coloradas; su andén crujiente de carbonilla; su semáforo á la derecha,
su pozo á la izquierda. En la doble vía del frente, media docena de
vagones que aguardaban la cosecha. Más allá el galpón, bloqueado
por bolsas de trigo. Á raíz del terraplén, la pampa con su color
amarillento como un pañuelo de yerbas; casitas sin revoque diseminadas
á lo lejos, cada una con su parva al costado; sobre el horizonte el
festón de humo del tren en marcha, y un silencio de pacífica enormidad
entonando el color rural del paisaje.
Aquello era vulgarmente simétrico como todas las fundaciones recientes.
Notábase rayas de mensura en esa fisonomía de pradera otoñal. Algunos
colonos llegaban á la estafeta en busca de cartas. Pregunté á uno por
la casa consabida, obteniendo inmediatamente las señas. Noté en el modo
de referirse á mi huésped, que se le tenía por hombre considerable.
No vivía lejos de la estación. Unas diez cuadras más allá, hacía el
oeste, al extremo de un camino polvoroso que con la tarde tomaba
coloraciones lilas, distinguí la casa con su parapeto y su cornisa,
de cierta gallardía exótica entre las viviendas circunstantes; su
jardín al frente; el patio interior rodeado por una pared tras la cual
sobresalían ramas de duraznero. El conjunto era agradable y fresco;
pero todo parecía deshabitado. En el silencio de la tarde, allá sobre
la campiña desierta, aquella casita, no obstante sus rasgos de _chalet_
industrioso, tenía una especie de triste dulzura, algo de sepulcro
nuevo en el emplazamiento de un antiguo cementerio.
Cuando llegué á la verja, noté que en el jardín había rosas, rosas de
otoño cuyo perfume aliviaba como una caridad la fatigosa exhalación de
las trillas. Entre las plantas que casi podía tocar con la mano, crecía
libremente la hierba; y una pala cubierta de óxido yacía contra la
pared, con su cabo enteramente liado por la guía de una enredadera.
Empujé la puerta de reja, atravesé el jardín, y no sin cierta impresión
vaga de temor fuí á golpear la puerta interna. Pasaron minutos. El
viento se puso á silbar en una rendija, agravando la soledad. Á un
segundo llamado, sentí pasos; y poco después la puerta se abría con un
ruido de madera reseca. El dueño de casa apareció saludándome.
Presenté mi carta. Mientras leía, pude observarle á mis anchas. Cabeza
elevada y calva; rostro afeitado de _clergyman_; labios generosos,
nariz austera. Debía de ser un tanto místico. Sus protuberancias
superciliares, equilibraban con una recta expresión de tendencias
impulsivas, el desdén imperioso de su mentón. Definido por sus
inclinaciones profesionales, aquel hombre podía ser lo mismo un militar
que un misionero. Hubiera deseado mirar sus manos para completar mi
impresión, mas sólo podía verlas por el dorso.
Enterado de la carta, me invitó á pasar, y todo el resto de mi
permanencia, hasta la hora de comer, fué dedicado á mis arreglos
personales. En la mesa fué donde empecé á notar algo extraño.
Mientras comíamos, advertí que no obstante su perfecta cortesía, algo
preocupaba á mi interlocutor. Su mirada invariablemente dirigida hacia
un ángulo de la habitación, manifestaba cierta angustia; pero como
su sombra daba precisamente en ese punto, mis miradas furtivas nada
pudieron descubrir. Por lo demás, bien podía no ser aquello sino una
distracción habitual.
La conversación seguía en tono bastante animado, sin embargo. Tratábase
del cólera que por entonces azotaba los pueblos cercanos. Mi huésped
era homeópata, y no disimulaba su satisfacción por haber encontrado en
mí uno del gremio. Á este propósito, una frase del diálogo hizo variar
su tendencia. La acción de las dosis reducidas acababa de sugerirme un
argumento que me apresuré á exponer.
--La influencia que sobre el péndulo de Rutter, dije concluyendo una
frase, ejerce la proximidad de cualquier substancia, no depende de la
cantidad. Un glóbulo homeopático determina oscilaciones iguales á las
que produciría una dosis quinientas ó mil veces mayor.
Advertí al momento, que acababa de interesar con mi observación. El
dueño de casa me miraba ahora.
--Sin embargo, respondió, Reichenbach ha contestado negativamente esa
prueba. Supongo que ha leído usted á Reichenbach.
