la cual tomé parte. Hecho por la mañana el zafarrancho, preparado ya
todo lo concerniente al servicio de piezas y lo relativo a maniobras, oí
que dijeron:
«La arena, extender la arena».
Marcial me tiró de la oreja, y llevándome a una escotilla, me hizo
colocar en línea con algunos marinerillos de leva, grumetes y gente de
poco más o menos. Desde la escotilla hasta el fondo de la bodega se
habían colocado, escalonados en los entrepuentes, algunos marineros, y
de este modo iban sacando los sacos de arena. Uno se lo daba al que
tenía al lado, éste al siguiente, y de este modo se sacaba rápidamente y
sin trabajo cuanto se quisiera. Pasando de mano en mano, subieron de la
bodega multitud de sacos, y mi sorpresa fue grande cuando vi que los
vaciaban sobre la cubierta, sobre el alcázar y castillos, extendiendo la
arena hasta cubrir toda la superficie de los tablones. Lo mismo hicieron
en los entrepuentes. Por satisfacer mi curiosidad, pregunté al grumete
que tenía al lado.
«Es para la sangre--me contestó con indiferencia.
--¡Para la sangre!» repetí yo sin poder reprimir un estremecimiento de
terror.
Miré la arena; miré a los marineros, que con gran algazara se ocupaban
en aquella faena, y por un instante me sentí cobarde. Sin embargo, la
imaginación, que entonces predominaba en mí, alejó de mi espíritu todo
temor, y no pensé más que en triunfos y agradables sorpresas.
El servicio de los cañones estaba listo, y advertí también que las
municiones pasaban de los pañoles al entrepuente por medio de una cadena
humana semejante a la que había sacado la arena del fondo del buque.
Los ingleses avanzaban para atacarnos en dos grupos. Uno se dirigía
hacia nosotros, y traía en su cabeza, o en el vértice de la cuña, un
gran navío con insignia de almirante. Después supe que era el
_Victory_ y que lo mandaba Nelson. El otro traía a su frente
el _Royal Sovereign_, mandado por Collingwood.
Todos estos hombres, así como las particularidades estratégicas del
combate, han sido estudiados por mí más tarde.
Mis recuerdos, que son clarísimos en todo lo pintoresco y material,
apenas me sirven en lo relativo a operaciones que entonces no
comprendía. Lo que oí con frecuencia de boca de Marcial, unido a lo que
después he sabido, pudo darme a conocer la formación de nuestra
escuadra; y para que ustedes lo comprendan bien, les pongo aquí una
lista de nuestros navíos, indicando los desviados, que dejaban un claro,
la nacionalidad y la forma en que fuimos atacados. Poco más o menos, era
así:
+----------------------+
| V |
|Neptuno. E. A |
|Scipión. F. G |
|Rayo. E. U |
|Formidable. F. A |
|--Duguay. F. R |
|Mont-Blanc. E D |
|Asís. E. I |
| A |
|----------------------|
| |
|----------------------|
|Agustín. F. |
|Héros. F. C |
PRIMER CUERPO |Trinidad. E. E |
MANDADO POR NELSON |Bucentauro. F. N |
Victory====================> |--Neptune. F. T |
|Redoutable.F. R |
|Intrépide. F. O |
|--Leandro. E. |
|----------------------|
| |
|----------------------|
| R |
SEGUNDO CUERPO |--Justo. E. E |
MANDADO POR COLLINGWOOD |--Indomptable. F. T |
Royal Sovereign=============> |Santa Ana. E. A |
|Fougueux. F. G |
|Monarca. E. U |
|Pluton. F. A |
| R |
| D |
| I |
| A |
|----------------------|
| |
|----------------------|
|Bahama. E. R |
|--Aigle. F. E |
|Montañés. E. S |
|Algeciras. E. E |
|Argonauta. E. R |
|Swift-Sure. F. V |
|--Argonaute. F. A |
|Ildefonso. E. |
|--Achilles. F. |
|Príncipe de Asturias.E|
|Berwick. F. |
|Nepomuceno. E. |
+----------------------+
Eran las doce menos cuarto. El terrible instante se aproximaba. La
ansiedad era general, y no digo esto juzgando por lo que pasaba en mi
espíritu, pues atento a los movimientos del navío en que se decía estaba
Nelson, no pude por un buen rato darme cuenta de lo que pasaba a mi
alrededor.
De repente nuestro comandante dio una orden terrible. La repitieron los
contramaestres. Los marineros corrieron hacia los cabos, chillaron los
motones, trapearon las gavias.
«¡En facha, en facha!--exclamó Marcial, lanzando con energía un
juramento--. Ese condenado se nos quiere meter por la popa».
