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LAS FUERZAS EXTRAÑAS
DEL AUTOR
LAS MONTAÑAS DEL ORO; poema (agotado).
LA REFORMA EDUCACIONAL; polémica (agotado).
EL IMPERIO JESUÍTICO; ensayo histórico (agotado).
LOS CREPÚSCULOS DEL JARDÍN; versos.
LA GUERRA GAUCHA (agotado).
Imprenta de Coni Hermanos, Perú 684
LEOPOLDO LUGONES
LAS FUERZAS EXTRAÑAS
BUENOS AIRES
ARNOLDO MOEN Y HERMANO, EDITORES
Florida 323
1906
[Ilustración: Leopoldo Lugones]
ÍNDICE
La fuerza Omega 5
La lluvia de fuego 27
Un fenómeno inexplicable 47
El milagro de san Wilfrido 63
El escuerzo 77
La metamúsica 87
El origen del diluvio 109
Los caballos de Abdera 123
Viola acherontia 137
Yzur 151
La estatua de sal 169
El psychon 181
Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones 201
Proemio 203
I.--El origen del universo 206
II.--El origen de la forma 212
III.--El espacio y el tiempo 216
IV.--Los átomos 220
V.--Nuestra teoría ante la ciencia 228
VI.--La vida de la materia 237
VII.--Los elementos terrestres 243
VIII.--La vida orgánica 247
IX.--La inteligencia en el universo 253
X.--El hombre 265
Epílogo 275
LA FUERZA OMEGA
LA FUERZA OMEGA
No éramos sino tres amigos. Los dos de la confidencia, en cuyo par me
contaba, y el descubridor de la espantosa fuerza que, sin embargo del
secreto, preocupaba ya á la gente.
El sencillo sabio ante quien nos hallábamos, no procedía de ninguna
academia y estaba asaz distante de la celebridad. Había pasado la vida
concertando al azar de la pobreza pequeños inventos industriales, desde
tintas baratas y molinillos de café, hasta máquinas controladoras para
boletos de tranvía.
Nunca quiso patentar sus descubrimientos, muy ingeniosos algunos,
vendiéndolos por poco menos que nada á comerciantes de segundo orden.
Presintiéndose quizá algo de genial, que disimulaba con modestia casi
fosca, tenía el más profundo desdén por aquellos pequeños triunfos.
Si se le hablaba de ellos, concomíase con displicencia ó sonreía con
amargura.
--Eso es para comer, decía sencillamente.
Me había hecho su amigo por la casualidad de cierta conversación en
que se trató de ciencias ocultas; pues mereciendo el tema la aflictiva
piedad del público, aquéllos á quienes interesa suelen disimular su
predilección, no hablando de ella sino con sus semejantes.
Fué precisamente lo que pasó, y mi despreocupación por el qué dirán
debió de agradar á aquel desdeñoso, pues desde entonces intimamos.
Nuestras pláticas sobre el asunto favorito, fueron largas. Mi amigo se
inspiraba al tratarlo, con aquel silencioso ardor que caracterizaba su
entusiasmo y que sólo se traslucía en el brillo de sus ojos.
Todavía le veo pasearse por su cuarto, recio, casi cuadrado, con su
carota pálida y lampiña, sus ojos pardos de mirada tan singular, sus
manos callosas de gañán y de químico á la vez.
“Anda por ahí á flor de tierra, solía decirme, más de una fuerza
tremenda cuyo descubrimiento se aproxima. De esas fuerzas interetéreas
que acaban de modificar los más sólidos conceptos de la ciencia, y que
justificando las afirmaciones de la sabiduría oculta, dependen cada vez
más del intelecto humano.”
La identidad de la mente con las fuerzas directrices del
cosmos--concluía en ocasiones filosofando--es cada vez más clara;
y día llegará en que aquélla sabrá regirlas sin las máquinas
intermediarias, que en realidad deben de ser un estorbo. Cuando
uno piensa que las máquinas no son sino aditamentos con que el ser
humano se completa, llevándolas potencialmente en sí, según lo
prueba al concebirlas y ejecutarlas, los tales aparatos resultan en
substancia, simples modificaciones de la caña con que se prolonga
el brazo para alcanzar un fruto. Ya la memoria suprime los dos
conceptos fundamentales, los más fundamentales como realidad y como
obstáculo--el espacio y el tiempo--al evocar instantáneamente un
lugar que se vió hace diez años y que se encuentra á mil leguas; para
no hablar de ciertos casos de bilocación telepática, que demuestran
mejor la teoría. Si estuviera en ésta la verdad, el esfuerzo humano
debería tender á la abolición de todo intermediario entre la mente
y las fuerzas originales, á suprimir en lo posible la materia--otro
axioma de filosofía oculta; mas para esto hay que poner el organismo
en condiciones especiales, activar la mente, acostumbrarla á la
comunicación directa con dichas fuerzas. Caso de magia. Caso que
solamente los miopes no perciben en toda su luminosa sencillez.
