»Desde aquel momento la tripulación se achicó: de gigante se convirtió

en enano; desapareció el valor, y comprendimos que era indispensable

rendirse. La consternación de que yo estaba poseído desde que recibí en

mis brazos al héroe del _San Juan_, no me impidió observar el

terrible efecto causado en los ánimos de todos por aquella desgracia.

Como si una repentina parálisis moral y física hubiera invadido la

tripulación, así se quedaron todos helados y mudos, sin que el dolor

ocasionado por la pérdida de hombre tan querido diera lugar al bochorno

de la rendición.

»La mitad de la gente estaba muerta o herida; la mayor parte de los

cañones desmontados; la arboladura, excepto el palo de trinquete, había

caído, y el timón no funcionaba. En tan lamentable estado, aún se quiso

hacer un esfuerzo para seguir al _Príncipe de Asturias_, que

había izado la señal de retirada; pero el _Nepomuceno_, herido

de muerte, no pudo gobernar en dirección alguna. Y a pesar de la ruina y

destrozo del buque; a pesar del desmayo de la tripulación; a pesar de

concurrir en nuestro daño circunstancias tan desfavorables, ninguno de

los seis navíos ingleses se atrevió a intentar un abordaje. Temían a

nuestro navío, aun después de vencerlo.

»Churruca, en el paroxismo de su agonía, mandaba clavar la bandera, y

que no se rindiera el navío mientras él viviese. El plazo no podía menos

de ser desgraciadamente muy corto, porque Churruca se moría a toda

prisa, y cuantos le asistíamos nos asombrábamos de que alentara todavía

un cuerpo en tal estado; y era que le conservaba así la fuerza del

espíritu, apegado con irresistible empeño a la vida, porque para él en

aquella ocasión vivir era un deber. No perdió el conocimiento hasta los

últimos instantes; no se quejó de sus dolores, ni mostró pesar por su

fin cercano; antes bien, todo su empeño consistía sobre todo en que la

oficialidad no conociera la gravedad de su estado, y en que ninguno

faltase a su deber. Dio las gracias a la tripulación por su heroico

comportamiento; dirigió algunas palabras a su cuñado Ruiz de Apodaca, y

después de consagrar un recuerdo a su joven esposa, y de elevar el

pensamiento a Dios, cuyo nombre oímos pronunciado varias veces

tenuemente por sus secos labios, expiró con la tranquilidad de los

justos y la entereza de los héroes, sin la satisfacción de la victoria,

pero también sin el resentimiento del vencido; asociando el deber a la

dignidad, y haciendo de la disciplina una religión; firme como militar,

sereno como hombre, sin pronunciar una queja, ni acusar a nadie, con

tanta dignidad en la muerte como en la vida. Nosotros contemplábamos su

cadáver aún caliente, y nos parecía mentira; creíamos que había de

despertar para mandamos de nuevo, y tuvimos para llorarle menos entereza

que él para morir, pues al expirar se llevó todo el valor, todo el

entusiasmo que nos había infundido.

»Rindiose el _San Juan_, y cuando subieron a bordo los

oficiales de las seis naves que lo habían destrozado, cada uno pretendía

para sí el honor de recibir la espada del brigadier muerto. Todos

decían: «se ha rendido a mi navío», y por un instante disputaron

reclamando el honor de la victoria para uno u otro de los buques a que

pertenecían. Quisieron que el comandante accidental del _San

Juan_ decidiera la cuestión, diciendo a cuál de los navíos ingleses

se había rendido, y aquél respondió: «A todos, que a uno solo jamás se

hubiera rendido el _San Juan_».

»Ante el cadáver del malogrado Churruca, los ingleses, que le conocían

por la fama de su valor y entendimiento, mostraron gran pena, y uno de

ellos dijo esto o cosa parecida:

«Varones ilustres como éste, no debían estar expuestos a los azares de

un combate, y sí conservados para los progresos de la ciencia de la

navegación». Luego dispusieron que las exequias se hicieran formando la

tropa y marinería inglesa al lado de la española, y en todos sus actos

se mostraron caballeros, magnánimos y generosos.

»El número de heridos a bordo del _San Juan_ era tan

considerable, que nos transportaron a otros barcos suyos o prisioneros.

A mí me tocó pasar a éste, que ha sido de los más maltratados; pero

ellos cuentan poderlo remolcar a Gibraltar antes que ningún otro, ya que

no pueden llevarse al _Trinidad_, el mayor y el más apetecido

de nuestros navíos».

