malísimas condiciones marineras. Pero a pesar de esto y de su avanzada
edad, que frisaba en los cincuenta y seis años, como se hallaba en buen
estado, no parecía correr peligro alguno, pues si el vendaval era cada
vez mayor, también el puerto estaba cerca. De todos modos, ¿no era
lógico suponer que mayor peligro corría el _Santa Ana_,
desarbolado, sin timón, y obligado a marchar a remolque de una fragata?
Marcial fue puesto en el sollado, y Malespina en la cámara. Cuando le
dejamos allí con los demás oficiales heridos, escuché una voz que
reconocí, aunque al punto no pude darme cuenta de la persona a quien
pertenecía. Acerqueme al grupo de donde salía aquella charla retumbante,
que dominaba las demás voces, y quedé asombrado, reconociendo al mismo
D. José María Malespina en persona.
Corrí a él para decirle que estaba su hijo, y el buen padre suspendió la
sarta de mentiras que estaba contando para acudir al lado del joven
herido. Grande fue su alegría encontrándole vivo, pues había salido de
Cádiz porque la impaciencia le devoraba, y quería saber su paradero a
todo trance.
«Eso que tienes no es nada--dijo abrazando a su hijo--: un simple
rasguño. Tú no estás acostumbrado a sentir heridas; eres una dama,
Rafael. ¡Oh!, si cuando la guerra del Rosellón hubieras estado en edad
de ir allá conmigo, habrías visto lo bueno. Aquéllas sí eran heridas. Ya
sabes que una bala me entró por el antebrazo, subió hacia el hombro, dio
la vuelta por toda la espalda, y vino a salir por la cintura. ¡Oh, qué
herida tan singular!, pero a los tres días estaba sano, mandando la
artillería en el ataque de Bellegarde».
Después explicó el motivo de su presencia a bordo del _Rayo_,
de este modo:
«El 21 por la noche supimos en Cádiz el éxito del combate. Lo dicho,
señores: no se quiso hacer caso de mí cuando hablé de las reformas de la
artillería, y aquí tienen los resultados. Pues bien: en cuanto lo supe y
me enteré de que había llegado en retirada Gravina con unos cuantos
navíos, fui a ver si entre ellos venía el _San Juan_, donde
estabas tú; pero me dijeron que había sido apresado. No puedo pintar a
ustedes mi ansiedad: casi no me quedaba duda de tu muerte, mayormente
desde que supe el gran número de bajas ocurridas en tu navío. Pero yo
soy hombre que llevo las cosas hasta el fin, y sabiendo que se había
dispuesto la salida de algunos navíos con objeto de recoger los
desmantelados y rescatar los prisioneros, determiné salir pronto de
dudas, embarcándome en uno de ellos. Expuse mi pretensión a Solano, y
después al mayor general de la escuadra, mi antiguo amigo Escaño, y no
sin escrúpulo me dejaron venir. A bordo del _Rayo_, donde me
embarqué esta mañana, pregunté por ti, por el _San Juan_; mas
nada consolador me dijeron, sino, por el contrario, que Churruca había
muerto, y que su navío, después de batirse con gloria, había caído en
poder de los enemigos. ¡Figúrate cuál sería mi ansiedad! ¡Qué lejos
estaba hoy, cuando rescatamos al _Santa Ana_, de que tú te
hallabas en él! A saberlo con certeza, hubiera redoblado mis esfuerzos
en las disposiciones que di con permiso de estos señores, y el navío de
Álava habría quedado libre en dos minutos».
Los oficiales que le rodeaban mirábanle con sorna oyendo el último
jactancioso concepto de D. José María. Por sus risas y cuchicheos
comprendí que durante todo el día se habían divertido con los embustes
de aquel buen señor, quien no ponía freno a su voluble lengua, ni aun en
las circunstancias más críticas y dolorosas.
El cirujano dijo que convenía dejar reposar al herido, y no sostener en
su presencia conversación alguna, sobre todo si ésta se refería al
pasado desastre. D. José María, que tal oyó, aseguró que, por el
contrario, convenía reanimar el espíritu del enfermo con la
conversación.
«En la guerra del Rosellón, los heridos graves (y yo lo estuve varias
veces) mandábamos a los soldados que bailasen y tocasen la guitarra en
la enfermería, y seguro estoy de que este tratamiento nos curó más
pronto que todos los emplastos y botiquines.
