Después de haber charlado mucho, entraron con Doña Flora en la iglesia

del Carmen, y allí, sacando cada cual su rosario, rezaron que se las

pelaban un buen espacio de tiempo, y alguno de ellos me aplicó

lindamente un coscorrón en la coronilla, porque en vez de orar tan

devotamente como ellos, prestaba demasiada atención a dos moscas que

revoloteaban alrededor del rizo culminante del peinado de Doña Flora.

Salimos, después de haber oído un enojoso sermón, que ellos celebraron

como obra maestra; paseamos de nuevo; continuó la charla más vivamente,

porque se nos unieron unas damas vestidas por el mismo estilo, y entre

todos se armó tan ruidosa algazara de galanterías, frases y sutilezas,

mezcladas con algún verso insulso, que no puedo recordarlas.

¡Y en tanto Marcial y mi querido amo trataban de fijar día y hora para

trasladarse definitivamente a bordo! ¡Y yo estaba expuesto a quedarme

en tierra, sujeto a los antojos de aquella vieja que me empalagaba con

su insulso cariño! ¿Creerán ustedes que aquella noche insistió en que

debía quedarme para siempre a su servicio? ¿Creerán ustedes que aseguró

que me quería mucho, y me dio como prueba algunos afectuosos abrazos y

besos, ordenándome que no lo dijera a nadie? ¡Horribles contradicciones

de la vida!, pensaba yo al considerar cuán feliz habría sido si mi amita

me hubiera tratado de aquella manera. Yo, turbado hasta lo sumo, le dije

que quería ir a la escuadra, y que cuando volviese me podría querer a su

antojo; pero que si no me dejaba realizar mi deseo, la aborrecería tanto

así, y extendí los brazos para expresar una cantidad muy grande de

aborrecimiento.

Luego, como entrase inesperadamente mi amo, yo, juzgando llegada la

ocasión de lograr mi objeto por medio de un arranque oratorio, que había

cuidado de preparar, me arrodillé delante de él, diciéndole en el tono

más patético que si no me llevaba a bordo, me arrojaría desesperado al

mar.

Mi amo se rió de la ocurrencia; su prima, haciendo mimos con la boca,

fingió cierta hilaridad que le afeaba el rostro amojamado, y consintió

al fin. Diome mil golosinas para que comiese a bordo; me encargó que

huyese de los sitios de peligro, y no dijo una palabra más contraria a

mi embarque, que se verificó a la mañana siguiente muy temprano.

-IX-

Octubre era el mes, y 18 el día. De esta fecha no me queda duda, porque

al día siguiente salió la escuadra. Nos levantamos muy temprano y fuimos

al muelle, donde esperaba un bote que nos condujo a bordo.

Figúrense ustedes cuál sería mi estupor, ¡qué digo estupor!, mi

entusiasmo, mi enajenación, cuando me vi cerca del _Santísima

Trinidad_, el mayor barco del mundo, aquel alcázar de madera, que

visto de lejos se representaba en mi imaginación como una fábrica

portentosa, sobrenatural, único monstruo digno de la majestad de los

mares. Cuando nuestro bote pasaba junto a un navío, yo le examinaba con

cierto religioso asombro, admirado de ver tan grandes los cascos que me

parecían tan pequeñitos desde la muralla; en otras ocasiones me parecían

más chicos de lo que mi fantasía los había forjado. El inquieto

entusiasmo de que estaba poseído me expuso a caer al agua cuando

contemplaba con arrobamiento un figurón de proa, objeto que más que

otro alguno fascinaba mi atención.

Por fin llegamos al _Trinidad_. A medida que nos acercábamos,

las formas de aquel coloso iban aumentando, y cuando la lancha se puso

al costado, confundida en el espacio de mar donde se proyectaba, cual en

negro y horrible cristal, la sombra del navío; cuando vi cómo se

sumergía el inmóvil casco en el agua sombría que azotaba suavemente los

costados; cuando alcé la vista y vi las tres filas de cañones asomando

sus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se trocó en miedo,

púseme pálido, y quedé sin movimiento asido al brazo de mi amo.

