del Carmen, y allí, sacando cada cual su rosario, rezaron que se las
pelaban un buen espacio de tiempo, y alguno de ellos me aplicó
lindamente un coscorrón en la coronilla, porque en vez de orar tan
devotamente como ellos, prestaba demasiada atención a dos moscas que
revoloteaban alrededor del rizo culminante del peinado de Doña Flora.
Salimos, después de haber oído un enojoso sermón, que ellos celebraron
como obra maestra; paseamos de nuevo; continuó la charla más vivamente,
porque se nos unieron unas damas vestidas por el mismo estilo, y entre
todos se armó tan ruidosa algazara de galanterías, frases y sutilezas,
mezcladas con algún verso insulso, que no puedo recordarlas.
¡Y en tanto Marcial y mi querido amo trataban de fijar día y hora para
trasladarse definitivamente a bordo! ¡Y yo estaba expuesto a quedarme
en tierra, sujeto a los antojos de aquella vieja que me empalagaba con
su insulso cariño! ¿Creerán ustedes que aquella noche insistió en que
debía quedarme para siempre a su servicio? ¿Creerán ustedes que aseguró
que me quería mucho, y me dio como prueba algunos afectuosos abrazos y
besos, ordenándome que no lo dijera a nadie? ¡Horribles contradicciones
de la vida!, pensaba yo al considerar cuán feliz habría sido si mi amita
me hubiera tratado de aquella manera. Yo, turbado hasta lo sumo, le dije
que quería ir a la escuadra, y que cuando volviese me podría querer a su
antojo; pero que si no me dejaba realizar mi deseo, la aborrecería tanto
así, y extendí los brazos para expresar una cantidad muy grande de
aborrecimiento.
Luego, como entrase inesperadamente mi amo, yo, juzgando llegada la
ocasión de lograr mi objeto por medio de un arranque oratorio, que había
cuidado de preparar, me arrodillé delante de él, diciéndole en el tono
más patético que si no me llevaba a bordo, me arrojaría desesperado al
mar.
Mi amo se rió de la ocurrencia; su prima, haciendo mimos con la boca,
fingió cierta hilaridad que le afeaba el rostro amojamado, y consintió
al fin. Diome mil golosinas para que comiese a bordo; me encargó que
huyese de los sitios de peligro, y no dijo una palabra más contraria a
mi embarque, que se verificó a la mañana siguiente muy temprano.
-IX-
Octubre era el mes, y 18 el día. De esta fecha no me queda duda, porque
al día siguiente salió la escuadra. Nos levantamos muy temprano y fuimos
al muelle, donde esperaba un bote que nos condujo a bordo.
Figúrense ustedes cuál sería mi estupor, ¡qué digo estupor!, mi
entusiasmo, mi enajenación, cuando me vi cerca del _Santísima
Trinidad_, el mayor barco del mundo, aquel alcázar de madera, que
visto de lejos se representaba en mi imaginación como una fábrica
portentosa, sobrenatural, único monstruo digno de la majestad de los
mares. Cuando nuestro bote pasaba junto a un navío, yo le examinaba con
cierto religioso asombro, admirado de ver tan grandes los cascos que me
parecían tan pequeñitos desde la muralla; en otras ocasiones me parecían
más chicos de lo que mi fantasía los había forjado. El inquieto
entusiasmo de que estaba poseído me expuso a caer al agua cuando
contemplaba con arrobamiento un figurón de proa, objeto que más que
otro alguno fascinaba mi atención.
Por fin llegamos al _Trinidad_. A medida que nos acercábamos,
las formas de aquel coloso iban aumentando, y cuando la lancha se puso
al costado, confundida en el espacio de mar donde se proyectaba, cual en
negro y horrible cristal, la sombra del navío; cuando vi cómo se
sumergía el inmóvil casco en el agua sombría que azotaba suavemente los
costados; cuando alcé la vista y vi las tres filas de cañones asomando
sus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se trocó en miedo,
púseme pálido, y quedé sin movimiento asido al brazo de mi amo.
Pero en cuanto subimos y me hallé sobre cubierta, se me ensanchó el
corazón. La airosa y altísima arboladura, la animación del alcázar, la
vista del cielo y la bahía, el admirable orden de cuantos objetos
ocupaban la cubierta, desde los coys[4] puestos en fila sobre la obra
muerta, hasta los cabrestantes, bombas, mangas, escotillas; la variedad
de uniformes; todo, en fin, me suspendió de tal modo, que por un buen
rato estuve absorto en la contemplación de tan hermosa máquina, sin
acordarme de nada más.
