El día pasó entre agonías y esperanzas: ya nos parecía que era

indispensable el trasbordo a un buque inglés para salvarnos, ya creíamos

posible conservar el nuestro. De todos modos, la idea de ser llevados a

Gibraltar como prisioneros era terrible, si no para mí, para los hombres

pundonorosos y obstinados como mi amo, cuyos padecimientos morales

debieron de ser inauditos aquel día. Pero estas dolorosas alternativas

cesaron por la tarde, y a la hora en que fue unánime la idea de que si

no trasbordábamos pereceríamos todos en el buque, que ya tenía quince

pies de agua en la bodega. Iriartea y Cisneros recibieron aquella

noticia con calma y serenidad, demostrando que no hallaban gran

diferencia entre morir en la casa propia o ser prisioneros en la

extraña. Acto continuo comenzó el trasbordo a la escasa luz del

crepúsculo, lo cual no era cosa fácil, habiendo precisión de embarcar

cerca de trescientos heridos. La tripulación sana constaba de unos

quinientos hombres, cifra a que quedaron reducidos los mil ciento quince

individuos de que se componía antes del combate.

Comenzó precipitadamente el trasbordo con las lanchas del

_Trinidad_, las del _Prince_ y las de otros tres

buques de la escuadra inglesa. Dios la preferencia a los heridos; mas

aunque se trató de evitarles toda molestia, fue imposible levantarles de

donde estaban sin mortificarles, y algunos pedían con fuertes gritos que

los dejasen tranquilos, prefiriendo la muerte a un viaje que recrudecía

sus dolores. La premura no daba lugar a la compasión, y eran conducidos

a las lanchas tan sin piedad como arrojados al mar fueron los fríos

cadáveres de sus compañeros.

El comandante Iriartea y el jefe de escuadra, Cisneros se embarcaron en

los botes de la oficialidad inglesa; y habiendo instado a mi amo para

que entrase también en ellos, éste se negó resueltamente, diciendo que

deseaba ser el último en abandonar el _Trinidad_. Esto no dejó

de contrariarme, porque desvanecidos en mí los efluvios de patriotismo,

que al principio me dieron cierto arrojo, no pensaba ya más que en

salvar mi vida, y no era lo más a propósito para este noble fin el

permanecer a bordo de un buque que se hundía por momentos.

Mis temores no fueron vanos, pues aún no estaba fuera la mitad de la

tripulación cuando un sordo rumor de alarma y pavor resonó en nuestro

navío.

«¡Que nos vamos a pique!... ¡a las lanchas, a las lanchas!», exclamaron

algunos, mientras dominados todos por el instinto de conservación,

corrían hacia la borda, buscando con ávidos ojos las lanchas que

volvían. Se abandonó todo trabajo; no se pensó más en los heridos, y

muchos de éstos, sacados ya sobre cubierta, se arrastraban por ella con

delirante extravío, buscando un portalón por donde arrojarse al mar. Por

las escotillas salía un lastimero clamor, que aún parece resonar en mi

cerebro, helando la sangre en mis venas y erizando mis cabellos. Eran

los heridos que quedaban en la primera batería, los cuales, sintiéndose

anegados por el agua, que ya invadía aquel sitio, clamaban pidiendo

socorro no sé si a Dios o a los hombres.

A éstos se lo pedían en vano, porque no pensaban sino en la propia

salvación. Se arrojaron precipitadamente a las lanchas, y esta confusión

en la lobreguez de la noche, entorpecía el trasbordo. Un solo hombre,

impasible ante tan gran peligro, permanecía en el alcázar sin atender a

lo que pasaba a su alrededor, y se paseaba preocupado y meditabundo,

como si aquellas tablas donde ponía su pie no estuvieran solicitadas por

el inmenso abismo. Era mi amo.

Corrí hacia él despavorido, y le dije:

«¡Señor, que nos ahogamos!»

D. Alonso no me hizo caso, y aun creo, si la memoria no me es infiel,

que sin abandonar su actitud pronunció palabras tan ajenas a la

situación como éstas:

«¡Oh! Cómo se va a reír Paca cuando yo vuelva a casa después de esta

gran derrota.

--¡Señor, que el barco se va a pique!» exclamé de nuevo, no ya pintando

el peligro, sino suplicando con gestos y voces.