Al punto comprendí que se había mandado detener la marcha del
_Trinidad_ para estrecharle contra el _Bucentauro_,
que venía detrás, porque el _Victory_ parecía venir dispuesto
a cortar la línea por entre los dos navíos.
Al ver la maniobra de nuestro buque, pude observar que gran parte de la
tripulación no tenía toda aquella desenvoltura propia de los marineros,
familiarizados como Marcial con la guerra y con la tempestad. Entre los
soldados vi algunos que sentían el malestar del mareo, y se agarraban a
los obenques para no caer. Verdad es que había gente muy decidida,
especialmente en la clase de voluntarios; pero por lo común todos eran
de leva, obedecían las órdenes como de mala gana, y estoy seguro de que
no tenían ni el más leve sentimiento de patriotismo. No les hizo dignos
del combate más que el combate mismo, como advertí después. A pesar del
distinto temple moral de aquellos hombres, creo que en los solemnes
momentos que precedieron al primer cañonazo, la idea de Dios estaba en
todas las cabezas.
Por lo que a mí toca, en toda la vida ha experimentado mi alma
sensaciones iguales a las de aquel momento. A pesar de mis pocos años,
me hallaba en disposición de comprender la gravedad del suceso, y por
primera vez, después que existía, altas concepciones, elevadas imágenes
y generosos pensamientos ocuparon mi mente. La persuasión de la victoria
estaba tan arraigada en mi ánimo, que me inspiraban cierta lástima los
ingleses, y les admiraba al verles buscar con tanto afán una muerte
segura.
Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la
patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos,
nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me
representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey
y su célebre Ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como
yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de
ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado
muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después.
Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo
concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con
tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de
pertenecer a aquella casta de matadores de moros.
Pero en el momento que precedió al combate, comprendí todo lo que
aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió
paso en mi espíritu, iluminándolo y descubriendo infinitas maravillas,
como el sol que disipa la noche, y saca de la obscuridad un hermoso
paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de
gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida
en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar,
hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto
establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un
ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos
barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus
plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos
padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y
conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su
embarcación fatigada del largo viaje; el almacén donde depositaban sus
riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos
y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos;
el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación
en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la
cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco
de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de
los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el
mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra
existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de
reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra
alma, como si el propio cuerpo no le bastara.
Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con
Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos
algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan
legítima la defensa como brutal la agresión; y como había oído decir que
la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria. Mirando
nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor
representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener
algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé
de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran
azotea, contemplándonos con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones
llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración
que no era Padre-nuestro ni Ave-María, sino algo nuevo que a mí se me
ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento,
haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer
cañonazo.
-XI-
Un navío de la retaguardia disparó el primer tiro contra el _Royal
Sovereign_, que mandaba Collingwood. Mientras trababa combate con
este el _Santa Ana_, el _Victory_ se dirigía contra
nosotros. En el _Trinidad_ todos demostraban gran ansiedad por
comenzar el fuego; pero nuestro comandante esperaba el momento más
favorable. Como si unos navíos se lo comunicaran a los otros, cual
piezas pirotécnicas enlazadas por una mecha común, el fuego se corrió
desde el _Santa Ana_ hasta los dos extremos de la línea.
El _Victory_ atacó primero al _Redoutable_ francés,
y rechazado por este, vino a quedar frente a nuestro costado por
barlovento. El momento terrible había llegado: cien voces dijeron
¡_fuego_!, repitiendo como un eco infernal la del comandante,
y la andanada lanzó cincuenta proyectiles sobre el navío inglés. Por un
instante el humo me quitó la vista del enemigo. Pero éste, ciego de
coraje, se venía sobre nosotros viento en popa. Al llegar a tiro de
fusil, orzó y nos descargó su andanada. En el tiempo que medió de uno a
otro disparo, la tripulación, que había podido observar el daño hecho al
enemigo, redobló su entusiasmo. Los cañones se servían con presteza,
aunque no sin cierto entorpecimiento, hijo de la poca práctica de
algunos cabos de cañón. Marcial hubiera tomado por su cuenta de buena
gana la empresa de servir una de las piezas de cubierta; pero su cuerpo
mutilado no era capaz de responder al heroísmo de su alma. Se contentaba
con vigilar el servicio de la cartuchería, y con su voz y con su gesto
alentaba a los que servían las piezas.
El _Bucentauro_, que estaba a nuestra popa, hacía fuego
igualmente sobre el _Victory_ y el _Temerary_, otro
poderoso navío inglés. Parecía que el navío de Nelson iba a caer en
nuestro poder, porque la artillería del _Trinidad_ le había
destrozado el aparejo, y vimos con orgullo que perdía su palo de mesana.
