En efecto: el _Rayo_, según opinión general, era un barco de

malísimas condiciones marineras. Pero a pesar de esto y de su avanzada

edad, que frisaba en los cincuenta y seis años, como se hallaba en buen

estado, no parecía correr peligro alguno, pues si el vendaval era cada

vez mayor, también el puerto estaba cerca. De todos modos, ¿no era

lógico suponer que mayor peligro corría el _Santa Ana_,

desarbolado, sin timón, y obligado a marchar a remolque de una fragata?

Marcial fue puesto en el sollado, y Malespina en la cámara. Cuando le

dejamos allí con los demás oficiales heridos, escuché una voz que

reconocí, aunque al punto no pude darme cuenta de la persona a quien

pertenecía. Acerqueme al grupo de donde salía aquella charla retumbante,

que dominaba las demás voces, y quedé asombrado, reconociendo al mismo

D. José María Malespina en persona.

Corrí a él para decirle que estaba su hijo, y el buen padre suspendió la

sarta de mentiras que estaba contando para acudir al lado del joven

herido. Grande fue su alegría encontrándole vivo, pues había salido de

Cádiz porque la impaciencia le devoraba, y quería saber su paradero a

todo trance.

«Eso que tienes no es nada--dijo abrazando a su hijo--: un simple

rasguño. Tú no estás acostumbrado a sentir heridas; eres una dama,

Rafael. ¡Oh!, si cuando la guerra del Rosellón hubieras estado en edad

de ir allá conmigo, habrías visto lo bueno. Aquéllas sí eran heridas. Ya

sabes que una bala me entró por el antebrazo, subió hacia el hombro, dio

la vuelta por toda la espalda, y vino a salir por la cintura. ¡Oh, qué

herida tan singular!, pero a los tres días estaba sano, mandando la

artillería en el ataque de Bellegarde».

Después explicó el motivo de su presencia a bordo del _Rayo_,

de este modo:

«El 21 por la noche supimos en Cádiz el éxito del combate. Lo dicho,

señores: no se quiso hacer caso de mí cuando hablé de las reformas de la

artillería, y aquí tienen los resultados. Pues bien: en cuanto lo supe y

me enteré de que había llegado en retirada Gravina con unos cuantos

navíos, fui a ver si entre ellos venía el _San Juan_, donde

estabas tú; pero me dijeron que había sido apresado. No puedo pintar a

ustedes mi ansiedad: casi no me quedaba duda de tu muerte, mayormente

desde que supe el gran número de bajas ocurridas en tu navío. Pero yo

soy hombre que llevo las cosas hasta el fin, y sabiendo que se había

dispuesto la salida de algunos navíos con objeto de recoger los

desmantelados y rescatar los prisioneros, determiné salir pronto de

dudas, embarcándome en uno de ellos. Expuse mi pretensión a Solano, y

después al mayor general de la escuadra, mi antiguo amigo Escaño, y no

sin escrúpulo me dejaron venir. A bordo del _Rayo_, donde me

embarqué esta mañana, pregunté por ti, por el _San Juan_; mas

nada consolador me dijeron, sino, por el contrario, que Churruca había

muerto, y que su navío, después de batirse con gloria, había caído en

poder de los enemigos. ¡Figúrate cuál sería mi ansiedad! ¡Qué lejos

estaba hoy, cuando rescatamos al _Santa Ana_, de que tú te

hallabas en él! A saberlo con certeza, hubiera redoblado mis esfuerzos

en las disposiciones que di con permiso de estos señores, y el navío de

Álava habría quedado libre en dos minutos».

Los oficiales que le rodeaban mirábanle con sorna oyendo el último

jactancioso concepto de D. José María. Por sus risas y cuchicheos

comprendí que durante todo el día se habían divertido con los embustes

de aquel buen señor, quien no ponía freno a su voluble lengua, ni aun en

las circunstancias más críticas y dolorosas.

El cirujano dijo que convenía dejar reposar al herido, y no sostener en

su presencia conversación alguna, sobre todo si ésta se refería al

pasado desastre. D. José María, que tal oyó, aseguró que, por el

contrario, convenía reanimar el espíritu del enfermo con la

conversación.

«En la guerra del Rosellón, los heridos graves (y yo lo estuve varias

veces) mandábamos a los soldados que bailasen y tocasen la guitarra en

la enfermería, y seguro estoy de que este tratamiento nos curó más

pronto que todos los emplastos y botiquines.

