cuando se conoce quién tiene alma y quién no la tiene. Tú no tienes
pecados; pero yo sí. Dicen que cuando uno se muere y no halla cura con
quien confesarse, debe decir lo que tiene en la conciencia al primero
que encuentre. Pues yo te digo, Gabrielillo, que me confieso contigo, y
que te voy a decir mis pecados, y cuenta con que Dios me está oyendo
detrás de ti, y que me va a perdonar».
Mudo por el espanto y por las solemnes palabras que acababa de oír, me
abracé al anciano, que continuó de este modo:
«Pues digo que siempre he sido cristiano católico,
_postólico_, romano, y que siempre he sido y soy devoto de la
Virgen del Carmen, a quien llamo en mi ayuda en este momento; y digo
también que, si hace veinte años que no he confesado ni comulgado, no
fue por mí, sino por _mor_ del maldito servicio, y porque
siempre lo va uno dejando para el domingo que viene. Pero ahora me pesa
de no haberlo hecho, y digo, y declaro, y perjuro, que quiero a Dios y a
la Virgen y a todos los santos; y que por todo lo que les haya ofendido
me castiguen, pues si no me confesé y comulgué este año fue por
_aquél_ de los malditos _casacones_, que me hicieron
salir al mar cuando tenía el _proeto_ de cumplir con la
Iglesia. Jamás he robado ni la punta de un alfiler, ni he dicho más
mentiras que alguna que otra para bromear. De los palos que le daba a mi
mujer hace treinta años, me arrepiento, aunque creo que bien dados
estuvieron, porque era más mala que las _churras_, y con un
genio más picón que un alacrán. No he faltado ni tanto así a lo que
manda la Ordenanza; no aborrezco a nadie más que a los
_casacones_, a quienes hubiera querido ver hechos picadillo;
pero pues dicen que todos somos hijos de Dios, yo les perdono, y
_así mismamente_ perdono a los franceses, que nos han traído
esta guerra. Y no digo más, porque me parece que me voy a toda vela. Yo
amo a Dios y estoy tranquilo. Gabrielillo, abrázate conmigo, y apriétate
bien contra mí. Tú no tienes pecados, y vas a andar
_finiqueleando_ con los ángeles divinos. Más vale morirse a tu
edad que vivir en este _emperrado_ mundo... Con que ánimo,
chiquillo, que esto se acaba. El agua sube, y el _Rayo_ se
acabó para siempre. La muerte del que se ahoga es muy buena: no te
asustes... abrázate conmigo. Dentro de un ratito estaremos libres de
pesadumbres, yo dando cuenta a Dios de mis pecadillos, y tú contento
como unas pascuas danzando por el Cielo, que está alfombrado con
estrellas, y allí parece que la felicidad no se acaba nunca, porque es
eterna, que es como dijo el otro, mañana y mañana y mañana, y al otro y
siempre...»
No pudo hablar más. Yo me agarré fuertemente al cuerpo de Medio-hombre.
Un violento golpe de mar sacudió la proa del navío, y sentí el azote
del agua sobre mi espalda. Cerré los ojos y pensé en Dios. En el mismo
instante perdí toda sensación, y no supe lo que ocurrió.
-XVI-
Volvió, no sé cuándo, a iluminar turbiamente mi espíritu la noción de la
vida; sentí un frío intensísimo, y sólo este accidente me dio a conocer
la propia existencia, pues ningún recuerdo de lo pasado conservaba mi
mente, ni podía hacerme cargo de mi nueva situación. Cuando mis ideas se
fueron aclarando y se desvanecía el letargo de mis sentidos, me encontré
tendido en la playa. Algunos hombres estaban en derredor mío,
observándome con interés. Lo primero que oí, fue: «¡Pobrecito...!, ya
vuelve en sí».