--Lo he leído, sí; he atendido sus críticas, he ensayado, y mi aparato,
confirmando á Rutter, me ha demostrado que el error procedía
del sabio alemán, no del inglés. La causa de semejante error es
sencillísima, tanto que me sorprende cómo no dió con ella el ilustre
descubridor de la parafina y de la creosota.
Aquí, sonrisa de mi huésped; prueba terminante de que nos entendíamos.
--¿Usó usted el primitivo péndulo de Rutter, ó el perfeccionado por el
doctor Leger?
--El segundo, respondí.
--Es mejor; ¿y cuál sería, según sus investigaciones, la causa del
error de Reichenbach?
--Ésta: los sensitivos con que operaba, influían sobre el aparato,
sugestionándose por la cantidad del cuerpo estudiado. Si la oscilación
provocada por un escrúpulo de magnesia, supongamos, alcanzaba una
amplitud de cuatro líneas, las ideas corrientes sobre la relación entre
causa y efecto _exigían_ que la oscilación aumentara en proporción con
la cantidad: diez gramos, por ejemplo. Los sensitivos del barón, eran
individuos nada versados por lo común en especulaciones científicas; y
quienes practican experiencias así, saben cuán poderosamente influyen
sobre tales personas las ideas tenidas por verdaderas, sobre todo
cuando son lógicas. Aquí está, pues, la causa del error. El péndulo
no obedece á la cantidad, sino á la naturaleza del cuerpo estudiado
solamente; pero cuando el sensitivo _cree_ que la cantidad influye,
aumenta el efecto, pues toda creencia es una volición. Un péndulo,
ante el cual el sujeto opera sin conocer las variaciones de cantidad,
confirma á Rutter. Desaparecida la alucinación...
--Oh, ya tenemos aquí la alucinación, dijo mi interlocutor con
manifiesto desagrado.
--No soy de los que explican todo por la alucinación, á lo menos
confundiéndola con la subjetividad, como frecuentemente ocurre. La
alucinación es para mí una fuerza más que un estado de ánimo, y así
considerada, se explica por medio de ella buena porción de fenómenos.
Creo que es la doctrina justa.
--Desgraciadamente es falsa. Mire usted, yo conocí á Home, el
médium, en Londres, allá por 1872. Seguí luego con vivo interés las
experiencias de Crookes, bajo un criterio radicalmente materialista;
pero la evidencia se me impuso con motivo de los fenómenos del 74.
La alucinación no basta para explicarlo todo. Créame usted, las
apariciones son autónomas...
--Permítame una pequeña digresión, interrumpí--encontrando en aquellos
recuerdos una oportunidad para comprobar mis deducciones sobre el
personaje; quiero hacerle una pregunta, que no exige desde luego
contestación, si es indiscreta: ¿Ha sido usted militar?...
--Poco tiempo; llegué á subteniente del ejército de la India.
--Por cierto, la India sería para usted un campo de curiosos estudios.
--No; la guerra cerraba el camino del Tibet á donde hubiese querido
llegar. Fuí hasta Cawnpore, nada más. Por motivos de salud regresé muy
luego á Inglaterra; de Inglaterra pasé á Chile en 1879; y por último á
este país en 1888.
--¿Enfermó usted en la India?
--Sí, respondió con tristeza el antiguo militar, clavando nuevamente
sus ojos en el rincón del aposento.
--¿El cólera? insistí.
Apoyó él la cabeza en la mano izquierda, miró por sobre mí vagamente.
Su pulgar comenzó á moverse entre los ralos cabellos de la nuca.
Comprendí que iba á hacerme una confidencia de la cual eran prólogo
aquellos ademanes, y esperé. Afuera chirriaba un grillo en la
obscuridad.
--Fué algo peor todavía, comenzó mi huésped. Fué el misterio. Pronto
hará cuarenta años y nadie lo ha sabido hasta ahora. ¿Para qué
decirlo? No lo hubieran entendido, creyéndome loco por lo menos. No
soy un triste, soy un desesperado. Mi mujer falleció hace ocho años,
ignorando el mal que me devoraba, y afortunadamente no he tenido hijos.
Encuentro en usted por primera vez un hombre capaz de comprenderme.
Me incliné agradecido.
--¡Es tan hermosa la ciencia, la ciencia libre, sin capilla y sin
academia! Y no obstante, está usted todavía en los umbrales. Los
fluidos ódicos de Reichenbach no son más que el prólogo. El caso que va
usted á conocer, le revelará hasta dónde puede llegarse.
