Se me había olvidado mencionar una operación preliminar del combate, en

la cual tomé parte. Hecho por la mañana el zafarrancho, preparado ya

todo lo concerniente al servicio de piezas y lo relativo a maniobras, oí

que dijeron:

«La arena, extender la arena».

Marcial me tiró de la oreja, y llevándome a una escotilla, me hizo

colocar en línea con algunos marinerillos de leva, grumetes y gente de

poco más o menos. Desde la escotilla hasta el fondo de la bodega se

habían colocado, escalonados en los entrepuentes, algunos marineros, y

de este modo iban sacando los sacos de arena. Uno se lo daba al que

tenía al lado, éste al siguiente, y de este modo se sacaba rápidamente y

sin trabajo cuanto se quisiera. Pasando de mano en mano, subieron de la

bodega multitud de sacos, y mi sorpresa fue grande cuando vi que los

vaciaban sobre la cubierta, sobre el alcázar y castillos, extendiendo la

arena hasta cubrir toda la superficie de los tablones. Lo mismo hicieron

en los entrepuentes. Por satisfacer mi curiosidad, pregunté al grumete

que tenía al lado.

«Es para la sangre--me contestó con indiferencia.

--¡Para la sangre!» repetí yo sin poder reprimir un estremecimiento de

terror.

Miré la arena; miré a los marineros, que con gran algazara se ocupaban

en aquella faena, y por un instante me sentí cobarde. Sin embargo, la

imaginación, que entonces predominaba en mí, alejó de mi espíritu todo

temor, y no pensé más que en triunfos y agradables sorpresas.

El servicio de los cañones estaba listo, y advertí también que las

municiones pasaban de los pañoles al entrepuente por medio de una cadena

humana semejante a la que había sacado la arena del fondo del buque.

Los ingleses avanzaban para atacarnos en dos grupos. Uno se dirigía

hacia nosotros, y traía en su cabeza, o en el vértice de la cuña, un

gran navío con insignia de almirante. Después supe que era el

_Victory_ y que lo mandaba Nelson. El otro traía a su frente

el _Royal Sovereign_, mandado por Collingwood.

Todos estos hombres, así como las particularidades estratégicas del

combate, han sido estudiados por mí más tarde.

Mis recuerdos, que son clarísimos en todo lo pintoresco y material,

apenas me sirven en lo relativo a operaciones que entonces no

comprendía. Lo que oí con frecuencia de boca de Marcial, unido a lo que

después he sabido, pudo darme a conocer la formación de nuestra

escuadra; y para que ustedes lo comprendan bien, les pongo aquí una

lista de nuestros navíos, indicando los desviados, que dejaban un claro,

la nacionalidad y la forma en que fuimos atacados. Poco más o menos, era

así:

+----------------------+

| V |

|Neptuno. E. A |

|Scipión. F. G |

|Rayo. E. U |

|Formidable. F. A |

|--Duguay. F. R |

|Mont-Blanc. E D |

|Asís. E. I |

| A |

|----------------------|

| |

|----------------------|

|Agustín. F. |

|Héros. F. C |

PRIMER CUERPO |Trinidad. E. E |

MANDADO POR NELSON |Bucentauro. F. N |

Victory====================> |--Neptune. F. T |

|Redoutable.F. R |

|Intrépide. F. O |

|--Leandro. E. |

|----------------------|

| |

|----------------------|

| R |

SEGUNDO CUERPO |--Justo. E. E |

MANDADO POR COLLINGWOOD |--Indomptable. F. T |

Royal Sovereign=============> |Santa Ana. E. A |

|Fougueux. F. G |

|Monarca. E. U |

|Pluton. F. A |

| R |

| D |

| I |

| A |

|----------------------|

| |

|----------------------|

|Bahama. E. R |

|--Aigle. F. E |

|Montañés. E. S |

|Algeciras. E. E |

|Argonauta. E. R |

|Swift-Sure. F. V |

|--Argonaute. F. A |

|Ildefonso. E. |

|--Achilles. F. |

|Príncipe de Asturias.E|

|Berwick. F. |

|Nepomuceno. E. |

+----------------------+

Eran las doce menos cuarto. El terrible instante se aproximaba. La

ansiedad era general, y no digo esto juzgando por lo que pasaba en mi

espíritu, pues atento a los movimientos del navío en que se decía estaba

Nelson, no pude por un buen rato darme cuenta de lo que pasaba a mi

alrededor.