En el ardor de aquel primer encuentro, apenas advertí que algunos de
nuestros marineros caían heridos o muertos. Yo, puesto en el lugar donde
creía estorbar menos, no cesaba de contemplar al comandante, que mandaba
desde el alcázar con serenidad heroica, y me admiraba de ver a mi amo
con menos calma, pero con más entusiasmo, alentando a oficiales y
marineros con su ronca vocecilla.
«¡Ah!--dije yo para mí--. ¡Si te viera ahora Doña Francisca!»
Confesaré que yo tenía momentos de un miedo terrible, en que me hubiera
escondido nada menos que en el mismo fondo de la bodega, y otros de
cierto delirante arrojo en que me arriesgaba a ver desde los sitios de
mayor peligro aquel gran espectáculo. Pero, dejando a un lado mi humilde
persona, voy a narrar el momento más terrible de nuestra lucha con el
_Victory_. El _Trinidad_ le destrozaba con mucha
fortuna, cuando el _Temerary_, ejecutando una habilísima
maniobra, se interpuso entre los dos combatientes, salvando a su
compañero de nuestras balas. En seguida se dirigió a cortar la línea por
la popa del _Trinidad_, y como el _Bucentauro_,
durante el fuego, se había estrechado contra este hasta el punto de
tocarse los penoles, resultó un gran claro, por donde se precipitó el
_Temerary_, que viró prontamente, y colocándose a nuestra
aleta de babor, nos disparó por aquel costado, hasta entonces ileso. Al
mismo tiempo, el _Neptune_, otro poderoso navío inglés,
colocose donde antes estaba el _Victory_; éste se sotaventó,
de modo que en un momento el _Trinidad_ se encontró rodeado
de enemigos que le acribillaban por todos lados.
En el semblante de mi amo, en la sublime cólera de Uriarte, en los
juramentos de los marineros amigos de Marcial, conocí que estábamos
perdidos, y la idea de la derrota angustió mi alma. La línea de la
escuadra combinada se hallaba rota por varios puntos, y al orden
imperfecto con que se había formado después de la vira en redondo
sucedió el más terrible desorden. Estábamos envueltos por el enemigo,
cuya artillería lanzaba una espantosa lluvia de balas y de metralla
sobre nuestro navío, lo mismo que sobre el _Bucentauro_. El
_Agustín_, el _Herós_ y el _Leandro_ se
batían lejos de nosotros, en posición algo desahogada, mientras el
_Trinidad_, lo mismo que el navío almirante, sin poder
disponer de sus movimientos, cogidos en terrible escaramuza por el genio
del gran Nelson, luchaban heroicamente, no ya buscando una victoria
imposible, sino movidos por el afán de perecer con honra.
Los cabellos blancos que hoy cubren mi cabeza se erizan todavía al
recordar aquellas tremendas horas, principalmente desde las dos a las
cuatro de la tarde. Se me representan los barcos, no como ciegas
máquinas de guerra, obedientes al hombre, sino como verdaderos
gigantes, seres vivos y monstruosos que luchaban por sí, poniendo en
acción, como ágiles miembros, su velamen, y cual terribles armas, la
poderosa artillería de sus costados. Mirándolos, mi imaginación no podía
menos de personalizarlos, y aun ahora me parece que los veo acercarse,
desafiarse, orzar con ímpetu para descargar su andanada, lanzarse al
abordaje con ademán provocativo, retroceder con ardiente coraje para
tomar más fuerza, mofarse del enemigo, increparle; me parece que les veo
expresar el dolor de la herida, o exhalar noblemente el gemido de la
muerte, como el gladiador que no olvida el decoro de la agonía; me
parece oír el rumor de las tripulaciones, como la voz que sale de un
pecho irritado, a veces alarido de entusiasmo, a veces sordo mugido de
desesperación, precursor de exterminio; ahora himno de júbilo que indica
la victoria; después algazara rabiosa que se pierde en el espacio,
haciendo lugar a un terrible silencio que anuncia la vergüenza de la
derrota.
El espectáculo que ofrecía el interior del _Santísima
Trinidad_ era el de un infierno. Las maniobras habían sido
abandonadas, porque el barco no se movía ni podía moverse. Todo el
empeño consistía en servir las piezas con la mayor presteza posible,
correspondiendo así al estrago que hacían los proyectiles enemigos. La
metralla inglesa rasgaba el velamen como si grandes e invisibles uñas le
hicieran trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de madera, los
gruesos obenques segados cual haces de espigas, los motones que caían,
los trozos de velamen, los hierros, cabos y demás despojos arrancados de
su sitio por el cañón enemigo, llenaban la cubierta, donde apenas había
espacio para moverse. De minuto en minuto caían al suelo o al mar
multitud de hombres llenos de vida; las blasfemias de los combatientes
se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era
posible distinguir si insultaban a Dios los que morían, o le llamaban
con angustia los que luchaban.