* * * * *

Aquí terminó Malespina, el cual fue oído con viva atención durante el

relato de lo que había presenciado. Por lo que oí, pude comprender que a

bordo de cada navío había ocurrido una tragedia tan espantosa como la

que yo mismo había presenciado, y dije para mí:

«¡Cuánto desastre, Santo Dios, causado por las torpezas de un solo

hombre!». Y aunque yo era entonces un chiquillo, recuerdo que pensé lo

siguiente: «Un hombre tonto no es capaz de hacer en ningún momento de

su vida los disparates que hacen a veces las naciones, dirigidas por

centenares de hombres de talento».

-XIV-

Buena parte de la noche se pasó con la relación de Malespina y de otros

oficiales. El interés de aquellas narraciones me mantuvo despierto y tan

excitado, que ni aun mucho después pude conciliar el sueño. No podía

apartar de mi memoria la imagen de Churruca, tal y como le vi bueno y

sano en casa de Doña Flora. Y en efecto, en aquella ocasión me había

causado sorpresa la intensa tristeza que expresaba el semblante del

ilustre marino, como si presagiara su doloroso y cercano fin. Aquella

noble vida se había extinguido a los cuarenta y cuatro años de edad,

después de veintinueve de honrosos servicios en la armada, como sabio,

como militar y como navegante, pues todo lo era Churruca, además de

perfecto caballero.

En estas y otras cosas pensaba yo, cuando al fin mi cuerpo se rindió a

la fatiga, y me quedé dormido al amanecer del 23, habiendo vencido mi

naturaleza juvenil a mi curiosidad. Durante el sueño, que debió de ser

largo y no tranquilo, antes bien agitado por las imágenes y pesadillas

propias de la excitación de mi cerebro, sentía el estruendo de los

cañonazos, las voces de la batalla, el ruido de las agitadas olas. Al

mismo tiempo soñaba que yo disparaba las piezas, que subía a la

arboladura, que recorría las baterías alentando a los artilleros, y

hasta que mandaba la maniobra en el alcázar de popa como un almirante.

Excuso decir que en aquel reñido combate forjado dentro de mi propio

cerebro, derroté a todos los ingleses habidos y por haber, con más

facilidad que si sus barcos fueran de cartón, y de miga de pan sus

balas. Yo tenía bajo mi insignia como unos mil navíos, mayores todos que

el _Trinidad_, y se movían a mi antojo con tanta precisión

como los juguetes con que mis amigos y yo nos divertíamos en los charcos

de la Caleta.

Mas al fin, todas estas glorias se desvanecieron; lo cual, siendo como

eran puramente soñadas, nada tiene de extraño, cuando vemos que también

las reales se desvanecen. Todo se acabó, cuando abrí los ojos y advertí

mi pequeñez, asociada con la magnitud de los desastres a que había

asistido. Pero ¡cosa singular!, despierto, sentí también cañonazos;

sentí el espantoso rumor de la refriega, y gritos que anunciaban una

gran actividad en la tripulación. Creí soñar todavía; me incorporé en el

canapé donde había dormido, atendí con todo cuidado, y, en efecto, un

atronador grito de _viva el Rey_ hirió mis oídos, no dejándome

duda de que el navío _Santa Ana_ se estaba batiendo de nuevo.

Salí fuera, y pude hacerme cargo de la situación. El tiempo había

calmado bastante: por barlovento se veían algunos navíos desmantelados,

y dos de ellos, ingleses, hacían fuego sobre el _Santa Ana_,

que se defendía al amparo de otros dos, un español y un francés. No me

explicaba aquel cambio repentino en nuestra situación de prisioneros;

miré a popa, y vi nuestra bandera flotando en lugar de la inglesa. ¿Qué

había pasado?, o mejor, ¿qué pasaba?

En el alcázar de popa estaba uno que comprendí era el general Álava, y,

aunque herido en varias partes de su cuerpo, mostraba fuerzas bastantes

para dirigir aquel segundo combate, destinado quizá a hacer olvidar

respecto al _Santa Ana_ las desventuras del primero. Los

oficiales alentaban a la marinería; ésta cargaba y disparaba las piezas

que habían quedado servibles, mientras algunos se ocupaban en custodiar,

teniéndoles a raya, a los ingleses, que habían sido desarmados y

acorralados en el primer entrepuente. Los oficiales de esta nación, que

antes eran nuestros guardianes, se habían convertido en prisioneros.