De repente nuestro comandante dio una orden terrible. La repitieron los

contramaestres. Los marineros corrieron hacia los cabos, chillaron los

motones, trapearon las gavias.

«¡En facha, en facha!--exclamó Marcial, lanzando con energía un

juramento--. Ese condenado se nos quiere meter por la popa».

Al punto comprendí que se había mandado detener la marcha del

_Trinidad_ para estrecharle contra el _Bucentauro_,

que venía detrás, porque el _Victory_ parecía venir dispuesto

a cortar la línea por entre los dos navíos.

Al ver la maniobra de nuestro buque, pude observar que gran parte de la

tripulación no tenía toda aquella desenvoltura propia de los marineros,

familiarizados como Marcial con la guerra y con la tempestad. Entre los

soldados vi algunos que sentían el malestar del mareo, y se agarraban a

los obenques para no caer. Verdad es que había gente muy decidida,

especialmente en la clase de voluntarios; pero por lo común todos eran

de leva, obedecían las órdenes como de mala gana, y estoy seguro de que

no tenían ni el más leve sentimiento de patriotismo. No les hizo dignos

del combate más que el combate mismo, como advertí después. A pesar del

distinto temple moral de aquellos hombres, creo que en los solemnes

momentos que precedieron al primer cañonazo, la idea de Dios estaba en

todas las cabezas.

Por lo que a mí toca, en toda la vida ha experimentado mi alma

sensaciones iguales a las de aquel momento. A pesar de mis pocos años,

me hallaba en disposición de comprender la gravedad del suceso, y por

primera vez, después que existía, altas concepciones, elevadas imágenes

y generosos pensamientos ocuparon mi mente. La persuasión de la victoria

estaba tan arraigada en mi ánimo, que me inspiraban cierta lástima los

ingleses, y les admiraba al verles buscar con tanto afán una muerte

segura.

Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la

patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos,

nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me

representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey

y su célebre Ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como

yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de

ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado

muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después.

Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo

concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con

tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de

pertenecer a aquella casta de matadores de moros.

Pero en el momento que precedió al combate, comprendí todo lo que

aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió

paso en mi espíritu, iluminándolo y descubriendo infinitas maravillas,

como el sol que disipa la noche, y saca de la obscuridad un hermoso

paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de

gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida

en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar,

hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto

establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un

ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos

barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus

plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos

padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y

conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su

embarcación fatigada del largo viaje; el almacén donde depositaban sus

riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos

y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos;

el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación

en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la

cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco

de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de

los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el

mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra

existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de

reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra

alma, como si el propio cuerpo no le bastara.

Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con

Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos

algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan

legítima la defensa como brutal la agresión; y como había oído decir que

la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria. Mirando

nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor

representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener

algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé

de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran

azotea, contemplándonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones

llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración

que no era Padre-nuestro ni Ave-María, sino algo nuevo que a mí se me

ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento,

haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer

cañonazo.

-XI-

Un navío de la retaguardia disparó el primer tiro contra el _Royal

Sovereign_, que mandaba Collingwood. Mientras trababa combate con

este el _Santa Ana_, el _Victory_ se dirigía contra

nosotros. En el _Trinidad_ todos demostraban gran ansiedad por

comenzar el fuego; pero nuestro comandante esperaba el momento más

favorable. Como si unos navíos se lo comunicaran a los otros, cual

piezas pirotécnicas enlazadas por una mecha común, el fuego se corrió

desde el _Santa Ana_ hasta los dos extremos de la línea.