Mi amo miró al mar, a las lanchas, a los hombres que, desesperados y

ciegos, se lanzaban a ellas; y yo busqué con ansiosos ojos a Marcial, y

le llamé con toda la fuerza de mis pulmones. Entonces paréceme que perdí

la sensación de lo que ocurría, me aturdí, se nublaron mis ojos y no sé

lo que pasó. Para contar cómo me salvé, no puedo fundarme sino en

recuerdos muy vagos, semejantes a las imágenes de un sueño, pues sin

duda el terror me quitó el conocimiento. Me parece que un marinero se

acercó a D. Alonso cuando yo le hablaba, y le asió con sus vigorosos

brazos. Yo mismo me sentí transportado, y cuando mi nublado espíritu se

aclaró un poco, me vi en una lancha, recostado sobre las rodillas de mi

amo, el cual tenía mi cabeza entre sus manos con paternal cariño.

Marcial empuñaba la caña del timón; la lancha estaba llena de gente.

Alcé la vista y vi como a cuatro o cinco varas de distancia, a mi

derecha, el negro costado del navío, próximo a hundirse; por los

portalones a que aún no había llegado el agua, salía una débil claridad,

la de la lámpara encendida al anochecer, y que aún velaba, guardián

incansable, sobre los restos del buque abandonado. También hirieron mis

oídos algunos lamentos que salían por las troneras: eran los pobres

heridos que no había sido posible salvar y se hallaban suspendidos sobre

el abismo, mientras aquella triste luz les permitía mirarse,

comunicándose con los ojos la angustia de los corazones.

Mi imaginación se trasladó de nuevo al interior del buque: una pulgada

de agua faltaba no más para romper el endeble equilibrio que aún le

sostenía. ¡Cómo presenciarían aquellos infelices el crecimiento de la

inundación! ¡Qué dirían en aquel momento terrible! Y si vieron a los que

huían en las lanchas, si sintieron el chasquido de los remos, ¡con

cuánta amargura gemirían sus almas atribuladas! Pero también es cierto

que aquel atroz martirio las purificó de toda culpa, y que la

misericordia de Dios llenó todo el ámbito del navío en el momento de

sumergirse para siempre.

La lancha se alejó: yo seguí viendo aquella gran masa informe, aunque

sospecho que era mi fantasía, no mis ojos, la que miraba el

_Trinidad_ en la obscuridad de la noche, y hasta creí

distinguir en el negro cielo un gran brazo que descendía hasta la

superficie de las aguas. Fue sin duda la imagen de mis pensamientos

reproducida por los sentidos.

-XIII-

La lancha se dirigió... ¿a dónde? Ni el

mismo Marcial sabía a dónde nos dirigíamos. La obscuridad era tan

fuerte, que perdimos de vista las demás lanchas, y las luces del navío

_Prince_ se desvanecieron tras la niebla, como si un soplo las

hubiera extinguido. Las olas eran tan gruesas, y el vendaval tan recio,

que la débil embarcación avanzaba muy poco, y gracias a una hábil

dirección no zozobró más de una vez. Todos callábamos, y los más fijaban

una triste mirada en el sitio donde se suponía que nuestros compañeros

abandonados luchaban en aquel instante con la muerte en espantosa

agonía.

No acabó aquella travesía sin hacer, conforme a mi costumbre, algunas

reflexiones, que bien puedo aventurarme a llamar filosóficas. Alguien se

reirá de un filósofo de catorce años; pero yo no me turbaré ante las

burlas, y tendré el atrevimiento de escribir aquí mis reflexiones de

entonces. Los niños también suelen pensar grandes cosas; y en aquella

ocasión, ante aquel espectáculo, ¿qué cerebro, como no fuera el de un

idiota, podría permanecer en calma?

Pues bien: en nuestras lanchas iban españoles e ingleses, aunque era

mayor el número de los primeros, y era curioso observar cómo

fraternizaban, amparándose unos a otros en el común peligro, sin

recordar que el día anterior se mataban en horrenda lucha, más parecidos

a fieras que a hombres. Yo miraba a los ingleses, remando con tanta

decisión como los nuestros; yo observaba en sus semblantes las mismas

señales de terror o de esperanza, y, sobre todo, la expresión propia del

santo sentimiento de humanidad y caridad, que era el móvil de unos y

otros. Con estos pensamientos, decía para mí: «¿Para qué son las

guerras, Dios mío? ¿Por qué estos hombres no han de ser amigos en todas

las ocasiones de la vida como lo son en las de peligro? Esto que veo,

¿no prueba que todos los hombres son hermanos?».

