--Mujer, déjame en paz--contestaba dolorido mi amo.

--Y ahora nos hemos quedado sin escuadra, sin marinos, y nos quedaremos

hasta sin modo de andar si seguimos unidos con los franceses... Quiera

Dios que estos señores no nos den un mal pago. El que se ha lucido es el

Sr. Villeneuve. Vamos, que también Gravina, si se hubiera opuesto a la

salida de la escuadra, como opinaban Churruca y Alcalá Galiano, habría

evitado este desastre que parte el corazón.

--Mujer... ¿qué entiendes tú de eso? No me mortifiques--dijo mi amo muy

contrariado.

--¿Pues no he de entender? Más que tú. Sí, señor, lo repito. Gravina

será muy caballero y muy valiente; pero lo que es ahora... buena la ha

hecho.

--Ha hecho lo que debía. ¿Te parece bien que hubiéramos pasado por

cobardes?

--Por cobardes no, pero sí por prudentes. Eso es. Lo digo y lo repito.

La escuadra española no debía salir de Cádiz, cediendo a las

genialidades y al egoísmo de M. Villeneuve. Aquí se ha contado que

Gravina opinó, como sus compañeros, que no debían salir. Pero

Villeneuve, que estaba decidido a ello, por hacer una hombrada que le

reconciliase con su amo, trató de herir el amor propio de los nuestros.

Parece que una de las razones que alegó Gravina fue el mal tiempo, y

mirando el barómetro de la cámara, dijo: «¿No ven ustedes que el

barómetro anuncia mal tiempo? ¿No ven ustedes cómo baja?». Entonces

Villeneuve dijo secamente: «Lo que baja aquí es el valor». Al oír este

insulto, Gravina se levantó ciego de ira y echó en cara al francés su

cobarde comportamiento en el cabo de Finisterre. Se cruzaron palabritas

un poco fuertes, y, por último, exclamó nuestro almirante: «¡A la mar

mañana mismo!». Pero yo creo que Gravina no debía haber hecho caso de

las baladronadas del francés, no, señor; que antes que nada es la

prudencia, y más conociendo, como conocía, que la escuadra combinada no

tenía condiciones para luchar con la de Inglaterra».

Esta opinión, que entonces me pareció un desacato a la honra nacional,

más tarde me pareció muy bien fundada. Doña Francisca tenía razón.

Gravina no debió haber cedido a la exigencia de Villeneuve. Y digo

esto, menoscabando quizás la aureola que el pueblo puso en las sienes

del jefe de la escuadra española en aquella memorable ocasión.

Sin negar el mérito de Gravina, yo creo hiperbólicas las alabanzas de

que fue objeto después del combate y en los días de su muerte[7]. Todo

indicaba que Gravina era un cumplido caballero y un valiente marino;

pero quizás por demasiado cortesano carecía de aquella resolución que da

el constante hábito de la guerra, y también de la superioridad que en

carreras tan difíciles como la de la Marina se alcanza sólo en el

cultivo asiduo de las ciencias que la constituyen. Gravina era un buen

jefe de división; pero nada más. La previsión, la serenidad, la

inquebrantable firmeza, caracteres propios de las organizaciones

destinadas al mando de grandes ejércitos, no las tuvieron sino D. Cosme

Damián Churruca y D. Dionisio Alcalá Galiano.

[Nota 7:Murió en marzo de 1806, de resultas de sus heridas. (N. del A.) ]

Mi señor D. Alonso contestó a las últimas palabras de su mujer; y cuando

ésta salió, observé que el pobre anciano rezaba con tanta piedad como en

la cámara del _Santa Ana_ la noche de nuestra separación.

Desde aquel día, el Sr. de Cisniega no hizo más que rezar, y rezando se

pasó el resto de su vida, hasta que se embarcó en la nave que no vuelve

más.