El _Victory_ atacó primero al _Redoutable_ francés,

y rechazado por este, vino a quedar frente a nuestro costado por

barlovento. El momento terrible había llegado: cien voces dijeron

¡_fuego_!, repitiendo como un eco infernal la del comandante,

y la andanada lanzó cincuenta proyectiles sobre el navío inglés. Por un

instante el humo me quitó la vista del enemigo. Pero éste, ciego de

coraje, se venía sobre nosotros viento en popa. Al llegar a tiro de

fusil, orzó y nos descargó su andanada. En el tiempo que medió de uno a

otro disparo, la tripulación, que había podido observar el daño hecho al

enemigo, redobló su entusiasmo. Los cañones se servían con presteza,

aunque no sin cierto entorpecimiento, hijo de la poca práctica de

algunos cabos de cañón. Marcial hubiera tomado por su cuenta de buena

gana la empresa de servir una de las piezas de cubierta; pero su cuerpo

mutilado no era capaz de responder al heroísmo de su alma. Se contentaba

con vigilar el servicio de la cartuchería, y con su voz y con su gesto

alentaba a los que servían las piezas.

El _Bucentauro_, que estaba a nuestra popa, hacía fuego

igualmente sobre el _Victory_ y el _Temerary_, otro

poderoso navío inglés. Parecía que el navío de Nelson iba a caer en

nuestro poder, porque la artillería del _Trinidad_ le había

destrozado el aparejo, y vimos con orgullo que perdía su palo de mesana.

En el ardor de aquel primer encuentro, apenas advertí que algunos de

nuestros marineros caían heridos o muertos. Yo, puesto en el lugar donde

creía estorbar menos, no cesaba de contemplar al comandante, que mandaba

desde el alcázar con serenidad heroica, y me admiraba de ver a mi amo

con menos calma, pero con más entusiasmo, alentando a oficiales y

marineros con su ronca vocecilla.

«¡Ah!--dije yo para mí--. ¡Si te viera ahora Doña Francisca!»

Confesaré que yo tenía momentos de un miedo terrible, en que me hubiera

escondido nada menos que en el mismo fondo de la bodega, y otros de

cierto delirante arrojo en que me arriesgaba a ver desde los sitios de

mayor peligro aquel gran espectáculo. Pero, dejando a un lado mi humilde

persona, voy a narrar el momento más terrible de nuestra lucha con el

_Victory_. El _Trinidad_ le destrozaba con mucha

fortuna, cuando el _Temerary_, ejecutando una habilísima

maniobra, se interpuso entre los dos combatientes, salvando a su

compañero de nuestras balas. En seguida se dirigió a cortar la línea por

la popa del _Trinidad_, y como el _Bucentauro_,

durante el fuego, se había estrechado contra este hasta el punto de

tocarse los penoles, resultó un gran claro, por donde se precipitó el

_Temerary_, que viró prontamente, y colocándose a nuestra

aleta de babor, nos disparó por aquel costado, hasta entonces ileso. Al

mismo tiempo, el _Neptune_, otro poderoso navío inglés,

colocose donde antes estaba el _Victory_; éste se sotaventó,

de modo que en un momento el _Trinidad_ se encontró rodeado

de enemigos que le acribillaban por todos lados.