--Pues en las guerras de la República francesa--dijo un oficial andaluz
que quería confundir a D. José María--, se estableció que en las
ambulancias de los heridos fuese un cuerpo de baile completo y una
compañía de ópera, y con esto se ahorraron los médicos y boticarios,
pues con un par de arias y dos docenas de trenzados en sexta se quedaban
todos como nuevos.
--¡Alto ahí!--exclamó Malespina--. Esa es grilla, caballerito. ¿Cómo
puede ser que con música y baile se curen las heridas?
--Usted lo ha dicho.--Sí; pero eso no ha pasado más que una vez, ni es
fácil que vuelva a pasar. ¿Es acaso probable que vuelva a haber una
guerra como la del Rosellón, la más sangrienta, la más hábil, la más
estratégica que ha visto el mundo desde Epaminondas? Claro es que no;
pues allí todo fue extraordinario, y puedo dar fe de ello, que la
presencié desde el _Introito_ hasta el _Ite misa
est_. A aquella guerra debo mi conocimiento de la artillería;
¿usted no ha oído hablar de mí? Estoy seguro de que me conocerá de
nombre. Pues sepa usted que aquí traigo en la cabeza un proyecto
grandioso, y tal que si algún día llega a ser realidad, no volverán a
ocurrir desastres como éste del 21. Sí, señores--añadió mirando con
gravedad y suficiencia a los tres o cuatro oficiales que le oían--: es
preciso hacer algo por la patria; urge inventar algo sorprendente, que
en un periquete nos devuelva todo lo perdido y asegure a nuestra marina
la victoria por siempre jamás amén.
--A ver, Sr. D. José María--dijo un oficial--; explíquenos usted cuál
es su invento.--Pues ahora me ocupo del modo de construir cañones de a
300.
--¡Hombre, de a 300!--exclamaron los oficiales con aspavientos de risa
y burla--. Los mayores que tenemos a bordo son de 36.
--Esos son juguetes de chicos. Figúrese usted el destrozo que harían
esas piezas de 300 disparando sobre la escuadra enemiga--dijo
Malespina--. Pero ¿qué demonios es esto?--añadió agarrándose para no
rodar por el suelo, pues los balanceos del _Rayo_ eran tales
que muy difícilmente podía uno tenerse derecho.
--El vendaval arrecia y me parece que esta noche no entramos en Cádiz»,
dijo un oficial retirándose.
Quedaron sólo dos, y el mentiroso continuó su perorata en estos
términos:
«Lo primero que habría que hacer era construir barcos de 95 a 100 varas
de largo.
--¡Caracoles! ¿Sabe usted que la lanchita sería regular?--indicó un
oficial--. ¡Cien varas! El _Trinidad_, que santa gloria haya,
tenía setenta, y a todos parecía demasiado largo. Ya sabe usted que
viraba mal, y que todas las maniobras se hacían en él muy difícilmente.
--Veo que usted se asusta por poca cosa, caballerito--prosiguió
Malespina--. ¿Qué son 100 varas? Aún podrían construirse barcos mucho
mayores. Y he de advertir a ustedes que yo los construiría de hierro.
--¡De hierro!--exclamaron los dos oyentes sin poder contener la risa.
--De hierro, sí. ¿Por ventura no conoce usted la ciencia de la
hidrostática? Con arreglo a ella, yo construiría un barco de hierro de
7.000 toneladas.
--¡Y el _Trinidad_ no tenía más que 4.000!--indicó un
oficial--, lo cual parecía excesivo. ¿Pero no comprende usted que para
mover esa mole sería preciso un aparejo tan colosal, que no habría
fuerzas humanas capaces de maniobrar en él?
--¡Bicoca!... ¡Oh!, señor marino, ¿y quién le dice a usted que yo sería
tan torpe que moviera ese buque por medio del viento? Usted no me
conoce. Si supiera usted que tengo aquí una idea... Pero no quiero
explicársela a ustedes, porque no me entenderían».
Al llegar a este punto de su charla, D. José María dio tal tumbo que se
quedó en cuatro pies. Pero ni por esas cerró el pico. Marchóse otro de
los oficiales, y quedó sólo uno, el cual tuvo que seguir sosteniendo la
conversación.