Pero en cuanto subimos y me hallé sobre cubierta, se me ensanchó el

corazón. La airosa y altísima arboladura, la animación del alcázar, la

vista del cielo y la bahía, el admirable orden de cuantos objetos

ocupaban la cubierta, desde los coys[4] puestos en fila sobre la obra

muerta, hasta los cabrestantes, bombas, mangas, escotillas; la variedad

de uniformes; todo, en fin, me suspendió de tal modo, que por un buen

rato estuve absorto en la contemplación de tan hermosa máquina, sin

acordarme de nada más.

[Nota 4: «cois» en el original (N. del E.)]

Los presentes no pueden hacerse cargo de aquellos magníficos barcos, ni

menos del _Santísima Trinidad_, por las malas estampas en que

los han visto representados. Tampoco se parecen nada a los buques

guerreros de hoy, cubiertos con su pesado arnés de hierro, largos,

monótonos, negros, y sin accidentes muy visibles en su vasta extensión,

por lo cual me han parecido a veces inmensos ataúdes flotantes. Creados

por una época positivista, y adecuados a la ciencia náutico-militar de

estos tiempos, que mediante el vapor ha anulado las maniobras, fiando el

éxito del combate al poder y empuje de los navíos, los barcos de hoy son

simples máquinas de guerra, mientras los de aquel tiempo eran el

guerrero mismo, armado de todas armas de ataque y defensa, pero

confiando principalmente en su destreza y valor.

Yo, que observo cuanto veo, he tenido siempre la costumbre de asociar,

hasta un extremo exagerado, ideas con imágenes, cosas con personas,

aunque pertenezcan a las más inasociables categorías. Viendo más tarde

las catedrales llamadas góticas de nuestra Castilla, y las de Flandes, y

observando con qué imponente majestad se destaca su compleja y sutil

fábrica entre las construcciones del gusto moderno, levantadas por la

utilidad, tales como bancos, hospitales y cuarteles, no he podido menos

de traer a la memoria las distintas clases de naves que he visto en mi

larga vida, y he comparado las antiguas con las catedrales góticas. Sus

formas, que se prolongan hacia arriba; el predominio de las líneas

verticales sobre las horizontales; cierto inexplicable idealismo, algo

de histórico y religioso a la vez, mezclado con la complicación de

líneas y el juego de colores que combina a su capricho el sol, han

determinado esta asociación extravagante, que yo me explico por la

huella de romanticismo que dejan en el espíritu las impresiones de la

niñez.

El _Santísima Trinidad_ era un navío de cuatro puentes. Los

mayores del mundo eran de tres. Aquel coloso, construido en La Habana,

con las más ricas maderas de Cuba en 1769, contaba treinta y seis años

de honrosos servicios. Tenía 220 pies (61 metros) de eslora, es decir,

de popa a proa; 58 pies de manga (ancho), y 28 de puntal (altura desde

la quilla a la cubierta), dimensiones extraordinarias que entonces no

tenía ningún buque del mundo. Sus poderosas cuadernas, que eran un

verdadero bosque, sustentaban cuatro pisos. En sus costados, que eran

fortísimas murallas de madera, se habían abierto al construirlo 116

troneras: cuando se le reformó, agradándolo en 1796, se le abrieron

130, y artillado de nuevo en 1805, tenía sobre sus costados, cuando yo

le vi, 140 bocas de fuego, entre cañones y carronadas. El interior era

maravilloso por la distribución de los diversos compartimientos, ya

fuesen puentes para la artillería, sollados para la tripulación, pañoles

para depósitos de víveres, cámaras para los jefes, cocinas, enfermería y

demás servicios. Me quedé absorto recorriendo las galerías y demás

escondrijos de aquel Escorial de los mares. Las cámaras situadas a popa

eran un pequeño palacio por dentro, y por fuera una especie de

fantástico alcázar; los balconajes, los pabellones de las esquinas de

popa, semejantes a las linternas de un castillo ojival, eran como

grandes jaulas abiertas al mar, y desde donde la vista podía recorrer

las tres cuartas partes del horizonte.

Nada más grandioso que la arboladura, aquellos mástiles gigantescos,

lanzados hacia el cielo, como un reto a la tempestad. Parecía que el

viento no había de tener fuerza para impulsar sus enormes gavias. La

vista se mareaba y se perdía contemplando la inmensa madeja que formaban

en la arboladura los obenques, estáis, brazas, burdas, amantillos y

drizas que servían para sostener y mover el velamen.