Poco a poco fui volviendo a la vida, y con ella al recuerdo de lo
pasado. Me acordé de Marcial, y creo que las primeras palabras
articuladas por mis labios fueron para preguntar por él. Nadie supo
contestarme. Entre los que me rodeaban reconocí a algunos marineros del
_Rayo_, les pregunté por Medio-hombre, y todos convinieron en
que había perecido. Después quise enterarme de cómo me habían salvado;
pero tampoco me dieron razón.
Diéronme a beber no sé qué; me llevaron a una casa cercana, y allí,
junto al fuego, y cuidado por una vieja, recobré la salud, aunque no las
fuerzas. Entonces me dijeron que habiendo salido otra balandra a
reconocer los restos del _Rayo_, y los de un navío francés que
corrió igual suerte, me encontraron junto a Marcial, y pudieron salvarme
la vida. Mi compañero de agonía estaba muerto. También supe que en la
travesía del barco naufragado a la costa habían perecido algunos
infelices.
Quise saber qué había sido de Malespina, y no hubo quien me diera razón
del padre ni del hijo. Pregunté por el _Santa Ana_, y me
dijeron que había llegado felizmente a Cádiz, por cuya noticia resolví
ponerme inmediatamente en camino para reunirme con mi amo. Me encontraba
a bastante distancia de Cádiz, en la costa que corresponde a la orilla
derecha del Guadalquivir. Necesitaba, pues, emprender la marcha
inmediatamente para recorrer lo más pronto posible tan largo proyecto.
Esperé dos días más para reponerme, y al fin, acompañado de un marinero
que llevaba el mismo camino, me puse en marcha hacia Sanlúcar. En la
mañana del 27 recuerdo que atravesamos el río, y luego seguimos nuestro
viaje a pie sin abandonar la costa. Como el marinero que me acompañaba
era francote y alegre, el viaje fue todo lo agradable que yo podía
esperar, dada la situación de mi espíritu, aún abatido por la muerte de
Marcial y por las últimas escenas de que fui testigo a bordo. Por el
camino íbamos departiendo sobre el combate y los naufragios que le
sucedieron.
«Buen marino era Medio-hombre--decía mi compañero de viaje--. ¿Pero
quién le metió a salir a la mar con un cargamento de más de sesenta
años? Bien empleado le está el fin que ha tenido.
--Era un valiente marinero--dije yo--; y tan aficionado a la guerra,
que ni sus achaques le arredraron cuando intentó venir a la escuadra.
--Pues de ésta me despido--prosiguió el marinero--. No quiero más
batallas en la mar. El Rey paga mal, y después, si queda uno cojo o
baldado, le dan las buenas noches, y si te he visto no me acuerdo.
Parece mentira que el Rey trate tan mal a los que le sirven. ¿Qué cree
usted? La mayor parte de los comandantes de navío que se han batido el
21, hace muchos meses que no cobran sus pagas. El año pasado estuvo en
Cádiz un capitán de navío que, no sabiendo cómo mantenerse y mantener a
sus hijos, se puso a servir en una posada.
Sus amigos le descubrieron, aunque él trataba de disimular su miseria,
y, por último, lograron sacarle de tan vil estado. Esto no pasa en
ninguna nación del mundo; ¡y luego se espantan de que nos venzan los
ingleses! Pues no digo nada del armamento. Los arsenales están vacíos, y
por más que se pide dinero a Madrid, ni un cuarto. Verdad es que todos
los tesoros del Rey se emplean en pagar sus sueldos a los señores de la
Corte, y entre éstos el que más come es el Príncipe de la Paz, que reúne
40.000 durazos como Consejero de Estado, como Secretario de Estado, como
Capitán General y como Sargento mayor de guardias... Lo dicho, no quiero
servir al Rey. A mi casa me voy con mi mujer y mis hijos, pues ya he
cumplido, y dentro de unos días me han de dar la licencia.
--Pues no podrá usted quejarse, amiguito, si le tocó ir en el
_Rayo_, navío que apenas entró en acción.