--Pues en las guerras de la República francesa--dijo un oficial andaluz

que quería confundir a D. José María--, se estableció que en las

ambulancias de los heridos fuese un cuerpo de baile completo y una

compañía de ópera, y con esto se ahorraron los médicos y boticarios,

pues con un par de arias y dos docenas de trenzados en sexta se quedaban

todos como nuevos.

--¡Alto ahí!--exclamó Malespina--. Esa es grilla, caballerito. ¿Cómo

puede ser que con música y baile se curen las heridas?

--Usted lo ha dicho.--Sí; pero eso no ha pasado más que una vez, ni es

fácil que vuelva a pasar. ¿Es acaso probable que vuelva a haber una

guerra como la del Rosellón, la más sangrienta, la más hábil, la más

estratégica que ha visto el mundo desde Epaminondas? Claro es que no;

pues allí todo fue extraordinario, y puedo dar fe de ello, que la

presencié desde el _Introito_ hasta el _Ite misa

est_. A aquella guerra debo mi conocimiento de la artillería;

¿usted no ha oído hablar de mí? Estoy seguro de que me conocerá de

nombre. Pues sepa usted que aquí traigo en la cabeza un proyecto

grandioso, y tal que si algún día llega a ser realidad, no volverán a

ocurrir desastres como éste del 21. Sí, señores--añadió mirando con

gravedad y suficiencia a los tres o cuatro oficiales que le oían--: es

preciso hacer algo por la patria; urge inventar algo sorprendente, que

en un periquete nos devuelva todo lo perdido y asegure a nuestra marina

la victoria por siempre jamás amén.

--A ver, Sr. D. José María--dijo un oficial--; explíquenos usted cuál

es su invento.--Pues ahora me ocupo del modo de construir cañones de a

300.

--¡Hombre, de a 300!--exclamaron los oficiales con aspavientos de risa

y burla--. Los mayores que tenemos a bordo son de 36.

--Esos son juguetes de chicos. Figúrese usted el destrozo que harían

esas piezas de 300 disparando sobre la escuadra enemiga--dijo

Malespina--. Pero ¿qué demonios es esto?--añadió agarrándose para no

rodar por el suelo, pues los balanceos del _Rayo_ eran tales

que muy difícilmente podía uno tenerse derecho.

--El vendaval arrecia y me parece que esta noche no entramos en Cádiz»,

dijo un oficial retirándose.

Quedaron sólo dos, y el mentiroso continuó su perorata en estos

términos:

«Lo primero que habría que hacer era construir barcos de 95 a 100 varas

de largo.

--¡Caracoles! ¿Sabe usted que la lanchita sería regular?--indicó un

oficial--. ¡Cien varas! El _Trinidad_, que santa gloria haya,

tenía setenta, y a todos parecía demasiado largo. Ya sabe usted que

viraba mal, y que todas las maniobras se hacían en él muy difícilmente.

--Veo que usted se asusta por poca cosa, caballerito--prosiguió

Malespina--. ¿Qué son 100 varas? Aún podrían construirse barcos mucho

mayores. Y he de advertir a ustedes que yo los construiría de hierro.

--¡De hierro!--exclamaron los dos oyentes sin poder contener la risa.

--De hierro, sí. ¿Por ventura no conoce usted la ciencia de la

hidrostática? Con arreglo a ella, yo construiría un barco de hierro de

7.000 toneladas.

--¡Y el _Trinidad_ no tenía más que 4.000!--indicó un

oficial--, lo cual parecía excesivo. ¿Pero no comprende usted que para

mover esa mole sería preciso un aparejo tan colosal, que no habría

fuerzas humanas capaces de maniobrar en él?

--¡Bicoca!... ¡Oh!, señor marino, ¿y quién le dice a usted que yo sería

tan torpe que moviera ese buque por medio del viento? Usted no me

conoce. Si supiera usted que tengo aquí una idea... Pero no quiero

explicársela a ustedes, porque no me entenderían».

Al llegar a este punto de su charla, D. José María dio tal tumbo que se

quedó en cuatro pies. Pero ni por esas cerró el pico. Marchóse otro de

los oficiales, y quedó sólo uno, el cual tuvo que seguir sosteniendo la

conversación.