«¡Qué vaivenes!--continuó diciendo el viejo--. No parece sino que nos
vamos a estrellar contra la costa... Pues bien: como dije, yo movería
esa gran mole de mi invención por medio del... ¿A que no lo adivina
usted?... Por medio del vapor de agua. Para esto se construiría una
máquina singular, donde el vapor, comprimido y dilatado alternativamente
dentro de dos cilindros, pusiera en movimiento unas ruedas... pues...».
El oficial no quiso oír más; y aunque no tenía puesto en el buque, ni
estaba de servicio, por ser de los recogidos, fue a ayudar a sus
compañeros, bastante atareados con el creciente temporal. Malespina se
quedó solo conmigo, y entonces creí que iba a callar por no juzgarme
persona a propósito para sostener la conversación. Pero mi desgracia
quiso que él me tuviera en más de lo que yo valía, y la emprendió
conmigo en los siguientes términos:
«¿Usted comprende bien lo que quiero decir? Siete mil toneladas, el
vapor, dos ruedas... pues.
--Sí, señor, comprendo perfectamente--contesté a ver si se callaba,
pues ni tenía humor de oírle, ni los violentos balances del buque,
anunciando un gran peligro, disponían el ánimo a disertar sobre el
engrandecimiento de la marina.
--Veo que usted me conoce y se hace cargo de mis invenciones--continuó
él--. Ya comprenderá que el buque que imagino sería invencible, lo mismo
atacando que defendiendo. Él solo habría derrotado con cuatro o cinco
tiros los treinta navíos ingleses.
--¿Pero los cañones de éstos no le harían daño también?--manifesté con
timidez, arguyéndole más bien por cortesía que porque el asunto me
interesase.
--¡Oh! La observación de usted, caballerito, es atinadísima, y prueba
que comprende y aprecia las grandes invenciones. Para evitar el efecto
de la artillería enemiga, yo forraría mi barco con gruesas planchas de
acero; es decir, le pondría una coraza, como las que usaban los antiguos
guerreros. Con este medio, podría atacar, sin que los proyectiles
enemigos hicieran en sus costados más efecto que el que haría una
andanada de bolitas de pan, lanzadas por la mano de un niño. Es una idea
maravillosa la que yo he tenido. Figúrese usted que nuestra nación
tuviera dos o tres barcos de esos. ¿Dónde iría a parar la escuadra
inglesa con todos sus Nelsones y Collingwoodes?
--Pero en caso de que se pudieran hacer aquí esos barcos--dije yo con
viveza, conociendo la fuerza de mi argumento--, los ingleses los harían
también, y entonces las proporciones de la lucha serían las mismas».
D. José María se quedó como alelado con esta razón, y por un instante
estuvo perplejo, sin saber qué decir; mas su vena inagotable no tardó en
sugerirle nuevas ideas, y contestó con mal humor:
«¿Y quién le ha dicho a usted, mozalbete atrevido, que yo sería capaz de
divulgar mi secreto? Los buques se fabricarían con el mayor sigilo y sin
decir palotada a nadie. Supongamos que ocurría una nueva guerra. Nos
provocaban los ingleses, y les decíamos: «Sí, señor, pronto estamos; nos
batiremos». Salían al mar los navíos ordinarios, empezaba la pelea, y a
lo mejor cátate que aparecen en las aguas del combate dos o tres de esos
monstruos de hierro, vomitando humo y marchando acá o allá sin hacer
caso del viento; se meten por donde quieren, hacen astillas con el
empuje de su afilada proa a los barcos contrarios, y con un par de
cañonazos... figúrese usted, todo se acababa en un cuarto de hora».
No quise hacer más objeciones, porque la idea de que corríamos un gran
peligro me impedía ocupar la mente con pensamientos contrarios a los
propios de tan crítica situación. No volví a acordarme más del
formidable buque imaginario, hasta que treinta años más tarde supe la
aplicación del vapor a la navegación, y más aún, cuando al cabo de medio
siglo vi en nuestra gloriosa fragata _Numancia_ la acabada
realización de los estrafalarios proyectos del mentiroso de Trafalgar.
Medio siglo después me acordé de D. José María Malespina, y dije:
«Parece mentira que las extravagancias ideadas por un loco o un
embustero lleguen a ser realidades maravillosas con el transcurso del
tiempo».
Desde que observé esta coincidencia, no condeno en absoluto ninguna
utopía, y todos los mentirosos me parecen hombres de genio.