--Yo no estaba en el _Rayo_, sino en el _Bahama_,
que sin duda fue de los barcos que mejor y por más tiempo pelearon.
--Ha sido apresado, y su comandante murió, si no recuerdo mal.
--Así fue--contestó--. Y todavía me dan ganas de llorar cuando me
acuerdo de Don Dionisio Alcalá Galiano, el más valiente brigadier de la
armada. Eso sí: tenía el genio fuerte y no consentía la más pequeña
falta; pero su mucho rigor nos obligaba a quererle más, porque el
capitán que se hace temer por severo, si a la severidad acompaña la
justicia, infunde respeto, y, por último, se conquista el cariño de la
gente. También puede decirse que otro más caballero y más generoso que
D. Dionisio Alcalá Galiano no ha nacido en el mundo. Así es que cuando
quería obsequiar a sus amigos, no se andaba por las ramas, y una vez en
la Habana gastó diez mil duros en cierto convite que dio a bordo de su
buque.
--También oí que era hombre muy sabio en la náutica.
--¿En la náutica? Sabía más que Merlín y que todos los doctores de la
Iglesia. ¡Si había hecho un sinfín de mapas y había descubierto no sé
qué tierras que están allá por el mismo infierno! ¡Y hombres así los
mandan a una batalla para que perezcan como un grumete! Le contaré a
usted lo que pasó en el _Bahama_. Desde que empezó la batalla,
D. Dionisio Alcalá Galiano sabía que la habíamos de perder, porque
aquella maldita virada en redondo... Nosotros estábamos en la reserva y
nos quedamos a la cola. Nelson, que no era ningún rana, vio nuestra
línea y dijo: «Pues si la corto por dos puntos distintos, y les cojo
entre dos fuegos, no se me escapa ni tanto así de navío». Así lo hizo el
maldito, y como nuestra línea era tan larga, _la cabeza no podía ir
en auxilio de la cola_[6]. Nos derrotó por partes, atacándonos en dos
fuertes columnas dispuestas al modo de cuña, que es, según dicen, el
modo de combatir que usaba el capitán moro Alejandro Magno, y que hoy
dicen usa también Napoleón. Lo cierto es que nos envolvió y nos dividió
y nos fue rematando barco a barco de tal modo, que no podíamos ayudarnos
unos a otros, y cada navío se veía obligado a combatir con tres o
cuatro.
[Nota 6: Palabras de Nelson. (N. del A.)]
»Pues verá usted: el _Bahama_ fue de los que primero entraron
en fuego. Alcalá Galiano revistó la tripulación al mediodía, examinó las
baterías, y nos echó una arenga en que dijo, señalando la bandera:
«Señores: estén ustedes todos en la inteligencia de que esa bandera está
clavada». Ya sabíamos qué clase de hombre nos mandaba; y así, no nos
asombró aquel lenguaje. Después le dijo al guardia marina D. Alonso
Butrón, encargado de ella: «Cuida de defenderla. Ningún Galiano se
rinde, y tampoco un Butrón debe hacerlo».
--Lástima es--dije yo--, que estos hombres no hayan tenido un jefe
digno de su valor, ya que no se les encargó del mando de la escuadra.