Pero venía de improviso a cortar estas consideraciones, la idea de

nacionalidad, aquel sistema de islas que yo había forjado, y entonces

decía: «Pero ya: esto de que las islas han de querer quitarse unas a

otras algún pedazo de tierra, lo echa todo a perder, y sin duda en todas

ellas debe de haber hombres muy malos, que son los que arman las

guerras para su provecho particular, bien porque son ambiciosos y

quieren mandar, bien porque son avaros y anhelan ser ricos. Estos

hombres malos son los que engañan a los demás, a todos estos infelices

que van a pelear; y para que el engaño sea completo, les impulsan a

odiar a otras naciones; siembran la discordia, fomentan la envidia, y

aquí tienen ustedes el resultado. Yo estoy seguro--añadí--, de que esto

no puede durar: apuesto doble contra sencillo a que dentro de poco los

hombres de unas y otras islas se han de convencer de que hacen un gran

disparate armando tan terribles guerras, y llegará un día en que se

abrazarán, conviniendo todos en no formar más que una sola familia».

Así pensaba yo. Después de esto he vivido setenta años, y no he visto

llegar ese día.

La lancha avanzaba trabajosamente por el tempestuoso mar. Yo creo que

Marcial, si mi amo se lo hubiera permitido, habría consumado la

siguiente hazaña: echar al agua a los ingleses y poner la proa a Cádiz o

a la costa, aun con la probabilidad casi ineludible de perecer ahogados

en la travesía. Algo de esto me parece que indicó a mi amo, hablándole

quedamente al oído, y D. Alonso debió de darle una lección de

caballerosidad, porque le oí decir:

«Somos prisioneros, Marcial; somos prisioneros».

Lo peor del caso es que no divisábamos ningún barco.

El _Prince_ se había apartado de donde estaba; ninguna luz nos

indicaba la presencia de un buque enemigo. Por último, divisamos una, y

un rato después la mole confusa de un navío que corría el temporal por

barlovento, y aparecía en dirección contraria a la nuestra. Unos le

creyeron francés, otros inglés, y Marcial sostuvo que era español.

Forzaron los remeros, y no sin trabajo llegamos a ponernos al habla.

«¡Ah del navío!», gritaron los nuestros.

Al punto contestaron en español:

«Es el _San Agustín_--dijo Marcial.

--El _San Agustín_ se ha ido a pique--contestó D. Alonso--.

Me parece que será el _Santa Ana_, que también está apresado».

Efectivamente, al acercanos, todos reconocieron al _Santa

Ana_, mandado en el combate por el teniente general Álava. Al punto

los ingleses que lo custodiaban dispusieron prestarnos auxilio, y no

tardamos en hallarnos todos sanos y salvos sobre cubierta.

El _Santa Ana_, navío de 112 cañones, había sufrido también

grandes averías, aunque no tan graves como las del _Santísima

Trinidad_; y si bien estaba desarbolado de todos sus palos y sin

timón, el casco no se conservaba mal. El _Santa Ana_ vivió

once años más después de Trafalgar, y aún habría vivido más si por falta

de carena no se hubiera ido a pique en la bahía de la Habana en 1816. Su

acción en las jornadas que refiero fue gloriosísima. Mandábalo, como he

dicho, el teniente general Álava, jefe de la vanguardia, que, trocado el

orden de batalla, vino a quedar a retaguardia. Ya saben ustedes que la

columna mandada por Collingwood se dirigió a combatir la retaguardia,

mientras Nelson marchó contra el centro. El _Santa Ana_,

amparado sólo por el _Fougueux_, francés, tuvo que batirse con

el _Royal Sovereign_ y otros cuatro ingleses; y a pesar de la

desigualdad de fuerzas, tanto padecieron los unos como los otros, siendo

el navío de Collingwood el primero que quedó fuera de combate, por lo

cual tuvo aquél que trasladarse a la fragata _Eurygalus_.

Según allí refirieron, la lucha había sido horrorosa, y los dos

poderosos navíos, cuyos penoles se tocaban, estuvieron destrozándose por

espacio de seis horas, hasta que herido el general Álava, herido el

comandante Gardoqui, muertos cinco oficiales y noventa y siete

marineros, con más de ciento cincuenta heridos, tuvo que rendirse el

_Santa Ana_. Apresado por los ingleses, era casi imposible

manejarlo a causa del mal estado y del furioso vendaval que se

desencadenó en la noche del 21; así es que cuando entramos en él se

encontraba en situación bien crítica, aunque no desesperada, y flotaba a

merced de las olas, sin poder tomar dirección alguna.