Yo estaba absorto en la contemplación de tanta maravilla, cuando sentí

un fuerte golpe en la nuca. Creí que el palo mayor se me había caído

encima. Volví la vista atontado y lancé una exclamación de horror al ver

a un hombre que me tiraba de las orejas como si quisiera levantarme en

el aire. Era mi tío.

«¿Qué buscas tú aquí, lombriz?--me dijo en el suave tono que le era

habitual--. ¿Quieres aprender el oficio? Oye, Juan--añadió dirigiéndose

a un marinero de feroz aspecto--, súbeme a este galápago a la verga

mayor para que se pasee por ella».

Yo eludí como pude el compromiso de pasear por la verga, y le expliqué

con la mayor cortesía que hallándome al servicio de D. Alonso Gutiérrez

de Cisniega, había venido a bordo en su compañía. Tres o cuatro

marineros, amigos de mi simpático tío, quisieron maltratarme, por lo que

resolví alejarme de tan distinguida sociedad, y me marché a la cámara en

busca de mi amo. Los oficiales hacían su tocado, no menos difícil a

bordo que en tierra, y cuando yo veía a los pajes ocupados en empolvar

las cabezas de los héroes a quienes servían, me pregunté si aquella

operación no era la menos a propósito dentro de un buque, donde todos

los instantes son preciosos y donde estorba siempre todo lo que no sea

de inmediata necesidad para el servicio.

Pero la moda era entonces tan tirana como ahora, y aun en aquel tiempo

imponía de un modo apremiante sus enfadosas ridiculeces. Hasta el

soldado tenía que emplear un tiempo precioso en hacerse el coleto.

¡Pobres hombres! Yo les vi puestos en fila unos tras otros, arreglando

cada cual el coleto del que tenía delante, medio ingenioso que remataba

la operación en poco tiempo. Después se encasquetaban el sombrero de

pieles, pesada mole, cuyo objeto nunca me pude explicar, y luego iban a

sus puestos si tenían que hacer guardia, o a pasearse por el combés si

estaban libres de servicio. Los marineros no usaban aquel ridículo

apéndice capilar, y su sencillo traje me parece que no se ha modificado

mucho desde aquella fecha.

En la cámara, mi amo hablaba acaloradamente con el comandante del buque,

Don Francisco Javier de Uriarte, y con el jefe de escuadra, Don Baltasar

Hidalgo de Cisneros. Según lo poco que oí, no me quedó duda de que el

General francés había dado orden de salida para la mañana siguiente.

Esto alegró mucho a Marcial, que junto con otros viejos marineros en el

castillo de proa, disertaba ampulosamente sobre el próximo combate. Tal

sociedad me agradaba más que la de mi interesante tío, porque los

colegas de Medio-hombre no se permitían bromas pesadas con mi persona.

Esta sola diferencia hacía comprender la diversa procedencia de los

tripulantes, pues mientras unos eran marineros de pura raza, llevados

allí por la matrícula o enganche voluntario, los otros eran gente de

leva, casi siempre holgazana, díscola, de perversas costumbres, y mal

conocedora del oficio.

Con los primeros hacía yo mejores migas que con los segundos, y asistía

a todas las conferencias de Marcial. Si no temiera cansar al lector, le

referiría la explicación que éste dio de las causas diplomáticas y

políticas de la guerra, parafraseando del modo más cómico posible lo que

había oído algunas noches antes de boca de Malespina en casa de mis

amos. Por él supe que el novio de mi amita se había embarcado en el.

Todas las conferencias terminaban en un solo punto, el próximo combate.

La escuadra debía salir al día siguiente, ¡qué placer! Navegar en aquel

gigantesco barco, el mayor del mundo; presenciar una batalla en medio de

los mares; ver cómo era la batalla, cómo se disparaban los cañones, cómo

se apresaban los buques enemigos... ¡qué hermosa fiesta!, y luego

volver a Cádiz cubiertos de gloria... Decir a cuantos quisieran oírme:

«yo estuve en la escuadra, lo vi todo...», decírselo también a mi amita,

contándole la grandiosa escena, y excitando su atención, su curiosidad,

su interés... decirle también: «yo me hallé en los sitios de mayor

peligro, y no temblaba por eso»; ver cómo se altera, cómo palidece y se

asusta oyendo referir los horrores del combate, y luego mirar con desdén

a todos los que digan: «¡contad, Gabrielito, esa cosa tan tremenda!...»