--Sí que es lástima, y verá usted lo que pasó. Empezó la refriega, que
ya sabrá usted fue cosa buena, si estuvo a bordo del
_Trinidad_. Tres navíos nos acribillaron a balazos por babor y
estribor. Desde los primeros momentos caían como moscas los heridos, y
el mismo comandante recibió una fuerte contusión en la pierna, y después
un astillazo en la cabeza, que le hizo mucho daño. ¿Pero usted cree que
se acobardó, ni que anduvo con ungüentos ni parches? ¡Quiá! Seguía en el
alcázar como si tal cosa, aunque personas muy queridas para él caían a
su lado para no levantarse más. Alcalá Galiano mandaba la maniobra y la
artillería como si hubiéramos estado haciendo el saludo frente a una
plaza. Una balita de poca cosa le llevó el anteojo, y esto le hizo
sonreír. Aún me parece que le estoy viendo. La sangre de las heridas le
manchaba el uniforme y las manos; pero él no se cuidaba de esto más que
si fueran gotas de agua salada salpicadas por el mar. Como su carácter
era algo arrebatado y su genio vivo, daba las órdenes gritando y con
tanto coraje, que si no las obedeciéramos porque era nuestro deber, las
hubiéramos obedecido por miedo... Pero al fin todo se acabó de repente,
cuando una bala de medio calibre le cogió la cabeza, dejándole muerto en
el acto.
»Con esto concluyó el entusiasmo, si no la lucha. Cuando cayó muerto
nuestro querido comandante, le ocultaron para que no le viéramos; pero
nadie dejó de comprender lo que había pasado, y después de una lucha
desesperada sostenida por el honor de la bandera, el _Bahama_
se rindió a los ingleses, que se lo llevarán a Gibraltar si antes no se
les va a pique, como sospecho».
Al concluir su relación, y después de contar cómo había pasado del
_Bahama_ al _Santa Ana_, mi compañero dio un fuerte
suspiro y calló por mucho tiempo. Pero como el camino se hacía largo y
pesado, yo intenté trabar de nuevo la conversación, y principié
contándole lo que había visto, y, por último, mi traslado a bordo del
_Rayo_ con el joven Malespina.
«¡Ah!--dijo--. ¿Es un joven oficial de artillería que fue transportado
a la balandra y de la balandra a tierra en la noche del 23?
--El mismo--conteste--, y por cierto que nadie me ha dado razón de su
paradero.
--Pues ese fue de los que perecieron en la segunda lancha, que no pudo
tocar a tierra. De los sanos se salvaron algunos, entre ellos el padre
de ese señor oficial de artillería; pero los heridos se ahogaron todos,
como es fácil comprender, no pudiendo los infelices ganar a nado la
costa».
Me quedé absorto al saber la muerte del joven Malespina, y la idea del
pesar que aguardaba a mi infeliz e idolatrada amita llenó mi alma,
ahogando todo resentimiento.
«¡Qué horrible desgracia!--exclamé--. ¿Y seré yo quien lleve tan triste
noticia a su afligida familia? ¿Pero, señor, está usted seguro de lo que
dice?
--He visto con estos ojos al padre de ese joven, quejándose amargamente,
y refiriendo los pormenores de la desgracia con tanta angustia que
partía el corazón. Según decía, él había salvado a todos los de la
lancha, y aseguraba que si hubiera querido salvar sólo a su hijo, lo
habría logrado a costa de la vida de todos los demás. Prefirió con todo
dar la vida al mayor número, aun sacrificando la de su hijo en beneficio
de muchos, y así lo hizo. Parece que es hombre de mucha alma, y
sumamente diestro y valeroso».
Esto me entristeció tanto, que no hablé más del asunto. ¡Muerto Marcial,
muerto Malespina! ¡Qué terribles nuevas llevaba yo a casa de mi amo!
Casi estuve por un momento decidido a no volver a Cádiz, dejando que el
azar o la voz pública llevaran tan penosa comisión al seno del hogar,
donde tantos corazones palpitaban de inquietud. Sin embargo, era preciso
que me presentase a D. Alonso para darle cuenta de mi conducta.