Desde luego me sirvió de consuelo el ver que los semblantes de toda

aquella gente revelaban el temor de una próxima muerte. Estaban tristes

y tranquilos, soportando con gravedad la pena del vencimiento y el

bochorno de hallarse prisioneros. Un detalle advertí también que llamó

mi atención, y fue que los oficiales ingleses que custodiaban el buque

no eran, ni con mucho, tan complacientes y bondadosos como los que

desempeñaron igual cargo a bordo del _Trinidad_. Por el

contrario, eran los del _Santa Ana_ unos caballeros muy foscos

y antipáticos, y mortificaban con exceso a los nuestros, exagerando su

propia autoridad y poniendo reparos a todo con suma impertinencia. Esto

parecía disgustar mucho a la tripulación prisionera, especialmente a la

marinería, y hasta me pareció advertir murmullos alarmantes, que no

habrían sido muy tranquilizadores para los ingleses si éstos los

hubieran oído.

Por lo demás, no quiero referir incidentes de la navegación de aquella

noche, si puede llamarse navegación el vagar a la ventura, a merced de

las olas, sin velamen ni timón. No quiero, pues, fastidiar a mis

lectores repitiendo hechos que ya presenciamos a bordo del

_Trinidad_, y paso a contarles otros enteramente nuevos y que

sorprenderán a ustedes tanto como me sorprendieron a mí.

Yo había perdido mi afición a andar por el combés y alcázar de proa, y

así, desde que me encontré a bordo del _Santa Ana_, me refugié

con mi amo en la cámara, donde pude descansar un poco y alimentarme,

pues de ambas cosas estaba muy necesitado. Había allí, sin embargo,

muchos heridos a quienes era preciso curar, y esta ocupación, muy grata

para mí, no me permitió todo el reposo que mi agobiado cuerpo exigía.

Hallábame ocupado en poner a D. Alonso una venda en el brazo, cuando

sentí que apoyaban una mano en mi hombro; me volví y encaré con un joven

alto, embozado en luengo capote azul, y al pronto, como suele suceder,

no le reconocí; mas contemplándole con atención por espacio de algunos

segundos, lancé una exclamación de asombro: era el joven D. Rafael

Malespina, novio de mi amita.

Abrazole D. Alonso con mucho cariño, y él se sentó a nuestro lado.

Estaba herido en una mano, y tan pálido por la fatiga y la pérdida de la

sangre, que la demacración le desfiguraba completamente el rostro. Su

presencia produjo en mi espíritu sensaciones muy raras, y he de

confesarlas todas, aunque alguna de ellas me haga poco favor. Al punto

experimenté cierta alegría viendo a una persona conocida que había

salido ilesa del horroroso luchar; un instante después el odio antiguo

que aquel sujeto me inspiraba se despertó en mi pecho como dolor

adormecido que vuelve a mortificarnos tras un periodo de alivio. Con

vergüenza lo confieso: sentí cierta pena de verle sano y salvo; pero

diré también en descargo mío que aquella pena fue una sensación

momentánea y fugaz como un relámpago, verdadero relámpago negro que

obscureció mi alma, o mejor dicho, leve eclipse de la luz de mi

conciencia, que no tardó en brillar con esplendorosa claridad.

La parte perversa de mi individuo me dominó un instante; en un instante

también supe acallarla, acorralándola en el fondo de mi ser. ¿Podrán

todos decir lo mismo? Después de este combate moral vi a Malespina con

gozo porque estaba vivo, y con lástima porque estaba herido; y aún

recuerdo con orgullo que hice esfuerzos para demostrarle estos dos

sentimientos. ¡Pobre amita mía! ¡Cuán grande había de ser su angustia en

aquellos momentos! Mi corazón concluía siempre por llenarse de bondad;

yo hubiera corrido a Vejer para decirle: «Señorita Doña Rosa, vuestro D.

Rafael está bueno y sano».