Dejé a D. José María para ver lo que pasaba, y en cuanto puse los pies
fuera de la cámara, me enteré de la comprometida situación en que se
encontraba el _Rayo_. El vendaval, no sólo le impedía la
entrada en Cádiz, sino que le impulsaba hacia la costa, donde encallaría
de seguro, estrellándose contra las rocas. Por mala que fuera la suerte
del _Santa Ana_, que habíamos abandonado, no podía ser peor
que la nuestra. Yo observé con afán los rostros de oficiales y
marineros, por ver si encontraba alguno que indicase esperanza; pero,
por mi desgracia, en todos vi señales de gran desaliento. Consulté el
cielo, y lo vi pavorosamente feo; consulté la mar, y la encontré muy
sañuda: no era posible volverse más que a Dios, ¡y Éste estaba tan poco
propicio con nosotros desde el 21!...
El _Rayo_ corría hacia el Norte. Según las indicaciones que
iban haciendo los marineros, junto a quienes estaba yo, pasábamos frente
al banco de Marrajotes, de Hazte Afuera, de Juan Bola, frente al
Torregorda, y, por último, frente al castillo de Cádiz. En vano se
ejecutaron todas las maniobras necesarias para poner la proa hacia el
interior de la bahía. El viejo navío, como un corcel espantado, se
negaba a obedecer; el viento y el mar, que corrían con impetuosa furia
de Sur a Norte, lo arrastraban, sin que la ciencia náutica pudiese nada
para impedirlo.
No tardamos en rebasar de la bahía. A nuestra derecha quedó bien pronto
Rota, Punta Candor, Punta de Meca, Regla y Chipiona. No quedaba duda de
que el _Rayo_ iba derecho a estrellarse inevitablemente en la
costa cercana a la embocadura del Guadalquivir. No necesito decir que
las velas habían sido cargadas, y que no bastando este recurso contra
tan fuerte temporal, se bajaron también los masteleros. Por último,
también se creyó necesario picar los palos, para evitar que el navío se
precipitara bajo las olas. En las grandes tempestades el barco necesita
achicarse, de alta encina quiere convertirse en humilde hierba, y como
sus mástiles no pueden plegarse cual las ramas de un árbol, se ve en la
dolorosa precisión de amputarlos, quedándose sin miembros por salvar la
vida.
La pérdida del buque era ya inevitable. Picados los palos mayor y de
mesana, se le abandonó, y la única esperanza consistía en poderlo
fondear cerca de la costa, para lo cual se prepararon las áncoras,
reforzando las amarras. Disparó dos cañonazos para pedir auxilio a la
playa ya cercana, y como se distinguieran claramente algunas hogueras en
la costa, nos alegramos, creyendo que no faltaría quien nos diera
auxilio. Muchos opinaron que algún navío español o inglés había
encallado allí, y que las hogueras que veíamos eran encendidas por la
tripulación náufraga. Nuestra ansiedad crecía por momentos; y respecto a
mí, debo decir que me creí cercano a un fin desastroso. Ni ponía
atención a lo que a bordo pasaba, ni en la turbación de mi espíritu
podía ocuparme más que de la muerte, que juzgaba inevitable. Si el buque
se estrellaba, ¿quién podía salvar el espacio de agua que le separaría
de la tierra? El lugar más terrible de una tempestad es aquel en que las
olas se revuelven contra la tierra, y parece que están cavando en ella
para llevarse pedazos de playa al profundo abismo. El empuje de la ola
al avanzar y la violencia con que se arrastra al retirarse son tales,
que ninguna fuerza humana puede vencerlos.
Por último, después de algunas horas de mortal angustia, la quilla del
_Rayo_ tocó en un banco de arena y se paró. El casco todo y
los restos de su arboladura retemblaron un instante: parecía que
intentaban vencer el obstáculo interpuesto en su camino; pero éste fue
mayor, y el buque, inclinándose sucesivamente de uno y otro costado,
hundió su popa, y después de un espantoso crujido, quedó sin movimiento.