En el semblante de mi amo, en la sublime cólera de Uriarte, en los

juramentos de los marineros amigos de Marcial, conocí que estábamos

perdidos, y la idea de la derrota angustió mi alma. La línea de la

escuadra combinada se hallaba rota por varios puntos, y al orden

imperfecto con que se había formado después de la vira en redondo

sucedió el más terrible desorden. Estábamos envueltos por el enemigo,

cuya artillería lanzaba una espantosa lluvia de balas y de metralla

sobre nuestro navío, lo mismo que sobre el _Bucentauro_. El

_Agustín_, el _Herós_ y el _Leandro_ se

batían lejos de nosotros, en posición algo desahogada, mientras el

_Trinidad_, lo mismo que el navío almirante, sin poder

disponer de sus movimientos, cogidos en terrible escaramuza por el genio

del gran Nelson, luchaban heroicamente, no ya buscando una victoria

imposible, sino movidos por el afán de perecer con honra.

Los cabellos blancos que hoy cubren mi cabeza se erizan todavía al

recordar aquellas tremendas horas, principalmente desde las dos a las

cuatro de la tarde. Se me representan los barcos, no como ciegas

máquinas de guerra, obedientes al hombre, sino como verdaderos

gigantes, seres vivos y monstruosos que luchaban por sí, poniendo en

acción, como ágiles miembros, su velamen, y cual terribles armas, la

poderosa artillería de sus costados. Mirándolos, mi imaginación no podía

menos de personalizarlos, y aun ahora me parece que los veo acercarse,

desafiarse, orzar con ímpetu para descargar su andanada, lanzarse al

abordaje con ademán provocativo, retroceder con ardiente coraje para

tomar más fuerza, mofarse del enemigo, increparle; me parece que les veo

expresar el dolor de la herida, o exhalar noblemente el gemido de la

muerte, como el gladiador que no olvida el decoro de la agonía; me

parece oír el rumor de las tripulaciones, como la voz que sale de un

pecho irritado, a veces alarido de entusiasmo, a veces sordo mugido de

desesperación, precursor de exterminio; ahora himno de júbilo que indica

la victoria; después algazara rabiosa que se pierde en el espacio,

haciendo lugar a un terrible silencio que anuncia la vergüenza de la

derrota.

El espectáculo que ofrecía el interior del _Santísima

Trinidad_ era el de un infierno. Las maniobras habían sido

abandonadas, porque el barco no se movía ni podía moverse. Todo el

empeño consistía en servir las piezas con la mayor presteza posible,

correspondiendo así al estrago que hacían los proyectiles enemigos. La

metralla inglesa rasgaba el velamen como si grandes e invisibles uñas le

hicieran trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de madera, los

gruesos obenques segados cual haces de espigas, los motones que caían,

los trozos de velamen, los hierros, cabos y demás despojos arrancados de

su sitio por el cañón enemigo, llenaban la cubierta, donde apenas había

espacio para moverse. De minuto en minuto caían al suelo o al mar

multitud de hombres llenos de vida; las blasfemias de los combatientes

se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era

posible distinguir si insultaban a Dios los que morían, o le llamaban

con angustia los que luchaban.

Yo tuve que prestar auxilio en una faena tristísima, cual era la de

transportar heridos a la bodega, donde estaba la enfermería. Algunos

morían antes de llegar a ella, y otros tenían que sufrir dolorosas

operaciones antes de poder reposar un momento su cuerpo fatigado.

También tuve la indecible satisfacción de ayudar a los carpinteros, que

a toda prisa procuraban aplicar tapones a los agujeros hechos en el

casco; pero por causa de mi poca fuerza, no eran aquellos auxilios tan

eficaces como yo habría deseado.

La sangre corría en abundancia por la cubierta y los puentes, y a pesar

de la arena, el movimiento del buque la llevaba de aquí para allí,

formando fatídicos dibujos. Las balas de cañón, de tan cerca disparadas,

mutilaban horriblemente los cuerpos, y era frecuente ver rodar a alguno,

arrancada a cercén la cabeza, cuando la violencia del proyectil no

arrojaba la víctima al mar, entre cuyas ondas debía perderse casi sin

dolor la última noción de la vida. Otras balas rebotaban contra un palo

o contra la obra muerta, levantando granizada de astillas que herían

como flechas. La fusilería de las cofas y la metralla de las carronadas

esparcían otra muerte menos rápida y más dolorosa, y fue raro el que no

salió marcado más o menos gravemente por el plomo y el hierro de

nuestros enemigos.