[Nota 4: «cois» en el original (N. del E.)]
Los presentes no pueden hacerse cargo de aquellos magníficos barcos, ni
menos del _Santísima Trinidad_, por las malas estampas en que
los han visto representados. Tampoco se parecen nada a los buques
guerreros de hoy, cubiertos con su pesado arnés de hierro, largos,
monótonos, negros, y sin accidentes muy visibles en su vasta extensión,
por lo cual me han parecido a veces inmensos ataúdes flotantes. Creados
por una época positivista, y adecuados a la ciencia náutico-militar de
estos tiempos, que mediante el vapor ha anulado las maniobras, fiando el
éxito del combate al poder y empuje de los navíos, los barcos de hoy son
simples máquinas de guerra, mientras los de aquel tiempo eran el
guerrero mismo, armado de todas armas de ataque y defensa, pero
confiando principalmente en su destreza y valor.
Yo, que observo cuanto veo, he tenido siempre la costumbre de asociar,
hasta un extremo exagerado, ideas con imágenes, cosas con personas,
aunque pertenezcan a las más inasociables categorías. Viendo más tarde
las catedrales llamadas góticas de nuestra Castilla, y las de Flandes, y
observando con qué imponente majestad se destaca su compleja y sutil
fábrica entre las construcciones del gusto moderno, levantadas por la
utilidad, tales como bancos, hospitales y cuarteles, no he podido menos
de traer a la memoria las distintas clases de naves que he visto en mi
larga vida, y he comparado las antiguas con las catedrales góticas. Sus
formas, que se prolongan hacia arriba; el predominio de las líneas
verticales sobre las horizontales; cierto inexplicable idealismo, algo
de histórico y religioso a la vez, mezclado con la complicación de
líneas y el juego de colores que combina a su capricho el sol, han
determinado esta asociación extravagante, que yo me explico por la
huella de romanticismo que dejan en el espíritu las impresiones de la
niñez.
El _Santísima Trinidad_ era un navío de cuatro puentes. Los
mayores del mundo eran de tres. Aquel coloso, construido en La Habana,
con las más ricas maderas de Cuba en 1769, contaba treinta y seis años
de honrosos servicios. Tenía 220 pies (61 metros) de eslora, es decir,
de popa a proa; 58 pies de manga (ancho), y 28 de puntal (altura desde
la quilla a la cubierta), dimensiones extraordinarias que entonces no
tenía ningún buque del mundo. Sus poderosas cuadernas, que eran un
verdadero bosque, sustentaban cuatro pisos. En sus costados, que eran
fortísimas murallas de madera, se habían abierto al construirlo 116
troneras: cuando se le reformó, agradándolo en 1796, se le abrieron
130, y artillado de nuevo en 1805, tenía sobre sus costados, cuando yo
le vi, 140 bocas de fuego, entre cañones y carronadas. El interior era
maravilloso por la distribución de los diversos compartimientos, ya
fuesen puentes para la artillería, sollados para la tripulación, pañoles
para depósitos de víveres, cámaras para los jefes, cocinas, enfermería y
demás servicios. Me quedé absorto recorriendo las galerías y demás
escondrijos de aquel Escorial de los mares. Las cámaras situadas a popa
eran un pequeño palacio por dentro, y por fuera una especie de
fantástico alcázar; los balconajes, los pabellones de las esquinas de
popa, semejantes a las linternas de un castillo ojival, eran como
grandes jaulas abiertas al mar, y desde donde la vista podía recorrer
las tres cuartas partes del horizonte.
Nada más grandioso que la arboladura, aquellos mástiles gigantescos,
lanzados hacia el cielo, como un reto a la tempestad. Parecía que el
viento no había de tener fuerza para impulsar sus enormes gavias. La
vista se mareaba y se perdía contemplando la inmensa madeja que formaban
en la arboladura los obenques, estáis, brazas, burdas, amantillos y
drizas que servían para sostener y mover el velamen.