El narrador se conmovía. Mezclaba frases inglesas á su castellano un
tanto gramatical. Los incisos adquirían una tendencia imperiosa, una
plenitud rítmica extraña en aquel acento extranjero.
--En febrero de 1858, continuó, fué cuando perdí toda mi alegría.
Habrá usted oído hablar de los _yoghis_, esos singulares mendigos cuya
vida se comparte entre el espionaje y la taumaturgia. Los viajeros han
popularizado sus hazañas, que sería inútil repetir. Pero, ¿sabe en qué
consiste la base de sus poderes?
--Creo que en la facultad de producir cuando quieren, el
autosonambulismo, volviéndose de tal modo insensibles, videntes, etc.
--Es exacto. Pues bien, yo vi operar á los _yoghis_ en condiciones
que imposibilitaban toda superchería. Llegué hasta fotografiar las
escenas, y la placa reprodujo todo, tal cual yo lo había visto. La
alucinación resultaba así, imposible, pues los ingredientes químicos no
se alucinan... Entonces quise desarrollar idénticos poderes. He sido
siempre audaz, y luego no estaba entonces en situación de apreciar las
consecuencias. Puse, pues, manos á la obra.
--¿Por cuál método?
Sin responderme, continuó:
--Los resultados fueron sorprendentes. En poco tiempo llegué á dormir.
Al cabo de dos años producía la traslación consciente. Pero aquellas
prácticas me habían llevado al colmo de la inquietud. Me sentía
espantosamente desamparado, y con la seguridad de una cosa adversa
mezclada á mi vida como un veneno. Al mismo tiempo, devorábame la
curiosidad. Estaba en la pendiente y ya no podía detenerme. Por una
continua tensión de voluntad conseguía salvar las apariencias ante
el mundo. Mas poco á poco, el poder despertado en mí se volvía más
rebelde. Una distracción prolongada, ocasionaba un desdoblamiento.
Sentía mi personalidad fuera de mí, mi cuerpo venía á ser algo así como
una afirmación del _no yo_, diré expresando concretamente aquel estado.
Como las impresiones se avivaban, produciéndome angustiosa lucidez,
resolví una noche ver mi doble. _Ver qué era lo que salía de mí, siendo
yo mismo_, durante el sueño extático.
--¿Y pudo conseguirlo?
--Fué una tarde, casi de noche ya. El desprendimiento se produjo con
la facilidad acostumbrada. Cuando recobré la conciencia, ante mí, en
un rincón del aposento, había una forma. Y esta forma era un mono, un
horrible animal que me miraba fijamente.Desde entonces no se aparta
de mí. Lo veo constantemente. Soy su presa. Á donde quiera que _él_ va,
_voy conmigo_, con _él_. Está siempre ahí. Me mira constantemente, pero
no se _le_ acerca jamás, no _se_ mueve jamás, no _me_ muevo jamás...
Subrayo los pronombres trocados en la última frase, tal como la oí. Una
sincera aflicción me embargaba. Aquel hombre padecía, en efecto, una
sugestión atroz.
--Cálmese usted, le dije, aparentando confianza. La reintegración no es
imposible.
--¡Oh, sí! respondió con amargura. Esto es ya viejo. Figúrese usted,
he perdido el concepto de la unidad. Sé quedos y dos son cuatro,
por recuerdo; pero ya no creo en ello. El más sencillo problema de
aritmética carece de sentido para mí, pues me falta la convicción de
la cantidad. Y todavía sufro cosas más raras. Cuando me tomo una
mano con la otra, por ejemplo, siento que aquélla es distinta, como si
perteneciera á una persona que no soy yo. Á veces veo las cosas dobles,
porque cada ojo procede sin relación con el otro...
Era, á no dudarlo, un caso curioso de locura, que no excluía el más
perfecto raciocinio.
--Pero en fin, ¿ese mono?... pregunté para agotar el asunto.
--Es negro como mi propia sombra, y melancólico al modo de un hombre.
La descripción es exacta, porque lo estoy viendo ahora mismo. Su
estatura es mediana, su cara como todas las caras de mono. Pero siento,
no obstante, que se parece á mí. Hablo con entero dominio de mí mismo.
¡Ese animal se parece á mí!
Aquel hombre, en efecto, estaba sereno; y sin embargo, la idea de
una cara simiesca formaba tan violento contraste con su rostro de
aventajado ángulo facial, su cráneo elevado y su nariz recta, que la
incredulidad se imponía por esta circunstancia, más aún que por lo
absurdo de la alucinación.
