porque la mitad de la gente estaba fuera de combate. Tal vez no me
hubiera fijado en esta circunstancia, si habiendo salido de la cámara,
impulsado por mi curiosidad, no sintiera una voz que con acento terrible
me dijo: «¡Gabrielillo, aquí!»
Marcial me llamaba: acudí prontamente, y le hallé empeñado en servir uno
de los cañones que habían quedado sin gente. Una bala había llevado a
Medio-hombre la punta de su pierna de palo, lo cual le hacía decir:
«Si llego a traer la de carne y hueso...»
Dos marinos muertos yacían a su lado; un tercero, gravemente herido, se
esforzaba en seguir sirviendo la pieza.
«Compadre--le dijo Marcial--, ya tú no puedes ni encender una colilla».
Arrancó el botafuego de manos del herido y me lo entregó diciendo:
«Toma, Gabrielillo; si tienes miedo, vas al agua».
Esto diciendo, cargó el cañón con toda la prisa que le fue posible,
ayudado de un grumete que estaba casi ileso; lo cebaron y apuntaron;
ambos exclamaron «fuego»; acerqué la mecha, y el cañón disparó.
Se repitió la operación por segunda y tercera vez, y el ruido del cañón,
disparado por mí, retumbó de un modo extraordinario en mi alma. El
considerarme, no ya espectador, sino actor decidido en tan grandiosa
tragedia, disipó por un instante el miedo, y me sentí con grandes bríos,
al menos con la firme resolución de aparentarlos. Desde entonces conocí
que el heroísmo es casi siempre una forma del pundonor. Marcial y otros
me miraban: era preciso que me hiciera digno de fijar su atención.
«¡Ah!--decía yo para mí con orgullo--. Si mi amita pudiera verme
ahora... ¡Qué valiente estoy disparando cañonazos como un hombre!... Lo
menos habré mandado al otro mundo dos docenas de ingleses».
Pero estos nobles pensamientos me ocuparon muy poco tiempo, porque
Marcial, cuya fatigada naturaleza comenzaba a rendirse después de su
esfuerzo, respiro con ansia, se secó la sangre que afluía en abundancia
de su cabeza, cerró los ojos, sus brazos se extendieron con desmayo, y
dijo:
«No puedo más: se me sube la pólvora a la toldilla (la cabeza). Gabriel,
tráeme agua».
Corrí a buscar el agua, y cuando se la traje, bebió con ansia. Pareció
tomar con esto nuevas fuerzas: íbamos a seguir, cuando un gran estrépito
nos dejó sin movimiento. El palo mayor, tronchado por la fogonadura,
cayo sobre el combés, y tras él el de mesana. El navío quedó lleno de
escombros y el desorden fue espantoso.
Felizmente quedé en hueco y sin recibir más que una ligera herida en la
cabeza, la cual, aunque me aturdió al principio, no me impidió apartar
los trozos de vela y cabos que habían caído sobre mí. Los marineros y
soldados de cubierta pugnaban por desalojar tan enorme masa de cuerpos
inútiles, y desde entonces sólo la artillería de las baterías bajas
sostuvo el fuego. Salí como pude, busqué a Marcial, no le hallé, y
habiendo fijado mis ojos en el alcázar, noté que el comandante ya no
estaba allí. Gravemente herido de un astillazo en la cabeza, había caído
exánime, y al punto dos marineros subieron para trasladarle a la cámara.
Corrí también allá, y entonces un casco de metralla me hirió en el
hombro, lo que me asustó en extremo, creyendo que mi herida era mortal y
que iba a exhalar el último suspiro. Mi turbación no me impidió entrar
en la cámara, donde por la mucha sangre que brotaba de mi herida me
debilité, quedando por un momento desvanecido.
En aquel pasajero letargo, seguí oyendo el estrépito de los cañones de
la segunda y tercera batería, y después una voz que decía con furia:
«¡Abordaje!... ¡las picas!... ¡las hachas!»