De tal suerte combatida y sin poder de ningún modo devolver iguales

destrozos, la tripulación, aquella alma del buque, se sentía perecer,

agonizaba con desesperado coraje, y el navío mismo, aquel cuerpo

glorioso, retemblaba al golpe de las balas. Yo le sentía estremecerse en

la terrible lucha: crujían sus cuadernas, estallaban sus baos,

rechinaban sus puntales a manera de miembros que retuerce el dolor, y la

cubierta trepidaba bajo mis pies con ruidosa palpitación, como si a todo

el inmenso cuerpo del buque se comunicara la indignación y los dolores

de sus tripulantes. En tanto, el agua penetraba por los mil agujeros y

grietas del casco acribillado, y comenzaba a inundar la bodega.

El _Bucentauro_, navío general, se rindió a nuestra vista.

Villeneuve había arriado bandera. Una vez entregado el jefe de la

escuadra, ¿qué esperanza quedaba a los buques? El pabellón francés

desapareció de la popa de aquel gallardo navío, y cesaron sus fuegos. El

_San Agustín_ y el _Herós_ se sostenían todavía, y

el _Rayo_ y el _Neptuno_, pertenecientes a la

vanguardia, que habían venido a auxiliarnos, intentaron en vano

salvarnos de los navíos enemigos que nos asediaban. Yo pude observar la

parte del combate más inmediata al _Santísima Trinidad_,

porque del resto de la línea no era posible ver nada. El viento parecía

haberse detenido, y el humo se quedaba sobre nuestras cabezas,

envolviéndonos en su espesa blancura, que las miradas no podían

penetrar. Distinguíamos tan sólo el aparejo de algunos buques lejanos,

aumentados de un modo inexplicable por no sé qué efecto óptico o porque

el pavor de aquel sublime momento agrandaba todos los objetos.

Disipose por un momento la densa penumbra, ¡pero de qué manera tan

terrible! Detonación espantosa, más fuerte que la de los mil cañones de

la escuadra disparando a un tiempo, paralizó a todos, produciendo

general terror. Cuando el oído recibió tan fuerte impresión, claridad

vivísima había iluminado el ancho espacio ocupado por las dos flotas,

rasgando el velo de humo, y presentose a nuestros ojos todo el panorama

del combate. La terrible explosión había ocurrido hacia el Sur, en el

sitio ocupado antes por la retaguardia.

«Se ha volado un navío», dijeron todos.

Las opiniones fueron diversas, y se dudaba si el buque volado era el

_Santa Ana_, el _Argonauta_, el

_Ildefonso_ o el _Bahama_. Después se supo que había

sido el francés nombrado _Achilles_. La expansión de los gases

desparramó por mar y cielo en pedazos mil cuanto momentos antes

constituía un hermoso navío con 74 cañones y 600 hombres de tripulación.

Algunos segundos después de la explosión, ya no pensábamos más que en

nosotros mismos. Rendido el _Bucentauro_, todo el fuego

enemigo se dirigió contra nuestro navío, cuya pérdida era ya segura. El

entusiasmo de los primeros momentos se había apagado en mí, y mi corazón

se llenó de un terror que me paralizaba, ahogando todas las funciones de

mi espíritu, excepto la curiosidad. Esta era tan irresistible, que me

obligó a salir a los sitios de mayor peligro. De poco servía ya mi

escaso auxilio, pues ni aun se trasladaban los heridos a la bodega, por

ser muchos, y las piezas exigían el servicio de cuantos conservaban un

poco de fuerza. Entre éstos vi a Marcial, que se multiplicaba gritando y

moviéndose conforme a su poca agilidad, y era a la vez contramaestre,

marinero, artillero, carpintero y cuanto había que ser en tan terribles

instantes. Nunca creí que desempeñara funciones correspondientes a

tantos hombres el que no podía considerarse sino como la mitad de un

cuerpo humano. Un astillazo le había herido en la cabeza, y la sangre,

tiñéndole la cara, le daba horrible aspecto. Yo le vi agitar sus labios,

bebiendo aquel líquido, y luego lo escupía con furia fuera del portalón,

como si también quisiera herir a salivazos a nuestros enemigos.