¡Oh!, esto era más de lo que necesitaba mi imaginación para

enloquecer... Digo francamente que en aquel día no me hubiera cambiado

por Nelson.

Amaneció el 19, que fue para mí felicísimo, y no había aún amanecido,

cuando yo estaba en el alcázar de popa con mi amo, que quiso presenciar

la maniobra. Después del baldeo comenzó la operación de. Se izaron las

grandes gavias, y el pesado molinete, girando con su agudo chirrido,

arrancaba la poderosa áncora del fondo de la bahía. Corrían los

marineros por las vergas; manejaban otros las brazas, prontos a la voz

del contramaestre, y todas las voces del navío, antes mudas, llenaban el

aire con espantosa algarabía. Los pitos, la campana de proa, el

discorde concierto de mil voces humanas, mezcladas con el rechinar de

los motones; el crujido de los cabos, el trapeo de las velas azotando

los palos antes de henchirse impelidas por el viento, todos estos

variados sones acompañaron los primeros pasos del colosal navío.

Pequeñas olas acariciaban sus costados, y la mole majestuosa comenzó a

deslizarse por la bahía sin dar la menor cabezada, sin ningún vaivén de

costado, con marcha grave y solemne, que sólo podía apreciarse

comparativamente, observando la traslación imaginaria de los buques

mercantes anclados y del paisaje.

Al mismo tiempo se dirigía la vista en derredor, y ¡qué espectáculo,

Dios mío!, treinta y dos navíos, cinco fragatas y dos bergantines, entre

españoles y franceses, colocados delante, detrás y a nuestro costado, se

cubrían de velas y marchaban también impelidos por el escaso viento. No

he visto mañana más hermosa. El sol inundaba de luz la magnífica rada;

un ligero matiz de púrpura teñía la superficie de las aguas hacia

Oriente, y la cadena de colinas y lejanos montes que limitan el

horizonte hacia la parte del Puerto permanecían aún encendidos por el

fuego de la pasada aurora; el cielo limpio apenas tenía algunas nubes

rojas y doradas por Levante; el mar azul estaba tranquilo, y sobre este

mar y bajo aquel cielo las cuarenta velas, con sus blancos velámenes,

emprendían la marcha, formando el más vistoso escuadrón que puede

presentarse ante humanos ojos.

No andaban todos los bajeles con igual paso. Unos se adelantaban, otros

tardaron mucho en moverse; pasaban algunos junto a nosotros, mientras

los había que se quedaban detrás. La lentitud de su marcha; la altura de

su aparejo, cubierto de lona; cierta misteriosa armonía que mis oídos de

niño percibían como saliendo de los gloriosos cascos, especie de himno

que sin duda resonaba dentro de mí mismo; la claridad del día, la

frescura del ambiente, la belleza del mar, que fuera de la bahía parecía

agitarse con gentil alborozo a la aproximación de la flota, formaban el

más imponente cuadro que puede imaginarse.

Cádiz, en tanto, como un panorama giratorio, se escorzaba a nuestra

vista presentándonos sucesivamente las distintas facetas de su vasto

circuito. El sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores,

salpicaba la ciudad con polvos de oro, y su blanca mole se destacaba

tan limpia y pura sobre las aguas, que parecía haber sido creada en

aquel momento, o sacada del mar como la fantástica ciudad de San Genaro.

Vi el desarrollo de la muralla desde el muelle hasta el castillo de

Santa Catalina; reconocí el baluarte del Bonete, el baluarte del Orejón,

la Caleta, y me llené de orgullo considerando de dónde había salido y

dónde estaba.

Al mismo tiempo llegaba a mis oídos como música misteriosa el son de las

campanas de la ciudad medio despierta, tocando a misa, con esa algazara

charlatana de las campanas de un gran pueblo. Ya expresaban alegría,

como un saludo de buen viaje, y yo escuchaba el rumor cual si fuese de

humanas voces que nos daban la despedida; ya me parecían sonar tristes y

acongojadas anunciándonos una desgracia, y a medida que nos alejábamos,

aquella música se iba apagando hasta que se extinguió difundida en el

inmenso espacio.

La escuadra salía lentamente: algunos barcos emplearon muchas horas para

hallarse fuera. Marcial, durante la salida, iba haciendo comentarios

sobre cada buque, observando su marcha, motejándoles si eran pesados,

animándoles con paternales consejos si eran ligeros y zarpaban pronto.