Murió mucho después de que su hija se casara con D. Rafael Malespina,

acontecimiento que hubo de efectuarse dos meses después de la gran

función naval que los españoles llamaron _la del_ 21 y los

ingleses _Combate de Trafalgar_, por haber ocurrido cerca del

cabo de este nombre. Mi amita se casó en Vejer al amanecer de un día

hermoso, aunque de invierno, y al punto partieron para Medinasidonia,

donde les tenían preparada la casa. Yo fui testigo de su felicidad

durante los días que precedieron a la boda; mas ella no advirtió la

profunda tristeza que me dominaba, ni advirtiéndola hubiera conocido la

causa. Cada vez se crecía ella más ante mis ojos, y cada vez me

encontraba yo más humillado ante la doble superioridad de su hermosura y

de su clase. Acostumbrándome a la idea de que tan admirable conjunto de

gracias no podía ni debía ser para mí, llegué a tranquilizarme, porque

la resignación, renunciando a toda esperanza, es un consuelo parecido a

la muerte, y por eso es un gran consuelo.

Se casaron, y el mismo día en que partieron para Medinasidonia, Doña

Francisca me ordenó que fuera yo también allá para ponerme al servicio

de los desposados. Fui por la noche, y durante mi viaje solitario iba

luchando con mis ideas y sensaciones, que oscilaban entre aceptar un

puesto en la casa de los novios, o rechazarlo para siempre. Llegué a la

mañana siguiente, me acerqué a la casa, entré en el jardín, puse el pie

en el primer escalón de la puerta y allí me detuve, porque mis

pensamientos absorbían todo mi ser y necesitaba estar inmóvil para

meditar mejor. Creo que permanecí en aquella actitud más de media hora.

Silencio profundo reinaba en la casa. Los dos esposos, casados el día

antes, dormían sin duda el primer sueño de su tranquilo amor, no turbado

aún por ninguna pena. No pude menos de traer a la memoria las escenas de

aquellos lejanos días en que ella y yo jugábamos juntos. Para mí, era

Rosita entonces lo primero del mundo. Para ella, era yo, si no lo

primero, al menos algo que se ama y que se echa de menos durante

ausencias de una hora. En tan poco tiempo, ¡cuánta mudanza!

Todo lo que estaba viendo me parecía expresar la felicidad de los

esposos y como un insulto a mi soledad. Aunque era invierno, se me

figuraba que los árboles todos del jardín se cubrían de follaje, y que

el emparrado que daba sombra a la puerta se llenaba inopinadamente de

pámpanos para guarecerles cuando salieran de paseo. El sol era muy

fuerte y el aire se entibiaba, oreando aquel nido cuyas primeras pajas

había ayudado a reunir yo mismo cuando fui mensajero de sus amores. Los

rosales ateridos se me representaban cubiertos de rosas, y los naranjos

de azahares y frutas que mil pájaros venían a picotear, participando del

festín de la boda. Mis meditaciones y mis visiones no se interrumpieron

sino cuando el profundo silencio que reinaba en la casa se interrumpió

por el sonido de una fresca voz, que retumbó en mi alma, haciéndome

estremecer. Aquella voz alegre me produjo una sensación indefinible, una

sensación no sé si de miedo o de vergüenza: lo que sí puedo asegurar es

que una resolución súbita me arrancó de la puerta, y salí del jardín

corriendo, como un ladrón que teme ser descubierto.

Mi propósito era inquebrantable.

Sin perder tiempo salí de Medinasidonia, decidido a no servir ni en

aquella casa ni en la de Vejer. Después de reflexionar un poco,

determiné ir a Cádiz para desde allí trasladarme a Madrid. Así lo hice,

venciendo los halagos de Doña Flora, que trató de atarme con una cadena

formada de las marchitas rosas de su amor; y desde aquel día, ¡cuántas

cosas me han pasado dignas de ser referidas! Mi destino, que ya me había

llevado a Trafalgar, llevome después a otros escenarios gloriosos o

menguados, pero todos dignos de memoria. ¿Queréis saber mi vida entera?

Pues aguardad un poco, y os diré algo más en otro libro.

FIN DE TRAFALGAR

Madrid, enero-febrero 1873.

Benito Pérez Galdós; edición ilustrada por Enrique y Arturo Mélida

Trafalgar · 第 12 / 12 段