Llegamos por fin a Rota, y allí nos embarcamos para Cádiz. No pueden
ustedes figurarse qué alborotado estaba el vecindario con la noticia de
los desastres de la escuadra. Poco a poco iban llegando las nuevas de lo
sucedido, y ya se sabía la suerte de la mayor parte de los buques,
aunque de muchos marineros y tripulantes se ignoraba todavía el
paradero. En las calles ocurrían a cada momento escenas de desolación,
cuando un recién llegado daba cuenta de los muertos que conocía, y
nombraba las personas que no habían de volver. La multitud invadía el
muelle para reconocer los heridos, esperando encontrar al padre, al
hermano, al hijo o al marido. Presencié escenas de frenética alegría,
mezcladas con lances dolorosos y terribles desconsuelos. Las esperanzas
se desvanecían, las sospechas se confirmaban las más de las veces, y el
número de los que ganaban en aquel agonioso juego de la suerte era bien
pequeño, comparado con el de los que perdían. Los cadáveres que
aparecieron en la costa de Santa María sacaban de dudas a muchas
familias, y otras esperaban aún encontrar entre los prisioneros
conducidos a Gibraltar a la persona amada.
En honor del pueblo de Cádiz, debo decir que jamás vecindario alguno ha
tomado con tanto empeño el auxilio de los heridos, no distinguiendo
entre nacionales y enemigos, antes bien equiparando a todos bajo el
amplio pabellón de la caridad. Collingwood consignó en sus memorias esta
generosidad de mis paisanos. Quizás la magnitud del desastre apagó todos
los resentimientos. ¿No es triste considerar que sólo la desgracia hace
a los hombres hermanos?
En Cádiz pude conocer en su conjunto la acción de guerra que yo, a pesar
de haber asistido a ella, no conocía sino por casos particulares, pues
lo largo de la línea, lo complicado de los movimientos y la diversa
suerte de los navíos, no permitían otra cosa. Según allí me dijeron,
además del _Trinidad_, se habían ido a pique el
_Argonauta_, de 92, mandado por D. Antonio Pareja, y el
_San Agustín_, de 80, mandado por D. Felipe Cajigal. Con
Gravina, en el _Príncipe de Asturias_, habían vuelto a Cádiz
el _Montañés_, de 80, comandante Alcedo, que murió en el
combate en unión del segundo Castaños; el _San Justo_, de 76,
mandado por D. Miguel Gastón; el _San Leandro_, de 74, mandado
por D. José Quevedo; el _San Francisco_, de 74, mandado por D.
Luis Flores; el _Rayo_, de 100, que mandaba Macdonell. De
éstos, salieron el 23, para represar las naves que estaban a la vista,
el _Montañés_, el _San Justo_, el _San
Francisco_ y el _Rayo_; pero los dos últimos se perdieron
en la costa, lo mismo que el _Monarca_, de 74, mandado por
Argumosa, y el _Neptuno_, de 80, cuyo heroico comandante, D.
Cayetano Valdés, ya célebre por la jornada del 14, estuvo a punto de
perecer. Quedaron apresados el _Bahama_, que se deshizo antes
de llegar a Gibraltar; el _San Ildefonso_, de 74, comandante
Vargas, que fue conducido a Inglaterra, y el _Nepomuceno_, que
por muchos años permaneció en Gibraltar, conservado como un objeto de
veneración o sagrada reliquia. El _Santa Ana_ llegó felizmente
a Cádiz en la misma noche en que le abandonamos. Los ingleses también
perdieron algunos de sus fuertes navíos, y no pocos de sus oficiales
generales compartieron el glorioso fin del almirante Nelson. En cuanto
a los franceses, no es necesario decir que tuvieron tantas pérdidas como
nosotros. A excepción de los cuatro navíos que se retiraron con Dumanoir
sin entrar en fuego, mancha que en mucho tiempo no pudo quitarse de
encima la marina imperial, nuestros aliados se condujeron heroicamente
en la batalla. Villeneuve, deseando que se olvidaran en un día sus
faltas, peleó hasta el fin denodadamente, y fue llevado prisionero a
Gibraltar. Otros muchos comandantes cayeron en poder de los ingleses, y
algunos murieron. Sus navíos corrieron igual suerte que los nuestros:
unos se retiraron con Gravina; otros fueron apresados, y muchos se
perdieron en las costas. El _Achilles_ se voló en medio del
combate, como indiqué en mi relación.