Todo lo comprendí. El heroico comandante del _Santa Ana_, D.

Ignacio M. de Álava, viendo que se aproximaban algunos navíos españoles,

salidos de Cádiz, con objeto de represar los buques prisioneros y salvar

la tripulación de los próximos a naufragar, se dirigió con lenguaje

patriótico a su abatida tripulación. Esta respondió a la voz de su jefe

con un supremo esfuerzo; obligaron a rendirse a los ingleses que

custodiaban el barco; enarbolaron de nuevo la bandera española, y el

_Santa Ana_ quedó libre, aunque comprometido en nueva lucha,

más peligrosa quizás que la primera.

Este singular atrevimiento, uno de los episodios más honrosos de la

jornada de Trafalgar, se llevó a cabo en un buque desarbolado, sin

timón, con la mitad de su gente muerta o herida, y el resto en una

situación moral y física enteramente lamentable. Preciso fue, una vez

consumado aquel acto, arrostrar sus consecuencias: dos navíos ingleses,

también muy mal parados, hacían fuego sobre el _Santa Ana_;

pero éste era socorrido oportunamente por el _Asís_, el

_Montañés_ y el _Rayo_, tres de los que se retiraron

con Gravina el día 21, y que habían vuelto a salir para rescatar a los

apresados. Aquellos nobles inválidos trabaron nueva y desesperada lucha,

quizás con más coraje que la primera, porque las heridas no restañadas

avivan la furia en el alma de los combatientes, y éstos parece que riñen

con más ardor, porque tienen menos vida que perder.

Las peripecias todas del terrible día 21 se renovaron a mis ojos: el

entusiasmo era grande; pero la gente escasa, por lo cual fue preciso

duplicar el esfuerzo. Sensible es que hecho tan heroico no haya ocupado

en nuestra historia más que una breve página, si bien es verdad que

junto al gran suceso que hoy se conoce con el nombre de _Combate de

Trafalgar_, estos episodios se achican, y casi desaparecen como

débiles resplandores en una horrenda noche.

Entonces presencié un hecho que me hizo derramar lágrimas. No

encontrando a mi amo por ninguna parte, y temiendo que corriera algún

peligro, bajé a la primera batería y le hallé ocupado en apuntar un

cañón. Su mano trémula había recogido el botafuego de las de un marinero

herido, y con la debilitada vista de su ojo derecho, buscaba el infeliz

el punto a donde quería mandar la bala. Cuando la pieza se disparó, se

volvió hacia mí, trémulo de gozo, y con voz que apenas pude entender, me

dijo:

«¡Ah!, ahora Paca no se reirá de mí. Entraremos triunfantes en Cádiz».

En resumen, la lucha terminó felizmente, porque los ingleses

comprendieron la imposibilidad de represar al _Santa Ana_, a

quien favorecían, a más de los tres navíos indicados, otros dos

franceses y una fragata, que llegaron en lo más recio de la pelea.

Estábamos libres de la manera más gloriosa; pero en el punto en que

concluyó aquella hazaña, comenzó a verse claro el peligro en que nos

encontrábamos, pues el _Santa Ana_ debía ser remolcado hasta

Cádiz, a causa del mal estado de su casco. La fragata francesa

_Themis_ echó un cable y puso la proa al Norte; pero ¿qué

fuerza podía tener aquel barco para remolcar otro tan pesado como el

_Santa Ana_, y que sólo podía ayudarse con las velas

desgarradas que quedaban en el palo del trinquete? Los navíos que nos

habían rescatado, esto es, el _Rayo_, el _Montañés_

y el _San Francisco de Asís_, quisieron llevar más adelante su

proeza, y forzaron de vela para rescatar también al _San Juan_

y al _Bahama_, que iban marinados por los ingleses. Nos

quedamos, pues, solos, sin más amparo que el de la fragata que nos

arrastraba, niño que conducía un gigante. ¿Qué sería de nosotros si los

ingleses, como era de suponer, se reponían de su descalabro y volvían

con nuevos refuerzos a perseguirnos? En tanto, parece que la Providencia

nos favorecía, pues el viento, propicio a la marcha que llevábamos,

impulsaba a nuestra fragata, y tras ella, conducido amorosamente, el

navío se acercaba a Cádiz.

Cinco leguas nos separaban del puerto.