Él notó perfectamente mi estado; púsose de pie como adoptando una
resolución definitiva:
--Voy á caminar por este cuarto, para que usted lo vea. Observe mi
sombra, se lo ruego.
Levantó la luz de la lámpara, hizo rodar la mesa hasta un extremo del
comedor y comenzó á pasearse. Entonces, la más grande de las sorpresas
me embargó. ¡La sombra de aquel sujeto no se movía! Proyectada sobre el
rincón, de la cintura arriba, y con la parte inferior sobre el piso de
madera clara, parecía una membrana alargándose y acortándose según la
mayor ó menor proximidad de su dueño. No podía yo notar desplazamiento
alguno bajo las incidencias de luz en que á cada momento se encontraba
el hombre.
Alarmado al suponerme víctima de tamaña locura, resolví
desimpresionarme y ver si hacía algo parecido con mi huésped, por medio
de un experimento decisivo. Pedíle que me dejara obtener su silueta
pasando un lápiz sobre el perfil de la sombra.
Concedido el permiso, fijé un papel con cuatro migas de pan mojado
hasta conseguir la más perfecta adherencia posible á la pared, y de
manera que la sombra del rostro quedase en el centro mismo de la hoja.
Quería, como se ve, probar por la identidad del perfil entre la cara
y su sombra (esto saltaba á la vista, pero el alucinado sostenía lo
contrario) el origen de dicha sombra, con intención de explicar luego
su inmovilidad teniendo asegurada una base exacta.
Mentiría si dijera que mis dedos no temblaron un poco al posarse en
la mancha sombría, que por lo demás imitaba perfectamente el perfil
de mi interlocutor; pero afirmo con entera certeza que el pulso no me
falló en el trazado. Hice la línea sin levantar la mano, con un lápiz
Hardtmuth azul, y no despegué la hoja, concluido que hube, hasta no
hallarme convencido por una escrupulosa observación, de que mi trazo
coincidía perfectamente con el perfil de la sombra, y éste con el de la
cara del alucinado.
Mi huésped seguía la experiencia con inmenso interés. Cuando me
aproximé á la mesa, vi temblar sus manos de emoción contenida. El
corazón me palpitaba, como presintiendo un infausto desenlace.
--No mire usted, dije.
--¡Miraré! me respondió con un acento tan imperioso, que á pesar mío
puse el papel ante la luz.
Ambos palidecimos de una manera horrible. Allí ante nuestros ojos, la
raya de lápiz trazaba una frente deprimida, una nariz chata, un hocico
bestial. ¡El mono! ¡La cosa maldita!
Y conste que yo no sé dibujar.
EL MILAGRO DE SAN WILFRIDO
EL MILAGRO DE SAN WILFRIDO
El 15 de junio de 1099, cuarto día de la tercera semana, un crepúsculo
en nimbos de sangre había visto por vigésima quinta vez al campamento
cruzado, desplegarse como una larga línea de silencios y de tiendas
pardas alrededor de Jerusalén, desde la puerta de Damasco hasta donde
el Cedrón penetra en el valle de Sové que los latinos llaman valle de
Josafat.
Sobre la llanura que se extendía entre el campamento y la ciudad,
algunos bultos denunciaban cadáveres: restos de la jornada del 13 que
los francos libraron sobre la antemuralla.
El monte Moria, alzábase frente de la puerta Esterquilinaria, al
mediodía. Por el norte levantaban sus cumbres desoladas el Olivete y
el monte del Escándalo donde Salomón idolatró. Entre estas cumbres,
el valle maldito, el valle donde imperara la herejía de Belphegor y
de Moloch; donde gimieron David y Jeremías; donde Jesucristo empezó
su pasión; donde Joel dijo su memorable profecía: _congregabo omnes
gentes_, etc.; donde duermen Zacarías y Absalón; el valle adonde los
judíos van á morir de todas las partes del mundo, se abría lleno de
sombra y de viñas negras...
Las murallas de la ciudad, altas de cien palmos, escondían á la
vista las montañas de Judea que el rey Sabio hizo poblar de cedros.
El recinto quedaba oculto, y sólo se divisaba por sobre la línea de
bastiones, la cumbre rojiza del Acra, la monstruosa cúpula de cobre de
la mezquita _Gameat-el-Sakhra_ levantada por Ornar á indicación del
patriarca Sofronio, sobre las ruinas del templo de Salomón--y algunas
palmeras.