Todo había concluido, y ya no era posible ocuparse más que de salvar la
vida, atravesando el espacio de mar que de la costa nos separaba. Esto
pareció casi imposible de realizar en las embarcaciones que a bordo
teníamos; mas había esperanzas de que nos enviaran auxilio de tierra,
pues era evidente que la tripulación de un buque recién naufragado
vivaqueaba en ella, y no podía estar lejos alguna de las balandras de
guerra cuya salida para tales casos debía haber dispuesto la autoridad
naval de Cádiz... El _Rayo_ hizo nuevos disparos, y esperamos
socorros con la mayor impaciencia, porque, de no venir pronto,
pereceríamos todos con el navío. Este infeliz inválido, cuyo fondo se
había abierto al encallar, amenazaba despedazarse por sus propias
convulsiones, y no podía tardar el momento en que, desquiciada la
clavazón de algunas de sus cuadernas, quedaríamos a merced de las olas,
sin más apoyo que el que nos dieran los desordenados restos del buque.
Los de tierra no podían darnos auxilio; pero Dios quiso que oyera los
cañonazos de alarma una balandra que se había hecho a la mar desde
Chipiona, y se nos acercó por la proa, manteniéndose a buena distancia.
Desde que avistamos su gran vela mayor vimos segura nuestra salvación, y
el comandante del _Rayo_ dio las órdenes para que el trasbordo
se verificara sin atropello en tan peligrosos momentos.
Mi primera intención, cuando vi que se trataba de trasbordar, fue correr
al lado de las dos personas que allí me interesaban: el señorito
Malespina y Marcial, ambos heridos, aunque el segundo no lo estaba de
gravedad. Encontré al oficial de artillería en bastante mal estado, y
decía a los que le rodeaban:
«No me muevan; déjenme morir aquí».
Marcial había sido llevado sobre cubierta, y yacía en el suelo con tal
postración y abatimiento, que me inspiró verdadero miedo su semblante.
Alzó la vista cuando me acerqué a él, y tomándome la mano, dijo con voz
conmovida:
«Gabrielillo, no me abandones.--¡A tierra! ¡Todos vamos a tierra!»,
exclamé yo procurando reanimarle; pero él, moviendo la cabeza con triste
ademán, parecía presagiar alguna desgracia.
Traté de ayudarle para que se levantara; pero después del primer
esfuerzo, su cuerpo volvió a caer exánime, y al fin dijo: «No puedo».
Las vendas de su herida se habían caído, y en el desorden de aquella
apurada situación no encontró quien se las aplicara de nuevo. Yo le curé
como pude, consolándole con palabras de esperanza; y hasta procuré reír
ridiculizando su facha, para ver si de este modo le reanimaba. Pero el
pobre viejo no desplegó sus labios; antes bien inclinaba la cabeza con
gesto sombrío, insensible a mis bromas lo mismo que a mis consuelos.
Ocupado en esto, no advertí que había comenzado el embarque en las
lanchas. Casi de los primeros que a ellas bajaron fueron D. José María
Malespina y su hijo. Mi primer impulso fue ir tras ellos siguiendo las
órdenes de mi amo; pero la imagen del marinero herido y abandonado me
contuvo. Malespina no necesitaba de mí, mientras que Marcial, casi
considerado como muerto, estrechaba con su helada mano la mía,
diciéndome: «Gabriel, no me abandones».
Las lanchas atracaban difícilmente; pero a pesar de esto, una vez
trasbordados los heridos, el embarco fue fácil, porque los marineros se
precipitaban en ellas deslizándose por una cuerda, o arrojándose de un
salto. Muchos se echaban al agua para alcanzarlas a nado. Por mi
imaginación cruzó como un problema terrible la idea de cuál de aquellos
dos procedimientos emplearía para salvarme. No había tiempo que perder,
porque el _Rayo_ se desbarataba: casi toda la popa estaba
hundida, y los estallidos de los baos y de las cuadernas medio podridas
anunciaban que bien pronto aquella mole iba a dejar de ser un barco.
Todos corrían con presteza hacia las lanchas, y la balandra, que se
mantenía a cierta distancia, maniobrando con habilidad para resistir la
mar, les recogía. Las embarcaciones volvían vacías al poco tiempo, pero
no tardaban en llenarse de nuevo.
Yo observé el abandono en que estaba Medio-hombre, y me dirigí sofocado
y llorando a algunos marineros, rogándoles que cargaran a Marcial para
salvarle. Pero harto hacían ellos con salvarse a sí propios. En un
momento de desesperación traté yo mismo de echármele a cuestas; pero mis
escasas fuerzas apenas lograron alzar del suelo sus brazos desmayados.
