; sé que me has buscado; no estaba; tenía que salir todas las

noches.

--Sí; te has convertido en personaje misterioso.

--Veo que mi descubrimiento te interesa de veras.

--No mucho, mira; pero francamente, al oirte hablar de los colores

de la música, temí lo que hay que temer, y ahí tienes la causa de mi

insistencia.

--Gracias, quiero creerte, y me apresuro á asegurarte que no estoy

loco. Tu duda lastima mi amor propio de inventor, pero somos demasiado

amigos para no prometerte una venganza.

Mientras, habíamos atravesado un patio lleno de plantas. Pasamos bajo

un zaguán, doblamos á la derecha, y Juan abriendo una puerta dijo:

--Entra; voy á pedir el café.

Era el cuarto habitual, con su escritorio, su ropero, su armario de

libros, su catre de hierro. Noté que faltaba el piano. Juan volvía en

ese momento.

--¿Y el piano?

--Está en la pieza inmediata. Ahora soy rico; tengo dos “salones”.

--¡Qué opulencia!

Y esto nos endilgó en el asunto.

Juan, que paladeaba con deleite su café, empezó tranquilamente:

--Hablemos en serio. Vas á ver una cosa interesante. _'Vas á ver_,

óyelo bien. No se trata de teorías. Las notas poseen cada cual su

color, no arbitrario, sino real. Alucinaciones y chifladuras nada

tienen que ver con esto. Los aparatos no mienten, y mi aparato hace

perceptibles los colores de la música. Tres años antes de conocerte,

emprendí las experiencias coronadas hoy por el éxito. Nadie lo sabía

en casa, donde, por otra parte, la independencia era grande, como

recordarás. Casa de viudo con hijos mayores... Dicho esto en forma de

disculpa por mi reserva, que espero no atribuyas á desconfianza, quiero

hacerte una descripción de mis procedimientos, antes de empezar mi

pequeña fiesta científica.

Encendimos los cigarrillos y Juan continuó.

--Sabemos por la teoría de la unidad de la fuerza, que el movimiento

es, según los casos, luz, calor, sonido, etc.; dependiendo estas

diferencias--que esencialmente no existen, pues son únicamente modos

de percepción de nuestro sistema nervioso--del mayor ó menor número de

vibraciones de la onda etérea.

“Así, pues, en todo sonido hay luz, calor, electricidad latentes,

como en toda luz hay á su vez electricidad, calor y sonido. El ultra

violeta del espectro, señala el limite de la luz y es ya calor, que

cuando llegue á cierto grado se convertirá en luz... Y la electricidad

igualmente. ¿Por qué no ocurriría lo mismo con el sonido? me dije; y

desde aquel momento quedó planteado mi problema.”

“La escala musical está representada por una serie de números cuya

proporción, tomando al do como unidad, es bien conocida; pues la

armonía se halla constituida por proporciones de número, ó en otros

términos se compone de la relación de las vibraciones aéreas por un

acorde de movimientos desemejantes.”

“En todas las músicas sucede lo mismo, cualquiera que sea su

desarrollo. Los griegos que no conocían sino tres de las consonancias

de la escala, llegaban á idénticas proporciones: 1 á 2, 3 á 2, 4 á

3. Es, como observas, matemático. Entre las ondulaciones de la luz

tiene que haber una relación igual, y es ya vieja la comparación. El

1 del do, está representado por las vibraciones de 369 millonésimas

de milímetro que engendran el violado, y el 2 de la octava por el

duplo; es decir, por las de 738 que producen el rojo. Las demás notas,

corresponden cada una á un color.”

“Ahora bien, mi raciocinio se efectuaba de este modo.”

“Cuando oímos un sonido, no miramos la luz, no palpamos el calor, no

sentimos la electricidad que produce, porque las ondas caloríficas,

luminosas y eléctricas son imperceptibles por su propia amplitud. Por

la misma razón no oímos cantar la luz, aunque la luz canta real y

verdaderamente, cuando sus vibraciones que constituyen los colores,

forman proporciones armónicas. Cada percepción tiene un límite de

intensidad, pasado el cual se convierte en impercepción para nosotros.

Estos límites no son coincidentes en la mayoría de los casos, lo

cual obedece al progresivo trabajo de diferenciación efectuado por

los sentidos en los organismos superiores; de tal modo que si al

producirse una vibración, no percibimos más que uno de los movimientos

engendrados, es porque los otros, ó han pasado el limite máximo, ó no

han alcanzado el límite mínimo de la percepción. Á veces se consigue,

sin embargo, la simultaneidad. Así, vemos el color de una luz, palpamos

su calor y medimos su electricidad...”

Todo esto era lógico; pero en cuanto al sonido, tenía una objeción muy

sencilla que hacer y la hice:

--Es claro; y si con el sonido no sucede así, es porque se trata de

una vibración aérea, mientras que las otras son vibraciones etéreas.

--Perfectamente; pero la onda aérea provoca vibraciones etéreas,

puesto que al propagarse conmueve al éter intermedio entre molécula

y molécula de aire. ¿_Qué es_ esta segunda vibración? Yo he llegado á

demostrar que es luz. ¿Quién sabe si mañana un termómetro ultrasensible

no averiguará las temperaturas del sonido?

“Un sabio injustamente olvidado, Louis Lucas, dice lo que voy á leer,

en su _Chimie Nouvelle_:”

“Si se estudia con cuidado las propiedades del monocordio, se nota que

en toda jerarquía sonora no existen, en realidad, más que tres puntos

de primera importancia: la tónica, la quinta y la tercia, siendo la

octava reproducción de ellas á diversa altura, y permaneciendo en

las tres resonancias la tónica como punto de apoyo; la quinta es su

antagonista y la tercia un punto indiferente, pronto á seguir á aquél

de los dos contrarios que adquiera superioridad.”

“Esto es también lo que hallamos en tres cuerpos simples, cuya

importancia relativa no hay necesidad de recordar: el hidrógeno, el

ázoe y el oxígeno. El primero por su negativismo absoluto en presencia

de los otros metaloides, por sus propiedades esencialmente básicas,

toma el sitio de la tónica ó reposo relativo; el oxígeno, por sus

propiedades antagónicas, ocupa el lugar de la quinta; y por fin, la

indiferencia bien conocida del ázoe, le asigna el rol de la tercia.”

“Ya ves que no estoy solo en mis conjeturas, y que ni siquiera voy tan

lejos; mas lleguemos cuanto antes á la narración de la experiencia.”

Las Fuerzas Extrañas · 第 3 / 11 段