Yo tuve que prestar auxilio en una faena tristísima, cual era la de
transportar heridos a la bodega, donde estaba la enfermería. Algunos
morían antes de llegar a ella, y otros tenían que sufrir dolorosas
operaciones antes de poder reposar un momento su cuerpo fatigado.
También tuve la indecible satisfacción de ayudar a los carpinteros, que
a toda prisa procuraban aplicar tapones a los agujeros hechos en el
casco; pero por causa de mi poca fuerza, no eran aquellos auxilios tan
eficaces como yo habría deseado.
La sangre corría en abundancia por la cubierta y los puentes, y a pesar
de la arena, el movimiento del buque la llevaba de aquí para allí,
formando fatídicos dibujos. Las balas de cañón, de tan cerca disparadas,
mutilaban horriblemente los cuerpos, y era frecuente ver rodar a alguno,
arrancada a cercén la cabeza, cuando la violencia del proyectil no
arrojaba la víctima al mar, entre cuyas ondas debía perderse casi sin
dolor la última noción de la vida. Otras balas rebotaban contra un palo
o contra la obra muerta, levantando granizada de astillas que herían
como flechas. La fusilería de las cofas y la metralla de las carronadas
esparcían otra muerte menos rápida y más dolorosa, y fue raro el que no
salió marcado más o menos gravemente por el plomo y el hierro de
nuestros enemigos.
De tal suerte combatida y sin poder de ningún modo devolver iguales
destrozos, la tripulación, aquella alma del buque, se sentía perecer,
agonizaba con desesperado coraje, y el navío mismo, aquel cuerpo
glorioso, retemblaba al golpe de las balas. Yo le sentía estremecerse en
la terrible lucha: crujían sus cuadernas, estallaban sus baos,
rechinaban sus puntales a manera de miembros que retuerce el dolor, y la
cubierta trepidaba bajo mis pies con ruidosa palpitación, como si a todo
el inmenso cuerpo del buque se comunicara la indignación y los dolores
de sus tripulantes. En tanto, el agua penetraba por los mil agujeros y
grietas del casco acribillado, y comenzaba a inundar la bodega.
El _Bucentauro_, navío general, se rindió a nuestra vista.
Villeneuve había arriado bandera. Una vez entregado el jefe de la
escuadra, ¿qué esperanza quedaba a los buques? El pabellón francés
desapareció de la popa de aquel gallardo navío, y cesaron sus fuegos. El
_San Agustín_ y el _Herós_ se sostenían todavía, y
el _Rayo_ y el _Neptuno_, pertenecientes a la
vanguardia, que habían venido a auxiliarnos, intentaron en vano
salvarnos de los navíos enemigos que nos asediaban. Yo pude observar la
parte del combate más inmediata al _Santísima Trinidad_,
porque del resto de la línea no era posible ver nada. El viento parecía
haberse detenido, y el humo se quedaba sobre nuestras cabezas,
envolviéndonos en su espesa blancura, que las miradas no podían
penetrar. Distinguíamos tan sólo el aparejo de algunos buques lejanos,
aumentados de un modo inexplicable por no sé qué efecto óptico o porque
el pavor de aquel sublime momento agrandaba todos los objetos.
Disipose por un momento la densa penumbra, ¡pero de qué manera tan
terrible! Detonación espantosa, más fuerte que la de los mil cañones de
la escuadra disparando a un tiempo, paralizó a todos, produciendo
general terror. Cuando el oído recibió tan fuerte impresión, claridad
vivísima había iluminado el ancho espacio ocupado por las dos flotas,
rasgando el velo de humo, y presentose a nuestros ojos todo el panorama
del combate. La terrible explosión había ocurrido hacia el Sur, en el
sitio ocupado antes por la retaguardia.
«Se ha volado un navío», dijeron todos.
Las opiniones fueron diversas, y se dudaba si el buque volado era el
_Santa Ana_, el _Argonauta_, el
_Ildefonso_ o el _Bahama_. Después se supo que había
sido el francés nombrado _Achilles_. La expansión de los gases
desparramó por mar y cielo en pedazos mil cuanto momentos antes
constituía un hermoso navío con 74 cañones y 600 hombres de tripulación.