Corrí por toda la cubierta buscando un alma caritativa, y algunos
estuvieron a punto de ceder a mis ruegos; mas el peligro les distrajo de
tan buen pensamiento. Para comprender esta inhumana crueldad, es preciso
haberse encontrado en trances tan terribles: el sentimiento y la caridad
desaparecen ante el instinto de conservación que domina el ser por
completo, asimilándole a veces a una fiera.
«¡Oh, esos malvados no quieren salvarte, Marcial!--exclamé con vivo
dolor.
--Déjales--me contestó--. Lo mismo da a bordo que en tierra. Márchate
tú; corre, chiquillo, que te dejan aquí».
No sé qué idea mortificó más mi mente: si la de quedarme a bordo, donde
perecería sin remedio, o la de salir dejando solo a aquel desgraciado.
Por último, más pudo la voz de la naturaleza que otra fuerza alguna, y
di unos cuantos pasos hacia la borda. Retrocedí para abrazar al pobre
viejo, y corrí luego velozmente hacia el punto en que se embarcaban los
últimos marineros. Eran cuatro: cuando llegué, vi que los cuatro se
habían lanzado al mar y se acercaban nadando a la embarcación, que
estaba como a unas diez o doce varas de distancia.
«¿Y yo?--exclamé con angustia, viendo que me dejaban--. ¡Yo voy
también, yo también!».
Grité con todas mis fuerzas; pero no me oyeron o no quisieron hacerme
caso. A pesar de la obscuridad, vi la lancha; les vi subir a ella,
aunque esta operación apenas podía apreciarse por la vista. Me dispuse a
arrojarme al agua para seguir la misma suerte; pero en el instante mismo
en que se determinó en mi voluntad esta resolución, mis ojos dejaron de
ver lancha y marineros, y ante mí no había más que la horrenda
obscuridad del agua.
Todo medio de salvación había desaparecido. Volví los ojos a todos
lados, y no vi más que las olas que sacudían los restos del barco; en el
cielo ni una estrella, en la costa ni una luz. La balandra había
desaparecido también. Bajo mis pies, que pataleaban con ira, el casco
del _Rayo_ se quebraba en pedazos, y sólo se conservaba unida
y entera la parte de proa, con la cubierta llena de despojos. Me
encontraba sobre una balsa informe que amenazaba desbaratarse por
momentos.
Al verme en tal situación, corrí hacia Marcial diciendo:
«¡Me han dejado, nos han dejado!».
El anciano se incorporó con muchísimo trabajo, apoyado en su mano;
levantó la cabeza y recorrió con su turbada vista el lóbrego espacio que
nos rodeaba.
«¡Nada!--exclamó--; no se ve nada. Ni lanchas, ni tierra, ni luces, ni
costa. No volverán».
Al decir esto, un terrible chasquido sonó bajo nuestros pies en lo
profundo del sollado de proa, ya enteramente anegado. El alcázar se
inclinó violentamente de un lado, y fue preciso que nos agarráramos
fuertemente a la base de un molinete para no caer al agua. El piso nos
faltaba; el último resto del _Rayo_ iba a ser tragado por las
olas. Mas como la esperanza no abandona nunca, yo aún creí posible que
aquella situación se prolongase hasta el amanecer sin empeorarse, y me
consoló ver que el palo del trinquete aún estaba en pie. Con el
propósito firme de subirme a él cuando el casco acabara de hundirse,
miré aquel árbol orgulloso en que flotaban trozos de cabos y harapos de
velas, y que resistía, coloso desgreñado por la desesperación, pidiendo
al cielo misericordia.
Marcial se dejó caer en la cubierta, y luego dijo:
«Ya no hay esperanza, Gabrielillo. Ni ellos querrán volver, ni la mar
les dejaría si lo intentaran. Puesto que Dios lo quiere, aquí hemos de
morir los dos. Por mí nada me importa: soy un viejo y no sirvo para
maldita la cosa... Pero tú... tú eres un niño, y...»
Al decir esto su voz se hizo ininteligible por la emoción y la ronquera.
Poco después le oí claramente estas palabras:
«Tú no tienes pecados, porque eres un niño. Pero yo... Bien que cuando
uno se muere así... vamos al decir... así, al modo de perro o gato, no
necesita de que un cura venga y le dé la _solución_, sino que
basta y sobra con que uno mismo se entienda con Dios. ¿No has oído tú
eso?».
Yo no sé lo que contesté; creo que no dije nada, y me puse a llorar sin
consuelo.