Habíamos hablado de la memoria. El cálculo demuestra también una
relación directa; pues si calculando se llega á determinar la
posición de un astro desconocido, en un punto del espacio, es porque
hay identidad entre las leyes que rigen al pensamiento humano y al
universo. Hay más todavía: es la determinación de un hecho material por
medio de una ley intelectual. El astro tiene que estar ahí, porque así
lo determina mi razón matemática, y esta sanción imperativa equivale
casi á una creación.
Entiendo, Dios me perdone, que mi amigo no se limitaba á teorizar
el ocultismo, y que su régimen alimenticio, tanto como su severa
continencia, implicaban un entrenamiento; pero nunca se franqueó sobre
este punto y yo fuí discreto á mi vez.
Habíase relacionado con nosotros, poco antes de los sucesos que voy á
narrar, un joven médico á quien sólo faltan sus exámenes generales, que
quizá nunca llegue á dar pues se ha dedicado á la filosofía; y éste era
el otro confidente que debía escuchar la revelación.
Fué á la vuelta de unas largas vacaciones que nos habían separado
del descubridor. Encontrámosle algo más nervioso, pero radiante con
una singular inspiración, y su primera frase fué para invitarnos á
una especie de tertulia filosófica--tales sus palabras--donde debía
exponernos el descubrimiento.
En el laboratorio habitual, que presentaba al mismo tiempo un vago
aspecto de cerrajería, y en cuya atmósfera flotaba un dejo de cloro,
empezó la conferencia.
Con su voz clara de siempre, su aspecto negligente, sus manos
extendidas sobre la mesa como durante los discursos psíquicos, nuestro
amigo enunció esta cosa sorprendente:
--He descubierto la potencia mecánica del sonido.
“Saben ustedes,--agregó, sin preocuparse mayormente del efecto
causado por su revelación--saben ustedes bastante de estas cosas para
comprender que no se trata de nada sobrenatural. Es un gran hallazgo,
ciertamente, pero no superior á la onda hertziana ó al rayo Roentgen.
Á propósito--yo he puesto también un nombre á mi fuerza. Y como ella
es la última en la síntesis vibratoria cuyos otros componentes son el
calor, la luz y la electricidad--la he llamado la fuerza Omega”.
--¿Pero el sonido no es cosa distinta?, preguntó el médico.
--No, desde que la electricidad y la luz están consideradas ahora como
materia. Falta todavía el calor; pero la analogía nos lleva rápidamente
á conjeturar la identidad de su naturaleza, y veo cercano el día
en que se demuestre este postulado para mí evidente: que si los
cuerpos se dilatan al calentarse, ó en otros términos, si sus espacios
intermoleculares aumentan, es porque entre ellos se ha introducido algo
y que este algo es el calor. De lo contrario, habría que recurrir al
vacío aborrecido por la naturaleza y por la razón.
“El sonido es materia para mí, pero esto resultará mejor de la propia
exposición de mi descubrimiento.”
“La idea, vaga aunque intensa hasta el deslumbramiento, me vino--cosa
singular--la primera vez que vi afinar una campana. Claro es que no se
puede determinar de antemano la nota precisa de una campana, pues la
fundición cambiaría el tono. Una vez fundida, es menester recortarla al
torno para lo cual hay dos reglas: si se quiere bajar el tono, hay que
disminuir la línea media llamada ”falseadura“; si subirlo, es menester
recortar la ”pata“ ó sea el reborde, y la afinación se practica al oído
como la de un piano. Puede bajarse hasta un tono, pero no subirse sino
medio; pues cortando mucho la pata, el instrumento pierde su sonoridad.”
“Al pensar que si la pierde no es porque deje de vibrar, me vino esta
idea, base de todo el invento: la vibración sonora se vuelve fuerza
mecánica y por esto deja de ser sonido; pero la cosa se precisó durante
las vacaciones, mientras ustedes veraneaban, lo cual aumentó, con la
soledad, mi concentración.”