«¡Qué vaivenes!--continuó diciendo el viejo--. No parece sino que nos

vamos a estrellar contra la costa... Pues bien: como dije, yo movería

esa gran mole de mi invención por medio del... ¿A que no lo adivina

usted?... Por medio del vapor de agua. Para esto se construiría una

máquina singular, donde el vapor, comprimido y dilatado alternativamente

dentro de dos cilindros, pusiera en movimiento unas ruedas... pues...».

El oficial no quiso oír más; y aunque no tenía puesto en el buque, ni

estaba de servicio, por ser de los recogidos, fue a ayudar a sus

compañeros, bastante atareados con el creciente temporal. Malespina se

quedó solo conmigo, y entonces creí que iba a callar por no juzgarme

persona a propósito para sostener la conversación. Pero mi desgracia

quiso que él me tuviera en más de lo que yo valía, y la emprendió

conmigo en los siguientes términos:

«¿Usted comprende bien lo que quiero decir? Siete mil toneladas, el

vapor, dos ruedas... pues.

--Sí, señor, comprendo perfectamente--contesté a ver si se callaba,

pues ni tenía humor de oírle, ni los violentos balances del buque,

anunciando un gran peligro, disponían el ánimo a disertar sobre el

engrandecimiento de la marina.

--Veo que usted me conoce y se hace cargo de mis invenciones--continuó

él--. Ya comprenderá que el buque que imagino sería invencible, lo mismo

atacando que defendiendo. Él solo habría derrotado con cuatro o cinco

tiros los treinta navíos ingleses.

--¿Pero los cañones de éstos no le harían daño también?--manifesté con

timidez, arguyéndole más bien por cortesía que porque el asunto me

interesase.

--¡Oh! La observación de usted, caballerito, es atinadísima, y prueba

que comprende y aprecia las grandes invenciones. Para evitar el efecto

de la artillería enemiga, yo forraría mi barco con gruesas planchas de

acero; es decir, le pondría una coraza, como las que usaban los antiguos

guerreros. Con este medio, podría atacar, sin que los proyectiles

enemigos hicieran en sus costados más efecto que el que haría una

andanada de bolitas de pan, lanzadas por la mano de un niño. Es una idea

maravillosa la que yo he tenido. Figúrese usted que nuestra nación

tuviera dos o tres barcos de esos. ¿Dónde iría a parar la escuadra

inglesa con todos sus Nelsones y Collingwoodes?

--Pero en caso de que se pudieran hacer aquí esos barcos--dije yo con

viveza, conociendo la fuerza de mi argumento--, los ingleses los harían

también, y entonces las proporciones de la lucha serían las mismas».

D. José María se quedó como alelado con esta razón, y por un instante

estuvo perplejo, sin saber qué decir; mas su vena inagotable no tardó en

sugerirle nuevas ideas, y contestó con mal humor:

«¿Y quién le ha dicho a usted, mozalbete atrevido, que yo sería capaz de

divulgar mi secreto? Los buques se fabricarían con el mayor sigilo y sin

decir palotada a nadie. Supongamos que ocurría una nueva guerra. Nos

provocaban los ingleses, y les decíamos: «Sí, señor, pronto estamos; nos

batiremos». Salían al mar los navíos ordinarios, empezaba la pelea, y a

lo mejor cátate que aparecen en las aguas del combate dos o tres de esos

monstruos de hierro, vomitando humo y marchando acá o allá sin hacer

caso del viento; se meten por donde quieren, hacen astillas con el

empuje de su afilada proa a los barcos contrarios, y con un par de

cañonazos... figúrese usted, todo se acababa en un cuarto de hora».

No quise hacer más objeciones, porque la idea de que corríamos un gran

peligro me impedía ocupar la mente con pensamientos contrarios a los

propios de tan crítica situación. No volví a acordarme más del

formidable buque imaginario, hasta que treinta años más tarde supe la

aplicación del vapor a la navegación, y más aún, cuando al cabo de medio

siglo vi en nuestra gloriosa fragata _Numancia_ la acabada

realización de los estrafalarios proyectos del mentiroso de Trafalgar.

Medio siglo después me acordé de D. José María Malespina, y dije:

«Parece mentira que las extravagancias ideadas por un loco o un

embustero lleguen a ser realidades maravillosas con el transcurso del

tiempo».

Desde que observé esta coincidencia, no condeno en absoluto ninguna

utopía, y todos los mentirosos me parecen hombres de genio.