Algunos segundos después de la explosión, ya no pensábamos más que en
nosotros mismos. Rendido el _Bucentauro_, todo el fuego
enemigo se dirigió contra nuestro navío, cuya pérdida era ya segura. El
entusiasmo de los primeros momentos se había apagado en mí, y mi corazón
se llenó de un terror que me paralizaba, ahogando todas las funciones de
mi espíritu, excepto la curiosidad. Esta era tan irresistible, que me
obligó a salir a los sitios de mayor peligro. De poco servía ya mi
escaso auxilio, pues ni aun se trasladaban los heridos a la bodega, por
ser muchos, y las piezas exigían el servicio de cuantos conservaban un
poco de fuerza. Entre éstos vi a Marcial, que se multiplicaba gritando y
moviéndose conforme a su poca agilidad, y era a la vez contramaestre,
marinero, artillero, carpintero y cuanto había que ser en tan terribles
instantes. Nunca creí que desempeñara funciones correspondientes a
tantos hombres el que no podía considerarse sino como la mitad de un
cuerpo humano. Un astillazo le había herido en la cabeza, y la sangre,
tiñéndole la cara, le daba horrible aspecto. Yo le vi agitar sus labios,
bebiendo aquel líquido, y luego lo escupía con furia fuera del portalón,
como si también quisiera herir a salivazos a nuestros enemigos.
Lo que más me asombraba, causándome cierto espanto, era que Marcial,
aun en aquella escena de desolación, profería frases de buen humor, no
sé si por alentar a sus decaídos compañeros o porque de este modo
acostumbraba alentarse a sí mismo.
Cayó con estruendo el palo de trinquete, ocupando el castillo de proa
con la balumba de su aparejo, y Marcial dijo:
«Muchachos, vengan las hachas. Metamos este mueble en la alcoba».
Al punto se cortaron los cabos, y el mástil cayó al mar.
Y viendo que arreciaba el fuego, gritó dirigiéndose a un pañolero que se
había convertido en cabo de cañón:
«Pero Abad, mándales el vino a esos casacones para que nos dejen en
paz».
Y a un soldado que yacía como muerto, por el dolor de sus heridas y la
angustia del mareo, le dijo aplicándole el botafuego a la nariz:
«Huele una hojita de azahar, camarada, para que se te pase el desmayo.
¿Quieres dar un paseo en bote? Anda: Nelson nos convida a echar unas
cañas».
Esto pasaba en el combés. Alcé la vista al alcázar de popa, y vi que el
general Cisneros había caído. Precipitadamente le bajaron dos marineros
a la cámara. Mi amo continuaba inmóvil en su puesto; pero de su brazo
izquierdo manaba mucha sangre. Corrí hacia él para auxiliarle, y antes
que yo llegase, un oficial se le acercó, intentando convencerle de que
debía bajar a la cámara. No había éste pronunciado dos palabras, cuando
una bala le llevó la mitad de la cabeza, y su sangre salpicó mi rostro.
Entonces, D. Alonso se retiró, tan pálido como el cadáver de su amigo,
que yacía mutilado en el piso del alcázar.
Cuando bajó mi amo, el comandante quedó solo arriba, con tal presencia
de ánimo que no pude menos de contemplarle un rato, asombrado de tanto
valor. Con la cabeza descubierta, el rostro pálido, la mirada ardiente,
la acción enérgica, permanecía en su puesto dirigiendo aquella acción
desesperada que no podía ganarse ya. Tan horroroso desastre había de
verificarse con orden, y el comandante era la autoridad que reglamentaba
el heroísmo. Su voz dirigía a la tripulación en aquella contienda del
honor y la muerte.
Un oficial que mandaba en la primera batería subió a tomar órdenes, y
antes de hablar cayó muerto a los pies de su jefe; otro guardia marina
que estaba a su lado cayó también mal herido, y Uriarte quedó al fin
enteramente solo en el alcázar, cubierto de muertos y heridos.
Ni aun entonces se apartó su vista de los barcos ingleses ni de los
movimientos de nuestra artillería; y el imponente aspecto del alcázar y
toldilla, donde agonizaban sus amigos y subalternos, no conmovió su
pecho varonil ni quebrantó su enérgica resolución de sostener el fuego
hasta perecer. ¡Ah!, recordando yo después la serenidad y estoicismo de
D. Francisco Javier Uriarte, he podido comprender todo lo que nos
cuentan de los heroicos capitanes de la antigüedad. Entonces no conocía
yo la palabra _sublimidad_; pero viendo a nuestro comandante
comprendí que todos los idiomas deben tener un hermoso vocablo para
expresar aquella grandeza de alma que me parecía favor rara vez otorgado
por Dios al hombre miserable.