Después la confusión fue tan grande, que no pude distinguir lo que
pertenecía a las voces humanas en tal descomunal concierto. Pero no sé
cómo, sin salir de aquel estado de somnolencia, me hice cargo de que se
creía todo perdido, y de que los oficiales se hallaban reunidos en la
cámara para acordar la rendición; y también puedo asegurar que si no fue
invento de mi fantasía, entonces trastornada, resonó en el combés una
voz que decía: «¡El _Trinidad_ no se rinde!». De fijo fue la
voz de Marcial, si es que realmente dijo alguien tal cosa.
Me sentí despertar, y vi a mi amo arrojado sobre uno de los sofás de la
cámara, con la cabeza oculta entre las manos en ademán de desesperación
y sin cuidarse de su herida.
Acerqueme a él, y el infeliz anciano no halló mejor modo de expresar su
desconsuelo que abrazándome paternalmente, como si ambos estuviéramos
cercanos a la muerte. Él, por lo menos, creo que se consideraba próximo
a morir de puro dolor, porque su herida no tenía la menor gravedad. Yo
le consolé como pude, diciendo que si la acción no se había ganado, no
fue porque yo dejara de matar bastante ingleses con mi cañoncito, y
añadí que para otra vez seríamos más afortunados; pueriles razones que
no calmaron su agitación.
Saliendo afuera en busca de agua para mi amo, presencié el acto de
arriar la bandera, que aún flotaba en la cangreja, uno de los pocos
restos de arboladura que con el tronco de mesana quedaban en pie. Aquel
lienzo glorioso, ya agujereado por mil partes, señal de nuestra honra,
que congregaba bajo sus pliegues a todos los combatientes, descendió
del mástil para no izarse más. La idea de un orgullo abatido, de un
ánimo esforzado que sucumbe ante fuerzas superiores, no puede encontrar
imagen más perfecta para representarse a los ojos humanos que la de
aquel oriflama que se abate y desaparece como un sol que se pone. El de
aquella tarde tristísima, tocando al término de su carrera en el momento
de nuestra rendición, iluminó nuestra bandera con su último rayo.
El fuego cesó y los ingleses penetraron en el barco vencido.
-XII-
Cuando el
espíritu, reposando de la agitación del combate, tuvo tiempo de dar paso
a la compasión, al frío terror producido por la vista de tan grande
estrago, se presentó a los ojos de cuantos quedamos vivos la escena del
navío en toda su horrenda majestad. Hasta entonces los ánimos no se
habían ocupado más que de la defensa; mas cuando el fuego cesó, se pudo
advertir el gran destrozo del casco, que, dando entrada al agua por sus
mil averías, se hundía, amenazando sepultarnos a todos, vivos y muertos,
en el fondo del mar. Apenas entraron en él los ingleses, un grito resonó
unánime, proferido por nuestros marinos:
«¡A las bombas!» Todos los que podíamos acudimos a ellas y trabajamos
con ardor; pero aquellas máquinas imperfectas desalojaban una cantidad
de agua bastante menor que la que entraba. De repente un grito, aún más
terrible que el anterior, nos llenó de espanto. Ya dije que los heridos
se habían transportado al último sollado, lugar que, por hallarse bajo
la línea de flotación, está libre de la acción de las balas. El agua
invadía rápidamente aquel recinto, y algunos marinos asomaron por la
escotilla gritando:
«¡Que se ahogan los heridos!»
La mayor parte de la tripulación vaciló entre seguir desalojando el agua
y acudir en socorro de aquellos desgraciados; y no sé qué habría sido de
ellos, si la gente de un navío inglés no hubiera acudido en nuestro
auxilio. Estos no sólo transportaron los heridos a la tercera y a la
segunda batería, sino que también pusieron mano a las bombas, mientras
sus carpinteros trataban de reparar algunas de las averías del casco.
Rendido de cansancio, y juzgando que Don Alonso podía necesitar de mí,
fui a la cámara. Entonces vi a algunos ingleses ocupados en poner el
pabellón británico en la popa del _Santísima Trinidad_. Como
cuento con que el lector benévolo me ha de perdonar que apunte aquí mis
impresiones, diré que aquello me hizo pensar un poco. Siempre se me
habían representado los ingleses como verdaderos piratas o salteadores
de los mares, gentezuela aventurera que no constituía nación y que vivía
del merodeo.
Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su pabellón, saludándole con
vivas aclamaciones; cuando advertí el gozo y la satisfacción que les
causaba haber apresado el más grande y glorioso barco que hasta entonces
surcó los mares, pensé que también ellos tendrían su patria querida, que
ésta les habría confiado la defensa de su honor; me pareció que en
aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de
existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las
madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos,
los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les
concediera la victoria.
En la cámara encontré a mi señor más tranquilo. Los oficiales ingleses
que habían entrado allí trataban a los nuestros con delicada cortesía, y
según entendí, querían trasbordar los heridos a algún barco enemigo. Uno
de aquellos oficiales se acercó a mi amo como queriendo reconocerle, y
le saludó en español medianamente correcto, recordándole una amistad
antigua. Contestó D. Alonso a sus finuras con gravedad, y después quiso
enterarse por él de los pormenores del combate.
«¿Pero qué ha sido de la reserva? ¿Qué ha hecho Gravina?--preguntó mi
amo.--Gravina se ha retirado con algunos navíos--contestó el inglés.
--De la vanguardia sólo han venido a auxiliarnos el _Rayo_ y
el _Neptuno_.
--Los cuatro franceses, _Duguay-Trouin_,
_Mont-Blanc_, _Scipion_ y _Formidable_,
son los únicos que no han entrado en acción.
--Pero Gravina, Gravina, ¿qué es de Gravina?--insistió mi amo.
--Se ha retirado en el _Príncipe de Asturias_; mas como se le
ha dado caza, ignoro si habrá llegado a Cádiz.
--¿Y el _San Ildefonso_?
--Ha sido apresado.--¿Y el _Santa Ana_?
--También ha sido apresado.--¡Vive Dios!--exclamó D. Alonso sin poder
disimular su enojo--. Apuesto a que no ha sido apresado el
_Nepomuceno_.
--También lo ha sido.--¡Oh!, ¿está usted seguro de ello? ¿Y Churruca?
--Ha muerto--contestó el inglés con tristeza.
--¡Oh! ¡Ha muerto! ¡Ha muerto Churruca!--exclamó mi amo con angustiosa
perplejidad--. Pero el _Bahama_ se habrá salvado, el
_Bahama_ habrá vuelto ileso a Cádiz.
--También ha sido apresado.--¡También! ¿Y Galiano? Galiano es un héroe
y un sabio.
--Sí--repuso sombríamente el inglés--; pero ha muerto también.
--¿Y qué es del _Montañés_? ¿Qué ha sido de Alcedo?
--Alcedo... también ha muerto».
Mi amo no pudo reprimir la expresión de su profunda pena; y como la
avanzada edad amenguaba en él la presencia de ánimo propia de tan
terribles momentos, hubo de pasar por la pequeña mengua de derramar
algunas lágrimas, triste obsequio a sus compañeros. No es impropio el
llanto en las grandes almas; antes bien, indica el consorcio fecundo de
la delicadeza de sentimientos con la energía de carácter. Mi amo lloró
como hombre, después de haber cumplido con su deber como marino; mas
reponiéndose de aquel abatimiento, y buscando alguna razón con que
devolver al inglés la pesadumbre que este le causara, dijo:
«Pero ustedes no habrán sufrido menos que nosotros. Nuestros enemigos
habrán tenido pérdidas de consideración.
--Una sobre todo irreparable--contestó el inglés con tanta congoja como
la de D. Alonso--. Hemos perdido al primero de nuestros marinos, al
valiente entre los valientes, al heroico, al divino, al sublime
almirante Nelson».
Y con tan poca entereza como mi amo, el oficial inglés no se cuidó de
disimular su inmensa pena: cubriose la cara con las manos y lloró, con
toda la expresiva franqueza del verdadero dolor, al jefe, al protector y
al amigo.
Nelson, herido mortalmente en mitad del combate, según después supe, por
una bala de fusil que le atravesó el pecho y se fijó en la espina
dorsal, dijo al capitán Hardy: «Se acabó; al fin lo han conseguido». Su
agonía se prolongó hasta el caer de la tarde; no perdió ninguno de los
pormenores del combate, ni se extinguió su genio de militar y de marino
sino cuando la última fugitiva palpitación de la vida se disipó en su
cuerpo herido. Atormentado por horribles dolores, no dejó de dictar
órdenes, enterándose de los movimientos de ambas escuadras, y cuando se
le hizo saber el triunfo de la suya, exclamó: «Bendito sea Dios; he
cumplido con mi deber».