Yo estaba absorto en la contemplación de tanta maravilla, cuando sentí
un fuerte golpe en la nuca. Creí que el palo mayor se me había caído
encima. Volví la vista atontado y lancé una exclamación de horror al ver
a un hombre que me tiraba de las orejas como si quisiera levantarme en
el aire. Era mi tío.
«¿Qué buscas tú aquí, lombriz?--me dijo en el suave tono que le era
habitual--. ¿Quieres aprender el oficio? Oye, Juan--añadió dirigiéndose
a un marinero de feroz aspecto--, súbeme a este galápago a la verga
mayor para que se pasee por ella».
Yo eludí como pude el compromiso de pasear por la verga, y le expliqué
con la mayor cortesía que hallándome al servicio de D. Alonso Gutiérrez
de Cisniega, había venido a bordo en su compañía. Tres o cuatro
marineros, amigos de mi simpático tío, quisieron maltratarme, por lo que
resolví alejarme de tan distinguida sociedad, y me marché a la cámara en
busca de mi amo. Los oficiales hacían su tocado, no menos difícil a
bordo que en tierra, y cuando yo veía a los pajes ocupados en empolvar
las cabezas de los héroes a quienes servían, me pregunté si aquella
operación no era la menos a propósito dentro de un buque, donde todos
los instantes son preciosos y donde estorba siempre todo lo que no sea
de inmediata necesidad para el servicio.
Pero la moda era entonces tan tirana como ahora, y aun en aquel tiempo
imponía de un modo apremiante sus enfadosas ridiculeces. Hasta el
soldado tenía que emplear un tiempo precioso en hacerse el coleto.
¡Pobres hombres! Yo les vi puestos en fila unos tras otros, arreglando
cada cual el coleto del que tenía delante, medio ingenioso que remataba
la operación en poco tiempo. Después se encasquetaban el sombrero de
pieles, pesada mole, cuyo objeto nunca me pude explicar, y luego iban a
sus puestos si tenían que hacer guardia, o a pasearse por el combés si
estaban libres de servicio. Los marineros no usaban aquel ridículo
apéndice capilar, y su sencillo traje me parece que no se ha modificado
mucho desde aquella fecha.
En la cámara, mi amo hablaba acaloradamente con el comandante del buque,
Don Francisco Javier de Uriarte, y con el jefe de escuadra, Don Baltasar
Hidalgo de Cisneros. Según lo poco que oí, no me quedó duda de que el
General francés había dado orden de salida para la mañana siguiente.
Esto alegró mucho a Marcial, que junto con otros viejos marineros en el
castillo de proa, disertaba ampulosamente sobre el próximo combate. Tal
sociedad me agradaba más que la de mi interesante tío, porque los
colegas de Medio-hombre no se permitían bromas pesadas con mi persona.
Esta sola diferencia hacía comprender la diversa procedencia de los
tripulantes, pues mientras unos eran marineros de pura raza, llevados
allí por la matrícula o enganche voluntario, los otros eran gente de
leva, casi siempre holgazana, díscola, de perversas costumbres, y mal
conocedora del oficio.
Con los primeros hacía yo mejores migas que con los segundos, y asistía
a todas las conferencias de Marcial. Si no temiera cansar al lector, le
referiría la explicación que éste dio de las causas diplomáticas y
políticas de la guerra, parafraseando del modo más cómico posible lo que
había oído algunas noches antes de boca de Malespina en casa de mis
amos. Por él supe que el novio de mi amita se había embarcado en el.
Todas las conferencias terminaban en un solo punto, el próximo combate.
La escuadra debía salir al día siguiente, ¡qué placer! Navegar en aquel
gigantesco barco, el mayor del mundo; presenciar una batalla en medio de
los mares; ver cómo era la batalla, cómo se disparaban los cañones, cómo
se apresaban los buques enemigos... ¡qué hermosa fiesta!, y luego
volver a Cádiz cubiertos de gloria... Decir a cuantos quisieran oírme:
«yo estuve en la escuadra, lo vi todo...», decírselo también a mi amita,
contándole la grandiosa escena, y excitando su atención, su curiosidad,
su interés... decirle también: «yo me hallé en los sitios de mayor
peligro, y no temblaba por eso»; ver cómo se altera, cómo palidece y se
asusta oyendo referir los horrores del combate, y luego mirar con desdén
a todos los que digan: «¡contad, Gabrielito, esa cosa tan tremenda!...»