“Ocupábame de modificar discos de fonógrafo, y aquello me traía
involuntariamente al tema. Había pensado construir una especie de
diapasón para destacar, y percibir directamente por lo tanto, las
armónicas de la voz humana, lo que no es posible sino por medio de un
piano, y siempre con gran imperfección; cuando de repente, con claridad
tal que en dos noches de trabajo concebí toda la teoría, el hecho se
produjo.”
“Cuando se hace vibrar un diapasón que está al mismo tono con otro,
éste vibra también por influencia al cabo de poco tiempo, lo que
prueba que la onda sonora, ó en otros términos el aire agitado, tiene
fuerza suficiente para poner en movimiento el metal. Dada la relación
que existe entre el peso, densidad y tenacidad de éste con los del
aire, esa fuerza tiene que ser enorme; y sin embargo, no es capaz de
mover una hebra de paja que un soplo humano aventaría, siendo á su vez
impotente para hacer vibrar en forma perceptible el metal. La onda
sonora es, pues, más y menos poderosa que el soplo de nuestro ejemplo.
Esto depende de las circunstancias, y en el caso de los diapasones, la
circunstancia debe de ser una relación molecular, puesto que si ellos
no están al unísono, el fenómeno marra. Había, pues, que aplicar la
fuerza sonora, á fenómenos intermoleculares.”
“No creo que la concepción de la _fuerza sonora_ necesite mucho
ingenio. Cualquiera ha sentido las pulsaciones del aire en los sonidos
muy bajos, los que produce el nasardo de un órgano, por ejemplo. Parece
que las dieciséis vibraciones por segundo que engendra un tubo de
treinta y dos pies, marcan el límite inferior del sonido perceptible
que no es ya sino un zumbido. Con menos vibraciones, el movimiento
se vuelve un soplo de aire; el soplo que movería la brizna, pero que
no afectaría el diapasón. Esas vibraciones bajas, verdadero viento
melodioso, son las que hacen trepidar las vidrieras de las catedrales;
pero no forman ya notas, propiamente hablando, y sólo sirven para
reforzar las octavas inmediatamente superiores.”
“Cuanto más alto es el sonido, más se aleja de su semejanza con
el viento y más disminuye la longitud de su onda; pero si ha de
considerársela como fuerza intermolecular, ella es enorme todavía
en los sonidos más altos de los instrumentos; pues el del piano con
el do séptimo, que corresponde á un máximum de 4200 vibraciones por
segundo, tiene una onda de tres pulgadas. La flauta, que llega á 4700
vibraciones, da una onda gigantesca todavía.”
“La longitud de la onda depende, pues, de la altura del sonido,
que deja ya de ser musical poco más allá de las 4700 vibraciones
mencionadas. Despretz ha podido percibir un do, que vendría á ser el
décimo, con 32.770 vibraciones producidas por el frote de un arco sobre
un pequeñísimo diapasón. Yo percibo sonido aún, pero sin determinación
musical posible, en las 45.000 vibraciones del diapasón que he
inventado.”
--¡45.000 vibraciones, dije; eso es prodigioso!
--Pronto vas á verlo, prosiguió el inventor. Ten paciencia un instante
todavía.
Y después de ofrecernos té, que rehusamos:
“La vibración sonora, se vuelve casi recta con estas altísimas
frecuencias, y tiende igualmente á perder su forma curvilínea,
tornándose más bien un zig-zag á medida que el sonido se exaspera. Esto
se ha experimentado prácticamente cerdeando un violín. Hasta aquí no
salimos de lo conocido, bien que no sea vulgar.”
“Pero ya he dicho que me proponía estudiar el sonido como fuerza. He
aquí mi teoría, que la experiencia ha confirmado.”
“Cuanto más bajo es el sonido, más superficiales son sus efectos sobre
los cuerpos. Después de lo que sabemos, esto es bien sencillo. La
fuerza penetrante del sonido, depende, pues, de su altura; y como
á ésta corresponde, según dije, una menor ondulación, resulta que mi
onda sonora de 45.000 vibraciones por segundo, es casi una flecha
ligerísimamente ondulada. Por pequeña que sea esta ondulación, siempre
es excesiva molecularmente hablando; y como mis diapasones no pueden
reducirse más, era menester ingeniarse de otro modo.”
“Había, además, otro inconveniente. Las curvas de la onda sonora están
relacionadas con su propagación, de tal modo que su ampliación progresa
con gran velocidad hasta anularla como sonido, imposibilitando á la
vez su desarrollo como fuerza; pero tanto este inconveniente, como
el que resulta de la ondulación en sí, desaparecerían multiplicando
la velocidad de traslación. De ésta depende que la onda no pierda
la rectitud, que como toda curva tiene al comenzar, y al logro de
semejante propósito concurrió una ley científica.”