¡Qué indecible satisfacción! Pronto concluirían nuestras penas; pronto

pondríamos el pie en suelo seguro, y si llevábamos la noticia de grandes

desastres, también llevábamos la felicidad a muchos corazones que

padecían mortal angustia creyendo perdidos para siempre a los que

volvían con vida y con salud.

La intrepidez de los navíos españoles no tuvo más éxito que el rescate

del _Santa Ana_, pues les cargó el tiempo y tuvieron que

retroceder sin poder dar caza a los navíos ingleses que custodiaban al

_San Juan_, al _Bahama_ y al _San

Ildefonso_. Aún distábamos cuatro leguas del término de nuestro

viaje cuando los vimos retroceder. El vendaval había arreciado, y fue

opinión general a bordo del _Santa Ana_ que, si tardábamos en

llegar, pasaríamos muy mal rato. Nuevos y más terribles apuros. Otra

vez la esperanza perdida a la vista del puerto, y cuando unos cuantos

pasos más sobre el terrible elemento nos habrían puesto en completa

seguridad dentro de la bahía.

A todas éstas se venía la noche encima con malísimo aspecto: el cielo,

cargado de nubes negras, parecía haberse aplanado sobre el mar, y las

exhalaciones eléctricas, que lo inflamaban con breves intervalos, daban

al crepúsculo un tinte pavoroso. La mar, cada vez más turbulenta, furia

aún no aplacada con tanta víctima, bramaba con ira, y su insaciable

voracidad pedía mayor número de presas. Los despojos de la más numerosa

escuadra que por aquel tiempo había desafiado su furor juntamente con el

de los enemigos, no se escapaban a la cólera del elemento, irritado como

un dios antiguo, sin compasión hasta el último instante, tan cruel ante

la fortuna como ante la desdicha.

Yo observé señales de profunda tristeza lo mismo en el semblante de mi

amo que en el del general Álava, quien, a pesar de sus heridas, estaba

en todo, y mandaba hacer señales a la fragata _Themis_ para

que acelerase su marcha si era posible. Lejos de corresponder a su justa

impaciencia, nuestra remolcadora se preparaba a tomar rizos y a cargar

muchas de sus velas, para aguantar mejor el furioso levante. Yo

participé de la general tristeza, y en mis adentros consideraba cuán

fácilmente se burla el destino de nuestras previsiones mejor fundadas, y

con cuánta rapidez se pasa de la mayor suerte a la última desgracia.

Pero allí estábamos sobre el mar, emblema majestuoso de la humana vida.

Un poco de viento le transforma; la ola mansa que golpea el buque con

blando azote, se trueca en montaña líquida que le quebranta y le sacude;

el grato sonido que forman durante la bonanza las leves ondulaciones del

agua, es luego una voz que se enronquece y grita, injuriando a la frágil

embarcación; y ésta, despeñada, se sumerge sintiendo que le falta el

sostén de su quilla, para levantarse luego lanzada hacia arriba por la

ola que sube. Un día sereno trae espantosa noche, o por el contrario,

una luna que hermosea el espacio y serena el espíritu suele preceder a

un sol terrible, ante cuya claridad la Naturaleza se descompone con

formidable trastorno.

Nosotros experimentábamos la desdicha de estas alternativas, y además la

que proviene de las propias obras del hombre. Tras un combate habíamos

sufrido un naufragio; salvados de éste, nos vimos nuevamente empeñados

en una lucha, que fue afortunada, y luego, cuando nos creímos al fin de

tantas penas, cuando saludábamos a Cádiz llenos de alegría, nos vimos de

nuevo en poder de la tempestad, que hacia fuera nos atraía, ansiosa de

rematarnos. Esta serie de desventuras parecía absurda, ¿no es verdad?

Era como la cruel aberración de una divinidad empeñada en causar todo el

mal posible a seres extraviados... pero no: era la lógica del mar, unida

a la lógica de la guerra. Asociados estos dos elementos terribles, ¿no

es un imbécil el que se asombre de verles engendrar las mayores

desventuras?

Una nueva circunstancia aumentó para mí y para mi amo las tristezas de

aquella tarde. Desde que se rescató el _Santa Ana_ no habíamos

visto al joven Malespina. Por último, después de buscarle mucho, le

encontré acurrucado en uno de los canapés de la cámara.

Acerqueme a él y le vi muy demudado; le interrogué y no pudo

contestarme. Quiso levantarse y volvió a caer sin aliento.

«¡Está usted herido!--dije--: Llamaré para que le curen.