Dejé a D. José María para ver lo que pasaba, y en cuanto puse los pies

fuera de la cámara, me enteré de la comprometida situación en que se

encontraba el _Rayo_. El vendaval, no sólo le impedía la

entrada en Cádiz, sino que le impulsaba hacia la costa, donde encallaría

de seguro, estrellándose contra las rocas. Por mala que fuera la suerte

del _Santa Ana_, que habíamos abandonado, no podía ser peor

que la nuestra. Yo observé con afán los rostros de oficiales y

marineros, por ver si encontraba alguno que indicase esperanza; pero,

por mi desgracia, en todos vi señales de gran desaliento. Consulté el

cielo, y lo vi pavorosamente feo; consulté la mar, y la encontré muy

sañuda: no era posible volverse más que a Dios, ¡y Éste estaba tan poco

propicio con nosotros desde el 21!...

El _Rayo_ corría hacia el Norte. Según las indicaciones que

iban haciendo los marineros, junto a quienes estaba yo, pasábamos frente

al banco de Marrajotes, de Hazte Afuera, de Juan Bola, frente al

Torregorda, y, por último, frente al castillo de Cádiz. En vano se

ejecutaron todas las maniobras necesarias para poner la proa hacia el

interior de la bahía. El viejo navío, como un corcel espantado, se

negaba a obedecer; el viento y el mar, que corrían con impetuosa furia

de Sur a Norte, lo arrastraban, sin que la ciencia náutica pudiese nada

para impedirlo.

No tardamos en rebasar de la bahía. A nuestra derecha quedó bien pronto

Rota, Punta Candor, Punta de Meca, Regla y Chipiona. No quedaba duda de

que el _Rayo_ iba derecho a estrellarse inevitablemente en la

costa cercana a la embocadura del Guadalquivir. No necesito decir que

las velas habían sido cargadas, y que no bastando este recurso contra

tan fuerte temporal, se bajaron también los masteleros. Por último,

también se creyó necesario picar los palos, para evitar que el navío se

precipitara bajo las olas. En las grandes tempestades el barco necesita

achicarse, de alta encina quiere convertirse en humilde hierba, y como

sus mástiles no pueden plegarse cual las ramas de un árbol, se ve en la

dolorosa precisión de amputarlos, quedándose sin miembros por salvar la

vida.

La pérdida del buque era ya inevitable. Picados los palos mayor y de

mesana, se le abandonó, y la única esperanza consistía en poderlo

fondear cerca de la costa, para lo cual se prepararon las áncoras,

reforzando las amarras. Disparó dos cañonazos para pedir auxilio a la

playa ya cercana, y como se distinguieran claramente algunas hogueras en

la costa, nos alegramos, creyendo que no faltaría quien nos diera

auxilio. Muchos opinaron que algún navío español o inglés había

encallado allí, y que las hogueras que veíamos eran encendidas por la

tripulación náufraga. Nuestra ansiedad crecía por momentos; y respecto a

mí, debo decir que me creí cercano a un fin desastroso. Ni ponía

atención a lo que a bordo pasaba, ni en la turbación de mi espíritu

podía ocuparme más que de la muerte, que juzgaba inevitable. Si el buque

se estrellaba, ¿quién podía salvar el espacio de agua que le separaría

de la tierra? El lugar más terrible de una tempestad es aquel en que las

olas se revuelven contra la tierra, y parece que están cavando en ella

para llevarse pedazos de playa al profundo abismo. El empuje de la ola

al avanzar y la violencia con que se arrastra al retirarse son tales,

que ninguna fuerza humana puede vencerlos.

Por último, después de algunas horas de mortal angustia, la quilla del

_Rayo_ tocó en un banco de arena y se paró. El casco todo y

los restos de su arboladura retemblaron un instante: parecía que

intentaban vencer el obstáculo interpuesto en su camino; pero éste fue

mayor, y el buque, inclinándose sucesivamente de uno y otro costado,

hundió su popa, y después de un espantoso crujido, quedó sin movimiento.