“Fourier, el célebre matemático francés, ha enunciado un principio
aplicable á las ondas simples--las de mi problema--que puede traducirse
vulgarmente así:
“Cualquiera forma de onda, puede estar compuesta por cierto número de
ondas simples de longitudes diferentes.”
“Siendo ello así, si yo pudiera lanzar sucesivamente un número
cualquiera de ondas en progresión proporcional, la velocidad de la
primera sería la suma de las velocidades de todas juntas; la proporción
entre las ondulaciones de aquélla y su traslación, quedaba rota con
ventaja, y libertada por lo tanto la potencia mecánica del sonido.”
“Mi aparato va á demostrarles que todo esto se puede; pero aún no les
he dicho lo que me proponía hacer.”
“Yo considero que el sonido es materia, desprendida en partículas
infinitesimales del cuerpo sonoro, y dinamizada en tal forma, que da la
sensación de sonido, como las partículas odoríferas dan la sensación
del olor. Esa materia se desprende en la forma ondulatoria comprobada
por la ciencia y que yo me proponía modificar, engendrando la onda
aérea conocida por nosotros, del propio modo que la ondulación de una
anguila bajo el agua, es repetida por ésta en su superficie.”
“Cuando la doble onda choca con un cuerpo, la parte aérea se refleja
contra su superficie; la etérea penetra produciendo la vibración
del cuerpo y sin ninguna otra consecuencia, pues el éter de cuerpo
supuesto, se dinamiza armónicamente con el de la onda, difundido en él;
y ésta es la explicación, que se da por primera vez, de las vibraciones
al unísono.” “Una vez rota la relación entre las ondulaciones y su
propagación, el éter sonoro no se difunde en la masa del cuerpo, sino
que la perfora, ya completamente, ya hasta cierta profundidad. Y aquí
viene la explicación misma de los fenómenos que produzco.”
“Todo cuerpo tiene un centro formado por la gravitación de moléculas
que constituye su cohesión, y que representa el peso total de dichas
moléculas. No necesito advertir que ese centro puede encontrarse en
cualquier punto del cuerpo. Las moléculas representan aquí, lo que las
masas planetarias en el espacio.”
“Claro es que el más mínimo desplazamiento del centro en cuestión,
ocasionará instantáneamente la desintegración del cuerpo; pero no es
menos cierto que para efectuarlo, venciendo la cohesión molecular, se
necesitaría una fuerza enorme, algo de que la mecánica actual no tiene
idea, y que yo he descubierto, sin embargo.”
“Tyndall ha dicho en un ejemplo gráfico, que la fuerza del puñado de
nieve contenido en la mano de un niño, bastaría para hacer volar en
pedazos una montaña. Calculen ustedes lo que se necesitará para vencer
esa fuerza. Y yo desintegro bloques de granito de un metro cúbico...”
Decía aquello sencillamente, como la cosa más natural, sin ocuparse
de nuestra aquiescencia. Nosotros, aunque vagamente, íbamonos turbando
con la inminencia de un gran revelación; pero acostumbrados al tono
autoritario de nuestro amigo, nada replicábamos. Nuestros ojos, eso sí,
buscaban al descuido por el taller, los misteriosos aparatos. Á no ser
un volante de eje solidísimo, nada había que no nos fuese familiar.
“Llegamos, prosiguió el descubridor, al final de la exposición. Había
dicho que necesitaba ondas sonoras susceptibles de ser lanzadas en
progresión proporcional, y á vuelta de muchos tanteos, que no es
menester describrir, di con ellas.”
“Eran el _do, fa, sol, do_, que según la tradición antigua constituían
la lira de Orfeo, y que contienen los intervalos más importantes de la
declamación, es decir, el secreto musical de la voz humana. La relación
de estas ondas es matemáticamente 1, 4/3, 3/2, 2; y arrancadas de la
naturaleza, sin un agregado ó deformación que las altere, son también
una fuerza original. Ya ven ustedes que la lógica de los hechos, iba
paralela con la de la teoría.”
“Procedí entonces á construir mi aparato; mas para llegar al que usted
en ven aquí, dijo sacando de su bolsillo un disco harto semejante á un
reloj de níquel, ensayé diversas máquinas.”