¡Oh!, esto era más de lo que necesitaba mi imaginación para
enloquecer... Digo francamente que en aquel día no me hubiera cambiado
por Nelson.
Amaneció el 19, que fue para mí felicísimo, y no había aún amanecido,
cuando yo estaba en el alcázar de popa con mi amo, que quiso presenciar
la maniobra. Después del baldeo comenzó la operación de. Se izaron las
grandes gavias, y el pesado molinete, girando con su agudo chirrido,
arrancaba la poderosa áncora del fondo de la bahía. Corrían los
marineros por las vergas; manejaban otros las brazas, prontos a la voz
del contramaestre, y todas las voces del navío, antes mudas, llenaban el
aire con espantosa algarabía. Los pitos, la campana de proa, el
discorde concierto de mil voces humanas, mezcladas con el rechinar de
los motones; el crujido de los cabos, el trapeo de las velas azotando
los palos antes de henchirse impelidas por el viento, todos estos
variados sones acompañaron los primeros pasos del colosal navío.
Pequeñas olas acariciaban sus costados, y la mole majestuosa comenzó a
deslizarse por la bahía sin dar la menor cabezada, sin ningún vaivén de
costado, con marcha grave y solemne, que sólo podía apreciarse
comparativamente, observando la traslación imaginaria de los buques
mercantes anclados y del paisaje.
Al mismo tiempo se dirigía la vista en derredor, y ¡qué espectáculo,
Dios mío!, treinta y dos navíos, cinco fragatas y dos bergantines, entre
españoles y franceses, colocados delante, detrás y a nuestro costado, se
cubrían de velas y marchaban también impelidos por el escaso viento. No
he visto mañana más hermosa. El sol inundaba de luz la magnífica rada;
un ligero matiz de púrpura teñía la superficie de las aguas hacia
Oriente, y la cadena de colinas y lejanos montes que limitan el
horizonte hacia la parte del Puerto permanecían aún encendidos por el
fuego de la pasada aurora; el cielo limpio apenas tenía algunas nubes
rojas y doradas por Levante; el mar azul estaba tranquilo, y sobre este
mar y bajo aquel cielo las cuarenta velas, con sus blancos velámenes,
emprendían la marcha, formando el más vistoso escuadrón que puede
presentarse ante humanos ojos.
No andaban todos los bajeles con igual paso. Unos se adelantaban, otros
tardaron mucho en moverse; pasaban algunos junto a nosotros, mientras
los había que se quedaban detrás. La lentitud de su marcha; la altura de
su aparejo, cubierto de lona; cierta misteriosa armonía que mis oídos de
niño percibían como saliendo de los gloriosos cascos, especie de himno
que sin duda resonaba dentro de mí mismo; la claridad del día, la
frescura del ambiente, la belleza del mar, que fuera de la bahía parecía
agitarse con gentil alborozo a la aproximación de la flota, formaban el
más imponente cuadro que puede imaginarse.
Cádiz, en tanto, como un panorama giratorio, se escorzaba a nuestra
vista presentándonos sucesivamente las distintas facetas de su vasto
circuito. El sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores,
salpicaba la ciudad con polvos de oro, y su blanca mole se destacaba
tan limpia y pura sobre las aguas, que parecía haber sido creada en
aquel momento, o sacada del mar como la fantástica ciudad de San Genaro.
Vi el desarrollo de la muralla desde el muelle hasta el castillo de
Santa Catalina; reconocí el baluarte del Bonete, el baluarte del Orejón,
la Caleta, y me llené de orgullo considerando de dónde había salido y
dónde estaba.
Al mismo tiempo llegaba a mis oídos como música misteriosa el son de las
campanas de la ciudad medio despierta, tocando a misa, con esa algazara
charlatana de las campanas de un gran pueblo. Ya expresaban alegría,
como un saludo de buen viaje, y yo escuchaba el rumor cual si fuese de
humanas voces que nos daban la despedida; ya me parecían sonar tristes y
acongojadas anunciándonos una desgracia, y a medida que nos alejábamos,
aquella música se iba apagando hasta que se extinguió difundida en el
inmenso espacio.