Un cuarto de hora después expiraba el primer marino de nuestro siglo.
Perdóneseme la digresión. El lector extrañará que no conociéramos la
suerte de muchos buques de la escuadra combinada. Nada más natural que
nuestra ignorancia, por causa de la desmesurada longitud de la línea de
combate, y además el sistema de luchas parciales adoptado por los
ingleses. Sus navíos se habían mezclado con los nuestros, y como la
contienda era a tiro de fusil, el buque enemigo que nos batía ocultaba
la vista del resto de la escuadra, además de que el humo espesísimo nos
impedía ver cuanto no se hallara en paraje cercano.
Al anochecer, y cuando aún el cañoneo no había cesado, distinguíamos
algunos navíos, que pasaban a un largo como fantasmas, unos con media
arboladura, otros completamente desarbolados. La bruma, el humo, el
mismo aturdimiento de nuestras cabezas, nos impedía distinguir si eran
españoles o enemigos; y cuando la luz de un fogonazo lejano iluminaba a
trechos aquel panorama temeroso, notábamos que aún seguía la lucha con
encarnizamiento entre grupos de navíos aislados; que otros corrían sin
concierto ni rumbo, llevados por el temporal, y que alguno de los
nuestros era remolcado por otro inglés en dirección al Sur.
Vino la noche, y con ella aumentó la gravedad y el horror de nuestra
situación. Parecía que la Naturaleza había de sernos propicia después
de tantas desgracias; pero, por el contrario, desencadenáronse con furia
los elementos, como si el Cielo creyera que aún no era bastante grande
el número de nuestras desdichas. Desatose un recio temporal, y viento y
agua, hondamente agitados, azotaron el buque, que, incapaz de maniobra,
fluctuaba a merced de las olas. Los vaivenes eran tan fuertes que se
hacía difícil el trabajo, lo cual, unido al cansancio de la tripulación,
empeoraba nuestro estado de hora en hora. Un navío inglés, que después
supe se llamaba _Prince_, trató de remolcar al
_Trinidad_; pero sus esfuerzos fueron inútiles, y tuvo que
alejarse por temor a un choque, que habría sido funesto para ambos
buques.
Entre tanto no era posible tomar alimento alguno, y yo me moría de
hambre, porque los demás, indiferentes a todo lo que no fuera el
peligro, apenas se cuidaban de cosa tan importante. No me atrevía a
pedir un pedazo de pan por temor de parecer importuno, y al mismo
tiempo, sin vergüenza lo confieso, dirigía mi escrutadora observación a
todos los sitios donde colegía que podían existir provisiones de boca.
Apretado por la necesidad, me arriesgué a hacer una visita a los pañoles
del bizcocho, y ¿cuál sería mi asombro cuando vi que Marcial estaba
allí, trasegando a su estómago lo primero que encontró a mano? El
anciano estaba herido de poca gravedad, y aunque una bala le había
llevado el pie derecho, como este no era otra cosa que la extremidad de
la pierna de palo, el cuerpo de Marcial sólo estaba con tal percance un
poco más cojo.
«Toma, Gabrielillo--me dijo, llenándome el seno de galletas--: barco
sin lastre no navega».
En seguida empinó una botella y bebió con delicia.
Salimos del pañol, y vi que no éramos nosotros solos los que visitaban
aquel lugar, pues todo indicaba que un desordenado pillaje había
ocurrido allí momentos antes.
Reparadas mis fuerzas, pude pensar en servir de algo, poniendo mano a
las bombas o ayudando a los carpinteros. Trabajosamente se enmendaron
algunas averías con auxilio de los ingleses, que vigilaban todo, y según
después comprendí, no perdían de vista a algunos de nuestros marineros,
porque temían que se sublevasen, represando el navío, en lo cual los
enemigos demostraban más suspicacia que buen sentido, pues menester era
haber perdido el juicio para intentar represar un buque en tal estado.
Ello es que los _casacones_ acudían a todas partes y no
perdían movimiento alguno.