Lo que más me asombraba, causándome cierto espanto, era que Marcial,

aun en aquella escena de desolación, profería frases de buen humor, no

sé si por alentar a sus decaídos compañeros o porque de este modo

acostumbraba alentarse a sí mismo.

Cayó con estruendo el palo de trinquete, ocupando el castillo de proa

con la balumba de su aparejo, y Marcial dijo:

«Muchachos, vengan las hachas. Metamos este mueble en la alcoba».

Al punto se cortaron los cabos, y el mástil cayó al mar.

Y viendo que arreciaba el fuego, gritó dirigiéndose a un pañolero que se

había convertido en cabo de cañón:

«Pero Abad, mándales el vino a esos casacones para que nos dejen en

paz».

Y a un soldado que yacía como muerto, por el dolor de sus heridas y la

angustia del mareo, le dijo aplicándole el botafuego a la nariz:

«Huele una hojita de azahar, camarada, para que se te pase el desmayo.

¿Quieres dar un paseo en bote? Anda: Nelson nos convida a echar unas

cañas».

Esto pasaba en el combés. Alcé la vista al alcázar de popa, y vi que el

general Cisneros había caído. Precipitadamente le bajaron dos marineros

a la cámara. Mi amo continuaba inmóvil en su puesto; pero de su brazo

izquierdo manaba mucha sangre. Corrí hacia él para auxiliarle, y antes

que yo llegase, un oficial se le acercó, intentando convencerle de que

debía bajar a la cámara. No había éste pronunciado dos palabras, cuando

una bala le llevó la mitad de la cabeza, y su sangre salpicó mi rostro.

Entonces, D. Alonso se retiró, tan pálido como el cadáver de su amigo,

que yacía mutilado en el piso del alcázar.

Cuando bajó mi amo, el comandante quedó solo arriba, con tal presencia

de ánimo que no pude menos de contemplarle un rato, asombrado de tanto

valor. Con la cabeza descubierta, el rostro pálido, la mirada ardiente,

la acción enérgica, permanecía en su puesto dirigiendo aquella acción

desesperada que no podía ganarse ya. Tan horroroso desastre había de

verificarse con orden, y el comandante era la autoridad que reglamentaba

el heroísmo. Su voz dirigía a la tripulación en aquella contienda del

honor y la muerte.

Un oficial que mandaba en la primera batería subió a tomar órdenes, y

antes de hablar cayó muerto a los pies de su jefe; otro guardia marina

que estaba a su lado cayó también mal herido, y Uriarte quedó al fin

enteramente solo en el alcázar, cubierto de muertos y heridos.

Ni aun entonces se apartó su vista de los barcos ingleses ni de los

movimientos de nuestra artillería; y el imponente aspecto del alcázar y

toldilla, donde agonizaban sus amigos y subalternos, no conmovió su

pecho varonil ni quebrantó su enérgica resolución de sostener el fuego

hasta perecer. ¡Ah!, recordando yo después la serenidad y estoicismo de

D. Francisco Javier Uriarte, he podido comprender todo lo que nos

cuentan de los heroicos capitanes de la antigüedad. Entonces no conocía

yo la palabra _sublimidad_; pero viendo a nuestro comandante

comprendí que todos los idiomas deben tener un hermoso vocablo para

expresar aquella grandeza de alma que me parecía favor rara vez otorgado

por Dios al hombre miserable.

Trafalgar · 第 6 / 12 段