La escuadra salía lentamente: algunos barcos emplearon muchas horas para
hallarse fuera. Marcial, durante la salida, iba haciendo comentarios
sobre cada buque, observando su marcha, motejándoles si eran pesados,
animándoles con paternales consejos si eran ligeros y zarpaban pronto.
«¡Qué pesado está D. Federico!--decía observando el _Príncipe de
Asturias_, mandado por Gravina--. Allá va _Mr.
Corneta_--exclamaba mirando al _Bucentauro_, navío
general--. Bien _haiga_ quien te puso _Rayo_--decía
irónicamente mirando al navío de este nombre, que era el más pesado de
toda la escuadra...--Bien por _papá Ignacio_--añadía
dirigiéndose al _Santa Ana_, que montaba Álava--. Echa toda la
gavia, pedazo de tonina--decía contemplando el navío de Dumanoir--;
este gabacho tiene un peluquero para rizar la gavia, y carga las velas
con tenacillas».
El cielo se enturbió por la tarde, y al anochecer, hallándonos ya a gran
distancia, vimos a Cádiz perderse poco a poco entre la bruma, hasta que
se confundieron con las tintas de la noche sus últimos contornos. La
escuadra tomó rumbo al Sur.
Por la noche no me separé de él, una vez que dejé a mi amo muy bien
arrellanado en su camarote. Rodeado de dos colegas y admiradores, les
explicaba el plan de Villeneuve del modo siguiente:
«Mr. Corneta ha dividido la escuadra en cuatro cuerpos. La vanguardia,
que es mandada por Álava, tiene siete navíos; el centro, que lleva siete
y lo manda Mr. Corneta en persona; la retaguardia, también de siete,
que va mandada por Dumanoir, y el cuerpo de reserva, compuesto de doce
navíos, que manda Don Federico. No me parece que está esto mal pensado.
Por supuesto que van los barcos españoles mezclados con los gabachos,
para que no nos dejen en las astas del toro, como sucedió en Finisterre.
»Según me ha referido D. Alonso, el francés ha dicho que si el enemigo
se nos presenta a sotavento, formaremos la línea de batalla y caeremos
sobre él... Esto está muy guapo, dicho en el camarote; pero ya... ¿El
_Señorito_ va a ser tan buey que se nos presente a
sotavento?... Sí, porque tiene poco _farol_ (inteligencia) su
señoría para dejarse pescar así... _Veremos a ver si vemos_ lo
que espera el francés... Si el enemigo se presenta a barlovento y nos
ataca, debemos esperarle en línea de batalla; y como tendrá que
dividirse para atacarnos, si no consigue romper nuestra línea, nos será
muy fácil vencerle. A ese señor todo le parece fácil. (Rumores.) Dice
también que no hará señales y que todo lo espera de cada capitán. ¡Si
iremos a ver lo que yo vengo predicando desde que se hicieron esos
malditos tratados de _sursillos_, y es que... más vale
callar... quiera Dios...! Ya les he dicho a ustedes que Mr. Corneta no
sabe lo que tiene entre manos, y que no le caben cincuenta barcos en la
cabeza. Cuidado con un almirante que llama a sus capitanes el día antes
de una batalla, y les dice que haga cada uno lo que le diere la gana...
_Pos pá eso_... (Grandes muestras de asentimiento.) En fin,
allá veremos... Pero vengan acá ustedes y díganme: si nosotros los
españoles queremos defondar a unos cuantos barcos ingleses, ¿no nos
bastamos y nos sobramos para ello? ¿Pues a _cuenta qué_ hemos
de juntarnos con franceses que no nos dejan hacer lo que nos _sale
de dentro_, sino que hemos de ir al remolque de sus señorías?
_Siempre di cuando_ fuimos con ellos, _siempre di
cuando_ salimos _destaponados_... En fin... Dios y la
Virgen del Carmen vayan con nosotros, y nos libren de amigos franceses
por siempre jamás amén». (Grandes aplausos.)
Todos asintieron a su opinión. Su conferencia duró hasta hora avanzada,
elevándose desde la profesión naval hasta la ciencia diplomática. La
noche fue serena y navegábamos con viento fresco. Se me permitirá que al
hablar de la escuadra diga _nosotros_. Yo estaba tan orgulloso
de encontrarme a bordo del _Santísima Trinidad_, que me llegué
a figurar que iba a desempeñar algún papel importante en tan alta
ocasión, y por eso no dejaba de gallardearme con los marineros,
haciéndoles ver que yo estaba allí para alguna cosa útil.