«¡Qué pesado está D. Federico!--decía observando el _Príncipe de

Asturias_, mandado por Gravina--. Allá va _Mr.

Corneta_--exclamaba mirando al _Bucentauro_, navío

general--. Bien _haiga_ quien te puso _Rayo_--decía

irónicamente mirando al navío de este nombre, que era el más pesado de

toda la escuadra...--Bien por _papá Ignacio_--añadía

dirigiéndose al _Santa Ana_, que montaba Álava--. Echa toda la

gavia, pedazo de tonina--decía contemplando el navío de Dumanoir--;

este gabacho tiene un peluquero para rizar la gavia, y carga las velas

con tenacillas».

El cielo se enturbió por la tarde, y al anochecer, hallándonos ya a gran

distancia, vimos a Cádiz perderse poco a poco entre la bruma, hasta que

se confundieron con las tintas de la noche sus últimos contornos. La

escuadra tomó rumbo al Sur.

Por la noche no me separé de él, una vez que dejé a mi amo muy bien

arrellanado en su camarote. Rodeado de dos colegas y admiradores, les

explicaba el plan de Villeneuve del modo siguiente:

«Mr. Corneta ha dividido la escuadra en cuatro cuerpos. La vanguardia,

que es mandada por Álava, tiene siete navíos; el centro, que lleva siete

y lo manda Mr. Corneta en persona; la retaguardia, también de siete,

que va mandada por Dumanoir, y el cuerpo de reserva, compuesto de doce

navíos, que manda Don Federico. No me parece que está esto mal pensado.

Por supuesto que van los barcos españoles mezclados con los gabachos,

para que no nos dejen en las astas del toro, como sucedió en Finisterre.

»Según me ha referido D. Alonso, el francés ha dicho que si el enemigo

se nos presenta a sotavento, formaremos la línea de batalla y caeremos

sobre él... Esto está muy guapo, dicho en el camarote; pero ya... ¿El

_Señorito_ va a ser tan buey que se nos presente a

sotavento?... Sí, porque tiene poco _farol_ (inteligencia) su

señoría para dejarse pescar así... _Veremos a ver si vemos_ lo

que espera el francés... Si el enemigo se presenta a barlovento y nos

ataca, debemos esperarle en línea de batalla; y como tendrá que

dividirse para atacarnos, si no consigue romper nuestra línea, nos será

muy fácil vencerle. A ese señor todo le parece fácil. (Rumores.) Dice

también que no hará señales y que todo lo espera de cada capitán. ¡Si

iremos a ver lo que yo vengo predicando desde que se hicieron esos

malditos tratados de _sursillos_, y es que... más vale

callar... quiera Dios...! Ya les he dicho a ustedes que Mr. Corneta no

sabe lo que tiene entre manos, y que no le caben cincuenta barcos en la

cabeza. Cuidado con un almirante que llama a sus capitanes el día antes

de una batalla, y les dice que haga cada uno lo que le diere la gana...

_Pos pá eso_... (Grandes muestras de asentimiento.) En fin,

allá veremos... Pero vengan acá ustedes y díganme: si nosotros los

españoles queremos defondar a unos cuantos barcos ingleses, ¿no nos

bastamos y nos sobramos para ello? ¿Pues a _cuenta qué_ hemos

de juntarnos con franceses que no nos dejan hacer lo que nos _sale

de dentro_, sino que hemos de ir al remolque de sus señorías?

_Siempre di cuando_ fuimos con ellos, _siempre di

cuando_ salimos _destaponados_... En fin... Dios y la

Virgen del Carmen vayan con nosotros, y nos libren de amigos franceses

por siempre jamás amén». (Grandes aplausos.)

Todos asintieron a su opinión. Su conferencia duró hasta hora avanzada,

elevándose desde la profesión naval hasta la ciencia diplomática. La

noche fue serena y navegábamos con viento fresco. Se me permitirá que al

hablar de la escuadra diga _nosotros_. Yo estaba tan orgulloso

de encontrarme a bordo del _Santísima Trinidad_, que me llegué

a figurar que iba a desempeñar algún papel importante en tan alta

ocasión, y por eso no dejaba de gallardearme con los marineros,

haciéndoles ver que yo estaba allí para alguna cosa útil.