Todo había concluido, y ya no era posible ocuparse más que de salvar la

vida, atravesando el espacio de mar que de la costa nos separaba. Esto

pareció casi imposible de realizar en las embarcaciones que a bordo

teníamos; mas había esperanzas de que nos enviaran auxilio de tierra,

pues era evidente que la tripulación de un buque recién naufragado

vivaqueaba en ella, y no podía estar lejos alguna de las balandras de

guerra cuya salida para tales casos debía haber dispuesto la autoridad

naval de Cádiz... El _Rayo_ hizo nuevos disparos, y esperamos

socorros con la mayor impaciencia, porque, de no venir pronto,

pereceríamos todos con el navío. Este infeliz inválido, cuyo fondo se

había abierto al encallar, amenazaba despedazarse por sus propias

convulsiones, y no podía tardar el momento en que, desquiciada la

clavazón de algunas de sus cuadernas, quedaríamos a merced de las olas,

sin más apoyo que el que nos dieran los desordenados restos del buque.

Los de tierra no podían darnos auxilio; pero Dios quiso que oyera los

cañonazos de alarma una balandra que se había hecho a la mar desde

Chipiona, y se nos acercó por la proa, manteniéndose a buena distancia.

Desde que avistamos su gran vela mayor vimos segura nuestra salvación, y

el comandante del _Rayo_ dio las órdenes para que el trasbordo

se verificara sin atropello en tan peligrosos momentos.

Mi primera intención, cuando vi que se trataba de trasbordar, fue correr

al lado de las dos personas que allí me interesaban: el señorito

Malespina y Marcial, ambos heridos, aunque el segundo no lo estaba de

gravedad. Encontré al oficial de artillería en bastante mal estado, y

decía a los que le rodeaban:

«No me muevan; déjenme morir aquí».

Marcial había sido llevado sobre cubierta, y yacía en el suelo con tal

postración y abatimiento, que me inspiró verdadero miedo su semblante.

Alzó la vista cuando me acerqué a él, y tomándome la mano, dijo con voz

conmovida:

«Gabrielillo, no me abandones.--¡A tierra! ¡Todos vamos a tierra!»,

exclamé yo procurando reanimarle; pero él, moviendo la cabeza con triste

ademán, parecía presagiar alguna desgracia.

Traté de ayudarle para que se levantara; pero después del primer

esfuerzo, su cuerpo volvió a caer exánime, y al fin dijo: «No puedo».

Las vendas de su herida se habían caído, y en el desorden de aquella

apurada situación no encontró quien se las aplicara de nuevo. Yo le curé

como pude, consolándole con palabras de esperanza; y hasta procuré reír

ridiculizando su facha, para ver si de este modo le reanimaba. Pero el

pobre viejo no desplegó sus labios; antes bien inclinaba la cabeza con

gesto sombrío, insensible a mis bromas lo mismo que a mis consuelos.

Ocupado en esto, no advertí que había comenzado el embarque en las

lanchas. Casi de los primeros que a ellas bajaron fueron D. José María

Malespina y su hijo. Mi primer impulso fue ir tras ellos siguiendo las

órdenes de mi amo; pero la imagen del marinero herido y abandonado me

contuvo. Malespina no necesitaba de mí, mientras que Marcial, casi

considerado como muerto, estrechaba con su helada mano la mía,

diciéndome: «Gabriel, no me abandones».

Las lanchas atracaban difícilmente; pero a pesar de esto, una vez

trasbordados los heridos, el embarco fue fácil, porque los marineros se

precipitaban en ellas deslizándose por una cuerda, o arrojándose de un

salto. Muchos se echaban al agua para alcanzarlas a nado. Por mi

imaginación cruzó como un problema terrible la idea de cuál de aquellos

dos procedimientos emplearía para salvarme. No había tiempo que perder,

porque el _Rayo_ se desbarataba: casi toda la popa estaba

hundida, y los estallidos de los baos y de las cuadernas medio podridas

anunciaban que bien pronto aquella mole iba a dejar de ser un barco.

Todos corrían con presteza hacia las lanchas, y la balandra, que se

mantenía a cierta distancia, maniobrando con habilidad para resistir la

mar, les recogía. Las embarcaciones volvían vacías al poco tiempo, pero

no tardaban en llenarse de nuevo.

Yo observé el abandono en que estaba Medio-hombre, y me dirigí sofocado

y llorando a algunos marineros, rogándoles que cargaran a Marcial para

salvarle. Pero harto hacían ellos con salvarse a sí propios. En un

momento de desesperación traté yo mismo de echármele a cuestas; pero mis

escasas fuerzas apenas lograron alzar del suelo sus brazos desmayados.