--No es nada--contestó--. ¿Querrás traerme un poco de agua?»

Al punto llamé a mi amo. «¿Qué es eso, la herida de la mano?--preguntó

éste examinando al joven.

--No, es algo más», repuso D. Rafael con tristeza, y señaló a su costado

derecho cerca de la cintura.

Luego, como si el esfuerzo empleado en mostrar su herida y en decir

aquellas pocas palabras fuera excesivo para su naturaleza debilitada,

cerró los ojos y quedó sin habla ni movimiento por algún tiempo.

«¡Oh!, esto parece grave--dijo D. Alonso con desaliento.

--¡Y más que grave!», añadió un cirujano que había acudido a examinarle.

Malespina, poseído de profunda tristeza al verse en tal estado, y

creyendo que no había remedio para él, ni siquiera dio cuenta de su

herida y se retiró a aquel sitio, donde le detuvieron sus pensamientos y

sus recuerdos. Creyéndose próximo a morir, se negaba a que se le hiciera

la cura. El cirujano dijo que aunque grave, la herida no parecía mortal;

pero añadió que si no llegábamos a Cádiz aquella noche para que fuese

convenientemente asistido en tierra, la vida de aquél, así como la de

otros heridos, corría gran peligro. El _Santa Ana_ había

tenido en el combate del 21 noventa y siete muertos y ciento cuarenta

heridos: se habían agotado los recursos de la enfermería, y algunos

medicamentos indispensables faltaban por completo. La desgracia de

Malespina no fue la única después del rescate, y Dios quiso que otra

persona para mí muy querida sufriese igual suerte. Marcial cayó herido,

si bien en los primeros instantes apenas sintió dolor y abatimiento,

porque su vigoroso espíritu le sostenía. No tardó, sin embargo, en bajar

al sollado, diciendo que se sentía muy mal. Mi amo envió al cirujano

para que le asistiese, y éste se limitó a decir que la herida no habría

tenido importancia alguna en un joven de veinticuatro años: Medio-hombre

tenía más de sesenta.

En tanto, el navío _Rayo_ pasaba por babor y al habla. Álava

mandó que se le preguntase a la fragata _Themis_ si creía

poder entrar en Cádiz, y habiendo contestado rotundamente que no, se

hizo igual pregunta al _Rayo_, que hallándose casi ileso,

contaba con arribar seguramente al puerto. Entonces, reunidos varios

oficiales, acordaron trasladar a aquel navío al comandante Gardoqui,

gravemente herido, y a otros muchos oficiales de mar y tierra, entre los

cuales se contaba el novio de mi amita. D. Alonso consiguió que Marcial

fuese también trasladado, en atención a que su mucha edad le agravaba

considerablemente, y a mí me hizo el encargo de acompañarles como paje o

enfermero, ordenándome que no me apartase ni un instante de su lado,

hasta que no les dejase en Cádiz o en Vejer en poder de su familia. Me

dispuse a obedecer, intenté persuadir a mi amo de que él también debía

transbordarse al _Rayo_ por ser más seguro; pero ni siquiera

quiso oír tal proposición.

«La suerte--dijo--, me ha traído a este buque, y en él estaré hasta que

Dios decida si nos salvamos o no. Álava está muy mal; la mayor parte de

la oficialidad se halla herida, y aquí puedo prestar algunos servicios.

No soy de los que abandonan el peligro: al contrario, le busco desde el

21, y deseo encontrar ocasión de que mi presencia en la escuadra sea de

provecho. Si llegas antes que yo, como espero, di a Paca que el buen

marino es esclavo de su patria, y que yo he hecho muy bien en venir

aquí, y que estoy muy contento de haber venido, y que no me pesa, no

señor, no me pesa... al contrario... Dile que se alegrará cuando me vea,

y que de seguro mis compañeros me habrían echado de menos si no hubiera

venido... ¿Cómo había de faltar? ¿No te parece a ti que hice bien en

venir?

--Pues es claro: ¿eso qué duda tiene?--respondí procurando calmar su

agitación, la cual era tan grande, que no le dejaba ver la

inconveniencia de consultar con un mísero paje cuestión tan grave.