Confieso que el aparato aquél nos defraudó. La relación de magnitudes
forma de tal modo la esencia del criterio humano, que al oir hablar de
fuerzas enormes habíamos presentido máquinas grandiosas. Aquella cajita
redonda, con un botón saliente en su borde y á la parte opuesta una
boquilla, parecía cualquier cosa menos un generador de éter vibratorio.
“Primero, continuó el otro sonriendo ante nuestra perplejidad, pensé
en cosas complicadas, análogas á las sirenas de Koenig. Luego fuí
simplificando de acuerdo con mis ideas sobre la deficiencia de las
máquinas, hasta llegar á esto que no es sino una solución transitoria.”
“La delicadeza del aparato no permite abrirlo á cada momento; pero
ustedes deben conocerlo, añadió destornillando su tapa.”
Contenía cuatro diapasoncillos, poco menos finos que cerdas,
implantados á intervalos desiguales sobre un diafragma de madera que
constituía el fondo de la caja. Un sutilísimo alambre se tendía y
distendía rozándolos, bajo la acción del botón que sobresalía; y la
boquilla de que antes hablé, era una bocina microfónica.
“Los intervalos entre diapasón y diapasón, tanto como el espacio
necesario para el juego de la cuerda que los roza, imponían al
aparato este tamaño mínimo. Cuando ellos suenan, la cuádruple onda
transformada en una, sale por la bocina microfónica como un verdadero
proyectil etéreo. La descarga se repite cuantas veces aprieto el botón,
pudiendo salir las ondas sin solución de continuidad apreciable, es
decir mucho más próximas que las balas de una ametralladora, y formar
un verdadero chorro de éter dinámico cuya potencia es incalculable.”
“Si la onda va al centro molecular del cuerpo, éste se desintegra en
partículas impalpables. Si no, lo perfora con un agujerillo enteramente
imperceptible. En cuanto al roce tangencial, van á ver ustedes sus
efectos sobre aquel volante...”
--...¿Qué pesa?... interrumpí.
--Trescientos kilogramos.
El botón comenzó á actuar con ruidecito intermitente y seco, ante
nuestra curiosidad todavía incrédula; y como el silencio era grande,
percibimos apenas una aguda estridencia, análoga al zumbido de un
insecto.
No tardó mucho en ponerse en movimiento la mole, y ésta fué
acelerándose de tal modo, que pronto vibró la casa entera como al
empuje de un huracán. La maciza rueda no era más que una sombra vaga
semejante al ala de un colibrí en suspensión, y el aire desplazado
por ella provocaba un torbellino dentro del cuarto. El descubridor
suspendió muy luego los efectos de su aparato, pues ningún eje habría
aguantado mucho tiempo semejante trabajo.
Mirábamonos suspensos, con una mezcla de admiración y pavor, trocada
muy luego en desmedida curiosidad.
El médico quiso repetir el experimento; pero por más que abocó la
cajita hacia el volante, nada consiguió. Yo intenté lo propio con igual
desventura.
Creíamos ya en una broma de nuestro amigo, cuando éste dijo, poniéndose
tan grave que casi daba en taciturno:
“Es que aquí está el misterio de mi fuerza. Nadie, sino yo, puede
usarla. Y yo mismo no sé cómo sucede.”
“Defino, sí, lo que por mí pasa, como una facultad análoga á la
puntería. Sin verlo, sin percibirlo en ninguna forma material, yo _sé_
dónde está el centro del cuerpo que deseo desintegrar, y en la misma
forma proyecto mi éter contra el volante.”
“Prueben ustedes cuanto quieran. Quizá al fin...”
Todo fué en vano. La onda etérea se dispersaba inútil. En cambio, bajo
la dirección de su amo, llamémosle así, ejecutó prodigios.
Un adoquín que calzaba la puerta rebelde, se desintegró á nuestra
vista, convirtiéndose con leve sacudida en un montón de polvo
impalpable. Varios trozos de hierro sufrieron la misma suerte. Y
resultaba en verdad de un efecto mágico aquella transformación de la
materia, sin un esfuerzo perceptible, sin un ruido, como no fuera la
leve estridencia que cualquier rumor ahogaba.
El médico, entusiasmado, quería escribir un artículo.
--No, dijo nuestro amigo; detesto la notoriedad, aunque no he podido
evitarla del todo, pues los vecinos comienzan á enterarse. Además, temo
los daños que puede causar esto...
--En efecto, dije; como arma sería espantoso.
--¿No lo has ensayado sobre algún animal? preguntó el médico.
--Ya sabes, respondió nuestro amigo con grave mansedumbre, que jamás
causo dolor á ningún ser viviente.
Y con esto terminó la sesión.