-X-

Al amanecer del día 20, el viento soplaba con mucha fuerza, y por esta

causa los navíos estaban muy distantes unos de otros. Mas habiéndose

calmado el viento poco después de mediodía, el buque almirante hizo

señales de que se formasen las: vanguardia, centro, retaguardia y los

dos cuerpos que componían la reserva.

Yo me deleitaba viendo cómo acudían dócilmente a la formación aquellas

moles, y aunque, a causa de la diversidad de sus condiciones marineras,

las maniobras no eran muy rápidas y las líneas formadas poco perfectas,

siempre causaba admiración contemplar aquel ejercicio. El viento soplaba

del SO., según dijo Marcial, que lo había profetizado desde por la

mañana, y la escuadra, recibiéndole por estribor, marchó en dirección

del Estrecho. Por la noche se vieron algunas luces, y al amanecer del 21

vimos veintisiete navíos por barlovento, entre los cuales Marcial

designó siete de tres puentes. A eso de las ocho, los treinta y tres

barcos de la flota enemiga estaban a la vista formados en dos columnas.

Nuestra escuadra formaba una larguísima línea, y según las apariencias,

las dos columnas de, dispuestas en forma de cuña, avanzaban como si

quisieran cortar nuestra línea por el centro y retaguardia.

Tal era la situación de ambos contendientes, cuando el

_Bucentauro_ hizo señal de virar en redondo. Ustedes quizá no

entiendan esto; pero les diré que consistía en variar diametralmente de

rumbo, es decir, que si antes el viento impulsaba nuestros navíos por

estribor, después de aquel movimiento nos daba por babor, de modo que

marchábamos en dirección casi opuesta a la que antes teníamos. Las proas

se dirigían al Norte, y este movimiento, cuyo objeto era tener a Cádiz

bajo el viento, para arribar a él en caso de desgracia, fue muy

criticado a bordo del _Trinidad_, y especialmente por Marcial,

que decía:

«Ya se _esparrancló_ la línea de batalla, que antes era mala y

ahora es peor».

Efectivamente, la vanguardia se convirtió en retaguardia, y la escuadra

de reserva, que era la mejor, según oí decir, quedó a la cola. Como el

viento era flojo, los barcos de diversa andadura y la tripulación poco

diestra, la nueva línea no pudo formarse ni con rapidez ni con

precisión: unos navíos andaban muy a prisa y se precipitaban sobre el

delantero; otros marchaban poco, rezagándose, o se desviaban, dejando un

gran claro que rompía la línea, antes de que el enemigo se tomase el

trabajo de hacerlo.

Se mandó restablecer el orden; pero por obediente que sea un buque, no

es tan fácil de manejar como un caballo. Con este motivo, y observando

las maniobras de los barcos más cercanos, Medio-hombre decía:

«La línea es más larga que el camino de Santiago. Si el

_Señorito_ la corta, adiós mi bandera: perderíamos hasta el

modo de andar, _manque_ los pelos se nos hicieran cañones.

Señores, nos van a dar julepe por el centro. ¿Cómo pueden venir a

ayudarnos el _San Juan_ y el _Bahama_, que están a

la cola, ni el _Neptuno_ ni el _Rayo_, que están a

la cabeza? (Rumores de aprobación.) Además, estamos a sotavento, y los

casacones pueden elegir el punto que quieran para atacarnos. Bastante

haremos nosotros con defendernos como podamos. Lo que digo es que Dios

nos saque bien, y nos libre de franceses por siempre jamás amén Jesús».

El sol avanzaba hacia el zenit, y el enemigo estaba ya encima.

«¿Les parece a ustedes que ésta es hora de empezar un combate? ¡Las doce

del día!» exclamaba con ira el marinero aunque no se atrevía a hacer

demasiado pública su demostración, ni estas conferencias pasaban de un

pequeño círculo, dentro del cual yo, llevado de mi sempiterna insaciable

curiosidad, me había injerido.

No sé por qué me pareció advertir en todos los semblantes cierta

expresión de disgusto. Los oficiales en el alcázar de popa y los

marineros y contramaestres en el de proa, observaban los navíos

sotaventados y fuera de línea, entre los cuales había cuatro

pertenecientes al centro.

Trafalgar · 第 5 / 12 段