-X-
Al amanecer del día 20, el viento soplaba con mucha fuerza, y por esta
causa los navíos estaban muy distantes unos de otros. Mas habiéndose
calmado el viento poco después de mediodía, el buque almirante hizo
señales de que se formasen las: vanguardia, centro, retaguardia y los
dos cuerpos que componían la reserva.
Yo me deleitaba viendo cómo acudían dócilmente a la formación aquellas
moles, y aunque, a causa de la diversidad de sus condiciones marineras,
las maniobras no eran muy rápidas y las líneas formadas poco perfectas,
siempre causaba admiración contemplar aquel ejercicio. El viento soplaba
del SO., según dijo Marcial, que lo había profetizado desde por la
mañana, y la escuadra, recibiéndole por estribor, marchó en dirección
del Estrecho. Por la noche se vieron algunas luces, y al amanecer del 21
vimos veintisiete navíos por barlovento, entre los cuales Marcial
designó siete de tres puentes. A eso de las ocho, los treinta y tres
barcos de la flota enemiga estaban a la vista formados en dos columnas.
Nuestra escuadra formaba una larguísima línea, y según las apariencias,
las dos columnas de, dispuestas en forma de cuña, avanzaban como si
quisieran cortar nuestra línea por el centro y retaguardia.
Tal era la situación de ambos contendientes, cuando el
_Bucentauro_ hizo señal de virar en redondo. Ustedes quizá no
entiendan esto; pero les diré que consistía en variar diametralmente de
rumbo, es decir, que si antes el viento impulsaba nuestros navíos por
estribor, después de aquel movimiento nos daba por babor, de modo que
marchábamos en dirección casi opuesta a la que antes teníamos. Las proas
se dirigían al Norte, y este movimiento, cuyo objeto era tener a Cádiz
bajo el viento, para arribar a él en caso de desgracia, fue muy
criticado a bordo del _Trinidad_, y especialmente por Marcial,
que decía:
«Ya se _esparrancló_ la línea de batalla, que antes era mala y
ahora es peor».
Efectivamente, la vanguardia se convirtió en retaguardia, y la escuadra
de reserva, que era la mejor, según oí decir, quedó a la cola. Como el
viento era flojo, los barcos de diversa andadura y la tripulación poco
diestra, la nueva línea no pudo formarse ni con rapidez ni con
precisión: unos navíos andaban muy a prisa y se precipitaban sobre el
delantero; otros marchaban poco, rezagándose, o se desviaban, dejando un
gran claro que rompía la línea, antes de que el enemigo se tomase el
trabajo de hacerlo.
Se mandó restablecer el orden; pero por obediente que sea un buque, no
es tan fácil de manejar como un caballo. Con este motivo, y observando
las maniobras de los barcos más cercanos, Medio-hombre decía:
«La línea es más larga que el camino de Santiago. Si el
_Señorito_ la corta, adiós mi bandera: perderíamos hasta el
modo de andar, _manque_ los pelos se nos hicieran cañones.
Señores, nos van a dar julepe por el centro. ¿Cómo pueden venir a
ayudarnos el _San Juan_ y el _Bahama_, que están a
la cola, ni el _Neptuno_ ni el _Rayo_, que están a
la cabeza? (Rumores de aprobación.) Además, estamos a sotavento, y los
casacones pueden elegir el punto que quieran para atacarnos. Bastante
haremos nosotros con defendernos como podamos. Lo que digo es que Dios
nos saque bien, y nos libre de franceses por siempre jamás amén Jesús».
El sol avanzaba hacia el zenit, y el enemigo estaba ya encima.
«¿Les parece a ustedes que ésta es hora de empezar un combate? ¡Las doce
del día!» exclamaba con ira el marinero aunque no se atrevía a hacer
demasiado pública su demostración, ni estas conferencias pasaban de un
pequeño círculo, dentro del cual yo, llevado de mi sempiterna insaciable
curiosidad, me había injerido.
No sé por qué me pareció advertir en todos los semblantes cierta
expresión de disgusto. Los oficiales en el alcázar de popa y los
marineros y contramaestres en el de proa, observaban los navíos
sotaventados y fuera de línea, entre los cuales había cuatro
pertenecientes al centro.