--Veo que tú eres una persona razonable--añadió sintiéndose consolado

con mi aprobación--; veo que tienes miras elevadas y patrióticas... Pero

Paca no ve las cosas más que por el lado de su egoísmo; y como tiene un

genio tan raro, y como se le ha metido en la cabeza que las escuadras y

los cañones no sirven para nada, no puede comprender que yo... En fin...

sé que se pondrá furiosa cuando vuelva, pues... como no hemos ganado,

dirá esto y lo otro... me volverá loco... pero quiá... yo no le haré

caso. ¿Qué te parece a ti? ¿No es verdad que no debo hacerla caso?

--Ya lo creo--contesté--. Usía ha hecho muy bien en venir: eso prueba

que es un valiente marino.

--Pues vete con esas razones a Paca, y verás lo que te contesta

--replicó él cada vez más agitado--. En fin, dile que estoy bueno y

sano, y que mi presencia aquí ha sido muy necesaria. La verdad es que en

el rescate del _Santa Ana_ he tomado parte muy principal. Si

yo no hubiera apuntado tan bien aquellos cañones, quién sabe, quién

sabe... ¿Y qué crees tú? Aún puede que haga algo más; aún puede ser que

si el viento nos es favorable, rescatemos mañana un par de navíos... Sí,

señor... Aquí estoy meditando cierto plan... Veremos, veremos... Con que

adiós, Gabrielillo. Cuidado con lo que le dices a Paca.

--No, no me olvidaré. Ya sabrá que si no es por usía no se represa el

_Santa Ana_, y sabrá también que puede ser que a lo mejor nos

traiga a Cádiz dos docenas de navíos.

--Dos docenas, no, hombre--dijo--; eso es mucho. Dos navíos, o quizás

tres. En fin, yo creo que he hecho muy bien en venir a la escuadra. Ella

estará furiosa y me volverá loco cuando regrese; pero... yo creo, lo

repito, que he hecho muy bien en embarcarme».

Dicho esto se apartó de mí. Un instante después le vi sentado en un

rincón de la cámara. Estaba rezando, y movía las cuentas del rosario con

mucho disimulo, porque no quería que le vieran ocupado en tan devoto

ejercicio. Yo presumí por sus últimas palabras que mi amo había perdido

el seso, y viéndole rezar me hice cargo de la debilidad de su espíritu,

que en vano se había esforzado por sobreponerse a la edad cansada, y no

pudiendo sostener la lucha, se dirigía a Dios en busca de misericordia.

Doña Francisca tenía razón.

Mi amo, desde hace muchos años, no servía más que para rezar.

Conforme a lo acordado nos trasbordamos. D. Rafael y Marcial, como los

demás oficiales heridos, fueron bajados en brazos a una de las lanchas,

con mucho trabajo, por robustos marineros. Las fuertes olas estorbaban

mucho esta operación; pero al fin se hizo, y las dos embarcaciones se

dirigieron al _Rayo_. La travesía de un navío a otro fue

malísima; mas, al fin, aunque hubo momentos en que a mí me parecía que

la embarcación iba a desaparecer para siempre, llegamos al costado del

_Rayo_, y con muchísimo trabajo subimos la escala.

-XV-

«Hemos salido de Guatemala para entrar en Guatepeor--dijo Marcial

cuando le pusieron sobre cubierta--. Pero donde manda capitán no manda

marinero. A este condenado le pusieron _Rayo_ por mal nombre.

Él dice que entrará en Cádiz antes de media noche, y yo digo que no

entra. Veremos a ver.

--¿Qué dice usted, Marcial, que no llegaremos?--pregunté con mucho

afán.

--Usted, Sr. Gabrielito, no entiende de esto.

--Es que cuando mi señor D. Alonso y los oficiales del _Santa

Ana_ creen que el _Rayo_ entrará esta noche, por fuerza

tiene que entrar. Ellos que lo dicen, bien sabido se lo tendrán.

--Y tú no sabes, _sardiniya_, que esos señores de popa se

_candilean_ (se equivocan) más fácilmente que nosotros los

marinos de combés. Si no, ahí tienes al jefe de toda la escuadra,

_Mr. Corneta_, que cargue el diablo con él. Ya ves como no ha

tenido ni tanto así _de idea_ para mandar la acción. ¿Piensas

tú que si _Mr. Corneta_ hubiera hecho lo que yo decía se

hubiera perdido la batalla?

--¿Y usted cree que no llegaremos a Cádiz?

--Digo que este navío es más pesado que el mismo plomo, y además

traicionero. Tiene mala andadura, gobierna mal y parece que está cojo,

tuerto y manco como yo, pues si le echan la caña para aquí, él va para

allí».

Trafalgar · 第 9 / 12 段