Pero a pesar de estos desastres, nuestra aliada, la orgullosa Francia,
no pagó tan caro como España las consecuencias de aquella guerra. Si
perdía lo más florido de su marina, en tierra alcanzaba en aquellos
mismos días ruidosos triunfos. Napoleón había transportado en poco
tiempo el gran ejército desde las orillas del Canal de la Mancha a la
Europa central, y ponía en ejecución su colosal plan de campaña contra
el Austria. El 20 de Octubre, un día antes de Trafalgar, Napoleón
presenciaba en el campo de Ulm el desfile de las tropas austriacas,
cuyos generales le entregaban su espada, y dos meses después, el 2 de
Diciembre del mismo año, ganaba en los campos de Austerlitz la más
brillante acción de su reinado.
Estos triunfos atenuaron en Francia la pérdida de Trafalgar; el mismo
Napoleón mandó a los periódicos que no se hablara del asunto, y cuando
se le dio cuenta de la victoria de sus implacables enemigos los
ingleses, se contentó con encogerse de hombros diciendo: «Yo no puedo
estar en todas partes».
-XVII-
Traté de retardar el momento de presentarme a mi amo; pero, al fin, el
hambre, la desnudez en que me hallaba y la falta de asilo, me obligaron
a ir. Mi corazón, al aproximarme a la casa de Doña Flora, palpitaba con
tanta fuerza, que a cada paso me detenía para tomar aliento. La inmensa
pena que iba a causar anunciando la muerte del joven Malespina,
gravitaba sobre mi alma con tan atroz pesadumbre, que si yo hubiera sido
responsable de aquel desastre, no me habría sentido más angustiado.
Llegué por fin, y entré en la casa. Mi presencia en el patio produjo
gran sensación; sentí fuertes pasos en las galerías altas, y aún no
había tenido tiempo de decir una palabra, cuando me abrazaron
estrechamente. No tardé en reconocer el rostro de Doña Flora, más
pintorreado aquel día que un retablo, y ferozmente desfigurado con la
alegría que mi presencia causó en el espíritu de la excelente vieja. Los
dulces nombres de _pimpollo_, _remono_,
_angelito_, y otros que me prodigó con toda largueza, no me
hicieron sonreír. Subí, y todos estaban en movimiento. Oí a mi amo que
decía: «¡Ahí está! Gracias a Dios». Entré en la sala, y Doña Francisca
se adelantó hacia mí preguntándome con mortal ansiedad:
«¿Y D. Rafael? ¿Qué ha sido de D. Rafael?»
Permanecí confuso por largo rato. La voz se ahogaba en mi garganta y no
tenía valor para decir la fatal noticia. Repitieron la pregunta, y
entonces vi a mi amita que salía de una pieza inmediata, con el rostro
pálido, espantados los ojos y mostrando en su ademán la angustia que la
poseía. Su vista me hizo prorrumpir en amargo llanto, y no necesité
pronunciar una palabra. Rosita lanzó un grito terrible y cayó desmayada.
D. Alonso y su esposa corrieron a auxiliarla, ocultando su pesar en el
fondo del alma. Doña Flora se entristeció, y llamándome aparte para
cerciorarse de que mi persona volvía completa, me dijo:
«¿Con que ha muerto ese caballerito? Ya me lo figuraba yo, y así se lo
he dicho a Paca; pero ella, reza que te reza, ha creído que lo podía
salvar. Si cuando está de Dios una cosa... Y tú bueno y sano, ¡qué
placer! ¿No has perdido nada?»