Una agonía sedienta consumía á los soldados de la cruz. Las fuentes
de Siloé y de Rogel estaban exhaustas. El viento salado apenas dejaba
aproximarse las nubes hasta Jericó. Y aquello estaba tan seco, tan
calcinado, que las mismas tumbas antiguas parecían clamar de sed.
Sobre las tiendas de las huestes sitiadoras, ondeaban multicolores
estandartes, en cuyo trapo, al impulso de la devoción y del heroísmo,
iban germinando como futuros emblemas de gloria, las trece coronas
y las treinta y seis cruces principales de la heráldica, desde la
sencilla cruz patente hasta las embrolladísimas dobles y contra
potenzadas, que llegarían luego á su máxima complicación en el bizarro
jeroglífico de la familia Squarciafichi.
Estaban allí Godofredo, Eustaquio y Balduino; los señores de Tolosa,
de Foix, de Flandes, de Orange, de Rosellón, de San Pol, de l’Estoile,
de Flandes y de Normandía. Ya eran todos ilustres. Guicher había
hendido en dos un león; Godofredo había partido por la mitad un gigante
sarraceno en el puente de Antíoco...
Una tienda rasa se alzaba entre las otras. En aquella tienda un monje
flaco y viejo que tenía un báculo de olivo, vivía mojando en lágrimas
toda la longitud de su barba. Era Pedro el Ermitaño.
Aquel monje sabía que la ciudad ilustre fundada en el 2023 año del
mundo, era una mártir.
Desde los hijos de Jebus, hasta Sesac; desde Joas hasta Manasés, hasta
Nabucodonosor, hasta Tolomeo Lago, hasta los dos Antíocos el Grande y
el Epifanio, hasta Pompeyo, hasta Craso, hasta Antígono, hasta Herodes,
hasta Tito, hasta Adriano, hasta Cosroes, hasta Omar--cuánta sangre
había manchado sus piedras, cuánta desolación había caído sobre la
reina glorificada por la salutación de Tobías: _¡Jerusalem, civitas
Dei, luce splendida fulgebis!_ Pedro había podido observar, como san
Jerónimo, que en aquella ciudad no se veía un solo pájaro.
* * * * *
Esa tarde, un correo expedido de Kaloni, comunicó á Godofredo que en el
puerto de Jafa acababan de anclar varias naves pisanas y genovesas, en
las cuales venían los marineros esperados para construír las máquinas
de guerra diseñadas por Raymundo de Foix.
Acababa de hundirse el sol, cuando tomaron el camino de Arimatea cuatro
caballeros enviados para guardar las naves recién llegadas á Jafa. Eran
Raimundo Pileto, Acardo de Mommellou, Guillermo de Sabran y Wilfrido de
Hohenstein á quien llamaban el caballero del blanco yelmo.
Era él rubio y fuerte como un arcángel. Sobre su tarja germana, sin
divisa como todos los escudos de aquel tiempo, se destacaba formando
blasón pleno un lirio de estaño en campo verde. Aquel lirio en forma de
alabarda, era el único abierto de toda la flora heráldica; pues el de
Francia permanecía aún en botón.
Pero lo extraordinario en la armadura del caballero, era su casco de
metal blanquísimo, cuyo esplendor no velaba entre los demás la cimera
de que carecían los yelmos de los cruzados. El nasal de aquel casco,
dividiéndole exageradamente el entrecejo y bajando por entre sus ojos
como un pico, daba á su faz una expresión de gerifalte.
Contábase á propósito de aquella prenda, una rara historia. Decíase
que casado su dueño á los veinte años, antes de uno mató á la esposa
en un arrebato de celos. Descubierta luego la inocencia de la víctima,
el señor de Ilohenstein fué en demanda de perdón á Pedro el Ermitaño,
quien le puso en el pecho la cruz de los peregrinos.
Antes de partir, quiso orar el joven en la tumba de su esposa. Sobre
aquel sepulcro, había crecido un lirio que él decidió llevarse como
recuerdo; mas al cortarla, la flor se transformó en un casco de plata,
dando origen al sobrenombre del caballero. Poseídos aún del milagro que
hizo llover lirios sobre la cabeza de Clodoveo, no tenían los camaradas
del héroe por qué dudar de su aventura, mucho más cuando él la abonaba
con su valentía y con un voto de castidad.