Los días siguientes transcurrieron entre maravillas; y recuerdo como
particularmente notable la desintegración de un vaso de agua, que
desapareció de súbito cubriendo de rocío toda la habitación.
“El vaso permanece, explicaba el sabio, porque no forma un bloque
con el agua á causa de que no hay entre ésta y el cristal adherencia
perfecta. Lo mismo sucedería si estuviera herméticamente cerrado. El
líquido, convertido en partículas etéreas, sería proyectado á través de
los poros del metal...”
Así marchábamos de asombro en asombro; mas el secreto no podía
prolongarse, y es imposible valorar lo que se perdió en el triste
suceso cuyo relato finalizará esta historia.
Lo cierto es--para qué entretenerse en cosas tristes--que una de esas
mañanas encontramos á nuestro amigo, muerto, con la cabeza recostada en
el respaldo de su silla.
Fácil es imaginar nuestra consternación. El aparato maravilloso estaba
ante él y nada anormal se notaba en el laboratorio.
Mirábamonos sorprendidos, sin conjeturar ni lejanamente la causa de
aquel desastre, cuando noté de pronto que la pared á la cual casi
tocaba la cabeza del muerto, se hallaba cubierta de una capa grasosa,
una especie de manteca.
Casi al mismo tiempo mi compañero lo advirtió también, y raspando con
su dedo sobre aquella mixtura, exclamó sorprendido:
--¡Esto es substancia cerebral!
La autopsia confirmó su dicho certificando una nueva maravilla del
portentoso aparato. Efectivamente, la cabeza de nuestro pobre amigo
estaba vacía, sin un átomo de sesos. El proyectil etéreo, quién sabe
por qué rareza de dirección ó por qué descuido, habíale desintegrado
el cerebro, proyectándolo en explosión atómica á través de los poros
de su cráneo. Ni un rastro exterior denunciaba la catástrofe, y aquel
fenómeno, con todo su horror, era, á fe mía, el más estupendo de
cuantos habíamos presenciado.
Sobre mi mesa de trabajo, aquí mismo, en tanto que finalizo esta
historia, el aparato en cuestión brilla, diríase siniestramente, al
alcance de mi mano.
Funciona perfectamente; pero el éter formidable, la substancia
prodigiosa y homicida de la cual tengo ¡ay! tan desgraciada prueba, se
pierde sin rumbo en el espacio, á pesar de todas mis vanas tentativas.
En el instituto Lutz y Schultz han ensayado también sin éxito.
LA LLUVIA DE FUEGO
LA LLUVIA DE FUEGO
EVOCACIÓN DE UN DESENCARNADO DE GOMORRA
Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular
en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura
perfecta.
Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles
salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una
avenida...
Á eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra
allá--partículas de cobre semejantes á las morcellas de un pábilo;
partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un
ruidecito de arenas. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano
no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera, cesaron de cantar.
Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un
momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica causada por
mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues
la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que
se destacaban asimismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito
en la tierra. Así, á largos intervalos.
Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré
el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía
aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...
Acababa de caer una chispa en mi terraza, á pocos pasos. Extendí la
mano; era, á no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en
enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia
singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto
ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado.
No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles
gránulos.
En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía.
Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las
chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me
resguardaba...
...¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros,
que nada pude descubrir.
En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado
celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la
biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahito de mujeres y un poco
gotoso, en punto á vicios amables nada podía esperar ya sino de la
gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas.
Nunca había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres
me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía á los
hombres.
¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado á
mis jardines, á mis peces, á mis pájaros, faltábame tiempo para salir.
Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo á la orilla del lago.
Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y
pasaba meses sin frecuentarlo.
La vasta ciudad libertina, era para mí un desierto donde se refugiaban
mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa;
lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta
de flautistas, y dos ó tres ataques de gota por año...
Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí
figuraban, no sin elogio, dos ó tres salsas de mi invención. Esto me
daba derecho--lo digo sin orgullo--á un busto municipal, con tanta
razón como á la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.
Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve,
que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso
frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la
servidumbre no daba muestras de notarla.
De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no
pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, á la mesa; pero acusando
con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un
agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo
había abierto. Ahogámosla en aceite, y fué enviado al lecho sin que
pudiera contener sus ayes.
Bruscamente acabó mi apetito, y aunque seguí probando los platos para
no desmoralizar á la servidumbre, aquélla se apresuró á corresponderme.
El incidente me había desconcertado.