Entrada la noche, y hallándome transido de frío, abandoné la cubierta,
donde apenas podía tenerme, y corría además el peligro de ser arrebatado
por un golpe de mar, y me retiré a la cámara. Mi primera intención fue
dormir un poco; pero ¿quién dormía en aquella noche?
En la cámara todo era confusión, lo mismo que en el combés. Los sanos
asistían a los heridos, y éstos, molestados a la vez por sus dolores y
por el movimiento del buque, que les impedía todo reposo, ofrecían tan
triste aspecto, que a su vista era imposible entregarse al descanso. En
un lado de la cámara yacían, cubiertos con el pabellón nacional, los
oficiales muertos. Entre tanta desolación, ante el espectáculo de tantos
dolores, había en aquellos cadáveres no sé qué de envidiable: ellos
solos descansaban a bordo del _Trinidad_, y todo les era
ajeno, fatigas y penas, la vergüenza de la derrota y los padecimientos
físicos. La bandera que les servía de ilustre mortaja parecía ponerles
fuera de aquella esfera de responsabilidad, de mengua y desesperación en
que todos nos encontrábamos. Nada les afectaba el peligro que corría la
nave, porque ésta no era ya más que su ataúd.
Los oficiales muertos eran: D. Juan Cisniega, teniente de navío, el cual
no tenía parentesco con mi amo a pesar de la identidad de apellido; D.
Joaquín de Salas y D. Juan Matute, también tenientes de navío; el
teniente coronel de ejército D. José Graullé, el teniente de fragata
Urías y el guardia marina Don Antonio de Bobadilla. Los marineros y
soldados muertos, cuyos cadáveres yacían sin orden en las baterías y
sobre cubierta, ascendían a la terrible suma de cuatrocientos.
No olvidaré jamás el momento en que aquellos cuerpos fueron arrojados al
mar por orden del oficial inglés que custodiaba el navío. Verificose la
triste ceremonia al amanecer del día 22, hora en que el temporal parece
que arreció exprofeso, para aumentar la pavura de semejante escena.
Sacados sobre cubierta los cuerpos de los oficiales, el cura rezó un
responso a toda prisa, porque no era ocasión de andarse en dibujos, e
inmediatamente se procedió al acto solemne. Envueltos en su bandera, y
con una bala atada a los pies, fueron arrojados al mar, sin que esto,
que ordinariamente hubiera producido en todos tristeza y consternación,
conmoviera entonces a los que lo presenciaron.
¡Tan hechos estaban los ánimos a la desgracia, que el espectáculo de la
muerte les era poco menos que indiferente! Las exequias del mar son más
tristes que las de la tierra. Se da sepultura a un cadáver, y allí
queda: las personas a quienes interesa saben que hay un rincón de tierra
donde existen aquellos restos, y pueden marcarlos con una losa, con una
cruz o con una piedra. Pero en el mar... se arrojan los cuerpos en la
movible inmensidad, y parece que dejan de existir en el momento de caer;
la imaginación no puede seguirlos en su viaje al profundo abismo, y es
difícil suponer que estén en alguna parte estando en el fondo del
Océano. Estas reflexiones hacía yo viendo cómo desaparecían los cuerpos
de aquellos ilustres guerreros, un día antes llenos de vida, gloria de
su patria y encanto de sus familias.
Los marineros muertos eran arrojados con menos ceremonia: la Ordenanza
manda que se les envuelva en el coy[5]; pero en aquella ocasión no había
tiempo para entretenerse en cumplir la Ordenanza. A algunos se les
amortajó como está mandado; pero la mayor parte fueron echados al mar
sin ningún atavío y sin bala a los pies, por la sencilla razón de que no
había para todos. Eran cuatrocientos, próximamente, y a fin de terminar
pronto la operación de darles sepultura, fue preciso que pusieran mano
a la obra todos los hombres útiles que a bordo había para despachar más
pronto. Muy a disgusto mío tuve que ofrecer mi cooperación para tan
triste servicio, y algunos cuerpos cayeron al mar soltados desde la
borda por mi mano, puesta en ayuda de otras más vigorosas.
[Nota 5: «ci» en el original (N. del E.)]