Corrí por toda la cubierta buscando un alma caritativa, y algunos

estuvieron a punto de ceder a mis ruegos; mas el peligro les distrajo de

tan buen pensamiento. Para comprender esta inhumana crueldad, es preciso

haberse encontrado en trances tan terribles: el sentimiento y la caridad

desaparecen ante el instinto de conservación que domina el ser por

completo, asimilándole a veces a una fiera.

«¡Oh, esos malvados no quieren salvarte, Marcial!--exclamé con vivo

dolor.

--Déjales--me contestó--. Lo mismo da a bordo que en tierra. Márchate

tú; corre, chiquillo, que te dejan aquí».

No sé qué idea mortificó más mi mente: si la de quedarme a bordo, donde

perecería sin remedio, o la de salir dejando solo a aquel desgraciado.

Por último, más pudo la voz de la naturaleza que otra fuerza alguna, y

di unos cuantos pasos hacia la borda. Retrocedí para abrazar al pobre

viejo, y corrí luego velozmente hacia el punto en que se embarcaban los

últimos marineros. Eran cuatro: cuando llegué, vi que los cuatro se

habían lanzado al mar y se acercaban nadando a la embarcación, que

estaba como a unas diez o doce varas de distancia.

«¿Y yo?--exclamé con angustia, viendo que me dejaban--. ¡Yo voy

también, yo también!».

Grité con todas mis fuerzas; pero no me oyeron o no quisieron hacerme

caso. A pesar de la obscuridad, vi la lancha; les vi subir a ella,

aunque esta operación apenas podía apreciarse por la vista. Me dispuse a

arrojarme al agua para seguir la misma suerte; pero en el instante mismo

en que se determinó en mi voluntad esta resolución, mis ojos dejaron de

ver lancha y marineros, y ante mí no había más que la horrenda

obscuridad del agua.

Todo medio de salvación había desaparecido. Volví los ojos a todos

lados, y no vi más que las olas que sacudían los restos del barco; en el

cielo ni una estrella, en la costa ni una luz. La balandra había

desaparecido también. Bajo mis pies, que pataleaban con ira, el casco

del _Rayo_ se quebraba en pedazos, y sólo se conservaba unida

y entera la parte de proa, con la cubierta llena de despojos. Me

encontraba sobre una balsa informe que amenazaba desbaratarse por

momentos.

Al verme en tal situación, corrí hacia Marcial diciendo:

«¡Me han dejado, nos han dejado!».

El anciano se incorporó con muchísimo trabajo, apoyado en su mano;

levantó la cabeza y recorrió con su turbada vista el lóbrego espacio que

nos rodeaba.

«¡Nada!--exclamó--; no se ve nada. Ni lanchas, ni tierra, ni luces, ni

costa. No volverán».

Al decir esto, un terrible chasquido sonó bajo nuestros pies en lo

profundo del sollado de proa, ya enteramente anegado. El alcázar se

inclinó violentamente de un lado, y fue preciso que nos agarráramos

fuertemente a la base de un molinete para no caer al agua. El piso nos

faltaba; el último resto del _Rayo_ iba a ser tragado por las

olas. Mas como la esperanza no abandona nunca, yo aún creí posible que

aquella situación se prolongase hasta el amanecer sin empeorarse, y me

consoló ver que el palo del trinquete aún estaba en pie. Con el

propósito firme de subirme a él cuando el casco acabara de hundirse,

miré aquel árbol orgulloso en que flotaban trozos de cabos y harapos de

velas, y que resistía, coloso desgreñado por la desesperación, pidiendo

al cielo misericordia.

Marcial se dejó caer en la cubierta, y luego dijo:

«Ya no hay esperanza, Gabrielillo. Ni ellos querrán volver, ni la mar

les dejaría si lo intentaran. Puesto que Dios lo quiere, aquí hemos de

morir los dos. Por mí nada me importa: soy un viejo y no sirvo para

maldita la cosa... Pero tú... tú eres un niño, y...»

Al decir esto su voz se hizo ininteligible por la emoción y la ronquera.

Poco después le oí claramente estas palabras:

«Tú no tienes pecados, porque eres un niño. Pero yo... Bien que cuando

uno se muere así... vamos al decir... así, al modo de perro o gato, no

necesita de que un cura venga y le dé la _solución_, sino que

basta y sobra con que uno mismo se entienda con Dios. ¿No has oído tú

eso?».

Yo no sé lo que contesté; creo que no dije nada, y me puse a llorar sin

consuelo.

Trafalgar · 第 10 / 12 段