Promediaba la siesta cuando subí nuevamente á la terraza. El suelo
estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia
aumentara. Comenzaba á tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me
sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado
á causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de
cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era
también alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un
rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la
puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún.
Entonces comenzó á intimidarme la idea de un cataclismo.
Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás
esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire
no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo, no dejaba
conjeturar su procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto.
Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad
desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible
cobre--pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame
poco á poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces
no había pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables
interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces
que acababan precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya
ennoblecidos de antigüedad--mis cincuenta años de placidez, en la dicha
del presente, en el descuido del mañana?...
¿Huir...? Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del
otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana
negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel
agria...
Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago
como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no
viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.
No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso
claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado á la verdad por
el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo,
algo me decía que el fenómeno no iba á pasar de allí. Sin embargo, nada
se perdía con hacer armar el carro.
En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi
junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era
una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo
habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente
gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.
Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar
solidario, la animación vespertina que era toda amor y lujo. El cielo
seguía purísimo. Muchachos afanosos, recogían en escudillas la granalla
de cobre, que los caldereros habían empezado á comprar. Era todo lo
que quedaba de la gran amenaza celeste.
Más numerosa que nunca, la gente de placer coloreaba las calles; y
aún recuerdo que sonreí vagamente á un equívoco mancebo, cuya túnica
recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus
piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno
desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete,
paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón, erguido
en su carro, manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño,
que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras:
ayuntamientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella
cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, á fe
mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados
por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con
asafétida.
Seguido por tres jóvenes enmascaradas pasó un negro amabilísimo, que
dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de
una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía
dorarlas uñas.
Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su
morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronce, cobertores de un
tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya
abolición habían pedido infructuosamente los ciudadanos honrados. Pues
mi ciudad sabía gozar, sabía vivir.
Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo
jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la
ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de
visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de
beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una
rápida salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado
la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas,
alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las
jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar
de un soplo á las narices de los transeúntes distraídos, tripas
pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba.
De balcón á balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de
los parques, palpitaba de parejas...
Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata
pesadez de sueño.
Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había
afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por
mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared
estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité
abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.
La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un
caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso
apestaba el aire. Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y
aquella lluvia no alcanzaba á las puertas.
Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje;
el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas
de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas, se
divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.
Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La
servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un corbertor de
biso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañadera de metal que
me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los
caballos habían deaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía
honor á mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.
Afortunadamente el comedor se encontraba lleno de provisiones; su
sótano, atestado de vinos. Bajé á él. Conservaba todavía su frescura;
hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de
su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena
secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega
poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos.
Era un licor claro é insípido, de efectos instantáneos.
Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No
pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la
muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, á no
dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente!
¡La ciudad en llamas! Valía la pena.
Subí á la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso á
ella. Veía desde allí lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La
soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que
otro ululato de perro, ó explosión anormal. El ambiente estaba rojo,
y á su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez
tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse,
negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no
obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto
sí, mucho más cerca, y como ahogado en cenizas. Sobre el lago flotaba
un denso vapor, que algo prevenía la extraordinaria sequedad del aire.
Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que
vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando
mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban
incendios aquí y allá.
Mis pájaros comenzaban á morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe
para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta
cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los
conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase
deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón
y orina, con tendencia á salarse. Bastóme levantar las trampillas
de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar á mi agua toda
comunicación con el exterior.
Esa tarde y toda la noche fué horrendo el espectáculo de la ciudad.
Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida para arderse
en las calles, en la campiña desolada; y la población agonizó
bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de
una variedad estupendas. No hay nada tan sublime como la voz humana.
El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y
efectos diversos, y más que todo la incineración de tantos cuerpos,
acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al
declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las
flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora
llamaradas siniestras. Empezó á soplar un viento ardentísimo, denso,
como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno
sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas
y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el
enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba á dominar; y aquel hedor
de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía
escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca,
aquellos clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un
huracán, aquellos clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las
bestias con un inefable pavor de eternidad!...
Mi casa empezaba á arder.
Bajé á la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de
ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de
pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el
silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no
sentía--estoy seguro--desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de
una presencia enemiga y difusa; y me eché á llorar, á llorar como un
loco, á llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.
No fué sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se
me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia
escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella
defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la
benéfica influencia de la acción. Cayendo á cada instante en modorras
que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente
oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje
conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta
llegué á comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En
cambio bebí mucha agua.