La consternación que reinaba en la casa es imposible de pintar. Por
espacio de un cuarto de hora no se oyeron más que llantos, gritos y
sollozos, porque la familia de Malespina estaba allí también. ¡Pero qué
singulares cosas permite Dios para sus fines! Había pasado, como he
dicho, un cuarto de hora desde que di la noticia, cuando una ruidosa y
chillona voz hirió mis oídos. Era la de D. José María Malespina, que
vociferaba en el patio, llamando a su mujer, a D. Alonso y a mi amita.
Lo que más me sorprendió fue que la voz del embustero parecía tan alegre
como de costumbre, lo cual me parecía altamente indecoroso después de la
desgracia ocurrida. Corrimos a su encuentro, y me maravillé viéndole
gozoso como unas pascuas.
«Pero D. Rafael...--le dijo mi amo con asombro.
--Bueno y sano--contestó D. José María--. Es decir, sano, no; pero
fuera de peligro sí, porque su herida ya no ofrece cuidado. El bruto del
cirujano opinaba que se moría; pero bien sabía yo que no. ¡Cirujanitos a
mí! Yo lo he curado, señores; yo, yo, por un procedimiento nuevo,
inusitado, que yo solo conozco».
Estas palabras, que repentinamente cambiaban de un modo tan radical la
situación, dejaron atónitos a mis amos; después una viva alegría
sucedió a la anterior tristeza, y, por último, cuando la fuerte emoción
les permitió reflexionar sobre el engaño, me interpelaron con severidad,
reprendiéndome por el gran susto que les había ocasionado. Yo me
disculpé diciendo que me lo habían contado tal como lo referí, y D. José
María se puso furioso, llamándome zascandil, embustero y enredador.
Efectivamente, D. Rafael vivía y estaba fuera de peligro; mas se había
quedado en Sanlúcar en casa de gente conocida, mientras su padre vino a
Cádiz en busca de su familia para llevarla al lado del herido. El lector
no comprenderá el origen de la equivocación que me hizo anunciar con tan
buena fe la muerte del joven; pero apuesto a que cuantos lean esto
sospechan que algún estupendo embuste del viejo Malespina hizo llegar a
mis oídos la noticia de una desgracia supuesta. Así fue, ni más ni
menos. Según lo que supe después al ir a Sanlúcar acompañando a la
familia, D. José María había forjado una novela de heroísmo y habilidad
por parte suya; en diversos corrillos refirió el extraño caso de la
muerte de su hijo, suponiendo pormenores, circunstancias tan dramáticas,
que por algunos días el fingido protagonista fue objeto de las
alabanzas de todos por su abnegación y valentía. Contó que, habiendo
zozobrado la lancha, él tuvo que optar entre la salvación de su hijo y
la de todos los demás, decidiéndose por esto último, en razón de ser más
generoso y humanitario. Adornó su leyenda con detalles tan peregrinos,
tan interesantes y a la vez tan verosímiles, que muchos se lo creyeron.
Pero la superchería se descubrió pronto y el engaño no duró mucho
tiempo, aunque sí el necesario para que llegase a mis oídos, obligándome
a transmitirlo a la familia. Aunque tenía muy mala idea de la veracidad
del viejo Malespina, jamás pude creer que se permitiera mentir en
asuntos tan serios.
Pasadas aquellas fuertes emociones, mi amo cayó en profunda melancolía;
apenas hablaba; diríase que su alma, perdida la última ilusión, había
liquidado toda clase de cuentas con el mundo y se preparaba para el
último viaje. La definitiva ausencia de Marcial le quitaba el único
amigo de aquella su infantil senectud, y no teniendo con quién jugar a
los barquitos, se consumía en honda tristeza. Ni aun viéndole tan
abatido cejó Doña Francisca en su tarea de mortificación, y el día de mi
llegada oí que le decía:
«Bonita la habéis hecho... ¿Qué te parece?
¿Aún no estás satisfecho? Anda, anda a la escuadra. ¿Tenía yo razón o no
la tenía? ¡Oh!, si se hiciera caso de mí... ¿Aprenderás ahora? ¿Ves cómo
te ha castigado Dios?