El pobre Malespina había sido transportado al _Santa Ana_

desde el _Nepomuceno_, navío apresado también, donde era tal

el número de heridos, que fue preciso, según dijo, repartirlos para que

no perecieran todos de abandono. En cuanto suegro y yerno cambiaron los

primeros saludos, consagrando algunas palabras a las familias ausentes,

la conversación recayó sobre la batalla: mi amo contó lo ocurrido en el

_Santísima Trinidad_, y después añadió:

«Pero nadie me dice a punto fijo dónde está Gravina. ¿Ha caído

prisionero, o se retiró a Cádiz?

--El general--contestó Malespina--, sostuvo un horroroso fuego contra

el _Defiance_ y el _Revenge_. Le auxiliaron el

_Neptune_, francés, y el _San Ildefonso_ y el

_San Justo_, nuestros; pero las fuerzas de los enemigos se

duplicaron con la ayuda del _Dreadnought_, del

_Thunderer_ y del _Poliphemus_, después de lo cual

fue imposible toda resistencia. Hallándose el _Príncipe de

Asturias_ con todas las jarcias cortadas, sin palos, acribillado a

balazos, y habiendo caído herido el general Gravina y su mayor general

Escaño, resolvieron abandonar la lucha, porque toda resistencia era

insensata y la batalla estaba perdida. En un resto de arboladura puso

Gravina la señal de retirada, y acompañado del _San Justo_, el

_San Leandro_, el _Montañés_, el

_Indomptable_, el _Neptune_ y el

_Argonauta_, se dirigió a Cádiz, con la pena de no haber

podido rescatar el _San Ildefonso_, que ha quedado en poder de

los enemigos.

--Cuénteme usted lo que ha pasado en el _Nepomuceno_--dijo mi

amo con el mayor interés--. Aún me cuesta trabajo creer que ha muerto

Churruca, y a pesar de que todos lo dan como cosa cierta, yo tengo la

creencia de que aquel hombre divino ha de estar vivo en alguna parte».

Malespina dijo que desgraciadamente él había presenciado la muerte de

Churruca, y prometió contarlo puntualmente. Formaron corro en torno suyo

algunos oficiales, y yo, más curioso que ellos, me volví todo oídos para

no perder una sílaba.

«Desde que salimos de Cádiz--dijo Malespina--, Churruca tenía el

presentimiento de este gran desastre. Él había opinado contra la salida,

porque conocía la inferioridad de nuestras fuerzas, y además confiaba

poco en la inteligencia del jefe Villeneuve. Todos sus pronósticos han

salido ciertos; todos, hasta el de su muerte, pues es indudable que la

presentía, seguro como estaba de no alcanzar la victoria. El 19 dijo a

su cuñado Apodaca: «Antes que rendir mi navío, lo he de volar o echar a

pique. Este es el deber de los que sirven al Rey y a la patria». El

mismo día escribió a un amigo suyo, diciéndole: «Si llegas a saber que

mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto».

»Ya se conocía en la grave tristeza de su semblante que preveía un

desastroso resultado. Yo creo que esta certeza y la imposibilidad

material de evitarlo, sintiéndose con fuerzas para ello, perturbaron

profundamente su alma, capaz de las grandes acciones, así como de los

grandes pensamientos.

»Churruca era hombre religioso, porque era un hombre superior. El 21, a

las once de la mañana, mandó subir toda la tropa y marinería; hizo que

se pusieran de rodillas, y dijo al capellán con solemne acento: «Cumpla

usted, padre, con su ministerio, y absuelva a esos valientes que

ignoran lo que les espera en el combate». Concluida la ceremonia

religiosa, les mandó poner en pie, y hablando en tono persuasivo y

firme, exclamó: «¡Hijos míos: en nombre de Dios, prometo la

bienaventuranza al que muera cumpliendo con sus deberes! Si alguno

faltase a ellos, le haré fusilar inmediatamente, y si escapase a mis

miradas o a las de los valientes oficiales que tengo el honor de mandar,

sus remordimientos le seguirán mientras arrastre el resto de sus días

miserable y desgraciado».

»Esta arenga, tan elocuente como sencilla, que hermanaba el cumplimiento

del deber militar con la idea religiosa, causó entusiasmo en toda la

dotación del _Nepomuceno_. ¡Qué lástima de valor! Todo se

perdió como un tesoro que cae al fondo del mar. Avistados los ingleses,

Churruca vio con el mayor desagrado las primeras maniobras dispuestas

por Villeneuve, y cuando éste hizo señales de que la escuadra virase en

redondo, lo cual, como todos saben, desconcertó el orden de batalla,

manifestó a su segundo que ya consideraba perdida la acción con tan

torpe estrategia. Desde luego comprendió el aventurado plan de Nelson,

que consistía en cortar nuestra línea por el centro y retaguardia,

envolviendo la escuadra combinada y batiendo parcialmente sus buques, en

tal disposición, que éstos no pudieran prestarse auxilio.