Entonces ocurrió un hecho, una coincidencia que me causó mucho terror.
Un cadáver horriblemente desfigurado, fue cogido entre dos marineros, y
en el momento de levantarlo en alto, algunos de los circunstantes se
permitieron groseras burlas, que en toda ocasión habrían sido
importunas, y en aquel momento infames. No sé por qué el cuerpo de aquel
desgraciado fue el único que les movió a perder con tal descaro el
respeto a la muerte, y decían: «Ya las ha pagado todas juntas...; no
volverá a hacer de las suyas», y otras groserías del mismo jaez. Aquello
me indignó; pero mi indignación se trocó en asombro y en un sentimiento
indefinible, mezcla de respeto, de pena y de miedo, cuando observando
atentamente las facciones mutiladas de aquel cadáver, reconocí en él a
mi tío... Cerré los ojos con espanto, y no los abrí hasta que el
violento salpicar del agua me indicó que había desaparecido para
siempre ante la vista humana.
Aquel hombre había sido muy malo para mí, muy malo para su hermana; pero
era mi pariente cercano, hermano de mi madre; la sangre que corría por
mis venas era su sangre, y esa voz interna que nos incita a ser
benévolos con las faltas de los nuestros, no podía permanecer callada
después de la escena que pasó ante mis ojos. Al mismo tiempo, yo había
podido reconocer en la cara ensangrentada de mi tío algunos rasgos
fisonómicos de la cara de mi madre, y esto aumentó mi aflicción. En
aquel momento no me acordé de que había sido un gran criminal, ni menos
de las crueldades que usó conmigo durante mi infortunada niñez. Yo les
aseguro a ustedes, y no dudo en decir esto, aunque sea en elogio mío,
que le perdoné con toda mi alma y que elevé el pensamiento a Dios,
pidiéndole que le perdonara todas sus culpas.
Después supe que se había portado heroicamente en el combate, sin que
por esto alcanzara las simpatías de sus compañeros, quienes, reputándole
como el más bellaco de los hombres, no tuvieron para él una palabra de
afecto o conmiseración, ni aun en el momento supremo en que toda falta
se perdona, porque se supone al criminal dando cuenta de sus actos ante
Dios.
Avanzado el día, intentó de nuevo el navío _Prince_ remolcar al
_Santísima Trinidad_; pero con tan poca fortuna como en la
noche anterior. La situación no empeoraba, a pesar de que seguía el
temporal con igual fuerza, pues se habían reparado muchas averías, y se
creía que, una vez calmado el tiempo, podría salvarse el casco. Los
ingleses tenían gran empeño en ello, porque querían llevar por trofeo a
Gibraltar el más grande navío hasta entonces construido. Por esta razón
trabajaban con tanto ahínco en las bombas noche y día, permitiéndonos
descansar algún rato.
Durante todo el día 22 la mar se revolvía con frenesí, llevando y
trayendo el casco del navío cual si fuera endeble lancha de pescadores;
y aquella montaña de madera probaba la fuerte trabazón de sus sólidas
cuadernas, cuando no se rompía en mil pedazos al recibir el tremendo
golpear de las olas. Había momentos en que, aplanándose el mar, parecía
que el navío iba a hundirse para siempre; pero inflamándose la ola como
al impulso de profundo torbellino, levantaba aquél su orgullosa proa,
adornada con el león de Castilla, y entonces respirábamos con la
esperanza de salvarnos.
Por todos lados descubríamos navíos dispersos, la mayor parte ingleses,
no sin grandes averías y procurando todos alcanzar la costa para
refugiarse. También los vimos españoles y franceses, unos desarbolados,
otros remolcados por algún barco enemigo. Marcial reconoció en uno de
éstos al _San Ildefonso_. Vimos flotando en el agua multitud
de restos y despojos, como masteleros, cofas, lanchas rotas, escotillas,
trozos de balconaje, portas, y, por último, avistamos dos infelices
marinos que, mal embarcados en un gran palo, eran llevados por las olas,
y habrían perecido si los ingleses no corrieran al instante a darles
auxilio. Traídos a bordo del _Trinidad_, volvieron a la vida,
que, recobrada después de sentirse en los brazos de la muerte, equivale
a nacer de nuevo.