De repente mis lámparas empezaron á amortiguarse, y junto con eso
el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado
sin advertirlo toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No
advertí, al descender esa tarde, en traerlas todas conmigo.
Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna
empezaba á llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro
remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible á morir asfixiado
como una alimaña en su cueva.
Á duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del
comedor cubrían...
...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya
no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres,
yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de
catástrofe. Cinco ó seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos;
y bajo el cielo que no se había enturbiado un momento, un cielo cuya
crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi
pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero
cadáver.
La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda
también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi
dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán
había quedado en pie, y asiéndome de las adarajas pude llegar á su cima.
No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho á un
escorial volcánico. Á trechos, en los parajes que la ceniza no cubría,
brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del
desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre.
En las montañas, á la otra margen del lago, las aguas evaporadas de
éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido
respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y
aquella soledad empezaba á agobiarme con una honda desolación, cuando
hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas.
Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía á mí.
No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el
arco vino á sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo
en una bodega, pero apuñaleando á su propietario. Acababa de agotársele
el agua y por ello salía.
Asegurado á este respecto, empecé á interrogarle. Todos los barcos
ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo.
Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví--ignoro por
qué--á levantar la mía.
Ofrecíle mi bodega donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos
quesos, todo el vino...
De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La
polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en
socorro, los compatriotas de Adama ó de Seboim. Pronto hubimos
de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como
peligroso.
Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que
acudían á la ciudad como á un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de
cataclismo.
La sed y no el hambre era lo que los enfurecía, pues pasaron junto á
nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos
demostraba tan lúgubremente la catástrofe.
Pelados como gatos sarnosos, reducida á escasos chicharrones la crin,
secos los ijares, en una desproporción de cómicos á medio vestir con la
fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye,
las garras pustulosas, chorreando sangre--todo aquello decía á las
claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las
inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.
Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y
bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado
también; hasta que sentándose por último en torno del postrero, con
el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de
eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse á rugir.
¡Ah!... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de
la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de bestia
sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra.
Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto á
alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba á sus
terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo
mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar--¿por
qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea
de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más
espantoso. El transporte de su dolor elevábalos á cierta vaga noción de
proveniencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia
infernal, y sus rugidos preguntaban ciertamente algo á la cosa tremenda
que causaba su padecer. ¡Ah!... esos rugidos, lo único de grandioso
que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cuál comentaban el
horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor
irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...
Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó á llover de
nuevo, más compacto, más pesado que nunca.
En nuestro súbito descenso, alcanzamos á ver que las fieras se
desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.
Llegamos á la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas, y
comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba á consumar la ruina, me
dispuse á concluir.
Mientras mi compañero abusaba de la bodega--por primera y última vez,
á buen seguro--decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño
fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí á
ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.
Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar,
apenas turbado por la curiosidad de la muerte.
El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron á las voluptuosidades de
mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello,
el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad,
acabaron de serenarme.
Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez á caer escombros.
De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de
llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo
urinoso... Llevé el pomo á mis labios, y...
UN FENÓMENO INEXPLICABLE
UN FENÓMENO INEXPLICABLE
Hace de esto once años. Viajaba por la región agrícola que se
dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de las
recomendaciones indispensables para escapar á las horribles posadas
de aquellas colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los
invariables salpicones con hinojo y las fatales nueces del postre,
exigía fundamentales refacciones. Mi última peregrinación debía
efectuarse bajo los peores auspicios. Nadie sabía indicarme un
albergue en la población hacia donde iba á dirigirme. Sin embargo,
las circunstancias apremiaban, cuando el juez de paz que me profesaba
cierta simpatía, vino en mi auxilio.
--Conozco allá, me dijo, un señor inglés viudo y solo. Posee una casa,
lo mejor de la colonia, y varios terrenos de no escaso valor. Algunos
servicios que mi cargo me puso en situación de prestarle, serán buen
pretexto para la recomendación que usted desea, y que si es eficaz
le proporcionará excelente hospedaje. Digo si es eficaz, pues mi
hombre, no obstante sus buenas cualidades, suele tener su luna en
ciertas ocasiones, siendo, además, extraordinariamente reservado. Nadie
ha podido penetrar en su casa más allá del dormitorio donde recibe
á sus huéspedes, muy escasos por otra parte. Todo esto quiere decir
que va usted en condiciones nada ventajosas, pero es cuanto puedo
suministrarle. El éxito es puramente casual. Con todo, si usted quiere
una carta de recomendación...
Acepté y emprendí acto continuo mi viaje llegando al punto de destino
horas después.