»El _Nepomuceno_ vino a quedar al extremo de la línea.

Rompiose el fuego entre el _Santa Ana_ y _Royal

Sovereign_, y sucesivamente todos los navíos fueron entrando en el

combate. Cinco navíos ingleses de la división de Collingwood se

dirigieron contra el _San Juan_; pero dos de ellos siguieron

adelante, y Churruca no tuvo que hacer frente más que a fuerzas triples.

»Nos sostuvimos enérgicamente contra tan superiores enemigos hasta las

dos de la tarde, sufriendo mucho; pero devolviendo doble estrago a

nuestros contrarios. El grande espíritu de nuestro heroico jefe parecía

haberse comunicado a soldados y marineros, y las maniobras, así como los

disparos, se hacían con una prontitud pasmosa. La gente de leva se había

educado en el heroísmo, sin más que dos horas de aprendizaje, y nuestro

navío, por su defensa gloriosa, no sólo era el terror, sino el asombro

de los ingleses.

»Estos necesitaron nuevos refuerzos: necesitaron seis contra uno.

Volvieron los dos navíos que nos habían atacado primero, y el

_Dreadnought_ se puso al costado del _San Juan_,

para batirnos a medio tiro de pistola. Figúrense ustedes el fuego de

estos seis colosos, vomitando balas y metralla sobre un buque de 74

cañones. Parecía que nuestro navío se agrandaba, creciendo en tamaño,

conforme crecía el arrojo de sus defensores. Las proporciones

gigantescas que tomaban las almas, parecía que las tomaban también los

cuerpos; y al ver cómo infundíamos pavor a fuerzas seis veces

superiores, nos creíamos algo más que hombres.

»Entre tanto, Churruca, que era nuestro pensamiento, dirigía la acción

con serenidad asombrosa. Comprendiendo que la destreza había de suplir a

la fuerza, economizaba los tiros, y lo fiaba todo a la buena puntería,

consiguiendo así que cada bala hiciera un estrago positivo en los

enemigos. A todo atendía, todo lo disponía, y la metralla y las balas

corrían sobre su cabeza, sin que ni una sola vez se inmutara. Aquel

hombre, débil y enfermizo, cuyo hermoso y triste semblante no parecía

nacido para arrostrar escenas tan espantosas, nos infundía a todos

misterioso ardor, sólo con el rayo de su mirada.

»Pero Dios no quiso que saliera vivo de la terrible porfía. Viendo que

no era posible hostilizar a un navío que por la proa molestaba al

_San Juan_ impunemente, fue él mismo a apuntar el cañón, y

logró desarbolar al contrario. Volvía al alcázar de popa, cuando una

bala de cañón le alcanzó en la pierna derecha, con tal acierto, que casi

se la desprendió del modo más doloroso por la parte alta del muslo.

Corrimos a sostenerlo, y el héroe cayó en mis brazos. ¡Qué terrible

momento! Aún me parece que siento bajo mi mano el violento palpitar de

un corazón, que hasta en aquel instante terrible no latía sino por la

patria. Su decaimiento físico fue rapidísimo: le vi esforzándose por

erguir la cabeza, que se le inclinaba sobre el pecho, le vi tratando de

reanimar con una sonrisa su semblante, cubierto ya de mortal palidez,

mientras con voz apenas alterada, exclamó: _Esto no es nada. Siga

el fuego_.

»Su espíritu se rebelaba contra la muerte, disimulando el fuerte dolor

de un cuerpo mutilado, cuyas postreras palpitaciones se extinguían de

segundo en segundo. Tratamos de bajarle a la cámara; pero no fue posible

arrancarle del alcázar. Al fin, cediendo a nuestros ruegos, comprendió

que era preciso abandonar el mando. Llamó a Moyna, su segundo, y le

dijeron que había muerto; llamó al comandante de la primera batería, y

éste, aunque gravemente herido, subió al alcázar y tomó posesión del

mando.

Trafalgar · 第 8 / 12 段