La noche estaba ya densa sobre los montes. Los caballeros cruzaron al
trote de sus cabalgaduras, como cuatro sombras en rumor de hierro, la
garganta estéril que une á Jerusalén con Sichem y Neápolis; el torrente
donde David tomó las cinco piedras para combatir al gigante; el valle
del Terebinto, el de Jeremías, dolorosa entrada de los montes de
Judea poblados de jabalíes; los arrabales de Arimatea, los de Lydia
sembrados de aquellas palmas idumeas bajo las cuales curó Pedro al
paralítico; y al llegar al pozo de la virgen, la llanura de Sarón,
cubierta de alelíes y tulipanes se desplegó ante ellos desde Gaza
hasta el Carmelo, y desde los montes de Judea hasta los de Samaría,
denunciándose en la obscuridad con el aroma de sus flores. Tal iban
evocando los pasajes de la sacra historia por los mismos lugares de su
tránsito, aquellos ilustres guerreros.
Wilfrido habíase rezagado un tanto. Los otros tres mantenían su piadosa
conversación; y el señor de Sabran refirió á sus compañeros la historia
de la ciudad adonde se dirigían.
Jafa está, decía, en la heredad de Dan y es más antigua que el
diluvio. En ella murió Noé; á ella venían las flotas de Hiram cargadas
de cedro; en ella se embarcó Jonás para cruzar el mar, aquel _Gran
Mar_ “que vió á Dios y retrocedió”, dice el Salmista; ella sufrió el
peso de cinco invasiones y fué incendiada por Judas Macabeo. Allí
resucitó Pedro á Tabita; allí Cestio y Vespasiano repletaron de oro
sus legiones; y en su ciudadela manda ahora en nombre del Soldán,
el feroz Abu-Djezzar-Mohamed ibn-el-Thayybel-Achary, á quien llaman
familiarmente Abu-Djezzar, y cuyos sicarios recorren estos parajes
buscando el rastro de los guerreros de Cristo.
El señor de Mommellou añadió á su vez que Jafa había sido teatro de
las fábulas del paganismo. Su nombre era el de una hija de Eolo; y
San Jerónimo cuenta que le enseñaron allí la roca y el anillo en que
Andrómeda fué entregada al monstruo de Neptuno. Plinio añade que
Escauro llevó á Roma los huesos de dicho animal, y Pausanias refiere
que existe todavía la fuente donde Perseo se lavó las manos cubiertas
por la sangre del combate.
Y todo lo contaron los caballeros Acardo de Mommellou y Guillermo de
Sabran, porque sabían muchas letras de historia aprendidas en los
pergaminos de los monasterios.
De repente, al llegar junto á las ruinas de una cisterna seca,
advirtieron que Wilfrido no iba ya con ellos. Era indudable que se
había extraviado en tan peligroso sitio, pero no podían buscarle, pues
de las naves que iban á custodiar dependía la toma de la ciudad santa.
Y por si era tiempo aún, galoparon soplando sus cuernos hacia las
murallas próximas.
* * * * *
Abu-Djezzar gobernaba la ciudadela. La fortaleza se levantaba,
dominando el mar, entre un bosquecillo de nopales y de granados. Mil
musulmanes defendíanse allí esperando auxilios de Cesárea ó de Solima.
Los fosos estaban llenos de agua y levantados los rastrillos, que
apenas dejaban paso á las partidas de merodeadores.
Wilfrido de Ilohenstein, despojado de sus armas, fué traído ante el
señor de la ciudadela. Era éste un musulmán de ojos aguileños y perfil
enérgico como un hachazo.
--Perro, le dijo apenas le tuvo á su alcance; ya sabemos la situación
de vuestros soldados que mueren de sed bajo los muros de Solima. Dime,
pues lo sabes, si los cristianos abrigan todavía esperanzas.
Una sonrisa heroica iluminó la juventud del caballero.
--Sarraceno, replicó; los condes de Flandes y de Normandía acampan al
norte, allá mismo donde fué apedreado san Esteban; Godofredo y Tancredo
están al Occidente; el conde de Saint-Gilles al sur, sobre el monte
Sión. Ya sabes dónde se hallan nuestras tropas, y también que los
soldados de Cristo no retroceden. Pues bien, óyelo Sarraceno: Antes de
un mes, los soldados de Cristo entrarán en Jerusalén por el norte, por
el occidente y por el mediodía.
Abu-Djezzar rugió de rabia.
--Cortad maderos, gritó á sus soldados; haced una cruz y clavad en
ella á este perro. ¡Que muera como su Dios!